[Hum}– El abogado, el granjero y el pato

Un abogado sale de la ciudad de cacería al campo y tiene la suerte de bajar un pato con el primer tiro. El problema fue que el pato cayó en un sembradío al otro lado de la cerca. Ya se trepaba a la cerca cuando se le acerca un viejo granjero en su tractor.

—¿Qué está haciendo?…. Esta es mi tierra.

—Bueno, lo que pasa es que maté un pato y cayó en su tierra.

—Lo siento, pero no puede llevárselo —le dijo el granjero.

—Soy un gran abogado. Le voy a hacer un pleito y voy a quedarme hasta con su tierra si no me deja entrar a recoger mi pato —amenazó el abogado.

—Aquí en el campo resolvemos las cosas de otra manera —le informó el viejo—. Aplicamos la Regla de las Tres Patadas

—¿Y qué es la Regla de las Tres Patadas? —preguntó el abogado.

El viejo explicó:

—Yo lo pateo a usted tres veces, usted me patea tres veces, yo lo vuelvo a patear, y así hasta que uno se dé por vencido.

El abogado, viendo que el granjero era viejo y que él, en cambio, estaba en forma, aceptó las reglas.

—Está bien, empecemos —dijo el abogado.

El granjero se bajó del tractor y, sin más, con sus botas de trabajo bien puestas, le dio una tremenda patada en la rodilla al abogado. Antes de que éste se doblara le encajó otra en los testículos y, cuando el tipo se retorcía de dolor, le encajó un soberano patadón en el culo que dio en tierra con el abogado boca abajo y cuan largo era.

Al cabo de 5 minutos, el abogado con mucho esfuerzo se levantó y dijo, saboreando por anticipado la venganza:

—Ahora me toca a mí.

—No se moleste —le dijo el viejo granjero —, llévese su pato; me doy por vencido.

[Hum}– El enanito verde y el psicólogo

Un tipo fue al psicólogo. Éste le preguntó:

—¿Cuál es su problema?

—Lo mío es serio, doctor. Últimamente cuando me acuesto, me tapo y, antes de apagar la luz, se me aparece delante de mi cara, parado sobre la cobija y sobre mi pecho, un enanito verde que me mira fijo y me pregunta: ‘¿Hiciste pipí?’. Y yo, sin poderlo remediar, ¡me meo en la cama!”

El psicólogo, anonadado, le dijo:

—Bueno, mire, usted va a tener que iniciar un tratamiento psicológico freudiano. Sin duda debe haber una fijación en su niñez de cuando a usted le enseñaron a controlar sus esfínteres. Hay, parece, un problema con la figura paterna, … bla …bla…. —el verso que siempre recitan los psicólogos.

En la próxima sesión, cuando el psicólogo le preguntó al tipo cómo andaba, éste respondió.

—Igual, doctor: me acuesto, aparece el enanito verde, me mira fijo y me pregunta ‘¿Hiciste pipí?’. Y yo no puedo dejar de mearme en la cama.

Entonces el psicólogo tomó una decisión:

—Umm….. Vamos a cambiar a una terapia más directa. Mire, esta noche cuando se acueste y se le aparezca el enanito, usted mírelo también fijamente a los ojos y, con voz firme y decidida, respóndale: ‘Sí, ¡¡hice pipí!!’. Ya va a ver usted cómo se soluciona el problema. Venga mañana y me cuenta.

Cuando al otro día vino el tipo, el psicólogo le preguntó:

—Y bien, ¿cómo le fue anoche?”

—Un desastre, doctor, ¡un desastre!

—Pero, ¿hizo usted lo que le dije?

—Sí, doctor: me acosté, me tapé y, antes de que pudiera apagar la luz, apareció el enanito verde y me preguntó ‘¿Hiciste pipí?’. Yo me acordé entonces de lo que usted me había dicho, lo miré fijamente y, con valentía, le respondí ‘Sí, ¡¡hice pipí!!’. Entonces el enanito me miró también fijamente y me preguntó ‘¿Y pupú?’

[Hum}– Testigo clave

Al comienzo de un juicio público celebrado en una ciudad del interior, el fiscal llamó a su primera testigo, una viejita de edad muy avanzada y, para comenzar a construir una línea de argumentación, le preguntó:

—Doña Genoveva, ¿usted me conoce, sabe quién soy y qué es lo que hago?

—¡Claro que lo conozco, Eduardo! Yo lo conozco desde cuando era bebé. Las personas que lo veían en aquel entonces sólo lloraban. Debió haber sido por el pitito chiquitiiito que usted tenía. Y después, francamente, usted me decepcionó, pues usted miente, traiciona a su mujer, manipula a las personas y gusta del chusmerío. Usted cree que es influyente y respetado en esta ciudad, cuando en realidad es un verdadero desgraciado. Ni siquiera sabe que su hija está embarazada y, por lo que he averiguado, ella ni siquiera sabe quién es el padre de la criatura. ¡¡¡Ah, sí lo conozco!!! ¡¡¡Claro que lo conozco!!!

El Fiscal quedó petrificado, incapaz de dar crédito a cuanto había oído. Quedó mudo, mirando hacia el Juez y a los jurados. Y, a falta de cosa mejor que hacer, señaló al abogado de defensor y le preguntó a la viejita:

—Y al abogado de la defensa, ¿lo conoce usted?

—¿A Robertito? ¡¡¡Claro que lo conozco!!! Desde que era chiquito. Yo lo cuidaba cuando María, su mamá, aprovechando la ausencia de su marido, salía para atender cualquier otro «compromiso». Y él también me ha decepcionado. Es perezoso, puritano, alcohólico, y siempre está queriendo dar lecciones de moral al resto de la gente sin siquiera tener moral propia. No tiene amigos y, además, lleva perdidos casi todos los juicios en los que actuó. Eso, además de que está siendo traicionado por su mujer con el mecánico… ¡¡¡con el mecánico!!!”

A esas alturas, el juez pidió a la señora que guardara silencio, llamó al estrado al fiscal y al abogado defensor, y en voz baja les dijo:

—Si alguno de ustedes llega a preguntarle a esta vieja hija de puta si me conoce, ¡¡¡va a salir preso de esta sala!!! ¿¡Está claro!?

[Hum}– Henry Ford y Dios

Henry Ford muere y llega al Cielo. En la puerta, San Pedro le recibe y le dice:

—Fuiste una persona buena y, ni qué decir de tu invención: la cadena de montaje para automóviles cambió el mundo. Como recompensa, puedes pasear a voluntad por el Cielo; puedes ir a cualquier lugar.
Ford piensa un momento y dice:

—Gracias, pero antes quiero estar junto a Dios durante un rato.

San Pedro le pide a un ángel que acompañe a Ford a la sala privada del Todopoderoso. Ford entra en la sala y le pregunta a Dios con reverencia:

—Señor Todopoderoso, cuando inventaste a la mujer, ¿en qué pensabas?»

—¿Que quieres decir con eso?» —pregunta el Todopoderoso.

—Bueno, Señor, hay grandes problemas en esa invención tuya, por ejemplo,
• No existe ningún modelo económico.
• Hace mucho ruido cuando se calienta.
• El mantenimiento es extremadamente caro.
• Necesita pintura constantemente.
• Tiene que parar 5 días de cada 28.
• Antes del primer tercio de su vida se le caen las defensas delanteras y traseras.
• La carrocería se cuartea a los pocos kilómetros.

Y éstos son sólo algunos de los problemas –terminó diciendo Ford.

Dios va para la Supercomputadora Celestial, clica en un icono de la pantalla y, casi instantáneamente, aparece un listado. Dios lo lee, se vuelve hacia Ford y le dice:

—Puede ser que mi proyecto tenga problemas como dices, pero en este preciso momento, hay 100 veces más hombres montados en mi invento que en el tuyo.

[Hum}– Peeing on my flowers

A little old lady was walking down the street dragging two large plastic garbage bags behind her. One of the bags was ripped and every once in awhile a $20 bill fell out onto the sidewalk.

Noticing this, a policeman stopped her, and said,

—Ma’am, there are $20 bills falling out of that bag.

—Oh, really? Darn it! —said the little old lady—. I’d better go back and see if I can find them. Thanks for telling me, Officer.

—Well, now, not so fast —said the cop—. Where did you get all that money? You didn’t steal it, did you?

—Oh, no, no —said the old lady—. You see, my back yard is right next to a golf course. A lot of golfers come and pee through a knot hole in my fence, right into my flower garden. It used to really tick me off because kills the flowers, you know. Then I thought, «Why not make the best of it?». So, now, I stand behind the fence by the knot hole, real quiet, with my hedge clippers. Every time some guy sticks his thing through my fence, I surprise him, grab hold of it and say: «O.K., buddy! Give me $20 or off it comes!».

—Well, that seems only fair —said the cop, laughing—.  OK. Good luck! Oh, by the way, what’s in the other bag?

—Not everybody pays.

Cortesía de Manuel Alberto Gutiérrez