[Canarias}> La palabra ‘cachucha’, en su acepción de ‛sombrero’, ¿puede considerarse una palabra canaria?

23-02-2026

La palabra ‘cachucha’, en su acepción de ‛sombrero’, ¿puede considerarse una palabra canaria?

El Diccionario de la Real Academia Española define cachucha en su segunda acepción como «Especie de gorra», es decir, como un tipo concreto de la prenda que se usa para cubrir la cabeza, que está hecha especialmente de tela, piel o punto y que lleva visera.

En Canarias, sin embargo, esta voz se emplea para referirse, de modo despectivo, a cualquier tipo de sombrero. En las islas orientales de nuestra Comunidad, hace referencia también a un tipo de boina o bilbaína usada en las Islas.

En América, según recoge el Diccionario de americanismos de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), cachucha se utiliza en varios países con el sentido de «Gorra de tela con visera».

Palabras nuestras

desamorable

  1. adj. Lz., GC. y Go. Poco cariñoso, que muestra desapego. ¡Mira que ese hombre es desamorable! No quiere ni que lo besen los nietos.

 desandado, da

  1. adj. Lz., GC., Tf. y LP. Inquieto, excitado, bullicioso. Lleva unos días desandado, y no veo la hora de que vengan los padres y se hagan cargo de él.
  2. adj. GC. Atolondrado, aturdido.

 Información sobre la localización de voces y acepciones

  • Fv: Fuerteventura
  • GC: Gran Canaria
  • Go: La Gomera
  • Hi: El Hierro
  • LP: La Palma
  • Lz: Lanzarote
  • Occ: Islas occidentales (Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro)

Fuente

[Col}> La vida es una carambola / Soledad Morillo Belloso

07-10-2025

Soledad Morillo Belloso

La vida es una carambola

Por muy inteligente que te creas, por mucho que hayas leído, subrayado, anotado al margen y hasta memorizado con voz de declamador, nunca sabes cómo va a resultar una carambola. Puedes tener tres doctorados, hablar cinco idiomas y citar a Spinoza mientras haces café, pero la vida —esa señora con bata de flores y pantuflas filosóficas— tiene una puntería caprichosa y un sentido del humor que ni Bryce Echenique en sus días más traviesos.

La carambola no respeta currículum. Es ese momento en que tú, tan brillante, tan estratega, lanzas la bola con elegancia, calculando ángulos, velocidades, fricciones, y zas: rebota en el borde, se tropieza con una duda existencial, se desliza por una lágrima mal contenida y termina en el bolsillo equivocado. O en ninguno. O en el bolsillo de otro. O en el suelo, junto a tu dignidad y tu plan quinquenal.

La carambola es la metáfora perfecta de lo que no controlamos. Es el recordatorio de que la vida no se deja domesticar por Excel ni por tratados filosóficos. Es el golpe que pensabas maestro y resulta tragicómico. Es el amor que parecía eterno y se disuelve en una discusión sobre cortinas. Es el trabajo soñado que se convierte en pesadilla con cafetera rota. Es el amigo con el que te peleas justo después de que le prestaste el libro que más amas. Es el cuerpo que envejece sin pedir permiso, la voz que tiembla cuando no debería, el silencio que se instala en un auditorio cuando esperabas aplausos.

Y ahí estás tú, con tu inteligencia brillante, tu biblioteca ordenada por temas y colores, tu capacidad de análisis, tu sarcasmo afilado… mirando cómo la bola hace lo que le da la gana. Porque hay cosas que no se pueden predecir, ni controlar, ni encerrar en teorías. Hay carambolas que son poesía, otras que son bofetadas, y otras que son chistes malos contados por el destino.

Así que sí, estudia, piensa, afina tu mente como violín de concierto. Pero no olvides que hay días en que la vida juega billar con los ojos vendados y los pies en la mesa. Y tú solo puedes mirar, reírte un poco, llorar si hace falta y volver a colocar las bolas. Porque al final, lo que importa no es ganar la partida, sino saber perder con estilo. Y reírte de la carambola como quien celebra el caos con copa en mano y refrán a flor de labios.

Y si por casualidad logras una carambola perfecta —esa jugada que parece escrita por los dioses del billar y narrada por García Márquez en día de parranda— no te emociones demasiado. Porque justo cuando crees que entendiste el truco, que dominas el tablero, que ya puedes dar consejos en podcast motivacional, la vida te cambia las reglas. Te pone bolas nuevas, te quita el taco, te apaga la luz y te dice: “Ahora juega con la intuición”. Y tú, que venías con manual, te quedas con cara de PowerPoint sin conexión.

La vida no quiere que la entiendas. Quiere que la bailes. Que la tropieces. Que la celebres con torpeza y refranes mal dichos. Que te rías de tus cálculos fallidos y abraces el rebote inesperado. Que conviertas el error en relato, el golpe torcido en canción, y el fracaso en sobremesa con café colado. Porque al final, lo que queda no es la jugada perfecta, sino la carcajada compartida cuando todo salió al revés y, sin embargo, seguimos jugando.

Mi vida no es lo que es, es como yo me la cuento a mí misma. Y en ese cuento hay exageraciones, silencios estratégicos, refranes reciclados, escenas que repito como mantra y otras que edito con descaro. Hay cosas que no quiero recordar porque no me sirve para nada recordar. Mi versión de mi vida no es mentira, y no tiene falsos agregados, es edición afectiva. Un relato al que le he arrancado unas cuantas páginas, porque afean el texto. Es narrativa de supervivencia. Es convertir el caos en relato, el duelo en ritmo, la carambola en metáfora.

Porque si me dejo llevar por lo que “es”, termino atrapada en el parte médico, en el saldo bancario, en la lista de pendientes. Pero si me la cuento como yo quiero, entonces aparece la risa en medio del apagón, el amor en la grieta, el recuerdo magnífico, la dignidad que quedó incólume en mi más reciente caída con la consiguiente carcajada propia y de testigos. Me la cuento con humor tragicómico, con voz de sobremesa, a ritmo de guaracha existencial. Y ahí, en esa versión que no busca ser objetiva sino profundamente mía, la vida se vuelve vivible. Y hasta hermosa.

[Canarias}> El monte submarino al sur de El Hierro contiene uno de los mayores depósitos de telurio

28-11-2025

 Rodrigo Padilla

 El monte submarino al sur de El Hierro contiene uno de los mayores depósitos de telurio

La disputa entre Marruecos y España por el tesoro del Atlántico

Investigaciones difundidas por universidades británicas estiman que podría albergar unas 2.600 toneladas de telurio, lo que supondría cerca del 5 % de las reservas mundiales conocidas.

El futuro del monte submarino Tropic, situado a unas 269 millas náuticas al sur de El Hierro, ya no es sólo una cuestión geológica. Este volcán apagado, que se encuentra a unos 1.000 metros de profundidad y que es considerado uno de los puntos con mayor concentración de telurio del planeta, ha entrado en la agenda política de Marruecos y en el radar diplomático de España. Para Canarias, esta disputa afecta a la delimitación de aguas y al acceso a recursos estratégicos.

Tropic forma parte de las llamadas “abuelas canarias”, unos montes submarinos más antiguos que las islas actuales. Las investigaciones indican que contiene telurio, cobalto, níquel, vanadio y tierras raras en concentraciones muy elevadas . Investigaciones difundidas por universidades británicas estiman que podría albergar unas 2.600 toneladas de telurio, lo que supondría cerca del 5 % de las reservas mundiales conocidas.

Tropic y el telurio

Esta formación se encuentra fuera de la Zona Económica Exclusiva tanto de España como de Marruecos, lo que deja cualquier derecho sobre sus recursos en manos de la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Esta permite ampliar la plataforma continental hasta las 350 millas si se demuestra su “continuidad geológica”. España presentó una solicitud en 2014 ante la Comisión de Límites de la Plataforma Continental. Aún sigue en revisión.

En ese marco, para los especialistas del Instituto Geológico y Minero de España (IGME) tanto el Tropic, como el resto de los montes de su entorno (dentro de las 200 millas españolas) son unas “Canarias prehistóricas” que podrían haber surgido del mismo punto caliente de la corteza terrestre que las actuales.

Marruecos movió ficha seis años después. En 2020, su Parlamento aprobó redefinir su mar territorial y su Zona Económica Exclusiva, incorporando las aguas frente al Sáhara Occidental. Ese trazado genera solapes con las aguas proyectadas al sur de Canarias y trasladó el debate del plano técnico al político.

La situación es especialmente compleja dado que España no reconoce la soberanía marroquí sobre el Sáhara. Mientras, en la carrera por el Tropic, Rabat usa ese territorio como base para justificar su proyección marítima. Una situación diplomática y territorial atípica y sui géneris.

Tras la crisis diplomática de 2021, ya en 2022, España calificó el plan marroquí de autonomía para estos territorios como “la base más seria, realista y creíble” y se comprometió a reactivar la delimitación marítima en el Atlántico. También se abrió la posibilidad de revisar la gestión del espacio aéreo que afecta al Sáhara, parte del cual se controla desde Gran Canaria.

En ese nuevo clima, el medio especializado Atalayar, con una línea editorial muy cercana a las tesis marroquíes, publicó recientemente un extenso estudio proponiendo un “reconocimiento del ejercicio soberano” de Marruecos sobre sus “provincias del Sur” y, de igual forma, de España sobre Canarias. A partir de ahí, avanza sobre una delimitación marítima y trata la creación de una zona de desarrollo conjunto alrededor del Tropic.

El documento sugiere además que Marruecos asuma progresivamente la gestión del espacio aéreo sahariano.

Varios analistas de geopolítica leen este artículo como un “globo sonda”. Al sol de hoy, el Tropic sigue siendo un gigante bajo el océano por el que la pelea para obtener sus recursos ya ha empezado.

Fuente

[Col}> Leer a otros: antídoto contra el ego / Soledad Morillo Belloso

23-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Leer a otros: antídoto contra el ego

Escribir sin leer es como querer sembrar sin haber caminado nunca por un campo. El escritor que no lee se convierte en monólogo, en espejo que sólo refleja su propia voz. Leer a otros es el único acto que le recuerda que no está solo, que su palabra viene de una larga procesión de voces, de un coro que lo precede y lo excede.

Leer es abrir la puerta de la casa del lenguaje y dejar que entren los vecinos con sus acentos, sus refranes, sus silencios. Es permitir que te desordenen los muebles, que te cambien el ritmo de las oraciones, que te enseñen que la tristeza también puede rimar con fiesta, que la alegría puede tener sintaxis de duelo.

El ego del escritor, ese animalito endemoniado que se alimenta de aplausos y de la vana ilusión de originalidad, sólo se domestica cuando se enfrenta a la grandeza ajena. Leer a otros es reconocer que no se ha inventado nada solo, que cada metáfora tiene abuelos, que cada imagen tiene primos lejanos. Es aceptar que se escribe en comunidad, incluso cuando se escribe en soledad. Hace que el escritor entienda que él también es otro.

Leer es como oír cantar a otros en la plaza. Uno puede tener su copla, su tonada, pero al escuchar las voces ajenas, se aprende a armonizar, a callar cuando toca, a improvisar cuando el silencio lo pide. Es un acto de humildad y de fiesta. Porque leer no es sólo aprender, es celebrar que otros también han sentido, han pensado, han dicho.

El escritor que lee se vuelve poroso. Se le filtran ritmos, colores, sabores. Se le cuelan refranes, estructuras, preguntas que no se había hecho. Y entonces su escritura se vuelve más rica, más viva, más humana. Porque ya no escribe para sí, sino con los otros, desde los otros, a través de los otros, para los otros.

Leer a otros es también un acto ético. Es reconocer la diferencia como valor, la pluralidad como riqueza. Es confrontar el odio con la escucha, la arrogancia con la curiosidad. Es entender que cada texto ajeno es una semilla de futuro, una posibilidad de transformación.

Por eso, leer no es un lujo ni una técnica. Es un deber del escritor. Un ritual indispensable. Una forma de mantener el alma abierta y el ego en su sitio.

[Canarias}> Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare (IX): Tagaragre

11-02-2026

Felipe Jorge Pais Pais

Los cantones o bandos prehispánicos de Benahoare (IX): Tagaragre

El noveno término y señorío era Tagaragre, que llaman hoy Barlovento, y era señor Temiaba, que, por ser hombre de poco ánimo, tenía un palmero consigo, llamado Autinmara, valiente y de quien se hacía tanto y más caudal que del mesmo señor, y éste lo gobernaba todo al tiempo de la conquista (J. Abreu Galindo, 1977: 268).

El topónimo Tagaragre, en su versión castellana se ha mantenido hasta la actualidad, puesto que su significado es el de ”…barlovento…“ (I. Reyes Martín, 2011: 362), extendiéndose por el territorio del actual municipio de Barlovento.

Estaba gobernado, a la llegada de las huestes castellanas de Alonso Fernández de Lugo, por Temiaba. Es interesante detenernos un poco en este antropónimo, puesto que su traducción literal es: “…mujer temerosa…” (I. Reyes Martín, 2011: 402). Podríamos plantearnos que, a pesar de que las fuentes etnohistóricas coinciden en que se trataba de un hombre, fuese, en realidad, una mujer.

Igualmente, no es descabellado suponer que tuviese inclinaciones homosexuales puesto que, en lengua amazigh, la variante “temia…” (I. Reyes Martín, 2011: 401) tiene, precisamente, ese significado. No obstante, lo más probable es que fuese un varón cuyas dotes de mando eran poco enérgicas, puesto que Temiaba, en sentido figurativo, también se puede traducir como una persona “…pusilánime.” (I. Reyes Martín, 2011: 402).

Por esta misma razón, no es de extrañar que en las tareas de gobierno se dejase aconsejar por otro benahoarita, llamado Autinmara quien, en realidad, llevaba todo el peso del control del cantón, tal y como se desprende de la cita textual del primer párrafo. Autinmara, calificado de valiente, se puede traducir como “…hijo de los reconocimientos.” (I. Reyes Martín, 2011: 106-107). Este nombre, quizás, alude al beneplácito que su labor tenía entre la población benahoarita moradora del cantón de Tagaragre.

Parte occidental del cantón de Tagaragre desde el Mirador de La Lomadita (Gallegos). Foto: Jorge Pais Pais

La conquista de Benahoare no fue tan sencilla como, generalmente, se suele creer. Incluso, se produjeron una serie de rebeliones tras la captura de Tanausú en la Fuente del Pino (Barranco del Riachuelo. El Paso). Y esta gran rebelión se produjo entre la población benahoarita del cantón de Tagaragre:

Los palmeros, como vieron al capitán Alonso de Lugo fuera de la isla, levantáronse más de trescientos palmeros, los cuales hacían mucho daño. De esto fue avisado Alonso de Lugo, que estaba en Tenerife; y, por no dejar de proseguir la empresa comenzada, mandó por capitán de la isla de La Palma, para que la quietase, a Diego Rodríguez de Talavera, hombre plático y cursado en la guerra y conocido de los palmeros. El cual, venido que fue a La Palma con treinta soldados, recogió alguna gente y amigos que se juntaron, y con ellos, después de algunos reencuentros que tuvo, los desbarató, aunque le costó algunos soldados que le mataron, y muchos heridos. Pero al fin, con su industria, los tornó a quietar, y puso la isla en paz y sosiego, haciendo en los alzados castigo ejemplar, con el cual estuvieron siempre leales y obedientes.” (J. Abreu Galindo, 1977: 288-289).

De la cita textual del párrafo anterior podemos extraer una serie de conclusiones sumamente interesantes. El capitán Diego Rodríguez de Talavera desembarcó en el espigón rocoso que, a partir de ese momento, paso a llamarse Puerto o Porís de Talavera, topónimo que se ha mantenido hasta nuestros días.

Cabe suponer que este lugar fue el escogido para tomar tierra porque en esta zona, del primitivo cantón de Tagaragre, se encontraba el núcleo de la rebelión o, cuando menos, se habían concentrado en este punto de Benahoare, bastante alejado de los principales núcleos de población del este y oeste.

Este aislamiento y, seguramente, la quebrada orografía, así como los densos bosques de laurisilva que, prácticamente, llegaban hasta la orilla del mar, convencieron a los insurgentes de que se trataba del lugar ideal para enfrentarse al ejército invasor. Y, como señala la fuente bibliográfica, el sometimiento de los rebeldes no fue un paseo y tuvieron lugar una serie de enfrentamientos con numerosos muertos y heridos, por ambos bandos, aunque el resultado final ya se conocía de antemano ante la superioridad armamentística de las huestes castellanas.

Porís-Puerto de Talavera. (Foto: Jorge Pais Pais)

Las prospecciones superficiales realizadas durante la elaboración de la carta arqueológica de Tagaragre, actual Barlovento, nos indican que fue una demarcación territorial que soportó un denso poblamiento aborigen, desde las primeras oleadas, en torno al siglo II, hasta finales del siglo XV. Así lo indica la presencia de fragmentos de cerámicas de todas las fases, desde la I (más antigua) a la IVb, que se hacía cuando llegan los conquistadores castellanos.

La vida, en esta parte de Benahoare, no fue sencilla puesto que la mayor parte del territorio estaba cubierto por densos bosques de laurisilva y su relieve está surcado por enormes barrancos de laderas muy verticales y difícil tránsito. No obstante, contaban con uno de los recursos naturales más preciados, cual era la abundancia de agua en forma de fuentes, manantiales (Roque de Los Árboles. Gallegos) y, muy posiblemente, escorrentías casi permanentes.

Los asentamientos se concentraban en las numerosas cavidades naturales que se abren en las laderas de barrancos y barranqueras hasta una cota altitudinal que, raramente, superaba los 300-400 metros, puesto que la frondosidad del monte y la intensa humedad ambiental hacían muy complicada la vida cotidiana.

Desgraciadamente, tras la conquista de Benahoare en 1493, las zonas de costas y medianías en las que vivió la población aborigen acogieron los asentamientos históricos. Los lomos y llanadas fueron intensamente roturados, las laderas de los barrancos abancaladas y el monte “rosado”.

Esta gran modificación del territorio tuvo, evidentemente, grandes consecuencias en la integridad y conservación de su rico y variado patrimonio arqueológico. Así, por ejemplo, las cavidades naturales fueron intensamente reutilizadas hasta nuestros días como vivienda, “pajeros”, encerraderos de cabras, almacén, cuarto de aperos, etc.

Una costumbre muy habitual fue el uso del sedimento arqueológico como suelo agrícola en las vetas que se hicieron en las laderas de barrancos y barranqueras. Es habitual que muchas cuevas de habitación fuesen vaciadas, hasta llegar a la roca madre, de tal forma que los materiales prehispánicos (fragmentos de cerámica, piezas líticas, restos de fauna doméstica y malocológicos, etc.) “siembren” las vetas de cultivo. Así mismo, también se vaciaron los yacimientos funerarios conocidos como cuevas del polvo o del gofio.

Asentamiento en cuevas en el Topo del Hoyo (Montaña La Centinela. Oropesa) y laderas del barranco abancaladas. (Foto: Jorge Pais Pais)

Este tipo de transformación del territorio la encontramos en toda la orografía insular, aunque, bien es verdad, que en ningún lugar alcanzó la magnitud que en Barlovento. Esta modificación del relieve tan acentuada es una de las posibles causas, entre otras, de la escasez de estaciones de grabados rupestres que, en el estado actual de la investigación arqueológica, se conocen en el primitivo cantón de Tagaragre que, por otro lado, si son bastante abundantes en los pastizales de alta montaña en los bordes de la Caldera de Taburiente.

Ello no quiere decir, ni muchísimo menos, que no existan yacimientos arqueológicos sumamente interesantes en cuevas de habitación, enterramientos, petroglifos, conjuntos de canalillos y cazoletas, almogarenes, piletas marinas, amontonamientos de piedras, conjuntos pastoriles, abrigos y cabañas, etc. (F. J. Pais Pais, 2007).

Uno de los yacimientos arqueológicos funerarios más interesantes de La Palma fue localizado en Los Pedregales, caserío de La Cuesta, en un paraje conocido por La Mondina. El hallazgo se produjo el 30 de abril de 1894 y se descubrieron “…los huesos de tres seres humanos con sus sombreros de palma, al parecer encajados en cada calavera, con sus bastones de diferentes clases de madera junto á cada esqueleto y una bolsa de cuero y un pedazo de lienzo. Todo tendido horizontalmente debajo de un empedrado y sobre hojas de pino y otros árboles de nuestros montes perfectamente secas.” (F. J. Pais Pais, 2007: 323).

Finalmente, los denominados sombreros de palma que, en realidad, parecen tres cestos “…elaborados con haces de juncos dispuestos en espiral y unidos entre sí por la trama que se trabaja envolviendo el haz y al mismo tiempo parte del siguiente…” (E. Martín Rodríguez, 1992: 80). Del ajuar funerario y los restos humanos descritos anteriormente, sólo los cestos fueron entregados a la Sociedad La Cosmológica y, actualmente, forman parte de la exposición permanente del Museo Arqueológico Benahoarita (Los Llanos).

Cesto de juncos trenzados descubierto en la necrópolis de La Mondia (la Cuesta. Barlovento). (Foto: Pedro Riverol-MAB)

También en el barrio de La Cuesta (Barlovento) se conoce otro yacimiento, conocido como Cueva de La Higuera, sumamente interesante para la arqueología de La Palma. Este yacimiento, a diferencia de la necrópolis de La Mondina, fue excavado, en diciembre de 1979, por Ernesto Martín Rodríguez (1979: 253-262).

Desgraciadamente, los materiales más llamativos e importantes fueron recogidos por particulares en el momento del hallazgo, de tal forma que estos objetos malacológicos, hoy depositados en el Museo Arqueológico Benahoarita (Los Llanos de Aridane), fueron estudiados cuando ya habían sido descontextualizados, por lo que desconocemos datos tan interesantes como su posición, relación con los otros materiales, etc.

Entre las piezas más llamativas, sobre todo por su gran cantidad, destacan 63 colgantes, con un agujero de suspensión, realizados sobre conchas marinas, especialmente ostrones (Spondylus gaederopus), que recuerdan poderosamente al reciente al reciente hallazgo de una ofrenda ritual en el interior de un tubo volcánico en el Salto de Tigalate (Villa de Mazo).

Colgantes sobre conchas de ostrones descubiertos en la Cueva de La Higuera (Barlovento). (Foto: Saúl Santos-MAB)

En la Cueva de La Higuera también aparecieron otras piezas que, hoy en día, siguen siendo únicas para la arqueología palmera. Nos referimos a tres colgantes, de gran tamaño, realizados sobre marfil, lo cual plantea un dilema sobre el que sólo es posible plantear distintas hipótesis.

La presencia de estos objetos de adorno personal, aunque también podrían tener una funcionalidad mágico-religiosa (amuletos protectores) o suntuaria (símbolos de prestigio o poder), sólo puede explicarse por su traída desde su lugar de procedencia en el continente africano, donde si existe esta materia prima en animales salvajes, o, más probablemente, se recogieran en las playas de Benahoare tras el varamiento de algún tipo de cetáceo cuyas piezas dentarias son de este material.

Colgantes de marfil (Cueva de La Higuera. Barlovento). (Foto: Saúl Santos-MAB)

Los colgantes de conchas marinas, así como los de marfil, fueron recogidos en 1979 por los autores del hallazgo. Los resultados de la excavación arqueológica en la Cueva de La Higuera nunca han sido publicados. También sabemos que apareció una vasija entera de la fase IVb que, desde esa fecha, permaneció custodiada por José Luis Pérez Martín, quien decidió donarla al Museo Arqueológico Benahoarita (Los Llanos de Aridane) a principios de 2017.

Es interesante destacar que, junto a esta vasija de barro, también se entregó una mandíbula y otros huesos humanos lo que otorga a este yacimiento mayor importancia, si cabe, puesto que desconocíamos su uso como depósito funerario.

Vasija de la Fase IVb descubierta en la Cueva de La Higuera. (Foto: Jorge Pais Pais)

Los límites territoriales del cantón de Tagaragre serían, prácticamente, los mismos que los del actual municipio de Barlovento. Así, la frontera con Adeyahamen (San Andrés y Sauces) estaría en el Barranco de La Herradura, mientras que con el bando de Tagalguen (Garafía) se encontraría en el gigantesco Barranco de Franceses, cuyo recorrido va desde la costa hasta su enorme cabecera en los bordes de la Caldera de Taburiente.

Bibliografía general

-ABREU GALINDO, J.: Historia de la conquista de las siete islas de Canaria, (Santa Cruz de Tenerife), 1977.

-ÁLVAREZ RODRÍGUEZ, Nuria y PAIS PAIS, Felipe Jorge: Los yacimientos funerarios benahoaritas en las antiguas demarcaciones territoriales de La Palma, Actas de las IV Jornadas Prebendado Pacheco de Investigación Histórica, (Tegueste), 2011, Págs. 17-42, ISBN 978-84-938791-0-5 (Publicación digital).

-MARTÍN RODRÍGUEZ, E.: La Cueva de La Higuera. Nueva aportación a la prehistoria de la Isla de La Palma, Revista de Historia Canaria, XXXVII, (Santa Cruz de Tenerife), 1979, Págs. 253-262.

-MARTÍN RODRÍGUEZ, E.: La Palma y los auaritas, (Santa Cruz de Tenerife), 1992.

-PAIS PAIS, F. J.: El bando prehispánico de Tagaragre, (Madrid), 2007.

-REYES GARCÍA, Ignacio: Diccionario ínsuloamaziq, (Islas Canarias), 2011.

Fuente

 

[Col}> Lo que nos trajeron los chilenos / Soledad Morillo Belloso

20-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los chilenos

Los chilenos llegaron a Venezuela como quien se cuela en una fiesta sin conocer a nadie, pero con una botella de buen vino en la mano y una historia lista para servir. Nada de escándalo ni alfombra roja. Se instalaron sin hacer ruido, como quien sabe que migrar no es entrar hablando, sino afinar el oído primero. Muchos venían buscando vida, paz, sosiego. Y aquí, en este bochinche nuestro, en esta tierra que canta alto y abraza fuerte, lo encontraron.

Y vaya si escucharon. Se empaparon de nuestras gaitas, de los cuentos que nacen en las esquinas, de las discusiones eternas sobre si la arepa se unta o se rellena. Y cuando ya estaban sazonados con costumbrismo tropical, soltaron su primer “¿cachai?” con una sonrisa tímida que decía “ya me siento en casa”.

Traían una forma tranquila de mirar el mundo, como si las montañas les hubieran enseñado a quedarse quietos y el océano a pensar hondo. Nos mostraron que el silencio también abraza, que no todo se grita, que a veces basta con estar ahí, como sopaipilla en tarde de lluvia.

Y hablando de sabores, se metieron en la cocina como si siempre hubieran vivido en ella. El pebre se acomodó junto a la arepa como si fueran primos en una novela de Isabel Allende. El pastel de choclo se volvió el pariente elegante de la polenta. Las sopaipillas se transformaron en merienda de domingo con nombre de refrán. Y el charquicán se hizo amigo de la yuca y el plátano maduro, como quien llega y se queda.

También trajeron sus dichos, sus tallas, sus formas de nombrar lo cotidiano. “Más perdido que el teniente Bello”, decían, y nosotros, sin saber si el teniente era piloto o parrillero, nos reíamos igual. Porque el humor chileno, con su ironía suave y su picardía escondida, encontró eco en nuestro costumbrismo con sabor a mango y tambor. “Está más salado que mariscal sin limón”, decían, y nosotros les respondíamos: “¡No vale, eso se arregla con ají dulce y buena conversa!”

Y así, entre empanadas de pino y cuentos de Valparaíso que parecían Porlamar con neblina, empezamos a mezclar nuestras historias. No vinieron a cambiar nada, vinieron a sumar. En las universidades, se volvieron profes queridos. En los hospitales, médicos pacientes. En los barrios y urbanizaciones, vecinos confiables. El del 3B, que cuando nos cruzábamos en el ascensor soltaba un saludo cantarín, como verso de sus poetas. Y en las casas, amigos entrañables que te dicen “pásame la palta” mientras tú les sirves papelón con limón.

Sus hijos crecieron diciendo “chévere” y “bacán” en la misma frase, comiendo arepa con palta y bailando salsa con pasos de cueca. Y en esa mezcla nació algo sabroso, algo que no cabe en ninguna etiqueta: el chileno-venezolano, que celebra el 18 de septiembre y el 5 de julio con la misma emoción, que entiende que migrar no es perder, sino ganar nuevos ritmos.

Porque si algo nos enseñaron los chilenos es que cuando se cruzan las historias, se multiplican las alegrías. Que la nostalgia, cuando se comparte, sabe a vino tinto que acompaña unos tequeños. Que el exilio puede ser semilla. Y que en esta tierra de sol y arepa, siempre hay espacio para una nueva historia que contar… con música de fondo y versos de Neruda escondidos en el mantel.

Una de mis grandes amigas, venezolana, está casada con un chileno que ya habla con “chévere” y come arepa con chicharrón. Un chileno reencauchado, como decimos, que se volvió mitad Caribe sin perder su cordillera. Por él conocí el alma chilena desde hace tiempo: esa mezcla de pausa y profundidad, de humor que se esconde en la esquina y cariño que no hace ruido.

Ahora, una de sus hijas vive en Chile, y hay nietos chilenos que también son venezolanos. Y los lazos se han tejido más, como esas mantas del sur de Chile que se hacen con paciencia y con hilos de muchos colores. Porque cuando las historias se cruzan, no hay vuelta atrás: se forma una trama nueva, más fuerte, más sabrosa.

Los chilenos nos trajeron una manera más linda, más poética, de comer mariscos. Nada de apuro ni formalidad: comer mariscos con ellos es como sentarse a conversar con el mar. Cada bocado tiene ritmo de ola, pausa de brisa, y sabor a memoria salada. Nos enseñaron que el loco no es sólo un molusco, es un personaje con historia; que la macha a la parmesana no se come, se celebra; que el piure, aunque tímido, tiene voz propia si se le escucha con respeto.

Con ellos aprendimos que el mar se honra. Que el plato no es sólo comida, es ritual. Y que cuando se come mirando el horizonte, el cuerpo se llena de preguntas que no necesitan respuesta. Porque en su forma de servir mariscos hay poesía, hay pausa, hay cariño. Como quien dice: “esto viene del fondo del mundo, y merece silencio antes del primer bocado.”

Y cómo escribir sin que se me atraviese Chile en la garganta. Viví allá seis lunas completas, seis estaciones de asombro. Recorrimos miles de kilómetros como quien se deja llevar por un verso largo, uno que no rima pero sí vibra. Pueblos donde el tiempo se toma su pisco con calma, como si la prisa fuera pecado. Ciudades que huelen a empanada recién salida del horno, con esa mezcla de cebolla, carne y memoria. Mercados donde el mar habla en voz alta y las frutas tienen nombre de canción. Librerías que parecen iglesias sin santos, buscando a Mistral entre los estantes y a Nicanor Parra escondido entre los afiches, como quien juega a las escondidas con la palabra.

Caminamos largo frente a ese océano que no susurra, ruge. El Pacífico chileno no es tímido: te habla con espuma, te sacude con viento, te canta con gaviotas. Y nosotros, como buenos conversadores, le respondíamos con silencio y mirada larga, como quien entiende que no todo se dice con la boca.

Nos dejamos empapar por los versos de Neruda, que allá no son sólo poesía: son pan, son vino, son casa. Visitamos sus hogares con mascarones de proa, como quien entra a un barco anclado en la tierra. Cada rincón tenía una metáfora, cada objeto una historia, cada ventana una invitación a mirar el mundo con ojos de marinero enamorado.

En Chile, el paisaje no se mira: se escucha, se respira, se siente como un poema que cambia de ritmo según la altitud. Desde el desierto de Atacama, donde el silencio tiene textura, hasta los bosques del sur que huelen a lluvia y madera, el país se despliega como telón de fondo para historias que cruzan fronteras. Allá uno aprende que el frío no es sólo temperatura, es carácter. Que el pisco no es sólo bebida, es ritual. Y que mirar el cielo no es sólo astronomía, es filosofía con estrellas.

Los centros astronómicos en Chile  no son laboratorios: son templos donde la ciencia se arrodilla ante el misterio. Bajo cielos que parecen recién lavados por el universo, los telescopios escuchan galaxias mientras los visitantes se preguntan por su lugar en el mapa cósmico. Porque en Chile, mirar hacia arriba es también mirar hacia adentro.

Mirar las estrellas en el Valle de Elqui es como leer un poema sin palabras. Pero hacerlo desde una montaña mágica, donde el aire no pesa y el cielo se entrega limpio, es otra cosa. Es como si el universo te dijera: “Aquí estoy, sin filtros ni adornos.” Y uno, sin saber nada de astronomía, se deja atravesar por esa vastedad que no cabe en ningún telescopio. En Atacama, donde el aire parece hecho de silencio y los astros se asoman sin timidez, uno no sólo ve estrellas: uno escucha preguntas antiguas, siente que el universo tiene voz.

Allí, bajo ese cielo que parece recién estrenado, el alma se vuelve antena. No importa si sabes de ciencia o no; lo que importa es que algo en ti se expande, como si Neruda te susurrara desde la Vía Láctea: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente…” Porque en Chile, mirar el cielo es también mirar el alma. Y hay cosas que solo se entienden cuando se contemplan sin apuro, con el corazón abierto y los pies bien puestos en la tierra.

Fue una experiencia gloriosa, sí. Pero más que gloriosa, fue entrañable. Porque Chile no se visita, se vive. Y cuando uno lo vive, se le queda pegado en el alma como el olor a mar en la ropa después de una caminata larga.

Entonces, después de vivir en Chile, entendí con el cuerpo y el alma a esos chilenos que un día cruzaron el mapa y llegaron a Venezuela. Entendí sus silencios, su manera de mirar sin apuro, su nostalgia envuelta en pebre. Entendí que no vinieron a buscar, vinieron a sembrar. Y que este país, con su sol generoso y su tambor en la sangre, se les volvió hogar aunque estuviera lejos de la cordillera.

Gracias, Chile. Por tus hijos que llegaron con frío y encontraron calor. Por tus cuentos que se acomodaron en nuestras esquinas, por tus sabores que se metieron en nuestras cocinas sin pedir permiso, por tus silencios que también abrazan, y por esa forma tuya de mirar el cielo como quien busca respuestas en la inmensidad. Gracias por enseñarnos que la identidad no aprieta, se extiende. Que no es camisa de fuerza.

Cuando la marea política en Chile se aquietó y el país volvió a abrir sus brazos, muchos chilenos regresaron. Volvieron a sus montañas, a sus mares, a sus silencios. Pero, ¿y qué pasó? Muchos, curiosamente, volvieron también a Venezuela. Porque hay migraciones que no se deshacen, sólo se remezclan. Como el vino navegado: dulce, cálido, y con ese toque de canela que no estaba en la receta original, pero ahora no puede faltar.

Una vez que se mezcla el alma, ya no hay vuelta atrás. Se transforma. Se expande. Se vuelve otra cosa, más sabrosa, más compleja, mejor. Porque pertenecer no es quedarse quieto, es aprender a bailar con varios ritmos en el corazón.

Y como escribió Gabriela Mistral, que sabía de exilios y regresos: “Todo lo que soñé, lo que perdí, lo que gané, está en mi sangre como un río.”

Nadie llega con las manos vacías, aunque traiga poco en las maletas. Siempre hay algo que se carga en el alma: un sabor, una canción, una manera de mirar el mundo. Y nadie se va sin dejar huella, aunque no lo note. Se queda un gesto, una palabra, una receta improvisada, un refrán que se cuela en la conversación. Migrar es eso: un intercambio invisible pero profundo.

Como quien entra a una casa con lluvia en los zapatos y deja charquitos de historia en el piso. Como quien se despide, pero deja encendida una luz en la cocina. Porque cada ida y cada vuelta tejen la trama de lo que somos: mezcla, memoria, pertenencia.

Así es la migración: un río que no se detiene, que lleva recuerdos, sabores, canciones y refranes. Y cuando se junta con otro río, no se borra: se vuelve caudal.

[Canarias}> Canarias y la amenaza de una guerra que España logró evitar»

20-12-2025

 Jorge Siverio

 Canarias y la amenaza de una guerra que España logró evitar

Durante meses el Archipiélago figuró en los planes bélicos de Churchill

Han pasado más de ocho décadas desde que el océano que engloba a las Canarias era una autopista de guerra y, sin embargo, el Archipiélago sigue sin pasar desapercibido en la geopolítica mundial. Y no por los plátanos, ni el clima, ni el paisaje, sino por su ubicación, sus recursos naturales y su sector turístico.

Sin embargo, fue en 1941 cuando el Reino Unido llegó a planificar una ocupación militar de las Islas en plena Segunda Guerra Mundial y la bautizó como Operación Pilgrim, un proyecto pensado para ejecutarse si España se inclinaba hacia Alemania o si Gibraltar quedaba amenazado.

La lógica que sostenía aquel diseño era sencilla: controlar las Islas para proteger las rutas de convoyes que alimentaban a Gran Bretaña y, al mismo tiempo, impedir que los submarinos alemanes ganaran un refugio en el flanco occidental del Mediterráneo, un temor conectado con los planes alemanes sobre la Península y con la presión para utilizar territorios atlánticos como moneda estratégica.

El interés nazi por Canarias, y las investigaciones y trabajos divulgados en los últimos años sitúan redes de influencia, propaganda y presencia alemana en las Islas durante los años treinta y la primera fase del conflicto, un entorno que alimentó la sensación en Londres de que el equilibrio podía romperse con rapidez si Hitler conseguía arrastrar a Madrid.

En ese clima de sospecha se movieron nombres propios como el don Juan de Borbón, que mantuvo contactos con responsables británicos mientras el Gobierno de Churchill afinaba escenarios de intervención, porque una operación sobre suelo español no sólo era un asunto militar, también abría la puerta a un rediseño político en una España todavía marcada por la posguerra.

Los documentos que hoy permiten reconstruir Pilgrim describen un plan con objetivos de captura y mantenimiento de Gran Canaria, tomando el puerto de La Luz y el aeródromo de Gando como llaves del control insular, con apoyo aéreo y capacidad de expansión posterior hacia otras islas.

Para sostener esa posibilidad se reunieron efectivos y medios durante meses, con unidades concentradas para entrenamiento y con un calendario que mantuvo la presión logística en la retaguardia británica, aunque los límites eran evidentes, faltaban recursos de desembarco y la experiencia anfibia todavía se estaba construyendo a golpe de ensayo y error en un Reino Unido exhausto por la guerra total.

Ahí apareció la primera grieta, las maniobras revelaron que el margen de fallo era estrecho y que un incidente en mar abierto podía traducirse en una carnicería en una costa defendida, un diagnóstico que enfrió el entusiasmo de parte de la jerarquía militar porque el objetivo era valioso, sí, pero el coste podía resultar inasumible en 1941 cuando la prioridad era resistir y sostener el pulso en varios frentes.

Aun así, Pilgrim no se guardó en un cajón, siguió viva como opción de emergencia mientras se medía la conducta de Franco y se vigilaba el Estrecho, con el recuerdo de que una operación sobre Gibraltar habría alterado el reparto de fuerzas en el océano y habría obligado a buscar puntos de control alternativos.

El desenlace llegó por una combinación de acontecimientos, como la entrada de Estados Unidos tras Pearl Harbor y el cambio de tendencia en el frente oriental fueron reordenando las prioridades aliadas, además España terminó reforzando una neutralidad que, con matices, redujo el incentivo de abrir un nuevo teatro en Canarias, porque una invasión sobre un país no beligerante podía empujar justo lo que Londres quería evitar.

La cancelación se formalizó a comienzos de 1942 y liberó recursos para otros compromisos, pero dejó una idea difícil de borrar, durante meses el futuro de Gran Canaria y de sus infraestructuras clave estuvo ligado a un botón que podía pulsarse desde Downing Street, con el puerto de La Luz y Gando como objetivos escritos en órdenes operativas

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[Col}> Lo que nos trajeron los “franchutes” / Soledad Morillo Belloso

19-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los “franchutes”

Pienso en Francia y se me dibuja una sonrisa. No es moda ni cliché: el corazón se me alborota como si un acordeón sonara en plena plaza Bolívar. Me río sola por ese idioma que susurra con elegancia, por una historia que huele a barricadas y baguette, por edificios que trepan en vitrales como bejucos de piedra, por libros que se leen con vino y lágrimas.

Sonrío por una cocina donde hasta la sopa tiene apellido, por la moda que convirtió el hilo en arte. Y sonrío porque tengo recuerdos lindos, perfumados, pegados como papelón en la olla. Pero bueno, esa soy yo. Y capaz a ustedes les da igual que yo piense en Francia y el corazón se me ponga a brincar.

Ahora, vamos a echarle un ojo a todo lo que nos dejaron los franchutes. Francia dejó huella. Y vaya que sí. No hace falta irse a los tiempos de toga y sandalia, con mirar los últimos siglos basta. Ese país, con su revolución y su filosofía escrita en servilletas de café en el Café de Flore, le regaló al mundo—y a Venezuela—un montón de cosas.

Ideas que se volvieron gritos: liberté, égalité, fraternité. Pensamiento con aroma a poesía y existencialismo. Cultura que entró por los vitrales y se quedó en la porcelana de nuestras casas. Cocina que enseñó que el queso tiene apellido. Moda que nos hizo querer vestirnos como parisinos. Música que se escucha con vino y nostalgia. Y nombres que se quedaron en apellidos, plazas, recetas y refranes.

Francia nos dejó el Código Napoleónico, una receta jurídica que se cocinó en 1804 para poner orden en el despelote legal que tenían allá. Un código civil que hablaba clarito: “el ciudadano tiene derechos, y el Estado debe respetarlos”. No llegó en barco, pero cruzó el charco como inspiración. Se metió en nuestros códigos civiles, desde los proyectos de Julián Viso hasta las reformas de 1896 y 1942. Nos trajo ideas sobre familia, herencia, propiedad y hasta el divorcio. Nos enseñó que la ley no es sólo para jueces, sino también para el ciudadano que necesita saber qué puede y qué no. Un legado que no se ve, pero se siente. Como el olor a fresco en una tarde caraqueña.

Hace un montón de años, los  corsos, unos franchutes raros,  llegaron a Venezuela como quien se desliza sin hacer ruido, pero con las manos llenas de futuro. Se instalaron sobre todo en oriente —Carúpano, Río Caribe, Güiria—donde el cacao era rey y el tabaco príncipe. Venían de Córcega, esa isla francesa con alma mediterránea, y aquí encontraron tierra fértil, humedad conocida y una cultura lista para mezclar.

No eran muchos, pero dejaron huella. Con sombrero de paja, acento raro y manos trabajadoras, se pusieron a cultivar como si estuvieran escribiendo una novela tropical. Trajeron técnicas agrícolas, refinamiento en el trato, y una forma de ver el mundo que se fue colando entre las matas de cacao y los patios de las casas criollas.

Apellidos como Franceschi, Raffalli, Massiani, Prosperi, Lucca  Oletta, Casella, Colonna, Santelli, Poggi, Renucci, Grisanti, Battistini, Benedetti y muchos más (que parecen italianos pero son corsos)  se fueron quedando en los registros civiles, en las esquinas de los pueblos, en las recetas familiares. Algunos se criollizaron, otros conservaron su sonoridad original, pero todos se mezclaron con la identidad venezolana como mantequilla en arepa caliente.

Los descendientes de esos corsos se volvieron tan venezolanos como el ají dulce, pero con ese toque de lavanda y refinamiento que los hacía distintos. En sus casas se hablaba de cacao y de filosofía, de comercio y de cocina.

Y no sólo sembraron tierra, también sembraron costumbres. En los pueblos donde se asentaron, dejaron huellas en la arquitectura, en los apellidos, en las recetas y hasta en los refranes. El corso no sólo hablaba raro, también cocinaba distinto, vestía con elegancia y tenía una manera de negociar que parecía sacada de una película francesa doblada en criollo. Porque si algo supieron hacer los corsos fue tropicalizarse.

En Caracas, los franchutes  se colaron por las rendijas del arte, la ciencia y la moda como quien no quiere la cosa. Guy Meliet vistió a las damas caraqueñas y a las Miss Venezuela con tanto estilo que hasta las estatuas del Paseo Los Próceres parecían suspirar. Luis Daniel Beauperthuy, con su microscopio y su acento afrancesado, se adelantó a su época y señaló al mosquito como el culpable de la fiebre amarilla, cuando medio mundo todavía le echaba la culpa al “aire malo”.

Y no todo fue perfume, medicina y poesía: también hubo puños y gloria. Chaffardet, boxeador con sangre francesa, se subió al ring con fuerza y elegancia. Henri Charrière, el autor de Papillon, terminó montando su propio restaurante en Sabana Grande. De preso en Cayena a empresario caraqueño.

En la cocina, nos trajeron escargots, foie gras y técnicas que se mezclaron con nuestra dulcería criolla como si fueran ingredientes de toda la vida. ¿Quién no ha probado una tartaleta con crema pastelera y guayaba? Eso es París con sabor a El Valle. Aquí, hasta el ratatouille se convierte en criollo si se le pone cariño.

Ya que hablamos de fogones, los chefs franceses levantaron altares al sabor. En Caracas, La Belle Époque fue más que un restaurante: era el sitio donde el escargot y el foie gras se paseaba por las mesas como si fuera parte del menú dominguero. Le Gourmet, en el Hotel Tamanaco, fue escuela de técnica y elegancia. Allí, el chef Laurent Kher formó a talentos como Egidio Rodríguez, cumanés, quien terminó cocinando en la residencia de la Embajada de Francia. Egidio mezcló sabores sucrenses con savoir-faire francés: macaron de ají dulce y morcilla, cerdo en salsa de maíz cariaco con chablis, morcillas al champagne con echalotes de Araya. Cocina con alma cruzada.

También están los clásicos caraqueños. Lasserre sirve soufflés de queso, caracoles Bourgogne y confit de pato como si Caracas fuera París. Rue de Lys, en El Hatillo, recrea el ambiente de un bistró con sopa de cebolla, escargots gratinados y croissants que hacen que hasta el queso de mano se sienta elegante. En Mémé, el homenaje de Eric Martin a su abuela, los croissants vienen rellenos de pistacho, almendra o Nutella, y el pain au chocolat se pasea allí como si fuera de Sabana Grande a Montmartre en metro.

Estos cocineros no sólo montaron restaurantes. Construyeron puentes. Entre la mantequilla y el casabe, entre el vino y el ron. Pues  un francés cocina en Venezuela, no sólo se sirve comida: en el plato hay historia, técnica y una pizca de picardía tropical. En  Caracas, Héctor Romero, un artista plástico que se hizo chef, agarró esa herencia francesa y la mezcló con la despensa venezolana. En El Comedor, en el Instituto Culinario de Caracas, cada plato es memoria y creación. Con técnicas francesas, hizo tartaletas de ají dulce, morcillas al champagne y platos que saben a oriente y a Lyon al mismo tiempo.

En El Hatillo, una joya, Montmatre, es como encontrarse con un trocito de París entre las callecitas caraqueñas. No más entras, el lugar te abraza con música suave, decoración que parece postal francesa y ese olorcito a baguettes calienticas y tardes pacíficas con copa en mano. La carta rinde pleitesía a la cocina clásica: escargots, confit de pato, sopa de cebolla, croissants que se pasean por las mesas como si El Hatillo fuera el 18eme arrondisement.

El legado francés aquiy es como un toque secreto en la receta: no se ve, pero se siente. Está en cómo se sirve el café, en el gusto por el teatro, en la arquitectura, en el “mon amour” que se suelta mientras se baila pegadito. No llegaron haciendo escándalo, pero dejaron una marca elegante, científica, artística y deliciosa. El famoso “musiú” no es más que nuestro criollizado “monsieur”.

También llegaron empresas francesas, con estilo. Como quien entra por la cocina y termina en el centro de la sala. En Venezuela, se metieron en todo: energía, cosmética, agroindustria, tecnología, educación, turismo… como ese ingrediente que no se nota pero le da sabor al guiso.

La Cámara Venezolano-Francesa, funciona como puente, agrupa empresas que han echado raíces aquí. Algunas gigantes, otras más discretas. TotalEnergies estuvo en el negocio petrolero cuando eso olía a futuro. L’Oréal y Clarins llegaron con sus cremas y perfumes, demostrando que el glamour también aguanta el calor del Caribe. Y en la cocina, aparecieron marcas que trajeron desde maquinaria agrícola hasta ingredientes que se mezclaron con papelón y ají dulce sin perder el encanto.

También están las que no venden productos, sino cultura. La Alianza Francesa, en Caracas, Maracaibo, Valencia y Mérida, ha sido como una embajada del idioma. Enseñan a decir “bonjour” mientras se toma café au lait y suenan de fondo Edith Piaf,  Aznavour, Gilbert Becaud e Yves Montand.

Estas compañías y organizaciones no sólo hicieron negocios. Crearon  vínculos. Se adaptaron, se mezclaron, se volvieron parte del paisaje. Aquí, hasta el Excel tiene acento si lo abre un musiú. Así que sí, el legado francés también se cuenta en recibos, catálogos y oficinas que huelen a lavanda. Porque en esta arepa multicultural que llamamos Venezuela, hay espacio para todo: para el refrán criollo, el foie gras y el gerente que dice “merci” mientras firma en la Av. Francisco de Miranda.

Cuando una empresa francesa monta oficina en Venezuela, no sólo trae contratos: trae savoir-faire, estilo, y a veces, hasta croissants. No tengo el gusto de conocer al actual embajador de Francia, pero sí conocí al anterior. Romain Nadal fue embajador de Francia en Venezuela desde abril de 2017 hasta agosto de 2023. Por  seis años, representó a su país, y se convirtió en una figura cercana y muy querida por muchos venezolanos.

De estilo cálido, directo y extraordinariamente humano, Nadal no se quedó en hablar de diplomacia: habló de Venezuela como si fuera parte de su propio mapa emocional. Al despedirse, con voz entrecortada, dijo: “Dejo mi corazón por siempre en el Ávila, en Roraima, en Petare, en Apure, en Catia, y sobre todo con ustedes”. Fue trasladado a Argentina, pero dejó claro que Venezuela le había marcado el alma. Nadal fue puente, fue testigo, y en mucho, fue parte de esta arepa multicultural que tanto celebramos.

Cuando veas una panadería con nombre francés, un violinista en una  plaza o una señora con perfume que huele a lavanda y papelón, acuérdate: los franceses también son parte de esta arepa con relleno de mundo. Aquí todos tenemos un pedacito de franchute en el corazón.

Ah, y sigo sin entender por qué, en francés, Venezuela es masculino, siendo un país con nombre de mujer.

[Canarias}> La increíble ‘rebelión’ del municipio de Canarias que se declaró país independiente de España

23-01-2026

La increíble ‘rebelión’ del municipio de Canarias que se declaró país independiente de España

Sólo duró tres días

La Villa y Puerto de Tazacorte, situada en la costa oeste de la isla de La Palma, es uno de los enclaves con mayor carga histórica del Archipiélago. Su origen está ligado a uno de los episodios clave de la historia de Canarias: la conquista de la Isla.

Fue en la desembocadura del barranco de Las Angustias, donde hoy se levanta el puerto, donde Alonso Fernández de Lugo desembarcó el 29 de septiembre de 1492 sin encontrar resistencia, iniciando así el asentamiento castellano en la Isla, según explica el Ayuntamiento en su página web.

Aquel desembarco permitió un establecimiento pacífico en el llano de Tazacorte, donde se levantó el primer campamento y se erigió la Ermita de San Miguel, templo que convirtió al arcángel en patrón de Tazacorte y de toda La Palma. Desde entonces, el municipio quedó marcado por su vínculo con la historia fundacional de la Isla.

En 1513, tras varias ventas, la fértil Hacienda de Tazacorte fue adquirida por el flamenco Jácome Monteverde, quien impulsó el cultivo de la caña de azúcar bajo un sistema de explotación semifeudal.

Durante los siglos XVI y XVII, el fondeadero del Puerto de Tazacorte se consolidó como el segundo más importante de La Palma, solo por detrás del capitalino, con embarcaciones que exportaban azúcar, vino y otros productos hacia mercados europeos.

Sin embargo, la prosperidad no alcanzó a toda la población. A finales del siglo XVIII, los campesinos vivían en condiciones de extrema pobreza, mal alimentados y mal vestidos, sobreviviendo en muchos casos con raíces de helecho como alimento básico.

La historia administrativa del municipio da un giro en 1812, cuando Tazacorte pasa a formar parte del recién creado municipio de Los Llanos, junto a El Paso y Argual. Poco después, la decadencia del azúcar se hizo irreversible: en 1830 cerró el último ingenio azucarero, dando paso a cultivos de subsistencia. No fue hasta mediados del siglo XIX cuando la economía local encontró nuevos motores en la pesca y el cultivo de cochinilla, actividades que devolvieron cierta estabilidad a la población.

Desde 1890, el tomate y, sobre todo, el plátano transformaron de nuevo el paisaje económico. Tras la Primera Guerra Mundial, la apertura de los mercados europeos impulsó la exportación y, a partir de 1919, la empresa británica Fyffes Limited arrendó las principales fincas del municipio. A mediados de los años veinte, el 70 % de la población de Tazacorte trabajaba directa o indirectamente en torno al plátano, convirtiendo al núcleo en el más poblado y próspero del Valle de Aridane.

En 1925, Tazacorte protagonizó uno de los episodios más singulares de la historia canaria: durante tres días se declaró país independiente de España, una proclamación simbólica que terminó tras la llegada de un buque de guerra. Aquel mismo año, el 16 de septiembre, el municipio logró oficialmente su independencia de Los Llanos de Aridane por decreto del Gobierno de Primo de Rivera. Su primer alcalde fue Miguel Medina Quesada.

El siglo XX estuvo marcado también por la adversidad y la lucha social. En 1926 se declaró una epidemia de peste que afectó a buena parte de la población. Con la llegada de la Segunda República en 1931, Tazacorte vivió una intensa politización, con un fuerte movimiento sindical y un notable auge del comunismo. El Sindicato Oficios Varios llegó a agrupar a 800 trabajadores, y en las elecciones de 1936 el Frente Popular obtuvo más del 72 % de los votos.

El golpe militar de julio de 1936 paralizó el municipio, que respondió con una huelga general y el control local por parte de una comisión obrera, manteniendo únicamente el riego de los cultivos para evitar su pérdida. Décadas más tarde, en 1979, Tazacorte volvió a hacer historia al elegir una corporación municipal encabezada por el Partido Comunista en las primeras elecciones democráticas.

Hoy, Tazacorte conserva en sus calles, su puerto y su memoria colectiva el legado de un municipio que fue puerta de la conquista, motor agrícola, foco de lucha social y símbolo de identidad propia dentro de La Palma.

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