[Col}> Sentir de pronto amanecer / Soledad Morillo Belloso

22-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Sentir de pronto amanecer

Quizás tenía que sumergirme. No en cualquier tristeza, sino en una densa, espesa, que llega como la marea cuando nadie la espera. Una tristeza como guarapo fermentado, como sombra que se posa en la espalda sin pedir permiso.

Tuve que bajar, sí. Bajar como quien busca raíces en la tierra húmeda, como quien se deja tragar por el pozo para ver si al fondo hay eco, o canto, o algo que se parezca a sí misma.

Y allí, en lo hondo, el alma y el cuerpo se encontraron. No como aliados, sino como sobrevivientes. Se miraron con ojos de barro, con costillas temblando, y entendieron que no podían quedarse allí. Que la tristeza, aunque legítima, no era morada. Era umbral. Era semilla. Era impulso.

Entonces, sin aviso, sin preludio, sin redoble de tambores, sentí de pronto amanecer.

No fue el sol. Fue algo más antiguo. Fue como si el cuerpo recordara que sabe danzar. Como si el alma, que había estado muda, decidiera cantar. El mundo, que hasta hace un segundo dormía en su propio silencio, abrió los ojos. Y yo con él.

La luz no llegó caminando. Llegó bailando. Como quien entra a una fiesta con los pies descalzos y el corazón en la mano. Como quien trae arepas calientes envueltas en servilletas bordadas por la abuela. Como quien dice “aquí estoy” sin decirlo.

Sentir de pronto amanecer es como oír un tambor lejano que de pronto está dentro del pecho. Es el olor a café antes de que alguien lo prepare. Es el canto de un gallo que no vive cerca, pero que igual te despierta. Es el cuerpo que se despereza sin que tú se lo pidas, como si supiera que hay que celebrar algo.

Y ahí está el sol, sin pedir permiso, entrando por la rendija, tocando la mejilla suavemente, como diciendo “ya es hora”. No hay solemnidad. Hay picardía. El amanecer no llega con trompetas.

Llega con suspiros, con estirarse en la cama, con sonrisa, con el murmullo del día  que empieza a vivir.  Llega con olor a salitre, con el canto de las sardinas, con el susurro de las madres que preparan desayuno mientras tararean boleros.

Sentir de pronto amanecer es recordar que la oscuridad no es enemiga, sino antesala. Que la tristeza puede ser semilla. Que el cuerpo y el alma, cuando se encuentran en el fondo, también pueden encontrar el impulso para subir. Y cuando suben, no hay cielo que los detenga.

Es un ritual íntimo. Los ojos se abren, la piel se estira, el alma se acomoda. Y todo lo que parecía roto empieza a tener ritmo. No se trata de olvidar la noche. Se trata de entender que la noche fue necesaria para que el día tuviera sentido.

Porque hay amaneceres que no se ven. Se sienten. Se llevan dentro. Se paren con dolor, pero también con júbilo. Y cuando llegan, no hay sombra que los opaque. Son luz que se sabe merecida. Son canto que se sabe cuerpo. Son memoria que se sabe ritual.

Porque a veces hay que tocar el abismo con los dedos, dejar que la tristeza nos desarme como lluvia sobre papel, para que el alma y el cuerpo, en su desnudez más honesta, recuerden que están hechos también de fuego, de tambor, de semilla. Y entonces, sin aviso, sin permiso, sin explicación, ocurre el milagro: sentimos de pronto amanecer.

[Col}> Un gato sin apellido / Soledad Morillo Belloso

25-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Un gato sin apellido

No nació en ninguna casa, ni en cuna ni en colchón heredado. Su primer techo fue una caja de cambures detrás del mercado, justo al lado del puesto de las cebollas moradas que lloraban solas, como viudas sin duelo. La caja, empapada por la lluvia de la noche anterior, olía a fruta madura, cartón mojado y ese perfume dulzón que tienen los comienzos sin testigos.

Allí, entre cáscaras tibias y moscas con alma de trovadoras, abrió los ojos por primera vez. No tenía nombre, pero sí hambre. Y una curiosidad que le zumbaba en las patas como si el mundo fuera una cocina abierta y él, el único comensal sin cucharilla.

Lo llamaban “el rayado”, “el que se mete en la panadería”, “el gato ese que duerme en la repisa de los jabones, justo al lado del azul añil”. Nunca tuvo apellido, pero sí una fama que se paseaba por las esquinas como chisme fresco, de esos que se cuentan entre guarapita y empanada.

Aprendió a caminar entre piernas humanas, esquivando chancletas, caricias distraídas y algún que otro balde de agua con vocación de castigo. El asfalto caliente le enseñó a medir distancias con las almohadillas, y el olor a guiso de las casas le enseñó a esperar con dignidad. Sabía distinguir el sonido de una olla destapada del de una puerta que no quiere visitas. Sabía cuándo maullar y cuándo hacerse el invisible.

Una vez vivió tres días debajo del altar de la iglesia. Le gustaba el silencio, el olor a cera derretida y ese Jesús de yeso que lo miraba sin pedirle nada. Se acurrucaba entre las faldas de las rezanderas, como quien busca consuelo sin palabras. Se fue cuando llegó la procesión, porque los tambores lo asustan más que los perros.

El retumbar le recordaba a los portazos de la señora que lo echó de su patio por robarle un pedazo de pastel de chucho. Desde entonces, cada tambor le parece una amenaza con ritmo y con eco.

Tuvo amores. Una gata tricolor que vivía en la azotea del señor Ramón, el que vendía hielo y hablaba con las matas. Ella lo miraba como si él fuera dueño de algo más que su pelaje. Le llevó sardinas robadas y versos que maullaba en la madrugada, con voz de bolero y cola erguida. Ella se fue cuando Ramón se mudó a Cumaná.

Desde entonces, aprendió que el abandono también tiene pelaje, y que el amor, como el gas doméstico, a veces se acaba sin previo aviso. Nunca volvió a enamorarse, pero sí a mirar con ternura y ganas de besuqueo. Que no es lo mismo, pero se parece.

Fue testigo de peleas, nacimientos, incendios, y una vez, de un eclipse que dejó a medio pueblo sin palabras. Nadie le preguntó qué vio, pero lo guardó en los ojos. Porque los gatos no olvidan, sólo disimulan.

Vio llorar a una niña en la plaza, vio reír a un borracho que hablaba con las palomas, vio cómo misia Eloísa enterraba cartas en su jardín como si fueran semillas de lechosa. Él lo vio todo, desde lo alto del tejado, como un vigía sin uniforme. Y cada escena se le quedó pegada al pelaje como el olor a leña en camisa de domingo.

Una tarde, lo encontraron dormido sobre el busto de Bolívar. El mármol le parecía frío, pero digno. Desde allí observaba el desfile de vendedores ambulantes, los discursos sin micrófono, los niños que jugaban a ser grandes y los grandes que jugaban a no recordar.

Le gustaba ese lugar porque nadie lo molestaba. Porque desde allí podía ver cómo la patria se deshilachaba en conversaciones de plaza, en promesas de campaña, en empanadas sin relleno y en arepas que todavía saben a maíz.

Hoy, viejo y con la oreja rota, se sienta en la plaza como un abuelo sin nietos. El sol le calienta los huesos y el viento le peina los bigotes. Los niños lo acarician sin saber que fue leyenda.

Que una vez salvó a un bebé del fuego, que otra vez guió a una señora ciega hasta su casa, que tiene más vidas que cuentos y más cuentos que vidas. Su andar es lento, pero su mirada sigue afilada. Observa como quien ya ha vivido demasiado, pero aún se permite el lujo de sorprenderse.

No tiene casa, pero sí territorio. No tiene nombre, pero sí memoria. Y cada cicatriz es una crónica que aún no se ha escrito. Su cuerpo es un mapa de historias que no caben en los libros, pero sí en las esquinas, en los tejados, en los silencios que huelen a sopa de mediodía.

Si alguna vez lo ves, no le regales lástima. Dale conversación. Porque él, aunque sin apellido, tiene más patria en sus patas que muchos en sus discursos escritos con almidón.

Ya es de noche en Pampatar. El murmullo del mar se cuela entre las piedras como un secreto viejo que no se cansa de contarse. El gato sin apellido se acomoda en su murito de siempre, ese que da justo frente al ir y venir de las olas, como si fuera balcón de teatro para quien ya ha visto todas las funciones.

Se estira, bosteza sin apuro, y deja que la brisa le peine los recuerdos. No hay luna, pero sí estrellas que parecen migajas de historias que aún no ha contado. Desde allí, con la cola enroscada y los ojos entrecerrados, observa cómo el mar respira, cómo la noche se hace patria, y cómo él, sin nombre ni dueño, sigue siendo testigo de todo lo que importa.

[Col}> Cosas que sólo saben las abuelas / Soledad Morillo Belloso

24-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Cosas que sólo saben las abuelas

Las abuelas saben cosas que no vienen en ningún manual, ni en los libros de autoayuda, ni en los podcasts de crianza positiva. Son saberes que se transmiten por ósmosis, por regaño con cariño. Cosas que se aprenden mientras se pela yuca, se dobla ropa con esmero o se escucha cómo el café sube en la greca como quien anuncia milagros. Porque sí, el café subiendo es como la abuela hablando bajito: algo importante está por pasar.

Una abuela sabe que el dolor de cabeza no se cura con pastillas, sino con sombra, silencio y una infusión de hojas que sólo ella reconoce por el olor. “Tómate esto y acuéstate… y déjate de pensar tanto”, dice, y hay que obedecer, porque en su voz hay más ciencia que en cualquier prospecto farmacéutico.

La abuela sabe que el amor no se mide en promesas, sino en cucharadas de sopa caliente, en el pedacito de pollo que te guarda sin decir nada, en el “¿comiste?” que suena más profundo que un “te quiero”. Y si la respuesta es no, ella no pregunta por qué: se para, revuelve, y sirve sin sermón.

Sabe la abuela que el respeto empieza por no interrumpir cuando alguien está contando algo, aunque lo haya contado mil veces. Porque para ella, cada historia es una ofrenda, y cada repetición, una forma de mantener vivo lo que el tiempo quiere borrar. “Déjenla que hable, que el alma también necesita desahogo”, dice, mientras mira con esa ceja levantada que educa sin palabras.

Las abuelas tienen un radar que no falla. Detectan tristezas camufladas detrás de sonrisas, visitas que traen malas noticias aunque lleguen con torta, y nietos que necesitan perdón aunque no lo pidan. Ellas no preguntan, ellas saben. Y si preguntan, es para dar chance de  confesión sin juicio. “Dime la verdad, que yo no me escandalizo. Ya he visto de todo”, suelta, y hay que rendirse sin discutir, porque es bien sabido que una abuela es refugio.

Una abuela sabe que el arroz se lava “hasta que el agua hable claro”, que no se barre de noche porque se espanta la suerte, y que el despecho se cura con una buena llorada seguida de sopa con huesito, servida en plato hondo y con cucharón generoso. “Está bien, llora, pero come”, aconseja, pues sabe que el consuelo empieza por el estómago.

Sabe la abuela que la fe cabe en una estampita doblada en cuatro, guardada en la cartera junto a una receta de hallacas, una foto de alguien que ya no está, y un billete de cinco dólares “por si acaso”. Y si falta la fe, ella presta la suya. “Yo le pedí a San Antonio por ti, aunque tú no creas en santos”, dicen, y algo se acomoda en el universo.

Las abuelas cuentan historias sin saber que están haciendo historia. Dicen que el bisabuelo tenía “una mirada que tumbaba gobiernos” y que la tía-abuela bailaba guaracha  con los pies descalzos y era el alma de la fiesta. Y los nietos, sin darse  cuenta, aprenden geografía emocional, política doméstica, y filosofía de familia. Las abuelas echan cuentos de cosas que pasaron hace un montón de años, y  no se olvidan de cómo era el vestido de fulanita, “que era muy simpática pero bailaba malísimo”.

Saben que el tiempo no se pierde si se está bordando, que la tristeza se disimula con arepas recién hechas, y que el perdón se sirve caliente, con un poquito de azúcar y una cucharada de paciencia. “No te quedes con eso en el pecho, que eso se pudre”, advierten, mientras sirven café con leche y acarician el alma.

Saben que la dignidad empieza por no salir con los zapatos sucios, que la elegancia no depende del vestido sino del modo en que se recibe a la visita, y que la belleza se hereda, pero el carácter se cocina a fuego lento. “La mujer se ve por cómo trata a los demás, no por lo que lleva puesto”, sentencia, mientras se acomoda el cuello de la camisa.

Las abuelas también saben cuándo callar. Y ese silencio, ay, ese silencio… tiene más peso que cien discursos. Es el silencio que dice “yo sé, pero no te voy a juzgar”. El que acompaña sin invadir. El que cura sin tocar. “No voy a decir nada, pero aquí estoy”, murmuran, y el resultado es que la soledad sale por la ventana.

Y cuando están lejos, siguen enseñando. En el modo en que se  acomodan los platos, en el impulso de guardar “el pedacito más blandito del pollo”, en esa costumbre del “Dios te bendiga”. Estan en el olor del guiso que sale sin receta, en el gesto de doblar las toallas como si fueran promesas. En el consejo que aparece sin que nadie lo diga: “No te metas donde no te llaman, pero si te llaman, ve con dignidad”.

Las abuelas saben cosas que no se olvidan. Y por eso, pensar en ellas acomoda el pecho. El mundo vuelve a tener sentido, aunque sea por un ratico. Como si el alma se pusiera su mejor vestido de domingo, y saliera al patio a tomar café con ellas, aunque no estén. Porque las abuelas están en el refrán que se repite sin saber por qué, en el olor a alcanfor, en el eco de un “cuídate, mi amor” que protege.

Las abuelas saben es cómo leer el cuerpo ajeno sin necesidad de estetoscopio. “Tienes la mirada caída, eso es cansancio del alma”, diagnostican mientras te ponen a reposar con una toalla tibia en la frente y una oración bajita que parece susurro de monte. “No te tragues la rabia, que eso da acidez”, “No duermas con el corazón apretado, que los sueños se revuelven”. Son curanderas del ánimo, terapeutas del silencio.

También saben que la vida no se puede vivir con apuro. “El que corre mucho, se tropieza con su sombra”, dicen mientras amasan con calma, como si el tiempo fuera harina. Saben que hay que dejar reposar las decisiones como se deja reposar el pan, que no todo se resuelve en el momento, y que a veces lo mejor es “dormirlo y mañana se ve”. Para ellas, la prisa es cosa de gente que no ha aprendido a escuchar el canto de los pájaros ni el chisme del viento.

Lo que las abuelas saben no se pierde: se queda bordado en la memoria, como servilleta con iniciales, como receta sin medidas. Y cuando la vida aprieta, basta con recordar una de sus frases para que el alma respire hondo y se acomode, como quien se sienta en el porche a esperar que pase la tormenta.

Y aunque hoy muchas abuelas se pasean en jeans, con celular en mano y lentes de sol como quien va a conquistar el mundo, hay momentos en que se ríen solas y piensan: “¡Caray, estoy igualita a mi mamá!”. Y esa risa, entre nostalgia y travesura, es puro homenaje sin decirlo.

Desde que nace el primer nieto, toda mujer pierde su nombre: ya no es Carmen, ni Teresa, ni Magdalena. Tampoco es Mamá o Mami. Ahora es “la abuela”, “mamama”, “mima”, “ahí”, “meme”, “abu”, o “la que guarda caramelos en la cartera”. Es como si la maternidad tuviera segunda vuelta  con bautizo incluido.

Porque convertirse en abuela es una transformación mágica: se les suaviza el carácter, se les afina el oído para detectar travesuras, y se les multiplica el amor como si lo sirvieran en cucharones. Y ese nuevo nombre, el que el nieto pronuncie primero, se queda para siempre.

[Col}> Aderezar el lenguaje / Soledad Morillo Belloso

22-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Aderezar el lenguaje

Con frecuencia converso con argentinos que nunca han pisado suelo venezolano. Y en medio del cafecito y la charla, aparece una pregunta que ya es casi ritual porteño: “Che, nena, ¿me podés explicar qué significa…?”

La curiosidad viene de haber escuchado a dos venezolanos en una mesa vecina, hablando con ese tono que mezcla sabana y picardía, soltando frases que en Buenos Aires suenan a acertijo. Imagino la escena: una tertulia con aroma a nostalgia y una lluvia de refranes cayendo como aguacero en techo de zinc.

Entonces, aquí va, una explicación para los del Cono Sur y para los que creen que hablar es sólo juntar palabras.

En Venezuela, todo se refranea. Desde que uno dice “mamá”, ya está oyendo que “el que no llora, no mama”, y ahí comienza el entrenamiento. Porque aquí, hablar sin refrán es como comer arepa sin relleno: se puede, sí, pero ¿a santo de qué? El refrán no es adorno, es herramienta. Es brújula, escudo, espejo y hasta abanico. Es la forma en que el país le pone poesía a la cotidianidad, y humor al drama.

Los refranes en Venezuela son como los vecinos de toda la vida: no se escogen, pero siempre están. Uno va por la vida y de repente, ¡zas!, te cae un “más vale tarde que nunca” como advertencia disfrazada de ternura.

Y si te quejas porque no te alcanza lo que tienes, te sueltan un “el que mucho abarca, poco aprieta”, y te dejan pensando si de verdad necesitabas ese tercer cargo, ese segundo novio o ese cuarto préstamo. Son frases que no piden permiso, se instalan en la conversación como quien se sienta en la sala y se acomoda sin quitarse los zapatos.

El hablar venezolano es colorido, sabroso, teatral. En la cola del banco, en la consulta del médico, en el velorio y hasta en el baby shower, los refranes hacen acto de presencia. Son como los sancochos domingueros: cada quien le mete lo suyo, pero todos terminan sudando y filosofando.

“A falta de pan, buenas son tortas”, dice la señora que no consiguió harina pero igual hizo arepas con plátano. “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”, advierte el mototaxista que ya te vio cara de turista. Y “el que tiene rabo de paja, que no se acerque a la candela”, murmura la vecina cuando pasa el concejal con cara de yo-no-fui. Si el personaje reincide, se sentencia con un “perro que come manteca, mete la lengua en tapará”.

Hay refranes para cada ocasión, como si la vida viniera con subtítulos criollos. Si alguien se mete en lo que no le importa, se le advierte que “el que se mete a redentor, sale crucificado”. Si hay muchos que quieren mandar pero pocos que obedezcan, se suelta un “mucho cacique y poco indio”. Y si alguien espera que todo se le dé sin mover un dedo, se le lanza un “el que quiere pescado, que se moje el rabo”.

Pero no todo es regaño. Hay refranes que son como caricias con picante. “No hay mal que por bien no venga”, dice la abuela cuando se va la luz y por fin todos se sientan a conversar. “Dios aprieta pero no ahorca”, asegura el señor del abasto mientras acomoda los tomates como si fueran lingotes. Y “el que ríe último, ríe mejor”, sentencia la tía que fue soltera hasta los 50 y ahora tiene marido buenmozo, finca y grupo de WhatsApp con emojis románticos.

Los refranes también sirven para enamorar. Aquí no se dice “me gustas”, se dice “contigo, pan y cebolla”. No se dice “te extraño”, se dice “como el cochino al barro”. Y si la cosa se pone seria, se suelta un “contigo, aunque me lleve el diablo”.

Porque en Venezuela el amor no se mide en flores, sino en frases que han sobrevivido gobiernos, colas y aguaceros. El romanticismo aquí no es cursi, es sabroso. Es ese “te quiero” que viene envuelto en papel de periódico y huele a café recién colado.

Y cuando la vida se pone cuesta arriba, no se llora: se refranea. “Al mal tiempo, buena cara”, le dicen a uno cuando quieren animarlo. La mamá le dice a la hija sobre ese novio que no convenía: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Y si en otros países se dice “cuando no es una cosa, es la otra”, aquí se versiona como “cuando no es Juana, es la hermana”.

Es como si el país tuviera un manual de supervivencia oral, pasado de generación en generación, sin copyright pero con mucha sazón. Porque aquí, hasta el dolor se dice cantando, y hasta la rabia se disfraza de refrán.

Los refranes son también una forma de democracia lingüística. No importa si tienes estudios o no, si vienes del cerro o del centro, si eres joven o viejo. Si sabes decir “más vale pájaro en mano que cien volando”, ya estás dentro del club.

Es el idioma secreto de los que entienden que la sabiduría no siempre viene en libros, sino en frases que han pasado de boca en boca, de patio en patio. Es el diccionario sentimental del pueblo, el GPS de quienes aprendieron a navegar la vida con humor, con estilo y sudando la gota gorda.

Y hay algo más: los refranes son memoria. Son archivo. Y son acumulativos. A la voz de la abuela se suma la del tío que vendía lotería, la del vecino que arreglaba neveras y daba consejos como quien da caramelos.

Son el eco de un país que aprendió a reírse de sí mismo para no llorar todos los días. Son la manera en que el papá advierte con un “no te metas en camisa de once varas” cuando alguien quiere arreglar lo que no tiene arreglo. Son la forma en que el pueblo se cuenta a sí mismo, sin necesidad de micrófonos ni editoriales.

Así que cuando un argentino me pregunta “¿Me podés explicar qué significa eso?”, yo sonrío. Porque no se trata sólo de traducir palabras, sino de traducir una forma de ser y de vivir.

Uno de mis amigos argentinos me contó esta conversación que escuchó entre dos venezolanas. Una le decía a la otra (y mi amigo grabó la conversación):

—Mira, chama… En la oficina de la municipalidad, donde los papeles se pierden más rápido que los buenos modales en hora pico, Gladys encontró un arroz con mango. La carpeta del señor tenía planos de 1982 mezclados con recibos de condominio. Un pasticho, pues…

Mientras tanto, el pasante nuevo, un chamo que al rompe se ve que come más que lima nueva, se estaba bajando un desayuno triple como si la barriga le pagara por metro cuadrado…. Y claro, cuando le preguntó si el documento estaba listo, la mandó a ver si el gallo puso. Se nota que el tipo estaba más perdío que el hijo de Lindbergh.

“Che, Sole… media hora escuchándolas y no entendí nada. Como si hablaran en otro idioma”.

Luego de soltar la carcajada, le dije: “Mira, tienes razón. Esto no es sólo lenguaje. Esto es ritmo caribeño, sabiduría con humor y filosofía con sabor a pabellón con baranda. Y, ¿sabés qué? Es contagioso…”

En Argentina hay alrededor de 270.000 venezolanos. Aderezan el lenguaje como quien le pone guasacaca al alma.

[Col}> La señora del enchufado: diva del disimulo / Soledad Morillo Belloso

20-08-2025

Soledad Morillo Belloso

La señora del enchufado: diva del disimulo

Ella no nació enchufada, pero agarró el tumbao rápido. Tiene el olfato fino para detectar oportunidades y por eso cazó un marido con vocación y carrera de enchufado.

Esta señora es experta en la disciplina ancestral del disimulo con glamur. No pregunta, no firma, no opina. Ella simplemente disfruta. ¿Quién pagó el viaje a Qatar? ¿Cómo se costea el yate en Los Roques? ¿De dónde salió el penthouse en Dominicana con vista al mar y jacuzzi con luces LED?

Eso no le incumbe. Eso es asunto del marido. Ella está ocupada eligiendo entre el Balenciaga o el Versace, mientras se hace el facial con células madre de unicornio en un spa que no aparece ni en el GPS. Si en la merienda en el club le le hacen alguna pregunta complicada, se encoge de hombros y dice “no vale, yo no sé nada de esas cosas”.

Su look es una declaración de inocencia con estilo barroco: uñas como vitrales bizantinos, pestañas que podrían batir récords de aerodinámica, y una cartera que cuesta lo mismo que el sueldo anual de un médico rural. Todo original, por supuesto. Nada de copias. Si no es de forma auténtica, no entra en su closet.

Su papel en la obra de teatro nacional es claro: posar, brindar, lanzar risitas estratégicas y cambiar de tema con una destreza que ni los políticos más curtidos. Si alguien menciona “licitación”, ella responde con un “¡ay, qué bello tu vestido!” y una carcajada que suena a perfume francés comprado en la Rive Gauche. Tiene más tablas que el Teresa Carreño, y sabe que, en este país, el que pregunta mucho termina en alguna lista negra.

No tiene un pelo de tonta. Es astuta. Sabe que la curiosidad mató al gato y que aquí, preguntar mucho puede terminar en Fiscalía. Por eso, su filosofía es simple: a mí que no no me pregunten, yo no sé. Y si le preguntan, se hace la loca con una elegancia que debería tener su propia cátedra en la universidad.

Ella no se mete en líos. Ella observa, calla y sonríe. Porque en este país, saber demasiado es casi un deporte extremo. Y ella no está para saltos mortales ni para jugar a la espía. Si algo le incomoda, cambia de tema con una sutileza que haría sonrojar a un diplomático.

Sabe que los secretos no se guardan en cajas fuertes, sino en miradas que no se cruzan y en silencios bien colocados. Por eso, cuando alguien, con mala intención, le muestra las fotos —esas donde el marido aparece muy sonriente al lado de la catira del escote imposible— ella sólo dice: “Ay, qué frío hace en Rusia, ¿no?” y se sirve otro vino de verano. Porque si algo ha aprendido en esta vida es que la verdad no siempre libera. A veces, la verdad compromete y no suma.

Tiene frases que deberán inmortalizarse en un libro de aforismos:

  • “Yo no me meto en política, pero mi esposo sí sabe moverse”
  • “Es que tú no entiendes, esto no es suerte… es visión empresarial”
  • “A mí no me gusta alardear, pero este reloj me lo regaló el embajador cuando estuvimos en Esmirna”
  • “Yo no tengo culpa de que a mi esposo lo respeten hasta los ministros”
  • “Lo importante es mantener la vibra alta, aunque el país esté como esté”
  • “Es que tú sigues en modo escasez, amiga. Hay que desbloquear la abundancia”
  • “Nos vamos a Madrid porque aquí el ambiente está muy polarizado”
  • “Es que en Europa valoran el talento, no como aquí”
  • “Mi hija estudia en Suiza porque aquí no hay futuro”
  • “Yo no discuto de política, eso baja la frecuencia”
  • “Mi esposo trabaja mucho, pero también medita. Por eso le va bien”
  • “La gente critica porque no sabe lo que es vivir en paz con uno mismo”

En las fiestas, ella es la reina del brindis. Siempre con copa en mano. Se mueve entre embajadores, empresarios y funcionarios como pez en agua mineral importada. Habla de arte, de moda, de astrología, pero jamás del presupuesto nacional. Si alguien menciona “sobrecostos”, ella se distrae con el DJ. Si alguien insinúa “corrupción”, ella se toma una selfie con filtro de mariposas y pone “viviendo mi mejor vida”.

Viaja más que el pasaporte diplomático: Dubái, Bombay, Kuala Lumpur, París, Madrid, Miami. Pero nunca en clase turista. Ella no conoce lo que es hacer cola en migración. Tiene acceso VIP hasta en el aeropuerto de Tucupita.

Su existencia parece sacada de una telenovela de lujo, pero con guión escrito en tinta invisible. Se mueve entre reformas eternas, peelings milagrosos y brunches donde el aguacate es orgánico y las verdades, procesadas.

Sus amigas, igual de bien conectadas, comparten más que tips de belleza: comparten el arte de callar. Todas saben, pero ninguna habla. Porque en ese ecosistema dorado, la lealtad no se mide en valores, sino en la destreza de borrar huellas y sonreír sin pestañear.

Y cuando el clima social se enturbia —cuando los titulares insinúan allanamientos y los vecinos susurran sobre cuentas congeladas—, ella recurre, con impecable serenidad, a su mantra de cabecera: “Yo no me meto en esas cosas”.

Acto seguido, emprende una travesía espiritual hacia Tulum, donde el silencio se acompaña de jugos prensados en frío, cuencos tibetanos y mandalas. Regresa transformada, claro está: con una nueva línea de bikinis eco-chic y un podcast sobre “energías femeninas y abundancia consciente”.

Porque si algo domina esta mujer con maestría es el arte del rebranding emocional. Sabe que el escándalo no se enfrenta, se estiliza. Y que la memoria colectiva, tan volátil como un story de Instagram, se distrae con facilidad ante una postal en la playa y una frase motivacional escrita en cursiva sobre fondo pastel.

En su universo paralelo, las crisis no existen: son “procesos de introspección”. La inflación es una “oportunidad para reinventarse”. Mientras el país se apaga entre colas y cortes de luz, ella ilumina las redes desde rooftops con vista al mar, brindando con champagne auténtico —de Reims, por supuesto— y etiquetando marcas.

Y si algún día el castillo de naipes se desploma, nada de lágrimas ni temblores: hay guión ensayado. “Yo sólo soy una mujer que ama la belleza”, declarará, con voz de terciopelo y mirada angelical, como quien posa para una portada en medio del derrumbe.

Luego se lavará las manos con jabón de rosas, se ajustará el turbante de lino —color marfil, por supuesto— y se irá , impecable, a su próxima sesión de microblading, porque hasta las cejas deben estar listas para el perdón.

En su mundo, no hay necesidad de absolución ni de explicaciones. Las leyes son anecdóticas; lo que importa son los likes. No vive en la república: vive en la vitrina. Mientras el país se desgasta entre denuncias y apagones, ella permanece intacta, inalcanzable, perfectamente maquillada, como una virgen del look, elevada por algoritmos y patrocinada por el olvido.

“No soy cómplice”, dirá , con tono de inocencia curada en spa. “Sólo espectadora.” Pero todos sabemos que en este teatro, hasta el silencio tiene tarifa. Y ella, con su risa de boutique y su alma blindada en ignorancia selectiva, ya ha cobrado todo: el viaje, el vestido, la discreción. También tiene su cuenta cifrada en las Islas Cayman, como quien guarda el rosario junto al pasaporte diplomático.

Porque ella no sabe nada, claro. Pero está preparada. Y en este país donde la caída siempre es posible, ella tiene lo esencial: un segundo celular, número privado, y un piloto de confianza en speed dial. Por si acaso hay que huir con estilo.

Ah, cantaba la Lupe y canta Mariaca Semprún: “Teatro, tu vida es puro teatro…”

[Col}> Histología del empresario enchufado / Soledad Morillo Belloso

17-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Histología del empresario enchufado

El empresario enchufado no nace ni se hace: se consigue por recomendación. Es el ahijado del decreto, el compadre del presupuesto, el primo segundo del contrato sin licitación. No cree en la competencia ni en el liderazgo, cree en el compadrazgo. Su modelo de negocio es tan sencillo como un par de whiskies en una barra de moda: tener panas en alto cargo y cobrar por debajo de la mesa, pero con recibo timbrado y sello húmedo.

Capitalismo con carnet

Su ética empresarial es una mezcla de viveza criolla y pragmatismo con perfume de impunidad. Habla del libre mercado como quien habla de la dieta: con entusiasmo, pero sin aplicarla. Promueve el desarrollo nacional mientras importa tornillos desde China con escala en La Habana. Genera empleo, sí… pero sólo entre sus primos, cuñados y el sobrino que estudió “algo de sistemas”.

Cuando dice “creemos en el país”  quiere decir “creemos en el país como cliente fijo, sin derecho a reclamo”. No negocia: pacta. No invierte: gestiona. No innova: copia y pega. Su lema es “si ya está hecho, ¿para qué hacerlo bien?”. La calidad es opcional; la factura, urgente. Y si llega la auditoría, saca su carpeta llena de firmas, sellos y  sonrisa que huele a exoneración.

Estética con salvoconducto

Viste como quien quiere parecer millonario sin lucir sospechoso. Camisas italianas que no conocen el sudor, zapatos que no pisan tierra y relojes que podrían financiar una escuela rural por cinco años. Su carro tiene más blindaje que su conciencia, y su oficina parece un altar de favores acumulados: sillones de cuero, cafetera de cápsulas y una pared llena de fotos con gente que cambia según quien sea el visitante.

Su lenguaje mezcla tecnicismo y jerga institucional: “tenemos  sinergia con el ministerio”, “estamos alineados con el plan país”, “esto lo aprobó el alto nivel”.

Facturar sin producir

Desayuna con ministros, almuerza con diputados y cena con asesores políticos y jurídicos, oficialistas y de oposición. Su dieta incluye sushi de protocolo, vino de importación y postre de comisión. No tiene clientes, tiene aliados. No vende productos, firma convenios. Y si alguna vez entrega algo, es porque la foto ya salió en prensa.

Cuando viaja, lo hace en nombre del desarrollo. Cuando habla, lo hace en nombre de la empresa. Y cuando mete la pata, lo hace en nombre del país. Su contabilidad es creativa, su nómina es familiar, y su declaración de impuestos es una novela de realismo mágico.

Mística

Cree en el emprendimiento, pero sólo si viene con decreto. Su espiritualidad empresarial se basa en la fe del “yo tengo cómo entrar”. No cree en el mercado, cree en el contacto directo. Su mantra es “todo se puede resolver”, y su altar tiene estampitas de ministros y algún general con cara de “yo te resuelvo eso”.

Y si alguna vez lo investigan, no se inmuta: tiene plan B, testaferro en “speed dialing”, abogado de confianza y una carpeta con fotos de inauguraciones donde aparece sonriendo junto a gente que tiene poder.

Diversiones y viajes

No viaja, se traslada con propósito institucional. Su pasaporte tiene más sellos que una cartelera de comercio, y su maleta no lleva ropa: carga convenios, memorandos y una chaqueta que dice “delegación oficial”. Cuando sale del país, no lo hace por placer, sino por “misión técnica”, aunque la única técnica que domina es la de pedir habitación con vista al mar.

Se hospeda en hoteles donde el desayuno tiene salmón y el wifi no conoce bloqueos. Pide “room service” con acento neutro y paga con tarjeta de la fundación que preside “ad honorem”. En París, habla de “alianzas estratégicas”; en Madrid, de “cooperación bilateral”; y en Cancún, de “reunión informal con actores clave”, mientras se broncea con protector solar de marca suiza.

Sus diversiones no son ocio, son “actividades de integración”. Juega golf con ministros, navega en yate con asesores, y asiste a conciertos “como parte del acercamiento cultural”. Si va al teatro, es porque “la obra refleja los valores del plan país”. Si va a un spa, es porque “el estrés institucional requiere atención preventiva”. Y si lo ven en un casino, dirá que estaba “explorando modelos de inversión turística”.

Cada viaje viene con su álbum: fotos con corbata frente a banderas, selfies en salones dorados, y una que otra imagen en la piscina que luego se borra “por seguridad diplomática”. Su Instagram parece una revista de relaciones exteriores, pero con subtítulos como “trabajando por Venezuela” y “cerrando acuerdos por el bienestar colectivo”. Pero luego borra todo… porsia.

Come como quien firma decretos con el tenedor. Su paladar es internacional, pero su estómago es criollo: pide sushi, pero extraña la empanada de cazón. En cada cena oficial, brinda por el país, por el progreso y por el contrato que está por firmarse. Su copa nunca está vacía, y la cuenta nunca llega a sus manos.

Al volver, maletas llenas de folletos, botellas de vino y promesas de inversión que nunca se concretan. Cuentos de ascensores con embajadores, de cafés con directores de organismos multilaterales, y de la vez que casi lo confundieron con un diplomático. Su anécdota favorita es la de “cuando me ofrecieron ser asesor internacional, pero preferí quedarme por amor al país”.

El enchufe es global

Pero no nos pongamos presumidos: el empresario enchufado no es un invento criollo ni una rareza tropical. Es una especie universal, con dialectos propios en cada geografía y traje típico según el presupuesto. Lo hay en todos los mapas y épocas: desde el cortesano que vendía favores en la corte de Felipe II hasta el asesor que factura consultorías en nombre del desarrollo sostenible.

Cambian los nombres, los sellos y los acrónimos, pero el guión es el mismo: cercanía al poder, habilidad para el disimulo y vocación innata para convertir lo público en privado con sonrisa institucional. El enchufado no envejece: se recicla, se adapta y siempre encuentra enchufe dónde meterse.

[Col}> Por qué los gentiles no entendemos a los judíos / Soledad Morillo Belloso

16-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Por qué los gentiles no entendemos a los judíos

Los gentiles —esa categoría tan amplia que incluye desde el primo que cree que el Bar Mitzvah es una marca de whisky, hasta la tía que pregunta si los judíos celebran Navidad “pero sin arbolito”— llevamos siglos intentando descifrar el misterio judío. Y fallando catastróficamente, pero con estilo. No por falta de ganas, sino porque hay cosas que no se entienden con Google Translate ni con documentales narrados por Morgan Freeman.

En Venezuela, por ejemplo, hay gentiles que pasan por la sinagoga de Maracaibo y preguntan si es una iglesia “con arquitectura moderna”. Otros creen que el mercado de Catia vende matzá en Semana Santa porque “todo lo que es plano es judío, ¿no?”. Y así vamos, con buena intención y poca precisión.

Porque ellos tienen memoria, y nosotros… Wi-Fi

Los judíos recuerdan. Todo. Desde el éxodo hasta lo que les dijo la abuela en 1947 sobre no casarse con alguien que no sepa hacer kugel. Tienen una memoria que no se borra ni con tres guerras, cuatro exilios y una mudanza a Miami. Mientras tanto, los gentiles olvidamos dónde dejamos las llaves, el aniversario, y que el antisemitismo no es una moda retro.

Ellos cargan la historia como quien lleva una sinfonía en la espalda; nosotros, como quien lleva un ringtone. Y no es sólo que recuerden: es que ritualizan el recuerdo. Lo convierten en canto, en ayuno, en discusión familiar con vino y argumentos que parecen tesis doctorales. Nosotros, en cambio, recordamos el pasado sólo  cuando Facebook nos lo recuerda con una foto borrosa y el mensaje “Hace 10 años”.

Porque su espiritualidad tiene calendario, receta y resistencia

Ellos tienen Shabat, que no es sólo  un día de descanso, sino una coreografía sagrada entre velas, vino y silencio. Nosotros tenemos brunch y ansiedad. Ellos ayunan por el alma; nosotros por vernos flacos en la foto. Ellos celebran el Año Nuevo en septiembre, y nosotros seguimos creyendo que el 31 de diciembre tiene algún tipo de poder cósmico, como si el conteo regresivo y el “faltan cinco pa’ las doce” borrara los errores del año anterior.

La espiritualidad judía no se improvisa: se cocina, se canta, se estudia. Tiene sabor a jalá recién horneado y a vino dulce que no se toma por gusto, sino por tradición. Nosotros, los gentiles, tenemos espiritualidad de microondas: rápida, tibia y sin instrucciones claras.

La abuela gentil, por ejemplo, quiso hacer latkes con yuca porque “la papa está muy cara y la yuca es más criolla”. El resultado fue un híbrido entre buñuelo y tortilla que nadie se atrevió a criticar… por respeto a su entusiasmo. Ella también preguntó si podía prender una vela de Shabat con una velita de cumpleaños, “porque es lo que hay”.

Porque su humor es más viejo que nuestras excusas

El humor judío es filosófico, autocrítico, y a veces parece escrito por Kafka con ratón. Es un humor que no busca carcajadas fáciles, sino incomodidades sabrosas. Los gentiles hacemos chistes de suegras y de políticos corruptos. Ellos hacen chistes sobre Dios, el dolor, la burocracia celestial y la culpa con apellido. Y nos reímos, claro, pero sin entender del todo si estamos invitados a la risa o sólo a la reflexión incómoda.

Es el tipo de humor que te hace reír y luego preguntarte si deberías haber llorado. Como cuando el rabino  —que baila salsa en secreto los viernes por la noche— dice: “No te preocupes, todo saldrá mal… pero sobreviviremos”. Y luego explica el Talmud con metáforas de béisbol: “El mundo es como un juego largo, con muchas entradas. Dios es el pitcher, tú eres el bateador, y la culpa… la culpa es del árbitro que nunca se equivoca”.

Porque su historia no cabe en una serie de Netflix

Intentar entender al pueblo judío sin leer al menos tres libros, sobrevivir a una cena de Pesaj y discutir con un rabino sobre el sentido del Universo es como querer entender el vallenato leyendo sólo los subtítulos. No se puede. Hay que vivirlo, o al menos acercarse con humildad, curiosidad y buen apetito.

Su historia no es lineal ni cómoda. Es una espiral de resistencia, migración, reinvención y fe. Nosotros, los gentiles, solemos preferir historias con final feliz y moraleja clara. Ellos saben que la vida no siempre ofrece eso, pero igual la celebran con canciones, debates y sopa de matzá.

El sobrino gentil, por ejemplo, pensaba que “kosher” era una marca de shampoo anticaspa. Y cuando le explicaron que era una forma de vida, una ética alimentaria y una filosofía espiritual, preguntó si eso también aplicaba a las empanadas de cazón.

Y luego está el tío que, en plena cena de Shabat, preguntó si podía acompañar el jalá con queso amarillo fundido “porque eso sí es celestial”. La cara del rabino parecía una mezcla entre Moisés viendo el becerro de oro y un contador público descubriendo una auditoría fallida. El tío, sin inmutarse, agregó que el jalá “sería perfecto si tuviera orégano y viniera relleno de jamón”. Hubo silencio. Luego vino la risa. Y después, el exilio voluntario al sofá, con una copa de vino kosher y una advertencia: “No todo lo plano es pizza, ni todo lo relleno es permitido”.

¿Y si no se trata de entender?

Tal vez el error gentil está en querer entender como quien quiere armar un mueble de IKEA sin leer las instrucciones. Quizás lo que toca es admirar, compartir el pan (o el jalá), y aceptar que hay culturas que no se explican: se celebran.

Porque si algo nos enseñan los judíos —con sus historias, sus silencios, sus canciones en yidish o hebreo y sus debates eternos sobre si el pepino va en la ensalada de Shabat— es que la identidad no es un acertijo, sino una sinfonía. Y nosotros, los gentiles, podemos ser parte del coro… aunque desafinemos un poco.

Yo tengo muy buenos amigos judíos. Trato de entender sus complicaciones existenciales y ellos las mías, con paciencia, cariño y una buena dosis de ironía compartida. Para mí son héroes, no sólo por todo lo que ya sabemos —la historia, la resistencia, la sabiduría— sino porque hay que ser muy fuerte y valiente, y tener una voluntad de hierro para renunciar voluntariamente a los sanduchitos de pernil, a la tocineta tostada y a unas gloriosas lonjas de jamón ibérico.

Eso, en mi escala de valores tropicales, es casi místico. Y si después de todo eso aún pueden reír, bailar salsa en secreto y debatir sobre el universo con metáforas de béisbol, entonces no sólo merecen nuestro respeto… merecen una ovación de pie. Aunque sea con empanadas de cazón kosher.

Escribo esto en viernes por la tarde, justo cuando el sol ya se puso su pijama y se fue a dormir sin decir buenas noches. Algunos amigos judíos no lo leerán hasta que termine el Shabbat, porque están ocupados haciendo lo que muchos de nosotros deberíamos aprender a hacer: desconectarse del mundo, encender velas, comer rico y discutir con elegancia si el universo tiene sentido… o si simplemente necesita más jalá.

[Col}> Pelabola con alma de bolero / Soledad Morillo Belloso

15-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Pelabola con alma de bolero

En el escenario diario del venezolano, donde la escasez se disfraza de creatividad y el humor hace las veces de chaleco antibalas, “ser un pelabola” no es simplemente estar pelando. Es un modo de andar con la frente en alto y los bolsillos en huelga. Una filosofía con acento criollo, una forma de vivir con el monedero en ayuno, pero el alma rebosante de cuentos, refranes y anécdotas que se sueltan en la cola del pan o mientras se espera que el agua decida aparecer.

“Pelabola” y “pelar bolas” son locuciones verbales que no necesitan traducción ni explicación. Evocan la desnudez del bolsillo, ese espacio donde antes vivía el sencillo y ahora sólo queda aire y un recibo arrugado del año pasado. No hay vuelto, ni esperanza de aguinaldo. Sólo la bola pelada, como quien dice: “Aquí no hay, pero se inventa”.

Y se dice con una sonrisa ladeada, con tumbao’,  con ese humor que no pide permiso ni da explicaciones: “Soy pelabola, pero feliz”. O con la frente bien plantada: “Pelabola, sí, pero no vendido”. Porque no tener plata no significa no tener principios. El pelabola tiene cuentos, arepas de aire, café colado con fe y una dignidad que no se negocia ni en dólares.

Ser pelabola es una forma de resistencia poética con sabor a papelón con limón. Es hacer mercado con lo que se consiga, cocinar con lo que haya y convertir la carencia en relato. La nevera puede estar vacía, pero el repertorio de chistes está lleno.

En un país donde la desigualdad se maquilla con promesas y el salario se evapora como el gas doméstico, el pelabola observa, narra y denuncia con sabor a empanada con relleno imaginario.

Come con la mirada y sazona con recuerdos. Tiene más cuentos que billetes. Su cartera es como el bolívar: simbólica y en estado contemplativo. Su casa es un museo de la esperanza: el ventilador es un héroe que no se rinde, la vela es testigo de sobremesas eternas y el mueble roto es trono de historias compartidas, aunque tenga una pata coja y un cojín que ya no es cojín sino reliquia.

En la literatura y en la vida, abundan los pelabolas gloriosos: el tío que vive de contar historias en la mecedora, la vecina que hace milagros con un kilo de harina y una olla prestada, el estudiante que sobrevive a punta de café negro y fotocopias mal impresas. Son poetas sin tinta, cronistas sin papel, héroes del día a día que hacen del “no hay” un himno nacional.

Hay quienes creen que la elegancia se compra, que el estilo se mide en marcas y que la dignidad tiene precio. Pero aquí, donde el pelabola es figura central del paisaje emocional, nace otra estética: la del bolsillo roto. No es moda, es filosofía. No es tendencia, es resistencia con sabor a sopa sin carne pero con mucho cilantro.

Vestirse con lo que hay —camisas heredadas, zapatos que han visto más calles que promesas, pantalones que han sobrevivido más gobiernos que aguinaldos— es parte de esa estética. Cada prenda tiene su cuento, su cicatriz, su historia de sobrevivencia.

Cocinar con lo mínimo y lograr que un arroz con “lo que se consiga” huela a domingo también lo es. Habitar con creatividad, transformar el remiendo en manifiesto, la escasez en símbolo, es arte popular con olor a gasoil y esperanza.

El bolsillo roto no se esconde, se muestra como quien enseña una medalla. Es testigo de días en que se metió la mano esperando encontrar algo más que aire. Y aunque no encontró billetes, encontró ideas. Humor. Ironía. Filosofía de supervivencia. Es un poema sin rima pero con ritmo. Es la metáfora del país: desgastado, sí, pero aún capaz de guardar sueños y algún billetico de lotería vencido.

El pelabola es minimalista sin quererlo, pero con estilo. Su sarcasmo es más filoso que cualquier tarjeta de crédito. Su dignidad no se compra, se cultiva con paciencia, café colado y chistes reciclados. No presume, pero resiste. No tiene, pero sabe. No compra, pero crea.

Imágenes sobran: el joven que va a una entrevista con zapatos lustrados por él mismo, camisa prestada y mirada firme; la señora que vende empanadas con masa que aprendió a estirar como quien estira el tiempo; el abuelo que guarda fotos en una caja de zapatos porque el álbum se perdió, pero la memoria no.

Esta estética no se aprende en revistas de moda ni en blogs de diseño. Se aprende en la calle, en la cola del gas, en la conversación con la vecina que hace milagros con lo que tiene y un cucharón de fe. Se aprende en la risa que brota cuando no hay nada, pero igual se celebra.

Imagino que Cabrujas diría que ser pelabola en tiempos de enchufadismo y rastacuerismo con pésima ortografía y mala decoración sirve para muchas cosas, entre ellas como barrera a la cursilería, que bien sabemos se pega como el mal olor. Porque cuando no hay, no se finge.El pelabola no tiene tiempo para adornos, ni para frases hechas, ni para romanticismos de catálogo. Tiene lo justo, y con eso se dice todo.

El bolsillo roto no es sólo símbolo de escasez. Es una declaración de principios. Belleza en el remiendo. Dignidad sin presupuesto. Resistencia con humor. Es la estética del pelabola: un arte que no necesita adornos, sólo verdad… y quizás un hilo y aguja por si acaso.

En este país los pelabola tenemos alma de bolero.

[Col}> Viuda que escribe no se queda callada / Soledad Morillo Belloso

11-08-2025

Soledad Morillo Belloso

Viuda que escribe no se queda callada

Mi viudez fue mi novela mal editada por un corrector con guayabo y sin diccionario.

Sí, lo admito: fue un texto desastroso. Con erratas por todos lados, escrito en tinta indeleble y papel de ese que no acepta tachones ni disculpas. Y no hubo lágrima, rabia ni tecla “delete” que lo corrigiera, aunque probé los tres, no necesariamente en ese orden, ni con elegancia.

Un día, mi historia de amor con mi príncipe rubio, ojos verdes y voz de Gregory Peck versión caraqueña, hizo punto y aparte. Y yo, como buena venezolana, pensé que si seguía escribiendo como quien pela papas sin saber que ya no hay sopa, eso me sacaría del hueco. Spoiler: no me sacó, pero me dejó con callos literarios.

Escribiendo me encontré en un capítulo nuevo sin el personaje principal. El “para siempre” estaba mal acentuado y el “hasta que la muerte nos separe” venía sin política de devolución ni ticket de cambio. Me quedé con los ojos claros y sin vista, escribiéndole a un buzón vacío… ¡y sin mi ISBN! El muy bandido se lo llevó, junto con mi mejor metáfora.

Mi duelo, lo confieso, tuvo mala gramática y peor ortografía emocional. El cuerpo pedía cama, el alma exigía explicaciones con tono de fiscal de tránsito, y el corazón no sabía conjugar “sola” sin meter la pata y llorar en subjuntivo.

Y ni hablemos de los recuerdos… paréntesis abiertos cada vez que encontraba nuestro playlist, con canciones que yo borraba como quien esconde el chocolate en Cuaresma.

Y claro, muchos saben que me encerré. Monja medieval, votos de silencio, silicio imaginario en la mano derecha y cara de “no estoy para nadie”. Me faltó el hábito, pero me sobraba drama.

Pasaron años y al fin logré salir del hueco. Así que aquí estoy, narrando mis crónicas con estilo de señora viuda que se maquilla los signos de interrogación, se pone los dos puntos bien puestos y sale a la calle con comas en los bolsillos y rímel resistente al llanto. Me río de mí misma, de mis propias erratas. Mis historias tienen tachaduras, sí, pero también tienen sabor a papelón con limón. Dignas de publicarse con portada dura y dedicatoria cursi tipo “A ti, que me enseñaste a amar sin manual de instrucciones”.

Ser viuda, dicen, es una historia con fallas ortográficas. Lo certifico con sello y firma. La mía arrancó con signos de admiración, siguió en puntos suspensivos y acabó con una tilde mal puesta que cambió todo el sentido. Y yo ahí, tratando de escribir en presente, pero me salía en pretérito y copretérito. Usé comas para respirar y me fui en paréntesis emocionales como quien se escapa a llorar al baño en plena fiesta familiar.

A veces gritaba con mayúsculas: “NO PUEDO MÁS”, “BAH, NO ERA TAN BUENMOZO”. Y otras, susurraba en cursiva: “¿Y qué hago si todavía lo escucho curucuteando en la nevera?”

Hubo días en que el duelo se ponía en modo editor. Me decía: “Eso no se dice”, “Eso no se olvida”, “Ese verbo no se reemplaza por otro que conjuga raro”. Pero ahora hay mañanas despeinadas en que escribo con faltas, porque así me nace y así me quiero. Porque sí, mi historia está llena de errores. Pero también tiene frases que nadie más escribió tan bonito. Abrazos entre líneas, besos entre sílabas, carcajadas entre quejas. Unos “te amo” sin correcciones.

Y entonces descubrí que sí, que puedo volver a escribir. En otros tiempos verbales, con nuevos signos, con menos miedo al borrador. Fue una historia imperfecta, sí. Pero quedó impresa en mi alma con portada brillante y dedicatoria sincera: “A ti, que me enseñaste que el amor no se corrige. Se vive”.

Y sí, sigo siendo viuda, sigo estando más sola que la una, sigo cometiendo muchos errores. Pero salí del monasterio imaginario. Flaca, sí. Más loca, también. Pero aunque medio chueca, vivita y coleando.

Yo creo en Dios. No lo entiendo, y por eso no le hago preguntas, no vaya a ser que me conteste: “No hagas preguntas idiotas”. Doy por sentado que si Él, el verdadero mandamás, me dejó aquí, por algo será. Y no creo que sea para recitar letanías tipo “en este valle de lágrimas”. Que yo no soy santa ni pretendo serlo. Creo que me dejó para escribir, aunque de vez en cuando se me escape un gazapo existencial.

Y escribo todos los días, por aquello de no dejar pendientes, no vaya a ser que me dé un patatús en medio del mercado y quede planchada en el piso cual dama de las camelias versión Pampatar. Cada día sale el sol, no importa lo que la noche refunfuñe, grite y patalee. Tan simple y sencillo como eso. Viuda que escribe, no se queda callada.