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06-04-2026
Soledad Morillo Belloso
Cuando dejamos de desear, algo en el aire cambia de textura. No hace ruido ni avisa: simplemente se va. Y uno sigue caminando, pero con un temblor sutil que no sabe explicar. El deseo es la respiración profunda del alma, la corriente que mueve la sangre y empuja a abrir puertas, a imaginar rutas, a creer que todavía hay un mañana que vale la pena. Sin deseo, la vida se vuelve un cuarto sin ventanas.
Buscar es la consecuencia natural de desear. El que desea no se queda quieto: aunque no dé un paso, por dentro se le mueven los mapas. Revisa posibilidades, inventa caminos, se tropieza, se levanta, insiste. La búsqueda es la manera que tiene el deseo de mantenerse vivo, de recordarnos que aún hay algo —aunque no sepamos qué— que nos llama desde adelante.
Pero la vida, que es muy sabia, sabe también cuándo detenernos. Después de un golpe fuerte, nos sumerge en un estado casi catatónico. No es derrota: es protección. Nos baja la persiana para que no sigamos sangrando por dentro. En ese silencio suspendido, el cuerpo y el alma se recogen, se curan, se reacomodan. Uno no piensa, no decide, no proyecta. Apenas respira. Y esa mínima respiración basta para que la vida haga su trabajo: suturar lo invisible, limpiar el exceso de dolor, evitar que la herida se infecte.
Y cuando la vida —no uno, nunca uno— determina que el cuerpo ya puede sostenerse sin temblar y que el espíritu tiene otra vez un hilo de luz, entonces nos despierta. No de golpe, sino como quien abre una ventana al amanecer. Entra un poco de claridad, un olor a mundo, una invitación suave a volver.
Ese despertar no es un regreso al punto de partida. Es un renacer. Es la vida diciendo: “Ya puedes. No del todo, pero puedes”. Y uno, todavía con las costuras frescas, vuelve a moverse, vuelve a sentir, vuelve a buscar.
Por eso creo que cuando dejamos de desear empezamos a deshabitar nuestra propia vida. Y cuando dejamos de buscar, nos morimos un poco, aunque sigamos vivos. Porque vivir es eso: mantener encendida la pequeña hoguera que nos empuja a seguir andando, incluso después del golpe, incluso desde la herida, incluso sin saber a dónde vamos. Vivir es desear. Y desear es volver a levantarse.
Porque al final, todo se reduce a eso: volver a desear. Ese instante mínimo en que algo dentro de uno se enciende otra vez, aunque sea una chispa tímida, es el verdadero regreso. Desear es la señal de que el alma salió de cuidados intensivos. Es el primer movimiento del renacer. Y cuando el deseo despierta, inevitablemente vuelve la búsqueda. Y al volver la búsqueda, vuelve la vida. No la vida automática, la de respirar por inercia, sino la otra, la que vibra, la que empuja, la que sueña. Volver a desear es volver a buscar. Y volver a buscar es, sencillamente, volver a vivir. Y eso, por cierto, no lo decide uno. Lo decide la vida. Y lo hace sin pedir permiso ni disculpas.
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