[Col}> ¿Qué es Latinoamérica? /Soledad Morillo Belloso

21-08-2025

Soledad Morillo Belloso

¿Qué es Latinoamérica?

Latinoamérica no es sólo un subcontinente. Es una sobremesa que se alarga entre café colado, ron con hielo o vino, y mucha habladera de zoquetadas. Es el eco de una abuela que dice “no hay apuro” mientras pela mangos con la destreza de quien ha sobrevivido dictaduras, apagones y generaciones de hijos y nietos que partieron buscando futuro.

Aquí, la historia no se encierra en libros: se cocina en las esquinas, se canta en los velorios y se baila en las protestas. Es esperanza que aspira progreso y amnesia maquillada de modernidad.

Este territorio no se comprende con mapas, sino con oído y corazón. México no empieza en el Río Bravo, sino en el primer “ándale, pues” que provoca una sonrisa. Venezuela no termina en el Orinoco, sino en el aroma de arepa que se cuela por  rendijas.

Los países aquí se definen por refranes, poemas, ritmos y recetas. Es una tierra contradictoria, donde el tiempo se mide en aguaceros y el progreso en si el vecino logró reparar la nevera.

Latinoamérica no se define por sus gobiernos, sino por sus sobremesas y su cultura. Por mujeres que saben más que ministros, por niños que convierten piedras en tesoros, por hombres que lloran en silencio mientras reparan un camión.

Es un verbo en gerundio: resistiendo, soñando. Aquí, la tristeza se convierte en chiste y el chiste en himno. La memoria no se archiva: se canta.

Muchos creen que los latinoamericanos somos iguales. No lo somos, ni siquiera usamos el idioma de la misma forma. Decimos “hermano” con acento distinto, “guayabo” con significado diferente y “pendejo” con intención variable. Porque sí, hasta los insultos aquí tienen alma.

En México, “pendejo” es ingenuidad con ternura. En Venezuela, es grito de tráfico con el vidrio arriba y el alma caliente. En Argentina, es adolescencia eterna. En Perú, es error, torpeza o simplemente el otro. Y en Colombia, depende del tono: puede ser amigo, enemigo o uno mismo en un mal día.

Así es Latinoamérica: un carnaval de significados. Aquí no se habla español, se habla con rabia, con ritmo. Cada país tiene su propio diccionario clandestino, hecho de gestos, silencios y palabras que cambian de sentido según la latitud.

Afirmar que somos iguales es como decir que todas las empanadas saben igual. Hay dulces, saladas, con variedad de rellenos, fritas, horneadas, todas suculentas. Así somos: diversos, sabrosos, contradictorios.

Y si algo compartimos, es que ninguno quiere ser confundido con otro. Porque aquí, la identidad es exigencia, el lenguaje barricada y la cultura un grito que no pide permiso.

Desde afuera, la deshumanización es sutil pero constante. Se nos caricaturiza, se nos reduce a estereotipos, como si fuéramos un bloque homogéneo de caos y folklore. Nos ven sin mirarnos, nos oyen sin escucharnos. Como si nuestras voces no merecieran espacio en las conversaciones globales.

Pero Latinoamérica no es un planeta aparte. Es pensamiento crítico, arte que transforma, ciencia que innova y pueblos que  reinventan. Aquí se piensa, se crea, se lucha y se ama con una intensidad que no cabe en etiquetas simplistas.

Y sí, parte de la culpa también es nuestra. A veces, por cansancio, repetimos discursos que nos minimizan. Nos acostumbramos a ver lo nuestro como “menos”, como si la belleza y la inteligencia necesitaran sello extranjero para ser validadas.

Hemos contribuido a esa invisibilización cuando no defendemos nuestras voces, cuando creemos que el éxito sólo se alcanza lejos de nuestras raíces.

Somos el resultado de una historia tejida con hilos de sangre, resistencia y belleza. Nuestra independencia fue escrita con tinta de obituarios. Latinoamérica no es una sola piel ni una sola voz.

Es un mosaico donde conviven los cantos ancestrales de los pueblos originarios, el tambor africano que aún retumba en las costas, la herencia europea que se mezcla con contradicción y memoria, y el mestizaje que nos define sin pedir permiso. Somos indios, negros, blancos, mestizos.

Somos la mirada sabia del campesino, la fuerza de la mujer que cría y trabaja, el niño que juega en la acera como si fuera universo. Somos la mezcla de montañas que guardan secretos, valles que susurran historias, desiertos que enseñan paciencia y costas que celebran la vida con cada ola.

No hay una sola forma de ser latinoamericano. Hay millones. Y todas valen. Todas cuentan. Todas merecen ser vistas con respeto y escuchadas con atención. Porque en esta tierra, la diversidad no es problema: es potencia.

Pero algo está despertando. Cada vez más personas cuentan su historia desde su esquina del mundo, con honra y sin pedir permiso. Hay una generación que entiende que no se trata de competir con otros modelos, sino de mostrar que lo nuestro tiene valor por sí mismo.

La culpa puede doler, pero también puede ser semilla. Semilla de cambio, de reflexión, de acción. Porque cuando dejamos de repetir lo que nos dijeron que éramos y empezamos a decir lo que realmente somos, el mundo empieza a escucharnos distinto.

Necesitamos contarnos con dignidad, con memoria, con coraje. No desde el resentimiento, sino desde la conciencia. Mostrar lo que somos, sin maquillaje ni vergüenza. Con nuestras luces y sombras. Con más sonido y menos ruido. Con heridas abiertas, pero también con las manos llenas de futuro.

Sí, hemos tropezado. Hemos cometido errores. Hemos callado cuando debimos gritar y gritado cuando debimos pensar. Pero también hemos creado y amado con una intensidad que no se aprende en ningún manual. Cada caída nos ha dado una razón más para levantarnos.

Caminar con la frente en alto no es arrogancia. Es memoria. Es decir: “Aquí estoy, con todo lo que soy. Con mi acento, mi historia, mi contradicción.”

Y, sobre todo, es dejar claro que no somos “sudacas”. Ese término no nos define. Somos latinoamericanos. Con todas las letras. Con todas las culturas. Con todos los acentos. Con todas las luchas. No somos un estereotipo ni una frase hecha. Somos pueblos que piensan, que sienten, que transforman. Somos la voz que no se calla, la historia que no se borra, el alma que tiene carácter.

[Col}> Fabulosa / Soledad Morillo Belloso

02-10-2025

Soledad Morillo Belloso

Fabulosa

No me miro al espejo y me veo joven. Me veo fabulosa. Y eso no es vanidad. Es reconocimiento. Porque lo joven era otra cosa. Era promesa, era ensayo, era vértigo. Hoy soy resultado. Soy el producto de todo lo que he vivido, de lo bueno y de lo malo, pero sobre todo de lo que he aprendido.

Soy la suma de mis errores, de mis aciertos, de mis duelos, de mis fiestas, de mis silencios. Soy la mujer que se ha caído y se ha levantado, no una ni dos, sino muchas veces, y cada vez con más dignidad, con más lentitud, con más certeza.

La viudez, que es la peor experiencia imaginable, me arrancó el suelo, me dejó sin aire, me vació los cajones del alma y los bolsillos. Pero también me enseñó a desprenderme. A soltar todo lo que me impedía salir del hueco.

A dejar atrás las versiones de mí que ya no me servían. Y aunque el dolor no se va, se transforma. Se vuelve brasa, se vuelve impulso, se vuelve trampolín. En cierta forma, siento que es él, mi marido, quien desde el más allá me empuja con ternura.

Él me veía, y me lo decía, como una mujer fantástica. “Yo te quiero, pero, además, me encantas”.  Y yo, ahora, empiezo a creerle. No por vanidad, sino por justicia, porque él veía en mí lo que yo, por razones incomprensibles, no veía en mí misma.

No me veo bonita. Me veo fabulosa. Y eso no tiene que ver con la piel ni con la moda. Tiene que ver con la historia que cargo, con la manera en que camino, con la forma en que digo “no” sin culpa y “sí” sin miedo.

Tiene que ver con la forma en que me río con la boca abierta, sin miedo a mostrar los dientes, porque cada carcajada es una victoria. Tiene que ver con la forma en que me visto, no para gustar, sino para contar quién soy. Un vestido de seda puede ser mi armadura. Un pañuelo, mi bandera. Una risa escandalosa, mi mejor tarjeta de presentación.

A los treinta o a los cuarenta quizás tenía más firmeza en el cuerpo, pero menos firmeza en las decisiones. Hoy hay otra belleza: la que no se suplica, la que no se negocia. La que se planta en la mitad del cuarto y dice “aquí estoy, con todo lo que soy, y eso es suficiente”.

La que no pide permiso para brillar. La que no se esconde detrás de la juventud, sino que se muestra con todas sus cicatrices, como quien muestra sus medallas.

Sentirse fabulosa es una certeza que se instala en el pecho y se expande como perfume que no pide permiso. Es bailar sola en la cocina, con la música alta y el corazón en llamas.

Es escribir textos que nadie pidió, pero que el mundo necesita leer. Es llorar con elegancia, con rabia, con ternura, y luego secarse las lágrimas con un pañuelo bordado. Es cocinar para una sola persona y poner la mesa como si viniera la reina.

Es hablar con las plantas, con los muertos, con los recuerdos. Es saber que cada año vivido me afina el oído, me pule la mirada, me ensancha el corazón.

Es entender que la juventud no es un privilegio, es una etapa. Y que la plenitud no tiene edad, tiene actitud. Es mirar el espejo no como juez, sino como testigo. No veo juventud, veo historia.

Veo la mujer que ha vivido, que ha perdido el miedo, que ha aprendido a decir “esto sí, esto no”. Veo las arrugas como líneas de guion, como partituras de una sinfonía que solo yo sé  interpretar. Veo los ojos más lentos, pero más sabios. Veo la boca más serena, y con marcas, pero que sabe lo que quiere decir.

Sentirse fabulosa es un acto poético, profundamente amoroso y que recomiendo sin tapujos. Porque cuando una se siente fabulosa, contagia. Se vuelve faro, se vuelve abrazo. Y no hay quien pueda apagar esa luz. Es una cuestión de actitud.

Es decirle al mundo: “No me rendí. Me desabaraté y me transformé.” Es vivir con la certeza de que cada día puede ser carta abierta.

Y esto no es pedantería. Todo lo contrario. Porque la pedantería es mirar al mundo por encima del hombro. Y yo lo miro de frente, con respeto. Y me miro con respeto. Porque he aprendido que la dignidad no está en la perfección, sino en la mirada que se posa con ternura sobre lo vivido. Y yo, hoy, me miro con ternura. Me reconozco. Me celebro. Me abrazo.

Hoy no me miro al espejo para buscar juventud o la belleza que alguna vez tuve. Me miro para reconocerme. Para decirme: “Aquí estás. Y estás fabulosa.”

Y quizás, porque me veo a mí misma con bondad, veo la bondad en un mundo que tiene muchas cosas estupendas, muchas más que las que no lo son. Un mundo que me invita a acompañarlo en la aventura de vivir. Y para ese viaje tengo la cabeza llena de textos que no he escrito, de sueños y proyectos.

[Col}> Sentir de pronto amanecer / Soledad Morillo Belloso

22-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Sentir de pronto amanecer

Quizás tenía que sumergirme. No en cualquier tristeza, sino en una densa, espesa, que llega como la marea cuando nadie la espera. Una tristeza como guarapo fermentado, como sombra que se posa en la espalda sin pedir permiso.

Tuve que bajar, sí. Bajar como quien busca raíces en la tierra húmeda, como quien se deja tragar por el pozo para ver si al fondo hay eco, o canto, o algo que se parezca a sí misma.

Y allí, en lo hondo, el alma y el cuerpo se encontraron. No como aliados, sino como sobrevivientes. Se miraron con ojos de barro, con costillas temblando, y entendieron que no podían quedarse allí. Que la tristeza, aunque legítima, no era morada. Era umbral. Era semilla. Era impulso.

Entonces, sin aviso, sin preludio, sin redoble de tambores, sentí de pronto amanecer.

No fue el sol. Fue algo más antiguo. Fue como si el cuerpo recordara que sabe danzar. Como si el alma, que había estado muda, decidiera cantar. El mundo, que hasta hace un segundo dormía en su propio silencio, abrió los ojos. Y yo con él.

La luz no llegó caminando. Llegó bailando. Como quien entra a una fiesta con los pies descalzos y el corazón en la mano. Como quien trae arepas calientes envueltas en servilletas bordadas por la abuela. Como quien dice “aquí estoy” sin decirlo.

Sentir de pronto amanecer es como oír un tambor lejano que de pronto está dentro del pecho. Es el olor a café antes de que alguien lo prepare. Es el canto de un gallo que no vive cerca, pero que igual te despierta. Es el cuerpo que se despereza sin que tú se lo pidas, como si supiera que hay que celebrar algo.

Y ahí está el sol, sin pedir permiso, entrando por la rendija, tocando la mejilla suavemente, como diciendo “ya es hora”. No hay solemnidad. Hay picardía. El amanecer no llega con trompetas.

Llega con suspiros, con estirarse en la cama, con sonrisa, con el murmullo del día  que empieza a vivir.  Llega con olor a salitre, con el canto de las sardinas, con el susurro de las madres que preparan desayuno mientras tararean boleros.

Sentir de pronto amanecer es recordar que la oscuridad no es enemiga, sino antesala. Que la tristeza puede ser semilla. Que el cuerpo y el alma, cuando se encuentran en el fondo, también pueden encontrar el impulso para subir. Y cuando suben, no hay cielo que los detenga.

Es un ritual íntimo. Los ojos se abren, la piel se estira, el alma se acomoda. Y todo lo que parecía roto empieza a tener ritmo. No se trata de olvidar la noche. Se trata de entender que la noche fue necesaria para que el día tuviera sentido.

Porque hay amaneceres que no se ven. Se sienten. Se llevan dentro. Se paren con dolor, pero también con júbilo. Y cuando llegan, no hay sombra que los opaque. Son luz que se sabe merecida. Son canto que se sabe cuerpo. Son memoria que se sabe ritual.

Porque a veces hay que tocar el abismo con los dedos, dejar que la tristeza nos desarme como lluvia sobre papel, para que el alma y el cuerpo, en su desnudez más honesta, recuerden que están hechos también de fuego, de tambor, de semilla. Y entonces, sin aviso, sin permiso, sin explicación, ocurre el milagro: sentimos de pronto amanecer.

[Canarias}> ¿Debería decir ‘Esta mañana compré el pan’ o ‘Esta mañana he comprado el pan’?

06-10-2025

En el habla de Canarias se emplea tanto la forma verbal simple (pretérito simple, comí) como la forma compuesta (pretérito perfecto, he comido), aunque, por lo general, con sentidos algo diferentes de los que presentan en el español general de la Península.

La diferencia más llamativa está en el distinto uso que se hace del perfecto simple, el canario lo emplea si considera que la acción, el proceso, está acabado. Frente a Hoy me levanté con dolor de espalda, que diría un canario, un peninsular diría Hoy me he levantado con dolor de espalda.

El canario emplea el pretérito simple aun cuando la acción acabada sea inmediatamente anterior al presente: Se marchó hace un momento.

Esto no quiere decir que el canario no emplee el pretérito compuesto. Se emplea, y con bastante frecuencia, para expresar la acción pasada reiterada, considerada desde el presente: Se lo he dicho muchas veces y no me hace caso; Lo he llamado más de cuatro veces, pero no contesta.

También se usa en Canarias el pretérito compuesto para expresar un proceso iniciado en el pasado que se continúa en el presente: Por ellos lo he soportado todo, pero estoy cansado; Todavía no ha llegado; Hoy ha calentado el sol muchísimo.

Palabras nuestras

Desarmar

  1. v. Quedar el cuerpo maltrecho por una caída, por exceso de trabajo o por cualquier otra causa. U. t. c. prnl. Pintó cuatro habitaciones en una tarde y se desarmó todo.
  2. v. Deteriorar o quedar una cosa en malas condiciones por falta de mantenimiento. U. t. c. prnl. Esta casa hace tiempo que no se habita, y por eso está toda desarmada.
  3. prnl. Lz. y GC. Engordar una persona exageradamente. Después de que dejó de hacer deporte, se desarmó.

 Información sobre la localización de voces y acepciones

  • Fv: Fuerteventura
  • GC: Gran Canaria
  • Go: La Gomera
  • Hi: El Hierro
  • LP: La Palma
  • Lz: Lanzarote
  • Occ: Islas occidentales (Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro)
  • Or: Islas orientales (Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria)
  • Tf: Tenerife

Fuente

[Col}> Un gato sin apellido / Soledad Morillo Belloso

25-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Un gato sin apellido

No nació en ninguna casa, ni en cuna ni en colchón heredado. Su primer techo fue una caja de cambures detrás del mercado, justo al lado del puesto de las cebollas moradas que lloraban solas, como viudas sin duelo. La caja, empapada por la lluvia de la noche anterior, olía a fruta madura, cartón mojado y ese perfume dulzón que tienen los comienzos sin testigos.

Allí, entre cáscaras tibias y moscas con alma de trovadoras, abrió los ojos por primera vez. No tenía nombre, pero sí hambre. Y una curiosidad que le zumbaba en las patas como si el mundo fuera una cocina abierta y él, el único comensal sin cucharilla.

Lo llamaban “el rayado”, “el que se mete en la panadería”, “el gato ese que duerme en la repisa de los jabones, justo al lado del azul añil”. Nunca tuvo apellido, pero sí una fama que se paseaba por las esquinas como chisme fresco, de esos que se cuentan entre guarapita y empanada.

Aprendió a caminar entre piernas humanas, esquivando chancletas, caricias distraídas y algún que otro balde de agua con vocación de castigo. El asfalto caliente le enseñó a medir distancias con las almohadillas, y el olor a guiso de las casas le enseñó a esperar con dignidad. Sabía distinguir el sonido de una olla destapada del de una puerta que no quiere visitas. Sabía cuándo maullar y cuándo hacerse el invisible.

Una vez vivió tres días debajo del altar de la iglesia. Le gustaba el silencio, el olor a cera derretida y ese Jesús de yeso que lo miraba sin pedirle nada. Se acurrucaba entre las faldas de las rezanderas, como quien busca consuelo sin palabras. Se fue cuando llegó la procesión, porque los tambores lo asustan más que los perros.

El retumbar le recordaba a los portazos de la señora que lo echó de su patio por robarle un pedazo de pastel de chucho. Desde entonces, cada tambor le parece una amenaza con ritmo y con eco.

Tuvo amores. Una gata tricolor que vivía en la azotea del señor Ramón, el que vendía hielo y hablaba con las matas. Ella lo miraba como si él fuera dueño de algo más que su pelaje. Le llevó sardinas robadas y versos que maullaba en la madrugada, con voz de bolero y cola erguida. Ella se fue cuando Ramón se mudó a Cumaná.

Desde entonces, aprendió que el abandono también tiene pelaje, y que el amor, como el gas doméstico, a veces se acaba sin previo aviso. Nunca volvió a enamorarse, pero sí a mirar con ternura y ganas de besuqueo. Que no es lo mismo, pero se parece.

Fue testigo de peleas, nacimientos, incendios, y una vez, de un eclipse que dejó a medio pueblo sin palabras. Nadie le preguntó qué vio, pero lo guardó en los ojos. Porque los gatos no olvidan, sólo disimulan.

Vio llorar a una niña en la plaza, vio reír a un borracho que hablaba con las palomas, vio cómo misia Eloísa enterraba cartas en su jardín como si fueran semillas de lechosa. Él lo vio todo, desde lo alto del tejado, como un vigía sin uniforme. Y cada escena se le quedó pegada al pelaje como el olor a leña en camisa de domingo.

Una tarde, lo encontraron dormido sobre el busto de Bolívar. El mármol le parecía frío, pero digno. Desde allí observaba el desfile de vendedores ambulantes, los discursos sin micrófono, los niños que jugaban a ser grandes y los grandes que jugaban a no recordar.

Le gustaba ese lugar porque nadie lo molestaba. Porque desde allí podía ver cómo la patria se deshilachaba en conversaciones de plaza, en promesas de campaña, en empanadas sin relleno y en arepas que todavía saben a maíz.

Hoy, viejo y con la oreja rota, se sienta en la plaza como un abuelo sin nietos. El sol le calienta los huesos y el viento le peina los bigotes. Los niños lo acarician sin saber que fue leyenda.

Que una vez salvó a un bebé del fuego, que otra vez guió a una señora ciega hasta su casa, que tiene más vidas que cuentos y más cuentos que vidas. Su andar es lento, pero su mirada sigue afilada. Observa como quien ya ha vivido demasiado, pero aún se permite el lujo de sorprenderse.

No tiene casa, pero sí territorio. No tiene nombre, pero sí memoria. Y cada cicatriz es una crónica que aún no se ha escrito. Su cuerpo es un mapa de historias que no caben en los libros, pero sí en las esquinas, en los tejados, en los silencios que huelen a sopa de mediodía.

Si alguna vez lo ves, no le regales lástima. Dale conversación. Porque él, aunque sin apellido, tiene más patria en sus patas que muchos en sus discursos escritos con almidón.

Ya es de noche en Pampatar. El murmullo del mar se cuela entre las piedras como un secreto viejo que no se cansa de contarse. El gato sin apellido se acomoda en su murito de siempre, ese que da justo frente al ir y venir de las olas, como si fuera balcón de teatro para quien ya ha visto todas las funciones.

Se estira, bosteza sin apuro, y deja que la brisa le peine los recuerdos. No hay luna, pero sí estrellas que parecen migajas de historias que aún no ha contado. Desde allí, con la cola enroscada y los ojos entrecerrados, observa cómo el mar respira, cómo la noche se hace patria, y cómo él, sin nombre ni dueño, sigue siendo testigo de todo lo que importa.

[Col}> Cosas que sólo saben las abuelas / Soledad Morillo Belloso

24-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Cosas que sólo saben las abuelas

Las abuelas saben cosas que no vienen en ningún manual, ni en los libros de autoayuda, ni en los podcasts de crianza positiva. Son saberes que se transmiten por ósmosis, por regaño con cariño. Cosas que se aprenden mientras se pela yuca, se dobla ropa con esmero o se escucha cómo el café sube en la greca como quien anuncia milagros. Porque sí, el café subiendo es como la abuela hablando bajito: algo importante está por pasar.

Una abuela sabe que el dolor de cabeza no se cura con pastillas, sino con sombra, silencio y una infusión de hojas que sólo ella reconoce por el olor. “Tómate esto y acuéstate… y déjate de pensar tanto”, dice, y hay que obedecer, porque en su voz hay más ciencia que en cualquier prospecto farmacéutico.

La abuela sabe que el amor no se mide en promesas, sino en cucharadas de sopa caliente, en el pedacito de pollo que te guarda sin decir nada, en el “¿comiste?” que suena más profundo que un “te quiero”. Y si la respuesta es no, ella no pregunta por qué: se para, revuelve, y sirve sin sermón.

Sabe la abuela que el respeto empieza por no interrumpir cuando alguien está contando algo, aunque lo haya contado mil veces. Porque para ella, cada historia es una ofrenda, y cada repetición, una forma de mantener vivo lo que el tiempo quiere borrar. “Déjenla que hable, que el alma también necesita desahogo”, dice, mientras mira con esa ceja levantada que educa sin palabras.

Las abuelas tienen un radar que no falla. Detectan tristezas camufladas detrás de sonrisas, visitas que traen malas noticias aunque lleguen con torta, y nietos que necesitan perdón aunque no lo pidan. Ellas no preguntan, ellas saben. Y si preguntan, es para dar chance de  confesión sin juicio. “Dime la verdad, que yo no me escandalizo. Ya he visto de todo”, suelta, y hay que rendirse sin discutir, porque es bien sabido que una abuela es refugio.

Una abuela sabe que el arroz se lava “hasta que el agua hable claro”, que no se barre de noche porque se espanta la suerte, y que el despecho se cura con una buena llorada seguida de sopa con huesito, servida en plato hondo y con cucharón generoso. “Está bien, llora, pero come”, aconseja, pues sabe que el consuelo empieza por el estómago.

Sabe la abuela que la fe cabe en una estampita doblada en cuatro, guardada en la cartera junto a una receta de hallacas, una foto de alguien que ya no está, y un billete de cinco dólares “por si acaso”. Y si falta la fe, ella presta la suya. “Yo le pedí a San Antonio por ti, aunque tú no creas en santos”, dicen, y algo se acomoda en el universo.

Las abuelas cuentan historias sin saber que están haciendo historia. Dicen que el bisabuelo tenía “una mirada que tumbaba gobiernos” y que la tía-abuela bailaba guaracha  con los pies descalzos y era el alma de la fiesta. Y los nietos, sin darse  cuenta, aprenden geografía emocional, política doméstica, y filosofía de familia. Las abuelas echan cuentos de cosas que pasaron hace un montón de años, y  no se olvidan de cómo era el vestido de fulanita, “que era muy simpática pero bailaba malísimo”.

Saben que el tiempo no se pierde si se está bordando, que la tristeza se disimula con arepas recién hechas, y que el perdón se sirve caliente, con un poquito de azúcar y una cucharada de paciencia. “No te quedes con eso en el pecho, que eso se pudre”, advierten, mientras sirven café con leche y acarician el alma.

Saben que la dignidad empieza por no salir con los zapatos sucios, que la elegancia no depende del vestido sino del modo en que se recibe a la visita, y que la belleza se hereda, pero el carácter se cocina a fuego lento. “La mujer se ve por cómo trata a los demás, no por lo que lleva puesto”, sentencia, mientras se acomoda el cuello de la camisa.

Las abuelas también saben cuándo callar. Y ese silencio, ay, ese silencio… tiene más peso que cien discursos. Es el silencio que dice “yo sé, pero no te voy a juzgar”. El que acompaña sin invadir. El que cura sin tocar. “No voy a decir nada, pero aquí estoy”, murmuran, y el resultado es que la soledad sale por la ventana.

Y cuando están lejos, siguen enseñando. En el modo en que se  acomodan los platos, en el impulso de guardar “el pedacito más blandito del pollo”, en esa costumbre del “Dios te bendiga”. Estan en el olor del guiso que sale sin receta, en el gesto de doblar las toallas como si fueran promesas. En el consejo que aparece sin que nadie lo diga: “No te metas donde no te llaman, pero si te llaman, ve con dignidad”.

Las abuelas saben cosas que no se olvidan. Y por eso, pensar en ellas acomoda el pecho. El mundo vuelve a tener sentido, aunque sea por un ratico. Como si el alma se pusiera su mejor vestido de domingo, y saliera al patio a tomar café con ellas, aunque no estén. Porque las abuelas están en el refrán que se repite sin saber por qué, en el olor a alcanfor, en el eco de un “cuídate, mi amor” que protege.

Las abuelas saben es cómo leer el cuerpo ajeno sin necesidad de estetoscopio. “Tienes la mirada caída, eso es cansancio del alma”, diagnostican mientras te ponen a reposar con una toalla tibia en la frente y una oración bajita que parece susurro de monte. “No te tragues la rabia, que eso da acidez”, “No duermas con el corazón apretado, que los sueños se revuelven”. Son curanderas del ánimo, terapeutas del silencio.

También saben que la vida no se puede vivir con apuro. “El que corre mucho, se tropieza con su sombra”, dicen mientras amasan con calma, como si el tiempo fuera harina. Saben que hay que dejar reposar las decisiones como se deja reposar el pan, que no todo se resuelve en el momento, y que a veces lo mejor es “dormirlo y mañana se ve”. Para ellas, la prisa es cosa de gente que no ha aprendido a escuchar el canto de los pájaros ni el chisme del viento.

Lo que las abuelas saben no se pierde: se queda bordado en la memoria, como servilleta con iniciales, como receta sin medidas. Y cuando la vida aprieta, basta con recordar una de sus frases para que el alma respire hondo y se acomode, como quien se sienta en el porche a esperar que pase la tormenta.

Y aunque hoy muchas abuelas se pasean en jeans, con celular en mano y lentes de sol como quien va a conquistar el mundo, hay momentos en que se ríen solas y piensan: “¡Caray, estoy igualita a mi mamá!”. Y esa risa, entre nostalgia y travesura, es puro homenaje sin decirlo.

Desde que nace el primer nieto, toda mujer pierde su nombre: ya no es Carmen, ni Teresa, ni Magdalena. Tampoco es Mamá o Mami. Ahora es “la abuela”, “mamama”, “mima”, “ahí”, “meme”, “abu”, o “la que guarda caramelos en la cartera”. Es como si la maternidad tuviera segunda vuelta  con bautizo incluido.

Porque convertirse en abuela es una transformación mágica: se les suaviza el carácter, se les afina el oído para detectar travesuras, y se les multiplica el amor como si lo sirvieran en cucharones. Y ese nuevo nombre, el que el nieto pronuncie primero, se queda para siempre.

[Canarias}> La palabra canaria que creías que era de las Islas

30-09-2025

Ni cotufa ni guagua: la palabra canaria que creías que era de las Islas pero tiene su origen en Aragón

La Academia Canaria de la Lengua la considera un canarismo

El español de Canarias es muy rico. Existen muchos términos surgidos en las Islas que fueron llevados, por ejemplo, a América, como también se llevó a cabo el camino inverso. En este caso, hablamos de una palabra canaria… que no lo es.

La Academia Canaria de la Lengua, fundación pública dependiente del Gobierno de Canarias, tiene como principales objetivos el estudio y descripción de la variedad canaria de la lengua española y de la producción literaria desarrollada en las Islas y es allí donde se encargan de mimar esas palabras canarias que, seguro, tendrían que usar en la Península por su sonoridad.

En Canarias la palabra fonil equivale al embudo español, es decir, al “Instrumento hueco, ancho por arriba y estrecho por abajo, en forma de cono y rematado en un canuto, que sirve para transvasar líquidos” (Diccionario de la Lengua Española, s. v. embudo).

En español general, fonil alude a un tipo particular de embudo, concretamente a aquél con que se envasan líquidos en las pipas o toneles que sirven para transportar o guardar vino. Por tanto, aunque relacionados, el significado de ambos es distinto, lo que justifica su consideración como canarismo.

Esta palabra canaria es muchas veces usada en las Islas como un sinónimo de embudo, pero, realmente, para encontrar el origen de fonil hay que ir hasta Aragón. Eso sí, precisamente, al tratarse de un significado distinto, la Academia Canaria de la Lengua considera que se trata de un canarismo de manera justificada. A su vez, fonil proviene del inglés funnel.

Fuente

[Canarias}> La descomunal y salvaje playa de Canarias entre realidad y ficción que inspiró ‘Exodus’ y ‘Star Wars’: dónde está y cómo llegar

La descomunal y salvaje playa de Canarias entre realidad y ficción que inspiró ‘Exodus’ y ‘Star Wars’: dónde está y cómo llegar

Al sur de la isla, en la península de Jandía, Cofete es uno de los arenales más atractivos, rodeado de montañas, de arena dorada y difícil acceso