[Col}– Más que el Muro de Berlín / por Juan Antonio Pino Capote

20-06-11

Sobre el movimiento 15-M, el de «Los indignados»

Ante este movimiento, pacífico en su planteamiento pero de mucha indignación en el fondo, y ante la confusa publicidad y falta de opiniones favorables a él, que es de aspiraciones muy extensas, todos tenemos la oportunidad de pensar y opinar.

Personalmente me considero un romántico soñador, y como mis ideas sobrepasan los límites de lo real, es por lo que nunca me atrevo a expresarlas, pero contaré lo que quiero pensar de estos valerosos jóvenes que han tomado plazas y calles.

Me gusta pensar que, en el fondo, lo que quieren es un mundo en paz, con justicia y bienestar para todos los seres humanos, y por eso arremeten contra todo lo que no va por buen camino, que es mucho.

Creo que ellos saben que para eso hay que romper muchas barreras. Prefiero pensar que sus intenciones son buenas y honestas, aunque algunos los tilden de extrema izquierda y otros de extrema derecha.

Es bueno y esperanzador pensar que buscan nuevos horizontes para la Humanidad. A todos los políticos les gusta pensar, sin embargo, que son unos desinformados e inconscientes, en lugar de empezar por proponer un cambio en el caduco y agotado sistema electoral actual.

Aunque aún sean una pequeña proporción de la población, no hay que olvidar que son la población del futuro,… pero, hasta el momento, sin ningún futuro prometedor, sino todo lo contrario.

Tras la caída del muro de Berlín, cayó también la utopía socialista, y ya está bien de experimentos sociales y humanos. Para salvar a la Humanidad de la presente crisis y de otras venideras es necesario el derrumbe de otro muro invisible, pero mucho más inexpugnable que de Berlín, no tanto para la caída del capitalismo sino para el control y regulación del mismo, para evitar sus desmadres cainitas y despiadados.

La globalización no sirve más que para fortalecer el muro o búnker del poder financiero, y para aborregar más a los ciudadanos a los que no defienden ni sus “representantes”, los gobiernos, ni los sindicatos.

¡Qué razón tenía Al Capone cuando decía que en este mundo todo tenía un precio! Si nuestros votos tienen algún valor, nuestros gobiernos los venden por un plato de lentejas y “pan para hoy, y hambre para mañana”.

La sola indignación preconizada por Stéphane Hessel no basta. Se echan en falta los grandes filósofos y economistas que pongan la guinda a la protesta indignada, bien con la denuncia de las maquinaciones capitalistas, y con la posibilidad real del reparto equitativo del planeta y sus productos.

Hoy sabemos que es posible, gracias a la tecnología y la Ciencia, que en el planeta haya recursos para alimentar a todos los habitantes de la Tierra, y también para que, a través de su trabajo, todos participen de los bienes y derechos humanos reconocidos en el acuerdo de Helsinki y en nuestra Constitución.

También debería existir una gran proporcionalidad en el consumo de energía y de las reservas minerales que, además de agotarse, pueden convertir a nuestra Tierra en un planeta inhóspito.

Será mejor que esta crisis no acabes como acabaron las anteriores: por la amortiguación lenta de los desastres económicos, por la aceptación social de vivir en la escasez resignadamente, o considerando que se es afortunado si se consigue algún tipo de trabajo mal pagado.

Por otra parte, al disminuir el ritmo de la producción se le da un descanso al planeta y a su atmósfera, que ya están bastante atribulados.

No nos sirven las actuales coordenadas de políticos y usureros. Por naturaleza, la ambición del político es alcanzar el poder y perpetuarse en él. Lo correcto sería el servicio sin aferrarse al cargo, y crear leyes a la medida del hombre, y no al revés.

Leyes que nos protejan de la usura y no que la faciliten.

En la antigüedad de nuestros mayores, la usura era un pecado grave, pero ya nadie quiere entender de pecados ni de otras normas éticas. Por su naturaleza, la ambición del poder financiero no es sólo perpetuarse sino aumentarse con toda rapidez. Aquí está la gran barrera que hay que derribar para que el capital sea un medio, sólo un medio, para la convivencia, y no un fin en sí mismo.

Aunque la historia no me dé la razón, cosa que lamentaríamos todos, yo prefiero seguir pensando que estos jóvenes indignados constituyen un rayo de esperanza para la ciudadanía terrícola y para la solución de sus problemas.

Ellos llegarán a ser esos filósofos y economistas, y verdaderos gobernantes que asedien y asalten el búnker del capital y nos saquen del atolladero, con paz y justicia humana.

Juan Antonio Pino Capote

[Col}– Llegó el verano / por Charo Bodega

LLEGÓ EL VERANO

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BRISA DE MAR

En la playa descansando
con un intenso calor,
¡qué agradable que resulta
la suave brisa del mar!
Beso dulce que en el rostro
sin picardía nos da.

Tumbada sobre la arena
ante un fuego abrasador,
¡qué agradable que resulta
la suave brisa del mar!
Tierno abrazo de un chiquillo
que en su inocencia nos da.

Poniendo la piel morena
bajo un sol castigador,
¡qué agradable que resulta
la suave brisa del mar!
Caricia de enamorado
que por el cuerpo nos da.

Si su brisa nos regala
brindándonos bienestar,
si sus aguas nos aportan
ratos de dicha y de paz,
si a cambio no pide nada,
¡qué generosa es la mar!

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Cortesía de su autora, Charo Bodega

[Col}– How I became a Children’s Illustrator / by Alicia Padrón

Wednesday, May 25, 2011

By Alicia Padrón

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© copyright Alicia Padrón
Colored pencil

People ask me how I got to be a children’s Illustrator, and the answer is never a short one.

Truth is sometimes, specially in crazy deadline days, I get a glimpse of me as if I were a third person, and I always ask myself, how did I get here? I’m still amazed by that and so grateful.

I always knew I wanted to do something creative. I knew I could never be a lawyer or an accountant. Nothing against lawyers or accountants, they are much needed in this society, just not my thing.

I really need to create something in order to feel alive.

I studied graphic design and that helped me realize I wanted to focus on illustration rather than design. I started illustrating more on my own and that made me realize I didn’t feel pleasure rendering realistic objects or scenes. What was the point of copying something you could very well accomplish with a photograph? It made no sense to me. I wanted to create more.

Until one day I was sitting down on my living room with a huge belly, pregnant with my first baby, and it hit me. I wanted to be a children’s illustrator. That was it. I finally got to where I needed to be. A moment where I could clearly see a finishing line. I just needed to start running towards it.

From that moment on, that thought never left my mind. I knew that is what I wanted to do with my life. Of course once the baby was born, all my focus went to him and then came the second baby and it took me a while to get where I am today. I worked on a sort of a portfolio during all that time which helped me experiment with mediums and styles. More importantly the thought of being a children’s illustrator never left my mind, if only the desire grew stronger with each passing day.

Until one day, I realized my kids had grown to a good age where I could finally go for it. I did and here I am today.

The thing is, life hints you. Life is like a maze full of corridors with different possibilities. We are in it, blindfolded and wondering around. Destiny watches us, it can give us clues along the way but can’t really tell us which path to take. We have to figure it out on our own.

Once we do, the hardest part will be over.

We just have to follow that path to happiness. 🙂

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© copyright Alicia Padrón

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[Col}> La Canaria que dio su vida por el dominó / Estela Hernández Rodríguez

Juana Martín era natural de las Islas Canarias. Vivía en La Habana, en la calle Galiano número 47, y sus padres se llamaban Isidoro y Aquilina.

Cuentan de Juana —y en eso coinciden hasta sus propios hijos— que a ella le gustaba mucho el juego de dominó, del que era verdadera experta, y alcanzó a tener fama local hasta entre sus rivales, cuando les ganaba partida tras partida.

Se cuenta que en el dominó ella daba rienda suelta a su goce, como cualquier deportista lo hace con su deporte favorito.

La sempiterna preocupación de su esposo y de sus hijos no era tanto esa gran afición cuanto lo brava que Juana se ponía en las pocas ocasiones en que perdía una partida.

Una noche del año 1925, Juana Martín jugaría su última partida.

El juego se inició con el doble ocho. Como siempre, Juana estaba muy atenta mirando a través de sus gruesos lentes, mientras las fichas eran depositadas, una a una, sobre la mesa.

Al aproximarse la partida a su final, la siguiente jugada resultaba evidente, pues sólo quedaban dos fichas por poner y Juana estaba segura de que ganaría la partida, una seguridad en la nadie la aventajaba y, por eso, ella era casi siempre la campeona.

Se suponía que Pedro, su cuñado, que también jugaba, pasaría, pero no fue así, y… Juana no pudo gritar “¡Gané, gané!” como le gustaba hacer.

Ante esto, Juana montó en cólera y, maldiciendo su mala suerte, tomó fuertemente en sus manos la ficha del doble tres… ¡y murió de un infarto!

En homenaje a Juana, sus hijos depositaron —en la parte superior de su tumba del cementerio de Colón, en la capital cubana— una lápida de mármol blanco y negro en la que, en relieve, de manera simbólica y en alusión a la partida que perdió Juana aquella triste noche, aparece el doble tres, que también sirve como florero para cuando la visitan en el cementerio.

De esa forma y desde entonces, Juana Martín mantiene a su lado la ficha que le llevó a la muerte el 12 de marzo de 1925.

Al morir tenía 77 años.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Marzo/2011

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Hilda Iluminada Díaz y Manuel Hernández / Estela Hernández Rodríguez

Estela

Hilda Iluminada Díaz, aunque no es nativa Canaria es la hija del Canario Don Manuel Hernández, quien fue dueño de la finca “Nueve hermanos».

En el portal de su casa, con agradable brisa y rodeada de flores —entre ellas la violeta, muy conocida en Canarias, y la que no falta en un hogar de isleños—, Hilda me habló de cómo su padre vino a Cuba.

Hizo en poco tiempo un recuento de su niñez, de cómo su padre nunca dejó sus costumbres Canarias, de comer las frutas oriundas de allá, así como que trabajaba de sol a sol, y que era un hombre honesto.

Hilda

En la finca “Nueve hermanos”, en Cabaiguán, se yergue el museo campesino, lugar donde se encuentra la más grande y hermosa carrilera de palmas del Caribe y del mundo. En total son 177 palmeras, y llama la atención la forma en que se hizo, pues allí estuvo también la mano de laboriosos Canarios quienes pusieron todo su esfuerzo y entusiasmo para sembrar esas palmeras.

Un dato curioso en esa labor fue que para ellos disponer de una medida perfecta para separar las palmeras unas de otras, colocaron una vela a tres o cuatro pasos, vela que era el punto de referencia para sembrarlas.

Este arte le da cierto aire de majestuosidad, primero a la que fuera la casa del Canario Manuel Hernández, y luego al que es hoy el Museo Campesino enclavado en el Consejo Popular Cuatro Esquinas, en Santa Lucía, en Cabaiguán.

Casa de Hilda

El lugar tiene como objetivo rescatar tradiciones de los campos toda vez que ayuda a las personas a la investigación del tema. En él se exponen y divulgan los valores patrimoniales de la cultura material campesina para el conocimiento de las nuevas generaciones, que a la vez preservan nuestra identidad. Las veladoras de la sala tienen a su cargo brindar toda la ayuda para conocer un poco más de la campiña cubana y de los Canarios que viven en ese lugar.

~~~

Con este último testimonio concluyen estas historias de nativos y descendientes Canarios que, más que historias, son un reflejo de una pequeña parte de sus vidas.

Algunos ya han muerto y sólo viven en el recuerdo; otros continúan viviendo en esta isla que  los abrigó y les dio el amor y calor humano que necesitaban.

Historias contadas por ellos y que, a pesar de que en ocasiones dejaron ver la añoranza de su terruño, también expresaron su agradecimiento a la tierra cubana, la tierra de José Martí, que les dio la oportunidad de estudiar y trabajar, de ser útiles a esta sociedad, que convirtió en realidad sus sueños de emigrantes.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Ángela del Pilar Santana / Estela Hernández Rodríguez

Ángela del Pilar Santana es una descendiente de Las Palmas porque su padre, Florentino Santana Florido, vivió en esa isla Canaria, y también su madre, María Dolores Cáceres, que era de Los Llanos de Telde.

En 1902, cuando tenía 5 años, Ángela vino a Cuba con sus padres y tres hermanos: Pancho, Manuel y José Antonio, éste último el más pequeño que murió a la edad de once meses de una enfermedad que se supuso vinculada al agua de pozo que tomaban.

Todos vinieron con una tía llamada Dolores (Lola) Cáceres Vega. De momento vivieron en Paso Real de San Diego, en Pinar del Río, y luego se mudaron para Unión de Reyes, en la provincia de Matanzas.

Sus abuelos llegaron a tener once hijos.

Su abuelo materno, Francisco Henríquez Miranda, de Los Llanos del Telde, enviudó y se casó con la abuela de Ángela, y vinieron para Cuba.

Francisco tenía en su terruño una posición bastante buena como agricultor, pero vino a Cuba con cuatro hijos y su esposa Pilar.

Ya en Cuba, en Unión de Reyes, provincia de Matanzas, arrendó una finca llamada “El Laberinto”, en la que era colono. Se hizo cargo de unas tierras de García Vega, un Canario poderoso en ese lugar.

Por su parte, su abuela fue costurera de pantalones de hombre. Luego la situación de la familia mejoró.

Su abuelo paterno, Santiago Santana Perera, quien vivió en el barrio Tafida de Las Palmas, y su abuela, Ángela Florido Morales, se quedaron en su terruño, pero tres hijos de ellos vinieron a Cuba: Florentino, Francisco y Gregorio. Este último se fue luego a Brasil en el año 1948, y no supieron más de él.

De cómo se conocieron sus padres

Viviendo sus abuelos en Unión de Reyes, en Matanzas, allí se reunían en las noches todos los Canarios a conversar.

En esos encuentros se conocieron su papá y su mamá cuando aún eran jóvenes, y luego, pasados los años, se hicieron novios. Ella tenía 27 años y el 37.

Su madre —dice— aprendió corte y costura.

«Mi padre trabajó en el hotel de Unión de Reyes. Estuvieron de novios durante cinco años, se casaron y se fueron a vivir a Santa Clara. Luego se mudaron para La Habana pensando que de ahí regresarían a Canarias, pero no pudo ser. Entonces comenzó a trabajar en los muelles. Éramos cuatro hermanos: tres hembras y un varón que murió en 1988», dice Ángela.

Su mamá siguió contando Ángela se convirtió en una modista profesional de las tiendas importantes de la capital, como “El Encanto” y “Fin de Siglo”, mientras que su papá trabajaba en el muelle La Flota Blanca, llamado así en aquel entonces. Él era bachiller pero trabajó allí como estibador.

De visita a su tierra

Ángela pudo viajar a las Islas Canarias pero no pudo contactar con sus familiares ni saber un poco más de su historia ancestral. «Sólo quería conocer a mi familia», dijo Ángela.

Esta mujer sencilla, extraordinaria y entusiasta, se hizo contadora, y durante 18 años fue maestra de Biología.

Su hermana, Mirta Santana, fue doctora en Pedagogía, y la otra, Elsa, fue licenciada en Geografía.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Jesús Orta Ruiz / Estela Hernández Rodríguez

Un fiel exponente de la décima.

Jesús Orta Ruiz, Premio Nacional de Literatura en Cuba, fue un descendiente Canario, de Tenerife, que cultivó la décima y le cantó también con sus versos a las siete islas.

En una ocasión tuve la oportunidad de visitarlo y entrevistarlo.

Recuerdo que aquella mañana radiante el poeta estaba sentado junto a su compañera de siempre, Emelina, y hablaba sobre el tema que me llevaba al encuentro.

Me contó «El Indio Naborí», como era también llamado el poeta, que Cuba le debe a las Islas Canarias el cubanismo de nuestra poesía, especialmente de la décima, y así mencionó al «Espejo de Paciencia», escrito por Silvestre de Balboa, un Canario que en versos de octavas reales exaltó la naturaleza cubana, el esplendor de nuestros campos, y la luz y el color de nuestros paisajes, elevando así a categoría poética nombres indígenas de árboles o criaturas de nuestra fauna.

Este reconocido poeta ponía énfasis en su conversación, la que no dejó de ser amena y amorosa a pesar de las tinieblas que empañaban sus ojos. Hablaba, de Leonor Pérez Cabrera, y de cómo de su vientre prodigioso y sagrado vino la cumbre de la poesía moderna: José Martí, a quien le dedicó estos versos suyos:

Una Canaria en Martí
nos dio un genio visionario,
y del cuchillo Canario
salió el machete mambí.

Se unieron trigo y maní,
aguardiente y vino de uva,
y con tanto amor que en Cuba
esta unión de corazones,
no son siete los montones,
son ocho contando a Cuba.

 

Y es que, en verdad, a Cuba se la puede contar como una más de las Islas Canarias, pues ha albergado a muchos nativos Canarios cuyos descendientes mantienen aún con orgullo las tradiciones de sus ancestros, desde cantar hasta bailar su música.

En esta reunión amistosa con este hombre, un grande de la cultura cubana, también se habló del tema del tiple o timple, esa pequeña guitarrita de cinco cuerdas que es símbolo de la cultura Canaria, y que tanto sirvió a los emigrantes de esas Islas para acompañar sus décimas.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Herminio Barrera Plasencia / Estela Hernández Rodríguez

En la calle Sergio Soto, en Cabaiguán, vivió Herminio Barrera Plasencia.

Cuando lo visité tenía más de noventa años, y con lucidez me habló de sus siete Islas y, sobre todo, de La Gomera de donde era oriundo.

El día de mi visita fue uno de sol radiante y bello cielo azul, y, como es natural, de mucho calor, un calor igual al de la acogida que me dieron Herminio y su gran familia.

En ocasiones las preguntas estaban de más, pues al comenzar a hablar sobre Canarias no teníamos para cuando acabar.

Herminio hablaba sobre su niñez, su familia y los juegos en los barrancos. Y yo no dejaba de escuchar ni un detalle; su conversación me hacía recordar siempre a mis ancestros.

Al escucharlo me preguntaba cómo era posible que después de tanto tiempo pudiera recordar esos pasajes, que, si no eran iguales, sí parecidos a los que ya me habían contado otros Canarios.

Eran hechos que siempre despertaban mi curiosidad a pesar de haber sucedido en épocas distantes en el tiempo pero en el mismo lugar: las Islas Canarias.

Contó Herminio que, siendo niño, allá en la Gomera le gustaba correr por los barrancos y entrar a las cuevas. Un día lo hizo a una de ellas y se adentró tanto que descubrió huesos humanos.

Fue tal el susto que le dio por correr y correr hasta llegar a su casa.

Más tarde se pudo comprobar que eran huesos pertenecientes a los primitivos habitantes, los llamados guanches que, hace cientos de años, poblaron esas islas y vivían en cuevas.

Sobre cómo llegó a Cuba, Herminio contó que había venido por embullo, pues isleños más viejos que él, y que ya estaban radicados en Cuba, al ir de visita a Canarias le contaban cosas agradables acerca del país que les había dado abrigo.

“Así llegué a Cuba buscando un lugar donde radicarme —contaba—. Y hoy estoy contento de estar aquí, en mi segunda patria”.

Aquí, en Cuba, Herminio trabajó en las vegas de tabaco, por unas veinticinco zafras.

El isleño seguía contando: “Pasaron los años, hice una familia y estoy, como ves, en mi hogar, con mucha salud y contento de poder contarte pasajes de mis Islas Canarias, las que visité luego de más de setenta años de ausencia. Allí fui muy bien recibido por mis familiares que me hicieron una gran fiesta y me entregaron una placa con una bonita dedicatoria».

Un recuerdo que Herminio y su familia atesoran en la sala de su casa.

Del silbo o silbido gomero

Este hombre siguió contándome de las costumbres de La Gomera, una de ellas los silbidos. El Silbo

Gomero, me dijo, es muy usado como una forma de comunicarse entre los pobladores, por el tipo de terrenos quebrados que hay en esa isla Canaria. A través del silbo, o silbido, se hacen llegar mensajes a las familias y, sobre todo, a los pastores, que son los que más usan esta forma de comunicación, muy frecuente en esa isla.

Contó que estando un día en su casa se formó un alboroto porque, a media mañana, en aquella loma donde vivían oyeron de pronto unos silbidos. Su padre, que los interpretó, dijo que anunciaban la llegada de una visita.

“Eran mis tíos que venían a estar unos días con nosotros —dijo Herminio—. Los recibimos con vino y queso de cabra. ¡Qué alegría era ver a la familia junta y contenta!».

Así aprendí un poco más de esa costumbre.

Me reiteró Herminio que el silbo lo usan «para llamar a alguien, hacer alguna advertencia o transmitir mensajes alternativos o diferentes. Con este lenguaje, típico y autóctono de los gomeros, se puede mantener una conversación como si fuera por teléfono”.

También supe que esa costumbre, declarada patrimonio por la UNESCO, se ha agregado dentro del bloque de la enseñanza en las escuelas de la isla.

Tanto Herminio, como Victorino y su esposa, ya no están entre nosotros, pero siempre estarán en el recuerdo de aquéllos que los conocimos y aprendimos de sus experiencias y de las costumbres canarias.

La décima en los Canarios

En la vida de los Canarios hay una expresión cultural que no se puede dejar de destacar: La décima.

Y, casualmente, Herminio era un cultivador de esta manifestación artística legada por la influencia Canaria.

Se cuenta que estos emigrantes descargaban toda su añoranza a través de las décimas que cantaban por las noches, luego de terminadas sus labores.

Allí, en el portal de su modesto bohío, no pocos le cantaron a las Islas recordando lo dejado atrás: madre, padre y familia.

Una de las décimas cantadas por Herminio decía así:

Islas Canarias, vecinas
del continente africano,
notas del órgano hispano
hechas con letras latinas.

Tu guitarra cantarina
y el prominente acordeón,
endulzan cada montón
con la folía armoniosa
que canta la victoriosa
vida de tu población.

Sus ojos brillaban de ternura y dejaban escapar un poco de nostalgia; sus años no invalidaban la fortaleza devenida en su figura.

Así es la décima, siempre está presente donde hayan isleños y cubanos. Los Canarios con guitarra o timple en mano, y llanto o no en sus ojos, atraían así sus recuerdos.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010

[Col}> “Sueños de emigrantes”: Marcos (Victorino) Vargas Lamas / Estela Hernández Rodríguez

Leyendas de Canarios

Placetas se caracteriza por ser un pueblo sencillo pero bonito, de gente buena y afable. Es en ese lugar donde conocí, en una de mis visitas, a un nativo de La Gomera (Islas Canarias) llamado Marcos (Victorino) Vargas Lamas , quien vino a Cuba en el barco “Conde Wilfredo” en el año 1924.

Me contó muchas vivencias relacionadas con su niñez, que fue muy triste, decía, pues tuvo que cargar muchas piedras en sus espaldas, y ése fue, entre otros, uno de los motivos por los que dejó Canarias. Con tristeza decía:

«El dolor que sentí por dejar mi Isla fue grande, tan grande y profundo como el de mi cuerpo maltratado. Pero ya no podía soportar aquello. Aquí en Cuba me fue muy bien. Constituí una familia y, ya ves, hoy me rodean mis hijos, nietos y bisnietos. A veces me preguntan mis amigos si tengo herencia, y yo les digo: «Puede que tenga allá en la Gomera un poco de arrecifes»».

Su esposa, Carlota, hizo un recuento de sus ochenta años de unión con este nativo y, por el brillo en sus ojos, no cabe duda de que, como ella misma expresara, ha sido muy feliz al lado de este hombre trabajador de las vegas.

No por gusto, cuando entré a su casa, ante la modesta mesa torcía un tabaco, pues bien que conocía todo lo referente a la cosechada hoja.

Era un día de domingo y allí estaba rodeado de su familia. Lo primero que hicieron fue brindar el buchito de café, tan usual por esos campos.

Casi no me voy del lugar, pues Marcos, más conocido como Victorino, sentado en su taburete, allí, debajo de las matas que rodean la parcela de tierra donde también viven gran parte de sus descendientes, empataba una anécdota con otra,

Mientras, afuera el aire nos impregnaba de su fresco bajo las hojas de un árbol. Ya luego, dentro de la casa y en reunión familiar, una de las hijas del isleño Victorino hablaba sobre las curaciones, y que para ello utilizaban mucho las hierbas cuando tenían alguna dolencia.

Así conocimos de muchas de esas plantas que usaban y de cuyas virtudes damos fe los que nacimos y vivimos al lado de Canarios o rodeados de amistades emigrantes de esa región. No en pocas ocasiones tomamos infusiones y cocimientos que aliviaron un fuerte dolor de estómago, inflamaciones, y fiebres, entre otras afecciones.

Con ello corroboramos, una vez más, que los Canarios influyeron en este tipo de cura con hierbas, las que hoy tienen mucha vigencia en la Medicina Alternativa y que científicamente se han comprobado sus propiedades curativas.

Los tiempos eran difíciles, y no era menos cierto que, a veces, la necesidad y los problemas económicos obligaban a las capas más humildes a usar «la medicina verde». La Mejorana, Hierba Buena, Caña Fístola, Apasote, y Orégano, plantas que, entre otras, no faltaban sembradas en cualquier hogar de los isleños, y surtían los efectos de cualquier sofisticada pastilla o jarabe.

De esta forma, nuestros ancestros hacían su aporte a la medicina natural.

Sobre las brujas nos cuenta

Victorino es un hombre jocoso, y también, como Canario al fin, habló sobre el tema de las brujas, un tema que, por misterioso, invita a oírlo.

Me contaba el anciano que él las vio volando en sus escobas, pero, al tiempo que esto decía, sus labios sonreían porque sabía que estaba mintiendo. También decía que aquí, en Cuba, no podían volar porque la escoba chocaría con las palmas.

Así fue pasando el tiempo de la visita a aquella pequeña casa de madera, y con hojas de palma por techo, pero con habitantes de corazón grande lleno de amor y de recuerdos Canarios

Llegó el momento de la despedida y de un adiós con manos que se entrelazaron en un solidario abrazo con el que expresaban todo el sentir que profesan estos nativos canarios.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba). Noviembre/2010