[*Otros}– El Nazareno. Iglesia de Santo Domingo de Guzmán. S/C de La Palma

14-02-09

José Guillermo Rodríguez Escudero

El V Marqués de Guisla-Ghiselin, don Luis Van de Walle y Llarena (1782-1864), Gobernador Militar de La Palma, encargó en 1840 al famoso imaginero Fernando Estévez del Sacramento una escultura de Jesús “Nazareno” que sustituiría la antigua que se veneraba desde el siglo XVII en el convento dominico de San Miguel de Las Victorias.

Tanto esta magnífica talla como la de la Virgen Dolorosa, llamada “La Magna” (muy próxima a las maneras de su maestro Luján Pérez y cuya esbeltez y elegancia se consideran inusuales), se hallaban concluidas el 14 de enero de 1841, fecha en la que el escultor entregó en La Orotava las dos efigies empaquetadas a don Antonio María de Lugo-Viña. Este caballero fue el encargado de su traslado y custodia hasta Santa Cruz de La Palma.

Se principió a dárseles culto” poco después, el 7 de abril de 1841, en plena Semana Santa, concretamente en un Miércoles Santo. Así consta en las inscripciones que ambas imágenes tienen pintadas en sus espaldas. Desde entonces desfilan esa tarde en la popularmente conocida como procesión del “Punto en La Plaza”.

Posiblemente el encargo de estas dos bellísimas tallas, que presentan las mismas estaturas y medidas, obedece a la intención de escenificar con ellas la ceremonia del encuentro entre Cristo y su Madre. La adquisición de las fabulosas imágenes, pensándose poseerlas de la mejor calidad que las existentes en aquella época, se debió a la iniciativa de la “Hermandad del Nazareno” (que acompañaba prácticamente desde sus orígenes, en 1667, al paso procesional del Cristo y que subsistió hasta mediados del siglo XX), para lo que se decidió la venta de unos atributos de oro que tenía el antiguo Señor, talla (siguen dos fotos de ella) a la que se le da culto actualmente en la iglesia de Bonanza de El Paso (municipio del centro de La Palma).

 

Se le encomendó la misma al Hermano Mayor don Luis Van de Walle quien aprovechó el viaje a Tenerife de cierto paisano para encargarle el pedido. Finalmente éste nunca cumplió el encargo.

Dando pruebas de su generosidad, el propio don Luis, sintiéndose culpable del incidente, informó a la Cofradía que sería el mismo, con su propio dinero, quien sufragaría los gastos de las efigies. Pagó las del Señor y de la Virgen, y su hermano, el presbítero don Esteban Van de Walle y Llarena, el del Apóstol San Juan, obra del artista palmero Manuel Hernández, llamado “El Morenito” (1756-1815). La imagen de este santo también recorre las calles conjuntamente con aquellas dos bonitas tallas y participa en la Procesión del Encuentro.

Desde 1987 acompañan a este paso la “Cofradía titular del Santo Encuentro” —única cofradía mixta de la capital palmera—, que se reviste con túnica blanca y, como rasgo peculiar, capuchón y capa alternando entre el morado y el azul; y desde 1993, la “Cofradía de Cargadores de Cristo Preso y Las Lágrimas de San Pedro”, única en España que es, simultáneamente, masa coral, cofradía de costaleros y banda de cornetas y tambores.

Algunas imágenes fotográficas, como una estereoscópica tomada hacia 1860, recogen la escena tal y como se hacía después del estreno de las nuevas esculturas.

La piadosa ceremonia del “Punto en la Plaza” escenifica el momento del encuentro entre Jesús, con la cruz a cuestas camino del Calvario, y su Madre. San “Juanito el Alcahuete”, como popularmente se conoce a este San Juan Evangelista, sirve de enlace entre ambos.

En el cortejo toman parte las tres imágenes que, para asemejarse en lo posible a las Sagradas Escrituras, se ven obligadas a seguir recorridos diferentes para, sobre las seis de la tarde, “encontrarse” en el citado “Punto”. Su trono es llevado corriendo al encuentro de la Dolorosa, que espera en la Avenida de El Puente, tras haber avistado y saludado con tres reverencias al Nazareno en la Plaza de España, entre gran cantidad de capuchinos, cruces y estandartes que forman ya un pasillo. Por éste desfilarán los tronos de “La Magna” y de San Juan hacia el del Nazareno.

Después de salir de Santo Domingo y de la representación en el Punto en la Plaza de España, en el interior de la Parroquia Matriz de El Salvador, se entonaba el motete O Vos Omnes, pieza anónima probablemente portuguesa, tal y como informaba Fernando Leopold, a pesar que se creía obra del Cura Díaz. Más tarde se interpretaba al aire libre, para imprimir más emotividad al acto del encuentro entre Madre e Hijo en la Plaza. Fue reforzado con los cánticos de la Masa Coral, y tal vez por ello, es el que más ha perdurado.

Su anónimo creador lo pensó para dos voces dialogantes: “¡O Vos omnes qui transitis per viam, atendite et videte si est dolor sicut dolor meus!” (“¡Oh todos vosotros que pasáis por el camino, atended y ved si hay dolor como el dolor mío!”).

Lamentablemente ya no se representa. Toca ya recuperar estas valiosas piezas, unos motetes que tanto dignificaban nuestra Semana Santa y la hacen tan especial, tan auténtica.

Una vez introducidas las efigies en la Parroquia de El Salvador y tras celebrarse una solemne Misa, de nuevo se arranca la procesión cuyo extenso recorrido permite conservar una costumbre que tradicionalmente regía en todas ellas: la visita a los distintos templos de la capital. Muy emotiva es la visita a la iglesia del Hospital de Dolores, donde los enfermos rezan y lloran ante los tronos.

El Capitán y Alguacil Mayor del Santo Oficio de la Inquisición, don Gaspar de Olivares y Maldonado, y su esposa, doña Inés de Brito y Lara, costearon las antiguas imágenes del Miércoles Santo. Recibieron el Patronato del altar de Jesús Nazareno en el Convento de Predicadores. Aparte de esa procesión, se veían también obligados a hacer la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz cada 14 de septiembre y una misa cantada todos los viernes del año.

Según la escritura que pasó ante Blas González Ximénez el 6 de julio de 1666, los patronos se obligaron a pagar anualmente 351 reales, una fanega de trigo y un barril de vino dicho día, señalando 50 reales para la procesión del Miércoles Santo —de la que fueron iniciadores—, 26 reales para la fiesta del Triunfo de la Cruz, y 6 reales por cada una de las misas de los viernes; el convento dominico ponía la cera y el incienso.

También sus herederos costearon la procesión y la memoria de una misa “perpetua y cantada de pasión” en el altar de su Patrón. Había perpetuado también en su testamento la procesión del Miércoles Santo con advertencia de que no saliera a la calle con menos de cincuenta hachas. Dejó el patronato, a falta de herederos si no viviera el hijo póstumo que esperaba, a su sobrino Gaspar Vandeval después de los días de doña Laura de Torres Ayala, hermana del primer Marqués de la Casa Torres, su segunda esposa, viuda en anterior matrimonio de Juan de Mesa. En una pieza de su casa guardaban el palio, el estandarte, el guión, el cordón y las borlas que se usaban en la procesión.

La Cofradía de Jesús Nazareno quedó establecida en 1667 en la iglesia del Convento de Frailes Dominicos. Varios vecinos pidieron su creación ante el Juez Eclesiástico, para lo que se hizo necesario pagar unas contribuciones. Es una de las cofradías que más tiempo ha perdurado. Se rige por unas nuevas instituciones que fueron aprobadas por Real Orden de 27 de junio de 1864. Sus estatutos habían sido aceptados por la Reina Isabel II.

Por tanto, he resuelto espedir este mi real despacho por el cual apruebo los estatutos formados para el regimen y gobierno de la indicada Venerable Hermandad de Nuestro Padre Jesus de Nazareth, en los terminos que van insertos… Yo, la Reina”.

La Imagen del Nazareno, escultura en madera policromada de 164 cm de altura, sale procesionalmente sobre una magnífica base o trono de estilo rococó, en madera dorada y calada con decoración de asimétricas rocallas, la mejor que se encuentra en la isla, rematando su conjunto cuatro preciosos ángeles, vestidos “a la romana” y coronados de flores, de los que dicen, fueron esculpidos por un esclavo negro.

Éstos portan instrumentos de la Pasión, como los clavos, unas escaleras y una bien trenzada corona de espinas, y sujetan las cuerdas que atan la imagen de Cristo subiendo al Calvario. Todo fue donación del rico comerciante palmero don Cristóbal Pérez Volcán (1725-1790) y enviado desde La Habana.

También desfila con una maravillosa túnica bordada en oro sobre terciopelo rojo —la mejor pieza de su género existente en Canarias—, exquisito trabajo de los talleres de bordado gaditanos o sevillanos del siglo XVIII. Fue regalada por el mismo mecenas a la antigua efigie del Nazareno. La actual imagen sigue siendo vestida con esta misma alhaja.

Por la asistencia que con él había tenido en sus enfermedades y achaques, don Francisco Tomás Vandeval gratificó a María de los Santos con una colcha de damasco carmesí de la cual “los aforros los compre yo que el damasco era suyo”. La colocaba delante del trono del Nazareno en al celebración de la octava que se celebraba a cabo en esta iglesia y la donataria quedaba obligaba a cederla para la festividad. (A.P.N. 1715)

El acaudalado isleño había dirigido una carta a don Domingo Van de Walle de Cervellón, fechada en Cádiz el 13 de mayo de 1771 con motivo de su viaje por Europa, donde le dice “Bien que sólo el amor al Señor Nazareno vale su túnica”. También: “pienso si el Señor Nazareno me dá salud el pasar por esa en todo el mes de Mayo próximo y tener el gusto de darle a Vmd un abrazo… Los cristales para el altar del Sor no sé si habrán venido que están encargados … con mi enfermedad no he podido ni salir a la calle… pues el amor del Señor de Nazareno y verle su túnica y ver mi familia y amigos…”.

El insigne palmero dejó en su testamento, fechado en La Habana el 5 de enero de 1790, ante el escribano Nicolás de Frías, la cantidad de 6.000 pesos fuertes de oro para que con sus réditos se pagasen los gastos de las fiestas del Cristo y en resto se invirtiera en el cuidado de la imagen de la que se sentía muy devoto.

Esta imposición fue “manzana de discordia” entre la Hermandad del Nazareno y el Convento de Dominicos. Don José Vandewalle y Cervellón, como patrono de la capilla donde se encontraba la Santa Imagen y como mayordomo de la cofradía, reclamó ante el Obispo don Antonio Tavira que la fiesta principal del Nazareno, a la que estaba obligada la hermandad, se hiciese con el producto de aquella manda, a lo que se negaban los frailes. Éstos pretendían hacer otra en la Octava.

El obispo accedió a lo solicitado por el mayordomo en auto de 17 de agosto de 1794, “reservando el derecho a las partes para que lo dedujesen donde tuvieran por conveniente”. Mucha más polémica arrojó este asunto. Tanto es así que, el resultado de la contienda fue que todo el dinero se perdió sin beneficio para ambas partes, llevándoselo en su totalidad los censatarios.

En aquel curioso testamento, redactado en tres documentos, aparecían los extractos siguientes: “Para los 500 pobres que habian de asistir á su entierro… 100 pesos fuertes; a la Imagen de Jesús Nazareno… 6000 pesos fuertes; al Negro Salvador, en la Habana..200; a Ntra Sora de Las Nieves en esta isla… 1.500, etc”

Lo único que se adquirió con los productos de la manda fue una preciosa corona de oro para el Cristo, los cuatro angelitos mencionados y el trono. A la maravillosa túnica, le fue robado en el año 1801 su valioso broche de perlas, al mismo tiempo que fue sustraída de la iglesia de Santo Domingo una lámpara de plata. Se cree que fue obra del mismo ladrón.

Otra curiosidad de esta procesión es que, la Virgen salía desde antiguo sobre una pobre base, estrenando una nueva el Miércoles Santo de 1937, procedente de París y regalo de doña Dolores Van de Walle y Fierro, VII Marquesa de Guisla-Ghiselin. Ese día fue la primera vez que en la isla se adornó una imagen con flores naturales. Estrenó manto y traje de terciopelo negro de seda el 17 de abril de 1957, donación de la también marquesa doña Mercedes Sotomayor, sustituyendo al antiguo, muy deteriorado ya por el paso del tiempo y del uso. El original fue regalo de doña Dolores Santos de Duque.

El estandarte que acompaña a la procesión es de terciopelo violeta con rico bordado de oro, siendo adquirido por la Hermandad con el importe de la venta de una cajita de plata y una bandeja del mismo material, así como varios donativos. El acuerdo se tomó en noviembre de 1870.

Las antiguas imágenes se encontraban entronizadas en los bajos del magnífico coro de la iglesia, donde también se depositaron las nuevas, pasando más tarde a ser veneradas en el suntuoso y barroco altar mayor. Los Santos Píos I y V, que se hallaban en las dos hornacinas laterales, fueron sustituidos por las imágenes de la Virgen y San Juan.

En la central se ubicó el bello Nazareno que hoy contemplamos. El acabado de su cabello largo que cae sobre sus robustos hombros y bajo una perfecta corona de espinas, así como una bien “aseada y corta barba” y bigote, han tenido elogiosas críticas. Pero lo que, más se destaca, sin lugar a dudas, son sus dulces y grandes ojos rasgados de donde emana una mirada magnética y cautivadora.

Esta capilla mayor fue fundada por el Licenciado don Juan de Santa Cruz y Gómez, Teniente General de La Palma y Gobernador de la de Tenerife. En el retablo estaban sus armas y su retrato.

La fundación de la ermita del Señor de la Caída, hoy inexistente, tuvo que ver con la antigua imagen del Nazareno. Durante su procesión, el 29 de marzo de 1679, una demente llamada María Ruiz le lanzó por encima un vaso de inmundicia, a su paso por la calle Real del Puente del Medio (hoy Pérez de Brito), lo que causó una gran consternación entre los fieles. Estos, con el paso de los años, hicieron la ermita en el mismo sitio del incidente para “perpetuar la memoria de aquel atentado y desagravio”. Fernández García confundió la situación del oratorio, que lo ubicó en lo que hoy es plazoleta Vandale y antaño otro inmueble de la fundadora; en realidad ocupaba el solar de la casa señalada actualmente con el número 12.

Tallada en madera de cedro y de caoba “floja” – utilizada en la peana-, el Nazareno es una escultura vestidera, cuyo candelero, completamente modelado, pone de relieve el interés por el desnudo del escultor orotavense, así como el cuidado y esmero puesto en complacer al comitente. Es una obra de la etapa final del imaginero en la que Estévez alcanzó el punto más alto de su producción. Parece que en lugar de soportar la pesada cruz (por cierto sobre el hombro derecho, al contrario que en los Cristos de Andalucía, que lo suelen hacer sobre el izquierdo), lo que hace es acariciarla sin casi esfuerzo, con sus manos magníficamente talladas.

Así, un miembro de la Real Academia Canaria de Bellas Artes, a propósito de esta imagen, ha dicho que “el escultor consigue materializar toda la serenidad de su temperamento clasicista, huyendo de toda tensión dramática (se diría que más que cargar, abraza la cruz)”.

Está concebido según los cánones griegos ideales, representando a un joven atleta de 33 años, en toda su plenitud y belleza física que interpreta la profecía de la Pasión de Jesús: “Como manso cordero llevado al matadero” (Isaías, 53,7).

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BIBLIOGRAFÍA

  • Archivos de Protocolos Notariales de Santa Cruz de La Palma (A.P.N.) Andrés de Huertas Perdomo, 1715.
  • FERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto-José. «Notas históricas de la Semana Santa en Santa Cruz de La Palma». Diario de Avisos, (30 marzo de 1963).
  • Arte en Canarias – Siglos XV-XIX. Una mirada retrospectiva. Gobierno de Canarias.
  • LORENZO RODRÍGUEZ, Juan B. Noticias para la Historia de La Palma. Tomos I y II, La Laguna- Santa Cruz de La Palma, 1975 – 1997.

  • PÉREZ GARCÍA, Jaime. Casas y Familias de una Ciudad Histórica: la Calle Real de Santa Cruz de La Palma, Excmo. Cabildo de La Palma, Colegio de Arquitectos de Canarias, 1995
  • PÉREZ MORERA, Jesús. Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad, CajaCanarias, 2000
  • Programa de La Semana Santa de 1996. Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma.

[*Otros}–El Cristo de La Portería. Convento de Santo Domingo de Guzmán. S/C de La Palma

29.03.09

José Gregorio Rodríguez Escudero

El Adelantado de Canarias, don Alonso Fernández de Lugo, en la última década del siglo XV levantó en el sitio que hoy ocupa el “Cristo de La Portería”, una pequeña ermita dedicada al Glorioso San Miguel Arcángel, con una dotación de diez doblas perpetuas al año para su sostenimiento.

En 1530 fue cedida aquella antigua ermita a la Orden de Santo Domingo de Guzmán, con la finalidad de su establecimiento en la capital palmera. Se obtuvo así el agua y los terrenos inmediatos a aquel recinto sagrado, donde los Padres Predicadores edificarían su convento y nuevo templo. Éste alcanzó grandes dimensiones aunque mantuvo la advocación del Patrón de la Isla, denominándose “San Miguel de Las Victorias”.

Se trasladó así la imagen del Arcángel desde su primitiva ermita a la nueva iglesia y, en su lugar, se pintó en la pared la imagen de un Crucificado. Así se aprovecharía por los dominicos aquella construcción del siglo XV como entrada principal de sus dependencias conventuales. Por este motivo, a este Cristo se le pasó a denominar desde entonces popular y cariñosamente “de La Portería”.

Sobre el patronato de este oratorio ha habido disparidad de criterios. Algún historiador se lo ha aplicado al antiguo Cabildo de La Palma (hoy Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma), y otros a los descendientes del Adelantado (primero, a través de doña Porcia Magdalena de Lugo, Duquesa de Terranova, a los Príncipes de Asculi, y después a la Casa de los Condes de Tahara y Torralba).

Es una tradición, transmitida entre el pueblo palmero, que la presencia de la pintura de Jesucristo en la pared del fondo de aquella capilla, tuvo el siguiente origen:

Un fraile dominico tenía por costumbre rezar y meditar precisamente en aquel lugar. Un día, el religioso tuvo la visión sobrenatural de Cristo Crucificado en la pared. Extasiado y agradecido por tal honor, quiso perpetuar aquella aparición, a pesar de sus escasas dotes pictóricas. Así surgió el mural.

A partir de entonces, siempre fue visita obligada a este Cristo durante la mañana del Jueves Santo, actualmente del Miércoles Santo. Al ser el “Señor de La Portería” la devoción más antigua de La Palma a Jesús Crucificado, era normal que, durante el año, y más concretamente en aquel día, los fieles lo visitaran para su veneración y así cumplir promesas por alguna gracia recibida. Estas piadosas visitas de los devotos se interrumpieron por quedar la capilla del Cristo inaccesible.

Sin embargo, en la mente de todos quedó impresa aquella ancestral devoción, de tal manera que llegó a ser muy común en muchas casas el tener una fotografía del Cristo milagroso.

Tampoco fue olvidado por doña Luisa Francisca Corral, esposa del alférez Juan Lorenzo Sicilia, al otorgar su testamento ante el escribano don Antonio Vázquez, donde claramente ordena que se dijera misa ante el Cristo de La Portería.

La pintura es de un Cristo, ya muerto, cuya cabeza está desplomada sobre su costado derecho. Las trazas de una muy bien dibujada corona de espinas aún pueden apreciarse con toda nitidez; lo mismo ocurre con la cartela donde se lee la inscripción “INRI”.

Más tarde, otra patricia, doña Francisca Santos Durán, dama destacada por sus obras benéficas, instituyó una fundación piadosa, consistente en cierta cantidad de trigo y centeno para hacer pan, y así distribuirlo de forma anual entre los más necesitados, justo en la Portería del convento. Así consta en su testamento datado el 2 de junio de 1710.

La desamortización de los bienes eclesiásticos, promulgada por el ministro Mendizábal, se materializó en nuestra ciudad a partir de 1821, después de la autorización papal de Pío VII, cuya Bula fue fechada en Roma el 26 de junio de 1818 y el Real Decreto de Su Majestad, dado en Madrid el 5 de agosto del mismo año.

A partir de entonces, se procedió a hacer el inventario de los fabulosos e interminables bienes de la Iglesia en La Palma. Concretamente se sabe, en el del 12 de enero de 1821, que, aparte de la pintura piadosa que nos ocupa, se hallaban otras de la Dolora y de San Juan Evangelista a ambos lados de la primera, enmarcadas dentro del retablo allí existente y pintadas en el mismo mural. También había un frontal de madera con las pinturas de San Luis Beltrán y Santo Tomás, en análoga forma que las anteriores. Sin embargo, sin ser la del Cristo, actualmente ninguna de éstas se conserva.

Entre las descripciones más detalladas del cenobio dominico, está la que escribió Charles Edwardes en sus Excursiones y estudios en las Islas Canarias, cuya primera edición, londinense, vio la luz en 1888:

“[…] se podían contemplar un pequeño y refrescante jardín de palmeras y naranjos, generos y rosas, en cuyo centro se erigía una fuente de mármol. Al otro lado se hallaba el antiguo refectorio del convento, con un deteriorado fresco de Cristo en la cruz en un extremo”.

Para algunos historiadores, entre los que se encuentra el desaparecido Alberto-José Fernández García, la figura tiene cierta similitud con la que aparece bordada en un banderín que perteneció a don Juan de Austria y que se conserva en la Armería Real de Madrid. La forma en la que se pintó el perizoma o paño de pureza, flotando en el aire, constata su antigüedad. Los pintores de los siglos XV y XVI así lo reflejaban en sus obras.

Debajo del Cristo aparece una banda o filacteria donde aparecía escrito en latín el lema de la Orden de los Predicadores “Laudare, Benedicere et praedicare”.

Existió otro mural al dorso de la pared donde está pintado el Señor. Daba a una antigua dependencia conventual pero, debido al desplome del techo de su habitación y de las inclemencias del tiempo, acabó por desaparecer en los años treinta.

El Excmo. Cabildo Insular adquirió el antiguo convento dominico para fabricar el aprobado Instituto de Segunda Enseñanza. En el proyecto de las obras de acondicionamiento figuraba la demolición de la pared del mural, pero los problemas de conciencia de los obreros dieron como resultado un replanteamiento de las mismas.

Por parte de las autoridades se había llegado incluso a disponer una nueva ubicación para el muro con tal de acabar con esa inusual situación y la consiguiente polémica. Finalmente los fieles se negaron a su traslado por el riesgo que aquello suponía para la integridad del milagroso mural. Hubo muchos razonamientos y disputas, controversias y criterios…

En la plaza se comenzó a congregarse un grupo de personas, cuando “el reloj señalaba las primeras horas de la tarde”, muchas de las cuales gritaban: “¡Al Señor no lo tocan, al Señor no lo tocan!”.

Se consideró una advertencia divina el que el maestro de obra, en aquel preciso instante, resbalase del tejado y quedase suspendido, enganchado por su cinto en un hierro. Esto llenó de temor a las autoridades y a los trabajadores, por lo que se respetó al Cristo, y los planos tuvieron que sufrir notables reformas.

Después de una restauración en 1969, que se llevó a cabo sin incidentes, el 26 de mayo de 1973, incomprensiblemente, se levantó una pared semicircular desde el piso hasta el techo, a una distancia de un metro delante del mural. Afortunadamente primó más el sentido común y se demolió, no sin antes haber suscitado nuevas polémicas.

Sin embargo, después de esta triste actuación, se han producido otras que podrían haber resultado más afortunadas. Se cuenta que hubo varios intentos de ocultar la imagen tras capas de pintura, pero ésta surgió nuevamente. También cuando se intentó raspar, sucedió lo mismo: apareció milagrosamente.

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BIBLIOGRAFÍA

HERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto-José: «Notas históricas de La Semana Santa en Santa Cruz de La Palma». Diario de Avisos. 3-IV-1963; Idem: «El Señor de La Portería». Diario de Avisos. 30-VI-1973.

[*Otros}– El “Señor de La Piedra Fría”, Santa Cruz de La Palma

28-03-09 

José Guillermo Rodríguez Escudero

Se trata indudablemente de una magnífica pieza, una de las más antiguas venidas de Indias que existen en el Archipiélago Canario. Actualmente se encuentra entronizada en la Iglesia de San Francisco de Asís, iglesia del Ex Real Convento de la Inmaculada Concepción de la capital de La Palma.

Esta impresionante y sobrecogedora efigie se ciñe al tipo iconográfico gótico del “Cristo de la Humildad y la Paciencia” (modelo pagano–mitológico), siendo el más antiguo exponente de esta advocación en las Islas.

Antigua devoción hospitalaria

Originalmente recibió culto en la ancestral iglesia del Hospital de Dolores de esta ciudad —hoy Teatro Chico—, institución de beneficencia que ya existía en 1512. En 1830 pasó a engrosar el magnífico catálogo de imágenes del convento franciscano, donde recibió la veneración del pueblo, bajo la popular advocación de “La Piedra Fría”, nombre que gozó de gran devoción en Flandes, zona con la que La Palma mantuvo intensas relaciones comerciales. También se le denominaba en los Países Bajos “Señor de la Piedra”.

El profesor Pérez Morera nos informa de que, “desde el mismo momento de la incorporación a Castilla, la isla de La Palma estuvo autorizada por la corona para comerciar libremente con las posesiones americanas”. De 1506 data la más antigua prórroga comercial, la primera conocida del famoso tráfico canario-americano.

 

Santa Cruz de La Palma, como señalaba el luso Fructuoso, que la visitó en el siglo XVI, pasó a ser la principal escala en la ruta hacia las “Yndias de Su Majestad”. Se convertiría en el tercer puerto en importancia del Imperio de Carlos V, tras Amberes y Sevilla. La Isla, “la más comercial del Archipiélago”, y más concretamente su ciudad, tendría a partir de 1558 el honor de tener el primer Juzgado de Indias de Canarias.

Los contactos comerciales y una serie de elementos favorables abrirían la vía para los intercambios artísticos. Así, el mencionado historiador palmero también nos indica que, “desde temprana fecha” llegan desde América a la capital palmera “tejidos, objetos de orfebrería e imaginería religiosa”.

Aproximadamente, en los siglos XV y XVI se extendió por Europa, y luego por América, la representación de Cristo esperando el suplicio. Martínez de la Peña nos indica la fórmula fijada para plasmar su iconografía, salvo pequeñas variantes. “Se representa a Cristo sentado sobre una piedra cuadrangular, desnudo, lleno de heridas, la cabeza inclinada, apoyada en una mano y expresión de profunda tristeza”. Los tratadistas suelen coincidir en que ésta es la escena previa a la crucifixión en el Gólgota. Cristo “hombre” pensativo e inocente, Dios “humanizado” aguarda a que ultimen los preparativos para su cruel ejecución. En su rostro se manifiesta la viva mansedumbre del Todopoderoso.

El Señor en una cárcel, sentado en una piedra, junto a la cruz y acompañado de la Virgen, figura en un misal de Erazus Ciolek, del taller de Cracovia (1513-1518), perteneciente a la Biblioteca Nacional de Varsovia.

Así como en la Península esta devoción tuvo un papel reducido, en Canarias adquirió una popular importancia de primer orden. Fueron muchos los cenobios y ermitas que tuvieron efigies y pinturas de este Cristo “humilde y paciente”. En América fue propagada, según se dice, por la Compañía de Jesús.

La figura doliente, de expresión triste y pensativa, reflejaba el espíritu de reflexión que esa Orden quería fomentar en ese Continente. La mística ignaciana dirigía las meditaciones sobre integridad y el valor del Señor en sus últimos instantes de la Pasión.

En Canarias, no fueron los jesuitas, sino los numerosos franciscanos, dominicos y agustinos, los que, en el comienzo del siglo XVI, se erigieron en verdaderos propagadores de la devoción que nos ocupa. Su gran aceptación popular fue en el siglo XVII, con las suntuosas celebraciones del Jueves Santo. Ya en el siglo XVII, tal devoción sufre algunas transformaciones y recibe el nombre de “Gran Poder de Dios”.

Un caso cercano es la venerada imagen del Cristo en la parroquial de San Andrés, municipio palmero de San Andrés y Sauces. Se trata de una hermosa obra de un taller palmero de principios del siglo XVIII. Pérez Morera nos informa de que consta inventariado por primera vez el 22 de junio de 1718. (Archivo parroquial, Libro de Visitas).

Un ejemplo de la mención de esta nueva advocación lo encontramos en los archivos notariales de 1787: Santiago Matías Rodríguez de León y Nicolasa Andresa Lorenzo de la Rosa testaron mancomunadamente y mandaron ser sepultados en la iglesia del Hospital de Dolores de Santa Cruz de La Palma “donde tenemos sepultura mayor al pie de nuestro altar del Gran Poder de Dios que hicimos y erigimos con nuestro caudal” (Francisco Mariano López de Abreu)

El origen americano de la conmovedora talla, escultura en madera policromada (cuyas medidas son 116 cms. de altura y 158 cms. de perímetro) y de autor desconocido, aparece en un inventario, el más antiguo que se conserva de los bienes de la Casa Hospital, fechado en 1603. Así es presentado: “item un esse homo de plumas de Indias”. Consta en el Archivo Histórico Municipal de la capital palmera, Libro Primero de la Fundación de la Casa Hospital de Dolores. Durante el siglo XVI y parte del XVII, la producción escultórica mejicana, siempre ceñida a temas pasionarios, es la única que tiene representación en el Archipiélago Canario.

Estaba entronizado en el retablo de dicho establecimiento benéfico, junto con la titular del mismo, Ntra. Sra. de La Piedad o de Los Dolores y con un Cristo tallado de tamaño natural, “un Cristo grande de bulto”. Es el llamado “Cristo de La Salud”, una talla hecha con la médula de la caña del maíz, técnica escultórica conocida con el nombre de “titsingueri”, empleada por los indios tarascos del estado de Michoacán desde los primeros tiempos del virreinato. Es de tamaño natural, con la cabeza y extremidades talladas en madera, y presenta modelado renacentista. En la actualidad se venera, a partir del siglo XIX, en la Parroquia de Los Remedios de Los Llanos de Aridane.

Es posible que ambos “Cristos” hayan formado parte del mismo encargo remitido desde América. En el inventario de 1603 también se le nombra: “Primeramente Vn Xpto Grande de bulto questá en el altar mayor de la iglesia del dicho ospital”.

El Hospital fue llamado antiguamente “de la Misericordia”, en virtud de la bula del Papa León X, dada en Roma el 30 de junio de 1514, “a ruego de los catholicos Reyes D. Fernando y Doña Jhoana”. Aquí se ejercía, no sólo la caridad con los pobres de La Palma, sino que también con “los muchos que navegando a las Indias, recalaban en el puerto de nuestra ciudad”.

La iglesia del antiguo Hospital de Dolores, hoy “Teatro Chico”, fue una institución benéfica cuya creación se remonta a los primeros años de la colonización castellana. Así, Pérez Morera, en su trabajo acerca de las esculturas americanas llegadas a la Isla, nos indica que existen datos de 1512. Concretamente en el testamento de Juan Gutiérrez, “sacador de aguas”, otorgado el 2 de agosto de ese año ante Martín de Ibarra, “manda dos mil marevedíes al hospital de la misericordia de esta villa de Santa Cruz”.

Un ejemplo del nivel suntuario y piadoso que alcanzaron las fundaciones religiosas en el siglo XVI lo encontramos precisamente en este centro benéfico. En el mencionado inventario, aparte de las imágenes referidas, nos habla de un impresionante legado artístico, un templo con gran riqueza en sus retablos, esculturas y pinturas, piezas de plata y telas, cálices, patenas, purificadores, lámparas, un órgano, candeleros, manípulos, túnicas, dalmáticas, etc. Es curiosa la mención de una “imagen de la Concepción con su niño Jesus su cuna y ropita….”

Más tarde, en otro inventario de 1648, se relaciona “Yten dos padiguelas, del sancto Christo la una y la otra nueba del ecce homo con sus tornillos”.

La venerada imagen

Por su aspecto sereno, tan propio de la sensibilidad indígena, la policromía en forma de chorros de sangre que resbalan por todo el delicado y frágil cuerpo, los sencillos pliegues de su paño de pureza y el poco estudio anatómico del talle nos remiten a la imaginería mexicana de finales del s. XV o principios del XVI. Esto es, pertenece al primer período de la escultura novohispana, evidente en el carácter goticista de la pieza. Pérez Morera añade que aquella está “dominada aún por las formas arcaizantes y medievalistas, de manera que las figuras aparecen copiadas por los artistas indios de estampas góticas”. El naturalismo del Cristo sufriente es, precisamente, lo que más impacta emocionalmente. Se trata de una técnica propia fruto de la sensibilidad indígena.

La exaltación de la redención del hombre a través de la sangre derramada en la cruz era precisamente el fin del “Sermón del Mandato”, pronunciado en la Parroquia Matriz de El Salvador, momentos antes de que se iniciase la procesión penitencial con el “Cristo de la Piedra Fría”. Como señalaba el que predicó en 1746, en la institución del Sacramento del Altar, Dios, antes de morir en la cruz, por “testamento nuevo nos lega su sangre…”

Tiene la particularidad de ser una escultura abridera, es decir, de poseer una pequeña cavidad o reconditorio en la parte posterior de la piedra que le sirve de asiento, utilizado probablemente para depositar reliquias o reservar, en casos excepcionales, al Santísimo Sacramento. Este “relicario” se cierra con dos puertecitas y está pintado interiormente de azul. Esta costumbre delata su antigüedad, ya que estuvo muy arraigada desde la Edad Media.

La iconografía del Señor de la Humildad y Paciencia, se extendió desde fechas muy tempranas en América, debido en cierta medida a la difusión que alcanzaron los grabados flamencos y alemanes. Influyeron sobremanera los misioneros jesuitas. Sin embargo, en Canarias sus propagadores fueron los dominicos y los franciscanos.

A principios del siglo XIX, nos recuerda Pérez Morera, “un emigrante isleño en Cuba, don Felipe Medina, dispuso en su testamento que su consorte, doña Juana González, remitiese 50 pesos ‘a la devotísima imagen del Gran Poder de Dios (o de la Piedra Fría) que se venera en la casa ospital de nuestra Señora de Dolores’”. En el archivo de la Familia Van de Walle Alvarez se custodia la carta dirigida por el capitán Diego Navarro al Coronel don Gabriel Álvarez, fechada en La Habana el 16 de mayo de 1815 a la que corresponde aquel extracto.

Iconografía asociada a la melancolía

Esta advocación, digna representación alegórica de la Melancolía, aparece vinculada a las instituciones hospitalarias. Según el informe del profesor Martínez de la Peña, la representación de un dios de esta forma, “era el medio más apropiado para ofrecer a los enfermos las virtudes de la resignación y el consuelo ante los ataques inevitables de la enfermedad”.

Así, los enfermos y atribulados se encontraban ante esta imagen de fortaleza y resignación ante los padecimientos y enfermedades, incluso en la aceptación de su propia muerte ante la esperanza de la vida eterna. En la impresionante y a la vez, dulce cara del Cristo, el enfermo se veía a sí mismo reflejado. Encontraba así un gran consuelo.

Esta representación de la Pasión, por tanto, guarda relación con la Medicina, y se ofrecía como un motivo de reflexión sobre los sufrimientos de Jesucristo, para consuelo de enfermos, encarcelados y desdichados de la fortuna, en el sentido de buscar la salvación por la agonía del Señor. En esta visión del “manso cordero llevado al matadero” (Isaías, 53,7), el enfermo encontraba el espejo para sobrellevar los sufrimientos y mortificaciones corporales.

Martínez de la Peña, en su trabajo acerca de la iconografía del “Cristo de la Humildad y la Paciencia”, nos informa de que desde la Edad Media -aunque ya aparecían estatuas funerarias con este aspecto melancólico en el arte griego-, “hay una preferencia por presentar la figuración de la Melancolía mediante un hombre o una mujer, con signos de tristeza en el rostro, la cabeza apoyada enana mano y sentado en el suelo o una piedra”.

La piedra fría y la alquimia

El arte clásico representó al mitológico dios Saturno, el Cronos griego, identificado con el temperamento apesadumbrado y nostálgico, como si fuera un anciano pensativo y melancólico que apoya su cabeza en su mano. Así, de esta forma, la iconografía del “Señor de la Humildad y Paciencia” no es otra que la cristianización del tema de Saturno, de la alquimia y el hermetismo. Para los alquimistas, el proceso de transformación que sufren los metales era un símbolo de la Pasión de Cristo.

La presencia de la roca haría alusión a la “Piedra Filosofal”, esto es, a la “Piedra Fría” del pensamiento hermético. Se le quiere añadir una correspondencia mística; se trata de asociar la Pasión de Cristo a las experiencias físicas, a las “torturas” de los metales antes de su transmutación. “Así como todas las almas llenas de todas las impurezas de la naturaleza humana deben convertirse, también los metales viles deben purificarse por el sufrimiento para su transformación”.

Martínez de la Peña profundiza acerca de esa cuestión. En diversas alegorías de la Melancolía es frecuente encontrar una piedra que suele servir de asiento a la figura principal o colocada muy próxima. Esa también llamada “Piedra de Saturno” es nombrada por Isaac el Holandés en su Obra Vegetal, donde dice que “la piedra de los filósofos debe hacerse por medio de Saturno, y que es la piedra que aquellos no quieren nombrar, cuya denominación ha sido secreta”.

Aquel investigador también cita a Teofrasto Paracelso, en su obra Canon Quinto de Saturno. Allí el autor pone en boca de esta divinidad itálica y romana- identificada con el Crono griego, signo de artistas y asociado a la melancolía- cuando explica su naturaleza, que “la piedra que en mí está fría, es mi agua, por medio de la cual puede coagularse el espíritu de los metales y la esencia del séptimo, del sol y de la luna”. También lo recoge Fulcanelli en su obra.

La procesión

Una certificación de la Alcaldía de la capital palmera del 19 de abril de 1922 daba fe que, don José Acosta Guión (1881-1967), prototipo del masón palmero —de nombre simbólico Teógenes— “en cierta ocasión, gestionó y obtuvo el establecimiento, en esta Ciudad, de la piadosa costumbre, que aún continúa, de celebrarse la procesión de la sagrada efigie de Jesús Preso, conocida por el Señor de la Piedra Fría, siendo dicho señor quien, entonces, sufragó de su peculio particular los gastos que originó dicha procesión”. (De Paz Sánchez)

La procesión del “Ecce Homo de Las Indias”, al que también he oído denominar “El Gran Señor de La Palma”, tiene lugar todos los años a las diez de la noche del Jueves Santo, siendo acompañado por todas las cofradías de San Francisco de Asís: “Las Hermanas de Nuestro Señor de la Piedra Fría” (titular del paso, formada por elegantes damas vestidas con recatados vestidos en riguroso negro con unas magníficas mantillas y peinetas con fabulosos rosarios y cirios encendidos); la de “La Pasión” (cuya primera salida fue el 1 de marzo de 1956, y cuyo hermano mayor fue don Mariano Cabezola Remedios, misma fecha de fundación que la anteriormente citada), la del “Señor de la Caída” (jóvenes cofrades y cargadores agotados porque han desfilado la noche anterior en una de las más largas de la Semana Santa, en la que se incluye el emotivo Encuentro del Cristo con la Verónica en la Cruz del Tercero, etc.); la del “Crucificado y Vera Cruz” (fundada en 1558 con cuarenta y un hermanos, según el libro de la cofradía (1559-1650) y que se custodia en el archivo de la Sociedad La Cosmológica. Estaba compuesta por artesanos, comerciantes y funcionarios públicos), la de “Cargadores de Ntro. Sr. Del Huerto” (dignísimos portadores de todos los pesados tronos de la parroquia) y la de los “Niños y Niñas de Hosanna” (ellas llevan gladiolos blancos).

El Cristo va acompañado por “Ntra. Sra. de La Soledad”, impresionante talla que en los últimos años desfila en un fabuloso y rutilante trono de baldaquino de plata, con manto de terciopelo azul y morado con encajes de oro. La venerada imagen —que antiguamente era llamada “La Virgen del Pueblo” por el cariño y la devoción que inspiraba su imagen en toda la población palmera— desfila al día siguiente acompañando al Calvario, vestida ya de negro riguroso y con otro trono más austero y rodeada por una mandorla dorada.

Tallada en 1733 por el prestigioso artista palmero Domingo Carmona, a esta efigie mariana se la considera ya en los Libros de la Misericordia como “la máxima expresión del ‘Stabat Mater’”. El recordado historiador Fernández García la describía así: “Se logró plasmar el inmenso dolor de una madre. Con sus manos fuertemente contraídas y sus ojos arrasados en lágrimas que miran al cielo implorando consuelo para su Hijo amado”. Esta presencia de la Virgen, vestida de negro, junto al rojo de la sangre que mana de las llagas, podría sugerir, según Martínez de la Peña, “los dos colores simbólicos de la operación alquímica”.

Es una de las procesiones más multitudinarias de la suntuosa, elegante y magnífica Semana Santa de la capital palmera. Hubo una temporada que el Cristo desfilaba solo. Después también lo ha hecho en 1995 y 1996 con la “Virgen de La Luz de la Pasión”, de la Parroquia de San Francisco, obra del escultor palmero don Pedro Miguel Rodríguez Perdomo (imagen de candelero de tamaño natural de estilo barroco y mezcla de gusto canario y sevillano. Actualmente desfila en el Via Crucis procesional en el sábado anterior a la Semana Santa). En 1988 y de forma excepcional, acompañó al Señor la Dolorosa del siglo XVI perteneciente al extraordinario Calvario flamenco del Amparo del Santuario de Ntra. Sra. de Las Nieves.

Suntuosidad y recogimiento, olor a incienso y cera, tambores con la sordina de luto, silencio sepulcral tan sólo roto por el arrastre de las cadenas de los capuchinos, fusión de arte y sentimiento, orgullo y pesar, nostalgia y devoción, encuentros… todos estos ingredientes son los que hacen de la Semana Santa de la capital de La Palma una época mágica. En la fría noche de este “Cristo que espera la crucifixión” estos profundos sentimientos se agudizan aún más.

Esta procesión salía originariamente de la primigenia ermita del Hospital de Dolores, hoy Teatro Chico, a la terminación del sermón del Mandato que tenía lugar en la Parroquia Matriz de El Salvador y luego su recorrido procesional consistía en la visita a aquellos templos capitalinos donde se expusiera al Santísimo en los Monumentos. Los gastos se sufragaban con el importe recaudado de las familias que solicitaban el acompañamiento de la cruz de plata que pertenecía a la “Cofradía del Gran Poder de Dios” en los entierros de sus familiares durante todo el año.

Era costumbre muy arraigada solicitar las cruces para las exequias. Así, en el testamento de Francisco Váez, morador en La Breña, otorgado ante el escribano Domingo Pérez el 16 de junio de 1546, consta que “por estar enfermo del cuerpo… quiere ser sepultado en el monasterio del señor San Francisco de la ciudad y en el día de su enterramiento acompañen su cuerpo las cruces y cera de las cofradías de N.S. de Los Dolores y de San Gil…”

Una cruz de plata había sido donada por el capitán don Andrés Maldonado. Le costó en Sevilla 1650 reales, según consta en el Libro I de la Fundación del Hospital. También se pagaban con las limosnas que del pueblo se obtenía los Martes Santos, en cuyas peticiones acompañaba el Alcalde Mayor y los Mayordomos de la Santa Imagen y del Hospital.

Por título expedido en Las Palmas el 5 de febrero de 1765, el Obispo de Canarias, don Francisco Javier Delgado y Venegas, nombró mayordomo y Camarero Perpetuo del Señor de la Piedra Fría al Capitán y Veedor de la Gente de Guerra de La Palma, don Tomás Álvarez de Urbina y Díaz Pimienta (1713-1779) “por el celo y devoción que le tenía”.

La procesión dejó de desfilar durante una larga temporada, hasta que, en 1919, el Capitán don José Acosta Guión sufragó los gastos de la misma. Así, nuevamente salió en procesión por las empedradas calles de la ciudad de forma irregular hasta 1942. La devoción se reinstauró gracias a la iniciativa de varias devotas damas y ya en 1945 gracias al abogado don Antonio Carrillo y Carballo que, movido “por la impresión y piedad que la imagen le había inspirado”, comenzó con los gastos derivados de las procesiones, que ya salieron sin interrupción hasta nuestros días.

El Cristo está ennegrecido por el paso del tiempo y por el humo de los cirios que lo acompañan durante su largo itinerario procesional. La imagen fue sometida a un proceso de limpieza y restauración en 1988, a cargo de las restauradoras del Cabildo Insular de La Palma, doña Isabel Concepción y doña Isabel Santos.

No aparecen las flores naturales sobre su trono, como ocurre en el resto de los pasos de nuestra ciudad, sino que su único adorno lo constituye un cúmulo de velas dentro de bellos fanales tallados que arden constantemente, proporcionando a la imagen una apariencia sobrecogedora.

Actualmente es impensable que, en una misma procesión, se repita la figura de Cristo o de la Virgen en la Semana Santa capitalina: sólo un “Cristo”, sólo una “Virgen”. Sin embargo, no sería descabellada la idea de hacer alguna vez una “Magna Procesión del Santo Entierro” con la participación de todos los pasos. Sería un espectáculo impresionante, digno de cualquier importante celebración o efeméride histórica, por ejemplo.

La redención de la sangre

La talla del Ecce Homo aparece con la diestra en la mejilla, su espalda surcada por torrentes de sangre y su rostro manifestando una gran mansedumbre y una mirada perdida que estremece al que lo contempla ya que inspira una infinita compasión. Como nos dice Pérez Morera, “el aspecto sereno del Cristo de la Piedra Fría, el impacto emocional que produce su realismo, propio de la sensibilidad indígena, evidente en el chorrear de la sangre; el cuerpo apenas estudiado anatómicamente y el paño de pureza, a base de pliegues simples, parecen remitirnos a la imaginería mexicana del siglo XVI”.

El realismo que emana de la escultura, de tamaño algo menor que el natural, se acentúa con la abundante sangre, un significado simbólico, redentor, como una “fuente de vida y lagar divino”. Se le presenta desnudo, atado con cuerdas, coronado de espinas y con todas sus heridas y llagas abiertas, como sus pequeños ojos asustados. Su espalda aparece surcada por regueros de sangre, fruto de los latigazos. De sus rodillas mana abundante plasma producido por las caídas durante su subida al Gólgota También gotea sangre de su cabeza que se desliza por sus mejillas y frente, ocasionadas por las heridas producidas por una bien trenzada corona de espinas, etc. La efigie está coronada por tres magníficas potencias de plata.

Pérez Morera compara la abundancia de la sangre que mana y desciende libremente por todo el cuerpo con la “redención humana – tributo pagado por Dios para la salvación de los hombres – y con el Sacramento de la Eucaristía, cuya institución se rememora precisamente el Jueves Santo”.

Antiguamente, esta conmovedora e impresionante talla salía durante la tarde del Jueves Santo en la llamada procesión “de la sangre”. Se denominaba así porque los disciplinantes, vestidos con túnicas y capirotes, flagelaban sus cuerpos durante el itinerario, haciendo brotar sangre. También participaban en ella las órdenes religiosas, los clérigos y una multitud de devotos, haciendo los descansos en las diferentes iglesias, intramuros de Santa Cruz, acompañando curiosamente a los dos “Cristos”: el de “La Piedra Fría” y el de “La Salud”.

Sabemos de la antigüedad de esta curiosa manifestación de dolor y penitencia a través de, por ejemplo, un codicilo de Baltasar Pérez fechado el 24 de enero de 1547 ante el escribano público Domingo Pérez: “Manda que además de las misas treintenario contenidas en su testamento, se le digan tres misas de San Amador en Ntra. Sra. de Los Dolores. Dice que es cofrade de la cofradía de Ntra. Sra de Los Dolores y de la cofradía de La Sangre”.

También un flamenco afincado en la isla dejó ante el mismo escribano el 5 de noviembre de 1551 “dos reales de lymosna para la cera de la cofradía de la Sangre”. En este sentido, sabemos también que, en 1558, Inés Gutiérrez, ama de la casa hospital, dejó en su testamento una almohada labrada de grana “que sirva para el Christo los jueues sanctos”. También el clérigo de menores Francisco Fernández de Lería donó “un sitial y dosel de tafetán doble morado para que los Jueves Santos sirviera a la imagen de Nuestro Señor de la Humildad y Paciencia” (A.P.N., 1718).

Posiblemente esta costumbre medieval, tan bestial, desapareció con la disposición de la Real Cédula de Carlos III promulgada en 1777, que determinaba la supresión radical de este tipo de manifestaciones penitenciales.

Dextera Domini

Sin lugar a dudas, de todos los motetes de la Semana de la Pasión en la “Villa del Apurón”, el preferido por todos era el interpretado durante esta antiquísima procesión del Jueves Santo. El Dextera Domini se cantaba bajo un silencio sepulcral. Ese día era el elegido para los cánticos sacros como el Tantunergo, el Bone Pastor, el Pangelingua… pero, este motete, extramuros de la iglesia, era fácil de tararear. Fue obra del insigne y polifacético Beneficiado de El Salvador, don Manuel Díaz. “Dextera Domini fecit virtutem. Dextera Domini exultavit me …” (“La diestra del Señor hizo la virtud. La diestra del Señor me hizo saltar de gozo…”).

Don Luis Cobiella Cuevas, primer Diputado del Común de Canarias, en su artículo sobre los motetes de la Semana Santa de esta capital, escribía que “está construido con palmeras terceras”. Este ilustre hijo de Santa Cruz de La Palma, “dotado de especiales facultades para la música” según palabras de don Jaime Pérez García (cronista oficial de la ciudad), cuenta con una variada producción sacra.

El bello retablo

El antiguo retablo sobredorado con una única urna-hornacina donde está entronizado el “Santo Cristo Americano” es el mismo magnífico altar de estilo churrigueresco donado por don Santiago Matías Rodríguez de León, dando con ello pruebas de su religiosidad y devoción. Obtuvo licencia para fabricarlo en 1756 y acaso sea obra del tallista Marcelo Gómez Rodríguez de Carmona, a quien don Tomás Álvarez de Urbina, como nos informa Pérez Morera, “veedor de la gente de guerra y camarero perpetuo del Señor de la Humildad y la Paciencia desde 1765, había entregado 10 pesos para comprar libros de plata para dicha imagen”.

Entra dentro de la modalidad del barroco tardío español, cuya peculiaridad es su exceso de ornamentación, mezclando elementos propios del barroco con los platerescos y góticos. Como indicó Trujillo, “los estípites son de original y minuciosa decoración y las orlas combinan los acaracolados y temas florales”.

Su retablo gemelo, o más bien, de traza y decoración similar, es el de la “Virgen de la Piedad”, actualmente ubicado en el Hospital de Dolores (segundo colateral del Evangelio). Esta sobrecogedora imagen flamenca mariana desfila procesionalmente al día siguiente de hacerlo el “Señor Preso”, Viernes Santo, a partir de las 1300 PM desde aquel ex cenobio de las clarisas.

Aquel caballero tuvo el privilegio de recibir la licencia del Obispo de Canarias, Fray Valentín de Morán, fechada el 18 de mayo de 1756, concediéndole el Patronato a él y su familia a perpetuidad. Esto conllevaba el derecho a tarima y sepulcro junto al mismo.

La capilla de Montserrat

Después de varias reformas llevadas a cabo dentro del templo de San Francisco, y de varias ubicaciones del retablo, finalmente podemos contemplarlo en la Capilla colateral de la Epístola, puesta bajo la advocación de “Ntra. Sra. de Montserrat”, fundada por el mercader catalán don Gabriel de Socarrás y su mujer, doña Águeda Cervellón en 1565. Fue también conocida como de “Nuestra Señora de los Ángeles” o “de los Socarraces”

Del interior del templo, desde el punto de vista arquitectónico, destaca el arco de ingreso a la actual capilla del “Cristo de la Piedra Fría”, la más antigua del ex cenobio. Pérez Morera nos indica que “a pesar de su decoración a lo romano, la traza del arco, ligeramente apuntado, y la ventana ojival de la pared meridional evidencian la pervivencia el gótico; el arco labrado en piedra, con fina ornamentación de grutescos, no tiene comparación en las Islas”.

El mismo profesor palmero, retomando el estudio de Hernández Perera, nos informa de que “la cubierta cupular casetonada, no tributaria de las lacerías mudéjares, representa la mejor techumbre italianizante del archipiélago”. En su somera descripción de la impresionante capilla, el investigador nos describe que “en el friso se ven escenas de lucha en relieve y sobre la solera figuran bustos de evangelistas y apóstoles, mientras que las pechinas ostentan el escudo de la familia Socarrás. La armadura, dorada y policromada, culmina en el almizate con un medallón circular que muestra en relieve la coronación de la Virgen por la Santísima Trinidad”.

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[*Otros}– Un ‘santuario’ de coral en las Islas Canarias

24/03/2010

Teresa Guerrero

Las aguas de Lanzarote (Islas Canarias) esconden un lugar excepcional a apenas 30 metros de profundidad. Miles de corales centenarios conforman auténticos bosques submarinos que han convertido este paraje natural en una de las joyas biológicas marinas de nuestras costas.

En ningún otro lugar del mundo como en Canarias hay tantos ejemplares de este tipo de coral, bautizado como Gerardia savaglia. Además de Gerardia savaglia, en este idílico lugar del océano hay al menos otros 15 tipos de corales.

El documental ‘El bajo de Las Gerardias’, que este miércoles se presenta en Las Palmas, muestra la belleza de este pequeño escarpe submarino situado al norte de Lanzarote, entre los 27 y los 70 metros de profundidad. La Gerardia es un género de hexacorales o zoantario y sus ejemplares suelen tener formas y tamaños muy diversos.

Además de Gerardia savaglia, en este idílico lugar del océano habitan al menos otros 15 tipos de corales. Sin embargo, para los investigadores, «lo más destacado de este enclave no es tanto el número de especies como la calidad en la formación del conjunto que se presenta ante el observador».

Los creadores del film, producido por Aquawork, explican que los fondos marinos de Canarias están salpicados por infinidad de promontorios rocosos, la mayoría tan hondos que no sabemos nada de ellos. Otros son poco profundos y bien conocidos por los científicos y los buceadores.

Sin embargo, el enclave de las Gerardias «no es muy profundo, y conforma una comunidad biológica muy especial, única en el mundo». De hecho, es por debajo de los 40 metros donde se concentran la mayoría de las especies de corales y donde los bancos de ‘Gerardia savaglia’ son más densos y los ejemplares más longevos.

Equipos de buceo rebreather

La película es el segundo proyecto de la ‘Fundación Canaria Mapfre Guanarteme’ y para filmarla se utilizaron equipos de buceo de circuito cerrado llamados rebreather. Una mezcla especial de gases permitió a los cinco buceadores que participaron en la grabación alcanzar una profundidad de hasta 75 metros. En total llevaron a cabo más de 80 inmersiones y pasaron alrededor de 120 horas en el fondo del mar.

Las primeras inmersiones en este enclave se hicieron a finales de los años noventa. Los buceadores esperaban encontrar coral negro pero se toparon con paredes tapizadas por enormes Gerardias, ofreciendo el aspecto de un arrecife de coral.

En los años siguientes se bajó a la zona en varias ocasiones, pero los equipos de buceo de aire comprimido no permitían descender a la profundidad necesaria para contemplarlo en su totalidad.

Sin embargo, el sistema rebreather permite mayor tiempo de inmersión (más de tres horas) y menor tiempo de descompresión. Además, no suelta burbujas, por lo que son equipos silenciosos que permiten acercarse mejor a los habitantes del océano.

La huella del hombre

La zona fue declarada Reserva Marina en 1995. Sin embargo, todavía son visibles las huellas que dejó la pesca con nasa (en la actualidad está prohibida) durante los años anteriores.

Y es que los corales, aunque son organismos muy longevos, también son muy sensibles a la contaminación y a las agresiones. Los enganches con líneas de pesca o con los cabos puede provocar la muerte de los pólipos así como romper ramas o colonias enteras de corales. Además, está adquiriendo fuerza el buceo de recreo con aire.

Aunque la zona pertenece a un entorno ya protegido, los investigadores reclaman que se reconozca específicamente este enclave para preservarlo de los impactos que sigue sufriendo en la actualidad.

El Mundo

[*Otros}– La ermita de San José de Santa Cruz de La Palma

28-02-09

José Guillermo Rodríguez Escudero

Se desconoce el año de su fundación, pero el codicilo otorgado por el capitán Juan del Valle el 24 de febrero de 1609 ante el escribano Tomás González, indica que el mencionado caballero dejaba veinte doblas “para ayuda de hacer la ermita del Señor San José, que está comenzada, abajo del Convento de Monjas de Señora Santa Águeda de esta ciudad”.

Antes de confirmar aquel hecho, se conocieron varias conjeturas acerca del posible año de su fabricación. Siguiendo, por ejemplo, las crónicas del alcalde constitucional Lorenzo Rodríguez, éste argumenta que la ermita tuvo que haber sido fundada después de 1557, porque es en esa fecha cuando al barrio donde está ubicada la iglesia se le llama “Los Lordelos”, según se aprecia en la fundación de la capellanía que hizo Catalina Hernández de Los Lordelos en aquel año.

 

También se comprueba con la data para la fundación del convento de San Francisco de Asís ante Pedro Belmonte el 22 de noviembre de 1508, donde también se designa como “Barrio de San José”, de ahí el fundamento de su suposición.

En otro codicilo, el carpintero Gaspar Núñez encargó en 1612 a su esposa que, cobrada una herencia en Cabo Verde, se diesen 100 ducados de limosna “para ayuda a la obra que se haze de la ermita de señor San Jusepe”.

No obstante, se sabe con certeza que en el siglo XVII fue reedificada la nave, y a principios del siglo XVIII la capilla mayor, que actualmente ocupa el recinto de la primitiva ermita.

La iglesia fue fundada por la hermandad gremial más antigua de la capital palmera —formada por carpinteros, albañiles y pedreros, según parece—, por bula del Papa Gregorio XIII, dada en Roma en 1584. Los afiliados se regían por sus propias constituciones que reglamentaban el culto a su protector, el socorro mutuo y la fraternidad entre los agremiados y sus familias.

Se nombraba a un mayordomo cada dos años quién era facultado para la administración y la preparación de los cultos al Santo Patrón, tanto su fiesta como su octava, intentando conseguir el mayor lucimiento. Se llegaba incluso a pedir limosnas por la calle para que las festividades mejoraran cada vez más.

 

Esta cofradía decidió erigir un recinto propio para honrar a San José (recinto único en su género en Canarias), prueba de la preponderancia social que alcanzó el gremio.

Estaba antes radicada en la Parroquia Matriz de El Salvador de esta ciudad, por lo que se aprecia en su libro de cuentas de 1642. Fue anterior a la de San Gonzalo, compuesta por los oficiales toneleros, establecida en el Convento de Santo Domingo en 1577; también que la de San Telmo, que reunía a los mareantes desde 1591; y la de San Crispín y San Crispiniano, formada en 1605 por los zapateros, que hacían la fiesta de estos Santos cada 25 de octubre, su onomástica. Al fin llegó a tanta decadencia, que el Lcdo. Juan Pinto de Guisla, siendo Visitador de La Palma, la suprimió en 1688.

Humilde y modesta en sus orígenes, la ermita de San José fue poco a poco siendo mejorada por el excelente trabajo y celo de los cofrades, oficiales carpinteros y albañiles. Así, consta que en 1629 hacía falta cubrir la capilla con madera, para lo cual rápidamente fueron entregadas dos docenas de madera ofrecidas por el pedrero Juan Fernández para “acabar la obra comenzada que está a tanto riesgo de caer”.

También en 1631, el mayordomo Gaspar González declaró en su testamento que se le debían al Capitán Jaques de Brier unos 390 reales del resto de la teja que le había comprado para techar la iglesia, así como otros 16 reales que se le adeudaba al platero Pedro Leonardo de Santa Cruz “por unos ladrillos de España que le di que eran de la dicha hermita”.

 

Después de haber construido la sacristía en 1666 (siendo maestro de albañil Matías Rodríguez), el cañón de la iglesia (quedando la primitiva ermita como capilla mayor, dividida por un arco en presbiterio y antepresbiterio), el coro (por el carpintero Baltasar de los Reyes y el albañil Manuel de Párraga), el magnífico campanario de cantería roja (bajo la mayordomía del cantero Agustín Hdez Socarrás), la pieza de la puerta de la sacristía (labrada en 1660 por el cantero Francisco Sánchez Carmona), y así un largo etcétera, finalmente en 1686 el licenciado Pinto de Guisla, en su visita a la ermita, hace constar: “aunque el edificio es nuevo, según las noticias que hemos hallado, fue primero ermita lo que es hoy capilla y después se acrecentó el cañón de la iglesia haciendo arco que divide la capilla con bastante capacidad…”.

Después de las obras de elevación de las paredes de la capilla mayor, del nuevo arco de cantería en 1701, la techumbre de la capilla en 1703, y alguna que otra más, se terminó de configurar la ermita, tal y como la conocemos hoy en día, erigiéndose como la más amplia de la ciudad. Tuvo un gran esplendor. Lo reflejaban sus retablos e imágenes, sus altares y los objetos de cultos.

Todo este tesoro fue trasladado a la vecina iglesia del ex convento franciscano, en la segunda mitad del siglo XX, quedando como lo hemos conocido hasta el año 2006, cuatro paredes blancas sin resto de su glorioso pasado, convertido en almacén de tronos de esa iglesia y de ropa para Cáritas, así como de salón de reuniones de las cofradías. Un lamentable fin para un templo con mucha historia y que marcó el devenir de fe de muchas familias y de todo un barrio y de una orgullosa ciudad. Afortunadamente, como veremos más tarde, tras ese año se puso nuevamente al culto.

 

El retablo mayor de la ermita, fabricado en 1757 por los hermanos carpinteros, con remate semicircular a la manera lusitana, pasó a la Parroquia de San Francisco.

En sus dos únicas hornacinas se hallaban entronizadas las dos imágenes titulares de ese Real Exconvento: en la central del primer cuerpo, la talla del Santo de Asís, y en la central del segundo, la efigie flamenca de la Inmaculada Concepción.

Los cuadros que decoran este retablo pertenecen a “Santa Ana” y “San Joaquín”, otro de la “Huida de Egipto” y la “Visita de Santa Isabel”.

Un ejemplo del fervor y devoción que la sociedad palmera de entonces demostraba a San José, fue lo que el mencionado Alcalde narraba en sus “Notas”; un hecho que conmocionó a toda la isla, concretamente el 18 de marzo de 1705, víspera actual de la onomástica del Santo: “Se siente un gran terremoto y temblor de tierra que puso en consternación al vecindario, motivo por El cual acordó el Cabildo sacar en prosecion general al Patriarca San José”.

Recordemos otro suceso. Cuando se incendiaron varias casas en el casco urbano de la capital palmera, la Virgen de Las Nieves tuvo que regresar a Santa Cruz de La Palma justo cuando llevaba la mitad de su Subida al Santuario, ante la petición del pueblo asustado. Corría el mes de febrero de 1770. Una vez detenida la imagen de la Patrona ante el pavoroso incendio, “que arruinó en poco más de tres horas catorce casas…”,

el viento cambió de rumbo y se extinguió. El Personero del Común solicitó al Cabildo que se celebrara solemnemente una “acción de gracias” con la imagen de San José el día de su Patrocinio, el 6 de mayo, “por desagravio de haber celebrado acuerdo por no asistir a su fiesta el 19 de marzo, como tenía obligación el Ayuntamiento”. Se hizo la función con asistencia del “Glorioso Señor San José, que le trajo en procesión de su Ermita y quedó dispuesto que Nuestra Señora se restituyese el día siete a su Iglesia”.

 

La bella imagen policromada y dorada del Patrono data del siglo XVII, y su iconografía nos lo muestra joven, de barba y cabellos largos negros de raya en medio, en una escena de la infancia de Jesús y, como es frecuente después del Renacimiento, tiene a su Hijo de la mano, con un largo bastón florido de plata (por influencia de los apócrifos) y unas herramientas de carpintero del mismo material, el cepillo y la sierra, de cuya profesión es el patrón.

Es perceptible una serena y dulce belleza del rostro. Mira de soslayo a su Hijo y sus ropajes dorados y policromados dejan entrever un bien tallado calzado. La capa que cae sobre sus hombros hasta los talones sin tocar el suelo sugiere el movimiento de la imagen, junto con la incipiente inclinación de su torso y el pie izquierdo adelantado.

Jesús aparece con una mirada melancólica, tocando con su mano izquierda la derecha del Santo. Más que agarrarla, la acaricia, y su mirada de ojos claros se pierde en el horizonte, si bien aparentemente es a su Padre a quien contempla.

Sus cabellos son rubios; el atuendo dorado posee unas amplias mangas recogidas en el antebrazo y un gran escote que cae sobre su hombro derecho, mostrando una piel blanca y reluciente.

También Jesús está en movimiento, acompañando a San José en su caminar. Lo sugiere la posición de la mano derecha, extendida, y la caída de su largo atuendo, con pliegues transversales hasta el suelo.

Si uniéramos imaginariamente con una línea la mano derecha del Hijo, con la mano izquierda del Padre, apreciaríamos una muy bien hecha raya oblicua, tal es la precisión y estudio matemático hecho por el artista de este magnífico grupo escultórico.

 

La peana sobre la cual se erigen las dos efigies fue cubierta con planchas de plata repujada a expensas del Juez de Indias, don José Valcárcel de Lugo, que hizo grabar la siguiente inscripción: “Dierala el ssor jues de yndias Dn Joseph Balcarze y Lugo y su muger la Sa Dña María Monteverde y Briel año de 1752”.

Perteneciente a esta ermita, ahora custodiado en el templo franciscano, es el cuadro atribuido al pintor palmero Juan Manuel de Silva titulado “El Patrocinio de San José”, afín a su estilo y a los estereotipos formales (ángeles, rostros, calidades textiles) que tanto caracterizan su producción.

La figura del Santo, que protege bajo su manto a los representantes de la Iglesia y de la Corona Española, presenta el mismo curvo desplome de la imagen grabada. Sin embargo, según el Libro de Cuentas de la ermita —que estuvo durante un tiempo bajo la tutela de la Hermandad del Santísimo de la parroquia de El Salvador— tal vez se trate del lienzo que llegase a principios del siglo XVIII desde México y sea obra de José de Zalcíbar. Un punto éste que habrá que investigar más profundamente.

Actualmente la imagen de San José se encuentra nuevamente entronizada en su ermita, pero en un altar efímero que había sido construido con motivo de las Fiestas de La Cruz, en el Llano homónimo de esta ciudad.

También se encuentran, sobre sendas peanas, las esculturas de candelero de la Virgen de La Rosa, vestida a la manera de la Patrona de La Palma, con un traje donado por doña Ambrosia Kábana de Cáceres; y también Nuestra Señora de La Estrella del Mar. Ambas contaban con sus propios altares.

 

Se conserva el de esta última imagen mariana en la iglesia de San Francisco, capilla colateral del Evangelio, con la talla de San Roque, la más antigua de este santo en el Archipiélago. La Virgen de la Estrella del Mar porta un Niño Jesús y una estrella de plata en una mano y fue colocada por don Ambrosio Rodríguez de La Cruz, quien en 1745 “erigió altar en la ermita de San Joseph su esposo, por estar inmediata a mi casa y no ser su menos devoto”. Este caballero, rico navegante, muy devoto de esta Virgen marinera, puso su navío bajo su protección. Donó una campana y dos atriles de carey y mitad del hermoso retablo mayor, rojo y dorado. No contento con estas donaciones, prometió en 1741 al Santo José, unos 100 pesos escudos si el navío del capitán Francisco Amarante, que se hallaba arribado en el puerto de La Guaira, llegaba a “salvamento a España”.

Esta bella ermita, considerando su estado exterior, que no al interior, mientras lamentablemente estuvo cerrada al culto y a la entrada del gran público, hubiera sido un recinto extraordinario que pudiera albergar el tan anhelado “Museo de Arte Sacro” para Santa Cruz de La Palma.

También pudiera colocarse en él el “Museo de la Plata” —por ejemplo—, con expositores que mostraran toda la grandeza de un pasado sin parangón, cuyas riquezas, atesoradas y custodiadas en ermitas dispersas de la isla o de la ciudad, unas mejor cuidadas que otras, unas más destrozadas que otras, darían una buena respuesta a un gran interés social, teniendo en cuenta que no existe otra isla canaria con tales muestras de plata indiana, entre otras muchas cosas.

Cada vez que se ha hecho una exposición de arte sacro, recordemos la Magna Palmensis en las Fiestas Lustrales de 2000, ha sido un gran éxito. Es hora ya de ir subsanando estos errores históricos.

Con motivo de las obras de restauración de las cubiertas de la vecina parroquia de San Francisco de Asís, en mayo de 2006 se han trasladado la mayoría de imágenes y utensilios de culto a la ermita de San José que así ha recuperado parte de la ostentación y belleza que le eran tan familiares. También se habla de volver a colocar el retablo mayor de esa parroquia en el testero de la ermita, de donde nunca debió haber salido.

Sus campanas han vuelto a repicar alegremente anunciando a propios y a extraños las celebraciones intramuros. En octubre de 2006 sonaron en honor a San Francisco, y en diciembre a la Inmaculada, primeras procesiones que tuvieron lugar en el bello e histórico recinto, tras tantos años de olvido y desidia.

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BIBLIOGRAFÍA

  • FERRANDO ROIG, Juan: Iconografía de Los Santos.
  • FRAGA GONZÁLEZ, Carmen: La Arquitectura Mudéjar en Canarias.
  • LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista: Noticias para la Historia de La Palma.
  • PÉREZ MORERA, Jesús: Bernardo Manuel de Silva.

[Col}– La niña de la guerra / Estela Hernández Rodríguez

07-03-2010

Ante la necesidad de encontrar un futuro mejor, la emigración ha obligado a muchos a dejar su terruño, y a otros les ha impuesto la necesidad de huir para preservar a su familia de los horrores de una guerra.

Muchos años han pasado por Isabel, esta mujer que relata su vida; un relato que se convierte en una bella pero triste historia. En la vida de Isabel muy pocas veces existieron momentos de alegría, pero sí la añoranza de sus islas, de su familia.

Quizás si en lo ecónomo le hubiera ido bien a sus padres, y sin un conflicto armado, principal motivo de la separación de los suyos y de las sus islas, nunca le hubiera tocado abandonarlos.

Pero no había otra solución. La emigración era la única forma que tenía su familia para salvar la vida, con la esperanza de volver a reunirse algún día. Por eso viajaron a Cuba, donde les dieron asilo, y desde entonces se asentaron aquí, dieron lo mejor de sí en el trabajo, y rehicieron sus vidas, siguiendo sus costumbres y tradiciones que trasladaron a nuevas generaciones.

Es muy significativo escribir estas historias, y que no se queden dentro de los corazones de estos emigrantes, para que se conozca cómo les fue la vida y cuánto se sufre cuando uno deja su tierra querida. Es por eso que Isabel, que de niña sufrió estas experiencias, ahora, de mujer, las cuenta.

Estela Hernández Rodríguez

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La niña de la guerra

Isabel de la Caridad Cruz Moya es una descendiente canaria a quien llaman Cachita, apodo que le fue puesto por su mamá, de nacionalidad cubana, y por su familia. Y esto por devoción a la Caridad del Cobre, la patrona de Cuba, llamada así por sus pobladores.

Isabel, nativa de Santa Cruz de Tenerife, vino a nuestra isla de Cuba a la edad de cinco años. Los motivos, fueron muy tristes: La Guerra Civil Española. Con lágrimas en los ojos me contó la historia de cómo una familia unida y querida se separó por los horrores de la guerra.

 

Relataba Cachita que con su madre, Josefa de la Caridad Moya Gómez, y sus hermanos, salió del puerto de Santa Cruz de Tenerife el 28 de abril de 1938. Venían como repatriados, y su padre, Manuel Cruz López, tuvo que quedarse en Canarias. Él ya había venido primero a Cuba en 1915, y el 12 de enero del 1920 se había casado con la mamá de Cachita, una cubana, y ambos se fueron a vivir a Canarias con tres hijos nacidos en Cuba: Olivia, Aurora y Manuel, pues en el año 1931 estaban muy mal los tiempos en Cuba. Ya de vuelta a Canarias nació su última hija, Isabel (Cachita).

Manuel, el padre de Cachita, era ciudadano español, y en 1938, en plena Guerra Civil Española, no pudo regresar a Cuba con sus hijos y esposa, pero ellos sí pudieron porque, para poder emigrar, se acogieron a la ciudadanía cubana de su madre. Para ello, en la entrevista que les hicieron sólo tuvieron que demostrar que eran cubanos y decir que querían volver a Cuba.

Ellos —decía Isabel— vivían a una cuadra del puerto de Santa Cruz de Tenerife. y venían a Cuba como repatriados; ésa era la única forma que tenían de salvarse de la angustia del conflicto armado.

Explicaba su mamá que, de no haberlo hecho así, se hubieran llevado a sus hermanos para el frente, pues también una de sus hermanas era enfermera. De Tenerife salieron para Lisboa, y de ahí, en el vapor Iberia, para Cuba. En ese vapor venían muchos repatriados de distintos lugares.

Cuando Isabel contaba sobre su niñez y sobre su abuela, de sus ojos caían lágrimas como cae agua de un manantial, sólo que el manantial lleva al paisaje la frescura de la naturaleza, y las lágrimas de Isabel llevaban el recuerdo inolvidable de una tierra a la que no quería dejar, de su querida abuela Aurora López López, y de su abuelo Felipe Cruz Padilla.

De su abuela me contó que tenía en Tenerife un bodegón, camino de Los Campitos, al final de la Rambla. Por ese bodegón, decía, pasaba todos los caminante y tomaban vino mientras comían rosquillas y pelotos de gofio que, por cierto, hacía Cachita muy bien.

A mi abuela le decían Seña Aurora, y la querían mucho, pues era muy buena y humana”.

Cachita relataba cómo era todo en el negocio de su abuela, pues a pesar de que en aquel entonces era una niña de 5 años, nunca se le olvidó eso: “Era un salón grande, con mesas y taburetes. Todas las mesas tenían jarras de vino”, decía, y entonces, por única vez, se rió, pues recordó que su abuela, Seña Aurora, les daba a tomar, a ella y a su mamá, vino con agua para abrirles el apetito, pues decía que estaban muy delgadas las dos.

De su papá recuerda que tenía en la sala de su propia casa —sita en Tigre, número 2, actualmente calle Villalba Hervás— una tintorería llamada La Americana, y que desde la ventana de su casa se veía el muelle.

Con su padre y sus hermanos salían a pasear a la playa, y cuenta que él los enseñó a todos a nadar. También habló de su hermano, Manuel, y dijo que había sido explorador. Manuel es el único que aún vive. Enfermo y con 81 años, habita a seis cuadras de la casa de Isabel, en Cuba.

Recuerda además la iglesia de San Francisco de Asís, donde la bautizaron, que estaba frente a la plaza del mismo nombre y en la calle Villalba Hervás

El regreso a Cuba lo tramitó la familia cubana, sus abuelos Arturo Moya y Eloísa Gómez. que venían en un auto de la embajada cubana para que evitar problemas, pues la situación de la guerra era muy difícil, muy peligrosa.

Con la guerra, su padre perdió todo en Tenerife —o sea, su tintorería— y se puso a trabajar como carpintero a el asilo de ancianos Los Desamparados, ubicado en el puente Zurita, donde murió.

Decía Isabel: “Lo que supimos de él desde que perdió todo fue por una amiga de mamá que le escribía a ella, y por unas monjitas del asilo que también lo hacían y que contaron lo de su muerte, en el asilo Los Desamparados, el año 1972, a los 80 años de edad y sin ningún familiar a su lado. Dos años después murió mi madre, Josefa de la Caridad. Ella, desde que salió de Tenerife le escribía a mi papá y le enviaba nuestras fotos. Él quería reunirse con nosotros, pero económicamente no podía. Nunca tuvimos noticias de mis otros familiares, de mi tía Olivia Cruz López, de sus hijos Juan y José Ojeda, de otro al que le decían Mayoyo, y de Perucho Ojeda”.

De su visita a Tenerife

Cachita pudo visitar su terruño, lo cual fue emocionante para ella, gracias a un proyecto llamado Los Chicharros, dirigido a emigrantes canarios para que pudieran visitar a sus familiares en esas Islas y en el que intervino un funcionario de Iberia de nombre Ramón Álvarez.

Cuando Isabel llegó a Tenerife y le dijo al grupo organizador de esa visita que ella había vivido de niña allí y que su casa estaba en la calle Tigre número 2, ahora Villalba Hervás, Ramón Álvarez comentó: “¡Mira que el mundo cabe todo en un pañuelo! Es increíble, pero precisamente ahí es donde están las oficinas de Iberia, donde yo trabajo como representante. Cuando por el programa visitemos ese lugar, te voy a dejar sola y me vas a decir dónde está el puerto y la calle donde vivías”. E Isabel estuvo de acuerdo.

Antes, y precisamente el día de su cumpleaños, visitó la iglesia de la Candelaria, por lo que el recibimiento fue más emocionante. Y las atenciones, muchas, como las recibieron por igual todos los que estaban con ella.

La llegada a Tenerife

En Tenerife se bajaron en Plaza España. Eran 26 los de la delegación que viajaba a esa isla. Y dice Isabel. “Cual fue mi sorpresa que ya no era todo igual. La calle era un boulevard, con mesas, sillas, y sombrillas”. Y, efectivamente, ella misma fue comprobando mientras caminaba cómo todo había cambiado, y cómo, en la misma dirección donde una vez estuvo su casa, ahora estaban las oficinas de Iberia y del periódico Ansina. Entonces Ramón Álvarez le dijo: “Aquí trabajo yo, donde mismo viviste tú”.

Contó Isabel que siguió caminando y llegó al parque donde de niña jugaba, y vio una estatua de un guanche con un perro, visión que fue muy fuerte para ella y allí mismo rompió a llorar, pues la estatua le trajo al momento el recuerdo del perro que, de niña, había tenido en Tenerife, al que le decían Rompecalzones porque en su presencia nadie podía molestarla, ya que el perro la cuidaba mucho.

Recordó que al salir ella para embarcar hacia Cuba, a su perro lo habían amarrado, pero tanto forcejeó el pobre animal que se soltó y llegó hasta el puerto, donde al despegar el vapor estaba como loco corriendo de un lado a otro. Él también sentía que se le iba un pedazo de su vida y que desde ese momento ya nada iba a estar igual.

A Isabel le contaron que su padre estaba lejos de ellos, como despidiéndose pero sin enfrentar la situación que para él eran tan triste y dura. Sólo su tío Felipe los despidió. Eso sí que no se le olvida.

Ya en Cuba, la isleña y su familia vivían mal. Su madre lo mismo cocinaba, que lavaba, y cocía sayuelas para unos polacos a 30 centavos la docena. No era fácil acostumbrarse a perder cierta estabilidad económica y verse pasando trabajos.

Pero su padre también estaba muy mal en Canarias, según contaba en sus cartas, mientras pudo escribirlas, que Isabel conserva con amor. Con el tiempo, la vida fue cambiando para ella y los suyos que, niños al llegar, fueron creciendo, estudiaron, y la economía de la familia, aunque no muy holgada, era resistible, hasta que mejoró aquella pobreza en la que vivían.

Hoy Isabel pertenece a la tercera edad, y en la Sociedad Canaria de Cuba se reúne con otros nativos canarios y con descendientes de éstos y se adentran en el conocimiento de las islas y, sobre todo, de su Tenerife, lo cual la colma de esa alegría que en una ocasión le faltó.

Es como si no quisiera escapar un minuto del tema, ya que la vida le otorgó retomar desde lejos el encuentro con sus ancestros, las tradiciones y costumbres que no las ha olvidado. Y así en cada reencuentro intercambian sus conocimientos, sus dudas, sus tristezas, y sus satisfacciones.

Me despedí de Isabel, quien dejaba escapar en su mirada la añoranza de los suyos, de su querida abuela “Seña Aurora”, y de la felicidad que disfrutaron cuando vivieron todos unidos, porque para los emigrantes su pasado siempre estará presente, más cuando el conflicto de una guerra fue el motivo del cambio de su destino y de la separación de su familia.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba.

[*Otros}– Nuestra Señora de La Luz. Ermita de San Telmo (Santa Cruz de La Palma)

24-08-2008

José G. Rodríguez Escudero

Las antiguas fiestas

En la bella iglesia de San Telmo, Patrón de los Mareantes, “templo palmero marinero por excelencia”, desde antiguo se celebraban grandes fiestas en honor a la Virgen de La Luz el día de su onomástica, el 8 de septiembre.

Los festejos de los dos patronos del barrio pujaban en espectacularidad con el resto de las celebradas en la ciudad y en la isla, e incluso entre sí.

La fundación de esta festividad mariana, por cuya asistencia el Beneficiado recibía “cuatro ducados”, se debió a la devoción que doña Ana González de Lima profesaba a la preciosa imagen de la Virgen.

En su testamento, otorgado ante el escribano don Andrés de Chávez el 21 de octubre de 1652, dejó un tributo de 500 reales que poseía sobre los bienes de don Bartolomé Martín, en el municipio norteño de Puntallana. Puntualizaba que “si la imposición fuese redimida, se pusiera sobre bienes seguros”.

La polémica

La costumbre de la fundadora fue continuada por su hijo político, el Capitán y Regidor de la Isla, don José de Arce y Rojas, progenitor del Venerable Padre José de Arce, misionero jesuita mártir llamado el “Apóstol del Paraguay”.

El Regidor cumplió con la tradición hasta 1680, fecha en la que pretendió trasladar la imagen de la Virgen de La Luz hasta la ermita de San Francisco Javier, fundada por él el 26 de febrero de 1674, en la Calle Real del Puerto de esta ciudad, hoy desaparecida.

Tanto la Cofradía de los Mareantes como las autoridades eclesiásticas se opusieron tajantemente a este traslado, por lo que la procesión no se llegó a verificar. Los vecinos del barrio de San Telmo también se habían manifestado en contra de esta decisión unilateral del ilustre caballero.

No contento con el resultado, el Sr. Arce solicitó licencia para celebrar la “Fiesta de la Luz” el mismo día 8 de septiembre, con una imagen de la Virgen que se hallaba entronizada en la ermita de su fundación. Tampoco la Iglesia estuvo conforme, aunque sí le autorizó la celebración de la octava de la fiesta, es decir, el día 15 del mismo mes.

Debido a los obstáculos a los que se enfrentó y a la unánime respuesta del vecindario y eclesiásticos, el Regidor decidió no continuar con su tradicional y heredada devoción. Los Cofrades mareantes de San Telmo determinaron entonces tomar a su cargo la fiesta mariana. Los herederos de doña Ana González de Lima siguieron entregando los réditos de la fundación hasta 1738, dejando de hacerlo durante cierto tiempo.

Más tarde, el 17 de julio de 1750, la dama doña María del Patrocinio Volcán y Medina, devota encargada de la venerada imagen, reclamó el cumplimiento de la fundación. Así fue presentado ante el escribano público don Andrés de Huertas, “pidiendo ejecución contra los bienes de don Luis de Arce y Rojas”.

La mencionada señora falleció en la capital palmera el 1 de diciembre de 1766. Su testamento fue otorgado ante don Miguel de Acosta el 15 de noviembre anterior. Allí consta que poseía varias cantidades de dinero en las “Indias de Su Majestad” y era su deseo de que se invirtieran en “retocar y componer la imagen de la Santísima Virgen de La Luz”.

Las fiestas actuales

Su fiesta de septiembre es un acontecer repleto de entusiasmo, trabajo, colaboración y de tantas manifestaciones por sus calles y rincones, quedándonos atónitos ante el derroche de muchos sacrificios convertidos en auténticos vítores a la Madre de Dios”.

A modo de pregón, el querido vecino del barrio, don Domingo Cabrera, sintetizaba así una de las fiestas más importantes de la ciudad en el programa de las pasadas ediciones.

Cuando otras han decaído, ésta se ha logrado mantener incluso en tiempos difíciles, tanto económicos como devocionales. Aun más, ha ido creciendo en espectacularidad, y cada año surgen nuevos actos. Algo de lo que debieran aprender el resto de los barrios.

Durante estas festividades, el vecindario recuerda a todas aquellas personas —muchas anónimas, pero otras cuyos nombres han perdurado a través de los tiempos— a las que el pueblo hace público homenaje en agradecimiento por engrandecer las fiestas y la devoción a sus patrones: don Gabriel Gómez, doña Josefa (Morita), doña Lola de las Casas Pérez, don Félix Hernández, don Felipe López, don Manuel Pérez Páiz, don Domingo Cabrera —padre e hijo—, don Pedro M. de Las Casas —actual rector del Santuario de Las Nieves—, sus capellanes, mayordomos, cofrades mareantes, devotos vecinos… y, por supuesto, el actual cuidador de la ermita, nuestro admirado amigo Félix Rodríguez González.

Sin ellos, y sin tantos otros personajes, sería imposible llevar adelante una tarea tan ardua y, a veces, tan ingrata. Todo se olvida tras comprobar el exitoso resultado.

En sus fiestas, La Virgen luce sus mejores galas: arropada por un ampuloso manto de brocado en oro de valioso rostrillo, lleva en su mano derecha la larga candela y la rosa, ambas de plata; en la izquierda, el Niño Jesús con gran corona imperial de plata como su Madre; gran cantidad de joyas en el pecho y otras que penden desde las manos del Niño, como collares, rosarios, anillos, etc. Una mandorla barroca y dorada que nimba toda la imagen, y otra con siete estrellas doradas que circunda su cabeza, imprime aun más espectacularidad a la estampa.

Artes suntuarias y joyero de la Virgen

Otra gran devota de esta Virgen, doña Margarita de la Ascensión, legó en su testamento de 16 de enero de 1706 una casa que poseía en el barrio, para así contribuir a su fiesta anual. Siguiendo con los donativos hechos a la imagen, también don Manuel Crisanto Cabezola y Volcán, dejó en testamento “el farolito de cristal engastado en oro y esmaltes, con pendientes perlas” que siempre ha lucido el Niño. Una magnífica bandeja de plata le fue regalada por el Mayordomo don Diego Méndez en 1652.

Una valiosa lámpara de plata fue un obsequio entregado al templo bajo la mayordomía de don Gabriel Hernández y que cuelga del arco toral, con la siguiente inscripción: “Esta lanpara se jiso el año 1664 siendo maiordomo Gabriel Hernándes”. Lo más viejos del lugar la llaman “la lámpara de la Virgen”, como nos recuerda el querido Rector del Santuario de Ntra. Sra. de Las Nieves en su documentadísimo artículo en la prensa local en 1970.

Doña María Nieves Herrera donó un “buen rosario de oro y corales”. Un sagrario de metal dorado barroco, haciendo juego con el magnífico retablo de la ermita, obsequiado por “un grupo de señoritas del barrio, residentes en Venezuela”.

Precisamente un grupo de mujeres, con lo que ganaron en un partido de fútbol entre “casadas y solteras”, compraron en la famosa Casa de Santa Rufina, en Madrid, y regalaron a la Virgen, la magnífica vela de plata que porta en su mano derecha. La rosa del mismo material, hecha por el orfebre don Manuel Hernández Martín, fue donada por doña Pilar Nola Pérez del Amo; un juego de lavabo aparece fechado en 1652… Los vecinos de Timibúcar un rosario de perlas y plata, y una cruz verde de oro, etc.

Y así un largo catálogo de regalos: alfombras, lámparas, alhajas, colgaduras, vasos sagrados, mantos (tiene uno azul, otro verde, otro de brocado en oro: “el bueno”, etc.).

Han sido infinitas las dádivas, valiosas unas, más modestas otras, con las que todas las familias del sector han ofrendado a su patrona. Incluso pequeñas cuotas semanales de todos los vecinos han servido para hacer realidad la hermosa y acogedora ermita que aún hoy tenemos la suerte de contemplar.

Afortunadamente, permanece abierta con regularidad, y sus tesoros pueden ser admirados por propios y extraños. Incluso, durante la mayor parte del tiempo que está cerrada, se puede ver su interior a través de un postigo de cristal colocado en la cancela de la entrada que está bajo la espadaña. Por desgracia, no ocurre lo mismo con otros templos de la ciudad y de la isla.

En los años 70, y también gracias a la generosidad e interés de las gentes del sector de San Telmo, pudo llevarse a cabo la reparación, el embellecimiento y dotación del templo: nuevos bancos, cancel de entrada, acondicionamiento del presbiterio…

Las dos imágenes marianas

El desaparecido historiador palmero Alberto José Fernández García confirmaba —creemos que algo apesadumbrado— que “no hemos podido localizar el lugar donde pudiera localizarse la primitiva imagen de Nuestra Señora de La Luz que en aquel tiempo recibía culto”. En cambio, el profesor Jesús Pérez Morera, nos informa: “Por lo que respecta a la antigua Virgen de La Luz que existía en la ermita desde principios del siglo XVIII, fue cedida en 1873 a la parroquia de Mazo con el fin de celebrar con ella la procesión que la Hermandad del Rosario hacía todos los primeros domingos”.

 

Lo que sí afirma este experto en arte, que fue Alberto José, es que, la que actualmente se venera fue entronizada allí en 1863. Procede de la Parroquia Matriz de El Salvador de esta ciudad, donde recibía culto bajo una diferente advocación: Nuestra Señora del Carmen.

Esta imagen fue esculpida en 1718 por otro prestigioso imaginero de la saga de los Silva, Juan Manuel de Silva Vizcaíno (1687-1751). La efigie se encuentra entronizada en la hornacina central del retablo mayor del testero de la ermita, una obra maestra, “una preciosa joya, dorada y policromada”, cuya decoración se basa en temas platerescos con una técnica intensamente barroca, rematado con una gran venera o concha.

En el antiguo retablo construido antes de 1717, la Virgen se situaba en un nicho lateral mientras que el Crucificado que actualmente se venera en el coro, estaba entronizado en el centro del altar. Al otro lado, en otra hornacina se hallaba San Telmo.

San “Telmito”

Las brillantes fiestas anuales en honor a la Virgen de La Luz absorbieron finalmente las de “San Telmito”, como aún se conoce popularmente al Santo dominico en su barrio.

Tal fue la devoción a la nueva talla, que los vecinos bautizaron a la ermita con el nombre de la Virgen. Tanto es así, que el sello oficial del templo dice: “Ermita de Nuestra Señora de La Luz”. El original fue aprobado por el Obispado de Tenerife y se encuentra clasificado en el Archivo Diocesano Nivariense.

 

Como nota curiosa sobre este tema, y recogiendo la información publicada por el rector don Pedro M. Francisco de Las Casas, diremos que, a principios del siglo XX, un libro-guía impreso en inglés, en Londres, titulado “Brown’s Madeire, Canary Islands and Azores”, en su título “Churches” (iglesias), relacionaba los templos de la capital: “La Virgen de Las Nieves, San Salvador, San Francisco, Santo Domingo, San Francisco Javier, Iglesia (escrita en español) de La Luz…”. (En lugar de San Telmo).

La talla de la virgen

El bello rostro de la imagen presenta un cuidado modelado, “expresándonos esta obra las cualidades artísticas de su autor”. El Niño Jesús, que sostiene en su brazo izquierdo, “carece del cuidado que se puso en la ejecución de la Virgen”.

El imaginero, hijo legítimo del afamado artista don Bernardo Manuel de Silva (1655-1721), quien se autodenominaba “maestro del arte de pintor y escultor”, heredó de su padre también el arte de dorador. Aunque, recogiendo las palabras de Margarita Rodríguez González: “…sin embargo, Juan Manuel de Silva no aparece en la documentación con la asiduidad de su progenitor, posiblemente porque en un principio permaneció a su sombra”.

 

En este sentido, la primera noticia que tenemos de su trabajo —dato recogido por el querido investigador Pérez Morera en su obra “Silva”— ya con independencia del taller paterno, data del 9 de noviembre de 1714 cuando, ya con 27 años, había recibido 40 reales del mayordomo de la Cofradía del Carmen de El Salvador, fundada en 1659. Así, en el Libro de cuentas de esta Hermandad, Sección “Clero”, 2573, consta el pago mencionado “a Juan Manuel de Silva por el trauajo de retocar la ymagen de Nra. Sª. del Carmen”.

Se trata de una imagen de candelero cuyo rostro sigue el modelo flamenco arquetípico en el taller familiar de los Silva. El profesor palmero Jesús Pérez Morera nos lo aclara aun más: “hay que decir, sin embargo, que en aquella ocasión su trabajo se limitó, tal y como consta en las cuentas de la cofradía, a retocar la antigua Virgen, ya que la actual fue donada por don Francisco Ignacio Fierro hacia 1733”.

La esposa de este mayordomo de la Virgen, “que se hizo nueua”, doña Luisa de Silva y Santa Cruz, le había dado de limosna un vestido y joyas de oro”. Así lo confirmó también la profesora Gloria Rodríguez en su obra sobre el suntuoso templo de El Salvador.

Esta imagen de candelero adquiere un aspecto monumental y solemne, y parece inspirada en los ideales clásicos de belleza, sobriedad y reposo. Su posición frontal y cabeza erguida, con rostro de dulce expresión ensimismada, abstraída y serena actitud, cabello partido en raya a la mitad, cejas finas y curvas, boca pequeña y labios finos, amplia frente y barbilla prominente, etc., nos recuerda su gran afinidad con la estatuaria de inspiración flamenca.

Su postura majestuosa y hierática, de ojos semicerrados y mirada perdida, ha cautivado a muchas generaciones de navegantes y a hijos del barrio, que han regresado a su “terruño amado” para cumplir viejas promesas y a rezar ante la “Virgen de La Luz y San Telmito” por los que aquí ya no están y para agradecer su retorno a casa. Por ello, siempre al finalizar los Triduos en su honor durante los festejos anuales, siempre se celebra una emotiva “Santa Misa por los difuntos del Sector”.

Otras obras de Silva

Obra de su gubia también es la imagen de Santa Rita de Casia, “Patrona de las Viudas”, muy semejante a la Virgen de La Luz, que actualmente se venera en la iglesia de Santo Domingo, y que fue donada al extinto convento de Santa Catalina de Siena de esta ciudad en 1730 por el dominico Fray Juan de Guisla y Acuña.

Así mismo esculpió las tallas de la Virgen del Carmen y de San Agustín, de la ermita de Nuestra Señora del Carmen del Barranco de Maldonado, en Santa Cruz de La Palma. En 1742 hizo y doró unas nuevas manos para la imagen de San Pedro en Cátedra de la Parroquia Matriz de la Isla.

Restauración

Precisamente, según Félix Rodríguez, uno de los promotores de la iniciativa de la última restauración de la Virgen, la colaboración de los vecinos ha sido “gratificante” a la hora de recaudar los fondos económicos necesarios para ejecutar los trabajos que ha realizado el experto restaurador del barrio, Domingo Cabrera Benítez.

Esta devoción popular se tradujo en una aportación de 200.000 pesetas, cantidad que se empleó íntegramente en devolver a la escultura su aspecto original, retirándose añadidos, como el pelo, “que estaba confeccionado con papel de periódico”, también repintes que ocultaban la original policromía, restaurar piezas faltantes, y eliminar todos aquellos elementos que nada tienen que ver con la prestancia, distinción y porte de una pieza histórica de su categoría.

Cuadros

En la ermita de San Telmo también se conservan dos lienzos que muestran su inconfundible estilo: “La Oración del Huerto” y “Jesús entre los sayones”. Ambos proceden del cercano Ex -Convento de San Miguel de Las Victorias, cuya comunidad hizo numerosos encargos al maestro Juan Manuel de Silva.

Es precisamente en la capilla del convento, la de Nuestra Señora del Rosario, advocación por la que profesó particular devoción, donde yace enterrado “por voluntad propia antes de morir”, junto con su esposa, doña Mariana Gómez Zacarías.

Trono de baldaquino

El magnífico trono barroco de baldaquino de la Virgen de La Luz — regalo que fue entregado al mayordomo don José María Corral en 1863— acompañado por la magistral representación de un galeón español del siglo XVII —que le sirve de andas a San Telmo—, recorría procesionalmente las engalanadas calles del Barrio los días 7 y 8 de septiembre de cada año, entre grandes fuegos artificiales, descansos, plegarias cantadas, cuadros plásticos, etc.

 

Según el programa de 2006, tan sólo se celebrará la procesión del día de la onomástica de la Virgen, el 8 de septiembre. De esa manera se trata de que ambos tronos vayan acompañados por el mayor número posible de fieles.

En los últimos años ha decaído el número de feligreses y público en general que los acompañaba y era considerado un anti testimonio religioso. Los itinerarios eran muy largos y los vecinos esperaban a que las imágenes pasaran por sus casas.

Entre otros motivos argumentados, se consideraba una de las razones el que no fuese un día festivo y que al día siguiente había que trabajar e ir a clase. Desde ese año ya sólo habrá una larga procesión el día de su fiesta.

En los programas se pide encarecidamente: “Un detalle de amor a la Virgen de La Luz y San Telmo, engalanar las calles, balcones y ventanas del recorrido procesional. Se ruega a los vecinos y devotos de la Virgen y de San Telmo les acompañen en su recorrido procesional de las veneradas imágenes”. (2008)

 

La Loa a la Virgen de La Luz fue compuesta en 1966 por Felipe López y desde entonces no ha dejado de interpretarse al paso de la procesión.

Excepcionalmente, en estas preciosas andas desfiló procesionalmente la imagen de la Virgen de Loreto desde la iglesia del Sto. Cristo de Calcinas hasta El Salvador en sus fiestas de diciembre de 2004. También en la edición de 2003 fueron utilizadas para colocar en ellas el Nacimiento de la misma Parroquia Matriz.

Fernández García decía del trono: “la Santísima Virgen de La Luz dentro de sus andas procesionales barrocas, en otro tiempo doradas, de las de más bello trazado de cuantas vemos por nuestras islas”.

Ofrendas poéticas

Domingo Cabrera escribía: “El Sagrado Galeón / surca el páramo florido / y a La Luz le abre el camino / entre rezo y contemplación…”. También en prosa: “Engalana tus calles, San Telmo orgulloso… muestra tu alegría emocionado, que entre acordes musicales, y cornetas de ilusión ya sale de su ermita la Vecina más querida de este barrio…”.

D. G. Galván de las Casas también recitaba: “Está puesta la Virgen en su altura / frente al arrullo del cercano mar. / Y los vientos le dan en su cantar, / alabanzas de amor y de ternura”.

D. Manuel Glez. Plata “Bejeque”: “Espadaña de La Luz / ojos sobre la bahía. / Bronce de campana vieja / mellada de sol y días…” “María de la Luz / Señora y Madre / del Barrio de San Telmo. / Centenaria presencia ,/ luminoso arabesco / sobre un inquieto puerto / y faenar de mar…”.

“… De un extremo al otro del barrio se abren puertas y ventanas para festejar la solemnidad, vibrando los acordes musicales y voces acompañados de representaciones plásticas sumidas en el embrujo de una bóveda celeste multicolor, mágicos destellos, fiel reflejo de bengalas y tracas. Frente al océano bogan los recuerdos e hitos históricos en torno a unas imágenes centenarias, que son tradición recobrada del compromiso a una faceta ancestral y a sentir en nuestra vida…” . Domingo Cabrera Pérez, 2008.

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BIBLIOGRAFÍA

  • «Estampas de La Palma y el Mar. Entre Mariano y Marinero». Diario de Avisos, (10 de octubre de 1970), Pedro M. Fco de Las Casas.
  • La iglesia de El Salvador de Santa Cruz de La Palma. Gloria Rodríguez.
  • La Palma. Fiestas y Tradiciones. María Victoria Hernández Pérez.
  • La pintura en Canarias durante el siglo XVIII. Margarita Rodríguez González.
  • «Marinas». Diario de Avisos, (13 de septiembre de 1974). Manuel González Plata.
  • «Notas históricas de La Palma. San Telmo (III)». Diario de Avisos, (19 de noviembre de 1969). Alberto-José Fernández García.
  • Noticias para la Historia de La Palma. II. Juan Bautista Lorenzo Rodríguez
  • Programa de 1976. «La Virgen de La Luz». G. Galván de las Casas
  • Programa de las Fiestas en Honor a Nuestra Señora de La Luz y de San Telmo- 2003, 2008
  • «Recuerdos de un pasado memorable», «Luz y Camino». Domingo Cabrera Pérez.
  • «San Telmo» en Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad. Jesús Pérez Morera.
  • «San Telmo restaura su Virgen». El Día, (13 de agosto de 1999)
  • Silva. Bernardo Manuel de Silva. Biblioteca de Artistas Canarios. Jesús Pérez Morera.

[*Otros}– Nuestra Señora de Las Angustias y su santuario del barranco

14-08-2009

José Guillermo Rodríguez Escudero

La preciosa imagen titular de la ermita de homónima advocación dolorosa, Nuestra Señora de Las Angustias (fechada hacia 1515-1522), llegó a la Isla de La Palma probablemente gracias a las gestiones del caballero Jácome de Monteverde —mercader oriundo de Colonia y establecido en Amberes— o por alguno de sus sucesores en el dominio de las ricas tierras de los aledaños y del patronato de su oratorio.

La compañía alemana Welsen había vendido en 1513 al mencionado Monteverde la propiedad y señorío de las haciendas de Argual y Tazacorte, compra que ratificó la reina doña Juana por Real Cédula dada en Valladolid. Acusado de luterano, fue trasladado a Sevilla, donde murió en 1531.

No fue el único flamenco que tuvo problemas con la Inquisición española. Recordemos, por ejemplo, al calvinista Hans Aventroot, factor de los mencionados ingenios azucareros, que cometió la osadía de solicitar al propio Felipe IV libertad de conciencia para los reinos hispánicos y, por ello, fue quemado en Toledo en 1632.

La recoleta y bella ermita fue erigida en los primeros años del siglo XVI, por los ricos propietarios de la Hacienda de Tazacorte, en el fondo del más tarde conocido por Barranco de Las Angustias, que da acceso al actual y famoso Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, impresionante paraje natural.

Ya en 1613, la venerada talla —escultura de madera policromada de 100 cms. de alto— presidía su altar colocada en una peana y cubierta por un gran manto de tafetán blanco. Los inventarios de la época informan de que ya poseía cinco mantos y siete tocas.

En el legajo nº 14 de la casa Sotomayor, en Argual, existe una copia muy deteriorada de un escrito firmado por don Félix Poggio y Alfaro, datado de 31 de mayo de 1854, en el que se dirige al Sr. Febles, cura párroco de Los Llanos de Aridane, solicitando información sobre la imagen y ermita de Las Angustias.

Alegaba que “ésta que se venera bajo el titulo que la dieron nuestros mayores N.s. de Las Angustias y otras dos iguales fueron tomadas y conservadas por algunos ingleses que preservados de los errores del cisma que contaminó esta nación en los siglos XV y XVI, queriendo llevarlas al país en donde se las continuase dando culto las pusieron en un barco de dicha nación que al pasar por esta Isla, dejaron una en el barranco de Los Sauces, la otra en esta Ciudad y otra en el barranco de la Caldera y que el caballero flamenco Jácome de Monteverde, dueño de este barranco y de Argual y Tazacorte, fabricó su primera ermita en el mismo lugar en que los ingleses dejaron el cajón en que ella venía, que fue al pie de las vueltas que suben a Argual en donde aún se conservan algunos fragmentos. Los hijos de dicho caballero herederos de éste santuario y de la devoción de su padre a esta Santa imagen perpetuaron la costumbre establecida por éste de que el capellán de su Ermita de San Miguel de la Hacienda de Tazacorte fuese los sábados a decir misa a aquélla, según consta en la partición que hicieron de sus bienes el 25 de agosto de 1557 ante el escribano Domingo Pérez…”

Al arruinarse esta primera ermita, sus patronos, los Señores Monteverde y Vandale, en el tercer cuarto del siglo XVII decidieron el traslado de la imagen a la ermita de San Miguel de Tazacorte.

 

Estos ricos hacendados fabricaron, a su costa y en terreno propio, otra mayor, donde se recolocó en 1678. Es en este año cuando el cronista eclesiástico Juan Pinto de Guisla escribía que la segunda ermita fue “fabricada en el distrito de la hazienda de tasacorte por los dueños della y a su costa, donde esta una imagen de nuestra señora desta advocaçion con quien se tiene particular devozion en toda la Ysla”.

La ermita fue conocida en la primera mitad del siglo XVI bajo diversas advocaciones, como la de Santa María y Nuestra Señora de la Piedad. Por ejemplo, en agosto de 1546, el tijarafero Francisco de Riverol mandó en su testamento que se le dijese por su alma una misa —entre otras— en la ermita de “nuestra señora de la piedad en el barranco de Tesacorte”.

 

Pérez Morera también nos informa de que “aún hoy ha perdurado en la toponimia de la zona el nombre de Santa María, pero al otro lado del barranco, en el lado opuesto al santuario, donde, al parecer, estuvo situado su primer templo”.

Otra curiosidad más. Desde 1521 se expidió en Burgos una Real Cédula en la que se indica la importancia de las dos iglesias, San Miguel y Santa María. Jácome de Monteverde era el dueño del heredamiento donde estaban erigidas, y de los caminos por los que tenían lugar las peregrinaciones que hacían los devotos lugareños. Se decía que en ellas había muchos conquistadores enterrados, y allí era donde se encontraban muchos perdones e indulgencias, etc.

Sin embargo, dicho terrateniente impidió el paso de los vecinos y peregrinos a las ermitas debido a que roturó el camino de acceso a ambas y plantó cañaverales de azúcar, por lo que llegaron a medio derribarse por el abandono.

En la visita del obispo Fray Vicente Peraza en 1522, la ermita fue construida por los antecesores del mencionado Monteverde, señores de las Haciendas mencionadas. A él le correspondió reedificarla, puesto que cuando llegó a la isla en 1513 la encontró ya arruinada “y con ciertas paredes questavan caydas”.

 

La profesora Negrín nos informa de que la iglesia de Las Angustias era más modesta en proporciones que la de San Miguel, y que también era de cantería roja y tejado a dos aguas con una pequeña espadaña para la campana.

El propio Jácome tenía por costumbre oír misa, junto con su esposa Margarida, todos los sábados en su ermita, y daba el aceite preciso para la lámpara que debía arder ese día ante la Virgen.

Esta devoción fue heredada por sus sucesores, dueños y copatronos del santuario, quienes especialmente invocaban su protección en el momento de la muerte. Son varias las referencias que han llegado a nuestros días. Por ejemplo, el capitán Luis Maldonado y Monteverde, dueño de un décimo de cañas en el ingenio de Argual, ofrecía desde el lecho de muerte una botija de aceite por la curación de su alma; o los herederos de Nicolás Massieu, que habían pagado 137 reales al ermitaño del santuario, resto de una promesa que había hecho Nicolás Massieu, etc.

 

Fueron varias las dádivas enviadas desde las Indias que se recibieron en el santuario, como “una alhaja de plata que no bajase de 500 reales, a disposición del cura de Los Llanos”. Fue enviada desde Méjico por Nicolás Van Dalle Massieu y Sotomayor, señor de Lilloot y Zuitland.

Este caballero estaba empeñado en que saliesen “a la luz todos los milagros que esta Señora de las Angustias ha hecho con sus devotos y otras Personas hasta estos tiempos para que en los venideros se sepa y perpetue la memoria de tan Milagrosa Ymagen”.

Un nuevo retablo de corte barroco de triple hornacina fue instalado en el presbiterio y la Virgen fue entronizada en el gran nicho central. Ya consta allí en 1861.

 

Una leyenda en latín, escrita en el altar que preside, señala a los peregrinos: “Oh, vosotros, todos los que por aquí pasais, ved si hay dolor semejante a mi dolor”

A propósito de este bello retablo barroco, el profesor Trujillo nos informa de que “en él, los pilares abalaustrados intercalan alguna sección más o menos prismática, otras se decoran con hojas o motivos florales, y alguna ornamenta su parte superior con gallones”.

También hace mención a que el friso recorre mixtilíneamente el cuerpo de triple hornacina y que hay motivos, como soles, de evidente gusto indiano. Finaliza su estudio sobre esta bella pieza diciendo que “las cartelas que lo orlan, en curva y contracurva, terminan en curiosos mascarones, que con foliada cabellera termina en voluta les sirve de pedestal”.

La efigie ya contaba con una corona imperial de plata, así como las potencias del Cristo y de una gran cruz, también del mismo metal. En los años 80 del pasado siglo, también fue llevada a la parroquia matriz de Los Remedios de Llanos de Aridane, cabecera de su arciprestazgo, hasta que fueron terminadas las obras de restauración de su santuario.

Esta magnífica obra interpreta el asunto iconográfico de La Piedad, de acuerdo con la tradición gótico-flamenca, utilizando un esquema próximo al del grupo de análogo asunto del Hospital de Dolores de la capital palmera o del extinto convento franciscano de la Villa de San Andrés y Sauces, denominadas Nuestra Señora de La Piedad en ambos casos.

 

El arte patético de finales de la Edad Media había concedido un amplio espacio en su iconografía a la Virgen Dolorosa, representada ya con un Cristo muerto sobre las rodillas después del Descendimiento de la Cruz, ya sola, tras el Enterramiento de su Hijo.

Estos dos tipos iconográficos se designan con los nombres de Virgen de la Piedad y Virgen de los Siete Dolores. El grupo de la Virgen de la Piedad se compone, estrictamente, de dos personajes: María y su Hijo desclavado de la cruz, cuyo cuerpo inanimado Ella sostiene sobre las rodillas. Este tema ni siquiera está esbozado en los Evangelios, ni procede tampoco del culto oficial: es una creación de la imaginación mística que surgió a principios del siglo XIV, al mismo tiempo que la Virgen de Misericordia y del Varón de Dolores.

La escultura de Nuestra Señora de Las Angustias es la más antigua de las tres piezas flamencas mencionadas que de este tema iconográfico se conservan en La Palma. Se trata de las imágenes de La Piedad. Una que se venera en la actual iglesia del Hospital de Dolores de la capital palmera, y otra que se custodia hoy en día en la parroquial de Montserrat de San Andrés y Sauces.

Por el inventario hecho en 1522 por el obispo fray Vicente Peraza, se sabe que ya en aquella lejana fecha presidía el único altar de la ermita, colocada dentro de un tabernáculo-hornacina que se cerraba la imagen de “Nuestra Señora de bulto con su Hijo preçioso en los braços quando lo desçienden de la cruz”.

La soledad de María va a ser aprovechada, según el padre Trens, por artistas y místicos, quienes, uniendo los dos extremos de la vida de Cristo, infancia y muerte —pesebre y cruz—, crearán esta nueva tipología, popularmente conocida como La Piedad.

En contraposición del dulce recuerdo del Niño pequeño mecido entre los brazos de su Madre, Enrique de Berg describe al Cristo muerto: “sus ojos, que brillaban como carbunclos, ahora están apagados. Sus labios, que parecían rosas rojas recién abiertas, están secos y su lengua pegada al paladar. Su cuerpo, sangrante ha sido tan cruelmente estirado sobre la cruz, que pueden contarse con todos sus huesos”.

 

La postura sedente, vertical e hierática de la Virgen de Las Angustias, mientras sostiene el cuerpo inerte de su Hijo, por la mano izquierda y por la cabeza, contrasta con la forzada curvatura descrita por el cuerpo de éste que, yaciendo en el regazo materno, se arquea para alcanzar el suelo con sus pies cruzados.

Según el pensamiento místico medieval, y siguiendo las palabras de San Bernardino de Siena, se trata de la escena en la que María, melancólica, extraviada, abstraída y angustiada, incluso joven, rememora los años de la infancia de Jesús.

La Virgen tiene la ilusión de acunar a su Hijo pequeño en brazos, como en los felices tiempos, pero ahora no abraza a su pequeña y amada criatura sino que ahora porta el frío cadáver ensangrentado de su Hijo ajusticiado, representado con la estatura de un niño.

Sueña que tiene a su Hijo sobre las rodillas y que lo acuna envuelto en la mortaja como antes en los pañales. Es por ello que estemos ante una desproporción simbólica de ambas imágenes, y no tiene que ser entendido como un error artístico de perspectiva del escultor o en una torpeza o inhabilidad del artista.

Santa Brígida de Suecia atribuye a la propia Virgen esta descripción emotiva de su Hijo descendido de la Cruz: “Lo recibí sobre mis rodillas como un leproso, lívido y magullado, porque sus ojos estaban muertos y llenos de sangre, su boca fría como la nieve, su barba rígida como una cuerda”.

Aquí, la Madre lleva sobre la cabeza una toca hendida en pico sobre la frente, conforme a un tipo bastante usual en la plástica nórdica de las primeras décadas del siglo XVI, mientras que todo su cuerpo sedente está envuelto en amplio manto de duros bordes que se quiebra sobre las piernas en rígidos pliegues angulares. El profesor Pérez Morera, también indica que “el plegado del manto describe las metálicas quebraduras características de arte flamenco”.

La tranquilidad, la serenidad, la paz, la resignación, el dolor silencioso… la apariencia idealizada del melancólico semblante de la Virgen de Las Angustias, se contrapone extraordinariamente al crudo realismo que emana el rostro y el cuerpo del Cristo Muerto.

En su rostro lacerado lleva impresa la huella del dolor, y todo el flácido cuerpo muestra numerosas llagas sangrantes y carnaciones mortecinas de la reciente Pasión. Nuestra obra comparte numerosos rasgos con los modelos tallados en los Países Bajos meridionales en el tránsito de los siglos XV al XVI.

Ejemplo de ello es el trenzado voluminoso de la corona de espinas de Cristo, muy parecido al Crucificado de San Pedro de Lovaina, o también el tratamiento de la barba en mechones individualizados, rizándose en las puntas en forma de caracol y el modelado de su tórax dibujando un exagerado arco jalonado por las protuberancias óseas de las costillas, comparables ambos con los de la estatua de Job de la iglesia de San Martín en Wezemaal; así mismo, el plegado de su perizoma o paño de pureza a base de convencionales acanaladuras paralelas, parecido al de los Cristos del Museo Comunal de Lovaina o al de San Sebastián del Rijksmuseum de Amsterdam.

La profesora Negrín concluye su estudio sobre esta bella pieza, informándonos de que “todo ello apoya la filiación brabanzona de la pieza y su datación en el primer tercio del siglo XVI”

Cada 15 de agosto, romeros llegados desde todos los puntos de La Palma acuden al bello santuario del Barranco de Las Angustias a rendir pleitesía a esta venerada imagen.

Tras la solemne misa concelebrada, los orgullosos vecinos de Los Llanos de Aridane llevan sobre los hombros en multitudinaria procesión a su Virgen en originales andas hasta el Calvario, lugar donde la tradición cuenta que apareció el cajón con la milagrosa imagen.

Hasta allí es acompañada por la arqueta con parte de las reliquias entregadas por San Pío V en Roma al beato jesuita Ignacio de Azevedo y que éste, días antes de ser martirizado, las había regalado a su gran amigo, el flamenco Melchor de Monteverde.

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BIBLIOGRAFÍA

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  • Exposición Arciprestal de Arte Sacro, Los Llanos de Aridane, junio 1968
  • FERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto-José. «Semana Santa en Los Llanos de Aridane», Diario de Avisos, Santa Cruz de La Palma, (16 de abril de 1965)
  • GALANTE GÓMEZ, F.J. «Arte Gótico», Historia del Arte en Canarias, T. IX, Las Palmas de Gran Canaria, 1982
  • HERNÁNDEZ P. «Mientras se restaura el Santuario, la Virgen de las Angustias recibió culto en Los Llanos de Aridane», El Día, (24 de agosto de 1980)
  • HERNÁNDEZ PERERA, Jesús, «Arte», Canarias, Fundación Juan March, Madrid, 1984.
  • Idem. «Esculturas flamencas en La Palma», Anuario de Estudios Atlánticos, La Laguna, nº 14-16, 1968-1970
  • NEGRÍN DELGADO, Constanza. «Escultura», Arte Flamenco en La Palma, Conserjería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1985
  • PÉREZ MORERA, Jesús. Arte Flamenco. Isla de La Palma, Consejería de Turismo y Transportes del Gobierno de Canarias, Madrid, 1990
  • Idem. «El Patronazgo de los Señores», La cultura del azúcar. Los ingenios de Argual y Tazacorte, La Laguna, 1994
  • RÉAU, Louis. Iconographie de l’Art Chrétien, P.U.F., Paris, 1957
  • TRUJILLO RODRÌGUEZ, Alfonso. El retablo barroco en Canarias, tomo I, Excmo. Cabildo Insular de Gran Canaria, 1977