[Col}> Lo que los inmigrantes portugueses nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

15-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes portugueses nos trajeron

¡Ah, los portugueses! Navegantes del bacalao y del fado que llegaron a Venezuela con una maleta llena de sueños, una foto de la abuela en blanco y negro y un pan de trigo que parecía tallado por Miguel Ángel.

Llegaron a Venezuela con la brújula apuntando al trabajo duro y el corazón lleno de saudade. Muchos venían de Madeira, de aldeas donde el mar era vecino y la tierra se ganaba con las uñas. Aquí se metieron en todo: ferreterías, bodegas, abastos, supermercados, construcción, agricultura, floristerías y jardinerías, y hasta en la venta de repuestos donde sabían más de carburadores que de castellano.

Los portugueses no vinieron con pompa ni discursos, pero trajeron algo mejor: sabor, terquedad, y una manera muy suya de convertir cualquier esquina en una panadería que huele a gloria celestial.

Entonces, hablemos del pan. Porque si algo hicieron los portugueses fue enseñarnos que el pan no es sólo pan. Es ritual, es abrazo, es desayuno con mantequilla y café en vasito.

Nos trajeron el pan campesino, el pan de leche, el pan que cruje como chisme de vecina. Y no sólo lo trajeron: lo perfeccionaron. ¿Quién no ha hecho una cola de media hora en una panadería un domingo por la mañana, con la esperanza de que todavía quede algo caliente? Y si no queda, igual uno se lleva un golfiao con queso e’ mano, porque el alma portuguesa también sabe de eso.

Pero no todo fue pan. También trajeron el bacalao, ese pescado seco que parece un ladrillo pero que, milagrosamente, se convierte en manjar cuando lo cocinan con papas, cebolla y aceite de oliva.

La ensalada de bacalao es como una declaración de principios: sencilla, honesta y con carácter. Y si uno tiene suerte, le toca probar el bacalao espiritual, que no tiene nada de místico, pero sí mucho de sabroso.

Los portugueses también trajeron una manera muy suya de mirar el mundo: con paciencia, con trabajo duro y con una fe inquebrantable en que todo se puede resolver con la Virgen de Fátima y un buen café.

Porque el café portugués no es cualquier café. Es fuerte, oscuro y servido con una sonrisa que dice: “Isto vai mexer contigo até às lembranças mais guardadas”. Y si uno se queda conversando, seguro te ofrecen un pastelito de nata, que es como un abrazo en forma de postre.

Y qué decir de los nombres. Porque los portugueses tienen esa costumbre de ponerle nombres largos a sus hijos, con apellidos que parecen trabalenguas. Pero también tienen el don de los apodos.

Así, en cualquier lugar venezolano, hay un “Portu” (dicho con toneladas de cariño) que no se llama Portu, sino João Pedro, Tiago Manuel, João Martim, pero que todo el mundo conoce como “el señor que hace los mejores cachitos del mundo”. El cachito tiene jamón y una masa que parece hecha por ángeles panaderos que seguramente son portugueses. Y la manera como lo hacen es imposible de reproducir en casa.

Y trajeron refranes, aunque a veces no los entendemos del todo. Cosas como “quem não tem cão, caça com gato”, que uno traduce como puede y aplica cuando se le acaba el papel toilette. Porque el humor portugués es seco, directo, y con una pizca de melancolía. Como si siempre estuvieran recordando algo que pasó en Madeira o en Oporto, pero sin dejar de sonreír.

También trajeron una estética: azulejos, santos con cara de primo lejano, y una manera de decorar que mezcla lo barroco con lo práctico. Las casas portuguesas tienen ese encanto de lo vivido, lo útil, y lo bonito sin pretensiones. Y si uno entra a una, seguro hay una imagen de Fátima y de San Antonio, porque los portugueses creen en los milagros, pero también en el trabajo duro.

Los portugueses nos trajeron esa cultura de las letras de sus grandes escritores y poetas. ¡Y vaya letras!  Desembarcaron con una maleta invisible llena de palabras que saben a mar, a saudade, a vinho verde y a tardes de lluvia.

Nos trajeron la cadencia melancólica de Fernando Pessoa, que escribía como quien conversa con sus propios fantasmas; la fuerza lírica de Sophia de Mello Breyner, que hablaba del mundo como si fuera un poema en voz baja. ¡Y cómo no incluir a don Luis de Camões, ese poeta que escribía como quien navega entre tormentas y amores imposibles!

Los portugueses que llegaron a Venezuela no sólo trajeron manos para el trabajo y alma para el fado, también venían con una herencia literaria que sabe a mar abierto y a versos tallados en piedra.

Camões, con su Os Lusíadas, nos enseñó que la épica no está solo en las guerras, sino también en el alma que resiste. Sus palabras cruzaron el Atlántico como quien lanza botellas con mensajes, y aquí encontraron eco en los que también venían buscando nuevos mundos.

Esa tradición de letras exquisitas se coló en nuestras sobremesas, en los cuentos de abuelos que hablaban de Lisboa como si fuera parte del mapa emocional de Venezuela. Pessoa nos trajo la melancolía filosófica y Camões ese fuego antiguo que convierte la lengua en espada y caricia.

Y aunque muchos portugueses que llegaron no eran poetas de oficio, hablaban con una musicalidad que parecía escrita en endecasílabos. Porque cuando un madeirense dice “A minha casa é tua casa”, lo dice con la misma solemnidad con la que Camões hablaba del amor y del destino.

Así que sí, los portugueses nos trajeron letras que no se leen sólo con los ojos, sino con el alma. Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos papelón, cariño y espacio en nuestras bibliotecas del corazón. Esa tradición literaria, tan rica y profunda, se coló en Venezuela como quien deja una carta debajo de la puerta.

Muchos portugueses que llegaron aquí llevaban la poesía en la manera de hablar, en los cuentos que contaban en las sobremesas, en los dichos que mezclaban el portugués con el castellano y que terminaban sonando como refranes nuevos. Y así, sin hacer ruido, nos enseñaron que la palabra también puede ser hogar.

Discretos pero constantes, como el café colado en manga: sin alarde, pero siempre presente. Convirtieron su “bom dia” en “buenos días, vecino” y el fado “Estranha Forma de Vida”, interpretado por Amália Rodrigues —“Foi por vontade de Deus / Que eu vivo nesta ansiedade…”— que no es canción: es confesión, es herida cantada con dignidad.

En él, el destino no se discute, se canta. Y Amália lo hizo eterno, como si cada palabra llevara el peso de Lisboa en la voz, en un fondo musical para sembrar raíces. La música portuguesa tiene algo único.

En 2017, Salvador Sobral entonó “Amar pelos dois” como quien acaricia una cicatriz con la yema de los dedos. Compuesta por su hermana Luísa, esta balada de jazz susurrado y bossa contenida se volvió plegaria de los que aman sin retorno, de los que ofrecen el corazón entero, aunque el otro ya no esté.

En Eurovisión de ese año, entre el ruido y la parafernalia, Salvador apareció como un suspiro: voz íntima, mirada baja, y una ternura que desarmó a Europa. No cantó para impresionar, cantó para entregar. Y esa entrega, desnuda y sin artificios, convirtió la canción en un acto de amor absoluto. Desde entonces, “Amar pelos dois” vive como un fado sin guitarra, sembrado en el alma de quienes saben que hay amores que no se gritan, se murmuran.

Y no podemos olvidar el acento. Ese acento que suena a mar y a montaña, que convierte la “r” en una caricia y la “s” en suspiro. El portugués venezolano habla con una cadencia que parece canción, y cuando se emociona, mezcla el español con el portugués y uno no entiende nada, pero igual se ríe.

Los inmigrantes portugueses se trajeron a sí mismos, con todo lo que eso implica: sabores, costumbres, manías y una manera de vivir que se fue mezclando con la nuestra hasta que ya no sabemos dónde termina lo portugués y empieza lo venezolano.

Porque en este país, el pan “de a locha” (que no cuesta una locha) ya es tan nuestro como la arepa, y el bacalao espiritual se sirve en Navidad junto al pernil y la ensalada de gallina.

Así que gracias, Portus queridos. Gracias por el pan, por el marroncito a primera hora en una panadería, por el bacalao, por las letras, por el fado, por los negocios, por la gentileza, por la Virgen de Fátima, por las flores y por enseñarnos que la vida se vive mejor si se empieza con una buena masa y se hornea con cariño.

[Canarias}> Poyo está bien dicho en Canarias

23-10-2025

José Antonio Felipe

Poyo está bien dicho en Canarias, aunque es una palabra que se está perdiendo

El poyo de la cocina es algo que «no tienen» en el resto del Estado

Muchas personas al leer poyo creen que se trata de un error, que realmente queremos referirnos a pollo, pero nada más lejos de la realidad en Canarias. Es cierto que en la Península también existe la palabra poyo, aunque con un significado diferente al de las Islas.

En el resto del Estado, poyo es, según la definición de la Real Academia de la Lengua (RAE), una “especie de pilón rectangular relleno de tierra en el que se plantan flores. Suele delimitar el patio al que da la cocina“, pero en Canarias tiene otro significado.

Cuando en las Islas nos referimos a poyo lo estamos haciendo a una “repisa de cemento, granito u otro material, que sirve, en la cocina, para preparar la comida” o, como refleja la Academia Canaria de la Lengua, una “obra de albañilería que consiste en una repisa de cemento, granito u otro material, que generalmente va colocada entre el fregadero y el hornillo de la cocina”.

Es decir, en Canarias decimos poyo a lo que en la Península se referien como encimera.

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[Canarias}> El misterio del Valbanera: el Titanic canario en el que murieron 488 personas

20-10-2025

Ricardo Herrera

El misterio del Valbanera: el Titanic canario en el que murieron 488 personas

Eran, sobre todo, canarios y canarias que migraban para encontrar un futuro mejor

Desde tiempos remotos, el mar ha sido fuente de inspiración para mitos y leyendas. De sus profundidades han surgido relatos sobre sirenas, criaturas marinas y maldiciones. Sin embargo, en Canarias no es necesario recurrir a la fantasía para encontrar historias tan asombrosas como trágicas. Una de ellas tocó muy de cerca a Canarias: el hundimiento del Valbanera, un vapor que hizo escala en La Palma, Tenerife y Gran Canaria, y en el que 577 canarios emprendieron un viaje sin retorno.

Un viaje sin testigos

Del final del Valbanera apenas existen detalles. Cuando el huracán azotó la embarcación el 10 de septiembre de 1919, ninguno de los 488 pasajeros que permanecían a bordo sobrevivió. Más de 200 eran emigrantes canarios que buscaban prosperar en Cuba.

El historiador y periodista Juan Carlos Díaz Lorenzo recuerda que esta tragedia se enmarca en el contexto migratorio de la época: “No todos los indianos regresaron con fortuna; hubo muchos que lucharon por sobrevivir y nunca pudieron volver”.

Entre las historias personales destaca la de su propio tío abuelo, Antonio Hernández de Paz, natural de Fuencaliente (La Palma), que se embarcó con apenas 18 años. “El viaje era incómodo y el hacinamiento insoportable, así que él y otros 19 vecinos decidieron desembarcar en Santiago de Cuba y continuar en tren hacia Cabaiguán y Zaza del Medio, donde iban a trabajar en las vegas de tabaco”, relata Díaz Lorenzo.

Mientras tanto, en Fuencaliente, su familia temía lo peor al conocer las noticias del naufragio. “En cuanto supo lo ocurrido, mi tío abuelo envió un telegrama para avisar que estaba vivo”, recuerda. Curiosamente, aquel joven que escapó del destino del Valbanera llegó a vivir hasta los 94 años.

Presentimiento en el Valbanera

El hecho de que 742 pasajeros decidieran abandonar el barco antes del último tramo ha alimentado numerosas teorías con el paso del tiempo. El escritor y político Juan Manuel García Ramos, nieto de uno de los pasajeros, asegura que su abuelo poseía una “intuición especial” para leer el cielo. “Me contaba que al llegar a Santiago de Cuba no le gustaron los cielos atlánticos ni los del Caribe. Aquel mal presentimiento lo llevó a desembarcarse de un barco que consideró maldito”, explica.

El Valbanera incluso ha sido mencionado en relatos de Ernest Hemingway y en numerosas fábulas populares, algunas que hablan de castigos divinos o almas en pena que pedían auxilio en alta mar. “A veces me pregunto si mi abuelo realmente percibió la formación del huracán”, reflexiona García Ramos, un siglo después del desastre.

Un barco moderno para su tiempo

El cronista oficial de Santa Cruz de Tenerife, José Manuel Ledesma, ha documentado con detalle la historia del buque. El Valbanera fue construido en 1906 en los astilleros Coneel & Co de Glasgow para la Naviera Pinillos Izquierdo. Tenía 121,9 metros de eslora, 14,6 de manga y 6,5 de calado, y estaba propulsado por dos máquinas de triple expansión que le permitían alcanzar los 12 nudos de velocidad.

El capitán del navío, Ramón Martín Cordero, contaba con 34 años y estaba acompañado por una tripulación de 88 personas. En el verano de 1919, el barco había pasado por Santa Cruz de La Palma y Las Palmas de Gran Canaria, y anunció su paso por Santa Cruz de Tenerife con destino a Santiago de Cuba y La Habana.

A bordo, la diferencia de clases marcaba el viaje: los billetes iban desde 1.250 pesetas en primera clase hasta 75 pesetas en clase emigrante, donde los pasajeros dormían hacinados en literas metálicas. Muchos de los canarios llevaban consigo gofio, higos pasados y pescado seco para sobrevivir durante la travesía.

Ledesma también desmiente algunos mitos: el capitán no era consciente del huracán que se gestaba en el Golfo, ya que no existían predicciones meteorológicas fiables, y el barco había sido revisado y declarado en perfectas condiciones de navegabilidad apenas doce días antes del fatídico viaje.

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[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes españoles / Soledad Morillo Belloso

14-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes españoles

Ah, los españoles… Cuando llegaron como inmigrantes a Venezuela, no sólo trajeron maletas llenas de ropa bien doblada, santos envueltos en papel periódico y fotos de abuelos con cara de “no me hables antes del café”. Trajeron una manera de estar en el mundo. Una forma de hablar distinguiendo las ces y las zetas de las eses, de regañar con cariño, de cocinar con abundancia y de contar historias que empiezan en Galicia, pasan por Oviedo y Barcelona, y terminan en Ciudad Bolívar, con escala en un bodegón de Chacao y alguna fiesta patronal en Valencia (la nuestra).

Los gallegos llegaron con esa mezcla de terquedad y ternura que los hace únicos. Montaron panaderías donde el pan sobado se convirtió en religión, y si el pan no estaba caliente, mejor ni lo mencionaras. “¡Ese pan está frío, respeta!”, decían con tono de juez supremo.

Y nosotros, que no somos bobos, aprendimos que el pan se come calientico, con mantequilla, y acompañado de cuentos largos que empiezan con “Cuando yo llegué a este país…”

Los asturianos trajeron gaitas, fabada y esa nostalgia que se cura con sidra y trabajo duro. Montaron negocios donde el olor a chorizo se mezclaba con el de la empanada criolla. Y si había fiesta, sacaban la gaita y armaban tremendo jolgorio: mezcla de romería y parranda caraqueña. “Esto no es Asturias, pero se le parece”, decían mientras brindaban con papelón con limón.

Los catalanes llegaron con precisión, con orden, con esa manera de hacer las cosas que parece coreografía. Montaron pastelerías donde el brazo gitano se volvió primo hermano del quesillo, y tiendas donde todo estaba etiquetado, contado, medido. “Això està bé”, decían, y nosotros respondíamos “¡Está chévere!” sin saber que estábamos hablando el mismo idioma del afecto.

Y los refranes… ¡Ay, los refranes! Nos trajeron una enciclopedia de sabiduría popular: “Más vale pájaro en mano que cien volando”, “A quien madruga, Dios lo ayuda”, “Donde fueres, haz lo que vieres”.

Nosotros los agarramos, los mezclamos con los nuestros y creamos unos híbridos que ni Cervantes entendería. “Más vale arepa en mano que jamón ibérico en vitrina”. Porque aquí todo se tropicaliza, se sazona, se vuelve fiesta.

También trajeron esa costumbre sabrosa de montar negocios con nombres que parecen sacados de una novela picaresca: “Ferretería El Gallego”, “Bodegón La Española”, “Carnicería Don Pepe”. Y si el negocio prosperaba, le añadían “y algo más”. Así nacieron joyas como “Panadería La Ibérica y algo más”, donde vendían pan, café, chucherías, papel higiénico y hasta consejos matrimoniales.

Pero si hay algo que nos une con España —como el arroz con la leche y el azúcar en el arroz con leche— es la música. Mi papá alucinaba con Sarita Montiel, una mujer que cantaba cuplés con voz de terciopelo, fumaba puros como quien recita poesía, y vivía como quien sabe que la vida es un escenario. Saritísima no sólo era diva, sino género propio.

El Poliedro de Caracas, el Teresa Carreño, el Forum de Valencia y cuanto teatro, club y sala de shows y fiestas existe en Venezuela han sido testigos de conciertos que se volvieron rituales. Raphael, con su voz de drama y terciopelo, nos enseñó que un “yo soy aquel” podía sonar como bolero y como zarzuela.

Cuando yo era una niña con pretensiones de gente grande (ya no soy niña y sigo sin ser grande) Fórmula V —con su pop alegre y contagioso— nos hacía bailar como si estuviéramos en una fiesta de pueblo, con papelillos y cotillón. Cuando sonaba “Eva María se fue buscando el sol en la playa” o “Cuéntame”, más de uno se enamoraba sin saberlo.

Las canciones de Fórmula V se volvieron parte del paisaje sonoro de nuestras vacaciones, nuestras fiestas con picó, nuestras tardes de radio AM. Y aunque eran de España, se volvieron nuestros. Donde suena Fórmula V, hay memoria, hay alegría y hay corazón.

Rocío Dúrcal, que ya nos había enamorado con su “Amor en el aire”, nos cantó rancheras con acento madrileño y nos hizo llorar con “Amor eterno”. Julio Iglesias vino con su sonrisa de galán y nos dejó tarareando “Me olvidé de vivir” mientras hacíamos cola en el abasto. Nino Bravo, con su “Libre como el sol cuando amanece, yo soy libre como el mar”, con esa voz de viento y montaña, nos enseñó que la libertad no se explica: se canta. Su música cruzó el Atlántico y se quedó en nuestras radios, en nuestros corazones.

“¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti?” Con esa sola línea, inolvidable, Perales convirtió el desamor en una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez. Su música se siente como carta escrita a mano, como suspiro en la ventana. Es la España que nos canta desde el alma y se nos metió en el cuerpo.

Tenemos la mente y el corazón inundados de canciones que nos marcaron de por vida. Los Hombres G, con sus letras de rebeldes del destape, nos hicieron brincar en el CCCT como si estuviéramos en Madrid. Melendi, con su acento asturiano y sus “Likes y cicatrices”, llenó el Poliedro y nos recordó que la melancolía también se canta con ritmo. Mocedades volvió después de 36 años y nos regaló “Eres tú” como si el tiempo no hubiera pasado.

Serrat, con su voz de mar y sus versos de calle, nos cantó “Mediterráneo” y nosotros lo hicimos nuestro, aunque el mar que nos baña sea el Caribe. Serrat y Sabina nos enseñaron que la nostalgia puede tener ritmo, que la memoria se canta, y que un español puede sonar como si hubiese nacido en El Hatillo.

Ah, Alejandro Sanz, con sus letras que duelen bonito. “Corazón partío” se volvió himno de despecho, y “Amiga mía” sonó en radios, taxis y serenatas improvisadas. Porque cuando Sanz canta “Y si fuera ella”, todos tenemos una historia que nos aprieta el pecho. Y cuando dice “No es lo mismo”, entendemos que “lo mismo “ es  una enfermedad del lomo y que hay canciones que no se oyen: se sienten.

Cuando Plácido Domingo cantó “Caballo Viejo” junto a Simón Díaz, la ópera se vistió con liqui liqui y el joropo se volvió sinfónico. Fue en el Teresa Carreño, con la Orquesta Sinfónica Juvenil de Venezuela, donde el tenor español se dejó llevar por el alma llanera y convirtió ese clásico en un puente entre dos mundos. Un momento en que la música venezolana se sintió universal, y la voz de Domingo galopó con elegancia por los versos de Tío Simón.

En Venezuela, la afición taurina ha sido más que espectáculo: ha sido rito, herencia y tertulia.  Desde las ferias de San Cristóbal y Mérida hasta la Maestranza de Maracay, la Fiesta Brava ha reunido generaciones enteras que celebran el arte del toreo como quien honra una tradición que cruzó el Atlántico con acento español y se sembró en tierra andina y maracayera. Las plazas se llenaban de emoción, de pañuelos blancos, de olés que retumbaban como ecos de siglos.

Y junto a esa pasión por el toro, late también el corazón flamenco. Porque aquí, cuando suena una guitarra rasgueada y una voz se quiebra en quejío, no importa si estamos en Caracas o en Maracaibo: el alma se nos va detrás del zapateo.

El flamenco, con su duende y su drama, encontró en Venezuela tierra fértil para el aplauso. Desde tablaos improvisados en El Hatillo hasta noches de cante jondo en Margarita, el arte flamenco se volvió nuestro, como si el taconeo también llevara arepa en el alma. Porque aquí, el toro embiste con dignidad, y el flamenco se canta con ron y sentimiento.

Lo más hermoso que trajeron fue la costumbre de reunirse. De hacer de la comida un acto sagrado. La paella llegó como ritual dominical: arroz, reunión, cuentos y ese tío que siempre dice “Esto no es paella, pero está bueno”. Porque lo importante no es la receta, sino el acto de compartir.

Los inmigrantes españoles nos enseñaron que la nostalgia se cura con trabajo, que el humor es medicina, y que el hogar se construye con refranes, recetas, canciones y rituales compartidos.

Nos enseñaron a hablar con carácter, a discutir con pasión, a celebrar con comida y a llorar con dignidad. Y nosotros agarramos todo eso, lo mezclamos con tambor, con ron, con hallaca y con chisme, y lo convertimos en identidad.

Así que cuando alguien diga “los españoles nos trajeron muchas cosas”, tú responde: “¡Claro que sí! Nos trajeron sabores que se volvieron nuestros, como si el aceite de oliva aprendiera a bailar joropo y el ajo se mezclara con papelón sin perder su acento.

Llegaron con sus churros, sus pucheros, sus empanadas gallegas, sus paellas con aroma a mar y memoria. En sus maletas venían recetas que se transformaron al calor del fogón criollo: el arroz con mariscos se volvió más picante, el gazpacho se tropicalizó, y hasta el turrón encontró rival en el dulce de lechosa.

En cada mesa venezolana hay un eco de esa herencia: un sofrito que recuerda a la abuela española, un jamón serrano que se come con arepa, un vino de Rioja que se besuquea con las  hallacas en diciembre. La comida española no se quedó en nostalgia: se volvió mezcla y sabor con pasaporte venezolano.

Nos trajeron cultura, las tabernas de La Candelaria que se replicaron en todo el país, refranes con garbo, canciones inolvidables y una manera de vivir que se nos metió en la piel.

Y nosotros, como buenos venezolanos, lo mezclamos todo y lo convertimos en fiesta. Porque al final, donde canta un asturiano, baila un margariteño. Donde cocina un catalán, come un caraqueño. Donde cuenta un gallego, se ríe un guayanés. Y cuando canta Alejandro Sanz corea toda la familia. Porque en Venezuela, la historia no se escribe: se canta, se cocina, se celebra.

Adrede, he dejado por fuera a los canarios y a los vascos, porque merecen capítulos especiales.

[Col}> ¿Qué es Latinoamérica? /Soledad Morillo Belloso

21-08-2025

Soledad Morillo Belloso

¿Qué es Latinoamérica?

Latinoamérica no es sólo un subcontinente. Es una sobremesa que se alarga entre café colado, ron con hielo o vino, y mucha habladera de zoquetadas. Es el eco de una abuela que dice “no hay apuro” mientras pela mangos con la destreza de quien ha sobrevivido dictaduras, apagones y generaciones de hijos y nietos que partieron buscando futuro.

Aquí, la historia no se encierra en libros: se cocina en las esquinas, se canta en los velorios y se baila en las protestas. Es esperanza que aspira progreso y amnesia maquillada de modernidad.

Este territorio no se comprende con mapas, sino con oído y corazón. México no empieza en el Río Bravo, sino en el primer “ándale, pues” que provoca una sonrisa. Venezuela no termina en el Orinoco, sino en el aroma de arepa que se cuela por  rendijas.

Los países aquí se definen por refranes, poemas, ritmos y recetas. Es una tierra contradictoria, donde el tiempo se mide en aguaceros y el progreso en si el vecino logró reparar la nevera.

Latinoamérica no se define por sus gobiernos, sino por sus sobremesas y su cultura. Por mujeres que saben más que ministros, por niños que convierten piedras en tesoros, por hombres que lloran en silencio mientras reparan un camión.

Es un verbo en gerundio: resistiendo, soñando. Aquí, la tristeza se convierte en chiste y el chiste en himno. La memoria no se archiva: se canta.

Muchos creen que los latinoamericanos somos iguales. No lo somos, ni siquiera usamos el idioma de la misma forma. Decimos “hermano” con acento distinto, “guayabo” con significado diferente y “pendejo” con intención variable. Porque sí, hasta los insultos aquí tienen alma.

En México, “pendejo” es ingenuidad con ternura. En Venezuela, es grito de tráfico con el vidrio arriba y el alma caliente. En Argentina, es adolescencia eterna. En Perú, es error, torpeza o simplemente el otro. Y en Colombia, depende del tono: puede ser amigo, enemigo o uno mismo en un mal día.

Así es Latinoamérica: un carnaval de significados. Aquí no se habla español, se habla con rabia, con ritmo. Cada país tiene su propio diccionario clandestino, hecho de gestos, silencios y palabras que cambian de sentido según la latitud.

Afirmar que somos iguales es como decir que todas las empanadas saben igual. Hay dulces, saladas, con variedad de rellenos, fritas, horneadas, todas suculentas. Así somos: diversos, sabrosos, contradictorios.

Y si algo compartimos, es que ninguno quiere ser confundido con otro. Porque aquí, la identidad es exigencia, el lenguaje barricada y la cultura un grito que no pide permiso.

Desde afuera, la deshumanización es sutil pero constante. Se nos caricaturiza, se nos reduce a estereotipos, como si fuéramos un bloque homogéneo de caos y folklore. Nos ven sin mirarnos, nos oyen sin escucharnos. Como si nuestras voces no merecieran espacio en las conversaciones globales.

Pero Latinoamérica no es un planeta aparte. Es pensamiento crítico, arte que transforma, ciencia que innova y pueblos que  reinventan. Aquí se piensa, se crea, se lucha y se ama con una intensidad que no cabe en etiquetas simplistas.

Y sí, parte de la culpa también es nuestra. A veces, por cansancio, repetimos discursos que nos minimizan. Nos acostumbramos a ver lo nuestro como “menos”, como si la belleza y la inteligencia necesitaran sello extranjero para ser validadas.

Hemos contribuido a esa invisibilización cuando no defendemos nuestras voces, cuando creemos que el éxito sólo se alcanza lejos de nuestras raíces.

Somos el resultado de una historia tejida con hilos de sangre, resistencia y belleza. Nuestra independencia fue escrita con tinta de obituarios. Latinoamérica no es una sola piel ni una sola voz.

Es un mosaico donde conviven los cantos ancestrales de los pueblos originarios, el tambor africano que aún retumba en las costas, la herencia europea que se mezcla con contradicción y memoria, y el mestizaje que nos define sin pedir permiso. Somos indios, negros, blancos, mestizos.

Somos la mirada sabia del campesino, la fuerza de la mujer que cría y trabaja, el niño que juega en la acera como si fuera universo. Somos la mezcla de montañas que guardan secretos, valles que susurran historias, desiertos que enseñan paciencia y costas que celebran la vida con cada ola.

No hay una sola forma de ser latinoamericano. Hay millones. Y todas valen. Todas cuentan. Todas merecen ser vistas con respeto y escuchadas con atención. Porque en esta tierra, la diversidad no es problema: es potencia.

Pero algo está despertando. Cada vez más personas cuentan su historia desde su esquina del mundo, con honra y sin pedir permiso. Hay una generación que entiende que no se trata de competir con otros modelos, sino de mostrar que lo nuestro tiene valor por sí mismo.

La culpa puede doler, pero también puede ser semilla. Semilla de cambio, de reflexión, de acción. Porque cuando dejamos de repetir lo que nos dijeron que éramos y empezamos a decir lo que realmente somos, el mundo empieza a escucharnos distinto.

Necesitamos contarnos con dignidad, con memoria, con coraje. No desde el resentimiento, sino desde la conciencia. Mostrar lo que somos, sin maquillaje ni vergüenza. Con nuestras luces y sombras. Con más sonido y menos ruido. Con heridas abiertas, pero también con las manos llenas de futuro.

Sí, hemos tropezado. Hemos cometido errores. Hemos callado cuando debimos gritar y gritado cuando debimos pensar. Pero también hemos creado y amado con una intensidad que no se aprende en ningún manual. Cada caída nos ha dado una razón más para levantarnos.

Caminar con la frente en alto no es arrogancia. Es memoria. Es decir: “Aquí estoy, con todo lo que soy. Con mi acento, mi historia, mi contradicción.”

Y, sobre todo, es dejar claro que no somos “sudacas”. Ese término no nos define. Somos latinoamericanos. Con todas las letras. Con todas las culturas. Con todos los acentos. Con todas las luchas. No somos un estereotipo ni una frase hecha. Somos pueblos que piensan, que sienten, que transforman. Somos la voz que no se calla, la historia que no se borra, el alma que tiene carácter.

[Col}> Fabulosa / Soledad Morillo Belloso

02-10-2025

Soledad Morillo Belloso

Fabulosa

No me miro al espejo y me veo joven. Me veo fabulosa. Y eso no es vanidad. Es reconocimiento. Porque lo joven era otra cosa. Era promesa, era ensayo, era vértigo. Hoy soy resultado. Soy el producto de todo lo que he vivido, de lo bueno y de lo malo, pero sobre todo de lo que he aprendido.

Soy la suma de mis errores, de mis aciertos, de mis duelos, de mis fiestas, de mis silencios. Soy la mujer que se ha caído y se ha levantado, no una ni dos, sino muchas veces, y cada vez con más dignidad, con más lentitud, con más certeza.

La viudez, que es la peor experiencia imaginable, me arrancó el suelo, me dejó sin aire, me vació los cajones del alma y los bolsillos. Pero también me enseñó a desprenderme. A soltar todo lo que me impedía salir del hueco.

A dejar atrás las versiones de mí que ya no me servían. Y aunque el dolor no se va, se transforma. Se vuelve brasa, se vuelve impulso, se vuelve trampolín. En cierta forma, siento que es él, mi marido, quien desde el más allá me empuja con ternura.

Él me veía, y me lo decía, como una mujer fantástica. “Yo te quiero, pero, además, me encantas”.  Y yo, ahora, empiezo a creerle. No por vanidad, sino por justicia, porque él veía en mí lo que yo, por razones incomprensibles, no veía en mí misma.

No me veo bonita. Me veo fabulosa. Y eso no tiene que ver con la piel ni con la moda. Tiene que ver con la historia que cargo, con la manera en que camino, con la forma en que digo “no” sin culpa y “sí” sin miedo.

Tiene que ver con la forma en que me río con la boca abierta, sin miedo a mostrar los dientes, porque cada carcajada es una victoria. Tiene que ver con la forma en que me visto, no para gustar, sino para contar quién soy. Un vestido de seda puede ser mi armadura. Un pañuelo, mi bandera. Una risa escandalosa, mi mejor tarjeta de presentación.

A los treinta o a los cuarenta quizás tenía más firmeza en el cuerpo, pero menos firmeza en las decisiones. Hoy hay otra belleza: la que no se suplica, la que no se negocia. La que se planta en la mitad del cuarto y dice “aquí estoy, con todo lo que soy, y eso es suficiente”.

La que no pide permiso para brillar. La que no se esconde detrás de la juventud, sino que se muestra con todas sus cicatrices, como quien muestra sus medallas.

Sentirse fabulosa es una certeza que se instala en el pecho y se expande como perfume que no pide permiso. Es bailar sola en la cocina, con la música alta y el corazón en llamas.

Es escribir textos que nadie pidió, pero que el mundo necesita leer. Es llorar con elegancia, con rabia, con ternura, y luego secarse las lágrimas con un pañuelo bordado. Es cocinar para una sola persona y poner la mesa como si viniera la reina.

Es hablar con las plantas, con los muertos, con los recuerdos. Es saber que cada año vivido me afina el oído, me pule la mirada, me ensancha el corazón.

Es entender que la juventud no es un privilegio, es una etapa. Y que la plenitud no tiene edad, tiene actitud. Es mirar el espejo no como juez, sino como testigo. No veo juventud, veo historia.

Veo la mujer que ha vivido, que ha perdido el miedo, que ha aprendido a decir “esto sí, esto no”. Veo las arrugas como líneas de guion, como partituras de una sinfonía que solo yo sé  interpretar. Veo los ojos más lentos, pero más sabios. Veo la boca más serena, y con marcas, pero que sabe lo que quiere decir.

Sentirse fabulosa es un acto poético, profundamente amoroso y que recomiendo sin tapujos. Porque cuando una se siente fabulosa, contagia. Se vuelve faro, se vuelve abrazo. Y no hay quien pueda apagar esa luz. Es una cuestión de actitud.

Es decirle al mundo: “No me rendí. Me desabaraté y me transformé.” Es vivir con la certeza de que cada día puede ser carta abierta.

Y esto no es pedantería. Todo lo contrario. Porque la pedantería es mirar al mundo por encima del hombro. Y yo lo miro de frente, con respeto. Y me miro con respeto. Porque he aprendido que la dignidad no está en la perfección, sino en la mirada que se posa con ternura sobre lo vivido. Y yo, hoy, me miro con ternura. Me reconozco. Me celebro. Me abrazo.

Hoy no me miro al espejo para buscar juventud o la belleza que alguna vez tuve. Me miro para reconocerme. Para decirme: “Aquí estás. Y estás fabulosa.”

Y quizás, porque me veo a mí misma con bondad, veo la bondad en un mundo que tiene muchas cosas estupendas, muchas más que las que no lo son. Un mundo que me invita a acompañarlo en la aventura de vivir. Y para ese viaje tengo la cabeza llena de textos que no he escrito, de sueños y proyectos.

[Col}> Sentir de pronto amanecer / Soledad Morillo Belloso

22-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Sentir de pronto amanecer

Quizás tenía que sumergirme. No en cualquier tristeza, sino en una densa, espesa, que llega como la marea cuando nadie la espera. Una tristeza como guarapo fermentado, como sombra que se posa en la espalda sin pedir permiso.

Tuve que bajar, sí. Bajar como quien busca raíces en la tierra húmeda, como quien se deja tragar por el pozo para ver si al fondo hay eco, o canto, o algo que se parezca a sí misma.

Y allí, en lo hondo, el alma y el cuerpo se encontraron. No como aliados, sino como sobrevivientes. Se miraron con ojos de barro, con costillas temblando, y entendieron que no podían quedarse allí. Que la tristeza, aunque legítima, no era morada. Era umbral. Era semilla. Era impulso.

Entonces, sin aviso, sin preludio, sin redoble de tambores, sentí de pronto amanecer.

No fue el sol. Fue algo más antiguo. Fue como si el cuerpo recordara que sabe danzar. Como si el alma, que había estado muda, decidiera cantar. El mundo, que hasta hace un segundo dormía en su propio silencio, abrió los ojos. Y yo con él.

La luz no llegó caminando. Llegó bailando. Como quien entra a una fiesta con los pies descalzos y el corazón en la mano. Como quien trae arepas calientes envueltas en servilletas bordadas por la abuela. Como quien dice “aquí estoy” sin decirlo.

Sentir de pronto amanecer es como oír un tambor lejano que de pronto está dentro del pecho. Es el olor a café antes de que alguien lo prepare. Es el canto de un gallo que no vive cerca, pero que igual te despierta. Es el cuerpo que se despereza sin que tú se lo pidas, como si supiera que hay que celebrar algo.

Y ahí está el sol, sin pedir permiso, entrando por la rendija, tocando la mejilla suavemente, como diciendo “ya es hora”. No hay solemnidad. Hay picardía. El amanecer no llega con trompetas.

Llega con suspiros, con estirarse en la cama, con sonrisa, con el murmullo del día  que empieza a vivir.  Llega con olor a salitre, con el canto de las sardinas, con el susurro de las madres que preparan desayuno mientras tararean boleros.

Sentir de pronto amanecer es recordar que la oscuridad no es enemiga, sino antesala. Que la tristeza puede ser semilla. Que el cuerpo y el alma, cuando se encuentran en el fondo, también pueden encontrar el impulso para subir. Y cuando suben, no hay cielo que los detenga.

Es un ritual íntimo. Los ojos se abren, la piel se estira, el alma se acomoda. Y todo lo que parecía roto empieza a tener ritmo. No se trata de olvidar la noche. Se trata de entender que la noche fue necesaria para que el día tuviera sentido.

Porque hay amaneceres que no se ven. Se sienten. Se llevan dentro. Se paren con dolor, pero también con júbilo. Y cuando llegan, no hay sombra que los opaque. Son luz que se sabe merecida. Son canto que se sabe cuerpo. Son memoria que se sabe ritual.

Porque a veces hay que tocar el abismo con los dedos, dejar que la tristeza nos desarme como lluvia sobre papel, para que el alma y el cuerpo, en su desnudez más honesta, recuerden que están hechos también de fuego, de tambor, de semilla. Y entonces, sin aviso, sin permiso, sin explicación, ocurre el milagro: sentimos de pronto amanecer.

[Canarias}> ¿Debería decir ‘Esta mañana compré el pan’ o ‘Esta mañana he comprado el pan’?

06-10-2025

En el habla de Canarias se emplea tanto la forma verbal simple (pretérito simple, comí) como la forma compuesta (pretérito perfecto, he comido), aunque, por lo general, con sentidos algo diferentes de los que presentan en el español general de la Península.

La diferencia más llamativa está en el distinto uso que se hace del perfecto simple, el canario lo emplea si considera que la acción, el proceso, está acabado. Frente a Hoy me levanté con dolor de espalda, que diría un canario, un peninsular diría Hoy me he levantado con dolor de espalda.

El canario emplea el pretérito simple aun cuando la acción acabada sea inmediatamente anterior al presente: Se marchó hace un momento.

Esto no quiere decir que el canario no emplee el pretérito compuesto. Se emplea, y con bastante frecuencia, para expresar la acción pasada reiterada, considerada desde el presente: Se lo he dicho muchas veces y no me hace caso; Lo he llamado más de cuatro veces, pero no contesta.

También se usa en Canarias el pretérito compuesto para expresar un proceso iniciado en el pasado que se continúa en el presente: Por ellos lo he soportado todo, pero estoy cansado; Todavía no ha llegado; Hoy ha calentado el sol muchísimo.

Palabras nuestras

Desarmar

  1. v. Quedar el cuerpo maltrecho por una caída, por exceso de trabajo o por cualquier otra causa. U. t. c. prnl. Pintó cuatro habitaciones en una tarde y se desarmó todo.
  2. v. Deteriorar o quedar una cosa en malas condiciones por falta de mantenimiento. U. t. c. prnl. Esta casa hace tiempo que no se habita, y por eso está toda desarmada.
  3. prnl. Lz. y GC. Engordar una persona exageradamente. Después de que dejó de hacer deporte, se desarmó.

 Información sobre la localización de voces y acepciones

  • Fv: Fuerteventura
  • GC: Gran Canaria
  • Go: La Gomera
  • Hi: El Hierro
  • LP: La Palma
  • Lz: Lanzarote
  • Occ: Islas occidentales (Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro)
  • Or: Islas orientales (Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria)
  • Tf: Tenerife

Fuente