[Col}> Los pasos por venir / Soledad Morillo Belloso

29-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Los pasos por venir

A veces el camino se dibuja con claridad, otras veces es sólo una intuición lejana en la penumbra. Me aferro a la certeza del avance, al impulso de seguir adelante, sin saber lo que me espera.

Cada paso es una decisión, un acto de voluntad, un salto hacia lo desconocido. Hay quienes caminan con prisa, con la urgencia de llegar sin detenerse a mirar el paisaje que los rodea. Otros avanzan con cautela, temerosos de lo que puedan encontrar. Y algunos se detienen, miran atrás, preguntándose si el sendero recorrido los ha llevado al lugar correcto.  Yo camino, como la superviviente que soy, y lo hago sin hacerme preguntas necias.

El suelo que piso es memoria viva. Contiene el eco de mis aciertos y errores, la huella de lo que fui, la sombra de lo que aún no soy. Pero mi pasado no dicta mi futuro; el porvenir es una página en blanco que espera ser escrita.

No sé si el próximo paso me llevará a la cima o al abismo. No sé si la ruta será fácil o estará otra vez plagada de escollos. Pero sí sé que cada paso es una afirmación de mi  existencia.

Entonces, camino. No porque tenga garantías, sino porque la incertidumbre es la esencia misma de la vida. Y en ese vértigo de lo posible, busco mi propósito.

Los pasos por venir no son sólo trayectos físicos, son viajes internos, son movimientos del alma. Y al final, no importa cuán lejos llegue, sino cuánto aprendí en el camino.

El camino no es ni bueno ni malo. Es simplemente el camino. Ante cada paso, lo único que puedo controlar es mi respuesta: la voluntad con la que sigo adelante, la actitud con la que enfrento lo inevitable.

No importa lo que me aguarde, porque no está en mi poder cambiar el destino. Lo que sí está en mis manos es mi manera de recibirlo, mi  capacidad de aceptar y adaptarme sin lamentos, sin resistencia inútil.

Cada piedra en el sendero es una prueba, pero no una maldición. No hay obstáculos, sólo desafíos. Lo que parece adversidad es, en realidad, una oportunidad para fortalecer mi espíritu, para templar mi carácter, para recordar que soy  dueña de mi mente aunque el mundo exterior sea incierto.

Las circunstancias cambian, el azar juega su papel, pero mi virtud permanece firme. Si el próximo paso me lleva a la ruina, que no me quite la serenidad. Si me lleva al éxito, que no me nuble la razón. Sólo aquellos que comprenden que el futuro es incierto, pero que su dominio sobre sí mismos es absoluto, caminan con verdadera libertad.

Así avanzo. Lentamente y en silencio. No porque la esperanza me ilusione, sino porque la razón me guía. No porque crea en un destino favorable, sino porque sé que, venga lo que venga, lo enfrentaré con dignidad.

Los pasos por venir no son lo que me define. Lo que me define es cómo los doy. La verdadera fortaleza no reside en dominar lo externo, sino en reconocer que mi  única posesión real es la manera en que elijo enfrentar lo inevitable. No controlo el rumbo del viento, pero sí mi respuesta a él. En esa elección consciente, en esa aceptación sosegada de lo que no puedo cambiar y la firmeza ante lo que sí, encuentro la fuerza para levantarme todos los días.

[Col}> Horizonte / Soledad Morillo Belloso

23-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Horizonte 

No es una línea imaginaria. Es un pacto silencioso entre la tierra y el cielo. Un trazo que promete lo desconocido, una invitación a caminar más allá de lo que los ojos pueden ver. Es el límite que no limita, la frontera que no encierra. Es lo que aún no ha nacido, la silueta de lo que el viento aún no ha tocado.

Lo veo en la piel del mar, en la luz que se disuelve en el ocaso. Lo siento en el pulso del tiempo, en la certeza de que algo más aguarda detrás de lo visible.  Se expande con cada paso. Es un juego entre lo tangible y lo infinito, una invitación a ir más allá, a desafiar el miedo, a entender que lo lejano sólo existe para ser alcanzado.  O, tal vez, no.

Cuando lo toco, desaparece, no porque se niegue a ser conquistado, sino porque su naturaleza es el movimiento. No hay final en él. Sólo una historia que continúa, un viaje sin fin, una promesa que nunca deja de llamar.

Se despliega como un lienzo, una promesa suspendida en la distancia, una interrogante que se disuelve con cada paso.  Hay quienes lo miran con nostalgia, creyendo que al otro lado hay respuestas. Otros lo desafían, seguros de que lo inalcanzable es una ilusión del tiempo. Y hay quienes lo contemplan sin urgencia, dejando que su misterio los envuelva, sin prisas, sin certezas.

En la brisa marina, el horizonte es un espejo líquido, un reflejo tembloroso del cielo en el mar. En el desierto, es un filo dorado, una línea que quiebra el silencio de la arena. En las montañas, es un velo de niebla, un límite que el sol desgarra cada amanecer.  En la ciudad, el horizonte es de concreto y cristal, una línea quebrada por torres de hormigón y acero que se alzan como raíces invertidas, buscando el infinito. En la selva, es un caleidoscopio de verdes y sombras, una frontera de hojas que cantan con el viento. En la tundra, es un aliento helado, un suspiro de nieve que se funde con el cielo plomizo.

Nunca es el mismo, y nunca es el final.  El horizonte no detiene, no encierra. Es un puente, un quizás, un punto de fuga donde la realidad se pliega y el futuro empieza. Es el alma de los viajeros, el destino de los soñadores, el último respiro de la luz antes de que la noche lo envuelva.

Cuando la luna se alza sobre él, es un reflejo de plata en la piel del mundo, una puerta abierta a los secretos de la noche. Cuando el amanecer lo acaricia, se incendia con colores imposibles, con trazos de oro y fuego que despiertan la mañana.

Y al acercarme, entiendo su verdadera naturaleza. No es un lugar al que se llega. Es una idea que me tienta, un poema inconcluso que me recuerda que siempre hay más. Mientras haya horizonte, habrá caminos por recorrer, sueños por perseguir e historias por escribir. Es la línea del porvenir, el símbolo de la inmensidad que  invita a avanzar, a descubrir, a persistir.

[Col}> Tiempo y viento / Soledad Morillo Belloso

17-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Tiempo y viento

Cuando el duelo se disuelve en la bruma, queda sólo la tierra húmeda de nuestra propia piel. Queda ese suelo donde la ausencia echó raíces y la memoria germina en formas extrañas.

La herida, al principio, es un abismo ciego, pero entre sus grietas duerme una semilla. El sol aprende a mirar distinto y las sombras ya no son sentencia.

Resurgir no es olvidar; es aprender a bailar con los espectros, es tejer con hilos de dolor una nueva piel, es desplegar alas construidas con cicatrices, y volar… aun con el peso y el dolor del ayer en las plumas.

Así es el renacimiento después del duelo. No es una negación de lo perdido; tampoco es olvido. Es un pacto acordado y firmado con la vida que continúa.

Cuando la noche del duelo cede al alba incierta, descubrimos que la piel doliente ha abierto los poros y ha aprendido a respirar. Descubrimos que los recuerdos dejan de ser hirientes puñales y se transforman en sonidos que abrazan.

El renacer no llega de golpe. No es un relámpago. No es el estruendo de un trueno. Es un goteo lento y suave de luz en las entrañas, una raíz que busca agua bajo la tierra herida, un susurro de vida que se hace música con el tiempo.

Los huesos frágiles de la tristeza se convierten en pilares de lo nuevo. El dolor deja de ser un enemigo y se vuelve arquitecto de la reconstrucción.

Caminar después del duelo es aprender a confiar en la sabiduría de los pies y a amar la sombra. Es  aceptar que la ausencia es irremediable e irreversible, y que nunca se irá del todo. Pero también es saber reconocer esos amaneceres que sólo nacen tras la tormenta.

Así, poco a poco, sin olvidar, sin borrar lo vivido y entendiendo que el duelo es morir un poco,  empezamos a ser la versión que surge de las cenizas. No somos los mismos después de la tormenta que es el duelo, pero tampoco somos sólo la sombra de lo perdido. Somos el fotograma de lo amado, y el guión no escrito de todo lo que aún vendrá.

Y entonces re-existimos, con el viento y la memoria como acompañantes, con el amor como superviviente de una tragedia, con la comprensión de que la vida, terca como es, siempre encuentra su camino. Eso necesito creer.

[Col}> Qué es el cielo / Soledad Morillo Belloso

13-06-2015

Soledad Morillo Belloso

Qué es el cielo 

Dicen que el cielo guarda la forma de los recuerdos, que en su azul inmenso se reflejan los días luminosos, las horas en que la felicidad era tan sencilla como sentir  el viento en la cara o permitirse la risa que no pide permiso.

El cielo es el espejo de mi infancia, de los días en que correr no era un escape sino un juego. Es la luz dorada sobre la plaza donde aprendí a esperar, es la brisa que acarició mi piel en esa ciudad donde amé por primera vez.

A veces, al mirar hacia arriba, creo reconocer una sombra, una textura, un matiz único que me pertenece. Veo un rincón de nubes donde aún resuena aquella canción, una grieta de luz en la tarde que tiene el color exacto de un atardecer.

El cielo no es sólo el techo del mundo, es el guardián de las emociones que me marcaron. Y cuando lo miro con los ojos de la memoria, descubro que en algún rincón de su infinito azul aún brilla el lugar donde fui feliz.

El cielo no es sólo un manto azul suspendido sobre mi cabeza. Es un espejo de mi memoria, un reflejo de los lugares donde la felicidad alguna vez me tocó con su suave aliento. No es un espacio distante, es un umbral. Y cuando lo miro con nostalgia en la piel, me doy cuenta de que guarda la forma de días luminosos, la textura de ciertos  momentos en que el tiempo no pesaba sobre mis hombros.

El cielo es mi infancia desparramada en el horizonte, la luz dorada que acariciaba el jardín donde aprendí a correr sin miedo. Es la brisa del primer beso de amor, un coro de voces lejanas que aún escucho cuando sopla el viento. Es el azul profundo que cubría esas  noches cuando mi mundo era pequeño y el futuro un murmullo muy lejano.

En su inmensidad, se esconden los trazos de una noche eterna, las pinceladas de oro y fuego que coloreaban los atardeceres de mi  juventud. En sus límites indefinidos, se deslizan los más sutiles recuerdos como nubes pasajeras, imágenes fugaces de esos breves instantes que alguna vez fueron el todo.

En ocasiones, al mirarlo, me parece ver los rostros de quienes compartieron mi dicha, sus perfiles  dibujados en la luz, sus risas entre las ráfagas de aire. Es como si el cielo fuera el aposento de los más bellos paisajes, de emociones y  suspiros inolvidables.

El cielo es la cercanía de lo que amo, es el altar de las sonrisas de todos los que he querido. Es el custodio de lo que fue hermoso, el techo de los espacios donde la felicidad me habitó por completo. No es el pasado ni el futuro, es el instante donde aún vive la versión intacta de mí que alguna vez fue libre y plena.

Y cuando alzo la mirada, y lo contemplo, descubro que no es el cielo lo que me recuerda mis mejores días, sino el pedazo de mi alma que en ellos dejé. Porque el cielo, en su preciosa  calma, en su azul moteado con nubes que parecen algodón de azúcar, es el reflejo de lo que nunca dejé de buscar.

El cielo se parece mucho a ese lugar donde alguna vez fui feliz.

[Col}> Trato y maltrato / Soledad Morillo Belloso

10-06-2015

Soledad Morillo Belloso

Trato y maltrato 

Camino por la vida acumulando gestos, palabras, silencios que han marcado mi historia. Recuerdo las manos que alguna vez me sostuvieron, los abrazos sinceros, las miradas que no necesitaban palabras para hacerme sentir vista, comprendida, querida. El trato justo, el respeto mutuo, la empatía. Pequeños actos que construyen un refugio en este mundo incierto.

Pero también recuerdo los  maltratos. La indiferencia que hizo tambalear mi confianza, la palabra cruel que se incrustó en mi memoria, el desdén que me apagó poco a poco. El maltrato no siempre grita; a veces se arrastra sigiloso, se disfraza de rutina, se camufla en la normalidad de lo injusto. Lo he sentido en palabras afiladas, en ausencias inexplicables, en miradas que ignoraban mi existencia como si fuera un espectro.

Me pregunto si el trato y el maltrato son el reflejo de quienes somos, de lo que llevamos dentro. ¿Somos capaces de elegir cómo tratamos a los demás, o simplemente repetimos lo que nos enseñaron, lo que alguna vez nos hicieron sentir? He intentado ser consciente, romper ciclos, construir con respeto lo que alguna vez me hicieron con desprecio.

Porque al final, el trato que damos define el trato que recibimos. Preferible ser un refugio y no una tormenta, un eco de bondad y no de heridas. A veces me detengo a pensar en las cicatrices invisibles que el trato y el maltrato han dejado en mí. No todas duelen de la misma manera, algunas apenas son un rasguño borroso, otras siguen latiendo como una herida abierta. Me pregunto cuántas veces una palabra amable me salvó sin que yo lo supiera, cuánto daño podría haberse evitado con algún gesto de compasión. Porque el trato justo no es sólo cuestión de educación, es una decisión, un acto de rebeldía contra la rudeza del mundo.

Y en medio de todo, sigo buscando maneras de sanar. Aprecio a  quienes entienden el peso de una mirada sincera, a quienes ven más allá de lo obvio y saben que todos cargamos batallas invisibles. Me aferro a la idea de que el trato que damos y recibimos moldea nuestra historia, y elijo, cada día, construir una en la que el respeto y la gentileza sean la norma, no la excepción.

Al final del día, somos el eco de los encuentros que nos han moldeado. Las palabras que nos elevaron y las que nos destruyeron, las miradas que nos abrazaron y las que nos hicieron sentir invisibles. Pero también somos la suma de nuestras elecciones, la forma en que decidimos responder a lo que la vida nos ofrece.

Yo elijo el respeto, la ternura, la dignidad. Elijo ser la voz que calma, la mano que sostiene, el trato que sana. Porque cada gesto deja huellas, y quiero que las mías dejen  recuerdos de bondad, no de maltrato. Yo elijo ser caricia y no herida. Elijo la pluma y no la daga.

[Col}> Que valga la pena / Soledad Morillo Belloso

07-06-2025

Soledad Morillo Belloso

Que valga la pena

Hay quienes pasan la vida esperando. El momento adecuado, la señal precisa, el golpe de suerte que cambie el rumbo. Se les escapan los días en rutinas sin alma, en excusas bien hiladas, en temores disfrazados de prudencia.

Hay un momento, quizá al final o en algún rincón de la memoria, en el que nos preguntamos: ¿dónde están los días que no vivimos?  No son los días que pasaron, sino los que dejamos ir sin siquiera tocarlos. Los momentos que pudieron ser pero no fueron. Las oportunidades que nos miraron a los ojos y las dejamos marchar. Las palabras que queríamos decir y callamos. Las emociones que sofocamos tal vez por miedo a sentir demasiado.

Desperdiciar la vida no es sólo dejarla pasar. Es permitir que la duda sea más fuerte que el deseo. Es aceptar la monotonía como un destino inexorable. Es posponer la felicidad porque “ya habrá tiempo más adelante”, sin atinar a comprender que el tiempo es un recurso natural no renovable.

Nos convencemos de que habrá más oportunidades, más “momentos perfectos”. Nos decimos que “mañana sí será el día”, que después nos atreveremos. No se puede llegar tarde a la vida. Es como intentar abordar un barco que ya zarpó. La vida no espera, no se detiene a ver si finalmente reunimos el coraje para subir a bordo. O nos atrevemos a navegar, o la vemos alejarse desde la orilla, dejándonos con la mirada fija en el horizonte de lo que pudo ser.  El tiempo sigue, implacable. Poco le importan nuestras excusas y postergaciones. Y cuando nos damos cuenta de que hemos estado esperando demasiado, muchas veces el barco ya es solo un punto que desaparece en el mar.

Desperdiciar la vida es postergar vivirla. Pero la vida no se detiene por nuestras dudas ni concede tregua a nuestra indecisión.  Y cuando al fin comprendemos el valor de un instante, muchas veces ya es demasiado tarde. Porque el tiempo desperdiciado no regresa. Se convierte en sombra, en el eco monótono de lo que pudo haber sido. Postergar la vida es mirarla desde lejos, como si fuera un paisaje ajeno en lugar de algo que nos pertenece por completo. Postergar vivirla es esperar la certeza absoluta, esa seguridad que nunca llega.

Vivir es elegir, es entender que nunca hay garantías pero sí posibilidades. Es decidir que, al final de todo, no queremos mirar atrás y ver una vida que apenas rozamos con los dedos, llena de “después” y “mañana”, como si el tiempo fuera infinito y la voluntad una moneda que siempre se puede gastar más tarde. La vida no se detiene, y, por cierto, no pide permiso. No espera a que nos armemos de valor ni hace pausa para que decidamos qué hacer con ella. Cuando al fin se comprende el valor de cada día, muchas veces ya quedan pocos por delante.

Vivir es entender que lo único desperdiciado es lo que jamás intentamos. Vivir no es esperar el momento perfecto. El tiempo no pregunta si estás listo. No es el tiempo el que se pierde, sino la oportunidad de usarlo. Eso sé. Mis cuentas financieras están en bancarrota. Pero mi vida ha sido intensa. Por eso, a pesar de tener el corazón roto, mi contabilidad no está en números rojos. Puedo morir mañana y vivir habrá valido la pena. Habré dejado huella. Con eso me basta y me sobra.

 

 

 

 

 

Saludos / Best regards,

Carlos M. Padrón

E-mail: Carlos@Padronel.net

Alterno: MADGRI@Padronel.net

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[Col}> Siempre espero que sea martes / Soledad Morillo Belloso

04-06-2025

Soledad Morillo Belloso 

Siempre espero que sea martes

Las semanas se despliegan como interminable retahíla de intentos fallidos, de promesas que no terminan de cumplirse, de sueños que bordean la realidad sin atreverse a tocarla.

Los lunes cargan con el peso de los comienzos forzados, arrastran la urgencia del comienzo, el ímpetu de lo nuevo con la fatiga de lo viejo. Son una puerta que se abre demasiado rápido, sin preguntar si quien cruza está listo para hacerlo. Los miércoles se disuelven en la prisa por llegar al viernes. Los viernes son la promesa ilusoria de descanso, la víspera de una felicidad que a menudo se disuelve antes de haber sido tocada. Los domingos llevan la nostalgia de lo que ya pasó. Son la cuerda floja entre la esperanza y el agotamiento, el instante en que todo avanza sin preguntar si vale la pena. Y de los jueves, mejor ni hablar. Son tontos y torpes.

El martes no es el inicio ni el desenlace, sino la pausa entre lo que fue y lo que será. Es un paréntesis, un instante sin agobio en el que todo parece posible. Una  tregua silenciosa, donde el peso del ayer aún no reclama su deuda y el futuro no ha revelado su saldo. No tiene la impaciencia de un inicio ni la resignación de un final. Es un espacio donde los pensamientos se despliegan como velas en un mar calmo, donde las decisiones aún no han sido tomadas y los errores aún no han cobrado su precio.

Espero cada martes como quien aguarda el primer soplo de aire luego de una larga inmersión. Como quien observa la línea difusa entre el sueño y la vigilia, preguntándose si lo que viene será  luz o sombra. El martes es el punto en que el tiempo se detiene, donde la posibilidad todavía respira. Cada martes es como si fuera una oportunidad nueva, como si de repente el mundo se alineara para regalarme un respiro, una certeza, una pequeña victoria. No es que los martes sean perfectos, sino que en ellos encuentro el espacio para imaginar que todo puede cambiar.  Porque si el lunes es una cuesta empinada y el viernes una despedida anticipada, entonces el martes es esa fracción de tiempo en la que la esperanza no es ingenua, sino necesaria.

Siempre espero que sea martes, porque en ese día suspendido todo puede ser imaginado, todo puede ser recreado. No es la certeza lo que lo hace especial, sino la ausencia de ella: el martes es la fracción de la semana en que el destino aún no ha decidido cuál será su rostro. Es el instante en que la ciudad respira despacio, donde las esquinas no tienen prisa y los relojes parecen olvidar su tarea implacable de contar los minutos. Es el día en que los sueños aún no han sido censurados por la rutina, cuando el aire conserva la vibración de lo posible y las promesas hechas en la madrugada no parecen tan absurdas. El martes no exige decisiones ni despedidas, simplemente deja que la vida se despliegue sin urgencia, como si el tiempo tuviera la cortesía de darnos un respiro.

Siempre espero que sea martes. Porque es el umbral entre lo que se anhela y lo que se enfrenta, entre el deseo y la realidad. En ese espacio suspendido, todo puede cambiar, todo puede florecer. Y mientras los días pasan como trenes veloces, el martes se queda un poco más, dejando en su pausa la ilusión de que, aunque sea por un momento, el mundo está en equilibrio. Y allí, creo, habita la esperanza.

[Col}> El persistente eco de la vida /Soledad Morillo Belloso

08-05-2025

Soledad Morillo Belloso

El persistente eco de la vida

La soledad es un mar inmenso, a veces calmado, otras veces furioso. En sus aguas aprendemos a flotar, a nadar contra corriente, a dejarnos llevar por la marea cuando la lucha se vuelve agotadora. Vivir es eso, aprender el ritmo de las olas y encontrar en cada nuevo amanecer una razón para seguir.

Hubo un tiempo en que respirar era mecánico, una repetición sin sentido. La luz del sol entraba por la ventana, pero no me calentaba. Las voces a mi alrededor se convertían en murmullos lejanos, ajenos, como si el mundo hubiese decidido avanzar sin mí. Perderse en esa niebla es fácil, pero salir de ella requiere una fuerza interior que muchas veces creemos inexistente.

El primer paso fue minúsculo. Un instante de curiosidad, una chispa en la oscuridad. Un libro abierto, una melodía que de pronto sonó diferente, el aroma del café con recuerdos olvidados. Pequeñas señales de que la vida todavía quería hablarme, aunque susurrara en vez de gritar.

Seguir viviendo no es olvidar el pasado, ni pretender ignorar el dolor. Es aprender a convivir con él, encontrarle un espacio en nuestra historia sin permitirle dictar nuestro futuro. Es abrir los ojos y, pese a todo, buscar belleza en lo cotidiano: en la textura de una hoja bajo los dedos, en la forma en que el viento juega con el pelo de alguien en la calle, en el reflejo tembloroso de la luna sobre el agua.

El peso del mundo es invisible hasta que lo sientes sobre los hombros. Se acumula en los pliegues del tiempo, en las palabras no dichas, en los recuerdos que parecían inofensivos pero que, con los años, revelan su verdadera intensidad. Vivir no es simplemente avanzar, es aprender a sostener lo que cargamos sin que nos hunda. Es encontrar equilibrio entre lo que fue y lo que aún nos queda por descubrir.

Hubo momentos en los que creí que la vida era un laberinto sin salida. Cada paso parecía llevarme al mismo punto, el mismo callejón sin respuestas. Me aferré al silencio, a las rutinas que me protegían del vértigo de la incertidumbre. Pero la existencia no se detiene por miedo; sigue su curso, indiferente a nuestras dudas. Aprendí que el cambio es inevitable, y que resistirse a él es como intentar detener el viento con las manos.

Seguir viviendo es aceptar la transformación, incluso cuando no la comprendemos. Es confiar en que la oscuridad de hoy no es eterna y que, en algún lugar, la luz siempre espera su turno. Porque si algo nos enseña el tiempo es que la vida se mueve en ciclos: la pérdida trae aprendizaje, la despedida nos prepara para nuevos encuentros, la caída nos recuerda que siempre podemos levantarnos.

En mis días más fríos, encontré consuelo en los pequeños gestos: una mirada que entendía sin palabras, la calidez de una voz que me llamaba por mi nombre, la fragancia de un libro recién abierto. Fueron esas diminutas maravillas las que me recordaron que la vida no sólo se mide en los grandes acontecimientos, sino en los momentos cotidianos que, poco a poco, nos devuelven el sentido.

Seguir viviendo no significa olvidar el dolor ni borrar la historia. Significa integrarlo en nuestra narrativa sin permitir que nos defina. Es mirar hacia adelante con la certeza de que, aunque el camino no sea fácil, sigue siendo nuestro. Porque la vida no nos pide perfección, sólo que sigamos andando, que sigamos buscando, que sigamos sintiendo.

Y así, entre amaneceres y noches sin sueño, entre risas y lágrimas, seguimos viviendo. Porque al final, la existencia no se trata sólo de sobrevivir, sino de encontrar la fuerza para hacerlo con propósito, con amor, con esperanza.

Porque la vida nunca deja de llamarnos, aunque a veces el ruido del sufrimiento nos impida escuchar. Y cuando finalmente logramos hacerlo, nos damos cuenta de que siempre estuvo ahí, esperándonos, paciente y fiel. Seguir viviendo es eso: aceptar la invitación y volver al mundo.

Cada noche me duermo escuchando música. Anoche fue Fito Páez quien me acompañó: “Cada vez que pienso en vos… Fue amor, fue amor…”

[Col}> Ida y Vuelta, Origen y Destino / Juan Antonio Pino Capote

15-03-2024

Juan Antonio Pino Capote

Ida y Vuelta. Origen y Destino

Existía desde siempre, fuera de eso que llaman espacio y tiempo, en una envidiable situación de bienestar y confort insuperables, rodeado de incontables presencias como la mía, y que me hacían sentir bien al aproximarse. Eso en una circunstancia sin principio ni fin. Algo que se podría nombrar como eternidad. No tenía ningún tipo de limitación para desplazarme dentro de la inmensidad. También tenía acceso a un gran holograma en el que se registraban todas las variaciones de la energía y sus efectos con un control exhaustivo de los más mínimos detalles del acontecer universal, instante por instante.

De pronto, alguien o algo decidió enviarnos a no sé qué clase de aventura. El destino y todos los detalles del itinerario nos serían dados durante el mismo en cada momento. Estaban contenidos en una especie de espirales de diverso tamaño que contenían una multitud de mensajes y programas. Cuando ya había llegado a un destino inquietante, algo se anexionó a mí con otros tantos mensajes espirales intercambiables para elegir los mejores de ambos. Una vez hecho esto, todo lo demás despareció y se inició un desarrollo en torno a mí y que me fue encorsetando en una serie de superposiciones incomprensibles que iban a condicionar mi nuevo estado.

Poco a poco me fui olvidando de mi grandiosa situación anterior para irme adaptando a las nuevas circunstancias. Todo me siguió pareciendo algo confuso y fui percibiendo cómo me iban llegando algunas sensaciones que podía oír y a percibir fluctuaciones en la intensidad de la oscuridad que me rodeaba. También me di cuenta de que podía mover algunas partes de mi envoltura, que recibía energía para el crecimiento por unos tubos que procedían del exterior y que me hacían crecer más y más.

Según iba creciendo como un nuevo individuo autónomo, me iba olvidando de mi posición anterior, aunque nunca se separó completamente de mí, su recuerdo. Y esto fue bueno porque siempre me permitió interpretar mi nueva situación con una cierta perspectiva.

Después de un cierto tiempo, cómodamente instalado en una especie de limbo lleno de incertidumbre y de sensaciones inexplicables, sufrí un cambio algo brusco y me vi privado de mi confortable estado anterior. Salí a un espacio exterior con mucha luz y, de inmediato, se pusieron en marcha mecanismos que substituirían a todo lo que recibía por los tubos que se conectaban a mi abdomen, que se desprendieron inmediatamente. Me di cuenta de que podía emitir sonidos potentes y también respirar y mover con fuerza mis anteriores muñones, ahora más desarrollados. Me di cuenta de que era mucho más autónomo, pero con otra clase de dependencia importante. Gracias a los que me habían precedido en esta aventura, me fui desarrollando y cogiendo el gusto a esta nueva situación. Agradecí que a lo largo del desarrollo me fuera apareciendo una cierta capacidad de pensar y reflexionar para irme dando cuenta de todo lo que pasaba y, casi más aún, se me había presentado una cierta capacidad de recordar lo que vivía y lo que razonaba. También gracias a la memorización del lenguaje con el que se comunicaban entre sí todos los que me rodeaban y, gracias a ello puedo comunicar todos estos recuerdos en un modo de transmisión entendible para todos. Porque se habrán dado cuenta de que estoy escribiendo esto de forma retrospectiva, un poco antes de mi vuelta al estado anterior.

Antes de que yo llegara ya me había precedido una multitud de generaciones de humanos que con su inteligencia y creatividad habían logrado un entorno confortable para unos seres con capacidades escasas de autosubsistencia. Por ello había surgido un sentimiento de solidaridad y cooperación entre la multitud de presencias. Pero había dos presencias que me resultaban muy cercanas y gratificantes. Posiblemente las que habían aportado los programas completos para mi formación y crecimiento y que, gracias a ellas, seguía obteniendo lo necesario para satisfacer mis necesidades elementales, aquéllas que obtenía fácilmente a través de los tubos a los que estuve conectado en mi etapa anterior.

Ahora, lo hacía de forma más agradable a través de lo que llamarían boca, a la que acercaban una fuente tibia y suave. Antes ya percibía sonidos muy extraños y luminosidades variables que luego serían los colores. Cuando acercaban a ella la fuente del líquido espeso, emitían sonidos muy agradables. Pero el líquido espeso lo tenía que succionar yo. Ya empezaba a hacer algo por mí mismo. Pero tenía que descansar después de varias succiones. Los sonidos y los cambios de iluminación fueron muy interesantes para mí, aunque la boca era la que me daba otras satisfacciones, a parte de la succión. Con la boca podía emitir sonidos potentes que llamaban la atención de otras presencias que pronto acudían a mí para calmar la necesidad de succionar o de resolverme cualquier contratiempo que percibiera en mis rudimentarias sensaciones corporales.

Luego todo fue un desarrollo progresivo con muchos logros e innovaciones, hasta que, pasado un cierto tiempo, cuando ya había aprendido a emitir sonidos articulados en palabras que iba oyendo y repitiendo, y pudiendo interpretar las emociones que se emitían con cierto tipo de palabras y las menos agradables de reproches que sonaban con más potencia y que en mi indefensión me producían llanto. Y así fui descubriendo el rico mundo de las emociones, ésas que te hacen sentir mejor o peor después del encuentro o desencuentro.

Pronto aprendí que estas sensaciones se compensaban unas con otras, aunque creaban una vaga sensación de perplejidad. Dentro de un ambiente acogedor, en el que otros resolvían mis incomodidades cuando lloraba o emitía sonidos que algo después se convertían en algunas palabras de las que iba oyendo, hasta que empecé a comunicarme y a pensar. Me sorprendía que se entendieran mis palabras, no sé si bien o mal pronunciadas. Y así fui progresando, hasta que un día me di cuenta de mi persona cuando alguien me preguntó cuántos años tenía y respondí que cinco, y me di cuenta de que el tiempo se medía por años y que yo pronto sería como ellos, personas importantes y seguras, o eso me parecía a mí.

Y sí, descubrí que muchas personas eran importantes y seguras en cuanto que con su esfuerzo proporcionaban logros más o menos útiles para los demás en los ámbitos de trabajo y en los campos del arte y la ciencia y en la capacidad organizativa de los esfuerzos y logros comunes y en las estructuras organizativas de todos y para todos. Pero sí, existía en todos en una inseguridad, más o menos confesada, que algunos parecían ignorar. Yo también empecé a tener mis dudas respecto a la duración de la vida y la llegada de la consabida muerte. Cosa que recordaba cada vez que veía un entierro.

Aun conservando el recuerdo de mi origen, dudaba si podría volver a él. Prefería pensar que sí, pero estaba algo dudoso de que así fuera. Y cada vez entendía menos el por qué y para qué de esta aventura. Pude observar que esta incertidumbre era común a todas las personas. Y esta incertidumbre ha acompañado a la Humanidad desde su aparición sobre la Tierra. A pesar de los enormes logros del conocimiento sobre todo lo existente, lo material o físico, en tres dimensiones, y lo inmaterial en forma de pensamientos y emociones, los humanos siguen con la gran incertidumbre de su origen y destino. Y aquí empieza el estudio de las religiones y creencias.

Desde muy pronto, los humanos empiezan a buscar… en lo físico, lo filosófico y lo religioso.

Todos conocemos la historia de los descubrimientos físicos, después de lo que los humanos han ido progresando en la adquisición de conocimientos y artilugios que los han traído al estado de bienestar del que los hombres disfrutan y se sienten orgullosos. Pero este autodenominado “Homo Sapiens” no logra dar respuesta a la gran incógnita de su existencia y destino después de la muerte. Las respuestas más aproximadas vienen del campo de las religiones y de la filosofía. También la Ciencia aporta bases para una respuesta coherente, aunque no concluyente.

Historias de la búsqueda existen tantas como seres humanos han existido. De la mano de las religiones y sus profetas se crea la idea común de Dios. Un ser definido como el causante de toda la creación que se ha querido comunicar con los humanos a través de los profetas que reciben unas normas de vida concretas y que siempre han superado el conocimiento y culturas de los que las han transmitido. Por lo que parece asumible que han sido realmente inspiradas desde una inteligencia superior, máxime cuando las palabras se acompañan de hechos extraordinarios como curaciones, resurrecciones etc., llamados milagros.

Pero, especialmente sus doctrinas eran muy buenas y han marcado la vida y comportamiento de todas las sociedades. Aunque la inmensa mayoría de los humanos creen por el testimonio histórico de otros, y a esto se le llama fe. Ni el gran avance de la Ciencia puede demostrar la existencia de Dios, de un cielo y un infierno, y del alma. Y la fe es muy útil para disipar la angustia ante la inevitable muerte.

La búsqueda filosófica se evidencia en el mito de La Caverna Platón, 400 años a.C. Pensaban que la verdad estaba fuera.

Durante mucho tiempo se ha buscado una explicación para que la creencia en estas creaciones religiosas sea posible desde la perspectiva de nuestra razón. Se ha buscado en la filosofía con variados argumentos, se ha buscado en la física y la química, en los átomos y electrones y en todos los elementos de la física clásica, con escasos resultados. Se ha buscado alguna base real para que las propuestas religiosas sean posibles y comprensibles para la razón humana. Los humanos han invocado multitud de teorías para demostrar la existencia de un ser o inteligencia superior que lo ha organizado todo. Esta creencia ha existido desde siempre y se ofrecían sacrificios y rogativas a éste o estos seres superiores. También servían para explicar lo inexplicable. Se han invocado multitud de teorías. Cuando hay muchas teorías para intentar explicar algo, es porque ninguna es satisfactoria. Por ello hay que fiarse de la fe, creer en lo que no vemos y fiarse del testimonio de los profetas y en la historicidad de acontecimientos extraordinarios.

Desde Aristóteles (460 a.C) se viene invocando el principio de causalidad, pasando por otros filósofos, como Descartes (meditación nº 3), Santo Tomás y otros muchos, se viene invocando este principio. Pero deducir o inducir la existencia de Dios, no es lo mismo que demostrarla.

Hace algún tiempo que se alumbró para los humanos una opción para creer en lo que no se ve: la radio. La radio de galena, la radio de lámparas y la radio de semiconductores, los llamados transistores. Con una velocidad de transmisión similar a la de la luz, de 300.000 km/seg. Nuestro lenguaje se podía transmitir a largas distancias por unas ondas que no se ven ni se oyen hasta que llegan a su receptor. A esto se llegó gracias a los conocimientos de la física clásica.

A principios del siglo pasado hizo su aparición la física cuántica. Hoy nos encontramos con una física cuántica, no al alcance de una mayoría de humanos, pero sí de los filósofos cuánticos que permiten vislumbrar una nueva dimensión como hábitat inicial y destino definitivo para la raza humana. Así que nos vamos a referir a las propuestas de algunos de los muchos filósofos que han especulado y hecho suposiciones con esta nueva herramienta en sus múltiples facetas. Para esto no hace falta tener ningún conocimiento de la física cuántica.

Una de las aportaciones más sugerente es la concepción de un universo holográfico, que sería como una especie de conciencia cósmica, además de “registro” del acontecer de la materia y de la vida en el Universo. Se puede invocar aquello que dicen los creyentes de “mira que te mira Dios, mira que te está mirando”. Y así puede quedar grabado todo el acontecer de nuestras vidas, incluyendo circunstancias, pensamientos que se van produciendo.

Si con instrumentos basados en la velocidad de la luz y la electricidad, con la información binaria y transformación de imágenes, lenguajes y demás, en dígitos trasportables y utilizables en ordenadores, y de una energía cuántica, en la que sus vórtices viajan a una velocidad de mil millones de veces la velocidad de la luz, podemos esperar las mejores cosas de y en este universo cuántico, aunque yo no he perdido el recuerdo, ahora algo vago de mi origen y destino seguro.

Otro aspecto importante es que se ha demostrado que las emociones y sentimientos viajan a gran velocidad en una longitud de onda especial, entre los humanos entre sí y con el holograma cuántico donde reciben un tratamiento preferente y distinguido. Son lo más importante en el mundo no visible, casi como un mundo paralelo: el mundo de las emociones.

Durante de mi existencia como humano también llegué a tener mis dudas y llegué a pensar que los humanos podrían descubrir el infinito que llevan dentro, en algo más profundo que el subconsciente, y pensé que allí podrían encontrar la visión holística de su existencia. Y consideré que podría intentarlo.

Lo intenté relajándome cerca del sueño y me encontré avanzando por espacios oscuros hasta que al final tuve la percepción de un espacio, donde estaban todas las respuestas que ya conocía, inmenso, lleno de luz y color, que me recordaba a mi vida anterior, pero ese instinto básico de los humanos, que llaman miedo, me recordó que no debía seguir adelante porque esto podía resultar en mi pérdida de corporeidad y punto final de mi aventura. Me vino a la mente la frase de un poeta afirmando que la verdad no cabe en la existencia y pensé que los humanos no conocerán esta dimensión hasta que mueran y se vean en ella disfrutando de su magnífico bienestar, y reviviendo con otros las aventuras y avatares de sus vidas y el devenir de todo el Universo

Y retrocedí, más que por miedo, porque no quería salir de la Tierra sin dejar testimonio de esta interesante aventura y contarla como una novela. Cuando la termine estaré satisfecho de haber venido y dispuesto a la vuelta, y no por progresar en mis profundidades mentales, sino porque mi ciclo vital y biológico haya llegado a su fin natural.