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02-12-2025

Soledad Morillo Belloso

“Cada buñuelo guarda un pedazo de nosotros”

En la cocina de Felipa, la yuca no era simple raíz: era memoria, pertenencia. Ella la rallaba despacio, como quien acaricia un recuerdo que no quiere soltar. Cada hebra que caía sobre el cuenco parecía un hilo de historia. La escurría con fuerza, hasta que el agua amarga se desprendía como lágrimas antiguas, y quedaba la pulpa blanca, húmeda, lista para abrazarse con el queso fresco.

El olor de la yuca cruda llenaba la casa: un aroma terroso, profundo, que evocaba los campos mojados tras la lluvia, la tierra respirando, el pasado latiendo.

El aceite, al recibir las bolitas, no  chisporroteaba: más bien cantaba. Era un canto grave, como corazón que late en medio de una  celebración. Los buñuelos se doraban lentamente, redondos, crujientes por fuera, suaves y casi cremosos por dentro. Al morderlos, la textura era un viaje sensorial: primero la corteza que cruje como hojas secas en el suelo, luego el corazón tibio que se deshace en la boca, con ese sabor que mezcla lo rural y lo urbano, lo humilde y lo festivo, lo íntimo y lo colectivo.

Y cuando los buñuelos estaban dorados, Felipa los bañaba con un  melao espeso, oscuro y brillante, que caía como un hilo de dulzura sobre la corteza crujiente. Ese melao, hecho con panela y paciencia, era caricia líquida: envolvía cada bocado en un abrazo cálido, equilibrando lo terroso de la yuca con la dulzura profunda del azúcar moreno.

Felipa nunca cocinaba sola. Mientras freía, la cocina se llenaba de voces y presencias: los niños reclamando el primero, los vecinos que llegaban atraídos por el olor como por un llamado angelical, las mujeres que evocaban las manos de sus madres preparando lo mismo en otras casas, en otros pueblos, en otros tiempos. Cada buñuelo era un puente invisible. La mesa se volvía concierto, un mosaico de risas, de historias, de nostalgias compartidas, como si la fritura tejiera comunidad.

En las madrugadas de diciembre, los buñuelos de yuca eran compañía contra el frío y la tristeza. Felipa los servía con café negro, fuerte, y la gente decía que ese sabor era la manera más sencilla de aguantar el llanto. Porque la yuca multiplicaba la esperanza. Felipa lograba que la masa rindiera, que el queso pareciera más abundante, que el fuego se transformara en celebración.

Los buñuelos de yuca eran también memoria migrante. Quien se iba los recordaba desde lejos, con la nostalgia de la cocina de Felipa, con el deseo de volver a morder esa mezcla de tierra y afecto. Eran archivo vivo;  guardaban en su sabor la historia de las manos campesinas, la pasión de las mujeres, la ternura de las abuelas.

Felipa, acaso sin proponérselo, había convertido la fritura en rito. Cada buñuelo era un acto de amor, un gesto de pertenencia, un símbolo de que lo mínimo —una raíz, un queso, un fuego, un melao— podía sostener la vida.

En la cocina, mientras la yuca se deshacía entre sus manos y el queso se mezclaba con la pulpa blanca, Felipa solía decir: “Cada buñuelo guarda un pedazo de nosotros.” Esa frase quedaba suspendida en el aire como un rezo sencillo, como un recordatorio de que lo humilde puede sostener la vida. Los vecinos la repetían, los niños la aprendían de memoria, y hasta los que se iban lejos llevaban esas palabras como un eco bordado en el corazón.

Felipa, con su frase, convertía cada mordisco en un acto de pertenencia, en un beso que sobrevivía al tiempo y a la distancia.