[Col}> Lo que nos trajeron los chilenos / Soledad Morillo Belloso

20-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los chilenos

Los chilenos llegaron a Venezuela como quien se cuela en una fiesta sin conocer a nadie, pero con una botella de buen vino en la mano y una historia lista para servir. Nada de escándalo ni alfombra roja. Se instalaron sin hacer ruido, como quien sabe que migrar no es entrar hablando, sino afinar el oído primero. Muchos venían buscando vida, paz, sosiego. Y aquí, en este bochinche nuestro, en esta tierra que canta alto y abraza fuerte, lo encontraron.

Y vaya si escucharon. Se empaparon de nuestras gaitas, de los cuentos que nacen en las esquinas, de las discusiones eternas sobre si la arepa se unta o se rellena. Y cuando ya estaban sazonados con costumbrismo tropical, soltaron su primer “¿cachai?” con una sonrisa tímida que decía “ya me siento en casa”.

Traían una forma tranquila de mirar el mundo, como si las montañas les hubieran enseñado a quedarse quietos y el océano a pensar hondo. Nos mostraron que el silencio también abraza, que no todo se grita, que a veces basta con estar ahí, como sopaipilla en tarde de lluvia.

Y hablando de sabores, se metieron en la cocina como si siempre hubieran vivido en ella. El pebre se acomodó junto a la arepa como si fueran primos en una novela de Isabel Allende. El pastel de choclo se volvió el pariente elegante de la polenta. Las sopaipillas se transformaron en merienda de domingo con nombre de refrán. Y el charquicán se hizo amigo de la yuca y el plátano maduro, como quien llega y se queda.

También trajeron sus dichos, sus tallas, sus formas de nombrar lo cotidiano. “Más perdido que el teniente Bello”, decían, y nosotros, sin saber si el teniente era piloto o parrillero, nos reíamos igual. Porque el humor chileno, con su ironía suave y su picardía escondida, encontró eco en nuestro costumbrismo con sabor a mango y tambor. “Está más salado que mariscal sin limón”, decían, y nosotros les respondíamos: “¡No vale, eso se arregla con ají dulce y buena conversa!”

Y así, entre empanadas de pino y cuentos de Valparaíso que parecían Porlamar con neblina, empezamos a mezclar nuestras historias. No vinieron a cambiar nada, vinieron a sumar. En las universidades, se volvieron profes queridos. En los hospitales, médicos pacientes. En los barrios y urbanizaciones, vecinos confiables. El del 3B, que cuando nos cruzábamos en el ascensor soltaba un saludo cantarín, como verso de sus poetas. Y en las casas, amigos entrañables que te dicen “pásame la palta” mientras tú les sirves papelón con limón.

Sus hijos crecieron diciendo “chévere” y “bacán” en la misma frase, comiendo arepa con palta y bailando salsa con pasos de cueca. Y en esa mezcla nació algo sabroso, algo que no cabe en ninguna etiqueta: el chileno-venezolano, que celebra el 18 de septiembre y el 5 de julio con la misma emoción, que entiende que migrar no es perder, sino ganar nuevos ritmos.

Porque si algo nos enseñaron los chilenos es que cuando se cruzan las historias, se multiplican las alegrías. Que la nostalgia, cuando se comparte, sabe a vino tinto que acompaña unos tequeños. Que el exilio puede ser semilla. Y que en esta tierra de sol y arepa, siempre hay espacio para una nueva historia que contar… con música de fondo y versos de Neruda escondidos en el mantel.

Una de mis grandes amigas, venezolana, está casada con un chileno que ya habla con “chévere” y come arepa con chicharrón. Un chileno reencauchado, como decimos, que se volvió mitad Caribe sin perder su cordillera. Por él conocí el alma chilena desde hace tiempo: esa mezcla de pausa y profundidad, de humor que se esconde en la esquina y cariño que no hace ruido.

Ahora, una de sus hijas vive en Chile, y hay nietos chilenos que también son venezolanos. Y los lazos se han tejido más, como esas mantas del sur de Chile que se hacen con paciencia y con hilos de muchos colores. Porque cuando las historias se cruzan, no hay vuelta atrás: se forma una trama nueva, más fuerte, más sabrosa.

Los chilenos nos trajeron una manera más linda, más poética, de comer mariscos. Nada de apuro ni formalidad: comer mariscos con ellos es como sentarse a conversar con el mar. Cada bocado tiene ritmo de ola, pausa de brisa, y sabor a memoria salada. Nos enseñaron que el loco no es sólo un molusco, es un personaje con historia; que la macha a la parmesana no se come, se celebra; que el piure, aunque tímido, tiene voz propia si se le escucha con respeto.

Con ellos aprendimos que el mar se honra. Que el plato no es sólo comida, es ritual. Y que cuando se come mirando el horizonte, el cuerpo se llena de preguntas que no necesitan respuesta. Porque en su forma de servir mariscos hay poesía, hay pausa, hay cariño. Como quien dice: “esto viene del fondo del mundo, y merece silencio antes del primer bocado.”

Y cómo escribir sin que se me atraviese Chile en la garganta. Viví allá seis lunas completas, seis estaciones de asombro. Recorrimos miles de kilómetros como quien se deja llevar por un verso largo, uno que no rima pero sí vibra. Pueblos donde el tiempo se toma su pisco con calma, como si la prisa fuera pecado. Ciudades que huelen a empanada recién salida del horno, con esa mezcla de cebolla, carne y memoria. Mercados donde el mar habla en voz alta y las frutas tienen nombre de canción. Librerías que parecen iglesias sin santos, buscando a Mistral entre los estantes y a Nicanor Parra escondido entre los afiches, como quien juega a las escondidas con la palabra.

Caminamos largo frente a ese océano que no susurra, ruge. El Pacífico chileno no es tímido: te habla con espuma, te sacude con viento, te canta con gaviotas. Y nosotros, como buenos conversadores, le respondíamos con silencio y mirada larga, como quien entiende que no todo se dice con la boca.

Nos dejamos empapar por los versos de Neruda, que allá no son sólo poesía: son pan, son vino, son casa. Visitamos sus hogares con mascarones de proa, como quien entra a un barco anclado en la tierra. Cada rincón tenía una metáfora, cada objeto una historia, cada ventana una invitación a mirar el mundo con ojos de marinero enamorado.

En Chile, el paisaje no se mira: se escucha, se respira, se siente como un poema que cambia de ritmo según la altitud. Desde el desierto de Atacama, donde el silencio tiene textura, hasta los bosques del sur que huelen a lluvia y madera, el país se despliega como telón de fondo para historias que cruzan fronteras. Allá uno aprende que el frío no es sólo temperatura, es carácter. Que el pisco no es sólo bebida, es ritual. Y que mirar el cielo no es sólo astronomía, es filosofía con estrellas.

Los centros astronómicos en Chile  no son laboratorios: son templos donde la ciencia se arrodilla ante el misterio. Bajo cielos que parecen recién lavados por el universo, los telescopios escuchan galaxias mientras los visitantes se preguntan por su lugar en el mapa cósmico. Porque en Chile, mirar hacia arriba es también mirar hacia adentro.

Mirar las estrellas en el Valle de Elqui es como leer un poema sin palabras. Pero hacerlo desde una montaña mágica, donde el aire no pesa y el cielo se entrega limpio, es otra cosa. Es como si el universo te dijera: “Aquí estoy, sin filtros ni adornos.” Y uno, sin saber nada de astronomía, se deja atravesar por esa vastedad que no cabe en ningún telescopio. En Atacama, donde el aire parece hecho de silencio y los astros se asoman sin timidez, uno no sólo ve estrellas: uno escucha preguntas antiguas, siente que el universo tiene voz.

Allí, bajo ese cielo que parece recién estrenado, el alma se vuelve antena. No importa si sabes de ciencia o no; lo que importa es que algo en ti se expande, como si Neruda te susurrara desde la Vía Láctea: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente…” Porque en Chile, mirar el cielo es también mirar el alma. Y hay cosas que solo se entienden cuando se contemplan sin apuro, con el corazón abierto y los pies bien puestos en la tierra.

Fue una experiencia gloriosa, sí. Pero más que gloriosa, fue entrañable. Porque Chile no se visita, se vive. Y cuando uno lo vive, se le queda pegado en el alma como el olor a mar en la ropa después de una caminata larga.

Entonces, después de vivir en Chile, entendí con el cuerpo y el alma a esos chilenos que un día cruzaron el mapa y llegaron a Venezuela. Entendí sus silencios, su manera de mirar sin apuro, su nostalgia envuelta en pebre. Entendí que no vinieron a buscar, vinieron a sembrar. Y que este país, con su sol generoso y su tambor en la sangre, se les volvió hogar aunque estuviera lejos de la cordillera.

Gracias, Chile. Por tus hijos que llegaron con frío y encontraron calor. Por tus cuentos que se acomodaron en nuestras esquinas, por tus sabores que se metieron en nuestras cocinas sin pedir permiso, por tus silencios que también abrazan, y por esa forma tuya de mirar el cielo como quien busca respuestas en la inmensidad. Gracias por enseñarnos que la identidad no aprieta, se extiende. Que no es camisa de fuerza.

Cuando la marea política en Chile se aquietó y el país volvió a abrir sus brazos, muchos chilenos regresaron. Volvieron a sus montañas, a sus mares, a sus silencios. Pero, ¿y qué pasó? Muchos, curiosamente, volvieron también a Venezuela. Porque hay migraciones que no se deshacen, sólo se remezclan. Como el vino navegado: dulce, cálido, y con ese toque de canela que no estaba en la receta original, pero ahora no puede faltar.

Una vez que se mezcla el alma, ya no hay vuelta atrás. Se transforma. Se expande. Se vuelve otra cosa, más sabrosa, más compleja, mejor. Porque pertenecer no es quedarse quieto, es aprender a bailar con varios ritmos en el corazón.

Y como escribió Gabriela Mistral, que sabía de exilios y regresos: “Todo lo que soñé, lo que perdí, lo que gané, está en mi sangre como un río.”

Nadie llega con las manos vacías, aunque traiga poco en las maletas. Siempre hay algo que se carga en el alma: un sabor, una canción, una manera de mirar el mundo. Y nadie se va sin dejar huella, aunque no lo note. Se queda un gesto, una palabra, una receta improvisada, un refrán que se cuela en la conversación. Migrar es eso: un intercambio invisible pero profundo.

Como quien entra a una casa con lluvia en los zapatos y deja charquitos de historia en el piso. Como quien se despide, pero deja encendida una luz en la cocina. Porque cada ida y cada vuelta tejen la trama de lo que somos: mezcla, memoria, pertenencia.

Así es la migración: un río que no se detiene, que lleva recuerdos, sabores, canciones y refranes. Y cuando se junta con otro río, no se borra: se vuelve caudal.

[Canarias}> Canarias y la amenaza de una guerra que España logró evitar»

20-12-2025

 Jorge Siverio

 Canarias y la amenaza de una guerra que España logró evitar

Durante meses el Archipiélago figuró en los planes bélicos de Churchill

Han pasado más de ocho décadas desde que el océano que engloba a las Canarias era una autopista de guerra y, sin embargo, el Archipiélago sigue sin pasar desapercibido en la geopolítica mundial. Y no por los plátanos, ni el clima, ni el paisaje, sino por su ubicación, sus recursos naturales y su sector turístico.

Sin embargo, fue en 1941 cuando el Reino Unido llegó a planificar una ocupación militar de las Islas en plena Segunda Guerra Mundial y la bautizó como Operación Pilgrim, un proyecto pensado para ejecutarse si España se inclinaba hacia Alemania o si Gibraltar quedaba amenazado.

La lógica que sostenía aquel diseño era sencilla: controlar las Islas para proteger las rutas de convoyes que alimentaban a Gran Bretaña y, al mismo tiempo, impedir que los submarinos alemanes ganaran un refugio en el flanco occidental del Mediterráneo, un temor conectado con los planes alemanes sobre la Península y con la presión para utilizar territorios atlánticos como moneda estratégica.

El interés nazi por Canarias, y las investigaciones y trabajos divulgados en los últimos años sitúan redes de influencia, propaganda y presencia alemana en las Islas durante los años treinta y la primera fase del conflicto, un entorno que alimentó la sensación en Londres de que el equilibrio podía romperse con rapidez si Hitler conseguía arrastrar a Madrid.

En ese clima de sospecha se movieron nombres propios como el don Juan de Borbón, que mantuvo contactos con responsables británicos mientras el Gobierno de Churchill afinaba escenarios de intervención, porque una operación sobre suelo español no sólo era un asunto militar, también abría la puerta a un rediseño político en una España todavía marcada por la posguerra.

Los documentos que hoy permiten reconstruir Pilgrim describen un plan con objetivos de captura y mantenimiento de Gran Canaria, tomando el puerto de La Luz y el aeródromo de Gando como llaves del control insular, con apoyo aéreo y capacidad de expansión posterior hacia otras islas.

Para sostener esa posibilidad se reunieron efectivos y medios durante meses, con unidades concentradas para entrenamiento y con un calendario que mantuvo la presión logística en la retaguardia británica, aunque los límites eran evidentes, faltaban recursos de desembarco y la experiencia anfibia todavía se estaba construyendo a golpe de ensayo y error en un Reino Unido exhausto por la guerra total.

Ahí apareció la primera grieta, las maniobras revelaron que el margen de fallo era estrecho y que un incidente en mar abierto podía traducirse en una carnicería en una costa defendida, un diagnóstico que enfrió el entusiasmo de parte de la jerarquía militar porque el objetivo era valioso, sí, pero el coste podía resultar inasumible en 1941 cuando la prioridad era resistir y sostener el pulso en varios frentes.

Aun así, Pilgrim no se guardó en un cajón, siguió viva como opción de emergencia mientras se medía la conducta de Franco y se vigilaba el Estrecho, con el recuerdo de que una operación sobre Gibraltar habría alterado el reparto de fuerzas en el océano y habría obligado a buscar puntos de control alternativos.

El desenlace llegó por una combinación de acontecimientos, como la entrada de Estados Unidos tras Pearl Harbor y el cambio de tendencia en el frente oriental fueron reordenando las prioridades aliadas, además España terminó reforzando una neutralidad que, con matices, redujo el incentivo de abrir un nuevo teatro en Canarias, porque una invasión sobre un país no beligerante podía empujar justo lo que Londres quería evitar.

La cancelación se formalizó a comienzos de 1942 y liberó recursos para otros compromisos, pero dejó una idea difícil de borrar, durante meses el futuro de Gran Canaria y de sus infraestructuras clave estuvo ligado a un botón que podía pulsarse desde Downing Street, con el puerto de La Luz y Gando como objetivos escritos en órdenes operativas

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[Col}> Lo que nos trajeron los “franchutes” / Soledad Morillo Belloso

19-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los “franchutes”

Pienso en Francia y se me dibuja una sonrisa. No es moda ni cliché: el corazón se me alborota como si un acordeón sonara en plena plaza Bolívar. Me río sola por ese idioma que susurra con elegancia, por una historia que huele a barricadas y baguette, por edificios que trepan en vitrales como bejucos de piedra, por libros que se leen con vino y lágrimas.

Sonrío por una cocina donde hasta la sopa tiene apellido, por la moda que convirtió el hilo en arte. Y sonrío porque tengo recuerdos lindos, perfumados, pegados como papelón en la olla. Pero bueno, esa soy yo. Y capaz a ustedes les da igual que yo piense en Francia y el corazón se me ponga a brincar.

Ahora, vamos a echarle un ojo a todo lo que nos dejaron los franchutes. Francia dejó huella. Y vaya que sí. No hace falta irse a los tiempos de toga y sandalia, con mirar los últimos siglos basta. Ese país, con su revolución y su filosofía escrita en servilletas de café en el Café de Flore, le regaló al mundo—y a Venezuela—un montón de cosas.

Ideas que se volvieron gritos: liberté, égalité, fraternité. Pensamiento con aroma a poesía y existencialismo. Cultura que entró por los vitrales y se quedó en la porcelana de nuestras casas. Cocina que enseñó que el queso tiene apellido. Moda que nos hizo querer vestirnos como parisinos. Música que se escucha con vino y nostalgia. Y nombres que se quedaron en apellidos, plazas, recetas y refranes.

Francia nos dejó el Código Napoleónico, una receta jurídica que se cocinó en 1804 para poner orden en el despelote legal que tenían allá. Un código civil que hablaba clarito: “el ciudadano tiene derechos, y el Estado debe respetarlos”. No llegó en barco, pero cruzó el charco como inspiración. Se metió en nuestros códigos civiles, desde los proyectos de Julián Viso hasta las reformas de 1896 y 1942. Nos trajo ideas sobre familia, herencia, propiedad y hasta el divorcio. Nos enseñó que la ley no es sólo para jueces, sino también para el ciudadano que necesita saber qué puede y qué no. Un legado que no se ve, pero se siente. Como el olor a fresco en una tarde caraqueña.

Hace un montón de años, los  corsos, unos franchutes raros,  llegaron a Venezuela como quien se desliza sin hacer ruido, pero con las manos llenas de futuro. Se instalaron sobre todo en oriente —Carúpano, Río Caribe, Güiria—donde el cacao era rey y el tabaco príncipe. Venían de Córcega, esa isla francesa con alma mediterránea, y aquí encontraron tierra fértil, humedad conocida y una cultura lista para mezclar.

No eran muchos, pero dejaron huella. Con sombrero de paja, acento raro y manos trabajadoras, se pusieron a cultivar como si estuvieran escribiendo una novela tropical. Trajeron técnicas agrícolas, refinamiento en el trato, y una forma de ver el mundo que se fue colando entre las matas de cacao y los patios de las casas criollas.

Apellidos como Franceschi, Raffalli, Massiani, Prosperi, Lucca  Oletta, Casella, Colonna, Santelli, Poggi, Renucci, Grisanti, Battistini, Benedetti y muchos más (que parecen italianos pero son corsos)  se fueron quedando en los registros civiles, en las esquinas de los pueblos, en las recetas familiares. Algunos se criollizaron, otros conservaron su sonoridad original, pero todos se mezclaron con la identidad venezolana como mantequilla en arepa caliente.

Los descendientes de esos corsos se volvieron tan venezolanos como el ají dulce, pero con ese toque de lavanda y refinamiento que los hacía distintos. En sus casas se hablaba de cacao y de filosofía, de comercio y de cocina.

Y no sólo sembraron tierra, también sembraron costumbres. En los pueblos donde se asentaron, dejaron huellas en la arquitectura, en los apellidos, en las recetas y hasta en los refranes. El corso no sólo hablaba raro, también cocinaba distinto, vestía con elegancia y tenía una manera de negociar que parecía sacada de una película francesa doblada en criollo. Porque si algo supieron hacer los corsos fue tropicalizarse.

En Caracas, los franchutes  se colaron por las rendijas del arte, la ciencia y la moda como quien no quiere la cosa. Guy Meliet vistió a las damas caraqueñas y a las Miss Venezuela con tanto estilo que hasta las estatuas del Paseo Los Próceres parecían suspirar. Luis Daniel Beauperthuy, con su microscopio y su acento afrancesado, se adelantó a su época y señaló al mosquito como el culpable de la fiebre amarilla, cuando medio mundo todavía le echaba la culpa al “aire malo”.

Y no todo fue perfume, medicina y poesía: también hubo puños y gloria. Chaffardet, boxeador con sangre francesa, se subió al ring con fuerza y elegancia. Henri Charrière, el autor de Papillon, terminó montando su propio restaurante en Sabana Grande. De preso en Cayena a empresario caraqueño.

En la cocina, nos trajeron escargots, foie gras y técnicas que se mezclaron con nuestra dulcería criolla como si fueran ingredientes de toda la vida. ¿Quién no ha probado una tartaleta con crema pastelera y guayaba? Eso es París con sabor a El Valle. Aquí, hasta el ratatouille se convierte en criollo si se le pone cariño.

Ya que hablamos de fogones, los chefs franceses levantaron altares al sabor. En Caracas, La Belle Époque fue más que un restaurante: era el sitio donde el escargot y el foie gras se paseaba por las mesas como si fuera parte del menú dominguero. Le Gourmet, en el Hotel Tamanaco, fue escuela de técnica y elegancia. Allí, el chef Laurent Kher formó a talentos como Egidio Rodríguez, cumanés, quien terminó cocinando en la residencia de la Embajada de Francia. Egidio mezcló sabores sucrenses con savoir-faire francés: macaron de ají dulce y morcilla, cerdo en salsa de maíz cariaco con chablis, morcillas al champagne con echalotes de Araya. Cocina con alma cruzada.

También están los clásicos caraqueños. Lasserre sirve soufflés de queso, caracoles Bourgogne y confit de pato como si Caracas fuera París. Rue de Lys, en El Hatillo, recrea el ambiente de un bistró con sopa de cebolla, escargots gratinados y croissants que hacen que hasta el queso de mano se sienta elegante. En Mémé, el homenaje de Eric Martin a su abuela, los croissants vienen rellenos de pistacho, almendra o Nutella, y el pain au chocolat se pasea allí como si fuera de Sabana Grande a Montmartre en metro.

Estos cocineros no sólo montaron restaurantes. Construyeron puentes. Entre la mantequilla y el casabe, entre el vino y el ron. Pues  un francés cocina en Venezuela, no sólo se sirve comida: en el plato hay historia, técnica y una pizca de picardía tropical. En  Caracas, Héctor Romero, un artista plástico que se hizo chef, agarró esa herencia francesa y la mezcló con la despensa venezolana. En El Comedor, en el Instituto Culinario de Caracas, cada plato es memoria y creación. Con técnicas francesas, hizo tartaletas de ají dulce, morcillas al champagne y platos que saben a oriente y a Lyon al mismo tiempo.

En El Hatillo, una joya, Montmatre, es como encontrarse con un trocito de París entre las callecitas caraqueñas. No más entras, el lugar te abraza con música suave, decoración que parece postal francesa y ese olorcito a baguettes calienticas y tardes pacíficas con copa en mano. La carta rinde pleitesía a la cocina clásica: escargots, confit de pato, sopa de cebolla, croissants que se pasean por las mesas como si El Hatillo fuera el 18eme arrondisement.

El legado francés aquiy es como un toque secreto en la receta: no se ve, pero se siente. Está en cómo se sirve el café, en el gusto por el teatro, en la arquitectura, en el “mon amour” que se suelta mientras se baila pegadito. No llegaron haciendo escándalo, pero dejaron una marca elegante, científica, artística y deliciosa. El famoso “musiú” no es más que nuestro criollizado “monsieur”.

También llegaron empresas francesas, con estilo. Como quien entra por la cocina y termina en el centro de la sala. En Venezuela, se metieron en todo: energía, cosmética, agroindustria, tecnología, educación, turismo… como ese ingrediente que no se nota pero le da sabor al guiso.

La Cámara Venezolano-Francesa, funciona como puente, agrupa empresas que han echado raíces aquí. Algunas gigantes, otras más discretas. TotalEnergies estuvo en el negocio petrolero cuando eso olía a futuro. L’Oréal y Clarins llegaron con sus cremas y perfumes, demostrando que el glamour también aguanta el calor del Caribe. Y en la cocina, aparecieron marcas que trajeron desde maquinaria agrícola hasta ingredientes que se mezclaron con papelón y ají dulce sin perder el encanto.

También están las que no venden productos, sino cultura. La Alianza Francesa, en Caracas, Maracaibo, Valencia y Mérida, ha sido como una embajada del idioma. Enseñan a decir “bonjour” mientras se toma café au lait y suenan de fondo Edith Piaf,  Aznavour, Gilbert Becaud e Yves Montand.

Estas compañías y organizaciones no sólo hicieron negocios. Crearon  vínculos. Se adaptaron, se mezclaron, se volvieron parte del paisaje. Aquí, hasta el Excel tiene acento si lo abre un musiú. Así que sí, el legado francés también se cuenta en recibos, catálogos y oficinas que huelen a lavanda. Porque en esta arepa multicultural que llamamos Venezuela, hay espacio para todo: para el refrán criollo, el foie gras y el gerente que dice “merci” mientras firma en la Av. Francisco de Miranda.

Cuando una empresa francesa monta oficina en Venezuela, no sólo trae contratos: trae savoir-faire, estilo, y a veces, hasta croissants. No tengo el gusto de conocer al actual embajador de Francia, pero sí conocí al anterior. Romain Nadal fue embajador de Francia en Venezuela desde abril de 2017 hasta agosto de 2023. Por  seis años, representó a su país, y se convirtió en una figura cercana y muy querida por muchos venezolanos.

De estilo cálido, directo y extraordinariamente humano, Nadal no se quedó en hablar de diplomacia: habló de Venezuela como si fuera parte de su propio mapa emocional. Al despedirse, con voz entrecortada, dijo: “Dejo mi corazón por siempre en el Ávila, en Roraima, en Petare, en Apure, en Catia, y sobre todo con ustedes”. Fue trasladado a Argentina, pero dejó claro que Venezuela le había marcado el alma. Nadal fue puente, fue testigo, y en mucho, fue parte de esta arepa multicultural que tanto celebramos.

Cuando veas una panadería con nombre francés, un violinista en una  plaza o una señora con perfume que huele a lavanda y papelón, acuérdate: los franceses también son parte de esta arepa con relleno de mundo. Aquí todos tenemos un pedacito de franchute en el corazón.

Ah, y sigo sin entender por qué, en francés, Venezuela es masculino, siendo un país con nombre de mujer.

[Canarias}> La increíble ‘rebelión’ del municipio de Canarias que se declaró país independiente de España

23-01-2026

La increíble ‘rebelión’ del municipio de Canarias que se declaró país independiente de España

Sólo duró tres días

La Villa y Puerto de Tazacorte, situada en la costa oeste de la isla de La Palma, es uno de los enclaves con mayor carga histórica del Archipiélago. Su origen está ligado a uno de los episodios clave de la historia de Canarias: la conquista de la Isla.

Fue en la desembocadura del barranco de Las Angustias, donde hoy se levanta el puerto, donde Alonso Fernández de Lugo desembarcó el 29 de septiembre de 1492 sin encontrar resistencia, iniciando así el asentamiento castellano en la Isla, según explica el Ayuntamiento en su página web.

Aquel desembarco permitió un establecimiento pacífico en el llano de Tazacorte, donde se levantó el primer campamento y se erigió la Ermita de San Miguel, templo que convirtió al arcángel en patrón de Tazacorte y de toda La Palma. Desde entonces, el municipio quedó marcado por su vínculo con la historia fundacional de la Isla.

En 1513, tras varias ventas, la fértil Hacienda de Tazacorte fue adquirida por el flamenco Jácome Monteverde, quien impulsó el cultivo de la caña de azúcar bajo un sistema de explotación semifeudal.

Durante los siglos XVI y XVII, el fondeadero del Puerto de Tazacorte se consolidó como el segundo más importante de La Palma, solo por detrás del capitalino, con embarcaciones que exportaban azúcar, vino y otros productos hacia mercados europeos.

Sin embargo, la prosperidad no alcanzó a toda la población. A finales del siglo XVIII, los campesinos vivían en condiciones de extrema pobreza, mal alimentados y mal vestidos, sobreviviendo en muchos casos con raíces de helecho como alimento básico.

La historia administrativa del municipio da un giro en 1812, cuando Tazacorte pasa a formar parte del recién creado municipio de Los Llanos, junto a El Paso y Argual. Poco después, la decadencia del azúcar se hizo irreversible: en 1830 cerró el último ingenio azucarero, dando paso a cultivos de subsistencia. No fue hasta mediados del siglo XIX cuando la economía local encontró nuevos motores en la pesca y el cultivo de cochinilla, actividades que devolvieron cierta estabilidad a la población.

Desde 1890, el tomate y, sobre todo, el plátano transformaron de nuevo el paisaje económico. Tras la Primera Guerra Mundial, la apertura de los mercados europeos impulsó la exportación y, a partir de 1919, la empresa británica Fyffes Limited arrendó las principales fincas del municipio. A mediados de los años veinte, el 70 % de la población de Tazacorte trabajaba directa o indirectamente en torno al plátano, convirtiendo al núcleo en el más poblado y próspero del Valle de Aridane.

En 1925, Tazacorte protagonizó uno de los episodios más singulares de la historia canaria: durante tres días se declaró país independiente de España, una proclamación simbólica que terminó tras la llegada de un buque de guerra. Aquel mismo año, el 16 de septiembre, el municipio logró oficialmente su independencia de Los Llanos de Aridane por decreto del Gobierno de Primo de Rivera. Su primer alcalde fue Miguel Medina Quesada.

El siglo XX estuvo marcado también por la adversidad y la lucha social. En 1926 se declaró una epidemia de peste que afectó a buena parte de la población. Con la llegada de la Segunda República en 1931, Tazacorte vivió una intensa politización, con un fuerte movimiento sindical y un notable auge del comunismo. El Sindicato Oficios Varios llegó a agrupar a 800 trabajadores, y en las elecciones de 1936 el Frente Popular obtuvo más del 72 % de los votos.

El golpe militar de julio de 1936 paralizó el municipio, que respondió con una huelga general y el control local por parte de una comisión obrera, manteniendo únicamente el riego de los cultivos para evitar su pérdida. Décadas más tarde, en 1979, Tazacorte volvió a hacer historia al elegir una corporación municipal encabezada por el Partido Comunista en las primeras elecciones democráticas.

Hoy, Tazacorte conserva en sus calles, su puerto y su memoria colectiva el legado de un municipio que fue puerta de la conquista, motor agrícola, foco de lucha social y símbolo de identidad propia dentro de La Palma.

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[Canarias}> Un estudio revela cómo vivían los guanches en El Teide: así eran sus chozas, rituales y su relación con el volcán

26/10/2025

Un estudio revela cómo vivían los guanches en El Teide: así eran sus chozas, rituales y su relación con el volcán

El conocimiento a «fondo» de estas viviendas en el Teide han arrojado, por ahora, datos «muy interesantes» sobre cómo estaban construidas

La arqueóloga Maltilde Arnay (ULL) ha presentado esta semana en Tenerife los resultados de la investigación de la última década en torno a cómo era la estancia de los guanches en Las Cañadas del Parque Nacional del Teide. En la actualidad, el grupo de investigación busca ahora responder a una pregunta: ¿Cómo cambió el comportamiento de los antiguos pobladores canarios al ser conscientes de los problemas volcánicos del territorio en el que vivían?

Arnay, en una entrevista concedida a Europa Press, ha detallado esos resultados obtenidos hasta la fecha, que pasan por el redescubrimiento “a fondo” de las cuevas y chozas redescubiertas en el Parque Nacional “muy bien conservadas” —algo que no ocurre de igual manera en el resto de la isla por el crecimiento urbano y la existencia de asentamientos estables— y que retratarían el estilo de vida de estos pobladores en alta montaña.

Realizan excavaciones en una cueva de Tenerife y lo que descubren les lleva a los guanches: “Es uno de los yacimientos con mayor número de dataciones en Tenerife”

Desde el punto de vista de la divulgación, los resultados de este investigación se exponen en el Centro de Visitantes de Cañada Blanca. Allí, relata la arqueóloga, todo se visibiliza con documentación y una excavación. “Lo que hemos hecho son campañas de excavación en distintas casas de ese tipo, en distintas cabañas de ese tipo, para conocer un poco cómo funcionaban”, recuerda la especialista sobre la investigación de la que forma parte.

Modos de vida en alta montaña

 Relata Arnay que el conocimiento a “fondo” de estas viviendas en el Teide han arrojado, por ahora, datos “muy interesantes” sobre cómo estaban construidas, cómo eran sus muros –de lava–, y cómo se articulaba el espacio y se comunicaba el hogar. El centro de esas cabañas, en ocasiones, era una “gran estructura de combustión”.

Y a todo ello, prosigue, se une otro “gran campo de trabajo”, en esta ocasión dedicado a la investigación de las ‘canteras-taller’ de molinos de mano, característicos de la cultura guanche. En estos lugares, se obtenía la materia prima, a partir de roca volcánica porosa, y luego se fabricaba la escultura. “Se han localizado varias canteras, entre ellas dos muy grandes, y se encontraron además prácticamente intactas”, matiza.

La arqueóloga pone, asimismo, en valor la capacidad de esta última línea para recuperar “información fundamental” sobre la tecnología de estas canteras, es decir, cómo se fabricaban los molinos y cómo se distribuían después. “Ha sido una oportunidad para conocer una tecnología que no se conocía”, ha añadido.

Ubicaciones de yacimientos

Los yacimientos que desvelan los restos de cabañas y chozas de los guanches en el Teide se encuentran bastante bien repartidos, sin embargo, hay sitios con “mayor concentración” de ellos, como en el camino de Siete Cañadas. Esto respondería a que se trata de un camino que atraviesa el sur de las Cañadas, que tiene recursos, agua y, por lo tanto, propiciarían la generación de grandes asentamientos.

Sobre cómo era el tipo de asentamiento de los guanches en la zona, sobre todo ante las características de un entorno frío y de alta montaña como el Teide, la arqueóloga matiza que esta ocupación siempre se ha planteado “temporal”, como una “ocupación, incluso, estacional, es decir, en primavera y en verano se registraba el máximo de ocupación y es cuando subirían a hacer diferentes actividades, intercambiar productos o recoger recursos.

Todo ello puede deducirse del carácter “ligero” y “movible” de las cabañas, muy adaptadas al medio.

“El problema —precisa Arnay— es que, en un momento determinado, cuando empezaban a observar el peligro, y que había un ocultamiento en la montaña, en Las Cañadas, es posible que la habitabilidad fuera más permanente, huyendo de lo que serían las circunstancias en el momento de la conquista de la isla”, ha precisado la investigadora, que alude a la cronología para señalar que la estancia de estos antiguos pobladores ratificó una larga pervivencia el siglo XV, pero también en el XVI, e incluso en el XVII.

Relevancia del proyecto

Matilde subraya además la importancia de este trabajo en el Teide para observar cómo los guanches aprovechaban los recursos líticos en la zona. Conocían muy bien el territorio y sus recursos. Luego, precisa, también es destacable el cambio de concepción del territorio en la población, “porque no siempre se debió de haber hecho lo mismo, y a partir de un determinado momento, posiblemente, cambió un poco el valor simbólico del territorio”.

La arqueóloga hace referencia así al conocimiento, por parte de los guanches, de la última erupción del Teide, y cómo esta pudo influir en su visión del territorio, cuestión que este grupo de investigación ahora estudia.

“Lo más importante ahora mismo es haber documentado toda esta gran cantidad de yacimientos arqueológicos, que nos indican esa estancia continuada en el siglo V, prácticamente, que es la fecha más temprana que tenemos, hasta casi el siglo XVII”, ha enfatizado la investigadora.

Nueva línea de investigación

 El trabajo continúa en estos momentos con otros proyectos que ya tiene en marcha y que, vinculados al volcanismo, tratan ahora de ver la relación entre los sucesos volcánicos y el comportamiento de los guanches. De este modo, se están excavando las cuevas con nuevos procedimientos para obtener estos datos. De alguna manera, existe esta hipótesis ante la existencia de fuentes documentales, principalmente periodísticas, que se remontan a la época en la que llegan los conquistadores y todas las noticias que se recogen del Teide son “negativas”.

“Lo que hacemos es intentar tener datos cronológicos para ver si podemos apreciar estos cambios, es decir, si de alguna manera se habitaban las mismas zonas o no se habitaban las mismas zonas, lo que pasa es que es muy difícil obtener cronología, porque hay que obtener las de muestras muy seguras”, ha señalado la especialista.

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[Col}> Lo que nos trajeron los suecos / Soledad Morillo Belloso

18-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los suecos

Los suecos que llegaron a Venezuela no venían huyendo ni buscando refugio. Nadie los perseguía. No traían heridas ni apuros. Se asomaron al trópico como quien ve una fiesta desde la acera y dice: “¿Y si me meto?”. Sin invitación, pero con ganas de zapatear.

Vinieron por curiosidad, por calorcito, por cambiar el abrigo de oso por una guayabera con botones de coco. El trópico les guiñó el ojo y ellos, tan serios, tan cuadraditos, se dejaron seducir. Y vaya que se dejaron.

Conocí varios. Catires como harina PAN, altos como los cocoteros de Macuto, organizados como receta de hallaca escrita por una abuela con Excel. Pero cuando tocaba gozar, ¡ay, papá! Nadie les ganaba. Aprendieron merengue como si lo hubieran mamado en el tetero. Tomaban ron como si fuera glögg con hielo. Y bailaban tambor con más fe que los de Barlovento.

No eran turistas. Eran socios del clima, del mango con sal y del sancocho dominguero. Se enamoraron del “¿cómo está la cosa?” y del “epa, vamos a la playa”. Y nosotros, que nos creemos los reyes de la gozadera, tuvimos que aceptar que esos vikingos sabían rumbear como si hubieran nacido en El Callao.

No vinieron a cambiar el país. Vinieron a dejarse cambiar. Y en ese trueque, nos enseñaron que la puntualidad no pelea con la pachanga, que el orden cabe en una fiesta, y que hasta el más frío se derrite con un buen solo de timbal.

Trajeron sus costumbres, sí, pero las pusieron sobre la mesa como quien ofrece gravlax. Y nosotros, sabrosos y curiosos, les dijimos: “eso pega con casabe”. Nos regalaron el aquavit, ese licor que parece hecho para cantar. Porque si algo saben los suecos es que todo se celebra con canción. Cantaban cosas que sonaban a “Mambrú se fue a la guerra”, pero en versión vikinga. Y al final de cada verso: ¡Skål! Risa. Trago. Otro Skål. Y así hasta que la luna se pone su corona de velas como Santa Lucía en diciembre.

Nos trajeron caballitos rojos de madera, como salidos de un cuento de hadas con sombrero de palma. Nos enseñaron que trabajar duro y con mucha formalidad toda la semana no está reñido con rumbear el sábado. Que se puede manejar como fórmula uno y aún así llegar vivo a la playa. Que el orden no excluye la gozadera.

Y sí, también nos trajeron maquinarias industriales de primer mundo y el Tetra Pak.  Ese envase que guarda jugo, leche, sopa y hasta recuerdos. Porque en cada cartón hay un pedacito de esa mezcla improbable: el frío del norte y el calor del Caribe, la puntualidad sueca y el “ya vamos” venezolano.

Se quitaron el abrigo, se pusieron pantalones de algodón, y descubrieron que la vida sabe mejor envuelta en hoja de plátano. Les encantaba todo. Las arepas, las empanadas, las cachapas con queso de mano que se derrite como la nieve que dejaron atrás. Recibían el año en mi casa y se comían hallacas de a dos, como si fueran panecillos de Navidad rellenos de Caribe. Y después del brindis, se lanzaban al baile con más fe que los salseros de Puerto La Cruz.

Bailaban lo que sonara. Merengue, calipso, salsa brava, tambor, reguetón, gaitas. Si no sonaba, cantaban en sueco y hacían que sonara. Porque para ellos, la música no era idioma, era impulso. Y el impulso los llevaba directo a la pista, al patio, a la playa, al corazón de la fiesta.

No eran visitantes. Eran cómplices del goce. Se aprendieron los refranes, los pasos, los sabores. Se enamoraron del “¿cómo está la cosa?” y del “¡epa, vamos a la playa!”. Y nosotros, que creemos que la alegría es patrimonio nacional, tuvimos que admitir que esos nórdicos sabían celebrar como si hubieran nacido en Cumaná.

Nunca aprendieron a hablar español sin acento sueco. Pero eso sí: manejaban con soltura todo el idioma venezolano. Y ahí los veías, en Río Chico, hablando con la empanadera en un español pastoso pero lleno de coloquialismos: “¡Ajá, mi amor, dame dos de cazón y una de queso, que estoy es antojao!”. Y la empanadera apenas podía freír de tanto que se reía. Porque no hay nada más sabroso que oír un “epa, chamo” dicho con acento de Estocolmo.

Son gente extremadamente cordial. generosos y confiables; son los primeros en ofrecer su mano en momentos de necesidad y su hombro si la vida se pone de llanto.

Y no sólo trajeron canciones, gravlax y caballitos rojos. Nos trajeron a ABBA. También llegaron con marcas que se volvieron parte del paisaje venezolano. IKEA, aunque sin tienda física, inspiró apartamentos en Caracas y posadas en Choroní. Spotify, nacido en Estocolmo, se volvió la banda sonora de nuestras fiestas, desde gaitas en diciembre hasta salsa en agosto. H&M ya tiene tienda en el Sambil Chacao, apostando por un mercado que baila con estilo. Y Tetra Pak, lo repito, ese envase sueco que guarda jugos y sopas, se volvió tan cotidiano como el Toddy en la lonchera.

Tecnología, maquinaria industrial, diseño, música, cataratas de sonrisas, moda y la mejor actitud ante la vida: los suecos llegaron con todo. Y Venezuela les dijo: “¡bienvenidos, y no se vayan!”. Y muchos no se fueron, y se convirtieron en suecos venezolanos. Un sueco venezolano es el mejor amigo que uno puede tener en la vida. Yo tengo esa suerte.

[Canarias}> La palabra guanche que sigue viva en Canarias y que muchos usan con los bebés sin saberlo

08/12/2025

La palabra guanche que sigue viva en Canarias y que muchos usan con los bebés sin saberlo

Su uso está completamente integrado en la vida cotidiana

En Canarias sobreviven expresiones que se usan a diario sin que quienes las pronuncian conozcan su origen. Algunas de ellas proceden de la antigua lengua hablada por los guanches, cuyos vestigios continúan presentes en topónimos, vocablos populares y usos cotidianos que han logrado mantenerse a lo largo de los siglos.

Una de esas palabras es la que muchas familias utilizan para dirigirse a los bebés en tono cariñoso. Su uso está completamente integrado en la vida cotidiana, pero su raíz es mucho más antigua de lo que parece.

La transformación hacia su forma actual, ajó, se produjo con el paso del tiempo y la transmisión oral. De voz utilitaria asociada a la alimentación pasó a convertirse en una expresión afectiva, conservada en juegos, arrullos y gestos habituales hacia los más pequeños.

Aunque su significado ya no está ligado al sustento, mantiene una conexión con el mundo simbólico de los primeros habitantes del Archipiélago.

Hoy, esta palabra permanece en la memoria colectiva como parte del habla cotidiana. Su uso en hogares de todas las Islas refleja la pervivencia de elementos lingüísticos anteriores a la colonización, un rasgo que distingue al español que se habla en Canarias y que confirma la persistencia de aportes culturales guanches en expresiones comunes.

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[Canarias}> ¿Es un canarismo la palabra ‘jardiloso’?

13-01-2026

 ¿Es un canarismo la palabra ‘jardiloso’?

 En el Diccionario básico de canarismos de la Academia Canaria de la Lengua se recoge el adjetivo ardiloso, que se define como «Mañoso» y se localiza en las islas de Gran Canaria, Tenerife y La Palma. Jardiloso es una variante fonética popular.

Ardiloso, que procede de ardil, tiene el sentido de ‛astuto, agudo, hábil’ en Andalucía y en algunos países de América, valor muy semejante al que nos indica en su consulta cuando señala que se aplica, también, a la persona espabilada.

El adjetivo ardil, que el Diccionario de la Real Academia Española marca como desusado, se define como «Mañoso, astuto, sagaz». Es probable que en Canarias, además del uso que hace referencia a la habilidad manual, estén presentes los relacionados con la astucia y la sagacidad, destrezas éstas de naturaleza intelectual.

Palabras nuestras

gadaño

m. LP. Dedo de la mano. U. m. en pl. Quita los gadaños de los cristales.

m. LP. Marca o huella que los dedos de la mano dejan en los cristales y otras superficies brillantes. U. m. en pl. Acabo de limpiar la mesa y ya están los gadaños marcados.

retrincar

v. Trincar con mucha fuerza. Retrincó la mancera con la mano, y no paró hasta arar toda la gavia.

v. Apretar con mucha fuerza los dientes, generalmente a causa de dolor, rabia o ira. Retrincó los dientes para no contestarle como se merecía.

Información sobre la localización de voces y acepciones

  • Fv: Fuerteventura
  • GC: Gran Canaria
  • Go: La Gomera
  • Hi: El Hierro
  • LP: La Palma
  • Lz: Lanzarote
  • Occ: Islas occidentales (Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro

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[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes polacos / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes polacos

Los polacos que llegaron a Venezuela venían con el alma envuelta en papel de estraza, como quien guarda un pedazo de cielo en una caja de zapatos. No traían coronas ni medallas, pero sí una dignidad silenciosa, tejida con hilos de aguante y costuras de esperanza. Sus apellidos —Kowalczyk, Zielinski, Kaminski, Wojciechowski, Lozinski, Radonski— sonaban como campanas en otro idioma, y nosotros, con oído de sabanero y corazón curioso, aprendimos a pronunciarlos como quien aprende a bailar una mazurka sin perder el tumbao del Tamunangue.

La historia de su llegada tiene ritmo de vals triste y esperanza de parranda. La primera oleada, en su mayoría judíos, vino escapando del infierno nazi, buscando un rincón donde respirar sin miedo. Venezuela, con su sol que no juzga y su caos que abraza, les abrió los brazos como quien dice: “Pasa, siéntate, aquí hay café, aquí hay un abrazo”. También llegaron polacos católicos, perseguidos no por rezar, sino por no agachar la cabeza ante el monstruo nazi. Campesinos, maestros, obreros, con la cruz colgada en el pecho y la fe metida en el bolsillo, como quien guarda un rosario para no perder el norte. Cruzaron el océano como quien cruza un desierto con la esperanza escondida en una estampita.

Luego llegaron los que sobrevivieron a la guerra, con la ropa arrugada y el corazón lleno de ausencias. Y entre 1953 y 1958, desembarcaron los que huían de la colonización soviética con ideas rebeldes y ganas de vivir sin censura. Llegaron como lluvia mansa en tierra reseca, con los bolsillos llenos de recuerdos y las manos vacías, pero listas para sembrar. Llegaron con hambre de libertad.

Aquí encontraron, judíos y católicos, tierra fértil para volver a rezar sin miedo, para reconstruir sus vidas con manos callosas y corazones tercos. En sus casas se encendieron velas, se colgaron santos y se celebraron misas donde el pan era criollo, pero la fe seguía hablando en polaco. Porque la espiritualidad también migra, también se adapta, también florece cuando se le da abrigo.

Venezuela, con su canto desordenado y su sol sin prejuicios, les ofreció sombra, guarapo y una esquina donde volver a empezar. Cada uno trajo algo: un violín que lloraba en polaco, una receta que olía a infancia, una palabra que se volvió refrán. Y así, sin hacer bulla, fueron sembrando raíces en nuestras aceras, en nuestras cocinas, en nuestras fiestas.

Los polacos que echaron raíces aquí no llegaron con las manos vacías; llegaron con los bolsillos llenos de oficio, como quien trae herramientas envueltas en papel de periódico y recetas escritas en servilletas. Venían con saberes cosidos al alma, con ganas de trabajar, de inventar, de dejar huella. Algunos se volvieron panaderos y amasaban centeno como quien amasa esperanza, con paciencia de abuelo y olor a invierno europeo. Otros se metieron en consultorios, en talleres, en conservatorios, en sastrerías, en sembradíos, en aulas y en mercados, dejando sus apellidos —Zalewski, Gorski, Lewandowski, Kaminski— como estampas en la historia cotidiana, como quien firma con cariño una carta de pertenencia.

En Caracas, Maracaibo, Valencia, Maracay y otras ciudades montaron negocios que olían a su Europa pero sabían a Caribe. Panaderías donde el pan crujía como si cantara, consultorios donde se curaba con acento y ternura, sastrerías donde se cosían sueños, conservatorios donde el violín y el piano lloraban en polaco, pero sonaban a sabana, salas de cine donde el público tenía derecho a vivir esas historias de los protagonistas de las películas. Muchos, con vocación de servicio, se dedicaron a enseñar, a curar, a construir, a tocar, a sembrar futuro con las manos. Se dedicaron al oficio de ser útiles a esta tierra que les abría las puertas. Dejaron huellas que no se borran ni con el tiempo ni con el olvido, como quien escribe su historia en la acera, con tiza, con música, con fotogramas, con pan caliente y con amor.

La gastronomía polaca no se quedó encerrada en cocinas nostálgicas, sino que se fue mezclando con el sabor criollo, tal como quien baila un merengue con pasos de mazurka. Los pierogi —esas empanaditas rellenas de papa, queso o carne— encontraron su media naranja en nuestras empanadas de cazón. Y el bigos, ese guiso de col fermentada con carnes, se volvió primo lejano del hervido sabanero, compartiendo el mismo espíritu de olla generosa que alimenta cuerpo y conversación. En algunas casas, el barszcz (sopa de remolacha) se sirvió junto al papelón con limón, y nadie se quejó: las dulzuras se dieron la mano como viejos amigos. Y los polacos reinventaron nuestro perro caliente, haciéndolo con su salchicha Kielbasa y la meten dentro de una versión más alargada de Bułka cięta  -pan glorioso- y como acompañante unos encurtidos de eneldo llamados ogórki kiszone.

Ah, el pan polaco… gloria bendita, masa con memoria, corteza que cruje como si cantara. Porque sí, también trajeron el arte de hornear con paciencia, como quien espera que el alma leve despacito. Panes densos, oscuros, con semillas que parecen susurrar historias, y una corteza que sabe a invierno europeo, pero huele a hogar recién encendido.

El Chleb Żytni es pan con memoria: ácido como lágrima vieja, denso como abrazo de abuela, y con esa textura que se queda en el paladar como canción que no se olvida. El Chleb Wiejski, campesino y honesto, mezcla trigo y centeno como quien mezcla tierra y cielo, y su corteza cruje como si el campo hablara. El Chleb Razowy es terroso, profundo, pan para quien quiere cuidar el cuerpo sin dejar de consentir el alma. Y el Obwarzanek, redondo como promesa, llega espolvoreado con sésamo o amapola, como quien se pone su mejor sombrero para ir a misa o a fiesta.

Cuando la mesa pide dulzura, el Makowiec aparece como celebración envuelta en masa: semillas de amapola que estallan en el paladar como fuegos artificiales de sabor. La Chałka, trenzada y suave, es como brioche con acento polaco, perfecta para desayunos que saben a domingo sin apuro. Y los Bułka, esos panecillos tiernos y calladitos, son como abrazos en miniatura, ideales para acompañar cualquier comida o armar un sándwich que no necesita presentación, porque ya viene con cariño incluido.

Cada pan es una historia amasada con paciencia. Cada miga, una raíz que cruzó el océano. Y esos panes en Venezuela se volvieron puente: entre lenguas, entre costumbres, entre corazones que aprendieron a compartir el mantel.

En Caracas y Maracaibo, panaderías con apellidos como Zalewski o Gorski empezaron a ofrecer panes de centeno junto a golfeados, y así nació una sinfonía de sabores que no distinguía pasaporte. El vodka polaco se coló en nuestras fiestas como quien llega sin ser invitado, pero termina bailando con la tía más alegre. Se brindó con ron y con vodka, se cantó con acento mezclado, y se entendió que la cocina no es frontera, sino puente. Cada receta y cada brindis fue un acto de amor, cada plato una forma de decir: “Te traigo lo que soy”.

Treinta músicos llegaron como si fueran ángeles con pasaporte. José Antonio Abreu los vio y supo que no eran visitantes, sino sembradores de armonía. Enseñaron a nuestros niños a tocar como quien reza con las manos, y el Sistema Nacional de Orquestas se llenó de notas que venían de Varsovia y sonaban en todo el país. Cada cuerda afinada era un puente entre dos mundos, cada concierto en piano una misa donde el idioma se hizo emoción.

En Caracas, en 2010, Chopin se volvió nuestro. Un mural lo pintó como símbolo de unión, gracias a grafiteros polacos y venezolanos que entendieron que la música no tiene pasaporte. Porque cuando un piano suena con ternura, no importa de dónde viene: importa a quién toca.

Los polacos no llegaron como turistas. Llegaron como semillas que el viento trajo desde lejos. Y aquí, en esta tierra que no pregunta de dónde vienes sino qué traes contigo, florecieron. Muchos se casaron con venezolanos o con otros inmigrantes. Sus nombres se tejieron en nuestras historias, sus costumbres se mezclaron con nuestras risas, sus sueños se volvieron parte del paisaje. Porque en Venezuela, cuando alguien llega con el corazón abierto, siempre hay una silla en la mesa, un café caliente y un verso que dice: “Bienvenido, esta también es tu casa”.