[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: José González Cabrera Bueno

Fue D. José González Cabrera Bueno almirante en la carrera de Filipinas donde se distinguió notablemente por sus hechos contra los filibusteros en los peligrosos mares de Oceanía.

El ilustre autor del Diccionario Histórico Universal se explica así acerca de nuestro inteligente paisano;

«D. Jose G. Cabrera Bueno nació en la isla de Tenerife, una de las Canarias, y fue enviado por la Corte de Madrid —1701— a las Filipinas en calidad de almirante. Con sus largos servicios y acritud, adquirió grandes y preciosos conocimientos sobre los mares de la India

Oriental- Compuso un tratado denominado “Navegación especulativa y práctica” con la explicación de algunos instrumentos que están más en uso entre los navegantes. “Tablas de las deducciones del Sol computadas al meridiano, y modo de navegar por la Geometría», «El cuadrante de Reducción», «Los Senos logarítmicos con láminas», en una palabra, este tratado hace tanto honor al marino canario que losmismos franceses confiesan que debía ser traducido a su idioma».

E! Diccionario Español hace a su vez iguales elogios de la pericia y talento de este hijo de las Afortunadas, si bien manifiesta que fue a los mares de Filipinas al servisip de D. Pedro, segundo rey de Portugal.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Juan González de Acebedo

Juan González de Acebedo fue almirante de galeotes en los mares de América y gobernador de Cuba en 1631.

Murió peleando contra los filibusteros que por entonces asolaban nuestras Antillas y perseguían tenazmente a las embarcaciones mercantes que salían de nuestros puertos para Europa, pasando a cuchillo a todos los tripulantes que tenían la desgracia de caer prisioneros.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Francisco Guillén del Castillo

Francisco Guillén del Castillo fue un bizarro marino cuyas hazañas estarán siempre impresas en los anales de Filipinas, principal teatro de sus glorias navales, nació en la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, isla de Tenerife.

Poseedor de un mayorazgo que había fundado su abuelo, el licenciado en Derecho D. Francisco Guillén, se dedicó desde luego a engrandecerlo y hacerlo fructificar, pero la pasión por la aventura le hizo abandonar la vida pacífica del agricultor canario por la peligrosa del marino.

Dotado de algunos conocimientos náuticos, se trasladó a la Península Ibérica, y bien pronto se hizo notar en las galeras de García de Toledo, en las que no tardó en recibir el grado de alférez.

Embarcose luego en los galeones de Tierra Firme, donde empezó a destacarse la prodigiosa bravura y la actividad que formaban la base de su carácter.

En la boca del Orinoco apresó, después de un reñido combate, a una nao portuguesa que pertenecía a !a armada del infante D. Enrique, y al regresar a España fue inmediatamente colocado en !a armada que se aprestaba contra el Brasil al mando de Fadrique de Toledo. Asistió al ataque de Bahía, destruyendo varias rancherías en el río Marañón.

Pasó con nuevo grado a la flota de Nueva España, donde desempeñó todas las comisiones que requerían arrojo, valor y gran pericia. Marchó a Acapulco en el tiempo en que los holandeses hostilizaban aquel puesto, contribuyendo poderosamente a su defensa y poniendo a salvo todas las embarcaciones menores.

Pasado aquel peligro, fue destinado a Filipinas (1640), donde empezó a padecer mucho de una herida que había recibido en el costado derecho, por cuya razón fue nombrado alcalde mayor y capitán de guerra del Distrito de Balayón. Mostrose allí tan hábil administrador como era excelente marino. Fundó un convento, hizo catequizar a los indígenas, protegió los plantíos de especierías, organizó la milicia y formó un astillero.

Restablecida su salud, aconsejó al Gobierno la conquista del Archipiélago de Toló, en cuya empresa tomó una parte activa, hasta el punto de desafiar en singular combate a uno de los jefes enemigos a quien dejó muerto de una estocada. Apenas obtuvo este triunfo, tomó el mando del navío San Nicolás, corrió al socorro de Temato, que se hallaba amenazado por los holandeses, y estrechó el sitio de Boayen hasta que se rindió la plaza.

De vuelta a Manila nuestro paisano fue nombrado comandante de la Armada que debía hostilizar las costas de Minamano; hizo un desembarco en Naray y obligó a las tribus a someterse a España.

De allí retornó nuevamente a Josló paca someter a los que se habían vuelto a rebelar contra la nación, venciendo con su propio puño, en combate personal, a siete caudillos.

Pasó seguidamente a pacificar a los Oroncayos, estableciendo el orden y dejando bien puesto el pabellón nacional.

Tantas hazañas le dieron a nuestro paisano Guillén tan extraordinario nombre en aquel Archipiélago, que el Gobierno le nombró cabo superior de las galeras que debían arrojar de las Molucas a los holandeses. Pasó, pues, con todas sus fuerzas al Reino de Tumor, donde sostuvo reñidísimos combates. De allí paso a descubrir la isla de San José de Chabó, la mesa de Santa Lucía, La Laguna de D. Gil y la isla de Maquén. En todos estos puntos alcanzó siempre nuestro héroe triunfos superiores sobre la poderosa armada holandesa.

Con el nuevo carácter de Alcalde Mayor fue más tarde encargado de someter la provincia de Caraga, lo cual consiguió no obstante la resistencia indomable de los indígenas.

Pacificada aquella importantísima región, trocó nuestro distinguido paisano las armas por el arado, promoviendo tales medidas agrícolas y de fomento que bien pronto fundó varios pueblos con emigrantes canarios, edificando algunas iglesias y fortalezas. En 1656 ya estaba esa región en estado de prosperidad.

Apreciando el Gobierno sus excelentes dotes de mando, lo nombró alcalde ordinario de Manila, y justicia mayor del Parían de los Sangleyes, en cuyos importantísimos cargos permaneció algún tiempo hasta que en 1665 fue nombrado almirante y cabo principal de diez baieles, con una encomienda de mil ducados. Estas fuerzas fueron destinadas a castigar las piraterías de los Malayos, que infestaban los mares de Filipinas, retomando a Manila con su gran triunfo y laureles.

La ciudad de Manila, altamente agradecida, le regaló una espada de honor.

Nuestro paisano falleció a una edad avanzada, después de dejar bien puesto el nombre canario, y muy alto el pabellón español, en los peligrosos y extensos mares de la Oceanía.

[*Otros}– La Fuente Santa de Fuencaliente (La Palma)

El Día (Tenerife), 25 de junio de 2007

D.M., Fuencaliente

La Fuente Santa de Fuencaliente, uno de los manantiales de aguas termales con propiedades curativas más famoso de Europa, que fue sepultado por el volcán de San Antonio en 1677 y que después de 300 años de búsqueda ha sido encontrada, ya tiene un libro que cuenta su apasionante historia.

“La historia de la Fuente Santa», así se llama la novela que ha escrito Carlos Soler, el ingeniero de Caminos, Canales y Puertos que ha dirigido los trabajos patrocinados por la Consejería de Infraestructura, Transporte y Vivienda, que han permitido localizarla y desenterrarla mediante una obra de ingeniería singular.

Si se busca con cuidado, en esta foto puede verse la cruz a que hacían referencia viejos escritos, que se encuentra encima del dique de la fuente y que fue descubierta después de encontrada la fuente. Antes, por más que la buscaron no dieron con ella.
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En esta foto, cortesía de Roberto González Rodríguez, puede verse mejor la cruz. Según la tradición, la fuente se encontraba en la vertical de una cruz que, se pensó, había sido sepultada por el volcán. Pero un buen día Carlos Soler, mientras rumiaba sus pensamientos, se alejo de la galeria y se acercó al mar, y al dirigir la mirada al acantilado descubrió la cruz. Desde ese instante dirigieron la galería al dique indicado por la cruz y dieron con La fuente Santa.
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La novela ha sido editada por Publicaciones Turquesa S.A., tiene 432 páginas y su autor, el ingeniero Carlos Soler, ha dirigido los trabajos que han permitido su localización y desenterramiento.

Fue presentada en días pasados en el hotel Princess de Fuencaliente, en un acto que contó con la presencia del escritor canario Alberto Vázquez Figueroa, autor del prólogo; del alcalde de Fuencaliente, Gregorio Alonso; del responsable de la editorial, José Manuel Moreno, y del propio Carlos Soler, que manifestó que este libro es un homenaje a la personas que durante siglos han buscado la Fuente Santa.

Soler recordó que han sido 300 años de búsqueda desesperada y “ahora nosotros encontramos la fuente y toda la gente que la ha estado buscando está condenada al olvido y nuestro deber es recordarla».

Esta obra, de la que se han editado 3.000 ejemplares y que va a ser distribuida en Canarias, la Península y hasta en Inglaterra, cuenta con 432 páginas y ha sido patrocinada por la Consejería de Infraestructura, el Ayuntamiento de Fuencaliente y las dos empresas que realizaron la perforación: Satocan y Corsán-Corviam.

El autor, basándose en personajes reales, nos conducirá a través de los cinco siglos que transcurren en esta historia. El primer personaje será Pedro de Mendoza y Luján, conquistador de Argentina y fundador de Buenos Aires, quien visitó la fuente buscando la salud que había perdido. Luego y durante dos siglos acudirán numerosos enfermos procedentes de América y Europa atraídos por la fama de santidad de sus aguas.

La Fuente Santa era un manantial termal y curativo que fluyó durante dos siglos, dando fama, gloria y riqueza a La Palma, pero en 1677 quedó sepultada por el volcán de San Antonio que entró en erupción, y a partir de entonces comenzó su búsqueda sin tregua.

Carlos Soler nació en Madrid en 1952. Desde su infancia aprendió la importancia del agua, convirtiéndose en una pasión que culminó con los estudios de ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Su vida profesional la ha desarrollado en Canarias, aunque ninguna actuación le ha deparado tanta satisfacción como la galería de recuperación de la Fuente Santa con la que encontró y desenterró el mítico naciente del que hoy se sabe que es el único manantial termal de Canarias y uno de los mejores de España al captar aguas cloruradas sódicas carbogaseosas.

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Cortesía de Juan Antonio Pino Capote

[*Otros]– XXXVII Fiesta de las Madres. Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves (Santa Cruz de La Palma)

Extracto del artículo de José G. Rodríguez Escudero

El próximo domingo 25 de mayo tendrá lugar el emotivo homenaje que se tributa anualmente a la Virgen de Las Nieves “como Madre de todos los palmeros y, en general, a todas nuestras madres”.

Unos honores que se le ofrecen también como Patrona Insular así como un tributo a la Madre Naturaleza y a la Isla de La Palma. Es una fiesta que fue instituida en 1971 y que en esta edición cumple su trigésimo séptimo aniversario. Debido al arraigo que ha alcanzado en el pueblo palmero, se trata, , tras las Fiestas Mayores de Agosto, de la segunda fiesta mariana más importante del año en el Real Santuario.

Patrona inmemorial de la Isla de San Miguel de La Palma, los orígenes de su culto se pierden en un pasado tan remoto como oscuro y han sido motivo de debate insular en todo tiempo. Como escribía en 1753 el dominico palmero fray Luis Tomás Leal en el prólogo de la novena a la Morenita, “ignórase el quándo, quién y de dónde vino aquel portentoso simulacro, que es de piedra, y no muy sólida, de tres quartas de alto, de color clarimoreno y con la preeminencia de todas las señales que, según arreglada crítica, califican por extraordinarias y milagrosas otras santas imágenes”.

La Virgen es una pequeña escultura medieval de los siglos XIV-XV de posible origen sevillano (según Pérez Morera, entre otros investigadores). Fernández García escribió que es “una obra gótica con reminiscencias románicas”. Mide 57 cms. y está realizada en barro cocido, material en el que modelaron sus esculturas los artistas flamencos o franceses activos en la ciudad hispalense en el siglo XV. Hernández Perera nombraba como ejemplos de ellos a Lorenzo Mercadante de Bretaña o Miguel Perrín. Otros estudiosos, como el Marqués de Cubas en 1694, señalaban que es de “barro portugués con letreros en la orla o manto que no pueden leerse”.

Recordemos que la “Gran Señora de La Palma” también ostenta el mismo título honorífico en los siguientes municipios: Santa Cruz de La Palma (1942), Los Llanos de Aridane (1964), Fuencaliente de La Palma (1982), Breña Baja (1992), Breña Alta (1994), Puntallana (2004), Villa de Mazo (2005), San Andrés y Sauces (2005) y Tijarafe (2005). Curiosamente también lo es del municipio tinerfeño de Güimar. Otros Ayuntamientos palmeros se están uniendo a la iniciativa y están tramitando los preceptivos expedientes, como es el caso de Puntagorda.

Una antigua tradición, recogida en el siglo XVIII por el erudito Viera y Clavijo señala que la imagen de la Virgen estaba en la Isla antes de la llegada de las tropas del Adelantado Fernández de Lugo a finales del siglo XV, y que en una bula del Papa Martino V, de 1424, ya se hace mención de una capilla bajo la advocación de “Santa María de La Palma”. Existen indicios para pensar, como dijera el profesor Pérez Morera, “que el santuario fue fundado o superpuesto sobre algún lugar que los aborígenes consideraban sagrado”.

A la “Fiesta de las Madres” acudirán devotos peregrinos y orgullosos romeros de toda la Isla. Recordemos que, en aquellos años en los que no se celebran comicios electorales a finales de mayo, siempre esta celebración tiene lugar el último domingo de ese mes. Todos los caminos, una vez más, conducirán a Las Nieves. Como curiosidad digamos que tiene el honor de haber sido el primer Real Santuario nombrado en Canarias. Recordemos que es un título que ostenta desde que en 1649 fuera acogido por Felipe IV bajo su real patronato.

Existe un curioso mandato del Lcdo. Aceituno al mayordomo de la Virgen, Bartolomé de Morales, fechado el 6 de septiembre de 1576. En él le ordena que tuviera mucho cuidado de que no comieran ni durmieran en la ermita los vecinos que iban a velar a la “Señora” y que no bailaran veinte pasos alrededor del templo, bajo pena de 6 reales que hubiera alguna danza. Prohibición que luego fue ratificada en 1629.

Recordemos que la imagen de la Patrona Palmera fue canónicamente coronada el 22 de junio de 1930 y que en esta edición se cumplen 78 años de este privilegio pontificio otorgado por el Papa Pío XI.

Para sobrevestir a la sagrada imagen, se eligió para esta edición un magnífico y valioso traje verde claro muy antiguo confeccionado en rico brocado. Está entretejido con hilos de oro, de modo que este metal forma en la cara superior unas grandes flores briscadas de diversas tonalidades. Tras unos quince años de no habérsele puesto, este vestido de primavera fue escogido entre la veintena de valiosos trajes completos de diversos colores que posee “ASIETA” (siglas de – entre otras interpretaciones- “Alma Santa Inmaculada En Tedote Aparecida” que según la leyenda está inscrita en la espalda de la imagen. Algo que, sin embargo, no se ha podido comprobar).

En el último tercio del siglo XVI comenzó la costumbre de sobrevestir la sagrada escultura, con tocas, mantos, joyas y sayas. El progresivo deterioro sufrido por el paso del tiempo obligó a encerrar la imagen bajo una campana textil. Así quedó configurada su iconografía tal y como la conocemos, embutida dentro de una percha triangular de corte barroco. El pueblo la ha venerado siempre bajo esta apariencia y descubrir su interior es un tabú que hasta ahora no ha sido desvelado. Paz y Morales decía en 1920 que esta forma exterior es la “propia de las imágenes de la Edad Media, teniendo para acomodarle los vestidos dos brazos añadidos, lo mismo que otro Niño Jesús que se pueden mover y separar de su cuerpo a voluntad. En sus vestidos usa de todos los colores, menos el negro, abuso intolerable y que debiera ordenarse el blanco como el único y exclusivo”.

La concentración espiritual y majestad icónica que emana del rostro de esta imagen, esquemáticamente idealizado, refleja lo eterno y sobrenatural. Pérez Morera continuaba diciendo que “tal vez a ello se debe la poderosa atracción que ejerce sobre quien lo contempla y la devoción despertada a través de los siglos”. Fray Diego Henríquez en 1714 decía: “el rostro es perfecto y lleno; los ojos, rasgados y abiertos que parecen mirar a todas partes; las mejillas rosadas; el color moreno, no con exceso obscuro; ostenta majestad y mueve a veneración y devoción…”.

El fervor del pueblo imploraba su auxilio cuando alguna catástrofe asolaba la isla: epidemias, volcanes, langosta, sequías… Uno de los tantos prodigios que se le atribuyen fue el que sucedió en 1646, cuando se extinguió el primer volcán de Fuencaliente, día en que, según recogen las actas del Cabildo, “amanecieron las cumbres de esta isla llenas de nieve”.

Varios poetas de la Isla rendirán homenaje a la Virgen ofreciéndole algunas piezas poéticas, y la premiada agrupación “Nambroque de La Palma” hará la ofrenda folklórica, consistente en danzas y cantos de la “Patria Chica”, ataviados con los preciosos trajes tradicionales. Varios canales de televisión y de radio darán cobertura informativa al acto. Así, en directo lo harán la emisora “COPE La Palma” y “Canal 11 Radio” y en diferido a las 21:30 horas “Canal 11 Televisión”.

“Coros y Danzas Nambroque de La Palma”, de la capital (Medalla de Oro de Canarias en el año 2004, entre otros muchos galardones), ha venido clausurando —no ha sido así en algunas ediciones en la que los diversos pueblos de la Isla la han nombrado Alcaldesa Honoraria y Perpetua— el emotivo acto ante la venerada Imagen y la concurrencia. Esta admirada agrupación folclórica inició esta entrañable fiesta de “Las Madres” conjuntamente con el Santuario y el desaparecido investigador palmero Alberto- José Fernández García hace ya treinta y siete años.

[*Otros}– Y al otro lado del mar,… las Canarias

Fernando Díaz Villanueva

En 1291 se perdió San Juan de Acre, la última plaza que les quedaba a los cruzados en Tierra Santa. La aventura asiática, que había hipnotizado al Occidente europeo durante doscientos años, tocaba a su fin arrojando un desastroso resultado.

Europa se había dejado hasta la camisa en un lance absurdo, trufado de misticismo y perdido de antemano. Aquel mismo año, ajenos al drama de los cruzados, dos hermanos genoveses, Vadino y Ugolino Vivaldi, se hicieron a la mar para internarse en el desconocido y azaroso Atlántico, un océano inmenso, plagado de peligros y monstruos marinos del que ningún navegante regresaba.

Los hermanos Vivaldi tampoco lo hicieron; se los tragó el mar como a tantos que lo intentaron antes. Pero esta vez algo fue diferente. Un paisano suyo, Lanzerotto Malocello, salió en su busca unos años más tarde y se dio de bruces con un islote volcánico, refrito por el sol y varado en mitad del océano. Se trataba de Tyterogakat o “La Quemada», tal y como era conocida por sus habitantes, los majos.

Lanzerotto retornó a Europa, contó su descubrimiento y volvió para quedarse. Hoy esa isla lleva su nombre, Lanzarote, y sigue tan quemada y hermosa como se la encontró hace setecientos años.

El feliz hallazgo del genovés abrió el camino de las Canarias, cuya existencia era conocida por griegos y romanos que habían fantaseado a placer con ellas. Las llamaban “Afortunadas y Beatas, teniéndolas por tan sanas y tan abundantes de todas las cosas necesarias a la vida humana, que sin trabajo ni cuidado vivían los hombres en ellas mucho tiempo».

Los europeos de la Edad Media, sin embargo, las habían olvidado por completo. Durante un siglo, y como el Oriente se había puesto imposible con lo de los turcos, se dejaron caer por aquellas latitudes genoveses y catalanes, portugueses y mallorquines que buscaban carne fresca para poner a trabajar en los activos puertos de la Europa de entonces. Así, de modo tan triste, suministrando esclavos, entró en la Historia nuestro querido archipiélago.

El tráfico, entre el continente y las Canarias, de mercaderes y de algún que otro misionero pescador de almas se hizo tan intenso que un caballero normando, Jean de Bethencourt, propuso a Enrique III de Castilla llevar sus dominios aún más al sur.

Enrique, que reinaba sobre un caldero y era muy amigo de aventurillas internacionales —como la de la embajada de Ruy González de Clavijo al rey Tamerlán de Samarcanda—, accedió a las pretensiones del francés y le otorgó los derechos de conquista sobre todo el archipiélago.

Entre 1402 y 1405 Bethencourt se las arregló para vencer de un modo un tanto caótico a los indígenas de Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro. Los normandos eran pésimos conquistadores, pero gente muy apañada para otros menesteres. Se ocuparon hasta de dejar por escrito los avatares de la conquista en un libro, el “Le Canarien”, redactado por dos frailes. Una vez hecho esto, Jean de Bethencourt se enemistó con su socio, Gadifer de la Salle, y volvió a Francia dejando las islas en manos de su sobrino Maciot de Bethencourt.

Maciot no tardó mucho en cansarse de vivir en el fin del mundo y vendió los derechos de conquista a un noble castellano, el conde de Niebla, que se los traspasó a su criado, un tal Fernán Peraza el viejo, cuyo linaje terminaría echando raíces en el archipiélago.

Entre dimes y diretes de los Peraza, lo que quedaba de los Bethencourt y alguna que otra incursión de los portugueses, la conquista se detuvo durante setenta años. A La Gomera no hizo falta invadirla por la fuerza, pues sus habitantes llegaron a un acuerdo pacífico con los castellanos que se establecieron en ella.

En La Gomera, los abusos de los Peraza sobre los indígenas fueron tantos y tan sonados que los gomeros, gente de mucho carácter, que se silbaban de valle a valle y no toleraban ciertas licencias que se habían tomado sus recién llegados vecinos, se sublevaron varias veces. La última, a causa de un amorío.

Fernán Peraza el joven, nieto de aquél que se quedó con el pastel del normando, se enamoró perdidamente de una aborigen llamada Iballa. Hupalupo, el padre de la gomerita aborigen, enterado del asunto, puso en pie de guerra a toda la isla. Peraza fue sorprendido en plena faena y un pastor de nombre Hautacuperche lo remató de una lanzada.

Bien empleado le estuvo porque su mujer —no Iballa sino Beatriz de Bobadilla, la legítima— se tuvo que refugiar en la Torre del Conde, donde casi pierde la isla y el pellejo. Y todo por un calentón de un marido déspota y rijoso.

Las cosas vendrían a cambiar radicalmente en 1478, una vez que Isabel de Castilla, o Isabel La Católica, hubo ventilado sus asuntos pendientes con Juana la Beltraneja y su aliado Alfonso V de Portugal. Ese año la Reina decidió culminar de una vez por todas la conquista de las Canarias, que llevaba dos generaciones en punto muerto.

El 24 de junio de 1478 Juan Rejón desembarcó en el noreste de Tamarán, que es como los indígenas llamaban a Gran Canaria. Vencidos los isleños de la zona, aseguró la posición y fundó el Real de Las Palmas, es decir, Las Palmas, que es hoy ciudad y puerto principal de las islas. Rejón, sin embargo, no supo avanzar y, como buen español, se lió a palos con sus compañeros de conquista acabando mal lo que había empezado bien.

La Reina, informada de que la campaña no marchaba bien, envió a Pedro de Vera, un jerezano de armas tomar que ganó la isla en sólo dos años. El 29 de abril de 1483 los últimos indígenas —600 hombres y 1.500 mujeres y niños— se rindieron al conquistador. Otros, como el guerrero Bentejuí y el faycán de Telde, no pudieron sobrellevar la derrota y se despeñaron por un barranco según mandaba la tradición local.

Al llegar la noticia a Castilla, la reina católica, visiblemente emocionada, dio orden de que […] “aquesta, mi ínsula de Canaria, sea llamada Grande». Ésta es la razón por la que Gran Canaria es grande sin ser, geográficamente, la más grande del archipiélago.

Ya sólo quedaban dos islas, Achinet (Tenerife) y Benahuare (La Palma), las más correosas y antipáticas, las que más vidas y disgustos habían costado a Castilla.

Alonso Fernández de Lugo, uno de los mejores generales de Pedro de Vera, se encaprichó con las islas y pidió permiso a Isabel para conquistar lo que quedaba. La Reina aceptó gustosa el ofrecimiento, otorgándole los títulos de Adelantado y Capitán General de las Costas de África. Fernández de Lugo era uno de esos hombres que son todo mala leche y ambición, no muy diferente de Cortés, Pizarro o cualquiera de los españoles que, una generación más tarde, cambiaron la cara a un continente entero.

Como sabía que los indígenas de Tenerife, los guanches, eran muchos y duros como piedras, su plan consistió en apoderarse primero de La Palma y, desde allí, preparar con más calma la invasión de Tenerife.

El 29 de septiembre de 1492 desembarcó en Tazacorte (La Palma) y firmó un acuerdo con los palmeros que le eran favorables. Los que no lo eran tanto se echaron al monte con el hacha al hombro. Aprovechándose de la endemoniada orografía de la isla, se acantonaron en la Caldera de Taburiente, donde no había manera de echarles el guante.

Fernández de Lugo, que no era ni tonto ni suicida, antes de jugarse el tipo batiéndose el cobre en los bosques de La Palma, se avino a negociar. Invitó al jefe rebelde, Tanausú, a firmar una ventajosa paz en los Llanos de Aridane [1]. Entonces le engañó, y cuando el confiado benahorita descendía de las alturas de la Caldera, mandó que le apresasen. Fue enviado a Castilla para que no la volviese a armar y, de camino [2], se dejó morir de hambre.

El camino a Tenerife quedaba expedito, o, al menos, eso es lo que creía el Adelantado Fernández de Lugo. En abril de 1494 desembarcó en Santa Cruz con una impresionante tropa de 2.000 infantes y 200 jinetes. Nunca antes se había visto nada igual en la conquista de las islas que, hasta el momento, había sido algo más de andar por casa.

Los guanches rebeldes, que eran todos los del norte de la isla, capitaneados por Bencomo, el mencey de Taoro, vieron venir a la tropa castellana y la emboscaron en el barranco de Acentejo. Los castellanos fueron sorprendidos en un lugar donde su caballería tenía poco o nada que hacer. Fue una carnicería. Fernández de Lugo, malherido por la lluvia de piedras que les había caído encima, salió por piernas y abandonó la isla.

De la matanza de Acentejo el capitán castellano había sacado dos lecciones: que los guanches no iban a negociar jamás, y que, si quería vencerles, tenía que llevárselos a terreno llano, donde los caballos y las armas de fuego harían todo el trabajo.

Lamidas las heridas y con nueva tropa, de Lugo desembarcó en Tenerife al año siguiente con 1.200 hombres, caballería y artillería. Esta vez llevó a sus tropas hasta los llanos de Agüere donde Bencomo, en un error fatal, salió a recibir a los castellanos a pecho descubierto con su hacha de piedra como único armamento. La derrota guanche fue total. Hasta el propio mencey se dejó la vida en el campo de batalla.

Pero los guanches que quedaban con vida no se dieron por vencidos. Hambrientos, vagando sin rumbo por las montañas de la Isla y abatidos por los infinitos recursos que poseían los castellanos, presentaron batalla por última vez cerca del barranco de Acentejo, el mismo que tanta fortuna les había traído en el pasado. Pero esta vez de Lugo no se dejó sorprender. Colocó la caballería a los flancos y, antes de que los guanches cargasen, les soltó una letal andanada de pólvora. Era el día de Navidad de 1495 y la Edad de Piedra daba su último jadeo en la isla de Achinet. Bentor, hijo de Bencomo, ante lo inevitable de la derrota se dirigió a la ladera de Tigaiga y desde allí se despeñó.

Meses después, Benitomo, el último mencey de Taoro, aceptó la rendición incondicional en la Paz de Los Realejos.

Para entonces, la población indígena era ya víctima de un enemigo tan mortal como invisible: la modorra, que es como los invasores bautizaron al tifus que se habían traído de la península, y al que ellos eran inmunes desde niños. La biología terminó de conquistar las Canarias y fue tanto o más poderosa que los arcabuces de los capitanes españoles. Los guanches y su cultura neolítica desaparecieron de la Historia. Fueron víctimas de su aislamiento y atraso. Duele decirlo, pero poseen el dudoso honor de ser el primer pueblo aniquilado por el expansionismo europeo. No veo necesario remarcar que no sería el último.

Las islas, por su parte, fueron españolizadas y convertidas en una parte más de Castilla, la más meridional y exótica. Durante siglos, sus puertos acogieron a todas las flotas que se dirigían a América, incluida la de Colón, que se detuvo en La Gomera. Luego vendrían la caña de azúcar y el ron, el asedio en el que Nelson perdió el brazo, y las haciendas plataneras, los braceros que ponían rumbo a América y los turistas alemanes sedientos de sol, el vino de malvasía y las papas arrugadas, Galdós y Los Sabandeños.

Las islas Canarias son, por méritos propios, el pedazo de España más peculiar y genuino. Imperturbable en la soledad del océan

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NotasCMP.
[1] Fue en la Fuente del Pino, a la salida de La Cumbrecita, en el municipio de El Paso.
[2] Tanausú comió mientras pudo ver desde el barco las costas de su isla. Cuando dejó de verlas, se negó a comer y murió.

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Cortesía de Ana María Padrón

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Guillermo Pedro José Van-der-Heede del Hoyo

Nuestro compatriota Guillermo Pedro José Canuto Rafael Juan Francisco de Paula Van-der-Heede del Hoyo Solorzano Yansen y Dujardin, jefe y mayor de las Casas de Van-Der Heed, Yansen y Dujardin, de la más ilustre familia de los Países Bajos, fue cuarto patrón de la capilla de San Francisco de Paula, y décimo de la de San Jorge en la catedral de Brujas, etc.

Casó en Guatemala con Doña Josefa Cayetana de Mesa y Mesa, jefe, cabeza y pariente mayor de la ilustre Casa de Mesa, de Canarias, de la que son ramas segundas los marqueses de Casa-hermosa y de Torre-hermosa.

En Guatemala hay muchas familias que llevan este noble apellido canario, y gozan de gran prestigio en los altos destinos de la república, al igual que en España.

[*Otros}– Vinos de La Palma (Canarias)

HISTORIA

Hacia 1505 se plantaron las primeras cepas en la isla de La Palma, traídas a manos de los conquistadores. Su cultivo solía llevar aparejado el de frutales y el de hortalizas.

La importación de vinos y de frutas era práctica corriente en los primeros momentos de la colonización, y fue dejando paso a la exportación desde la primera decena del siglo XVI. La variada procedencia de los conquistadores y de los posteriores colonizadores ha dado lugar a una riqueza varietal inigualable en cualquier otra zona vitivinícola del planeta.

Desde principios del siglo XVI, la calidad del vino se impuso de tal forma en los palacios de las principales cortes europeas que nunca faltaba el Malvasía “que alegra los sentidos y perfuma la sangre», según palabras del propio Shakespeare, Goldoni, R. Stevenson, Walter Scott y Lord Byron alabaron nuestros vinos. Esa justa fama y la privilegiada situación geográfica de la Isla, escala obligada de las principales rutas comerciales de aquellos tiempos, originaron un floreciente comercio de vinos que convirtieron al cultivo de la vid y la exportación de sus vinos en la principal fuente de riqueza del Archipiélago.

En 1848 la decadencia de los vinos Canarios fue enorme y, con el ataque del oidio y del mildiu, sufrió este cultivo un grave descalabro.

El cultivo de la viña en La Palma registró en el siglo XX un crecimiento continuado hasta los años cincuenta, cuando se empezó, en las zonas costeras de la isla, a sorribar terrenos de viña poco productivos para dedicarlos a un cultivo mucho más rentable como es el de la platanera.

Es a partir de la creación de la Denominación de Origen “LA PALMA», en 1994, cuando el sector vitivinícola insular sufrió una importante transformación; vides que hasta el momento se encontraban abandonadas comenzaron a recuperarse, se plantaron nuevas parcelas, el vino comenzó a conocerse dentro de la isla y a venderse a buen precio. Tanto es así, que empezaron a surgir nuevas bodegas embotelladoras.

Viñas

Suelo y clima son dos factores fundamentales que condicionan el desarrollo vegetal.

Por la topografía quebrada de la Isla, los viñedos se encuentran en laderas de pendientes pronunciadas, en las cuales se han construido bancales de superficie escasa, mediante obras, cuando menos espectaculares, de paredes de piedra seca.

La vid se encuentra ocupando una franja de anchura variable, que rodea la isla casi de forma continua, entre cotas de 200 a 1.400 m. de altitud, totalizando una superficie de 1.600 Ha.

Históricamente se han aprovechado los suelos más pobres y marginales para el cultivo de la vid, reservándose las mejores tierras para cultivos de primera necesidad, como cereales, papas, etc. Es por ello que el agricultor palmero, con un esfuerzo sin precedentes, ha sabido convertir sus escorias volcánicas en feraces tierras productivas. Prácticamente la totalidad de nuestro viñedo está plantado sin injertar, por estar La Palma libre del ataque de la Filoxera, en pie bajo y sin marco de plantación. Se podría decir que en un 92% las cepas tienen edades superiores a los 40 años.

Dada la topografía tan accidentada en la que se asienta la mayoría del viñedo, la disposición de las superficies de cultivo es irregular, caracterizándose por pequeñas plantaciones minifundistas de baja densidad de plantación. Los viñedos para la producción de vinos protegidos están ubicados en terrenos naturales o acondicionados, como los que tradicionalmente se dedican al cultivo de la vid en las distintas subzonas que integran la zona de producción que comprende la Denominación de Origen “La Palma».

Vinos

En la subzona Hoyo de Mazo, los vinos más típicos son los tintos, los blancos, y otros de varietales de características muy interesantes.

En la subzona Fuencaliente, los vinos elaborados son en su mayor parte blancos, secos, dulces, varietales o de mezcla, elaborándose también tintos. El Malvasía dulce, por sus especiales características, merece mención aparte.

En el norte, los más peculiares son los “vinos de tea», llamados así por su sabor a resina, que adquieren tras una fermentación en barrica de madera de tea, extraída del pino canario. Se trata pues, de unos vinos cargados de personalidad y constituyen una curiosidad enológica que no debe perderse.

Vinos blancos (Brillantes)

Elaborados con uvas procedentes de las variedades Listán Blanco, Bujariego, Albillo, etc. Aromáticos, muy agradables, frescos y ligeros, y de gran delicadeza. De color amarillo paja con tonalidades verdosas oro joven, limpio y brillante con lágrima persistente, aromas frutales con toques especiados, densos, carnosos con extracto, plenos y elegantes en boca.

Vinos rosados (Alegres)

Elaborados a partir de variedades Negramol, entre otras. De tonos rosa salmón, con tonalidades violetas con capa media baja, limpios y brillantes, y de delicados aromas, frescos con un tenue gusto almendrado. Son vinos alegres, ligeros y agradables.

Vinos tintos (Personales)

Elaborados a partir de variedades Negramol, Almuñeco, y Listán Prieto, entre otras, y siguiendo un proceso de maceración, presentan las siguientes características organolépticas: de color rojo rubí con tonalidades violetas con capa media alta, limpio y brillante, aromas de intensidad media alta con matíces herbáceos, en boca resultan densos, con buena estructura, carnosos y con prolongados postgusto.

Vinos de tea (Artesanales)

Elaborados con uvas Negramol, Listán Prieto y Albillo. Envejecidos en barricas de tea (pino canario) lo que les confiere un intenso aroma, y sabor típico a resina. Son vinos de suave capa rojo cereza con tonalidades teja, con aromas frutales y herbáceos integrados en un fondo resinoso. Por sus características recuerdan a los vinos griegos “Retzinas».

Vinos dulces naturales (Incomparables)

Elaborados con variedades como Sabro, Gual, Verdello, y destacando sobremanera la Malvasía. Son vinos elaborados de forma natural, de color oro joven con tonalidades ambarinas, limpio y brillante con intensidad media alta, una potencia aromática muy marcada, al gusto tiene una buena estructura con un dulzor equilibrado con acidez fresca y viva, amplio y prolongado. Vino ideal y perfecto para postre.

VARIEDADES

Dentro de la Denominación de Origen “La Palma», actualmente existen unas 966 hectáreas de viña.

La elaboración de vinos protegidos se realiza exclusivamente con uva de las variedades autorizadas por el Consejo Regulador. Dentro de las variedades blancas se autorizan las siguientes: Albillo, Bastardo Blanco, Bermejuela, Bujariego, Burra Blanca, Forastera Blanca, Gual, Listán Blanco, Malvasía, Moscatel Pedro Ximenes, Sabro, Torrontes y Verdello.

Tintas se autorizan el Negramol, el Listán Negro, la Malvasía Rosada, el Moscatel Negro, el Almuñeco y la Tintilla. De estas variedades se consideran principales la Malvasía, el Gual y el Verdello, entre las blancas; y el Negramol entre las tintas.

En cuanto a su producción y superficie de cultivo, entre las variedades blancas cabe destacar el Listán Blanco, seguida del Bujariego, Moscatel, Verdello, Sabro, Albillo y Malvasía.

La variedad Listán Blanca, muy productiva, tiene su procedencia en la variedad andaluza “Palomino” y es la base de los vinos blancos de La Palma. La variedad Bujariego, bastante productiva, se usa para la elaboración de vinos blancos jóvenes, aromáticos y afrutados. Las variedades Moscatel, Verdello, Sabro, Albillo y Malvasía, dan unos excelentes vinos dulces naturales, destacando principalmente, por sus características organolépticas, el Malvasía Dulce. Dentro de las variedades tintas destaca el Negramol por sus característica varietales, y el Almuñeco. La variedad tinta Negramol es de excelente calidad, produciendo buenos vinos autóctonos. Todas ellas cultivadas en sistemas de conducción que, dependiendo de la zona, varían de las formas rastreras hasta los parrales y vasos bajos.

Haciendo un recorrido por comarcas observamos que en la subzona Hoyo de Mazo, las variedades más usuales son Negramol y Listán Blanco, y siguen, a mucha distancia, otras como Malvasía, Sabro, Verdello, Moscatel, etc.. En la subzona Fuencaliente, aparte de la ya reseñada Malvasía, son la Listán Blanco, Bujariego, Gual, Sabro, Negramol, y otras. En la subzona norte, las variedades más usadas en la elaboración de sus vinos son Negramol, Listán Blanco, Albillo y Almuñeco.

COMARCAS

Para hablar de las características vitivinícolas de esta Isla hay que hacer una separación en tres subzonas bien diferenciadas:

Subzona Hoyo de Mazo. Situada al este de la Isla, comprende los municipios de Villa de Mazo, Breña Baja, Breña Alta y Santa Cruz de La Palma. Se caracteriza por la forma rastrera de conducción del viñedo, en terrenos en ladera y acolchados, unos con piedras volcánicas («empedrados») y otros con “picón granado», asombroso sistema que despierta la curiosidad del visitante. Dicha zona se encuentra entre los 200 y 700 metros de altitud. Dentro de esta subzona se ubica la Bodega Carlos Fernández y la S.A.T. Bodegas El Hoyo.

Subzona Fuencaliente. Comprende los municipios de Fuencaliente, Los Llanos de Aridane, El Paso, y Tazacorte. Sus viñedos trepan por las empinadas laderas de materiales volcánicos, casi humeantes aún. El cultivo se conduce de forma rastrera, en terrenos cubiertos de ceniza volcánica (picón), cuyo espesor en algunos lugares supera los dos metros. En las zonas más ventosas se suelen emplear muros de piedra como cortavientos.

En esta comarca es donde aún se encuentran los restos más importantes de los “Malvasías», cuyos orígenes están en la malvasía de Creta, que dieron fama en épocas pretéritas a los vinos canarios. Los viñedos se localizan desde la cota 200 hasta los 1900 metros. En esta subzona se localiza Llanovid, Soc. Coop. Ltda.; Bodegas Carballo, S.l.; Bodegas Tamanca, S.L; y la Bodega Melquiades Camacho Hernández, S.l.

Subzona Norte. Comprende los viñedos situados en el norte de la isla, en los municipios de Puntallana, San Andrés y Sauces, Barlovento, Garafía, Puntagorda y Tijarafe. Se trata de una zona con unos paisajes bellísimos, de vegetación variada y exuberante.

La vid se cultiva en parrales y en forma de vaso bajo, en suelos muy evolucionados y fértiles de tierra vegetal sin capa de arena, abancalados en los lugares de pendientes más pronunciadas mediante taludes o paredes de piedra seca.

El viñedo aparece desde los 100 hasta los 2000 metros. En esta zona se localizan las Bodegas Las Toscas, S.A.T.; Bodegas Onésima Rodríguez; Bodegas Castro y Mogán, S.L.; Bodegas el Níspero, S.L;. y la Cooperativa Virgen del Pino.

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Fuente: Consejo Regulador de vinos de la isla de La Palma.
Cortesía de Fabián Trujillo Plasencia.