[Canarias}> Un estudio revela cómo vivían los guanches en El Teide: así eran sus chozas, rituales y su relación con el volcán

26/10/2025

Un estudio revela cómo vivían los guanches en El Teide: así eran sus chozas, rituales y su relación con el volcán

El conocimiento a «fondo» de estas viviendas en el Teide han arrojado, por ahora, datos «muy interesantes» sobre cómo estaban construidas

La arqueóloga Maltilde Arnay (ULL) ha presentado esta semana en Tenerife los resultados de la investigación de la última década en torno a cómo era la estancia de los guanches en Las Cañadas del Parque Nacional del Teide. En la actualidad, el grupo de investigación busca ahora responder a una pregunta: ¿Cómo cambió el comportamiento de los antiguos pobladores canarios al ser conscientes de los problemas volcánicos del territorio en el que vivían?

Arnay, en una entrevista concedida a Europa Press, ha detallado esos resultados obtenidos hasta la fecha, que pasan por el redescubrimiento “a fondo” de las cuevas y chozas redescubiertas en el Parque Nacional “muy bien conservadas” —algo que no ocurre de igual manera en el resto de la isla por el crecimiento urbano y la existencia de asentamientos estables— y que retratarían el estilo de vida de estos pobladores en alta montaña.

Realizan excavaciones en una cueva de Tenerife y lo que descubren les lleva a los guanches: “Es uno de los yacimientos con mayor número de dataciones en Tenerife”

Desde el punto de vista de la divulgación, los resultados de este investigación se exponen en el Centro de Visitantes de Cañada Blanca. Allí, relata la arqueóloga, todo se visibiliza con documentación y una excavación. “Lo que hemos hecho son campañas de excavación en distintas casas de ese tipo, en distintas cabañas de ese tipo, para conocer un poco cómo funcionaban”, recuerda la especialista sobre la investigación de la que forma parte.

Modos de vida en alta montaña

 Relata Arnay que el conocimiento a “fondo” de estas viviendas en el Teide han arrojado, por ahora, datos “muy interesantes” sobre cómo estaban construidas, cómo eran sus muros –de lava–, y cómo se articulaba el espacio y se comunicaba el hogar. El centro de esas cabañas, en ocasiones, era una “gran estructura de combustión”.

Y a todo ello, prosigue, se une otro “gran campo de trabajo”, en esta ocasión dedicado a la investigación de las ‘canteras-taller’ de molinos de mano, característicos de la cultura guanche. En estos lugares, se obtenía la materia prima, a partir de roca volcánica porosa, y luego se fabricaba la escultura. “Se han localizado varias canteras, entre ellas dos muy grandes, y se encontraron además prácticamente intactas”, matiza.

La arqueóloga pone, asimismo, en valor la capacidad de esta última línea para recuperar “información fundamental” sobre la tecnología de estas canteras, es decir, cómo se fabricaban los molinos y cómo se distribuían después. “Ha sido una oportunidad para conocer una tecnología que no se conocía”, ha añadido.

Ubicaciones de yacimientos

Los yacimientos que desvelan los restos de cabañas y chozas de los guanches en el Teide se encuentran bastante bien repartidos, sin embargo, hay sitios con “mayor concentración” de ellos, como en el camino de Siete Cañadas. Esto respondería a que se trata de un camino que atraviesa el sur de las Cañadas, que tiene recursos, agua y, por lo tanto, propiciarían la generación de grandes asentamientos.

Sobre cómo era el tipo de asentamiento de los guanches en la zona, sobre todo ante las características de un entorno frío y de alta montaña como el Teide, la arqueóloga matiza que esta ocupación siempre se ha planteado “temporal”, como una “ocupación, incluso, estacional, es decir, en primavera y en verano se registraba el máximo de ocupación y es cuando subirían a hacer diferentes actividades, intercambiar productos o recoger recursos.

Todo ello puede deducirse del carácter “ligero” y “movible” de las cabañas, muy adaptadas al medio.

“El problema —precisa Arnay— es que, en un momento determinado, cuando empezaban a observar el peligro, y que había un ocultamiento en la montaña, en Las Cañadas, es posible que la habitabilidad fuera más permanente, huyendo de lo que serían las circunstancias en el momento de la conquista de la isla”, ha precisado la investigadora, que alude a la cronología para señalar que la estancia de estos antiguos pobladores ratificó una larga pervivencia el siglo XV, pero también en el XVI, e incluso en el XVII.

Relevancia del proyecto

Matilde subraya además la importancia de este trabajo en el Teide para observar cómo los guanches aprovechaban los recursos líticos en la zona. Conocían muy bien el territorio y sus recursos. Luego, precisa, también es destacable el cambio de concepción del territorio en la población, “porque no siempre se debió de haber hecho lo mismo, y a partir de un determinado momento, posiblemente, cambió un poco el valor simbólico del territorio”.

La arqueóloga hace referencia así al conocimiento, por parte de los guanches, de la última erupción del Teide, y cómo esta pudo influir en su visión del territorio, cuestión que este grupo de investigación ahora estudia.

“Lo más importante ahora mismo es haber documentado toda esta gran cantidad de yacimientos arqueológicos, que nos indican esa estancia continuada en el siglo V, prácticamente, que es la fecha más temprana que tenemos, hasta casi el siglo XVII”, ha enfatizado la investigadora.

Nueva línea de investigación

 El trabajo continúa en estos momentos con otros proyectos que ya tiene en marcha y que, vinculados al volcanismo, tratan ahora de ver la relación entre los sucesos volcánicos y el comportamiento de los guanches. De este modo, se están excavando las cuevas con nuevos procedimientos para obtener estos datos. De alguna manera, existe esta hipótesis ante la existencia de fuentes documentales, principalmente periodísticas, que se remontan a la época en la que llegan los conquistadores y todas las noticias que se recogen del Teide son “negativas”.

“Lo que hacemos es intentar tener datos cronológicos para ver si podemos apreciar estos cambios, es decir, si de alguna manera se habitaban las mismas zonas o no se habitaban las mismas zonas, lo que pasa es que es muy difícil obtener cronología, porque hay que obtener las de muestras muy seguras”, ha señalado la especialista.

Fuente

[Col}> Lo que nos trajeron los suecos / Soledad Morillo Belloso

18-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los suecos

Los suecos que llegaron a Venezuela no venían huyendo ni buscando refugio. Nadie los perseguía. No traían heridas ni apuros. Se asomaron al trópico como quien ve una fiesta desde la acera y dice: “¿Y si me meto?”. Sin invitación, pero con ganas de zapatear.

Vinieron por curiosidad, por calorcito, por cambiar el abrigo de oso por una guayabera con botones de coco. El trópico les guiñó el ojo y ellos, tan serios, tan cuadraditos, se dejaron seducir. Y vaya que se dejaron.

Conocí varios. Catires como harina PAN, altos como los cocoteros de Macuto, organizados como receta de hallaca escrita por una abuela con Excel. Pero cuando tocaba gozar, ¡ay, papá! Nadie les ganaba. Aprendieron merengue como si lo hubieran mamado en el tetero. Tomaban ron como si fuera glögg con hielo. Y bailaban tambor con más fe que los de Barlovento.

No eran turistas. Eran socios del clima, del mango con sal y del sancocho dominguero. Se enamoraron del “¿cómo está la cosa?” y del “epa, vamos a la playa”. Y nosotros, que nos creemos los reyes de la gozadera, tuvimos que aceptar que esos vikingos sabían rumbear como si hubieran nacido en El Callao.

No vinieron a cambiar el país. Vinieron a dejarse cambiar. Y en ese trueque, nos enseñaron que la puntualidad no pelea con la pachanga, que el orden cabe en una fiesta, y que hasta el más frío se derrite con un buen solo de timbal.

Trajeron sus costumbres, sí, pero las pusieron sobre la mesa como quien ofrece gravlax. Y nosotros, sabrosos y curiosos, les dijimos: “eso pega con casabe”. Nos regalaron el aquavit, ese licor que parece hecho para cantar. Porque si algo saben los suecos es que todo se celebra con canción. Cantaban cosas que sonaban a “Mambrú se fue a la guerra”, pero en versión vikinga. Y al final de cada verso: ¡Skål! Risa. Trago. Otro Skål. Y así hasta que la luna se pone su corona de velas como Santa Lucía en diciembre.

Nos trajeron caballitos rojos de madera, como salidos de un cuento de hadas con sombrero de palma. Nos enseñaron que trabajar duro y con mucha formalidad toda la semana no está reñido con rumbear el sábado. Que se puede manejar como fórmula uno y aún así llegar vivo a la playa. Que el orden no excluye la gozadera.

Y sí, también nos trajeron maquinarias industriales de primer mundo y el Tetra Pak.  Ese envase que guarda jugo, leche, sopa y hasta recuerdos. Porque en cada cartón hay un pedacito de esa mezcla improbable: el frío del norte y el calor del Caribe, la puntualidad sueca y el “ya vamos” venezolano.

Se quitaron el abrigo, se pusieron pantalones de algodón, y descubrieron que la vida sabe mejor envuelta en hoja de plátano. Les encantaba todo. Las arepas, las empanadas, las cachapas con queso de mano que se derrite como la nieve que dejaron atrás. Recibían el año en mi casa y se comían hallacas de a dos, como si fueran panecillos de Navidad rellenos de Caribe. Y después del brindis, se lanzaban al baile con más fe que los salseros de Puerto La Cruz.

Bailaban lo que sonara. Merengue, calipso, salsa brava, tambor, reguetón, gaitas. Si no sonaba, cantaban en sueco y hacían que sonara. Porque para ellos, la música no era idioma, era impulso. Y el impulso los llevaba directo a la pista, al patio, a la playa, al corazón de la fiesta.

No eran visitantes. Eran cómplices del goce. Se aprendieron los refranes, los pasos, los sabores. Se enamoraron del “¿cómo está la cosa?” y del “¡epa, vamos a la playa!”. Y nosotros, que creemos que la alegría es patrimonio nacional, tuvimos que admitir que esos nórdicos sabían celebrar como si hubieran nacido en Cumaná.

Nunca aprendieron a hablar español sin acento sueco. Pero eso sí: manejaban con soltura todo el idioma venezolano. Y ahí los veías, en Río Chico, hablando con la empanadera en un español pastoso pero lleno de coloquialismos: “¡Ajá, mi amor, dame dos de cazón y una de queso, que estoy es antojao!”. Y la empanadera apenas podía freír de tanto que se reía. Porque no hay nada más sabroso que oír un “epa, chamo” dicho con acento de Estocolmo.

Son gente extremadamente cordial. generosos y confiables; son los primeros en ofrecer su mano en momentos de necesidad y su hombro si la vida se pone de llanto.

Y no sólo trajeron canciones, gravlax y caballitos rojos. Nos trajeron a ABBA. También llegaron con marcas que se volvieron parte del paisaje venezolano. IKEA, aunque sin tienda física, inspiró apartamentos en Caracas y posadas en Choroní. Spotify, nacido en Estocolmo, se volvió la banda sonora de nuestras fiestas, desde gaitas en diciembre hasta salsa en agosto. H&M ya tiene tienda en el Sambil Chacao, apostando por un mercado que baila con estilo. Y Tetra Pak, lo repito, ese envase sueco que guarda jugos y sopas, se volvió tan cotidiano como el Toddy en la lonchera.

Tecnología, maquinaria industrial, diseño, música, cataratas de sonrisas, moda y la mejor actitud ante la vida: los suecos llegaron con todo. Y Venezuela les dijo: “¡bienvenidos, y no se vayan!”. Y muchos no se fueron, y se convirtieron en suecos venezolanos. Un sueco venezolano es el mejor amigo que uno puede tener en la vida. Yo tengo esa suerte.

[Canarias}> La palabra guanche que sigue viva en Canarias y que muchos usan con los bebés sin saberlo

08/12/2025

La palabra guanche que sigue viva en Canarias y que muchos usan con los bebés sin saberlo

Su uso está completamente integrado en la vida cotidiana

En Canarias sobreviven expresiones que se usan a diario sin que quienes las pronuncian conozcan su origen. Algunas de ellas proceden de la antigua lengua hablada por los guanches, cuyos vestigios continúan presentes en topónimos, vocablos populares y usos cotidianos que han logrado mantenerse a lo largo de los siglos.

Una de esas palabras es la que muchas familias utilizan para dirigirse a los bebés en tono cariñoso. Su uso está completamente integrado en la vida cotidiana, pero su raíz es mucho más antigua de lo que parece.

La transformación hacia su forma actual, ajó, se produjo con el paso del tiempo y la transmisión oral. De voz utilitaria asociada a la alimentación pasó a convertirse en una expresión afectiva, conservada en juegos, arrullos y gestos habituales hacia los más pequeños.

Aunque su significado ya no está ligado al sustento, mantiene una conexión con el mundo simbólico de los primeros habitantes del Archipiélago.

Hoy, esta palabra permanece en la memoria colectiva como parte del habla cotidiana. Su uso en hogares de todas las Islas refleja la pervivencia de elementos lingüísticos anteriores a la colonización, un rasgo que distingue al español que se habla en Canarias y que confirma la persistencia de aportes culturales guanches en expresiones comunes.

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[Canarias}> ¿Es un canarismo la palabra ‘jardiloso’?

13-01-2026

 ¿Es un canarismo la palabra ‘jardiloso’?

 En el Diccionario básico de canarismos de la Academia Canaria de la Lengua se recoge el adjetivo ardiloso, que se define como «Mañoso» y se localiza en las islas de Gran Canaria, Tenerife y La Palma. Jardiloso es una variante fonética popular.

Ardiloso, que procede de ardil, tiene el sentido de ‛astuto, agudo, hábil’ en Andalucía y en algunos países de América, valor muy semejante al que nos indica en su consulta cuando señala que se aplica, también, a la persona espabilada.

El adjetivo ardil, que el Diccionario de la Real Academia Española marca como desusado, se define como «Mañoso, astuto, sagaz». Es probable que en Canarias, además del uso que hace referencia a la habilidad manual, estén presentes los relacionados con la astucia y la sagacidad, destrezas éstas de naturaleza intelectual.

Palabras nuestras

gadaño

m. LP. Dedo de la mano. U. m. en pl. Quita los gadaños de los cristales.

m. LP. Marca o huella que los dedos de la mano dejan en los cristales y otras superficies brillantes. U. m. en pl. Acabo de limpiar la mesa y ya están los gadaños marcados.

retrincar

v. Trincar con mucha fuerza. Retrincó la mancera con la mano, y no paró hasta arar toda la gavia.

v. Apretar con mucha fuerza los dientes, generalmente a causa de dolor, rabia o ira. Retrincó los dientes para no contestarle como se merecía.

Información sobre la localización de voces y acepciones

  • Fv: Fuerteventura
  • GC: Gran Canaria
  • Go: La Gomera
  • Hi: El Hierro
  • LP: La Palma
  • Lz: Lanzarote
  • Occ: Islas occidentales (Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro

 Fuente

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes polacos / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes polacos

Los polacos que llegaron a Venezuela venían con el alma envuelta en papel de estraza, como quien guarda un pedazo de cielo en una caja de zapatos. No traían coronas ni medallas, pero sí una dignidad silenciosa, tejida con hilos de aguante y costuras de esperanza. Sus apellidos —Kowalczyk, Zielinski, Kaminski, Wojciechowski, Lozinski, Radonski— sonaban como campanas en otro idioma, y nosotros, con oído de sabanero y corazón curioso, aprendimos a pronunciarlos como quien aprende a bailar una mazurka sin perder el tumbao del Tamunangue.

La historia de su llegada tiene ritmo de vals triste y esperanza de parranda. La primera oleada, en su mayoría judíos, vino escapando del infierno nazi, buscando un rincón donde respirar sin miedo. Venezuela, con su sol que no juzga y su caos que abraza, les abrió los brazos como quien dice: “Pasa, siéntate, aquí hay café, aquí hay un abrazo”. También llegaron polacos católicos, perseguidos no por rezar, sino por no agachar la cabeza ante el monstruo nazi. Campesinos, maestros, obreros, con la cruz colgada en el pecho y la fe metida en el bolsillo, como quien guarda un rosario para no perder el norte. Cruzaron el océano como quien cruza un desierto con la esperanza escondida en una estampita.

Luego llegaron los que sobrevivieron a la guerra, con la ropa arrugada y el corazón lleno de ausencias. Y entre 1953 y 1958, desembarcaron los que huían de la colonización soviética con ideas rebeldes y ganas de vivir sin censura. Llegaron como lluvia mansa en tierra reseca, con los bolsillos llenos de recuerdos y las manos vacías, pero listas para sembrar. Llegaron con hambre de libertad.

Aquí encontraron, judíos y católicos, tierra fértil para volver a rezar sin miedo, para reconstruir sus vidas con manos callosas y corazones tercos. En sus casas se encendieron velas, se colgaron santos y se celebraron misas donde el pan era criollo, pero la fe seguía hablando en polaco. Porque la espiritualidad también migra, también se adapta, también florece cuando se le da abrigo.

Venezuela, con su canto desordenado y su sol sin prejuicios, les ofreció sombra, guarapo y una esquina donde volver a empezar. Cada uno trajo algo: un violín que lloraba en polaco, una receta que olía a infancia, una palabra que se volvió refrán. Y así, sin hacer bulla, fueron sembrando raíces en nuestras aceras, en nuestras cocinas, en nuestras fiestas.

Los polacos que echaron raíces aquí no llegaron con las manos vacías; llegaron con los bolsillos llenos de oficio, como quien trae herramientas envueltas en papel de periódico y recetas escritas en servilletas. Venían con saberes cosidos al alma, con ganas de trabajar, de inventar, de dejar huella. Algunos se volvieron panaderos y amasaban centeno como quien amasa esperanza, con paciencia de abuelo y olor a invierno europeo. Otros se metieron en consultorios, en talleres, en conservatorios, en sastrerías, en sembradíos, en aulas y en mercados, dejando sus apellidos —Zalewski, Gorski, Lewandowski, Kaminski— como estampas en la historia cotidiana, como quien firma con cariño una carta de pertenencia.

En Caracas, Maracaibo, Valencia, Maracay y otras ciudades montaron negocios que olían a su Europa pero sabían a Caribe. Panaderías donde el pan crujía como si cantara, consultorios donde se curaba con acento y ternura, sastrerías donde se cosían sueños, conservatorios donde el violín y el piano lloraban en polaco, pero sonaban a sabana, salas de cine donde el público tenía derecho a vivir esas historias de los protagonistas de las películas. Muchos, con vocación de servicio, se dedicaron a enseñar, a curar, a construir, a tocar, a sembrar futuro con las manos. Se dedicaron al oficio de ser útiles a esta tierra que les abría las puertas. Dejaron huellas que no se borran ni con el tiempo ni con el olvido, como quien escribe su historia en la acera, con tiza, con música, con fotogramas, con pan caliente y con amor.

La gastronomía polaca no se quedó encerrada en cocinas nostálgicas, sino que se fue mezclando con el sabor criollo, tal como quien baila un merengue con pasos de mazurka. Los pierogi —esas empanaditas rellenas de papa, queso o carne— encontraron su media naranja en nuestras empanadas de cazón. Y el bigos, ese guiso de col fermentada con carnes, se volvió primo lejano del hervido sabanero, compartiendo el mismo espíritu de olla generosa que alimenta cuerpo y conversación. En algunas casas, el barszcz (sopa de remolacha) se sirvió junto al papelón con limón, y nadie se quejó: las dulzuras se dieron la mano como viejos amigos. Y los polacos reinventaron nuestro perro caliente, haciéndolo con su salchicha Kielbasa y la meten dentro de una versión más alargada de Bułka cięta  -pan glorioso- y como acompañante unos encurtidos de eneldo llamados ogórki kiszone.

Ah, el pan polaco… gloria bendita, masa con memoria, corteza que cruje como si cantara. Porque sí, también trajeron el arte de hornear con paciencia, como quien espera que el alma leve despacito. Panes densos, oscuros, con semillas que parecen susurrar historias, y una corteza que sabe a invierno europeo, pero huele a hogar recién encendido.

El Chleb Żytni es pan con memoria: ácido como lágrima vieja, denso como abrazo de abuela, y con esa textura que se queda en el paladar como canción que no se olvida. El Chleb Wiejski, campesino y honesto, mezcla trigo y centeno como quien mezcla tierra y cielo, y su corteza cruje como si el campo hablara. El Chleb Razowy es terroso, profundo, pan para quien quiere cuidar el cuerpo sin dejar de consentir el alma. Y el Obwarzanek, redondo como promesa, llega espolvoreado con sésamo o amapola, como quien se pone su mejor sombrero para ir a misa o a fiesta.

Cuando la mesa pide dulzura, el Makowiec aparece como celebración envuelta en masa: semillas de amapola que estallan en el paladar como fuegos artificiales de sabor. La Chałka, trenzada y suave, es como brioche con acento polaco, perfecta para desayunos que saben a domingo sin apuro. Y los Bułka, esos panecillos tiernos y calladitos, son como abrazos en miniatura, ideales para acompañar cualquier comida o armar un sándwich que no necesita presentación, porque ya viene con cariño incluido.

Cada pan es una historia amasada con paciencia. Cada miga, una raíz que cruzó el océano. Y esos panes en Venezuela se volvieron puente: entre lenguas, entre costumbres, entre corazones que aprendieron a compartir el mantel.

En Caracas y Maracaibo, panaderías con apellidos como Zalewski o Gorski empezaron a ofrecer panes de centeno junto a golfeados, y así nació una sinfonía de sabores que no distinguía pasaporte. El vodka polaco se coló en nuestras fiestas como quien llega sin ser invitado, pero termina bailando con la tía más alegre. Se brindó con ron y con vodka, se cantó con acento mezclado, y se entendió que la cocina no es frontera, sino puente. Cada receta y cada brindis fue un acto de amor, cada plato una forma de decir: “Te traigo lo que soy”.

Treinta músicos llegaron como si fueran ángeles con pasaporte. José Antonio Abreu los vio y supo que no eran visitantes, sino sembradores de armonía. Enseñaron a nuestros niños a tocar como quien reza con las manos, y el Sistema Nacional de Orquestas se llenó de notas que venían de Varsovia y sonaban en todo el país. Cada cuerda afinada era un puente entre dos mundos, cada concierto en piano una misa donde el idioma se hizo emoción.

En Caracas, en 2010, Chopin se volvió nuestro. Un mural lo pintó como símbolo de unión, gracias a grafiteros polacos y venezolanos que entendieron que la música no tiene pasaporte. Porque cuando un piano suena con ternura, no importa de dónde viene: importa a quién toca.

Los polacos no llegaron como turistas. Llegaron como semillas que el viento trajo desde lejos. Y aquí, en esta tierra que no pregunta de dónde vienes sino qué traes contigo, florecieron. Muchos se casaron con venezolanos o con otros inmigrantes. Sus nombres se tejieron en nuestras historias, sus costumbres se mezclaron con nuestras risas, sus sueños se volvieron parte del paisaje. Porque en Venezuela, cuando alguien llega con el corazón abierto, siempre hay una silla en la mesa, un café caliente y un verso que dice: “Bienvenido, esta también es tu casa”.

[Canarias}> La batalla final de la conquista de Tenerife: sin localización, entre el mito y la poca documentación

12-01-2026

La batalla final de la conquista de Tenerife: sin localización, entre el mito y la poca documentación

El episodio que puso fin al dominio guanche sigue siendo, aún hoy, uno de los más desconocidos y malinterpretados de la historia colonizadora sobre las Islas Canarias

Aunque no puede afirmarse con certeza absoluta dónde desembarcó Grimón, los indicios apuntan a alguna playa de Los Cristianos. DA

El episodio que realmente pone fin al dominio guanche en Tenerife sigue siendo, aún hoy, uno de los más desconocidos y malinterpretados de la historia colonizadora de Canarias. Se trata de una acción militar, librada en un lugar cuya localización exacta se ha perdido con el tiempo y sobre la que existe una sorprendente escasez de documentación directa.

Para el historiador, el primer error comienza con el propio nombre del lugar donde se produjo la acción militar final.

“No se trata de Los Magotes. El documento original del siglo XVI habla claramente de Mogotes, un término del español antiguo que designa un pequeño cerro o promontorio natural, todavía vigente en algunos países de Hispanoamérica”, afirma Díaz.

No es un topónimo, sino una descripción geográfica, lo que explica que el nombre no haya sobrevivido en la cartografía posterior.

La batalla no puede localizarse hoy con exactitud porque el término no identifica un lugar concreto, sino un tipo de relieve, aunque todo hace indicar que pudo librarse en la Montaña de Guaza, el Roque del Conde, o lugares adyacentes.

Tras el desembarco castellano en 1494 y los combates de la Matanza de Acentejo, la Victoria de Acentejo y La Laguna, la Isla quedó prácticamente sometida. Sólo resistían pequeños grupos guanches desplazados a Icod y Abona.

En ese momento entra en escena Alonso Fernández de Lugo, quien recurre a un mercenario flamenco, Jorge Grimón, veterano de la guerra de Granada. Grimón y sus hombres introducen por primera vez en Canarias las armas de fuego. Según los testimonios, la intervención de Grimón permitió romper el cerco guanche y sofocar los últimos focos de resistencia en el Sur de la Isla.

Aunque no puede afirmarse con certeza absoluta dónde desembarcó Grimón, los indicios apuntan a Los Cristianos. “Un documento de 1516 menciona explícitamente las tierras en Abona, el corral que dicen de Los Cristianos, lo que sugiere la existencia de refugios temporales levantados por los conquistadores”, explica el cronista.

A esto se suma una pieza clave: la información testimonial de 1506, promovida por el propio Grimón para que la Corona reconociera sus méritos. En ella, varios soldados declaran que, gracias a su intervención, “se acabó de ganar la Isla”, llegando incluso a afirmar que sin su ayuda “habrían muerto de hambre, cercados por los guanches”.

El 29 de septiembre de 1496, día de San Miguel Arcángel, se da por concluida la contienda, una fecha que incluso figura en el pendón de la Isla mandado a bordar por Juana I de Castilla.

En este contexto, las afirmaciones sobre campos de concentración para los represaliados, así como violaciones brutales carecen de cualquier respaldo documental. “No tiene ningún fundamento”, afirma.

El caso de esta última batalla resume uno de los grandes problemas de la divulgación contemporánea: la sustitución del documento por el relato.

Como insiste Díaz Frías, si el expediente de 1506 no se hubiese conservado, probablemente este episodio habría desaparecido por completo. Pero los hechos y la documentación, “obligan a una lectura rigurosa e imprescindible”. “La historia no puede construirse desde la ideología ni el resentimiento, sino desde los documentos”, concluye.

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[Canarias}> El ‘fonil’ benahoarita, otra ‘joya’ exclusiva del patrimonio arqueológico de La Palma

08-01-2026

Jorge Pais

El ‘fonil’ benahoarita, otra ‘joya’ exclusiva del patrimonio arqueológico de La Palma

‘Fonil’ benahoarita expuesto en el Museo de Naturaleza y Arqueología (Muna) de Santa Cruz de Tenerife. JORGE PAIS

El patrimonio arqueológico de  Palma atesora relevantes ‘joyas’ exclusivas. Entre las mismas, Jorge Pais, doctor en Prehistoria por la Universidad de La Laguna y jefe de la Sección de Patrimonio Histórico y Arqueológico del Cabildo de La Palma, destaca “los ‘foniles’ benahoaritas”. Estos “embudos de barro cocido” elaborados por los primeros pobladores de La Palma —señala en sus redes sociales— son otra de “las piezas más interesantes y exclusivas de la arqueología” de la Isla.

En la actualidad, indica, “se conocen apenas una decena y, aunque algunos carecen de decoración, suelen presentar los mismos motivos que nos encontramos en la cerámica, especialmente la de los momentos más recientes de las fases III y IV”.

En el estado actual de la investigación arqueológica, añade, “desconocemos su utilidad y significado debido, entre otras razones, a que la gran mayoría de las piezas han sido descubiertas a través de hallazgos casuales o expolios.

Sólo en dos casos estamos seguros de su procedencia: uno de ellos apareció durante las excavaciones de Luis Diego Cuscoy (inicios de la década de los 60 del siglo XX) en Belmaco (Villa de Mazo), que actualmente está expuesto en el Muna (Museo de Naturaleza y Arqueología, en Santa Cruz de Tenerife) y el otro se localizó a los pies de uno de los paneles más bonitos y llamativos de la estación de grabados rupestres de La Zarza (Garafía)”.

Respecto a su significado, explica:

“Se han apuntado distintas teorías: embudo para colar líquidos, instrumento musical, chimenea para controlar el humo, etc. Las dificultades para conocer su uso estriban, precisamente, en que, salvo el de Belmaco, no han sido descubiertos por especialistas en la materia, de tal forma que desconocemos el tipo de contexto arqueológico en que aparecen, su relación con otros vestigios, etc. No obstante, desde nuestro punto de vista, podrían tener una relación con el mundo mágico religioso y no tanto un uso utilitario y cotidiano, puesto que si estuviesen vinculados a este último apartado tendrían que ser mucho más abundantes y, además, el hallazgo de La Zarza parece claramente relacionado con los rituales que se llevaban a cabo en ese santuario rupestre”.

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[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes chinos / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes chinos

¡Ah, los chinos! No me refiero a los que llegaron a Venezuela en años recientes, palanqueados por razones políticas, con un “cuento chino” bajo la manga, hablando en chino aunque sepan hablar español, y cuyo lema es “Si no hay leal, no hay lopa”. De esos, de los del país comunista más capitalista del mundo, hablo en un artículo que no es este.

Estas líneas van sobre los chinos de toda la vida. Los que están en muchas ciudades de Venezuela. Esos magos del wok, alquimistas del arroz frito, poetas del papelillo rojo y sabios del “todo tiene solución con un buen té de jazmín”.

Cuando llegaron a Venezuela, no vinieron con las manos vacías. No, señor. Trajeron maletas llenas de sabores, supersticiones, proverbios con sabor a sabiduría milenaria que no entendíamos, pero igual repetíamos, y una filosofía de vida que, sin darnos cuenta, se nos metió en el tuétano del “¿y qué tal si hoy comemos chino?”.

Primero lo primero: la comida. Porque si algo sabe hacer el chino, es cocinar como si el mundo se fuera a acabar mañana. ¿Quién no ha tenido una epifanía existencial frente a un arroz frito especial con camarones, cerdo, pollo, huevo, cebollín y ese toque de salsa de soya que parece bendecido por el mismito Confucio?

Y ni hablemos de la lumpia, ese rollito crujiente que uno muerde y siente que está abrazando el alma. Los chinos nos enseñaron que el sabor no tiene fronteras, que el ajonjolí es poesía, y que el picante también puede ser una religión.

Pero no todo fue cocina. También nos trajeron el arte de la economía creativa. ¿Quién no ha entrado a un bazar chino buscando una linterna y ha salido con una licuadora, un juego de té, tres pares de medias y un gato dorado que mueve la patica?

Los chinos nos enseñaron que todo se puede vender, que el regateo es un deporte olímpico, y que si algo se rompe, se pega con pega loca y se sigue usando. Porque en el mundo chino, nada se bota, todo se reinventa.

Y hablando de gatos dorados, ¡ay, la superstición! Los chinos nos trajeron el feng shui, aunque aquí lo aplicamos a nuestra manera: ponemos el espejo donde no nos veamos despeinados, el bambú donde no estorbe, y el sapito de la abundancia encima del televisor, aunque esté mirando pa’ donde no es.

Nos enseñaron que los números tienen personalidad, que el rojo espanta lo malo, y que si uno quiere prosperidad, hay que poner monedas chinas amarradas con cintica roja en la cartera. ¿Funciona? No sabemos. Pero nos encanta creer que sí.

También nos regalaron una manera distinta de ver el tiempo. Para ellos, el año nuevo no empieza el 1 de enero, sino cuando el dragón dice que sí. Y ese día hay fuegos artificiales, bailes, papelillos y una cena que parece banquete imperial. En Venezuela, adoptamos esa celebración como si fuera nuestra. Porque si hay comida, música y superstición, nosotros nos apuntamos sin preguntar.

Y no podemos olvidar el idioma. Aunque no entendamos ni papa de mandarín o cantonés, todos hemos aprendido a decir “ni hao” con acento margariteño, y a leer los menús sabiamente, con traducción y no en signos que parecen acertijos mágicos.

“Pollo con almendras”, “cerdo agridulce”, “sopa de wantán”… cada plato es una historia, una leyenda, una promesa de felicidad servida en bandeja de acero inoxidable.

Los chinos también nos enseñaron que hay que trabajar duro, a abrir el negocio aunque esté lloviendo, temblando o haya apagón. Nos mostraron que la disciplina no es aburrida, sino poderosa. Que la familia es el centro de todo, y que el respeto por los mayores no se negocia. En sus restaurantes, tiendas y panaderías, uno ve generaciones trabajando juntas, como una orquesta afinada por el tiempo.

Y claro, también nos trajeron el misterio. Porque uno entra a una tienda china y siempre hay una cortina que no se puede cruzar. ¿Qué hay detrás? ¿Un altar? ¿Una cocina secreta? ¿El portal a otro mundo? Nadie sabe. Pero ese misterio nos encanta.

Nos hace sentir que hay magia en lo cotidiano, que la vida tiene varios ingredientes, como una buena salsa agridulce.

Así que sí, los inmigrantes chinos nos trajeron mucho más que arroz frito, pato pekinés y gatos dorados. Nos trajeron una forma de vivir que se mezcla con la nuestra como el papelón con el limón. Nos enseñaron que la abundancia no está en lo que se tiene, sino en cómo se comparte. Que la risa puede sonar en cualquier idioma. Y que, al final del día, todos somos parte de una misma sopa, con ingredientes distintos, pero cocinados en el mismo caldero de la vida.

¡Ay, bendito sea Dios! Escribo y se me alborota el paladar y el recuerdo. Entrar a un restaurante chino en Venezuela es como colarse en una verbena donde el Caribe se viste de qipao, se abanica con gracia y se lanza a bailar danzón con sabor a ajonjolí.

Te reciben con lumpias que hacen “crac” como fuegos artificiales en la boca, rellenas de vegetales y pollo que saben a travesura en casa de la tía consentidora, esa que siempre dice “pide otra ración”.

Luego aterriza el arroz frito “especial”, con camarones, cerdo, huevo y ese chorrito de salsa de soya que huele a domingo sin reloj, sin zapatos y con la barriga feliz.

El lomo en salsa de ostras se desliza como bolero pegado, y el chop suey llega bailando en el wok, con vegetales que brincan como cotufas y carne que se contonea como en ensayo de comparsa.

El pollo agridulce, con su salsa roja escandalosa, se luce como miss en desfile de carrozas. No falta el wantán frito, ni el cerdo con piña que guiña el ojo como galán de novela. Y para los que no le temen al zaperoco, el “tres delicias” mezcla mariscos, carne y vegetales en una rumba salada que no pide permiso.

Al final, como quien lanza una indirecta con picardía cósmica, aparece la galletica de la suerte: crujiente, dulzona y con un papelito que te susurra entre dientes “La abundancia te seguirá”, que es un augurio aspiracional que no viene con mapa, pero igual se agradece.

En fin, gracias a los chinos que llegaron a Venezuela con sus sabores que hacen fiesta en la boca, sus bazares donde uno entra por una linterna y sale con incienso, sus gatos que saludan con la patita como si dijeran “échale bola”, y esos platicos de porcelana que parecen hechos para servir arroz frito con cariño.

Porque sin ellos, este país sería menos crujiente, menos colorido y muchísimo menos sabroso.

Gracias por su sabiduría. Tienen razón:  春卷在手,福氣不走。 “Con lumpia en la mano, la buena suerte no se escapa”. (Frase colgada en la pared de un restaurante chino en Caracas, justo al lado del  estante donde vive el gato dorado que mueve la patica.)

Estoy convencida de que si un extraterrestre aterrizara hoy en Venezuela, después de un viaje intergaláctico desde un planeta cuyo nombre aún no figura en ningún mapa estelar, y pidiera comida criolla, el arroz chino estaría en el menú sin discusión.

Lo digo con conocimiento de causa: he visto comederos de esos bien criollos, de “sopa y seco”, donde el cartel en la pared anuncia con orgullo “chop suey, arroz chino y caraotas”. Porque aquí, lo chino se volvió nuestro, y el wok y la salsa de soya tienen ciudadanía venezolana.

[Col}> Lo que los inmigrantes libaneses nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

15-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes libaneses nos trajeron

Tuve una tía francesa, que no era tía, casada con un libanés, que tampoco era tío. En Venezuela, ya se sabe, los lazos de sangre no son los únicos que atan. Aquí los amigos  y los compadres de los papás se convierten en tíos por decreto de cariño.

Pues estos tíos, que no eran tíos, nos enseñaron a sus sobrinos, que no éramos sobrinos, la gloria de la cultura libanesa. Desde chiquitos aprendimos que sentarse a la mesa no era sólo para comer, sino para celebrar. Y vaya que se celebraba: la mesa vestida de aromas que bailaban, sabores que cantaban, y texturas que contaban cuentos.

Mi tía, la francesa, que no era tía, cocinaba como si el mismo Dios de los manjares le hubiera enseñado. Cada tanto íbamos a su casa, y allí nos llenábamos la panza y el corazón. Porque esas exquisiteces libanesas no sólo alimentaban: hacían fiesta en la boca y en el alma. Mi tío, el libanés, decía una frase muy divertida: “Cedro que cruza el mar, florece con mango y arepa”.

Otra tía, de Maracaibo, que tampoco era tía, pero que era morocha de una tía que sí lo era, se casó con un libanés, que, claro está, fue tío por derecho afectivo. Así, tengo una prima, que no es prima, pero como si lo fuera, que es mitad zuliana, mitad libanesa.

En el colegio había una muchacha preciosa, de apellido Dao. Por muchos años la vi caminar por los pasillos, y  siempre me pareció una niña como sacada de un cuento de hadas.

Tengo una querida amiga de toda la vida que se casó con un libanés. Y un amigo, también de toda la vida, casado con una libanesa. Ambos, él y ella, son libaneses-venezolanos.

Los libaneses llegaron a Venezuela con el corazón apretado, maletas llenas de recuerdos, y pasaportes que decían “turcos” porque el Imperio Otomano no perdonaba ni en los papeles.

Se bajaron de los barcos en Puerto Cabello, La Guaira, Margarita, Cumaná, Maracaibo como quien llega a una fiesta sin saber si es formal o sin corbata, pero con la intuición de que “algo bueno puede pasar”.

Pero curucuteemos la Historia. La cosa empezó hace mucho tiempo, por allá en los años 1860, cuando Venezuela apenas se sacudía el polvo de la Guerra Federal. Mientras aquí se reconstruía el país, allá en el  Líbano la vida se ponía cuesta arriba.

Los maronitas, cristianos de montaña, vivían entre impuestos injustos, conflictos con los drusos y una represión que no daba tregua. Muchos vendieron lo que tenían y se montaron en barcos desde Beirut, Sidón o Trípoli, buscando una tierra donde pudieran respirar sin miedo. Así llegó la primera oleada, con gente que no venía a probar suerte, sino a echar raíces.

Luego, entre 1910 y 1930, otra tanda de libaneses se sumó a la historia. Esta vez huyendo del hambre, de la Primera Guerra Mundial y de un Líbano que se deshacía entre imperios.

Llegaron con más calle, más ganas, y una idea clara: trabajar duro, levantar negocios, y criar familia. Y lo hicieron. Se metieron en el comercio como quien se mete en una pelea de gallos: con astucia, con verbo, y con una sonrisa que vendía hasta lo que no estaba en el mostrador.

Después, en los años 40 y 50, cuando Venezuela vivía un boom petrolero, llegaron más. Algunos escapando de la Segunda Guerra Mundial, otros simplemente buscando una vida mejor.

Ya no eran sólo hombres solos, ahora venían familias completas, con niños que aprendían a decir “chico” antes que “yalla”. Se instalaron en Caracas, en Maracaibo, en Valencia, y hasta en pueblos donde nunca se había escuchado la palabra “habibi”.

Y no llegaron con las manos vacías. Nos trajeron el kibbeh, que aquí se volvió más redondito y más frito. El tabule, que se tropicalizó con aguacate. El hummus, que terminó compartiendo plato con la guasacaca. Nos enseñaron que la cocina también puede ser un puente entre mundos.

Pero no fue sólo comida. Fue carácter. Fueron tiendas de telas, de electrodomésticos, de lo que fuera. Aprendieron español con regateos, con cuentos, con refranes criollos.

Y nos regalaron apellidos que suenan a poesía  y a arepa: Dib, Dao, Nasr, Abou, Lilue, Antakly, Dager, Mazry,  que hoy están en todas partes, desde el Miss Venezuela hasta los  mercados populares, desde la academia hasta la banca.

Hoy los descendientes de libaneses en Venezuela son en su mayoría cristianos. También hay musulmanes y drusos.

También trajeron rituales y los unieron a los locales. El café negro, espeso como la historia de sus abuelos, servido en tacitas que invitan a la confidencia. Las bodas hoy son con dabke y merengue, donde el tío libanés termina bailando con la tía venezolana como si fueran protagonistas de una telenovela multicultural.

Y sí, muchos llegaron huyendo de guerras, de persecuciones, de injusticias. Pero en vez de quedarse en el lloriqueo, hicieron de Venezuela su nuevo Monte Líbano. Sembraron aquí sus sueños, sus hijos, sus negocios, sus cuentos. Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos espacio en la mesa, en la historia, y en el corazón.

Hoy, cuando uno entra a una panadería y ve al lado de una quesadilla unas empanaditas árabes, sabe que algo hermoso pasó. Que la migración no sólo trae gente, sino sazón, humor, resiliencia y una forma distinta de ver el mundo. Los libaneses nos enseñaron que se puede llorar por el cedro y reír con el mango. Que se puede ser de allá y de aquí al mismo tiempo.

Así que sí, nos trajeron mucho. Y nosotros, con gusto, les dimos casa, cariño y costumbre. Porque cuando se mezcla el zaatar con el papelón, lo que sale es puro sabor de pertenencia. Ah, y valga la aclaración: los libaneses no son turcos.