[Canarias}> Los primeros pobladores canarios fueron bereberes que llegaron en el siglo I d.C.

01-07-2024

Los primeros pobladores canarios fueron bereberes que llegaron en el siglo I d.C.

Los pueblos bereberes del norte de África llegaron a Canarias en el siglo I después de Cristo, muy poco después de que los romanos descubrieran las islas, pero no como deportados o esclavos, sino en una colonización en toda regla que se expandió a todo el archipiélago en una misma oleada.

¿Quiénes fueron los primeros navegantes en descubrir Canarias en la Antigüedad: los fenicios, los cartagineses, los romanos…? ¿Se asentaron en las islas o sólo estuvieron de paso? ¿Cuándo llegaron los bereberes cuya herencia genética está en el ADN de los antiguos canarios? ¿Arribaron estos por propia iniciativa o a la fuerza?.

Son preguntas sobre las que lleva décadas girando el debate científico sobre la primera población de Canarias y sobre el origen de los pueblos que los navegantes europeos se encontraron en todas sus islas cuando las «redescubrieron» al final de la Edad Media.

Trece investigadores de las universidades de Las Palmas de Gran Canaria, La Laguna y Linköping (Suecia) publican este lunes en ‘PNAS’, la revista la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, una amplia revisión de las dataciones de carbono 14 en las que basa la cronología cómo fue el primer poblamiento de Canarias.

El sesgo de los restos de carbón y las conchas marinas

Sus autores repasan todos los vestigios que soportan esas dataciones para descartar aquéllos que no pueden atribuirse sin duda a la presencia del hombre (por ejemplo, restos de carbón que quizás proceden de un incendio natural) y, sobre todo, para examinarlos de nuevo a la luz de criterios de «higiene cronométrica».

Pues no es lo mismo datar la madera procedente de un árbol que podía tener ya cientos de años cuando el hombre lo usó en una construcción o para encender fuego, que hacerlo con los restos de un ser vivo de vida corta o muy corta, como un grano de cereal o con los restos de una cabra encontrados en un yacimiento arqueológico.

Y algo parecido sucede con las conchas o los restos marinos que con frecuencia se han usado para datar la presencia humana en Canarias: los océanos absorben tanta cantidad de carbono presente desde hace siglos en la atmósfera, que si hoy se datara con C14 una sardina recién pescada, la prueba diría que tiene 400 años, explica a EFE el autor principal del artículo, Jonathan Santana, de la ULPGC.

Eliminando de la ecuación esos sesgos temporales y todo vestigio dudoso, este equipo de la ULPGC y la ULL subraya que queda claro que las Islas Canarias no fueron colonizadas por el hombre en el primer milenio antes de Cristo, como aún defienden algunos autores.

Fue ya en la Era Común y con estos años de llegada según el registro arqueológico: Lanzarote, entre el año 70 y el 240; Tenerife, entre el 155 y el 385; El Hierro, entre el 170 y el 330; La Palma, entre el 245 y el 430; Fuerteventura, entre el 270 y el 525; La Gomera, entre el 275 y el 405; y Gran Canaria, entre el 490 y el 530.

La presencia romana y bereber se solapa en el siglo I

El inicio de esa secuencia se solapa ligeramente con la presencia romana acreditada en el Islote de Lobos, que se extiende desde el siglo I antes de Cristo hasta el I de la Era Común. ¿Llegó Roma a colonizar las islas o sólo explotó puntualmente sus recursos?

«Eso es aún materia de debate. Algunos investigadores argumentan que establecieron un punto de partida de colonización a base de trasladar al archipiélago comunidades bereberes, en especial para explotar sus riquezas naturales costeras.

Una interpretación alternativa de las narrativas clásicas (como la crónica normanda ‘Le Canarien’ del siglo XV) apunta a que los romanos deportaron a Canarias a rebeldes bereberes del Norte de África como forma de castigo», plantean los autores de este trabajo.

Sin embargo, ni los historiadores romanos ni el registro arqueológico aportan prueba de esas dos teorías (y mucho menos aún de una llegada previa fenicia o púnica a Canarias).

Los autores de este trabajo reconocen que no se puede descartar que la expansión de Roma en el siglo I empujara a los pueblos del Noroeste de África a emigrar hacia unas islas que están a 100 kilómetros de distancia del continente, pero, si fue así, subrayan, emprendieron esa empresa por propia iniciativa.

Es decir, no llegaron como exiliados ni esclavos, sino como colonos y en una oleada muy extensa en sus inicios, como prueba el sustrato genético común de los pueblos aborígenes que los castellanos se encontraron 1.300 años después durante la conquista.

Creen que fue así, explica Jonathan Santana, porque, una vez que pisaron Lanzarote —la isla a la que llega casi de forma natural cualquier navegante que provenga del norte, como ocurrió siglos después con los europeos—, no se conformaron con quedarse en ella, sino que «no pararon» hasta asentarse en todas.

Lo hicieron, además, con un plan predefinido, como denota que llevaran semillas de varios tipos de cereal, de legumbres y árboles frutales, como el higo o ganado doméstico, como cabras, ovejas y cerdos que garantizaban su supervivencia en unas islas que, por lo demás, sólo les ofrecían tierra cultivable, agua y pesca.

¿Navegaban?

¿En qué se basa entonces la teoría de la llegada forzada? En la constatación de que, una vez que tomaron todo el archipiélago, se quedaron aislados durante siglos, sin comunicación entre islas hasta el regreso de los navegantes europeos al final de la Edad Media (s. XIV).

Los defensores de la tesis de la deportación o la esclavitud sostienen que probablemente los antiguos canarios no sabían navegar y que, por eso, su llegada a Canarias «necesita» de los romanos.

«En el fondo, toda esa tesis es muy eurocéntrica», responde Jonathan Santana, que se pregunta si acaso los bereberes eran un pueblo asentado en una larga fachada marítima, pero incapaz de desarrollar una tecnología extendida desde antiguo por todo el mundo.

Los firmantes de este artículo lo ven muy improbable: están seguros de que sí navegaban y no les extrañaría que, si supieron de la existencia de las Islas Afortunadas, seguramente por Roma (Plinio el Viejo las cita ya con ese nombre en el s. I), quisieran ir a ellas.

Entonces, ¿por qué dejaron de navegar, por qué se quedaron aislados? Santana reconoce que aún no se sabe a ciencia cierta, pero apunta dos ideas: primero, en la antigüedad, sólo se navegaba cuando era estrictamente necesario, cuando la ganancia esperada compensaba el peligro de perderse o naufragar; segundo, en eso los canarios no fueron únicos: también los aborígenes de Hawái perdieron el contacto con el resto de la Polinesia una vez que asentaron en esas islas.

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[Canarias}> La expresión que utilizan los canarios cuando están enamorados y que en el resto de España no se entiende

30-06-2024

Me temo que el autor de este artículo pecó de pacato al no mencionar que “chocha” es tal vez el más común de los varios nombres que en Canarias se han dado al órgano sexual femenino, y que, por ello, ‘enchocharse’ se aplica al hombre que está drogamorado. Hay muchos que en La Palma llaman ‘La chocha’ al cráter del Tajogaite, pues es lo que parece.

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29-06-2024

La expresión que utilizan los canarios cuando están enamorados y que en el resto de España no se entiende

El español es un idioma rico y diverso, con variaciones regionales que aportan matices únicos a la lengua.

Una de estas joyas lingüísticas se encuentra en las Islas Canarias, donde los habitantes utilizan una expresión particular para describir el estado de estar enamorado: «enchocharse». Esta palabra, que puede resultar extraña o incluso incomprensible para el resto de los hispanohablantes, encapsula una emoción profunda y sincera. A lo largo de este artículo, exploraremos el origen y el uso de esta expresión, así como su significado cultural y emocional en el contexto canario. Además, analizaremos cómo esta palabra refleja la idiosincrasia de las Islas Canarias y su gente.

Origen y significado de «enchocharse»

La expresión «enchocharse» proviene del verbo «chochar», que en el habla canaria se utiliza para describir el acto de encariñarse profundamente con alguien. Este término tiene raíces en el español antiguo, donde «chocho» se utilizaba para referirse a algo blando o tierno. En el contexto canario, «enchocharse» ha evolucionado para describir un estado de enamoramiento intenso, donde la persona se siente completamente cautivada por otra. Es una palabra que va más allá del simple «gustar» o «querer»; implica una conexión emocional profunda y una entrega total. Por ejemplo, un canario podría decir: «Me he enchochado de ella», para expresar que está perdidamente enamorado.

El uso cotidiano y cultural de «enchocharse» en Canarias

En las Islas Canarias, «enchocharse» es una expresión comúnmente utilizada en conversaciones cotidianas para describir el enamoramiento. Esta palabra no sólo se limita a las relaciones románticas, sino que también puede aplicarse a situaciones donde alguien se siente profundamente atraído o fascinado por algo o alguien. Por ejemplo, un niño podría decir que está «enchochado» con su nuevo juguete, o un adulto podría usar la expresión para describir su pasión por un hobby. Esta versatilidad refleja la riqueza cultural y emocional de la palabra, que captura la intensidad de los sentimientos de una manera que otras expresiones no logran. Además, su uso frecuente en la vida diaria de los canarios subraya la importancia de las emociones y las relaciones en su cultura.

La expresión «enchocharse» es un ejemplo fascinante de cómo el lenguaje puede reflejar la cultura y las emociones de una región. En las Islas Canarias, esta palabra encapsula un estado de enamoramiento profundo y sincero, que va más allá de lo que otras palabras pueden expresar. Su uso cotidiano y versátil demuestra la riqueza emocional y cultural de los canarios, y ofrece una ventana única a su forma de ver el mundo. Para aquellos que no están familiarizados con esta expresión, «enchocharse» es una invitación a explorar y apreciar la diversidad lingüística del español, y a reconocer la belleza de las palabras que capturan nuestras emociones más profundas.

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[Canarias}> Léxico canario / Manuel Haro

Léxico canario

Hoy les quisiera explicar
cuál es el significado
de esas palabras tan raras
que usan nuestros ancianos.

Un” belillo” es una piedra
o una persona muy bruta.
Si se lo dice un canario,
más vale que no discuta.

A la pena llaman “magua”,
si borracho, estar “jalao”,
“golifión” es un curioso
y enyugado está “engajao”.

Si vemos algo torcido
solemos decir “cambao”,
y si no nos gusta así
le decimos “empenao”.

“Chiscado” es que tiene miedo,
jorobado aquí es “petudo”,
el bobo es un “tolete”
y “fonil” es un embudo.

Si oye “teneque” o “tolmo”
están hablando de piedras,
y si oye hablar de “gofio”
le oirá ”pelota” o “pella”.

Si el vino se echa a perder
se dice que está “virao”,
y si se mezcla con otro
oirá que está ”mesturao”.

Autobús decimos “guagua”,
el chinchón aquí es “totufo”,
una ”baifa” es la cabrita
y tozudo es “torrontudo”.

A la gente ‘echá pa´lante’
se le dice “palanquín”,
y al que es un poco tonto
lo llamamos “tontolín”.

Si hace frío hace “pelete”,
si hace “viruje” también.
Aquí a una salamandra
la llamamos “perenquén”.

Un “fisco” es poquita cosa,
y la barca una “chalana”.
Altramuz lo llaman “chocho”
y puñetazo es “trompada”.

“Turre” es que salgas pitando,
chapucero un “chaflameja”,
“en el intre” es al momento
y “basenilla” escupidera.

El “guachinche” es una tasca,
se le llama «puncha» al clavo,
la canica es un “boliche”
y “variscazo” dar un palo.

Yo les ruego que perdonen
si esto ha sido un poco largo,
pero es triste que se pierda
nuestro léxico canario.

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[Canarias}> “No te hagas el choni”: el curioso origen canario de esta palabra

29/05/2024

Ricardo Herrera

“No te hagas el choni”: el curioso origen canario de esta palabra

Choni tiene diferentes significados, según la Isla en la que se utilice

“Eres un choni” o “no te hagas el choni”. El español de Canarias es sumamente rico. La Academia Canaria de la Lengua, fundación pública dependiente del Gobierno de Canarias, tiene como principales objetivos el estudio y descripción de la variedad canaria de la lengua española y de la producción literaria desarrollada en las Islas y es allí donde se encargan de mimar esas palabras.

Muchos y muchas conocemos la expresión choni que, curiosamente, poco tiene que ver con la que se usa, por ejemplo, en la Península —donde se refiere, según la RAE, a una “mujer joven que pretende ser elegante e ir a la moda, aunque resulte vulgar—, pero tiene un origen sumamente curioso y mucho más lejano de lo que puede parecer.

El origen de la palabra ‘choni’ y los barcos ingleses

A finales del siglo XIX los muelles canarios se encontraban atestados de barcos ingleses. Aquello era una suerte para las Islas, que disfrutaban de productos llegados desde miles de kilómetros de distancia, tejiendo verdaderas redes económicas.

Johny era uno de los nombres que los canarios escuchaban más comúnmente con la llegada de aquellas naves, el nombre fue derivando a ‘choni’ para referirse a un turista extranjero, especialmente de habla inglesa. Aquello se fue extendiendo hasta aludir a chonerío, cuando se refería a un grupo de turistas de la misma procedencia.

El Diccionario ejemplificado de canarismos de Cristóbal Corrales Zumbado y Dolores Corbella Díaz, también se refirió a ‘choni’ como una persona “boba o tonta”, como en la frase “no seas choni” o “no te hagas el choni”, un significado que ha llegado hasta nuestros días.

En Lanzarote se usa como alguien ingenuo o que no tiene maldad “lo cogieron de choni”, mientras que en Tenerife se refiere a aquella persona que elude pagar e intenta siempre que todos sus planes sean gratis.

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[Canarias}> El ADN sugiere que los canarios descienden de esclavos romanos del negocio de la púrpura

27-05-2024

José María Rodríguez

El ADN sugiere que los canarios descienden de esclavos romanos del negocio de la púrpura

Un estudio del investigador Vicente Cabrera aborda con nuevos datos e ideas la complicada historia del primer poblamiento del archipiélago.

En la Roma en la que sólo los emperadores, los generales, los senadores y la élite podían vestir de púrpura, medio kilo de lana de ese color costaba tanto como lo que ganaba un panadero al cabo de tres años, así que la búsqueda de los moluscos de los que se extraía ese tinte se extendió hasta uno de los confines del mundo conocido: las Fortunatae Insulae.

¿Puede que la púrpura esté detrás de la primera llegada del hombre a Canarias? ¿Hay que buscar la solución al misterioso origen de los antiguos pobladores de las islas en uno de los negocios más prósperos de la Antigüedad? Ésa es una vieja hipótesis, nunca demostrada, que ahora la revista Scientific Reports aborda de frente en un trabajo firmado por Vicente Cabrera, del grupo de Bioquímica, Microbiología y Genética de la Universidad de La Laguna.

Las piezas del rompecabezas sobre la primera población de Canarias están sobre la mesa desde hace tiempo. El problema es cómo hacerlas encajar, si es que encajan: por un lado, la arqueología ha datado ya con seguridad los restos humanos más antiguos de las islas en los primeros siglos de la era común; por otro, el ADN de los antiguos pobladores isleños (y de muchos de los actuales) tiene enormes similitudes con los pueblos bereberes del norte de África.

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Restos óseos hallados en el yacimiento canario. Universidad de La Laguna

Y, en medio, está el yacimiento romano descubierto en el Islote de Lobos, frente a las Grandes Playas del norte de Fuerteventura: todo un taller que fue utilizado durante cerca de cien años (del siglo I a.C. al I d.C.) para procesar pequeños caracoles marinos, conocidos como Stramonita haemastoma, de los que se extraía un tinte cotizadísimo en todo el Mediterráneo durante la Antigüedad: la púrpura de Tiro, o púrpura imperial.

El descubrimiento en 2012 de ese taller, con restos de cerámica procedente de Hispania, supuso la primera confirmación física de la presencia de Roma en Canarias, más allá de las referencias recogidas en textos de historiadores clásicos, como Plinio el Viejo, que en el siglo I relató la expedición enviada en los albores de la era común por el monarca mauritano Juba II a las Islas Afortunadas.

En este trabajo científico, Vicente Cabrera revisa todo lo publicado sobre la herencia genética de los antiguos pobladores de Canarias (guanches, canarios, majos, gomeritas, benahoritas y bimbaches, cada isla con su pueblo), porque el linaje materno (el ADN mitocondrial) permite remontarse siglos en el tiempo, de generación en generación, hasta llegar a conclusiones que, a su juicio, permiten plantear que la vieja hipótesis romana puede ser factible.

Interrogantes abiertos

En su primer paso en este viaje en el tiempo a través del ADN, la revisión de las secuencias genéticas conocidas de los antiguos canarios, este investigador ha constatado que el ADN aborigen canario no está emparentado sólo con los pueblos del norte de África de aquella época (principios de la era común), sino que también conserva la huella de ancestros mediterráneos, sobre todo ibéricos e itálicos.

En esta historia, emergen dos de los detalles más sorprendentes de los primeros pueblos de Canarias, sobre los que no hay todavía una respuesta aceptada de manera general: 1) no sabían navegar, al menos no hay pruebas de que lo hicieran (más bien hay evidencias de más de mil años de incomunicación entre islas); y 2) no utilizaban armas y herramientas de metal, en unos tiempos en los que el hierro y el bronce eran de conocimiento general en el mundo clásico.

¿Si viajaron necesariamente a Canarias en barco, por qué no siguieron navegando después? ¿Llegaron ellos o ‘los trajeron’?. Y en cuanto al metal, es verdad que en las islas no hay minerales para fabricar armas de hierro o bronce, ¿pero por qué no transportaron consigo ningún útil de ese tipo en los primeros años, por qué no aparece en el registro arqueológico una espada, un cuchillo, una hebilla hasta los inicios de la Conquista, ya en los siglos XIV y XV?

Vicente Cabrera subraya que el traslado de todas esas gentes a Canarias no fue improvisado, no fue una huida apresurada, sino algo muy planificado: el registro arqueológico atestigua que llevaron consigo semillas de cereales y frutas (higos) inexistentes hasta entonces en las islas, y también ganado, fundamentalmente cabras. Y sobre la ausencia de armas y útiles metálicos, el investigador deduce que el traslado no fue voluntario, sino forzoso y probablemente ejecutado por alguien que recelaba de ellos y no quería verlos armados. La pregunta es casi inmediata: ¿eran esclavos?

El negocio de la púrpura

La respuesta que da este trabajo mira a Lobos. En Roma, el trabajo en los talleres de púrpura estaba jerarquizado: por un lado estaban las elites propietarias, por otro los artesanos que dominaban la técnica (básicamente procedentes del Mediterráneo) y, en la base de todo, la mano de obra que proporcionaban en abundancia los esclavos.

Este investigador sostiene que Lobos era un taller demasiado pequeño para que sus beneficios costearan el enorme gasto de transportar luego ese tinte a Roma. Por ello, cree que sólo era un taller de muchos otros nunca encontrados, la punta del iceberg de una actividad (la recolección manual de los moluscos) que él cree que pudo extenderse al resto de Canarias, también a las islas más alejadas del continente.

«Los artesanos que extraían el tinte fueron reclutados de otros talleres ya existentes en el Mediterráneo», plantea, «mientras que los esclavos, por razones económicas, podrían haber sido capturados o comprados en lugares cercanos al archipiélago, como el puerto marroquí de Mogador». Es decir, en la actual Esauira, en las Islas Púrpuras, llamadas hoy así… por los talleres de púrpura que albergaron en la Antigüedad, desde los tiempos del mismo Juba II.

¿Descienden los canarios de aquellos esclavos del negocio de la púrpura? A este investigador el ADN le dice que pudo ser así. Y que cuando esa industria dejó de ser rentable, «fueron abandonados a su suerte en las islas» hasta el ‘redescubrimiento’ de Canarias.

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[Canarias}> Así eran los nombres de cada una de las islas de Canarias cuando las habitaban los aborígenes

24-05-2024

Laura Mesonero Ortiz

Así eran los nombres de cada una de las islas de Canarias cuando las habitaban los aborígenes

Los guanches, bimbaches y otras tribus isleñas llamaban a sus tierras de diferentes maneras. Con el tiempo los nombres han ido evolucionando hasta los que conocemos hoy

Los aborígenes canarios eran pueblos de origen bereber que vivieron en las Islas Canarias hasta que fueron conquistados por el Reino de Castilla entre 1402 y 1496. Aunque compartían un origen común, cada isla tenía sus propias leyes y costumbres, lo que a menudo provocaba conflictos entre comunidades.

Se estima que los primeros pobladores llegaron a las islas alrededor del siglo V a.C. Durante casi 2.000 años, los aborígenes vivieron de manera aislada en el archipiélago, desarrollando una cultura única y un modo de vida adaptado a un entorno salvaje y volcánico.

Los aborígenes canarios fueron los únicos nativos de la región de La Macaronesia. La mayoría vivía en cuevas, aunque en Lanzarote y Gran Canaria se han encontrado restos de aldeas. Su economía se basaba en la caza, la ganadería y, en algunos casos, la agricultura. Animales autóctonos como la cabra y la oveja eran esenciales para su subsistencia, ya que proporcionaban queso, mantequilla, carne, pieles para vestimenta y huesos para herramientas.

Los originales nombres de cada isla

Los guanches, bimbaches y otras tribus isleñas llamaban a sus tierras de diversas maneras. Con el tiempo estos nombres han evolucionado hasta los que conocemos y usamos hoy.

  • Tenerife: la isla más grande del Archipiélago conserva un nombre con raíces aborígenes. «Tenerife» proviene del nombre dado por los palmeros, que significa «monte nevado». Anteriormente, los habitantes aborígenes la llamaban «Achinech», aunque también se encuentran variantes como Chinet o Chinec en documentos históricos. La cartografía histórica sugiere otros nombres, siendo «Nivaria» el más popular, derivado de Plinio el Viejo, y también se conocía como la «Isla del Infierno». Los aborígenes de Tenerife son conocidos como guanches.
  • Gran Canaria: este nombre mantiene parte de su denominación original. Según Plinio el Viejo, el primer nombre fue «Canaria» por la gran cantidad de perros grandes en la isla. Después de una fallida conquista franco-normanda, se añadió el adjetivo «Grande». La crónica de esa conquista, «Le Canarien», es la primera en usar el nombre «Gran Canaria». En la lengua aborigen, la isla se llamaba «Tamarán».
  • Fuerteventura: los aborígenes de la isla, compartidos con Lanzarote, se llamaban mahos o majos. De aquí proviene el gentilicio «majoreros» y el antiguo nombre de la isla, «Maxorata». También se conocía como «Erbania». El nombre actual proviene de antiguos navegantes que la llamaban «Gran Afortunada» o «Forte Ventura».
  • Lanzarote: los majos llamaban a su isla «Tite-Roy-Gatra», que significa «Las Coloradas Lomas» debido al color rojizo del paisaje. El nombre «Lanzarote» deriva del marino genovés Lancelotto Malocello, uno de los primeros exploradores de la isla.
  • La Gomera: Ha experimentado pocos cambios desde la época aborigen. Originalmente conocida como «Gomera», se cree que este nombre tiene origen bereber, de los «gmara», y fue castellanizado.
  • La Palma: los habitantes originales la llamaban «Benahoare», que significa «mi tierra». La denominación actual podría deberse a su vegetación, aunque también se sugiere que proviene de «Planaria», nombre dado por Plinio el Viejo.
  • El Hierro: Su nombre actual aparece por primera vez en mapas y documentos del siglo XIV, como «Fero», que se cree es un error de escritura de «Ferro». La crónica «Le Canarien» de 1402 usa variantes como «Fer», «Fair», y «Ferre». Los primeros habitantes, los bimbaches, llamaban a la isla «Eseró».
  • La Graciosa: no tiene un nombre aborigen ya que nunca fue habitada por ellos. Su nombre actual proviene de navegantes del siglo XIV que la describieron como «graciosísima a la vista».

Curiosidades de las Islas Canarias que seguramente no conocías

  • Ocho islas, no siete: en 2018, La Graciosa fue reconocida como la octava isla habitada, sumándose a Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro. Además, el archipiélago incluye islotes como Lobos y otros del archipiélago Chinijo.
  • Aguas canarias: Canarias es la única comunidad autónoma de España que incluye el mar como parte de su territorio, con un perímetro marítimo de 1.200 kilómetros, aumentando su superficie en más de 29.000 km².
  • Cabildos insulares: cada isla habitada (excepto La Graciosa) cuenta con su propio cabildo, una entidad administrativa única en Canarias que coordina servicios municipales y presta servicios públicos supramunicipales.
  • Una comunidad, dos capitales: Canarias tiene dos capitales: Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife. La sede de la Presidencia se alterna entre ambas ciudades por periodos legislativos.
  • Una disputada hora menos: Canarias utiliza el huso horario UTC 00:00, una hora menos que la península, que se encuentra en UTC +01:00. Esta diferencia se estableció en 1940 y ha sido motivo de debate en propuestas recientes para eliminar el cambio de hora en la UE.
  • Un lenguaje propio: el español canario tiene influencias portuguesas, francesas, árabes e inglesas, y usa «ustedes» en lugar de «vosotros», el seseo, y términos propios como «guagua» (autobús) y «queque» (bizcocho). El silbo gomero, un lenguaje silbado de La Gomera, es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
  • Población de Canarias: con 2.127.685 habitantes, es la octava comunidad más poblada de España. Las Palmas de Gran Canaria, con 378.517 habitantes, es la ciudad más grande del archipiélago.
  • Sin aforamientos, ‘tasa rosa’ ni toros: Canarias eliminó los aforamientos para sus diputados y la «tasa rosa» (impuestos en productos de higiene femenina), y prohíbe las corridas de toros desde 1991, aunque permite las peleas de gallos, siendo uno de los pocos lugares en España donde aún son legales.

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[Canarias}> Islas Canarias, el archipiélago africano que hechizó al Imperio romano y que fue clave en la conquista de América

21-05-2024

Rafael Balbás

Islas Canarias, el archipiélago africano que hechizó al Imperio romano y que fue clave en la conquista de América

El historiador Alessandro Vanoli recopila la historia de la Humanidad desde el punto de vista de su relación con mares y océanos.

Según las crónicas medievales, a finales del siglo XIII «dos galeras muy bien armadas» mandadas por Ugolino Vivaldi y su hermano Valdino partieron del puerto de Génova repletas de agua y provisiones para su largo viaje más allá del Mediterráneo y las Columnas de Hércules.

Nunca se supo con certeza cuál era su destino. Desaparecieron pasado el cabo Juby y nunca se supo si avistaron las islas Canarias. Casi un siglo después, en el año 1341, el Atlántico comenzaba a atraer a las coronas ibéricas.

Dos buques tripulados por castellanos, portugueses, catalanes e italianos partieron de Lisboa rumbo al sur, siguiendo una ruta similar a la de las desaparecidas naves genovesas. Volvieron con vida y su periplo fue narrado por la pluma del propio Giovanni Boccaccio, autor de El Decamerón. El literato sabía que no habían descubierto nada nuevo y que el lugar ya había sido explorado por los romanos antes de caer en el olvido sobre el siglo IV d.C.

Pronto llamaron la atención del reino de Castilla, obcecado en hacerse con ellas a cualquier coste. «Resultó ser uno de esos acontecimientos casi fortuitos que cambian la Historia, porque esta posesión puso a Castilla en posición de apoderarse literalmente del resto del Atlántico. No sólo porque las Canarias estaban situadas casi en el centro del océano, sino que también, y sobre todo, porque se encontraban en una posición casi opuesta respecto a los vientos alisios», explica en Historia del mar (Ático de los Libros) Alessandro Vanoli, doctor en Historia Social Europea por la Universidad de Venecia.

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Canarias, el archipiélago africano que hechizó al Imperio romano, fue clave en la conquista de América. Instituto Geográfico Nacional

El Instituto Geográfico Nacional Castilla esgrimió como argumento, sin ninguna base, que Canarias formaba parte de la Hispania visigoda, lo que levantó miradas suspicaces entre los soberanos de Aragón y Portugal que dejaron hacer a su vecino.

Allí, según las crónicas, sólo había «salvajes por sus costumbres y hábitos».

A finales del siglo XV, Cristóbal Colón logró camelarse a los Reyes Católicos y su plan de alcanzar las costas de las Indias navegando hacia el oeste fue aprobado. El resultado es de sobra conocido: tras recoger agua y los últimos suministros en Canarias, el 12 de octubre de 1492 descubrió América y el archipiélago africano se volvió una escala imprescindible en la ruta hacia el Nuevo Mundo.

Las sirenas de Colón

El mar es la medida de todos los imperios. «Quien domina el mar, controla el comercio; quien domina el comercio, gobierna el mundo», afirmó en el siglo XVI el político inglés Walter Raleigh. En la monumental obra de Alessandro Vanoli —que en sus 672 páginas abarca cuatro mil millones de años—, la geología, la historia y las diferentes mitologías y religiones de decenas de pueblos se funden y entremezclan con gran maestría formando una novedosa historia del mar y su relación con la Humanidad.

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‘Cristóbal Colón en su barco’, grabado de los siglos XVI-XVII en el que se representaron seres mitológicos. Museo de Arte de Harvard

En esta conexión milenaria, muchos pueblos en diferentes partes del mundo y momentos históricos cazaron ballenas, morsas, delfines y tiburones entre demás bestias marinas.

Surcaron sus aguas, a veces amables y otras inclementes, para comerciar, pescar y entrar en contacto con pueblos extraños. Lejos del hogar enfrentándose a su inmensidad, muchos marineros afirmaron ver criaturas misteriosas que pasaron a la cultura popular. Tal es el caso del Kraken o las sirenas.

«Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz», ordenaron las sirenas a Ulises en su fatídico regreso a Ítaca tras la destrucción de Troya. Eran mitad mujer y mitad pájaro, hijas de Aqueloo, dios del río e hijo de la ninfa Tetis y el titán Océano.

Aquellos seres mutaron con el tiempo y están presentes en casi todas las culturas. Aparecen en Japón con el nombre de ningyo: seres con torso humano, boca de mono dientes y cola de pez. En China se decía que de sus lágrimas nacían perlas.

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Óleo de 1891 de John William Waterhouse que muestra la escena de Ulises y las sirenas. Galería Nacional de Victoria (Australia).

En la Edad Media adquirieron aspecto de pez y se convirtieron en el símbolo de la lujuria. «Desde siempre, los marineros han jurado haberlas visto. Algunos de ellos fueron bastante famosos, como Cristóbal Colón, que afirmó haber avistado hasta tres sirenas en su segundo viaje, en 1493, mientras estaba en altamar», narra el historiador.

En la Odisea, el primer gran poema sobre el mar según el autor, varias de estas criaturas se suicidaron arrojándose a las profundidades del Mediterráneo al fracasar en su intento de arrastrar a Ulises hacia la muerte.

La tripulación del héroe homérico se tapó los oídos con cera mientras su líder, atado a un mástil, desafío a las criaturas escuchando su canto, el cual quería guardar en su memoria. «Recordar y olvidar: casi parece que el secreto del viaje sea ése. Ulises siempre debe recordar algo para encontrar el camino de vuelta a casa», apunta Vanoli.

Redescubrir las Canarias

Desde el siglo IV d.C. la historia occidental había olvidado el las Canarias hasta que en 1341 los buques lisboetas llegaron a sus costas y avistaron a los guanches. En aquella ocasión, el literato Boccaccio —que narró el periplo— sabía que aquellas islas no eran nuevas ni se había realizado descubrimiento geográfico alguno. El historiador romano Plinio el Viejo ya había hablado de ellas hacía mil años.

Según los fragmentados textos romanos, a principios del siglo I a.C. un gobernante indígena del norte de África llamado Juba desveló al Imperio romano una ruta marítima desconocida.

A cinco meses de navegación desde Gadir (Cádiz), se encontraban las legendarias Islas Afortunadas. Según la mitología clásica allí moraban las almas virtuosas. El poeta Horacio cantó sobre ellas que «la tierra da grano sin labrar y la vid sin podar siempre florece y la rama de olivo brota sin engaño».

Según los relatos del periplo, su belleza les hechizó, pero su estancia allí fue cuando menos extraña. No vieron hombres, pero sí las ruinas de un viejo y pequeño templo de piedra desgastado por el viento y una aldea abandonada. Algunos juraron ver sombras humanas vigilándoles desde los riscos.

«Luego llegaron los perros, atraídos al principio por el fuego del campamento (…). Dicen que el nombre se les ocurrió a los marineros: con todos esos animales, aquella isla sólo podía llamarse Canaria«, cierra el historiador.

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