[LE}– Palabras prestadas del español al árabe

22/05/2015 

El lingüista español Alberto Gómez Font disertó en Rabat sobre los préstamos de palabras del árabe al español.

Pero especialmente las llegadas del español al árabe dialectal de Marruecos, extremo este menos conocido y que sorprendió al público del Instituto Cervantes.

Gómez Font, que residió en Rabat durante dos años (2012-14) en que fue director del Cervantes, sacó a relucir primero las palabras ya caídas en desuso en España para designar antiguamente las «comidas o afeites de moros» como el alcuzcuz, hoy más conocido como cuscús, o la alheña, que todo el mundo llama henna.

Sacó a colación el kohl con el que las árabes se maquillan los ojos, que es la misma palabra que alcohol o la alhóndiga (patio de huéspedes con dos pisos), palabra ya olvidada para lo que también se llamó fonda o que los árabes siguen llamando funduk.

Pero lo que sin duda más divirtió a los asistentes a la conferencia, realizada con motivo de las Semanas de Amistad Hispano-marroquí, fue la cantidad de palabras de uso corriente en el árabe dialectal prestadas del español, o más bien «robadas —matizó Gómez Font— pues no se devolvieron».

Así los marroquíes calzan sabbat (zapatos), montan en coche o carro que tienen ruedas, y si tienen mala suirti y enferman, se sanan en el sbitar (hospital).

Algunos incluso se enteraron de que, cuando comen su sopa, llamada bufartuna, están comiéndose su buena fortuna, y que sus sabrosos pocadeos son una deformación local del castizo bocadillo.

El lingüista demostró lo viajeras que son algunas palabras: la naranja, por ejemplo, fue llamada así en España por un vocablo de origen árabe (laranya), pero luego llegaron desde China variedades más dulces que los españoles llamaron naranjas de la China, y aún hoy, en Puerto Rico y en el norte de Marruecos, se siguen llamando chinas.

En el dialectal marroquí, curiosamente, la palabra más corriente para la naranja es limún, mientras que nuestras mandarinas viajaron por el mundo anglosajón con la denominación de tangerinas, por haberse aclimatado con tanta facilidad al clima de Tánger.

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[LE}– La concordancia

21/05/2015

Inés Izquierdo

Es muy frecuente escuchar, más de lo que suponemos, errores de concordancia en casos como: la gente, la mayoría, etc.

Debemos recordar que, según la norma general, cuando en una oración simple el sujeto es «la gente», tanto el verbo como cualquier otro elemento referido a «gente» deben ir en singular, por ejemplo: «La gente opina que no es bonito ese paisaje».

Lo que sucede con gente es que siempre nos asalta la duda cuando el nombre y el verbo están separados por algún elemento, y entonces la tendencia es usar el verbo en plural, pero eso es un error, no podemos decir: «La gente opinan que no es bonito ese paisaje».

Se preguntarán cuándo está permitida la concordancia en plural. Pues eso ocurre cuando hay dos oraciones, porque se entiende que el sujeto del segundo verbo es en plural (ellos): «La gente acudió a la plaza y allí empezaron a gritar».

También en oraciones copulativas con el verbo «ser» cuando el atributo es sustantivo, la concordancia se hace en plural. «La gente que ves son hermanos».

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[LE}– ‘Alógeno’ no es lo mismo que ‘halógeno’

18/05/2015

Las voces halógeno y alógeno son dos términos completamente distintos.

El primero alude a un tipo de iluminación, y el segundo equivale a extranjero.

Sin embargo, en los medios de comunicación es frecuente encontrar frases como

  • «Los agentes observaron cómo los detenidos circulaban en un vehículo, alumbrando con un foco alógeno» o
  • «Una lámpara alógena fue la culpable de que el cantante recibiera una descarga eléctrica».

Según el Diccionario de la Academia el término halógeno se aplica a las lámparas o bombillas que contienen algún elemento químico del grupo que tiene ese nombre (flúor, cloro…) y que producen una luz blanca y brillante, mientras que alógeno es una persona extranjera o de otra raza ‘en oposición a los naturales de un país’ (personas alógenas, medios alógenos, etc.).

Dado que los ejemplos anteriores se refieren a la primera acepción, lo adecuado correcto habría sido escribir

  • «Los agentes observaron cómo los detenidos circulaban en un vehículo, alumbrando con un foco halógeno» y
  • «Una lámpara halógena fue la culpable de que el cantante recibiera una descarga eléctrica».

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[LE}– Todas las voces del español

14 MAY 2015

Álex Grijelmo

La lengua española goza de una gran unidad, casi nadie lo pone en duda.

Dos hispanohablantes de cualquiera de los países que tienen este idioma como oficial y que acaben de conocerse, se entenderán sin problema, a pesar de que, de vez en cuando, surjan en su diálogo tres tipos de palabras conflictivas, en muy diferente grado:

  1. Las que uno de los dos no reconoce como parte de su léxico, pero entiende perfectamente, sobre todo porque es capaz de deducir sus cromosomas: un español no se bañará en una “pileta”, pero sabrá a qué se refiere su interlocutor argentino cuando le proponga nadar un rato en ella.
  2. Aquellas otras que se desconocen por completo: ¿qué querrá decir un mexicano que se refiere a su achichincle? (ayudante de poca monta).
  3. Los términos que se conocen, pero que no significan lo mismo en según qué sitio. Huiremos del verbo que surge de inmediato, pero podemos hablar de la “polla” (apuesta) o de la “cola” (trasero); o recordar que cuando un venezolano “exige” algo, sólo está rogándolo encarecidamente.

En cualquier caso, se trata de pequeñísimas dificultades que se suelen superar con el contexto. De todas formas, ¿no estaría bien elaborar un Diccionario Internacional de la Lengua Española que contuviese todas las palabras del español general (las que entiende cualquier hablante) y además el término más común o mayoritario en los distintos países y, aparte, los casos en que se dan divergencias entre ellos? ¿Y podría llamarse Diccionario del Español Universal?

También en la prensa de EEUU en español se busca la unidad

Pues bien, ese proyecto existe. Desde 1997, y coordinado por el prestigioso lingüista mexicano Raúl Ávila, participan en él 26 universidades de 20 naciones (en España, las universidades de Alcalá y de Almería), algunas de ellas de países que no tienen el español como lengua oficial; pero nadie sabe cuándo se podrá terminar.

El proyecto va caminando, y consiste en que esos centros académicos promuevan líneas de investigación que encajen con él.

El empeño se denomina oficialmente Difusión del Español por los Medios (DIES-M), un título modesto, pues ante la imposibilidad de abarcar con un sentido científico el vasto mundo del idioma, los filólogos involucrados se han dedicado a analizar el vocabulario de los medios de comunicación de todos los países, para extraer sus afinidades y sus divergencias.

De momento, ya han comprobado que más de un 90% del léxico forma parte del “español general” (esas palabras como mesa, silla, soñar, dormir…). Y que también se dan divergencias, por supuesto; escasas, pero que acarrean sus problemas.

Juan Villoro, escritor y periodista mexicano, recuerda una anécdota de su compatriota José Emilio Pacheco, premio Cervantes en 2009. El poeta, fallecido en 2014 a los 74 años, solía contar su experiencia en un hotel de Madrid donde nadie entendió que pidiera “un plomero para componer la llave de la tina”. Lo que necesitaba, claro, era “un fontanero para reparar el grifo de la bañera”.

“En una sola frase”, explica Villoro, “casi todas las palabras eran distintas. Sin embargo, creo que normalmente se exageran las diferencias de vocabulario que se dan entre los países hispanos, pues la confusión suele ser más divertida que la claridad”.

Ese futuro diccionario, que ahora parece más bien un sueño, contendrá algún día el listado de las miles y miles de palabras comunes (“cabeza”, “zapato”, “bosque”, “casa”…) y también el de las variantes con mayor número de usuarios cuando se den distintas opciones para un mismo concepto; pero se cruzará este último dato con la dispersión del vocablo (es decir, con el número de países donde se emplee, pues no se considera suficiente con ganar por cantidad de hablantes, que para eso México se bastaría en la mayor parte de los casos).

Por ejemplo, entre las variantes “acera”, “vereda”, “andén”, “sendero” o “banqueta” (todas las cuales nombran lo mismo), la ganadora sería “acera”, como se dice en España y otros países. Sin embargo, tanto España como en México, que suman más de 144 millones de hablantes, perderían la batalla ante las opciones “ordenador”, “computador” y “computadora”. Ganaría “computador”, que no se oye ni en México ni en España.

En España se dice “coche”. Pero “carro” en México, Guatemala, Costa Rica, Panamá, Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Colombia, Venezuela y Perú. En Cuba usan “máquina” (también en la República Dominicana y Puerto Rico), mientras que “auto” se oye con mucha frecuencia en Argentina, Chile y Uruguay.

Ahora bien, en todos esos países se conoce como equivalente general la palabra “automóvil”. Ésta sería, por tanto, la voz adecuada para un texto que aspirase a ser recibido como natural por el 100% de los hablantes, aunque sólo a un 35,5% le brote su uso en una conversación.

¿Y para qué serviría este empeño?: para que todos los fabricantes de aparatos o todos los laboratorios farmacéuticos o todos los subtituladores de películas o todos los redactores de noticias que trabajan en español con destino a un público internacional pudieran elaborar un solo manual o prospecto, o una sola traducción, un solo programa de contestación automática verbal en consultas telefónicas de vuelos o de hoteles… Eso implicaría un notable ahorro de costos y de tiempo. Y una mayor eficacia ante los hablantes de las distintas modalidades del español.

El proyecto, en resumen, pretende abarcar el estudio de las principales variantes del idioma, jerarquizadas por su grado de difusión internacional, nacional y regional a través de los medios. De tal modo, quienes fueran capaces de usar ese “español internacional” en la comunicación verían reducidas las barreras léxicas para sus proyectos, ya fueran editoriales, periodísticos o tecnológicos.

Por ejemplo, un traductor que lleve al español una novela del Paul Auster puede escribir en un momento dado la palabra “cerilla”; opción que le sonará extraña y hasta extravagante a un lector de México (quien diría “cerillo”); pero eso no ocurriría si la tradujese como “fósforo” (término usado en España y en casi toda América, y entendido por cualquier hablante). Si se pone “cerilla” en boca de un personaje de Auster, muchos hispanoamericanos pensarán que ha de tratarse por fuerza de un personaje español.

Porque, como sostiene Ávila, “los traductores parecen ignorar que también existen españolismos”. Y ese futuro diccionario habrá de marcar como tales algunos miles de esos vocablos que ahora la Academia muestra como integrantes del español general y que sin embargo sólo se usan en España: “mechero”, “bragas”, “bañador” o “cotillear”, por ejemplo.

José Antonio Pascual, vicedirector de la Real Academia, elogia este reto de Raúl Ávila: “¡Todo lo que suponga disponer del mayor número de datos posibles referentes al léxico sea bienvenido! Siempre me ha gustado esta idea de Raúl Ávila”.

Pascual entiende que el proyecto no podrá abarcar todo el ámbito del español (el léxico de cada pueblo, de cada aldea). Por ello, “la elección de un amplio corpus de la prensa es lo indicado: no sólo por la comodidad que ello supone, sino porque es el más cercano a lo coloquial, mucho más cercano que, por ejemplo, la lengua literaria”.

Ese propósito de acercar las distintas variantes del idioma se parece mucho a lo que se ha llamado la busca del español neutro. Pero se llegaría a él con una base académica y científica, y no se convertiría en un idioma español de ningún sitio, sino en un idioma de todos o, al menos, de la mayoría. Un léxico común que no se piensa para las obras literarias (donde aflora la riqueza léxica peculiar de cada autor y de su entorno) y que tampoco tiene como objetivo acabar con las variedades nacionales o regionales, sino contribuir a una mayor cercanía de los pueblos hispanos cuando se quieran evitar los malentendidos en una comunicación internacional y masiva.

Los estudios parciales que ya se han ido concluyendo muestran que más del 90% del vocabulario que se usa en periódicos, emisoras y televisiones es entendido en cualquier otro país hispano. El propio Raúl Ávila abordó un estudio en 1994 sobre 430.000 palabras pronunciadas en la radio y la televisión mexicanas, y concluyó que el 98,4% de los términos correspondían al español general. Por tanto, el vocabulario diferencial se quedaba en un 1,6%.

Juan Miguel Lope Blanch analizó en el año 2000 un total de 133.000 vocablos del área de Madrid correspondientes a la norma culta, y encontró que el 99,9% era vocabulario común a México. Otro de los estudios acometidos en este proyecto señala que el doblaje de la película «La chaqueta metálica» hecho en México habría servido perfectamente en España si nos atenemos al vocabulario (no así por el acento, claro). Por tanto, sólo se habría necesitado un trabajo de subtitulación y no dos, según el estudio que hizo el propio Raúl Ávila.

La doctoranda Luana Ferreira, neoyorquina de padres dominicanos, defendió el pasado abril en la City University de Nueva York una tesis (Densidad léxica: estudio comparativo entre la prensa hispana de Estados Unidos e Hispanoamérica) en la que se comparan tres periódicos estadounidenses en español (de Los Ángeles, Miami y Nueva York) con otros tres de la América hispana (México, Colombia y Argentina); y llega a la conclusión de que las palabras marcadas como ajenas al español general suponen menos del 1%.

Según se lee en la tesis, se usan 10 anglicismos en la prensa estadounidense por cada 10.000 palabras; y el 99,8% de los vocablos escritos en los periódicos de Hispanoamérica y el 99,7% de los términos de la muestra estadounidense están registrados en el Diccionario de la Real Academia Española.

A ello hay que añadir que, por ejemplo, ni “bicisenda” (Argentina), ni “carril bici” (España), ni “ciclopista” (México) figuran en el Diccionario, pero cualquier hispanohablante las entenderá cuando lleguen a sus oídos por primera vez.

“Todo esto significa”, interpreta Ávila, “que también la prensa estadounidense en español busca la unidad lingüística”.

Por ello, el filólogo mexicano expresa sin disimulos esta idea:

—Es muy importante mantener la unidad idiomática, gane quien gane y pierda quien pierda.

—¿EL PAÍS debería escribir entonces “computador” en vez de “ordenador”?

—Claro. En México perderíamos con “acera” en vez de “banqueta”, y ustedes perderían con “computador”, y nosotros también, porque decimos “computadora”. Y perderíamos ustedes y nosotros con “maní” en vez de “cacahuete” y “cacahuate”, porque “maní” se usa en más países y por más hablantes. Si usted quiere emplear un término del español internacional, diga “maní”, y diga “papa” en vez de “patata”. Pero la norma hispánica se tendrá que hacer entre todos, sin predominio de ninguno.

¿Y eso no acarreará que en cada país se dejen de emplear los términos específicos o diferenciados? Se supone que no. Simplemente, se trata de crear un registro internacional para facilitar la comprensión en casos muy concretos, no de arruinar la riqueza y diversidad de nuestra lengua.

Raúl Ávila recurre a un antiguo aforismo para remachar: “Todo lo que no es universal es folclórico”.

Las conversaciones entre hispanohablantes carecen de problemas de comprensión, pero hallarán menos dificultades cuanto más culto sea su registro. Sobre todo por el gran conocimiento pasivo que tenemos de las demás variedades (quizás un español peninsular no diga ni “platicar” ni “plomero”, pero entenderá perfectamente al mexicano que use esos términos; sobre todo en una situación comunicativa determinada).

Además, en gran cantidad de casos deducimos los significados al percibir esos cromosomas que se descubren dentro de las palabras (si nos hablan de una persona “confiable”, ya entendemos que es alguien de fiar).

Humberto López Morales, secretario de la Asociación de Academias de la Lengua Española, escribió en su libro «Aventura del español en América»: “Hace ya muchos años que se viene echando en falta un repertorio léxico del español general”. Pero también prevenía contra el empobrecimiento: “Se piensa, equivocadamente, que la buscada neutralidad se consigue simplificando la lengua, reduciendo el vocabulario a mínimos insospechados”.

Al contrario, esos trabajos contribuyen a resaltar la riqueza y la variedad del idioma: un solo concepto dispone de muchas formas para ser expresado.

Sin embargo, sostiene Raúl Ávila, los medios, desde la imprenta a Internet, siempre han promovido la unidad de las lenguas. Y su estilo no influye tanto en la gente: “El estilo de los medios es uno; y el de las conversaciones, charlas o pláticas en una cantina o bar, otro. Los medios promueven la unidad, pero los individuos tienen el recurso de la variedad, de acuerdo con el contexto y sin más limitación que el uso adecuado de un vocabulario íntimo. Recordemos que en algunas circunstancias se prohíbe decir malas palabras, pero en otras se prohíbe no decirlas”.

También se puede concluir que en cuestiones como los prospectos farmacéuticos o las instrucciones para usar un extintor con eficacia más vale asegurarse de que no haya equívocos. Y, además, según los expertos aquí consultados, siempre resultará útil tener codificadas las afinidades y las diversidades de la lengua, para escoger de entre ellas según el caso; y, sobre todo, para que de esa manera crezca el conocimiento de los usos alternativos de una palabra hasta que incluso se puedan asumir un día como sinónimos. Así sucede ahora en España entre “juerga” y el americanismo “farra”, tomado ya como propio.

Y aunque ese Diccionario Universal del Español se demore, los estudiosos de nuestro léxico creen que no hay nada que temer, ni ahora ni luego, porque la facilidad de los hablantes para conversar sin problemas en todo el ámbito del español seguirá vigente sin que nada de esto los perturbe.

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[LE}– ‘Competir con alguien’, no ‘competirle a alguien’

13/05/2015

El verbo competir suele llevar un complemento introducido por con, que sirve para expresar el rival.

Así, lo correcto es competir con alguien, y no en vez de competirle a alguien.

Sin embargo, en los medios de comunicación cada vez son más habituales frases como

  • «Rusia prepara su cadena de comidas rápidas para competirle a McDonald’s»,
  • «La pregunta ahora es si Juan Carlos Vélez y el Centro Democrático desarrollarán la suficiente fuerza política para competirles a los demás candidatos» o
  • «El Real Madrid no podría competirle una liga al Bayern».

Tal como indica el Diccionario Panhispánico de Dudas, el verbo competir «suele llevar un complemento introducido por con, y menos frecuentemente por contra, que expresa el rival».

Además, según indica el Diccionario del Estudiante, aquello por lo que se compite se introduce con la preposición por.

Es posible que este uso impropio en el que el verbo aparece con el pronombre le y el rival se introduce con la preposición a, esté copiando la estructura del verbo disputar, con el que sí es adecuado decir que se disputa algo a alguien.

Así pues, en los ejemplos anteriores lo apropiado habría sido escribir

  • «Rusia prepara su cadena de comidas rápidas para competir con McDonald’s»,
  • «La pregunta ahora es si Juan Carlos Vélez y el Centro Democrático desarrollarán la suficiente fuerza política para competir con los demás candidatos» y
  • «El Real Madrid no podría disputarle una liga al Bayern».

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[LE}– ‘Pícnic’, con tilde en la primera ‘i’ y en redonda

14/05/2015

La última edición del Diccionario Académico ya recoge la adaptación de este sustantivo, procedente del inglés picnic, y éste del francés pique-nique.

Lleva tilde por ser una palabra llana acabada en consonante distinta de ene o ese y significa ‘excursión que se hace para comer o merendar sentados en el campo’ y ‘comida campestre’. Su plural es pícnics.

Por tanto, en frases como

  • «Hoy nos vamos de “picnic” sin salir de Logroño» o
  • «Miguel Ángel Silvestre celebra su cumpleaños con un picnic»,

lo adecuado habría sido escribir pícnic, con tilde y sin comillas ni cursiva.

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[LE}– Disrupción, disruptivo y disrumpir, son términos adecuados

13/05/2015

El sustantivo disrupción, el adjetivo disruptivo y el menos frecuente verbo disrumpir son adecuados para aludir a la ‘rotura o interrupción brusca’ de un proceso o un modo de hacer las cosas que se impone y desbanca a los que venían empleándose.

En los medios de comunicación pueden verse frases como

  • «La idea es facilitar un cambio que no sea disruptivo» o
  • «Se debatirá el impacto de la disrupción digital en el mundo de los negocios».

El Diccionario Académico, que ya incluía desde 1970 el adjetivo disruptivo, ha incorporado en su vigesimotercera edición el sustantivo disrupción, procedente del latín (disruptio, -onis), pero que ha llegado a nuestra lengua a través del inglés disruption.

De ese modo, los ejemplos anteriores pueden considerarse apropiados.

El verbo adecuado para referirse a esa acción es disrumpir, que sigue el paradigma de irrumpir e interrumpir (del latín irrumpere e interrumpere) y cuyo uso puede, por tanto, considerarse adecuado.

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[LE}– Origen de dichos y expresiones: Poner a alguien mirando a Cuenca

19/08/2014

Tal y como explica el lector Felipe Motown, para encontrar los orígenes de este dicho hay que retroceder hasta finales del siglo XV con el reinado de Felipe I y Juana La Loca.

Felipe I era “un poquito putero”, dice Motown, y “cuando se subía a las cortesanas para el ñaca mandaba decir que subía con la dama para enseñarle dónde estaba Cuenca”. Pronto pasó esto a los burdeles, y hasta hoy día.

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