[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: Marcelo Gómez Carmona

Marcelo Gómez Carmona
(1725-1791)

En la Venezuela colonial vivió un palmero, llamado Marcelo Gómez Carmona, que a su regreso a las islas nativas llevó el conocimiento de la cirugía que habías aprendido en Caracas, llegando a desempeñar el cargo de médico oficial del Hospital de Dolores de Santa Cruz de La Palma, destacándose, además, entre los imagineros isleños del siglo XVIII, por las bellas obras de escultura religiosa que nos ha dejado.

Vamos a consignar, para su memoria, algunos apuntes biográficos que acerca de este compatriota hicieran Francisco Guerra Martínez, de Juan Perdomo Bethencourt, de Cristóbal Peraza Padrón, de Tomás Hernández Martínez, de Carlos Alfonzo Barrios, de Mateo Hernández Guerra, de José Luis Cabrera Charbonier, de Antonio María Pineda de Ayala, de Antonio Gómez de Silva, y de tantos y tantos otros médicos canarios que le dieron prestigio a la medicina colonial venezolana.

El pintor, escultor, arquitecto y médico cirujano romancista Don Antonio Marcelo Carmona nació en Santa Cruz de La Palma el 30 de octubre de 1725. Era hijo del oficial o constructor de navíos don Juan Gómez Ferrera, natural de Lisboa (Portugal), y de doña Josefa Carmona Martín Pileta, natural de La Palma; nieto por línea paterna de don Pascual Gómez, personero en Lisboa, y de doña María Ferrera, ambos naturales de Lisboa; y nieto por línea materna de don Félix Simón Rodríguez, navegante de la carrera de Indias, y de doña Ana Rodríguez. Pertenecía, a lo que parece, a familia medianamente acomodada de La Palma.

A Ios diez días de nacido —es decir, el 10 de noviembre siguiente— fue bautizado por el presbítero don Mateo García Cobos y Lorenzo, de licencia del Lic. don Simón Florencio Rodríguez Montero, venerable beneficiario y rector de la parroquia matriz de El Salvador, de dicha ciudad, donde fue apadrinado por el Lic. Pbro. don José Cabrera.

Estudió las primeras letras en el colegio del Convento Franciscano de su ciudad natal, y aprendió luego geometría, pintura y escultura.

Hacia 1745 pasó a establecerse en Las Palmas de Gran Canaria, donde abrió taller de pintura y escultura. De este tiempo es la imagen del Niño Jesús para la de Ntra. Sra. de Gracia, del convento de San Agustín de dicha ciudad, en la cual se casó en primeras nupcias, alrededor de 1749, con doña Luisa Suárez de Aguilar y Fernández de Estrada, natural de la expresada ciudad, e hija de don Andrés Suárez de Aguilar, receptor de la Real Audiencia de Canarias, y de doña Sebastiana Jacinta Fernández de Estrada.

Allí se hallaba cuando se le denunció ante el Santo Oficio de la Inquisición por haber proferido proposiciones blasfemas, erróneas, malsonantes, sospechosas y heréticas, y este Tribunal lo reprendió severamente ante un secretario, señalándole que si reincidía se le castigaría con todo el rigor del derecho, y se le escrutaron los libros de su biblioteca, los cuales le fueron devueltos por pertenecer a su profesión, aunque había entre ellos figuras anatómicas desnudas. Toda esta pesquisa concluyó el 15 de diciembre de 1755.

En 1758 pasó a Venezuela a bordo del navío “Vencedor” a cargo de don Gaspar Calimano, para ocupar el cargo de condestable, y se estableció en Caracas. Allí presentó examen de cirujano en el Real Hospital de San Pablo, donde ejerció dicha profesión. También ejerció cargos político-administrativos de alguna importancia, como teniente de tropas forasteras de la ciudad de Valencia, corregidor de los pueblos de San Diego, San Antonio de los Guayos y San Agustín de Guacara, y, posteriormente, el de juez de comisos y teniente de justicia en el Villa de San Luis de Cura.

En Venezuela permaneció durante trece anos, y se sospecha que haya dejado obras artísticas de pintura y escultura, pero no han sido identificadas hasta el presente.

Regresó a Canarias en 1771 y supo que su mujer había muerto. Se casó en segundas nupcias con doña María del Pilar Dávila y Galindo, natural de Santa Cruz de Tenerife, e hija de don Vicente Dávila y de doña Bernarda Pérez del Manzano, y con su esposa e hijos pasó a establecerse en su ciudad natal.

En la ciudad de su nacimiento realizó, por entonces, una imagen de Cristo Crucificado, obra de estilo neoclásico de indudable mérito, pero que ofrece cierta afectación tanto en el tratamiento del cuerpo de Cristo como en los paños del mismo.

Cuando se hallaba concluida la talla en madera de la imagen, faltándole sólo darle barniz, la madera hizo una abertura en la pierna de la escultura, la cual se abrió más al atarugarla, ante lo cual impelido por su carácter irascible y su genio violento y colérico, exclamó: “¡Los diablos te lleven! ¡Me dan ganas de coger un hacha y hacerte pedazos!», por lo que fue denunciado, por segunda vez, ante el Santo Oficio de la Inquisición. Corría entonces el año 17812

En 1782 volvió a Venezuela, con el destino de cirujano de la balandra real “Ntra. Sra. del Rosario y San Joaquín», alias “La Cañada», y al siguiente año retomó por Cádiz a Santa Cruz de La Palma.

También ejecutó un retablo para la iglesia parroquial de Ntra. Sra. de los Remedies, de los Llanos de Aridane; por encargo de la fábrica, el tallado del coro de la parroquia matriz de El Salvador (1784); y probablemente el del púlpito de esta misma parroquia, quo se le atribuye.

Impedido de presentarse ante el Tribunal de la Inquisición en 1785, se excusa de hacerlo por hallarse con las piernas baldadas y sus hijos con sarampión, y le es leída la sentencia el 19 de octubre de 1785. Entonces se hallaba avecindado en la calle Santa Catalina, de Santa Cruz de La Palma, y gozaba, según parece, de empleo en las Milicias del Castillo de Santa Cruz del Barrio del Cabo, en la misma ciudad.

En 1790, al hallarse el Hospital de Dolores, de Santa Cruz de La Palma, sin médico que atendiese a los enfermos, fue propuesto para el cargo don Gaspar de Morales Figueroa, único facultativo residente en la isla, y al negarse éste a aceptarlo, pretextando exceso de trabajo, la Junta de Caridad acudió entonces, para sustituirlo, a Gómez Carmona, quien se encargo de administrar los remedios con que eran atendidos los enfermos.

Gómez Carmona falleció en Santa Cruz de La Palma el 12 de mayo de 1791, y fue sepultado en el convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción, de la orden franciscana, en dicha ciudad.

De sus dos enlaces matrimoniales tuvo los siguientes hijos:

Del primer matrimonio tuvo hubo cinco, de Ios cuales vivieron dos:

A.= Don José Antonio Gómez Suárez, nacido alrededor de 1763, de oficio tratante, casado en Tenerife.

B.= Don Juan Ignacio Gómez Suárez, también tratante, e igualmente casado en Tenerife.

Del segundo matrimonio tuvo seis hijos, cuatro hembras y dos varones:

C,= Doña Águeda María Gómez Dávila, nacida alrededor de 1774.

D.= Don Juan Vicente Antonio Gómez Dávila, nacido alrededor de 1775.

E.= Doña María de los Remedios Gómez Dávila, nacida alrededor de 1778.

F.= Doña Josefa Bernarda Gómez Dávila, nacida alrededor de 1781.

C.= Don Marcelo Antonio G+omez Dávila, nacido alrededor de 1783.

H.= Doña Catalina Antonia Gómez Dávila, nacida en 1784.

Su obra de escultor lo hace el más representativo de la imaginería palmera de su tiempo, obra que, según la crítica, refleja el temperamento inquieto y desosegado de su autor, quien impregnó sus imágenes de un fuerte dramatismo.

Fue asimismo médico cirujano romancista de amplio ejercicio profesional, y gobernante que ejerció funciones político-administrativas en localidades de los hoy estados venezolanos de Carabobo y Aragua.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: José Gabriel Fierro de Torres y Santa Cruz (2/2)

José Gabriel Fierro de Torres y Santa Cruz
(1713-1791)

Desde Venezuela, Fierro envió tres custodias a la ciudad de su nacimiento.

Son éstas: la custodia preciosa de la parroquia matriz de El Salvador, la custodia menor de la parroquia-santuario de Ntra. Sra. de las Nieves, patrona de la isla de La Palma, y una tercera, exactamente igual a la de las Nieves, que remitió para el hoy inexistente convento de Santa Catalina, que se halla actualmente en la parroquia de El Salvador. Mandó también dos portaviáticos: uno para la ya referida parroquia-santuario de Ntra. Sra. de las Nieves, y otro para la iglesia parroquial de Ntra. Sra. de los Remedies, de los Llanos de Aridane, también en la isla de La Palma.

El legado de Fierro constituye el último enviado a los templos de Canarias desde la Venezuela colonial.

La custodia preciosa de El Salvador es, por su arte y por su pedrería, una de las más valiosas que posee Canarias, y fue elaborada en plata sobredorada calada, brillantes, esmeraldas y rubíes.

• Está rematada por una cruz latina que Ileva esmeraldas y anchos perillones esmaltados.

• En el sol, levemente ovalado a manera de una flor gigantesca, se alternan tres tipos de rayos rectos con uno de rayos flameados, llevando dichos rayos diez estrellas de pedrería engastada, y tiene en su parte inferior, sosteniendo el viril, un ángel con bucles sobre la frente y cuatro alas, dos superiores extendidas y dos inferiores plegadas formando un corazón.

• En la caja de viril se alternan rosas y flores en discreta alusión mariana.

• El astil presenta en su parte inferior un cilindro calado imitando tallos sinusoidales, y el nudo, de forma semiesferoidal, simula un capullo con sépalos cincelados, y otros similares, que se repiten más arriba, formado por una plancha recortada con esmaltes morados en los racimos, representando el motivo eucarístico de las uvas, que sostiene el sol. El pie, a manera de bullón, nos presenta dos bandas caladas, sobre motivos vegetales, interrumpidos por tomapuntas.

• En el estuche de piel que cubre la custodia se lee: “D. José Fierro Santacruz, Caballero de la Orden de Calatrava. A° de 1779″.

El conjunto de esta custodia es de una gran elegancia y riqueza, y ha influido en la orfebrería palmera, ya que el maestro orfebre Antonio Juan de Silva (1803-1813) elaboró una custodia de plata sobredorada para el sagrario del convento de Monjas Dominicas, de Santa Cruz de La Palma, que es copia de aquélla.

El sol de la custodia fue robado en 1900 y sus piedras desmontadas, pero pudo recuperarse íntegramente. La custodia tiene 0.80 m. de alto.

La custodia menor de las Nieves es de plata sobredorada y piedras de dobletas, y tiene una altura de 0.61 m.

La custodia menor, que perteneció al convento de Santa Catalina, es exactamente igual a la de las Nieves, corno ya dijimos.

El autor de estas custodias fue el caraqueño Francisco Landaeta y Lerma [1721-i18027), la más vigorosa personalidad artística de la orfebrería venezolana, cuya obra no tiene comparación con ninguno de los otros orfebres del país, y sus más valiosas obras son las dos custodias preciosas siguientes; la de la Iglesia de San Francisco, de Caracas, y la expresada de El Salvador, en Santa Cruz de La Palma.

Los referidos portaviáticos son atribuidos al orfebre caraqueño Domingo Tomás Núñez (¿1730?-1801).

Según testamento que Fierro otorgó en Caracas el 21 de enero de 1790 ante Juan Antonio Tejero, dejó, para enriquecer la nombrada custodia preciosa de El Salvador, su venera de Calatrava, de diamantes; y por testamento que hizo, también en Caracas, el 30 de diciembre de 1791, ante el escribano Bernardo José Romero, fundó un Patronato para su familia.

En el mismo ano de 1791, o acaso a comienzos de 1792, falleció este aristócrata que ejerció en Caracas funciones político-militares, así como actividades comerciales, y regaló generosas piezas de orfebrería a los templos de su isla natal.

[*Otros}– El lagarto gigante de La Gomera, de estar amenazado a tener un futuro esperanzador

20/10/2007

SAN SEBASTIÁN DE LA GOMERA.- La población del lagarto gigante de La Gomera, uno de los vertebrados más amenazados del planeta, se ha triplicado en siete años, y su futuro es esperanzador, aseguraron biólogos del centro de cría y reproducción de esta especie en la isla.

Los expertos cuentan que los resultados de los análisis de ADN han permitido saber que el lagarto gigante de La Gomera puebla la isla desde hace unos cuatro millones de años.

Gallotia Bravoana es un lacértido, ovíparo y predominantemente herbívoro, diurno y heliotérmico que, hasta la llegada del hombre a La Gomera, ocupaba las áreas litorales y las zonas medias de la isla.

Ejemplar de Lagarto Gigante de La Gomera de 45 cm. de longitud y 129 gramos de peso. (El Mundo).

Estos lagartos podían superar los 50 centímetros entre el hocico y la cloaca, sobrepasar los 50 años y pesar más de 5 kilos, mientras que en la actualidad miden unos 20 centímetros y pesan hasta 420 gramos.

Hace más de 2.000 años el hombre llegó a La Gomera y modificó el paisaje, comió los ejemplares de mayor tamaño de lagarto gigante, y pobló La Gomera con animales depredadores como ratas, ratones, perros y gatos, con lo que comenzó el declive de los Gallotia Bravoana.

Esta circunstancia, unida a que la especie pone pocos huevos —entre 3 y 11— y no se reproduce hasta los 6 años, hizo que aumentase su tasa de mortalidad de manera alarmante.

La presencia de grandes lagartos en La Gomera era conocida desde antiguo por numerosos restos esqueléticos y por algunos textos históricos que hacen referencia a su existencia.

Así, en el siglo primero antes de Cristo, el escritor y naturalista Cayo Plinio describió una isla a la que llama Capraria, en la que había lagartos muy grandes y desde la que se observaba una vista imponente del Teide.

Después de la Conquista, en 1694, el canario Tomás Marín de Cubas escribió sobre la existencia de unos lagartos en la zona norte de La Gomera, en concreto en Los Órganos, y en 1950 vecinos de Valle Gran Rey aseguraron haber visto lagartos de gran tamaño.

Pero, ante la falta de evidencias tangibles, se creía que la especie estaba extinguida, hasta que, en junio de 1996, biólogos de la Universidad de La Laguna capturaron seis ejemplares en la base del Risco de La Mérica, Quiebracanillas, Valle Gran Rey.

En abril de 2000, esos lagartos se trasladaron de La Laguna al centro provisional de Antoncojo (Alajeró), donde se comenzó la reproducción en cautividad, labor que se materializó en 2001, cuando la lagarta ‘Ramona’ hizo su primera puesta, de la que nacieron tres machos.

El programa de cautividad

Los expertos aseguran que en 2001 “las cosas iban realmente mal», pues el censo evidenciaba la existencia de unos 40 adultos en libertad, lo que ponía de manifiesto un bloqueo en la reproducción. El censo de 2004 sumó más de 80 ejemplares, de los que aproximadamente la mitad eran juveniles, por lo que se produjo un cambio muy importante, gracias al control de depredadores.

Los muestreos anuales indican que el número de lagartos sigue en aumento y se estima que la población natural alcanza los 120 en La Mérica, la mayoría juveniles y en dispersión, además de unos quince reproductores en la base de la montaña y 101 en cautividad.

En 2006, el Gobierno canario aprobó el plan de recuperación de este lagarto, que tiene como objetivos garantizar la supervivencia de la población natural, favorecer su crecimiento y expansión, y optimizar la reserva de ejemplares incluidos en el programa de cautividad.

También prevé su reintroducción en dos islotes libres de depredadores y en otros tres lugares de la isla en los que se construirán vallas especiales que impidan el acceso de gatos, medida que también se aplicará a los alrededores de Quiebracanillas, base de la población natural.

En el año 2009 podría iniciarse la puesta en libertad de los primeros lagartos criados en cautividad y cuando se espera que este gigante comience a despertar.

El Mundo

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: José Gabriel Fierro de Torres y Santa Cruz (1/2)

José Gabriel Fierro de Torres y Santa Cruz
(1713-1791)

Entre la numerosa emigración que de Canarias pasa a Venezuela en el siglo XVIII, se halla don José Gabriel Fierro de Torres y Santa Cruz, notable personaje de significativa actuación en la Caracas de entonces.

Don José Gabriel Fierro de Torres y Santa Cruz, nació en Santa Cruz de La Palma (Canarias) en 1713, o tal vez en 1714, siendo hijo de don Francisco Ignacio Fierro y Espinosa Boot —Sargento Mayor de la isla de La Palma, su Regidor perpetuo, y Familiar de Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición—, y de doña Luisa Antonia de Torres y Santa Cruz Silva. Nieto por línea paterna de don Juan Fierro y Monteverde —Capitán de Infantería española y Regidor perpetuo y hereditario de dicha isla de La Palma—, y de doña Tomasina de Espinosa Boot; y nieto por línea materna de don Cristóbal de Torres y Quadros Ayala Soto —Sargento mayor de los Reales Ejércitos— y de doña Luisa de Santa Cruz Silva Orozco y Cervellón.

Descendía por varonía directa de la noble Casa de Fierro, oriunda del antiquísimo solar de Villetas de Rivas de Sil, en el reino de León, establecida a comienzos del siglo XVII en Santa Cruz de La Palma, donde disfrutó de pingues mayorazgos, ejerció los primeros cargos reservados a la nobleza, y enlazó con las más ilustres familias, tales como las de Monteverde, Espinosa y Boot, Massieu Sotomayor-Topete, Torres, Van de Walle, y Castillo Olivares, entre otras.

Se trasladó a Venezuela, cosa que no es de extrañar, pues varios miembros de su familia lo hicieron también en distintas épocas. Así lo hicieron en su momento su bisabuelo materno-paterno, el Maestre de Campo de Infantería española don Tomás de Torres y Ayala —Gobernador, Justicia Mayor y Capitán General de Mérida y La Grita y ciudad del Espíritu Santo de Maracaibo, en la actual Venezuela, que testó el 6 de febrero de 1653, ante Domingo de Elizalde, en San Antonio de Gibraltar, territorio de aquella jurisdicción, que hoy forma parte del Estado Zulia—, y su sobrino, el Brigadier de los Reales Ejércitos y Caballero Profeso del Hábito de Santiago, don Manuel de Fierro y Sotomayor (1752-1828), Gobernador Civil y Militar de Venezuela, que pactó con Simón Bolívar, el Libertador, la entrega de Caracas, en 1813, durante la Guerra de la Independencia Hispanoamericana.

En Caracas fue Caballero Profeso del Hábito de Calatrava. Alcalde de primer voto y Sargento Mayor de sus Milicias, así como comerciante, y allí se casó y murió.

Fue Alcalde ordinario de primer voto en Caracas, en 1774, siendo el Alcalde ordinario de segundo voto el coronel don Santiago Antonio de Ponte y Mijares de Solórzano, padre del IV° y último Marqués de Mijares, don Gabriel de Ponte y Mijares de Solórzano, en tiempos en que era Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela el Brigadier don José Carlos de Agüero, y su Teniente General y Auditor de Guerra el Lic. don Fernando Quadrado. Fue el año en que el Obispo de la Diócesis de Venezuela, Dr. Mariano Martí, terminó el censo de Caracas, que acusó una población de 18.669 habitantes.

En la Caracas de entonces, donde ya una real provisión había declarado que todo el mundo podía pertenecer al comercio sin que por ello se degradara la nobleza ni se perdieran el honor y la reputación, muchos de los miembros de la nobleza participaban en actividades mercantiles, y así se estableció Fierro como uno de los principales comerciantes de la ciudad, es decir, realizaba el comercio mayorista —a diferencia de los mercaderes, que eran quienes realizaban actividades de venta al menudeo—, y como comerciante de crédito representó al gremio de comerciantes en la Junta pro Consulado de Caracas, que había sido convocada por el Intendente en 1786, y en la que estaban también representados los hacendados y los mercaderes, además de los representantes del Cabildo de Caracas.

El Consulado de Caracas quedó definitivamente creado por real cédula del 3 de junio de 1793.

Fierro se casó en Caracas con doña María Isabel de Sucre Pardo y Flores Trelles, natural de Cartagena (Colombia), y viuda de don José del Pozo y Honesto, e hija del coronel don Carlos de Sucre y Pardo, Gobernador de la Provincia de la Nueva Andalucía, Cumaná y Cumanagotos (1733-1740), y de su primera esposa doña Margarita de Flores y Trelles.

Por su matrimonio, del que no hubo sucesión, fue padrastro de don Carlos del Pozo y Sucre —quien se hallaba avecindado en Calabozo (Estado Guárico) cuando pasó por allí el sabio barón Alejandro de Humboldt (1787-1835), quien dejó testimonio de su admiración por los conocimientos de Carlos del Pozo y Sucre, y por su elaboración de los instrumentos físicos que poseía—, y de don Juan del Pozo Sucre, ingeniero que participó en la campaña de Portugal y, con el Generalísimo Francisco de Miranda y don José de Salas, suscribió en París, el 22 de diciembre de 1797, el acta que se considera antecedente del Congreso de Panamá.

También, por este matrimonio, es tío abuelo político del Gran Mariscal de Ayacucho, don Antonio José de Sucre (1795-1830), ilustre Prócer de la Guerra de Independencia Hispanoamericana.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: José Pinto de Guisla y Van de Walle (2/2)

Gaspar José Pinto de Guisla y Van de Walle
(1701-17¿?)

Tanto Urrelo como los sanfelipeños se preparan para la lucha. Zuloaga ordena a Urrelo que reúna toda la tropa necesaria para rendir y poner en sujeción a San Pelipe, pero dos días después, al saber que los sanfelipeños recibían refuerzos de los holandeses e ingleses, y pensando que peligraba toda la Provincia, da una contraorden y opta por pactar. El doctor Bernardo Raimundo Dacosta Romero hará de mediador entre ambas partes. Los sanfelipeños envían un propio a Bogotá para lograr que el Virrey conozca la causa y los arrebatos de Zuloaga, pero el Virrey aprueba lo dispuesto por éste. Sin embargo, Zuloaga no cree conveniente renovar el nombramiento de Basasábal.

Por fin Urrelo entra en San Felipe. Ante él desfilan los declarantes de la ciudad. Viñas, Moneda y Arias son encerrados en Puerto Cabello. Otros son expulsados. Los cabildantes continúa díscolos, pero ahora la mayoría apoya a Urrelo, quien embarga las haciendas a los cabildantes. Se considera a Viñas el cabecilla del motín. Pasa el tiempo y, por fin, llega a España el sumario. El Consejo de Indias está en sesión plenaria. Los miembros del Real y Supremo Consejo emiten opiniones diversas. El Marqués de la Regalía —coterráneo de Pinto, que había sido Gobernador y Teniente de Capitán General de Venezuela, y quien, años antes, en informe al Rey, reconoce la necesidad de alguna tolerancia en el comercio libre si se quiere que el pueblo viva en una provincia tan pobre como Venezuela— pide que se siga la causa contra Basasábal. Otros opinan de igual modo. Por acuerdo final, San Felipe queda con su título de Ciuad, que estuvo a punto de perder, y los rebeldes van, unos a Caracas y otros al destierro perpetuo. Los más sufren la confiscación de sus bienes. Ninguno es condenado a muerte.

Si entre las sublevaciones de tipo económico que se realizan en Venezuela contra la Guipuzcoana, el levantamiento de Juan Francisco de León es el de mayor envergadura, y la rebelión de Andresote, en 1732, fue la primera entre las de alguna importancia, el motín de San Felipe es el mejor organizado y el único que logró su cometido: que el vasco Basasábal no fuera Teniente Justicia Mayor de San Felipe. Pues Andresote no alcanzó su propósito de algunas libertades de comercio en los valles de Yaracuy. Ni tampoco Juan Francisco de León consiguió el suyo: la expulsión de los vascos. Sin embargo, San Felipe, por voluntad de su pueblo, todavía en la primera mitad del siglo XVIII, en una época en que el poderío de los monarcas era absoluto, obtiene, por medio de todo un levantamiento contra los que en Venezuela representan al Rey, que sea anulado el nombramiento de uno de estos representantes reales.

Los promotores del motín de San Felipe fueron, como en el drama de Lope de Vega, “Todos a una»; sin embargo, no fue movimiento acéfalo, sino que estuvo dirigido por el grupo de los que componían el Cabildo. Entre éstos se ha señalado a Viñas como el principal ejecutor, pero, a pesar de ello, parece ser que Pinto, Alcalde Ordinario y familiar de casi todos los cabildantes, fue el que actuó como dirigente de estos hechos en los primeros momentos; así se desprende no sólo de una de las órdenes de expulsión dadas por Zuloaga el 16 de enero de 1741 —en la cual aparece Pinto citado de modo particular, y encabezando la lista de los condenados al ostracismo— sino también de la mención que hace de Pinto en sus declaraciones Francisco Venancio García, pardo libre, uno de los hombres que iba en compañía del Alcalde de la Santa Hermandad en la comisión que se entrevistó con Urrelo. Sería presumible que luego, en luna de miel, las delicias de himeneo hicieron que no fuera Pinto sino Viñas el que llevara la voz cantante que se oyese en el San Felipe revolucionado.

Pinto tuvo dos hijos, los cuales nacieron en Venezuela:

A.= Antonio Ignacio Pinto de Guisla y Matos (1743-1824), sucesor de la casa y mayorazgo de Guisla y Pinto —fundado por don Diego de Guisla y Corona, y su mujer doña María Pinto de Guisla, en 1698, del que se instituyó don Pedro de Guisla y Corona, en 1706—, y de los patronatos fundados respectivamente por don Miguel de Ceballos y Estrada en 14 de mayo de 1695 por ante Pedro Jiménez y el capitán Servan Grave y doña Margarita Portillo, su mujer, en 11 de noviembre de 1648 ante Tomás González de Escobar.

Fue Caballero de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, Coronel de Infantería de los Reales Ejércitos, Gobernador de las Armas en la isla de La Palma, donde murió. Había contraído matrimonio dos veces, pero ninguno de ellos dejó descendencia.

B.= Juan José Pinto de Guisla y Matos (17..-18..), casado en Venezuela con doña Luisa Díaz Payva, natural de Nutrias (Barinas), hija de don Pedro Díaz y de doña Francisca de Payva. Tuvo un hijo llamado

a.= José de Santa Ana Pinto de Guisla y Díaz Payva (17. .-1865), también nacido en Venezuela y bautizado en Santo Domingo de la Cotiza, que era entonces un pueblo de las Misiones Dominicas de Barinas, y hoy es municipio del distrito Rangel en el estado Mérida. Fue el útimo varón de la casa de Guisla de Pinto, y, por ello, último poseedor del mayorazgo y los patronatos de su casa que había heredado de su tío. Fue Capitán de Milicias Provinciales de Canarias.

En Santa Cruz de La Palma se casó con doña María de las Nieves Poggio y AIfaro, nacida el 25 de septiembre de 1797, e hija del teniente coronel don Joaquín Poggio y Alfaro, y de doña María Magdalena de Alfaro y Poggio, nieta por línea paterna del teniente coronel don Félix Poggio Escobar Maldonado y Valcárcel, y de doña Laureana de Alfaro y Poggio, su esposa y prima hermana; y nieta por línea materna de don Francisco Antonio de Alfaro y Poggio y de doña María de las Angustias Poggio y Valcárcel.

Murió en Santa Cruz de La Palma, dejando descendencia que alcanza a nuestros días, como sus nietos, los abogados Pedro Cuevas Pinto de Guisla (1875-1957), orador elocuente y Decano del Colegio de Abogados de la isla de La Palma, donde fue Delegado del Gobierno de S. M. y Presidente del Cabildo Insular; y Ezequiel Cuevas Pinto de Guisla (1880-1936), también notable por su elocuencia oratoria, y Fiscal de la Audiencia Territorial de Barcelona (España).

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: José Pinto de Guisla y Van de Walle (1/2)

Gaspar José Pinto de Guisla y Van de Walle
(1701-17¿?)

Don Caspar José Pinto de Guisla y Van de Walle de Cervellón nació en Santa Cruz de La Palma (Canarias), el 9 de enero de 1701, siendo el segundo hijo de don Antonio Pinto de Guisla y Guisla —Coronel de Milicias del Regimiento Provincial de La Palma, Gobernador de las Amas de la misma isla, Corregidor y Capitán a Guerra de Gran Canaria, y Diputado General del Archipiélago a la Corte de Felipe V en 1718—, y de su legitima esposa y prima doña Inés Isidora Van de Walle de Cervellón y Urtusáustegui.

Es nieto por línea paterna de don Antonio Pinto de Guisla —Sargento Mayor de La Palma, y Alguacil Mayor del Santo Oficio— y de su legítima esposa y prima hermana doña María de Guisla y Corona Palaviccino. Por línea materna es nieto de don Gaspar Van de Walle de Cervellón y Olivares Maldonado Herrera, y de su legítima esposa doña Gabriela de Urtusáustegui y Van de Walle Estupiñán.

Es bautizado a los diez días de nacido en la parroquia matriz de El Salvador de Santa Cruz de La Palma, por don Pedro de Guisla Corona, Consultor y Comisionado del Vicario, y Visitador de la isla de La Palma; de licencia del Beneficiado de la Parroquia don Carlos Domingo Montañés. Fue su padrino don Luis Van de Walle y Rodríguez CarvelIón.

En la isla de La Palma pasó los primeros años de su vida, y desde allí se trasladó América.

En 1740 lo hallamos de Alcalde Ordinario Capitular de la Ciudad de San Felipe el Fuerte, actual Capital del Estado Yaracuy (Venezuela). En 1741 sabemos que tenía tienda de mercaderías en una de las esquinas de aquella población a la que dio nombre (Esquina de don Caspar Pinto).

En San Felipe se casó el 4 de diciembre de 1740 con doña María de la Candelaria de Matos y Arias de Escobar, hija de don Bernardo de Matos Machado y Montañés, y de su legítima mujer doña María Pascuala Arias de Escobar y Ruiz-Falero.

Era don Bernardo un venerable sesentón natural de Tenerife (Canarias), y descendiente de los nobles conquistadores y pobladores de aquella isla: Matos, Montañeses y Machados; había sido Regidor Perpetuo de la Ciudad de Cartagena de Indias, y ahora era Regidor Decano del Cabildo de San Felipe.

Don Bernardo de Matos Machado y Montañés se contó entre los canarios simpatizantes del movimiento pro archiduque, que se formó en Venezuela con motivo de la presencia, en el país, del embajador del archiduque Carlos de Austria, que lo era don Bartolomé de Capocelato, Conde de Anteria, y arribó a Venezuela en el otoño de 1702.

Don Bernardo era teniente de Ocumare de la Costa (Estado Aragua), y permitió el desembarco de los holandeses y fue por ello condenado a la pena capital, pero ello no se cumplió porque pudo huir.

Pero no adelantemos los acontecimientos: A la muerte del Teniente Justicia Mayor de San Felipe, el Capitán General de la Provincia de Venezuela, don Gabriel de Zuloaga, nombra para cubrir la vacante a don Ignacio de Basasábal. No conviene a los sanfelipeños este defensor del monopolio de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, que viene a entorpecer el tráfico contrabandista que ellos realizan con el extranjero, y que tan común era en aquel lugar que hasta las más altas autoridades estaban metidas en él. Entonces acuerdan alegar que este nombramiento es del Virrey, añadiendo que Basasábal es un hombre ebrio e incompetente.

El Cabildo de San Felipe se reúne el 1° de diciembre de 1740. Forman este Cabildo, además de Pinto y de su futuro suegro —el también Alcalde Ordinario, don Pablo Arias de Escobar, tío de la que pocos días después va a ser la señora de Pinto—, don Juan Prudencio Gutiérrez de la Flor, Alcalde de la Santa Hermandad, y el Escribano Público don Francisco de Viñas, ambos también parientes de la futura esposa de Pinto; don Santiago Moneda, Alcalde Ordinario; don Francisco Leal, Procurador General; y los regidores don Esteban Ramos Morado, y don Juan Bautista Windivoghel. igualmente asisten a Cabildo don Sebastián de Olasiregui, Factor de la Guipuzcoana; y el clero y los frailes regentes de la Misión de San Francisco Javier.

Se abre la sesión, Todos los cabildantes se muestran hostiles al nuevo Teniente Justicia Mayor. Sólo el Factor de la Guipuzcoana —vasco como él y como Zuloaga, y defensor de unos mismos intereses— se le manifiestan como amigos. Cada capitular expone su criterio. Pinto se expresa así: “Es sabido que la cabeza de todo gobierno de la Provincia se halla en la persona del señor Virrey, Teniente General don Sebastián de Eslava, Caballero de la Orden de Santiago, y que el Gobemador Zuloaga juró obedecer la Real Cédula que así declaraba al Virrey cabeza de gobiemo, y puso auto diciendo que la guardaría y cumpliría, mandándola a publicar, por tanto, a usanza militar, en todas las ciudades y villas, aunque aquí, en San Felipe, no se publicó por haberse perdido los papeles».

Por fin, en aquella sesión memorable, el Cabildo da a Basasábal su empleo, pero sólo interinamente y después de haberle exigido fianza. Más tarde, el nuevo Teniente Justicia Mayor va a tomar represalia, no sólo impidiendo a todo trance el comercio ilícito y el contrabando del cacao, sino también cometiendo arbitrariedades y atropellos. Hace que el Procurador General, don Francisco Leal, sea sustituido por don Manuel Fernández Bello. Otros varios incidentes fueron indisponiendo aún más al ya encolerizado Basasábal con el Común de San Felipe y su Cabildo.

Por último, Cabildo y Común traman una conjura que ha de llevarse a efecto el 4 de enero de 1741. Los conjurados, de acuerdo con el Cabildo, prenden a los cabildantes y los obligan a pedir a Basasábal que renuncie y abandone la ciudad, por lo que éste se ve obligado a refugiarse en la Misión de San Francisco Javier.

Zuloaga, al enterarse del tumulto, envía, con gente armada, al Teniente de Gobernador y Auditor de la Gente de Guerra, Licenciado don Domingo López de Urrelo, como Juez Comisionado para conseguir información del tumulto. Asimismo, por orden dictada por el dicho Zuloaga el 16 de enero de 1741, es expulsado Pinto de la ciudad y destinado a Nirgua. Con igual fecha son también deportados a distintos lugares la mayoría de los que componen el Cabildo. Los sanfelipeños, al saber que estaba en camino Urrelo, hacen adelantar una comisión —formada por los hermanos Gutiérrez de la Flor, Domingo de Ribero, un negro y un mulato— con orden de hacer saber al dicho Urrelo que solamente debe entrar en la Ciudad con el escribano y demás comitiva de sus criados a quienes pueden acompañar sólo doce hombres de su guardia.

Urrelo aprende a los comisionados y acampa en Tamanabare, a unos once kilómetros al sur de San Felipe, en donde tiene noticia de que la ciudad se ha levantado al enterarse de la prisión de los comisionados, y, no teniendo confianza en su gente, establece cuartel en Guama y pide refuerzos y órdenes al Gobemador. Luego, por gestión del Cabildo de San Felipe, quedan en libertad los apresados.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: José Fernández Romero

09/10/2007

José Fernández Romero
(1697-17¿?)

El 15 de marzo de 1697 nació en Santa Cruz de La Palma (Canarias), José Fernández Romero, hijo legítimo de Antonio Fernández Romero y de Teresa de Jesús.

Apenas tenía siete días de edad cuando, en la parroquia matriz de El Salvador de su ciudad natal, el padre José Noguera Barreros, Teniente del Licenciado Antonio de Frías Van de Walle, Beneficiado de dicha Parroquia, derramó sobre su cabeza las aguas bautismales. En esta ceremonia apadrinó al neófito el doctor don Pedro de Guisla. Así consta en la partida bautismal que obra en el folio 105 del libro 8 del registro respectivo.

En sus primeros años es alumno de las escuelas que sostenían en Santa Cruz de La Palma los frailes dominicos y franciscanos, y que para su época llenaban todas las condiciones apetecibles.

En su juventud consiguió buenas colocaciones en la isla de La Palma, como marinero experto y valiente, pero no pudo continuar en el ejercicio de su profesión de piloto por causa de los inconvenientes y trabas que se oponían al comercio marítimo de esta isla, pues estando obligados los buques de la permisión de Indias a ser despachados en Santa Cruz de Tenerife y volver al mismo puerto en su retorno, esta medida había causado la depredación y ruina del comercio en los demás puertos canarios. Así, se vio obligado a emigrar del patrio solar y remontar su vuelo a otras regiones en donde su ruda profesión le fuera más lucrativa.

Después de haber surcado todos los mares occidentales, se avecinó en Buenos Aires donde, habiendo observado el desinterés que mostraban los habitantes de esta ciudad para poblar Montevideo —lo cual por su necesidad preocupaba tanto a la Metrópoli— tuvo la feliz y patriótica iniciativa de exponer al cabildo bonaerense el proyecto de enviar una representación al Rey, manifestándole la facilidad de poblar a Montevideo con familias canarias, a condición de que se permitiera a esas islas el comercio libre con el Río de la Plata.

Aceptada la antedicha proposición, el mismo Fernández Romero pasó luego a la Corte en calidad de diputado del comercio de la ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de Buenos Aires, y representó ante Felipe V las ventajas que de este comercio se seguirían, haciéndole ver al Rey la obligación en que se hallaba de celar y esforzar los medios más eficaces para el aumento de sus propios haberes y para la conservación de sus provincias, y para ver de que éstas se poblaran de los habitantes de que tanto carecían, especialmente Montevideo.

A tales efectos aconsejaba se permitiese a Canarias un registro anual para que, al mismo tiempo de conducir las familias pobladoras, pudiese transportar la carga de los frutos canarios —como eran el vino, aguardiente, almendras, frutas secas, y tejidos bastos para el abrigo de los indios—, y que fuese con la obligación de tomar en pago y conducir en retomo a Canarias los productos rioplatenses que padecían lo mismo por falta de extracción y consumo.

Esta demanda del comercio de Buenos Aires fue apoyada por el regidor y diputado de la isla de Tenerife en la Corte, don Alonso de Fonseca, quien aún solicitó algunas ampliaciones e insistió en que de ella no podía resultar ningún perjuicio al comercio de la España peninsular por la independencia total que tenían las especies y géneros de que se trataba.

Accediendo a las instancias de Fernández Romero, Felipe V, por real cédula despachada en Sevilla el 30 de octubre de 1729, concedió a Buenos Aires un registro anual de doscientas cincuenta toneladas para comerciar con Canarias, con la obligación de conducir, conforme al Reglamento de 1718, cinco familias canarias por cada cien toneladas, y sumar a ellas quince más destinadas a la nueva población de Montevideo, las cuales eran transportadas por cuenta de la Corona.

Álvarez de Abreu, futuro Marqués de la Regalía —que por estos años figuraban mucho en la Corte de Madrid, y que más tarde sería Decano del Consejo y Cámara de Indias—, auxilió a su coterráneo y amigo, el dicho Fernández Romero, en el logro de su pretensión, si bien más tarde no pudo evitar que se aboliese la dicha gracia.

El efecto de tantas restricciones y la oposición del comercio de Cádiz, impulsaron al Consejo Supremo de Indias a dar un informe desfavorable el 15 de julio de 1730, en cuya virtud, y mediante Real Cédula dada en Sevilla el 23 de enero de 1731, la autorización otorgada en 1729 fue suspendida, con la pérdida de una y otra parte.

Fernández Romero, excelente marinero y gran conocedor de la navegación por el Río de la Plata, a la que se había dedicado principalmente, y considerando la poca práctica de sus paisanos en el dicho río, en la conducción de los bajeles y equipajes, en la naturaleza de aquel comercio, y en el genio de los moradores, se dedicó a escribir una obra, que consagró a las tres islas —Gran Canaria, Tenerife y La Palma—, con este título:

«Instrucción exacta y útil de las derrotas y navegación de ida y vuelta desde la gran bahía de Cádiz hasta la boca del gran río de la Plata. Se hallarán también las derrotas y navegación de dicha boca hasta Montevideo, de Montevideo a Buenos Aires, de Buenos Aires a Montevideo, y de éste a la boca del mencionado río; la descripción de este gran río, costas, islas, bajos fondos, y variedad de corrientes, con las advertencias y precauciones que en sus navegaciones se deben practicar; y asimismo las islas y bajos peligrosos que hay al Norte y Sur de la Equinoccial, latitud y longitud de sus situaciones”.

En Cádiz, por Jerónimo Peralta, 1730.

Este libro, en el que su autor revela la experiencia adquirida en sus muchos años de navegación y su indiscutible capacidad, sirvió de guía no sólo a sus compatriotas, para quienes lo escribió, sino que también se aprovecharon de sus enseñanzas todos los marinos de Europa, ya que dicha obra fue muy consultada en aquella época por quienes se aventuraban por estos mares aún poco transitados, y constituye, por la amplitud de la información que contiene en materia de navegación y por el valor descriptivo de las costas, islas y demás noticias geográficas, el primer manual de navegación del Río de la Plata, y el precursor de los posteriores tratados acerca de dicho tema.

Los estudios anteriores a esta obra no pasan de ser simples derroteros, en los que falta la unidad, el plan de desarrollo, y la intención que animó a la publicación de Fernández Romero. Este libro, es la primera obra impresa que se refiere a Montevideo de modo principal.

Siendo aún de mediana edad, falleció en Buenos Aires, el célebre y afamado tratadista náutico que hizo posible el arribo de las ilustres familias canarias, a las que debe todo su ser la Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo, que Canarias enviaba con espíritu colonizador y con la esperanza de extender su actividad mercantil.

Por las razones anotadas, algunos historiadores, como el canario Juan B. Lorenzo Rodríguez (1841-1908), han considerado a Fernández Romero fundador de Montevideo.

[*Otros}– Palmeros en América / David W. Fernández: Domingo Vicente de Guisla Boot y Salazar de Frías

Domingo Vicente de Guisla Boot y Salazar de Frías

(1696-1755)

De la relación del “Viaje muy puntual y curioso que hace por tierra don Miguel de Santisteban desde Lima hasta Caracas en 1740 y 1741” se hallan sendas copias manuscritas en la Biblioteca Pública de Nueva York (EEUU) y en la Biblioteca Nacional de París (Francia), y fue editada por la Academia Nacional de la Historia, en Caracas, primero resumida (1965) y luego in extenso (1970).

Acerca de la misma, también Horacio Cárdenas Becerra publicó “Un personaje del siglo XVIII: Don Miguel de Santisteban” (1975). En el relato del viaje se habla de un caballero llamado don Domingo de Guisla que en 1740, por las circunstancias de la guerra entre España e Inglaterra, proyecta en Lima, junto con el referido don Miguel de Santisteban, el viaje que por tierra realizan ambos hasta Caracas, y que es motivo de la mencionada relación.

De Santisteban se han hecho amplias referencias al publicar y estudiar su obra, pero de Guisla, el viajero que acompañó a Santisteban por los caminos de América, no se ha hecho estudio alguno, por lo que, dado el escaso conocimiento que de él se tiene, hemos de mencionarlo aquí de manera especial.

Parten ambos por vías distintas, y el 10 de octubre de 1740 arriba Guisla a Quito después de haber salido de Lima el 6 de junio próximo pasado.

Juntos continúa desde Quito la travesía por Ibarra y Tulcán, y dejando atrás la actual República del Ecuador, penetran en Colombia, pero en Pasto se enferma Guisla de fiebre palúdica, por lo que es necesario demorarse 14 días en la ciudad hasta que una dosis oportuna de quina le devuelve la salud, disipándole el ardor del cuerpo y el agotamiento.

Los maravillosos efectos del remedio observados por Santisteban lo llevarán —12 años más tarde, residenciado en Bogotá, y siendo ya un avezado conocedor de la quina— a intercambiar información sobre los resultados de la acción de la planta con el sabio José Celestino Mutis (1732-1808),

Prosiguen juntos por Popayán y La Plata, pero desde aquí Guisla continúa viaje hacia Caracas mientras que Santisteban toma otra vía que lo lleva al estado Mérida (Bailadores, Estanques, Jají) sonde tiene noticia de que hace un mes había pasado por allí Guisla. En Pueblo Nuevo se encontraron nuevamente y prosiguieron juntos por Tabay y Mucuchíes.

Se internan en el actual estado Trujillo y siguen rumbo al estado Lara por la vía de El Tocuyo, pero deteniéndose en la Hacienda de La Palma, del capitán don Juan Bernabé González Yépez, nieto del castellano don Juan de Yépez, fundador de la estirpe de los Yépez, de larga descendencia en las tierras tocuyanas. El dueño de la hacienda los atiende con esplendidez y les sirve en la mesa vino malvasía de Canarias que deleita especialmente a Guisla quien hacía mucho tiempo que no probaba esta exquisitez de su suelo nativo.

Continúan viaje, y el 22 de septiembre de 1741 Guisla y Santisteban arriban a Caracas. El mismo día visitan al Gobernador don Gabriel de Zuloaga, por boca de quien saben que dentro de un mes partirían de La Guaria para la Metrópoli dos navíos de la Compañía, y en su conserva una fragata de don Jerónimo de Guisla, hermano del referido don Domingo, fragata ésta que volvía a la isla de La palma de donde había venido de registro.

Al partir Santisteban para La Guaira el 20 de abril de 1742, registra en su relación que Guisla quedó en Caracas de donde debió regresar a Lima para morir allí trece años más tarde.

***

Domingo Vicente de Guisla Boot y Salazar de Frías había nacido en Santa Cruz de La Palma (Canarias) el 12 de abril de 1696, y fue bautizado dos días después en la parroquia matriz de El Salvador, de su ciudad natal.

Fue su padre don Juan de Guisla Boot Campos y Castilla, quien en América había sido jefe de las Fuerzas de Santa Fe de Bogotá, en la actual República de Colombia. Y fue su madre doña Beatriz Hermenegilda Lorenzo de Monteverde y Salazar de Frías, igualmente de linajuda prosapia.

Don Domino de Guisla había sido capitán de milicias y Alcaide del Castillo de San Miguel en su isla natal de La Palma, y posteriormente incorporado al Ejército de Andalucía. Fue Corregidor y Justicia Mayor de Calca y Lares, en el Perú, en cuyo empleo se desempeño realizando una buena administración.

Contrajo matrimonio en Lima el 8 de diciembre de 1746 con doña Isabel de Larrea y Riaño, nacida el 13 de septiembre de 1718, e hija del capitán don Juan Ignacio de Larrea y Eguía, caballero de Vergara, en Guipúzcoa, y de doña Rosa de Riaño y Acuña Guevara y Ayala, natural de Lima

Fue caballero profeso del Hábito de Calatrava, y testó, ante don Francisco Maléndez, el 14 de agosto de 1755, en Lima, donde falleció el 17 de agosto de 1755.

Don Domingo y doña Isabel fueron padres de:

• Don Juan de Guisla y Larrea, nacido en Lima en 1747

• Doña María de Guisla y Larrea, que falleció soltera en Lima el 14 de abril de 1819.

• Doña María Hermenegilda de Guisla y Larrea, nacida en Lima el 3 de abril de 1751. Se casó en su ciudad natal el 29 de octubre de 1775 con su primo hermano, don Carlos José de Guisla Boot Salazar de Frías y Abreu y Van de Walle.

Don Domingo Vicente de Guisla Boot y Salazar de Frías fue un miembro de la nobleza canaria que se había establecido en América donde desempeñó cargos político-administrativos, fundó hogar en el que nació su hija, la IVª Marquesa de Guisla Guiselin que, no obstante ello, contribuyó durante la Guerra de Independencia de Hispanoamérica a defender la causa patriota.

[*Otros}– La leyenda de La Pared de Roberto / María Victoria Hernández

María Victoria Hernández
(Extraído de la web del Patronato de Turismo de La Palma: http://www.lapalmaturismo.com/)

Arriba, en lo más alto de la isla de La Palma, a 2.426 metros de altura, se alzan hoy los más modernos observatorios de la astrofísica mundial junto a espirales, meandros, inscripciones en piedra relacionadas con misterios del Sol, la Luna y las estrellas, enmarcados dentro de los ritos de los antiguos prehispánicos.

La tradición continúa y hoy otros hombres siguen rastreando el cielo. Para los palmeros, el Roque de los Muchachos siempre ha sido un lugar mágico, en el que, desde hace siglos, diferentes culturas encontraron la ubicación idónea para comprender los misterios del universo.

En tiempos prehispánicos, en la cumbre del Roque de los Muchachos existía una construcción de piedras superpuestas —tagoror, en lengua aborigen—, alrededor de la cual se reunían los habitantes de la Isla para discutir sobre política y justicia, al tiempo que observaban las estrellas, ya que contaban los días por la Luna, a la que veneraban igual que al Sol.

El misterio ronda también la llamada Fuente Nueva, situada justo bajo el observatorio Isaac Newton, a 2.300 metros de altitud, de la que el agua mana o deja de manar coincidiendo con el flujo y reflujo de las mareas, circunstancia que las gentes del lugar atribuyeron a los designios de sus dioses.

Las voces del pueblo palmero cuentan que en ese lugar el Diablo, celoso de la felicidad del alma y el cuerpo, construyó en una sola noche una pared que incomunicara el antiguo camino que unía las localidades de Santa Cruz de La Palma y Garafía. Murrallón pétreo que se alza altanero y provocador, y más parece haber sido hecho por mano de hombre que por fuerza telúrica.

La Pared de Roberto, vista de canto.

La Pared de Roberto, vista de frente.

Otra vista de frente.

Al atardecer, los rayos del sol actúan sobre el tono verdoso de esta pared volcánica y producen reflejos amarillos en los rostros de los caminantes que se paran junto a ella, lo que ha contribuido a que los palmeros sigan atribuyendo al diablo actuaciones malignas en el lugar.

Vista de frente, pero más de cerca.
Las cuatro fotos de las debo a Roberto González Rodríguez, de franela azul en ésta. Las dos primera las bajó de Internet, y las dos últimas son de su propia colección, y tomadas en agosto de 2000.

Pero la leyenda que adorna la historia de La Palma no acaba aquí. Los viejos de la Isla cuentan que un mancebo del cantón de Tagaragre tenía amores no consentidos con una doncella del cantón de Aceró, hoy parque nacional de la Caldera de Taburiente, y que una noche, cuando iban a tener un encuentro de amores, se vieron sorprendidos por la pared de Roberto —por Roberto se conoce en La Palma al Diablo— que impedía su encuentro.

El joven, apasionado y deseoso de amar, quiso atravesar la pared y, al no conseguirlo, gritó por dos veces “¡Va el alma por pasar!” y, tras un instante de silencio, volvió a clamar “¡Va el alma y el cuerpo por pasar!». En ese momento, de la tierra fluyeron materiales ardiendo y llamas infernales, y el mancebo atravesó la pared en una incandescente bola de fuego, rodando al abismo.

La doncella que provocó la intrépida acción del joven amaneció muerta, y los pastores la enterraron en el Roque de los Muchachos, donde sobre su tumba brotaron pensamientos de la cumbre o Viola Palmensis, planta que, según la tradición y la leyenda, copió el color azul de los ojos de la joven.

La pared a la que se refiere esta leyenda puede verse hoy partida en dos mitades, como muestra la foto de arriba, y, si seguimos creyendo a la voz del pueblo, el hueco que las separa, por el que discurre un camino, fue creado por el mancebo en su deseo de llegar hasta su amante.