[Col}> Los besos / Soledad Morillo Belloso

28-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Los besos

Los besos son un idioma sin reglas, una música que se toca con los labios y se escucha con el alma. Son el primer lenguaje que aprendemos antes de hablar, antes de escribir, antes de comprender el amor. Como el vapor que sube de una olla en la cocina: tibios, envolventes, plenos de memoria. Hay tantos como personas besando, porque cada uno es una invención, una forma de decir “te siento” sin palabras. Cada beso tiene su acento, su ritmo, su modo.

Pueden ser suspiros detenidos, caricias suspendidas, promesas que se derriten como mantequilla sobre pan caliente. Algunos saben a fruta madura, a sal de mar en la piel. Se dan en la penumbra, entre jazmines y sonidos lejanos de radios encendidas. En cocinas donde se revuelve el guiso y se prueba la salsa con el dedo. En plazas con heladeros y niños corriendo. En universidades entre libros abiertos y utopías compartidas. En madrugadas, mientras el mundo duerme y el alma se despereza.

Hay besos que llegan con la urgencia de quien regresa de la guerra, y otros que se ofrecen como café en la mañana: con pausa, con ternura, con el deseo de que el otro se quede. Se dan en la frente como bendición, en la mejilla como saludo, en la boca como estremecimiento. Son refugio, altar, trinchera. Algunos curan, otros duelen, muchos enseñan a esperar. Se entregan con los ojos cerrados, como quien se lanza al abismo confiando en que el otro será red.

Están los de madre, que huelen a talco y promesa. Los de abuela, que saben a caramelo y a bendición. Los de amigos, como hamacas que sostienen sin exigir. Los de amantes, que son selva, vértigo, pasión. Y los que no se dieron, que flotan como cometas sin hilo, esperando ser reclamados, también cuentan. Porque el deseo de besar es ya una forma de ternura. Algunos se guardan en la nuca, en la espalda, en la comisura. Vuelven en sueños, como ecos de algo que no terminó.

Un beso puede durar un segundo o toda la vida. Ser prólogo o epílogo. Bienvenida, despedida, tregua. Hay besos que el cuerpo recuerda aunque la mente los haya olvidado. Porque la piel tiene su propio archivo de afectos, su glosario de temblores. Algunos se esconden como semillas, esperando la lluvia de un reencuentro.

Besarse es un acto vital. Es decirle al mundo: “aquí hay afecto, aquí hay pausa, aquí hay necesidad de sensación”. Es aplaudir la lentitud, la diferencia, la comunión. Convertir la piel en altar, la boca en ofrenda, el tiempo en abrazo. Detener el reloj y decir: “En este instante, todo está bien”. Hacer del cuerpo un refugio, del roce una plegaria, del instante una eternidad.

En poesía, los besos son temblores que hablan, silencios que arden, gestos que condensan el universo en un roce. Metáfora viva, símbolo de comunión, deseo, despedida. Pueden oler a albahaca, a papel viejo, a lluvia sobre tierra caliente. Sonar como suspiro largo, crujir de hoja seca, eco de canción lenta en la madrugada. Sentirse como primer sorbo de vino, brisa que entra por la ventana, roce de hamaca en la siesta.

Algunos se quedan tatuados en la memoria como el olor del primer hogar, como la canción que nos salvó sin saberlo. No fueron solo roce de labios, sino estremecimiento de alma, vértice donde el mundo se detuvo. Viven en la comisura de una sonrisa, en la piel que recuerda aunque la mente quiera esquivar. Tienen sabor a dulzura, a lluvia caliente, a chocolate derretido en taza de porcelana.

Y hay otros que no ameritan recuerdo. Dados por costumbre, por protocolo, por prisa. Insípidos, irrelevantes. Sin huella ni eco, como sombra sin cuerpo, saludo sin alma. No fueron altar ni refugio, sino trámite, gesto vacío, roce sin temblor. No dolieron, no curaron, no cantaron. Como cucharadas de sopa tibia sin sal: suficientes para llenar, pero no para quedarse.

La memoria, que es selectiva y sensorial, guarda lo que fue liturgia, lo que tuvo aroma, ritmo, vértigo. Y deja ir lo que no se atrevió a ser poema.

Cada beso es un instante irrepetible. En poesía, se convierte en fuego que no quema, agua que no moja, tiempo que no pasa. Es el punto donde el reloj se detiene y el alma se asoma. Hay besos que no se dan con los labios, sino con la mirada, la voz, la espera. La poesía los nombra como presencias sutiles, caricias que no tocan pero abrazan. Susurros que flotan en el aire, aromas que se cuelan por la ventana, canciones que se cantan sin voz.

Los besos no envejecen. No se arrugan, no se oxidan, no se vencen. Un beso dado hace décadas puede seguir latiendo en la comisura de una sonrisa, en la piel que recuerda aunque la mente haya partido. No tienen edad ni fecha de caducidad, porque no pertenecen al tiempo, sino al temblor. Son como semillas que germinan en la memoria, como ecos que se repiten en la piel cuando el cuerpo se estremece ante otro roce parecido.

Un beso puede sobrevivir al olvido, al silencio, al exilio. Puede cruzar océanos, resistir mudanzas, acompañar duelos. Hay besos que aún huelen. Besos dados en cocinas, en plazas, en estaciones de tren, que todavía se escuchan como sinfonía en la penumbra. No envejecen porque no se guardan en relojes, sino en la piel. No se archivan en calendarios, sino en el alma.

Y cuando vuelven —en sueños, en música, en aromas— no regresan como recuerdo, sino como presencia. Porque un beso verdadero no se gasta, no se borra, no se pierde. Se queda vibrando en algún rincón del cuerpo, como una luz tibia que no se apaga.

Cada beso es texto sensorial, sobremesa compartida, canción que se canta con los labios y se escucha con el alma. Son ritos sagrados. Se sirven como desayuno en domingo, con chocolate caliente y pan de horno. Se escuchan como bolero en plaza, como susurro en radio, como poema leído en voz baja. Son temblor de hoja al viento, calor que queda en la taza después del último sorbo.

Besar es escribir con la boca. Narrar sin tinta, sin papel, sin micrófono. Decir “te quiero” con la piel, “te honro” con la boca húmeda, “te espero” con el estremecimiento. Y en ese gesto, breve y eterno, cabe el mundo entero. Porque en cada beso hay una hoguera encendida, una felicidad secreta, una memoria que se despierta. Y cuando dos bocas se encuentran, el universo se detiene a escuchar.

Nunca es temprano ni tarde para un beso. El beso acude cuando el alma lo llama, cuando la piel lo presiente, cuando el cuerpo lo precisa. Nunca sobra un beso. Nunca sobra porque siempre hay algo que decir sin palabras. Y a veces, lo que no se dice con la boca, se dice con la boca.

[Col}> Lo que los inmigrantes portugueses nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

15-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes portugueses nos trajeron

¡Ah, los portugueses! Navegantes del bacalao y del fado que llegaron a Venezuela con una maleta llena de sueños, una foto de la abuela en blanco y negro y un pan de trigo que parecía tallado por Miguel Ángel.

Llegaron a Venezuela con la brújula apuntando al trabajo duro y el corazón lleno de saudade. Muchos venían de Madeira, de aldeas donde el mar era vecino y la tierra se ganaba con las uñas. Aquí se metieron en todo: ferreterías, bodegas, abastos, supermercados, construcción, agricultura, floristerías y jardinerías, y hasta en la venta de repuestos donde sabían más de carburadores que de castellano.

Los portugueses no vinieron con pompa ni discursos, pero trajeron algo mejor: sabor, terquedad, y una manera muy suya de convertir cualquier esquina en una panadería que huele a gloria celestial.

Entonces, hablemos del pan. Porque si algo hicieron los portugueses fue enseñarnos que el pan no es sólo pan. Es ritual, es abrazo, es desayuno con mantequilla y café en vasito.

Nos trajeron el pan campesino, el pan de leche, el pan que cruje como chisme de vecina. Y no sólo lo trajeron: lo perfeccionaron. ¿Quién no ha hecho una cola de media hora en una panadería un domingo por la mañana, con la esperanza de que todavía quede algo caliente? Y si no queda, igual uno se lleva un golfiao con queso e’ mano, porque el alma portuguesa también sabe de eso.

Pero no todo fue pan. También trajeron el bacalao, ese pescado seco que parece un ladrillo pero que, milagrosamente, se convierte en manjar cuando lo cocinan con papas, cebolla y aceite de oliva.

La ensalada de bacalao es como una declaración de principios: sencilla, honesta y con carácter. Y si uno tiene suerte, le toca probar el bacalao espiritual, que no tiene nada de místico, pero sí mucho de sabroso.

Los portugueses también trajeron una manera muy suya de mirar el mundo: con paciencia, con trabajo duro y con una fe inquebrantable en que todo se puede resolver con la Virgen de Fátima y un buen café.

Porque el café portugués no es cualquier café. Es fuerte, oscuro y servido con una sonrisa que dice: “Isto vai mexer contigo até às lembranças mais guardadas”. Y si uno se queda conversando, seguro te ofrecen un pastelito de nata, que es como un abrazo en forma de postre.

Y qué decir de los nombres. Porque los portugueses tienen esa costumbre de ponerle nombres largos a sus hijos, con apellidos que parecen trabalenguas. Pero también tienen el don de los apodos.

Así, en cualquier lugar venezolano, hay un “Portu” (dicho con toneladas de cariño) que no se llama Portu, sino João Pedro, Tiago Manuel, João Martim, pero que todo el mundo conoce como “el señor que hace los mejores cachitos del mundo”. El cachito tiene jamón y una masa que parece hecha por ángeles panaderos que seguramente son portugueses. Y la manera como lo hacen es imposible de reproducir en casa.

Y trajeron refranes, aunque a veces no los entendemos del todo. Cosas como “quem não tem cão, caça com gato”, que uno traduce como puede y aplica cuando se le acaba el papel toilette. Porque el humor portugués es seco, directo, y con una pizca de melancolía. Como si siempre estuvieran recordando algo que pasó en Madeira o en Oporto, pero sin dejar de sonreír.

También trajeron una estética: azulejos, santos con cara de primo lejano, y una manera de decorar que mezcla lo barroco con lo práctico. Las casas portuguesas tienen ese encanto de lo vivido, lo útil, y lo bonito sin pretensiones. Y si uno entra a una, seguro hay una imagen de Fátima y de San Antonio, porque los portugueses creen en los milagros, pero también en el trabajo duro.

Los portugueses nos trajeron esa cultura de las letras de sus grandes escritores y poetas. ¡Y vaya letras!  Desembarcaron con una maleta invisible llena de palabras que saben a mar, a saudade, a vinho verde y a tardes de lluvia.

Nos trajeron la cadencia melancólica de Fernando Pessoa, que escribía como quien conversa con sus propios fantasmas; la fuerza lírica de Sophia de Mello Breyner, que hablaba del mundo como si fuera un poema en voz baja. ¡Y cómo no incluir a don Luis de Camões, ese poeta que escribía como quien navega entre tormentas y amores imposibles!

Los portugueses que llegaron a Venezuela no sólo trajeron manos para el trabajo y alma para el fado, también venían con una herencia literaria que sabe a mar abierto y a versos tallados en piedra.

Camões, con su Os Lusíadas, nos enseñó que la épica no está solo en las guerras, sino también en el alma que resiste. Sus palabras cruzaron el Atlántico como quien lanza botellas con mensajes, y aquí encontraron eco en los que también venían buscando nuevos mundos.

Esa tradición de letras exquisitas se coló en nuestras sobremesas, en los cuentos de abuelos que hablaban de Lisboa como si fuera parte del mapa emocional de Venezuela. Pessoa nos trajo la melancolía filosófica y Camões ese fuego antiguo que convierte la lengua en espada y caricia.

Y aunque muchos portugueses que llegaron no eran poetas de oficio, hablaban con una musicalidad que parecía escrita en endecasílabos. Porque cuando un madeirense dice “A minha casa é tua casa”, lo dice con la misma solemnidad con la que Camões hablaba del amor y del destino.

Así que sí, los portugueses nos trajeron letras que no se leen sólo con los ojos, sino con el alma. Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos papelón, cariño y espacio en nuestras bibliotecas del corazón. Esa tradición literaria, tan rica y profunda, se coló en Venezuela como quien deja una carta debajo de la puerta.

Muchos portugueses que llegaron aquí llevaban la poesía en la manera de hablar, en los cuentos que contaban en las sobremesas, en los dichos que mezclaban el portugués con el castellano y que terminaban sonando como refranes nuevos. Y así, sin hacer ruido, nos enseñaron que la palabra también puede ser hogar.

Discretos pero constantes, como el café colado en manga: sin alarde, pero siempre presente. Convirtieron su “bom dia” en “buenos días, vecino” y el fado “Estranha Forma de Vida”, interpretado por Amália Rodrigues —“Foi por vontade de Deus / Que eu vivo nesta ansiedade…”— que no es canción: es confesión, es herida cantada con dignidad.

En él, el destino no se discute, se canta. Y Amália lo hizo eterno, como si cada palabra llevara el peso de Lisboa en la voz, en un fondo musical para sembrar raíces. La música portuguesa tiene algo único.

En 2017, Salvador Sobral entonó “Amar pelos dois” como quien acaricia una cicatriz con la yema de los dedos. Compuesta por su hermana Luísa, esta balada de jazz susurrado y bossa contenida se volvió plegaria de los que aman sin retorno, de los que ofrecen el corazón entero, aunque el otro ya no esté.

En Eurovisión de ese año, entre el ruido y la parafernalia, Salvador apareció como un suspiro: voz íntima, mirada baja, y una ternura que desarmó a Europa. No cantó para impresionar, cantó para entregar. Y esa entrega, desnuda y sin artificios, convirtió la canción en un acto de amor absoluto. Desde entonces, “Amar pelos dois” vive como un fado sin guitarra, sembrado en el alma de quienes saben que hay amores que no se gritan, se murmuran.

Y no podemos olvidar el acento. Ese acento que suena a mar y a montaña, que convierte la “r” en una caricia y la “s” en suspiro. El portugués venezolano habla con una cadencia que parece canción, y cuando se emociona, mezcla el español con el portugués y uno no entiende nada, pero igual se ríe.

Los inmigrantes portugueses se trajeron a sí mismos, con todo lo que eso implica: sabores, costumbres, manías y una manera de vivir que se fue mezclando con la nuestra hasta que ya no sabemos dónde termina lo portugués y empieza lo venezolano.

Porque en este país, el pan “de a locha” (que no cuesta una locha) ya es tan nuestro como la arepa, y el bacalao espiritual se sirve en Navidad junto al pernil y la ensalada de gallina.

Así que gracias, Portus queridos. Gracias por el pan, por el marroncito a primera hora en una panadería, por el bacalao, por las letras, por el fado, por los negocios, por la gentileza, por la Virgen de Fátima, por las flores y por enseñarnos que la vida se vive mejor si se empieza con una buena masa y se hornea con cariño.

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes españoles / Soledad Morillo Belloso

14-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes españoles

Ah, los españoles… Cuando llegaron como inmigrantes a Venezuela, no sólo trajeron maletas llenas de ropa bien doblada, santos envueltos en papel periódico y fotos de abuelos con cara de “no me hables antes del café”. Trajeron una manera de estar en el mundo. Una forma de hablar distinguiendo las ces y las zetas de las eses, de regañar con cariño, de cocinar con abundancia y de contar historias que empiezan en Galicia, pasan por Oviedo y Barcelona, y terminan en Ciudad Bolívar, con escala en un bodegón de Chacao y alguna fiesta patronal en Valencia (la nuestra).

Los gallegos llegaron con esa mezcla de terquedad y ternura que los hace únicos. Montaron panaderías donde el pan sobado se convirtió en religión, y si el pan no estaba caliente, mejor ni lo mencionaras. “¡Ese pan está frío, respeta!”, decían con tono de juez supremo.

Y nosotros, que no somos bobos, aprendimos que el pan se come calientico, con mantequilla, y acompañado de cuentos largos que empiezan con “Cuando yo llegué a este país…”

Los asturianos trajeron gaitas, fabada y esa nostalgia que se cura con sidra y trabajo duro. Montaron negocios donde el olor a chorizo se mezclaba con el de la empanada criolla. Y si había fiesta, sacaban la gaita y armaban tremendo jolgorio: mezcla de romería y parranda caraqueña. “Esto no es Asturias, pero se le parece”, decían mientras brindaban con papelón con limón.

Los catalanes llegaron con precisión, con orden, con esa manera de hacer las cosas que parece coreografía. Montaron pastelerías donde el brazo gitano se volvió primo hermano del quesillo, y tiendas donde todo estaba etiquetado, contado, medido. “Això està bé”, decían, y nosotros respondíamos “¡Está chévere!” sin saber que estábamos hablando el mismo idioma del afecto.

Y los refranes… ¡Ay, los refranes! Nos trajeron una enciclopedia de sabiduría popular: “Más vale pájaro en mano que cien volando”, “A quien madruga, Dios lo ayuda”, “Donde fueres, haz lo que vieres”.

Nosotros los agarramos, los mezclamos con los nuestros y creamos unos híbridos que ni Cervantes entendería. “Más vale arepa en mano que jamón ibérico en vitrina”. Porque aquí todo se tropicaliza, se sazona, se vuelve fiesta.

También trajeron esa costumbre sabrosa de montar negocios con nombres que parecen sacados de una novela picaresca: “Ferretería El Gallego”, “Bodegón La Española”, “Carnicería Don Pepe”. Y si el negocio prosperaba, le añadían “y algo más”. Así nacieron joyas como “Panadería La Ibérica y algo más”, donde vendían pan, café, chucherías, papel higiénico y hasta consejos matrimoniales.

Pero si hay algo que nos une con España —como el arroz con la leche y el azúcar en el arroz con leche— es la música. Mi papá alucinaba con Sarita Montiel, una mujer que cantaba cuplés con voz de terciopelo, fumaba puros como quien recita poesía, y vivía como quien sabe que la vida es un escenario. Saritísima no sólo era diva, sino género propio.

El Poliedro de Caracas, el Teresa Carreño, el Forum de Valencia y cuanto teatro, club y sala de shows y fiestas existe en Venezuela han sido testigos de conciertos que se volvieron rituales. Raphael, con su voz de drama y terciopelo, nos enseñó que un “yo soy aquel” podía sonar como bolero y como zarzuela.

Cuando yo era una niña con pretensiones de gente grande (ya no soy niña y sigo sin ser grande) Fórmula V —con su pop alegre y contagioso— nos hacía bailar como si estuviéramos en una fiesta de pueblo, con papelillos y cotillón. Cuando sonaba “Eva María se fue buscando el sol en la playa” o “Cuéntame”, más de uno se enamoraba sin saberlo.

Las canciones de Fórmula V se volvieron parte del paisaje sonoro de nuestras vacaciones, nuestras fiestas con picó, nuestras tardes de radio AM. Y aunque eran de España, se volvieron nuestros. Donde suena Fórmula V, hay memoria, hay alegría y hay corazón.

Rocío Dúrcal, que ya nos había enamorado con su “Amor en el aire”, nos cantó rancheras con acento madrileño y nos hizo llorar con “Amor eterno”. Julio Iglesias vino con su sonrisa de galán y nos dejó tarareando “Me olvidé de vivir” mientras hacíamos cola en el abasto. Nino Bravo, con su “Libre como el sol cuando amanece, yo soy libre como el mar”, con esa voz de viento y montaña, nos enseñó que la libertad no se explica: se canta. Su música cruzó el Atlántico y se quedó en nuestras radios, en nuestros corazones.

“¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti?” Con esa sola línea, inolvidable, Perales convirtió el desamor en una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez. Su música se siente como carta escrita a mano, como suspiro en la ventana. Es la España que nos canta desde el alma y se nos metió en el cuerpo.

Tenemos la mente y el corazón inundados de canciones que nos marcaron de por vida. Los Hombres G, con sus letras de rebeldes del destape, nos hicieron brincar en el CCCT como si estuviéramos en Madrid. Melendi, con su acento asturiano y sus “Likes y cicatrices”, llenó el Poliedro y nos recordó que la melancolía también se canta con ritmo. Mocedades volvió después de 36 años y nos regaló “Eres tú” como si el tiempo no hubiera pasado.

Serrat, con su voz de mar y sus versos de calle, nos cantó “Mediterráneo” y nosotros lo hicimos nuestro, aunque el mar que nos baña sea el Caribe. Serrat y Sabina nos enseñaron que la nostalgia puede tener ritmo, que la memoria se canta, y que un español puede sonar como si hubiese nacido en El Hatillo.

Ah, Alejandro Sanz, con sus letras que duelen bonito. “Corazón partío” se volvió himno de despecho, y “Amiga mía” sonó en radios, taxis y serenatas improvisadas. Porque cuando Sanz canta “Y si fuera ella”, todos tenemos una historia que nos aprieta el pecho. Y cuando dice “No es lo mismo”, entendemos que “lo mismo “ es  una enfermedad del lomo y que hay canciones que no se oyen: se sienten.

Cuando Plácido Domingo cantó “Caballo Viejo” junto a Simón Díaz, la ópera se vistió con liqui liqui y el joropo se volvió sinfónico. Fue en el Teresa Carreño, con la Orquesta Sinfónica Juvenil de Venezuela, donde el tenor español se dejó llevar por el alma llanera y convirtió ese clásico en un puente entre dos mundos. Un momento en que la música venezolana se sintió universal, y la voz de Domingo galopó con elegancia por los versos de Tío Simón.

En Venezuela, la afición taurina ha sido más que espectáculo: ha sido rito, herencia y tertulia.  Desde las ferias de San Cristóbal y Mérida hasta la Maestranza de Maracay, la Fiesta Brava ha reunido generaciones enteras que celebran el arte del toreo como quien honra una tradición que cruzó el Atlántico con acento español y se sembró en tierra andina y maracayera. Las plazas se llenaban de emoción, de pañuelos blancos, de olés que retumbaban como ecos de siglos.

Y junto a esa pasión por el toro, late también el corazón flamenco. Porque aquí, cuando suena una guitarra rasgueada y una voz se quiebra en quejío, no importa si estamos en Caracas o en Maracaibo: el alma se nos va detrás del zapateo.

El flamenco, con su duende y su drama, encontró en Venezuela tierra fértil para el aplauso. Desde tablaos improvisados en El Hatillo hasta noches de cante jondo en Margarita, el arte flamenco se volvió nuestro, como si el taconeo también llevara arepa en el alma. Porque aquí, el toro embiste con dignidad, y el flamenco se canta con ron y sentimiento.

Lo más hermoso que trajeron fue la costumbre de reunirse. De hacer de la comida un acto sagrado. La paella llegó como ritual dominical: arroz, reunión, cuentos y ese tío que siempre dice “Esto no es paella, pero está bueno”. Porque lo importante no es la receta, sino el acto de compartir.

Los inmigrantes españoles nos enseñaron que la nostalgia se cura con trabajo, que el humor es medicina, y que el hogar se construye con refranes, recetas, canciones y rituales compartidos.

Nos enseñaron a hablar con carácter, a discutir con pasión, a celebrar con comida y a llorar con dignidad. Y nosotros agarramos todo eso, lo mezclamos con tambor, con ron, con hallaca y con chisme, y lo convertimos en identidad.

Así que cuando alguien diga “los españoles nos trajeron muchas cosas”, tú responde: “¡Claro que sí! Nos trajeron sabores que se volvieron nuestros, como si el aceite de oliva aprendiera a bailar joropo y el ajo se mezclara con papelón sin perder su acento.

Llegaron con sus churros, sus pucheros, sus empanadas gallegas, sus paellas con aroma a mar y memoria. En sus maletas venían recetas que se transformaron al calor del fogón criollo: el arroz con mariscos se volvió más picante, el gazpacho se tropicalizó, y hasta el turrón encontró rival en el dulce de lechosa.

En cada mesa venezolana hay un eco de esa herencia: un sofrito que recuerda a la abuela española, un jamón serrano que se come con arepa, un vino de Rioja que se besuquea con las  hallacas en diciembre. La comida española no se quedó en nostalgia: se volvió mezcla y sabor con pasaporte venezolano.

Nos trajeron cultura, las tabernas de La Candelaria que se replicaron en todo el país, refranes con garbo, canciones inolvidables y una manera de vivir que se nos metió en la piel.

Y nosotros, como buenos venezolanos, lo mezclamos todo y lo convertimos en fiesta. Porque al final, donde canta un asturiano, baila un margariteño. Donde cocina un catalán, come un caraqueño. Donde cuenta un gallego, se ríe un guayanés. Y cuando canta Alejandro Sanz corea toda la familia. Porque en Venezuela, la historia no se escribe: se canta, se cocina, se celebra.

Adrede, he dejado por fuera a los canarios y a los vascos, porque merecen capítulos especiales.

[Col}> ¿Qué es Latinoamérica? /Soledad Morillo Belloso

21-08-2025

Soledad Morillo Belloso

¿Qué es Latinoamérica?

Latinoamérica no es sólo un subcontinente. Es una sobremesa que se alarga entre café colado, ron con hielo o vino, y mucha habladera de zoquetadas. Es el eco de una abuela que dice “no hay apuro” mientras pela mangos con la destreza de quien ha sobrevivido dictaduras, apagones y generaciones de hijos y nietos que partieron buscando futuro.

Aquí, la historia no se encierra en libros: se cocina en las esquinas, se canta en los velorios y se baila en las protestas. Es esperanza que aspira progreso y amnesia maquillada de modernidad.

Este territorio no se comprende con mapas, sino con oído y corazón. México no empieza en el Río Bravo, sino en el primer “ándale, pues” que provoca una sonrisa. Venezuela no termina en el Orinoco, sino en el aroma de arepa que se cuela por  rendijas.

Los países aquí se definen por refranes, poemas, ritmos y recetas. Es una tierra contradictoria, donde el tiempo se mide en aguaceros y el progreso en si el vecino logró reparar la nevera.

Latinoamérica no se define por sus gobiernos, sino por sus sobremesas y su cultura. Por mujeres que saben más que ministros, por niños que convierten piedras en tesoros, por hombres que lloran en silencio mientras reparan un camión.

Es un verbo en gerundio: resistiendo, soñando. Aquí, la tristeza se convierte en chiste y el chiste en himno. La memoria no se archiva: se canta.

Muchos creen que los latinoamericanos somos iguales. No lo somos, ni siquiera usamos el idioma de la misma forma. Decimos “hermano” con acento distinto, “guayabo” con significado diferente y “pendejo” con intención variable. Porque sí, hasta los insultos aquí tienen alma.

En México, “pendejo” es ingenuidad con ternura. En Venezuela, es grito de tráfico con el vidrio arriba y el alma caliente. En Argentina, es adolescencia eterna. En Perú, es error, torpeza o simplemente el otro. Y en Colombia, depende del tono: puede ser amigo, enemigo o uno mismo en un mal día.

Así es Latinoamérica: un carnaval de significados. Aquí no se habla español, se habla con rabia, con ritmo. Cada país tiene su propio diccionario clandestino, hecho de gestos, silencios y palabras que cambian de sentido según la latitud.

Afirmar que somos iguales es como decir que todas las empanadas saben igual. Hay dulces, saladas, con variedad de rellenos, fritas, horneadas, todas suculentas. Así somos: diversos, sabrosos, contradictorios.

Y si algo compartimos, es que ninguno quiere ser confundido con otro. Porque aquí, la identidad es exigencia, el lenguaje barricada y la cultura un grito que no pide permiso.

Desde afuera, la deshumanización es sutil pero constante. Se nos caricaturiza, se nos reduce a estereotipos, como si fuéramos un bloque homogéneo de caos y folklore. Nos ven sin mirarnos, nos oyen sin escucharnos. Como si nuestras voces no merecieran espacio en las conversaciones globales.

Pero Latinoamérica no es un planeta aparte. Es pensamiento crítico, arte que transforma, ciencia que innova y pueblos que  reinventan. Aquí se piensa, se crea, se lucha y se ama con una intensidad que no cabe en etiquetas simplistas.

Y sí, parte de la culpa también es nuestra. A veces, por cansancio, repetimos discursos que nos minimizan. Nos acostumbramos a ver lo nuestro como “menos”, como si la belleza y la inteligencia necesitaran sello extranjero para ser validadas.

Hemos contribuido a esa invisibilización cuando no defendemos nuestras voces, cuando creemos que el éxito sólo se alcanza lejos de nuestras raíces.

Somos el resultado de una historia tejida con hilos de sangre, resistencia y belleza. Nuestra independencia fue escrita con tinta de obituarios. Latinoamérica no es una sola piel ni una sola voz.

Es un mosaico donde conviven los cantos ancestrales de los pueblos originarios, el tambor africano que aún retumba en las costas, la herencia europea que se mezcla con contradicción y memoria, y el mestizaje que nos define sin pedir permiso. Somos indios, negros, blancos, mestizos.

Somos la mirada sabia del campesino, la fuerza de la mujer que cría y trabaja, el niño que juega en la acera como si fuera universo. Somos la mezcla de montañas que guardan secretos, valles que susurran historias, desiertos que enseñan paciencia y costas que celebran la vida con cada ola.

No hay una sola forma de ser latinoamericano. Hay millones. Y todas valen. Todas cuentan. Todas merecen ser vistas con respeto y escuchadas con atención. Porque en esta tierra, la diversidad no es problema: es potencia.

Pero algo está despertando. Cada vez más personas cuentan su historia desde su esquina del mundo, con honra y sin pedir permiso. Hay una generación que entiende que no se trata de competir con otros modelos, sino de mostrar que lo nuestro tiene valor por sí mismo.

La culpa puede doler, pero también puede ser semilla. Semilla de cambio, de reflexión, de acción. Porque cuando dejamos de repetir lo que nos dijeron que éramos y empezamos a decir lo que realmente somos, el mundo empieza a escucharnos distinto.

Necesitamos contarnos con dignidad, con memoria, con coraje. No desde el resentimiento, sino desde la conciencia. Mostrar lo que somos, sin maquillaje ni vergüenza. Con nuestras luces y sombras. Con más sonido y menos ruido. Con heridas abiertas, pero también con las manos llenas de futuro.

Sí, hemos tropezado. Hemos cometido errores. Hemos callado cuando debimos gritar y gritado cuando debimos pensar. Pero también hemos creado y amado con una intensidad que no se aprende en ningún manual. Cada caída nos ha dado una razón más para levantarnos.

Caminar con la frente en alto no es arrogancia. Es memoria. Es decir: “Aquí estoy, con todo lo que soy. Con mi acento, mi historia, mi contradicción.”

Y, sobre todo, es dejar claro que no somos “sudacas”. Ese término no nos define. Somos latinoamericanos. Con todas las letras. Con todas las culturas. Con todos los acentos. Con todas las luchas. No somos un estereotipo ni una frase hecha. Somos pueblos que piensan, que sienten, que transforman. Somos la voz que no se calla, la historia que no se borra, el alma que tiene carácter.

[Col}> Fabulosa / Soledad Morillo Belloso

02-10-2025

Soledad Morillo Belloso

Fabulosa

No me miro al espejo y me veo joven. Me veo fabulosa. Y eso no es vanidad. Es reconocimiento. Porque lo joven era otra cosa. Era promesa, era ensayo, era vértigo. Hoy soy resultado. Soy el producto de todo lo que he vivido, de lo bueno y de lo malo, pero sobre todo de lo que he aprendido.

Soy la suma de mis errores, de mis aciertos, de mis duelos, de mis fiestas, de mis silencios. Soy la mujer que se ha caído y se ha levantado, no una ni dos, sino muchas veces, y cada vez con más dignidad, con más lentitud, con más certeza.

La viudez, que es la peor experiencia imaginable, me arrancó el suelo, me dejó sin aire, me vació los cajones del alma y los bolsillos. Pero también me enseñó a desprenderme. A soltar todo lo que me impedía salir del hueco.

A dejar atrás las versiones de mí que ya no me servían. Y aunque el dolor no se va, se transforma. Se vuelve brasa, se vuelve impulso, se vuelve trampolín. En cierta forma, siento que es él, mi marido, quien desde el más allá me empuja con ternura.

Él me veía, y me lo decía, como una mujer fantástica. “Yo te quiero, pero, además, me encantas”.  Y yo, ahora, empiezo a creerle. No por vanidad, sino por justicia, porque él veía en mí lo que yo, por razones incomprensibles, no veía en mí misma.

No me veo bonita. Me veo fabulosa. Y eso no tiene que ver con la piel ni con la moda. Tiene que ver con la historia que cargo, con la manera en que camino, con la forma en que digo “no” sin culpa y “sí” sin miedo.

Tiene que ver con la forma en que me río con la boca abierta, sin miedo a mostrar los dientes, porque cada carcajada es una victoria. Tiene que ver con la forma en que me visto, no para gustar, sino para contar quién soy. Un vestido de seda puede ser mi armadura. Un pañuelo, mi bandera. Una risa escandalosa, mi mejor tarjeta de presentación.

A los treinta o a los cuarenta quizás tenía más firmeza en el cuerpo, pero menos firmeza en las decisiones. Hoy hay otra belleza: la que no se suplica, la que no se negocia. La que se planta en la mitad del cuarto y dice “aquí estoy, con todo lo que soy, y eso es suficiente”.

La que no pide permiso para brillar. La que no se esconde detrás de la juventud, sino que se muestra con todas sus cicatrices, como quien muestra sus medallas.

Sentirse fabulosa es una certeza que se instala en el pecho y se expande como perfume que no pide permiso. Es bailar sola en la cocina, con la música alta y el corazón en llamas.

Es escribir textos que nadie pidió, pero que el mundo necesita leer. Es llorar con elegancia, con rabia, con ternura, y luego secarse las lágrimas con un pañuelo bordado. Es cocinar para una sola persona y poner la mesa como si viniera la reina.

Es hablar con las plantas, con los muertos, con los recuerdos. Es saber que cada año vivido me afina el oído, me pule la mirada, me ensancha el corazón.

Es entender que la juventud no es un privilegio, es una etapa. Y que la plenitud no tiene edad, tiene actitud. Es mirar el espejo no como juez, sino como testigo. No veo juventud, veo historia.

Veo la mujer que ha vivido, que ha perdido el miedo, que ha aprendido a decir “esto sí, esto no”. Veo las arrugas como líneas de guion, como partituras de una sinfonía que solo yo sé  interpretar. Veo los ojos más lentos, pero más sabios. Veo la boca más serena, y con marcas, pero que sabe lo que quiere decir.

Sentirse fabulosa es un acto poético, profundamente amoroso y que recomiendo sin tapujos. Porque cuando una se siente fabulosa, contagia. Se vuelve faro, se vuelve abrazo. Y no hay quien pueda apagar esa luz. Es una cuestión de actitud.

Es decirle al mundo: “No me rendí. Me desabaraté y me transformé.” Es vivir con la certeza de que cada día puede ser carta abierta.

Y esto no es pedantería. Todo lo contrario. Porque la pedantería es mirar al mundo por encima del hombro. Y yo lo miro de frente, con respeto. Y me miro con respeto. Porque he aprendido que la dignidad no está en la perfección, sino en la mirada que se posa con ternura sobre lo vivido. Y yo, hoy, me miro con ternura. Me reconozco. Me celebro. Me abrazo.

Hoy no me miro al espejo para buscar juventud o la belleza que alguna vez tuve. Me miro para reconocerme. Para decirme: “Aquí estás. Y estás fabulosa.”

Y quizás, porque me veo a mí misma con bondad, veo la bondad en un mundo que tiene muchas cosas estupendas, muchas más que las que no lo son. Un mundo que me invita a acompañarlo en la aventura de vivir. Y para ese viaje tengo la cabeza llena de textos que no he escrito, de sueños y proyectos.

[Col}> Sentir de pronto amanecer / Soledad Morillo Belloso

22-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Sentir de pronto amanecer

Quizás tenía que sumergirme. No en cualquier tristeza, sino en una densa, espesa, que llega como la marea cuando nadie la espera. Una tristeza como guarapo fermentado, como sombra que se posa en la espalda sin pedir permiso.

Tuve que bajar, sí. Bajar como quien busca raíces en la tierra húmeda, como quien se deja tragar por el pozo para ver si al fondo hay eco, o canto, o algo que se parezca a sí misma.

Y allí, en lo hondo, el alma y el cuerpo se encontraron. No como aliados, sino como sobrevivientes. Se miraron con ojos de barro, con costillas temblando, y entendieron que no podían quedarse allí. Que la tristeza, aunque legítima, no era morada. Era umbral. Era semilla. Era impulso.

Entonces, sin aviso, sin preludio, sin redoble de tambores, sentí de pronto amanecer.

No fue el sol. Fue algo más antiguo. Fue como si el cuerpo recordara que sabe danzar. Como si el alma, que había estado muda, decidiera cantar. El mundo, que hasta hace un segundo dormía en su propio silencio, abrió los ojos. Y yo con él.

La luz no llegó caminando. Llegó bailando. Como quien entra a una fiesta con los pies descalzos y el corazón en la mano. Como quien trae arepas calientes envueltas en servilletas bordadas por la abuela. Como quien dice “aquí estoy” sin decirlo.

Sentir de pronto amanecer es como oír un tambor lejano que de pronto está dentro del pecho. Es el olor a café antes de que alguien lo prepare. Es el canto de un gallo que no vive cerca, pero que igual te despierta. Es el cuerpo que se despereza sin que tú se lo pidas, como si supiera que hay que celebrar algo.

Y ahí está el sol, sin pedir permiso, entrando por la rendija, tocando la mejilla suavemente, como diciendo “ya es hora”. No hay solemnidad. Hay picardía. El amanecer no llega con trompetas.

Llega con suspiros, con estirarse en la cama, con sonrisa, con el murmullo del día  que empieza a vivir.  Llega con olor a salitre, con el canto de las sardinas, con el susurro de las madres que preparan desayuno mientras tararean boleros.

Sentir de pronto amanecer es recordar que la oscuridad no es enemiga, sino antesala. Que la tristeza puede ser semilla. Que el cuerpo y el alma, cuando se encuentran en el fondo, también pueden encontrar el impulso para subir. Y cuando suben, no hay cielo que los detenga.

Es un ritual íntimo. Los ojos se abren, la piel se estira, el alma se acomoda. Y todo lo que parecía roto empieza a tener ritmo. No se trata de olvidar la noche. Se trata de entender que la noche fue necesaria para que el día tuviera sentido.

Porque hay amaneceres que no se ven. Se sienten. Se llevan dentro. Se paren con dolor, pero también con júbilo. Y cuando llegan, no hay sombra que los opaque. Son luz que se sabe merecida. Son canto que se sabe cuerpo. Son memoria que se sabe ritual.

Porque a veces hay que tocar el abismo con los dedos, dejar que la tristeza nos desarme como lluvia sobre papel, para que el alma y el cuerpo, en su desnudez más honesta, recuerden que están hechos también de fuego, de tambor, de semilla. Y entonces, sin aviso, sin permiso, sin explicación, ocurre el milagro: sentimos de pronto amanecer.

[Col}> Un gato sin apellido / Soledad Morillo Belloso

25-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Un gato sin apellido

No nació en ninguna casa, ni en cuna ni en colchón heredado. Su primer techo fue una caja de cambures detrás del mercado, justo al lado del puesto de las cebollas moradas que lloraban solas, como viudas sin duelo. La caja, empapada por la lluvia de la noche anterior, olía a fruta madura, cartón mojado y ese perfume dulzón que tienen los comienzos sin testigos.

Allí, entre cáscaras tibias y moscas con alma de trovadoras, abrió los ojos por primera vez. No tenía nombre, pero sí hambre. Y una curiosidad que le zumbaba en las patas como si el mundo fuera una cocina abierta y él, el único comensal sin cucharilla.

Lo llamaban “el rayado”, “el que se mete en la panadería”, “el gato ese que duerme en la repisa de los jabones, justo al lado del azul añil”. Nunca tuvo apellido, pero sí una fama que se paseaba por las esquinas como chisme fresco, de esos que se cuentan entre guarapita y empanada.

Aprendió a caminar entre piernas humanas, esquivando chancletas, caricias distraídas y algún que otro balde de agua con vocación de castigo. El asfalto caliente le enseñó a medir distancias con las almohadillas, y el olor a guiso de las casas le enseñó a esperar con dignidad. Sabía distinguir el sonido de una olla destapada del de una puerta que no quiere visitas. Sabía cuándo maullar y cuándo hacerse el invisible.

Una vez vivió tres días debajo del altar de la iglesia. Le gustaba el silencio, el olor a cera derretida y ese Jesús de yeso que lo miraba sin pedirle nada. Se acurrucaba entre las faldas de las rezanderas, como quien busca consuelo sin palabras. Se fue cuando llegó la procesión, porque los tambores lo asustan más que los perros.

El retumbar le recordaba a los portazos de la señora que lo echó de su patio por robarle un pedazo de pastel de chucho. Desde entonces, cada tambor le parece una amenaza con ritmo y con eco.

Tuvo amores. Una gata tricolor que vivía en la azotea del señor Ramón, el que vendía hielo y hablaba con las matas. Ella lo miraba como si él fuera dueño de algo más que su pelaje. Le llevó sardinas robadas y versos que maullaba en la madrugada, con voz de bolero y cola erguida. Ella se fue cuando Ramón se mudó a Cumaná.

Desde entonces, aprendió que el abandono también tiene pelaje, y que el amor, como el gas doméstico, a veces se acaba sin previo aviso. Nunca volvió a enamorarse, pero sí a mirar con ternura y ganas de besuqueo. Que no es lo mismo, pero se parece.

Fue testigo de peleas, nacimientos, incendios, y una vez, de un eclipse que dejó a medio pueblo sin palabras. Nadie le preguntó qué vio, pero lo guardó en los ojos. Porque los gatos no olvidan, sólo disimulan.

Vio llorar a una niña en la plaza, vio reír a un borracho que hablaba con las palomas, vio cómo misia Eloísa enterraba cartas en su jardín como si fueran semillas de lechosa. Él lo vio todo, desde lo alto del tejado, como un vigía sin uniforme. Y cada escena se le quedó pegada al pelaje como el olor a leña en camisa de domingo.

Una tarde, lo encontraron dormido sobre el busto de Bolívar. El mármol le parecía frío, pero digno. Desde allí observaba el desfile de vendedores ambulantes, los discursos sin micrófono, los niños que jugaban a ser grandes y los grandes que jugaban a no recordar.

Le gustaba ese lugar porque nadie lo molestaba. Porque desde allí podía ver cómo la patria se deshilachaba en conversaciones de plaza, en promesas de campaña, en empanadas sin relleno y en arepas que todavía saben a maíz.

Hoy, viejo y con la oreja rota, se sienta en la plaza como un abuelo sin nietos. El sol le calienta los huesos y el viento le peina los bigotes. Los niños lo acarician sin saber que fue leyenda.

Que una vez salvó a un bebé del fuego, que otra vez guió a una señora ciega hasta su casa, que tiene más vidas que cuentos y más cuentos que vidas. Su andar es lento, pero su mirada sigue afilada. Observa como quien ya ha vivido demasiado, pero aún se permite el lujo de sorprenderse.

No tiene casa, pero sí territorio. No tiene nombre, pero sí memoria. Y cada cicatriz es una crónica que aún no se ha escrito. Su cuerpo es un mapa de historias que no caben en los libros, pero sí en las esquinas, en los tejados, en los silencios que huelen a sopa de mediodía.

Si alguna vez lo ves, no le regales lástima. Dale conversación. Porque él, aunque sin apellido, tiene más patria en sus patas que muchos en sus discursos escritos con almidón.

Ya es de noche en Pampatar. El murmullo del mar se cuela entre las piedras como un secreto viejo que no se cansa de contarse. El gato sin apellido se acomoda en su murito de siempre, ese que da justo frente al ir y venir de las olas, como si fuera balcón de teatro para quien ya ha visto todas las funciones.

Se estira, bosteza sin apuro, y deja que la brisa le peine los recuerdos. No hay luna, pero sí estrellas que parecen migajas de historias que aún no ha contado. Desde allí, con la cola enroscada y los ojos entrecerrados, observa cómo el mar respira, cómo la noche se hace patria, y cómo él, sin nombre ni dueño, sigue siendo testigo de todo lo que importa.

[Col}> Cosas que sólo saben las abuelas / Soledad Morillo Belloso

24-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Cosas que sólo saben las abuelas

Las abuelas saben cosas que no vienen en ningún manual, ni en los libros de autoayuda, ni en los podcasts de crianza positiva. Son saberes que se transmiten por ósmosis, por regaño con cariño. Cosas que se aprenden mientras se pela yuca, se dobla ropa con esmero o se escucha cómo el café sube en la greca como quien anuncia milagros. Porque sí, el café subiendo es como la abuela hablando bajito: algo importante está por pasar.

Una abuela sabe que el dolor de cabeza no se cura con pastillas, sino con sombra, silencio y una infusión de hojas que sólo ella reconoce por el olor. “Tómate esto y acuéstate… y déjate de pensar tanto”, dice, y hay que obedecer, porque en su voz hay más ciencia que en cualquier prospecto farmacéutico.

La abuela sabe que el amor no se mide en promesas, sino en cucharadas de sopa caliente, en el pedacito de pollo que te guarda sin decir nada, en el “¿comiste?” que suena más profundo que un “te quiero”. Y si la respuesta es no, ella no pregunta por qué: se para, revuelve, y sirve sin sermón.

Sabe la abuela que el respeto empieza por no interrumpir cuando alguien está contando algo, aunque lo haya contado mil veces. Porque para ella, cada historia es una ofrenda, y cada repetición, una forma de mantener vivo lo que el tiempo quiere borrar. “Déjenla que hable, que el alma también necesita desahogo”, dice, mientras mira con esa ceja levantada que educa sin palabras.

Las abuelas tienen un radar que no falla. Detectan tristezas camufladas detrás de sonrisas, visitas que traen malas noticias aunque lleguen con torta, y nietos que necesitan perdón aunque no lo pidan. Ellas no preguntan, ellas saben. Y si preguntan, es para dar chance de  confesión sin juicio. “Dime la verdad, que yo no me escandalizo. Ya he visto de todo”, suelta, y hay que rendirse sin discutir, porque es bien sabido que una abuela es refugio.

Una abuela sabe que el arroz se lava “hasta que el agua hable claro”, que no se barre de noche porque se espanta la suerte, y que el despecho se cura con una buena llorada seguida de sopa con huesito, servida en plato hondo y con cucharón generoso. “Está bien, llora, pero come”, aconseja, pues sabe que el consuelo empieza por el estómago.

Sabe la abuela que la fe cabe en una estampita doblada en cuatro, guardada en la cartera junto a una receta de hallacas, una foto de alguien que ya no está, y un billete de cinco dólares “por si acaso”. Y si falta la fe, ella presta la suya. “Yo le pedí a San Antonio por ti, aunque tú no creas en santos”, dicen, y algo se acomoda en el universo.

Las abuelas cuentan historias sin saber que están haciendo historia. Dicen que el bisabuelo tenía “una mirada que tumbaba gobiernos” y que la tía-abuela bailaba guaracha  con los pies descalzos y era el alma de la fiesta. Y los nietos, sin darse  cuenta, aprenden geografía emocional, política doméstica, y filosofía de familia. Las abuelas echan cuentos de cosas que pasaron hace un montón de años, y  no se olvidan de cómo era el vestido de fulanita, “que era muy simpática pero bailaba malísimo”.

Saben que el tiempo no se pierde si se está bordando, que la tristeza se disimula con arepas recién hechas, y que el perdón se sirve caliente, con un poquito de azúcar y una cucharada de paciencia. “No te quedes con eso en el pecho, que eso se pudre”, advierten, mientras sirven café con leche y acarician el alma.

Saben que la dignidad empieza por no salir con los zapatos sucios, que la elegancia no depende del vestido sino del modo en que se recibe a la visita, y que la belleza se hereda, pero el carácter se cocina a fuego lento. “La mujer se ve por cómo trata a los demás, no por lo que lleva puesto”, sentencia, mientras se acomoda el cuello de la camisa.

Las abuelas también saben cuándo callar. Y ese silencio, ay, ese silencio… tiene más peso que cien discursos. Es el silencio que dice “yo sé, pero no te voy a juzgar”. El que acompaña sin invadir. El que cura sin tocar. “No voy a decir nada, pero aquí estoy”, murmuran, y el resultado es que la soledad sale por la ventana.

Y cuando están lejos, siguen enseñando. En el modo en que se  acomodan los platos, en el impulso de guardar “el pedacito más blandito del pollo”, en esa costumbre del “Dios te bendiga”. Estan en el olor del guiso que sale sin receta, en el gesto de doblar las toallas como si fueran promesas. En el consejo que aparece sin que nadie lo diga: “No te metas donde no te llaman, pero si te llaman, ve con dignidad”.

Las abuelas saben cosas que no se olvidan. Y por eso, pensar en ellas acomoda el pecho. El mundo vuelve a tener sentido, aunque sea por un ratico. Como si el alma se pusiera su mejor vestido de domingo, y saliera al patio a tomar café con ellas, aunque no estén. Porque las abuelas están en el refrán que se repite sin saber por qué, en el olor a alcanfor, en el eco de un “cuídate, mi amor” que protege.

Las abuelas saben es cómo leer el cuerpo ajeno sin necesidad de estetoscopio. “Tienes la mirada caída, eso es cansancio del alma”, diagnostican mientras te ponen a reposar con una toalla tibia en la frente y una oración bajita que parece susurro de monte. “No te tragues la rabia, que eso da acidez”, “No duermas con el corazón apretado, que los sueños se revuelven”. Son curanderas del ánimo, terapeutas del silencio.

También saben que la vida no se puede vivir con apuro. “El que corre mucho, se tropieza con su sombra”, dicen mientras amasan con calma, como si el tiempo fuera harina. Saben que hay que dejar reposar las decisiones como se deja reposar el pan, que no todo se resuelve en el momento, y que a veces lo mejor es “dormirlo y mañana se ve”. Para ellas, la prisa es cosa de gente que no ha aprendido a escuchar el canto de los pájaros ni el chisme del viento.

Lo que las abuelas saben no se pierde: se queda bordado en la memoria, como servilleta con iniciales, como receta sin medidas. Y cuando la vida aprieta, basta con recordar una de sus frases para que el alma respire hondo y se acomode, como quien se sienta en el porche a esperar que pase la tormenta.

Y aunque hoy muchas abuelas se pasean en jeans, con celular en mano y lentes de sol como quien va a conquistar el mundo, hay momentos en que se ríen solas y piensan: “¡Caray, estoy igualita a mi mamá!”. Y esa risa, entre nostalgia y travesura, es puro homenaje sin decirlo.

Desde que nace el primer nieto, toda mujer pierde su nombre: ya no es Carmen, ni Teresa, ni Magdalena. Tampoco es Mamá o Mami. Ahora es “la abuela”, “mamama”, “mima”, “ahí”, “meme”, “abu”, o “la que guarda caramelos en la cartera”. Es como si la maternidad tuviera segunda vuelta  con bautizo incluido.

Porque convertirse en abuela es una transformación mágica: se les suaviza el carácter, se les afina el oído para detectar travesuras, y se les multiplica el amor como si lo sirvieran en cucharones. Y ese nuevo nombre, el que el nieto pronuncie primero, se queda para siempre.

[Col}> Aderezar el lenguaje / Soledad Morillo Belloso

22-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Aderezar el lenguaje

Con frecuencia converso con argentinos que nunca han pisado suelo venezolano. Y en medio del cafecito y la charla, aparece una pregunta que ya es casi ritual porteño: “Che, nena, ¿me podés explicar qué significa…?”

La curiosidad viene de haber escuchado a dos venezolanos en una mesa vecina, hablando con ese tono que mezcla sabana y picardía, soltando frases que en Buenos Aires suenan a acertijo. Imagino la escena: una tertulia con aroma a nostalgia y una lluvia de refranes cayendo como aguacero en techo de zinc.

Entonces, aquí va, una explicación para los del Cono Sur y para los que creen que hablar es sólo juntar palabras.

En Venezuela, todo se refranea. Desde que uno dice “mamá”, ya está oyendo que “el que no llora, no mama”, y ahí comienza el entrenamiento. Porque aquí, hablar sin refrán es como comer arepa sin relleno: se puede, sí, pero ¿a santo de qué? El refrán no es adorno, es herramienta. Es brújula, escudo, espejo y hasta abanico. Es la forma en que el país le pone poesía a la cotidianidad, y humor al drama.

Los refranes en Venezuela son como los vecinos de toda la vida: no se escogen, pero siempre están. Uno va por la vida y de repente, ¡zas!, te cae un “más vale tarde que nunca” como advertencia disfrazada de ternura.

Y si te quejas porque no te alcanza lo que tienes, te sueltan un “el que mucho abarca, poco aprieta”, y te dejan pensando si de verdad necesitabas ese tercer cargo, ese segundo novio o ese cuarto préstamo. Son frases que no piden permiso, se instalan en la conversación como quien se sienta en la sala y se acomoda sin quitarse los zapatos.

El hablar venezolano es colorido, sabroso, teatral. En la cola del banco, en la consulta del médico, en el velorio y hasta en el baby shower, los refranes hacen acto de presencia. Son como los sancochos domingueros: cada quien le mete lo suyo, pero todos terminan sudando y filosofando.

“A falta de pan, buenas son tortas”, dice la señora que no consiguió harina pero igual hizo arepas con plátano. “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”, advierte el mototaxista que ya te vio cara de turista. Y “el que tiene rabo de paja, que no se acerque a la candela”, murmura la vecina cuando pasa el concejal con cara de yo-no-fui. Si el personaje reincide, se sentencia con un “perro que come manteca, mete la lengua en tapará”.

Hay refranes para cada ocasión, como si la vida viniera con subtítulos criollos. Si alguien se mete en lo que no le importa, se le advierte que “el que se mete a redentor, sale crucificado”. Si hay muchos que quieren mandar pero pocos que obedezcan, se suelta un “mucho cacique y poco indio”. Y si alguien espera que todo se le dé sin mover un dedo, se le lanza un “el que quiere pescado, que se moje el rabo”.

Pero no todo es regaño. Hay refranes que son como caricias con picante. “No hay mal que por bien no venga”, dice la abuela cuando se va la luz y por fin todos se sientan a conversar. “Dios aprieta pero no ahorca”, asegura el señor del abasto mientras acomoda los tomates como si fueran lingotes. Y “el que ríe último, ríe mejor”, sentencia la tía que fue soltera hasta los 50 y ahora tiene marido buenmozo, finca y grupo de WhatsApp con emojis románticos.

Los refranes también sirven para enamorar. Aquí no se dice “me gustas”, se dice “contigo, pan y cebolla”. No se dice “te extraño”, se dice “como el cochino al barro”. Y si la cosa se pone seria, se suelta un “contigo, aunque me lleve el diablo”.

Porque en Venezuela el amor no se mide en flores, sino en frases que han sobrevivido gobiernos, colas y aguaceros. El romanticismo aquí no es cursi, es sabroso. Es ese “te quiero” que viene envuelto en papel de periódico y huele a café recién colado.

Y cuando la vida se pone cuesta arriba, no se llora: se refranea. “Al mal tiempo, buena cara”, le dicen a uno cuando quieren animarlo. La mamá le dice a la hija sobre ese novio que no convenía: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Y si en otros países se dice “cuando no es una cosa, es la otra”, aquí se versiona como “cuando no es Juana, es la hermana”.

Es como si el país tuviera un manual de supervivencia oral, pasado de generación en generación, sin copyright pero con mucha sazón. Porque aquí, hasta el dolor se dice cantando, y hasta la rabia se disfraza de refrán.

Los refranes son también una forma de democracia lingüística. No importa si tienes estudios o no, si vienes del cerro o del centro, si eres joven o viejo. Si sabes decir “más vale pájaro en mano que cien volando”, ya estás dentro del club.

Es el idioma secreto de los que entienden que la sabiduría no siempre viene en libros, sino en frases que han pasado de boca en boca, de patio en patio. Es el diccionario sentimental del pueblo, el GPS de quienes aprendieron a navegar la vida con humor, con estilo y sudando la gota gorda.

Y hay algo más: los refranes son memoria. Son archivo. Y son acumulativos. A la voz de la abuela se suma la del tío que vendía lotería, la del vecino que arreglaba neveras y daba consejos como quien da caramelos.

Son el eco de un país que aprendió a reírse de sí mismo para no llorar todos los días. Son la manera en que el papá advierte con un “no te metas en camisa de once varas” cuando alguien quiere arreglar lo que no tiene arreglo. Son la forma en que el pueblo se cuenta a sí mismo, sin necesidad de micrófonos ni editoriales.

Así que cuando un argentino me pregunta “¿Me podés explicar qué significa eso?”, yo sonrío. Porque no se trata sólo de traducir palabras, sino de traducir una forma de ser y de vivir.

Uno de mis amigos argentinos me contó esta conversación que escuchó entre dos venezolanas. Una le decía a la otra (y mi amigo grabó la conversación):

—Mira, chama… En la oficina de la municipalidad, donde los papeles se pierden más rápido que los buenos modales en hora pico, Gladys encontró un arroz con mango. La carpeta del señor tenía planos de 1982 mezclados con recibos de condominio. Un pasticho, pues…

Mientras tanto, el pasante nuevo, un chamo que al rompe se ve que come más que lima nueva, se estaba bajando un desayuno triple como si la barriga le pagara por metro cuadrado…. Y claro, cuando le preguntó si el documento estaba listo, la mandó a ver si el gallo puso. Se nota que el tipo estaba más perdío que el hijo de Lindbergh.

“Che, Sole… media hora escuchándolas y no entendí nada. Como si hablaran en otro idioma”.

Luego de soltar la carcajada, le dije: “Mira, tienes razón. Esto no es sólo lenguaje. Esto es ritmo caribeño, sabiduría con humor y filosofía con sabor a pabellón con baranda. Y, ¿sabés qué? Es contagioso…”

En Argentina hay alrededor de 270.000 venezolanos. Aderezan el lenguaje como quien le pone guasacaca al alma.