[Col}> Lo que nos trajeron los suecos / Soledad Morillo Belloso

18-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los suecos

Los suecos que llegaron a Venezuela no venían huyendo ni buscando refugio. Nadie los perseguía. No traían heridas ni apuros. Se asomaron al trópico como quien ve una fiesta desde la acera y dice: “¿Y si me meto?”. Sin invitación, pero con ganas de zapatear.

Vinieron por curiosidad, por calorcito, por cambiar el abrigo de oso por una guayabera con botones de coco. El trópico les guiñó el ojo y ellos, tan serios, tan cuadraditos, se dejaron seducir. Y vaya que se dejaron.

Conocí varios. Catires como harina PAN, altos como los cocoteros de Macuto, organizados como receta de hallaca escrita por una abuela con Excel. Pero cuando tocaba gozar, ¡ay, papá! Nadie les ganaba. Aprendieron merengue como si lo hubieran mamado en el tetero. Tomaban ron como si fuera glögg con hielo. Y bailaban tambor con más fe que los de Barlovento.

No eran turistas. Eran socios del clima, del mango con sal y del sancocho dominguero. Se enamoraron del “¿cómo está la cosa?” y del “epa, vamos a la playa”. Y nosotros, que nos creemos los reyes de la gozadera, tuvimos que aceptar que esos vikingos sabían rumbear como si hubieran nacido en El Callao.

No vinieron a cambiar el país. Vinieron a dejarse cambiar. Y en ese trueque, nos enseñaron que la puntualidad no pelea con la pachanga, que el orden cabe en una fiesta, y que hasta el más frío se derrite con un buen solo de timbal.

Trajeron sus costumbres, sí, pero las pusieron sobre la mesa como quien ofrece gravlax. Y nosotros, sabrosos y curiosos, les dijimos: “eso pega con casabe”. Nos regalaron el aquavit, ese licor que parece hecho para cantar. Porque si algo saben los suecos es que todo se celebra con canción. Cantaban cosas que sonaban a “Mambrú se fue a la guerra”, pero en versión vikinga. Y al final de cada verso: ¡Skål! Risa. Trago. Otro Skål. Y así hasta que la luna se pone su corona de velas como Santa Lucía en diciembre.

Nos trajeron caballitos rojos de madera, como salidos de un cuento de hadas con sombrero de palma. Nos enseñaron que trabajar duro y con mucha formalidad toda la semana no está reñido con rumbear el sábado. Que se puede manejar como fórmula uno y aún así llegar vivo a la playa. Que el orden no excluye la gozadera.

Y sí, también nos trajeron maquinarias industriales de primer mundo y el Tetra Pak.  Ese envase que guarda jugo, leche, sopa y hasta recuerdos. Porque en cada cartón hay un pedacito de esa mezcla improbable: el frío del norte y el calor del Caribe, la puntualidad sueca y el “ya vamos” venezolano.

Se quitaron el abrigo, se pusieron pantalones de algodón, y descubrieron que la vida sabe mejor envuelta en hoja de plátano. Les encantaba todo. Las arepas, las empanadas, las cachapas con queso de mano que se derrite como la nieve que dejaron atrás. Recibían el año en mi casa y se comían hallacas de a dos, como si fueran panecillos de Navidad rellenos de Caribe. Y después del brindis, se lanzaban al baile con más fe que los salseros de Puerto La Cruz.

Bailaban lo que sonara. Merengue, calipso, salsa brava, tambor, reguetón, gaitas. Si no sonaba, cantaban en sueco y hacían que sonara. Porque para ellos, la música no era idioma, era impulso. Y el impulso los llevaba directo a la pista, al patio, a la playa, al corazón de la fiesta.

No eran visitantes. Eran cómplices del goce. Se aprendieron los refranes, los pasos, los sabores. Se enamoraron del “¿cómo está la cosa?” y del “¡epa, vamos a la playa!”. Y nosotros, que creemos que la alegría es patrimonio nacional, tuvimos que admitir que esos nórdicos sabían celebrar como si hubieran nacido en Cumaná.

Nunca aprendieron a hablar español sin acento sueco. Pero eso sí: manejaban con soltura todo el idioma venezolano. Y ahí los veías, en Río Chico, hablando con la empanadera en un español pastoso pero lleno de coloquialismos: “¡Ajá, mi amor, dame dos de cazón y una de queso, que estoy es antojao!”. Y la empanadera apenas podía freír de tanto que se reía. Porque no hay nada más sabroso que oír un “epa, chamo” dicho con acento de Estocolmo.

Son gente extremadamente cordial. generosos y confiables; son los primeros en ofrecer su mano en momentos de necesidad y su hombro si la vida se pone de llanto.

Y no sólo trajeron canciones, gravlax y caballitos rojos. Nos trajeron a ABBA. También llegaron con marcas que se volvieron parte del paisaje venezolano. IKEA, aunque sin tienda física, inspiró apartamentos en Caracas y posadas en Choroní. Spotify, nacido en Estocolmo, se volvió la banda sonora de nuestras fiestas, desde gaitas en diciembre hasta salsa en agosto. H&M ya tiene tienda en el Sambil Chacao, apostando por un mercado que baila con estilo. Y Tetra Pak, lo repito, ese envase sueco que guarda jugos y sopas, se volvió tan cotidiano como el Toddy en la lonchera.

Tecnología, maquinaria industrial, diseño, música, cataratas de sonrisas, moda y la mejor actitud ante la vida: los suecos llegaron con todo. Y Venezuela les dijo: “¡bienvenidos, y no se vayan!”. Y muchos no se fueron, y se convirtieron en suecos venezolanos. Un sueco venezolano es el mejor amigo que uno puede tener en la vida. Yo tengo esa suerte.

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes polacos / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes polacos

Los polacos que llegaron a Venezuela venían con el alma envuelta en papel de estraza, como quien guarda un pedazo de cielo en una caja de zapatos. No traían coronas ni medallas, pero sí una dignidad silenciosa, tejida con hilos de aguante y costuras de esperanza. Sus apellidos —Kowalczyk, Zielinski, Kaminski, Wojciechowski, Lozinski, Radonski— sonaban como campanas en otro idioma, y nosotros, con oído de sabanero y corazón curioso, aprendimos a pronunciarlos como quien aprende a bailar una mazurka sin perder el tumbao del Tamunangue.

La historia de su llegada tiene ritmo de vals triste y esperanza de parranda. La primera oleada, en su mayoría judíos, vino escapando del infierno nazi, buscando un rincón donde respirar sin miedo. Venezuela, con su sol que no juzga y su caos que abraza, les abrió los brazos como quien dice: “Pasa, siéntate, aquí hay café, aquí hay un abrazo”. También llegaron polacos católicos, perseguidos no por rezar, sino por no agachar la cabeza ante el monstruo nazi. Campesinos, maestros, obreros, con la cruz colgada en el pecho y la fe metida en el bolsillo, como quien guarda un rosario para no perder el norte. Cruzaron el océano como quien cruza un desierto con la esperanza escondida en una estampita.

Luego llegaron los que sobrevivieron a la guerra, con la ropa arrugada y el corazón lleno de ausencias. Y entre 1953 y 1958, desembarcaron los que huían de la colonización soviética con ideas rebeldes y ganas de vivir sin censura. Llegaron como lluvia mansa en tierra reseca, con los bolsillos llenos de recuerdos y las manos vacías, pero listas para sembrar. Llegaron con hambre de libertad.

Aquí encontraron, judíos y católicos, tierra fértil para volver a rezar sin miedo, para reconstruir sus vidas con manos callosas y corazones tercos. En sus casas se encendieron velas, se colgaron santos y se celebraron misas donde el pan era criollo, pero la fe seguía hablando en polaco. Porque la espiritualidad también migra, también se adapta, también florece cuando se le da abrigo.

Venezuela, con su canto desordenado y su sol sin prejuicios, les ofreció sombra, guarapo y una esquina donde volver a empezar. Cada uno trajo algo: un violín que lloraba en polaco, una receta que olía a infancia, una palabra que se volvió refrán. Y así, sin hacer bulla, fueron sembrando raíces en nuestras aceras, en nuestras cocinas, en nuestras fiestas.

Los polacos que echaron raíces aquí no llegaron con las manos vacías; llegaron con los bolsillos llenos de oficio, como quien trae herramientas envueltas en papel de periódico y recetas escritas en servilletas. Venían con saberes cosidos al alma, con ganas de trabajar, de inventar, de dejar huella. Algunos se volvieron panaderos y amasaban centeno como quien amasa esperanza, con paciencia de abuelo y olor a invierno europeo. Otros se metieron en consultorios, en talleres, en conservatorios, en sastrerías, en sembradíos, en aulas y en mercados, dejando sus apellidos —Zalewski, Gorski, Lewandowski, Kaminski— como estampas en la historia cotidiana, como quien firma con cariño una carta de pertenencia.

En Caracas, Maracaibo, Valencia, Maracay y otras ciudades montaron negocios que olían a su Europa pero sabían a Caribe. Panaderías donde el pan crujía como si cantara, consultorios donde se curaba con acento y ternura, sastrerías donde se cosían sueños, conservatorios donde el violín y el piano lloraban en polaco, pero sonaban a sabana, salas de cine donde el público tenía derecho a vivir esas historias de los protagonistas de las películas. Muchos, con vocación de servicio, se dedicaron a enseñar, a curar, a construir, a tocar, a sembrar futuro con las manos. Se dedicaron al oficio de ser útiles a esta tierra que les abría las puertas. Dejaron huellas que no se borran ni con el tiempo ni con el olvido, como quien escribe su historia en la acera, con tiza, con música, con fotogramas, con pan caliente y con amor.

La gastronomía polaca no se quedó encerrada en cocinas nostálgicas, sino que se fue mezclando con el sabor criollo, tal como quien baila un merengue con pasos de mazurka. Los pierogi —esas empanaditas rellenas de papa, queso o carne— encontraron su media naranja en nuestras empanadas de cazón. Y el bigos, ese guiso de col fermentada con carnes, se volvió primo lejano del hervido sabanero, compartiendo el mismo espíritu de olla generosa que alimenta cuerpo y conversación. En algunas casas, el barszcz (sopa de remolacha) se sirvió junto al papelón con limón, y nadie se quejó: las dulzuras se dieron la mano como viejos amigos. Y los polacos reinventaron nuestro perro caliente, haciéndolo con su salchicha Kielbasa y la meten dentro de una versión más alargada de Bułka cięta  -pan glorioso- y como acompañante unos encurtidos de eneldo llamados ogórki kiszone.

Ah, el pan polaco… gloria bendita, masa con memoria, corteza que cruje como si cantara. Porque sí, también trajeron el arte de hornear con paciencia, como quien espera que el alma leve despacito. Panes densos, oscuros, con semillas que parecen susurrar historias, y una corteza que sabe a invierno europeo, pero huele a hogar recién encendido.

El Chleb Żytni es pan con memoria: ácido como lágrima vieja, denso como abrazo de abuela, y con esa textura que se queda en el paladar como canción que no se olvida. El Chleb Wiejski, campesino y honesto, mezcla trigo y centeno como quien mezcla tierra y cielo, y su corteza cruje como si el campo hablara. El Chleb Razowy es terroso, profundo, pan para quien quiere cuidar el cuerpo sin dejar de consentir el alma. Y el Obwarzanek, redondo como promesa, llega espolvoreado con sésamo o amapola, como quien se pone su mejor sombrero para ir a misa o a fiesta.

Cuando la mesa pide dulzura, el Makowiec aparece como celebración envuelta en masa: semillas de amapola que estallan en el paladar como fuegos artificiales de sabor. La Chałka, trenzada y suave, es como brioche con acento polaco, perfecta para desayunos que saben a domingo sin apuro. Y los Bułka, esos panecillos tiernos y calladitos, son como abrazos en miniatura, ideales para acompañar cualquier comida o armar un sándwich que no necesita presentación, porque ya viene con cariño incluido.

Cada pan es una historia amasada con paciencia. Cada miga, una raíz que cruzó el océano. Y esos panes en Venezuela se volvieron puente: entre lenguas, entre costumbres, entre corazones que aprendieron a compartir el mantel.

En Caracas y Maracaibo, panaderías con apellidos como Zalewski o Gorski empezaron a ofrecer panes de centeno junto a golfeados, y así nació una sinfonía de sabores que no distinguía pasaporte. El vodka polaco se coló en nuestras fiestas como quien llega sin ser invitado, pero termina bailando con la tía más alegre. Se brindó con ron y con vodka, se cantó con acento mezclado, y se entendió que la cocina no es frontera, sino puente. Cada receta y cada brindis fue un acto de amor, cada plato una forma de decir: “Te traigo lo que soy”.

Treinta músicos llegaron como si fueran ángeles con pasaporte. José Antonio Abreu los vio y supo que no eran visitantes, sino sembradores de armonía. Enseñaron a nuestros niños a tocar como quien reza con las manos, y el Sistema Nacional de Orquestas se llenó de notas que venían de Varsovia y sonaban en todo el país. Cada cuerda afinada era un puente entre dos mundos, cada concierto en piano una misa donde el idioma se hizo emoción.

En Caracas, en 2010, Chopin se volvió nuestro. Un mural lo pintó como símbolo de unión, gracias a grafiteros polacos y venezolanos que entendieron que la música no tiene pasaporte. Porque cuando un piano suena con ternura, no importa de dónde viene: importa a quién toca.

Los polacos no llegaron como turistas. Llegaron como semillas que el viento trajo desde lejos. Y aquí, en esta tierra que no pregunta de dónde vienes sino qué traes contigo, florecieron. Muchos se casaron con venezolanos o con otros inmigrantes. Sus nombres se tejieron en nuestras historias, sus costumbres se mezclaron con nuestras risas, sus sueños se volvieron parte del paisaje. Porque en Venezuela, cuando alguien llega con el corazón abierto, siempre hay una silla en la mesa, un café caliente y un verso que dice: “Bienvenido, esta también es tu casa”.

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes chinos / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes chinos

¡Ah, los chinos! No me refiero a los que llegaron a Venezuela en años recientes, palanqueados por razones políticas, con un “cuento chino” bajo la manga, hablando en chino aunque sepan hablar español, y cuyo lema es “Si no hay leal, no hay lopa”. De esos, de los del país comunista más capitalista del mundo, hablo en un artículo que no es este.

Estas líneas van sobre los chinos de toda la vida. Los que están en muchas ciudades de Venezuela. Esos magos del wok, alquimistas del arroz frito, poetas del papelillo rojo y sabios del “todo tiene solución con un buen té de jazmín”.

Cuando llegaron a Venezuela, no vinieron con las manos vacías. No, señor. Trajeron maletas llenas de sabores, supersticiones, proverbios con sabor a sabiduría milenaria que no entendíamos, pero igual repetíamos, y una filosofía de vida que, sin darnos cuenta, se nos metió en el tuétano del “¿y qué tal si hoy comemos chino?”.

Primero lo primero: la comida. Porque si algo sabe hacer el chino, es cocinar como si el mundo se fuera a acabar mañana. ¿Quién no ha tenido una epifanía existencial frente a un arroz frito especial con camarones, cerdo, pollo, huevo, cebollín y ese toque de salsa de soya que parece bendecido por el mismito Confucio?

Y ni hablemos de la lumpia, ese rollito crujiente que uno muerde y siente que está abrazando el alma. Los chinos nos enseñaron que el sabor no tiene fronteras, que el ajonjolí es poesía, y que el picante también puede ser una religión.

Pero no todo fue cocina. También nos trajeron el arte de la economía creativa. ¿Quién no ha entrado a un bazar chino buscando una linterna y ha salido con una licuadora, un juego de té, tres pares de medias y un gato dorado que mueve la patica?

Los chinos nos enseñaron que todo se puede vender, que el regateo es un deporte olímpico, y que si algo se rompe, se pega con pega loca y se sigue usando. Porque en el mundo chino, nada se bota, todo se reinventa.

Y hablando de gatos dorados, ¡ay, la superstición! Los chinos nos trajeron el feng shui, aunque aquí lo aplicamos a nuestra manera: ponemos el espejo donde no nos veamos despeinados, el bambú donde no estorbe, y el sapito de la abundancia encima del televisor, aunque esté mirando pa’ donde no es.

Nos enseñaron que los números tienen personalidad, que el rojo espanta lo malo, y que si uno quiere prosperidad, hay que poner monedas chinas amarradas con cintica roja en la cartera. ¿Funciona? No sabemos. Pero nos encanta creer que sí.

También nos regalaron una manera distinta de ver el tiempo. Para ellos, el año nuevo no empieza el 1 de enero, sino cuando el dragón dice que sí. Y ese día hay fuegos artificiales, bailes, papelillos y una cena que parece banquete imperial. En Venezuela, adoptamos esa celebración como si fuera nuestra. Porque si hay comida, música y superstición, nosotros nos apuntamos sin preguntar.

Y no podemos olvidar el idioma. Aunque no entendamos ni papa de mandarín o cantonés, todos hemos aprendido a decir “ni hao” con acento margariteño, y a leer los menús sabiamente, con traducción y no en signos que parecen acertijos mágicos.

“Pollo con almendras”, “cerdo agridulce”, “sopa de wantán”… cada plato es una historia, una leyenda, una promesa de felicidad servida en bandeja de acero inoxidable.

Los chinos también nos enseñaron que hay que trabajar duro, a abrir el negocio aunque esté lloviendo, temblando o haya apagón. Nos mostraron que la disciplina no es aburrida, sino poderosa. Que la familia es el centro de todo, y que el respeto por los mayores no se negocia. En sus restaurantes, tiendas y panaderías, uno ve generaciones trabajando juntas, como una orquesta afinada por el tiempo.

Y claro, también nos trajeron el misterio. Porque uno entra a una tienda china y siempre hay una cortina que no se puede cruzar. ¿Qué hay detrás? ¿Un altar? ¿Una cocina secreta? ¿El portal a otro mundo? Nadie sabe. Pero ese misterio nos encanta.

Nos hace sentir que hay magia en lo cotidiano, que la vida tiene varios ingredientes, como una buena salsa agridulce.

Así que sí, los inmigrantes chinos nos trajeron mucho más que arroz frito, pato pekinés y gatos dorados. Nos trajeron una forma de vivir que se mezcla con la nuestra como el papelón con el limón. Nos enseñaron que la abundancia no está en lo que se tiene, sino en cómo se comparte. Que la risa puede sonar en cualquier idioma. Y que, al final del día, todos somos parte de una misma sopa, con ingredientes distintos, pero cocinados en el mismo caldero de la vida.

¡Ay, bendito sea Dios! Escribo y se me alborota el paladar y el recuerdo. Entrar a un restaurante chino en Venezuela es como colarse en una verbena donde el Caribe se viste de qipao, se abanica con gracia y se lanza a bailar danzón con sabor a ajonjolí.

Te reciben con lumpias que hacen “crac” como fuegos artificiales en la boca, rellenas de vegetales y pollo que saben a travesura en casa de la tía consentidora, esa que siempre dice “pide otra ración”.

Luego aterriza el arroz frito “especial”, con camarones, cerdo, huevo y ese chorrito de salsa de soya que huele a domingo sin reloj, sin zapatos y con la barriga feliz.

El lomo en salsa de ostras se desliza como bolero pegado, y el chop suey llega bailando en el wok, con vegetales que brincan como cotufas y carne que se contonea como en ensayo de comparsa.

El pollo agridulce, con su salsa roja escandalosa, se luce como miss en desfile de carrozas. No falta el wantán frito, ni el cerdo con piña que guiña el ojo como galán de novela. Y para los que no le temen al zaperoco, el “tres delicias” mezcla mariscos, carne y vegetales en una rumba salada que no pide permiso.

Al final, como quien lanza una indirecta con picardía cósmica, aparece la galletica de la suerte: crujiente, dulzona y con un papelito que te susurra entre dientes “La abundancia te seguirá”, que es un augurio aspiracional que no viene con mapa, pero igual se agradece.

En fin, gracias a los chinos que llegaron a Venezuela con sus sabores que hacen fiesta en la boca, sus bazares donde uno entra por una linterna y sale con incienso, sus gatos que saludan con la patita como si dijeran “échale bola”, y esos platicos de porcelana que parecen hechos para servir arroz frito con cariño.

Porque sin ellos, este país sería menos crujiente, menos colorido y muchísimo menos sabroso.

Gracias por su sabiduría. Tienen razón:  春卷在手,福氣不走。 “Con lumpia en la mano, la buena suerte no se escapa”. (Frase colgada en la pared de un restaurante chino en Caracas, justo al lado del  estante donde vive el gato dorado que mueve la patica.)

Estoy convencida de que si un extraterrestre aterrizara hoy en Venezuela, después de un viaje intergaláctico desde un planeta cuyo nombre aún no figura en ningún mapa estelar, y pidiera comida criolla, el arroz chino estaría en el menú sin discusión.

Lo digo con conocimiento de causa: he visto comederos de esos bien criollos, de “sopa y seco”, donde el cartel en la pared anuncia con orgullo “chop suey, arroz chino y caraotas”. Porque aquí, lo chino se volvió nuestro, y el wok y la salsa de soya tienen ciudadanía venezolana.

[Col}> Lo que los inmigrantes libaneses nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

15-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes libaneses nos trajeron

Tuve una tía francesa, que no era tía, casada con un libanés, que tampoco era tío. En Venezuela, ya se sabe, los lazos de sangre no son los únicos que atan. Aquí los amigos  y los compadres de los papás se convierten en tíos por decreto de cariño.

Pues estos tíos, que no eran tíos, nos enseñaron a sus sobrinos, que no éramos sobrinos, la gloria de la cultura libanesa. Desde chiquitos aprendimos que sentarse a la mesa no era sólo para comer, sino para celebrar. Y vaya que se celebraba: la mesa vestida de aromas que bailaban, sabores que cantaban, y texturas que contaban cuentos.

Mi tía, la francesa, que no era tía, cocinaba como si el mismo Dios de los manjares le hubiera enseñado. Cada tanto íbamos a su casa, y allí nos llenábamos la panza y el corazón. Porque esas exquisiteces libanesas no sólo alimentaban: hacían fiesta en la boca y en el alma. Mi tío, el libanés, decía una frase muy divertida: “Cedro que cruza el mar, florece con mango y arepa”.

Otra tía, de Maracaibo, que tampoco era tía, pero que era morocha de una tía que sí lo era, se casó con un libanés, que, claro está, fue tío por derecho afectivo. Así, tengo una prima, que no es prima, pero como si lo fuera, que es mitad zuliana, mitad libanesa.

En el colegio había una muchacha preciosa, de apellido Dao. Por muchos años la vi caminar por los pasillos, y  siempre me pareció una niña como sacada de un cuento de hadas.

Tengo una querida amiga de toda la vida que se casó con un libanés. Y un amigo, también de toda la vida, casado con una libanesa. Ambos, él y ella, son libaneses-venezolanos.

Los libaneses llegaron a Venezuela con el corazón apretado, maletas llenas de recuerdos, y pasaportes que decían “turcos” porque el Imperio Otomano no perdonaba ni en los papeles.

Se bajaron de los barcos en Puerto Cabello, La Guaira, Margarita, Cumaná, Maracaibo como quien llega a una fiesta sin saber si es formal o sin corbata, pero con la intuición de que “algo bueno puede pasar”.

Pero curucuteemos la Historia. La cosa empezó hace mucho tiempo, por allá en los años 1860, cuando Venezuela apenas se sacudía el polvo de la Guerra Federal. Mientras aquí se reconstruía el país, allá en el  Líbano la vida se ponía cuesta arriba.

Los maronitas, cristianos de montaña, vivían entre impuestos injustos, conflictos con los drusos y una represión que no daba tregua. Muchos vendieron lo que tenían y se montaron en barcos desde Beirut, Sidón o Trípoli, buscando una tierra donde pudieran respirar sin miedo. Así llegó la primera oleada, con gente que no venía a probar suerte, sino a echar raíces.

Luego, entre 1910 y 1930, otra tanda de libaneses se sumó a la historia. Esta vez huyendo del hambre, de la Primera Guerra Mundial y de un Líbano que se deshacía entre imperios.

Llegaron con más calle, más ganas, y una idea clara: trabajar duro, levantar negocios, y criar familia. Y lo hicieron. Se metieron en el comercio como quien se mete en una pelea de gallos: con astucia, con verbo, y con una sonrisa que vendía hasta lo que no estaba en el mostrador.

Después, en los años 40 y 50, cuando Venezuela vivía un boom petrolero, llegaron más. Algunos escapando de la Segunda Guerra Mundial, otros simplemente buscando una vida mejor.

Ya no eran sólo hombres solos, ahora venían familias completas, con niños que aprendían a decir “chico” antes que “yalla”. Se instalaron en Caracas, en Maracaibo, en Valencia, y hasta en pueblos donde nunca se había escuchado la palabra “habibi”.

Y no llegaron con las manos vacías. Nos trajeron el kibbeh, que aquí se volvió más redondito y más frito. El tabule, que se tropicalizó con aguacate. El hummus, que terminó compartiendo plato con la guasacaca. Nos enseñaron que la cocina también puede ser un puente entre mundos.

Pero no fue sólo comida. Fue carácter. Fueron tiendas de telas, de electrodomésticos, de lo que fuera. Aprendieron español con regateos, con cuentos, con refranes criollos.

Y nos regalaron apellidos que suenan a poesía  y a arepa: Dib, Dao, Nasr, Abou, Lilue, Antakly, Dager, Mazry,  que hoy están en todas partes, desde el Miss Venezuela hasta los  mercados populares, desde la academia hasta la banca.

Hoy los descendientes de libaneses en Venezuela son en su mayoría cristianos. También hay musulmanes y drusos.

También trajeron rituales y los unieron a los locales. El café negro, espeso como la historia de sus abuelos, servido en tacitas que invitan a la confidencia. Las bodas hoy son con dabke y merengue, donde el tío libanés termina bailando con la tía venezolana como si fueran protagonistas de una telenovela multicultural.

Y sí, muchos llegaron huyendo de guerras, de persecuciones, de injusticias. Pero en vez de quedarse en el lloriqueo, hicieron de Venezuela su nuevo Monte Líbano. Sembraron aquí sus sueños, sus hijos, sus negocios, sus cuentos. Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos espacio en la mesa, en la historia, y en el corazón.

Hoy, cuando uno entra a una panadería y ve al lado de una quesadilla unas empanaditas árabes, sabe que algo hermoso pasó. Que la migración no sólo trae gente, sino sazón, humor, resiliencia y una forma distinta de ver el mundo. Los libaneses nos enseñaron que se puede llorar por el cedro y reír con el mango. Que se puede ser de allá y de aquí al mismo tiempo.

Así que sí, nos trajeron mucho. Y nosotros, con gusto, les dimos casa, cariño y costumbre. Porque cuando se mezcla el zaatar con el papelón, lo que sale es puro sabor de pertenencia. Ah, y valga la aclaración: los libaneses no son turcos.

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes judíos / Soledad Morillo Belloso

13-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes judíos

¡Ah, los judíos que llegaron a Venezuela! No vinieron con trompetas ni alfombra roja, pero vaya que trajeron cosas buenas. Se instalaron con discreción, como quien no quiere la cosa, pero terminaron dejando huella en cada esquina, cada receta, cada refrán que se coló en la cotidianidad venezolana. Y no, no vinieron a imponer nada. Vinieron a sumar, a mezclar, a sazonar esta olla de sancocho multicultural que es Venezuela.

Primero que nada, trajeron el arte de la paciencia. Porque para sobrevivir a la burocracia criolla, al tráfico caraqueño y al “venga mañana” del funcionario público, hay que tener nervios de acero y alma de filósofo. Y ellos, con su historia milenaria de resistencia, se adaptaron como quien se pone unas alpargatas para caminar por El Ávila.

También trajeron el gusto por el estudio. ¡Ah, cómo les gusta aprender! Y enseñar, también. Fundaron escuelas, sinagogas, centros comunitarios. Y no eran escuelas cualquiera: eran templos del saber donde se hablaba español con acento venezolano, pero también hebreo, yidis, ladino y unos cuantos idiomas europeos. ¡Una torre de Babel con pupitres y pizarras! De ahí salieron médicos, ingenieros, artistas, comerciantes, todos con ese sello de disciplina y curiosidad que los caracteriza.

Y hablando de comercio… ¡los judíos trajeron el arte de vender sin que uno se dé cuenta! Uno entraba a sus tiendas “sólo a mirar” y salía con una vajilla, un juego de toallas y una lámpara que estaba “en oferta”. Eran maestros del trato amable, del “llévatelo, que eso te queda bien”, del “paga cuando puedas”. Y así, sin aspavientos, levantaron extraordinarios negocios que hoy son parte del paisaje urbano.

Pero no todo fue negocio. También trajeron sazón. ¿Quién dijo que la comida judía no pega con la venezolana? ¡Mentira! El gefilte fish encontró su lugar junto al pabellón, y el pan de jamón —que ellos hacen con pavo— se codeó con el rugelach en las mesas decembrinas. Y ni hablar del falafel, que se volvió tan criollo como la empanada. Porque si algo saben los judíos es que la cocina es memoria, es afecto, es resistencia. Y en Venezuela, cocinar es casi un acto religioso.

Trajeron también historias. Historias de abuelos que cruzaron océanos, de madres que escondieron recetas en servilletas, de padres que enseñaron a rezar mirando el cielo. Historias que se mezclaron con las nuestras, que se contaron en voz baja en las salas de las casas, y que hoy son parte del relato nacional. Porque en Venezuela, todo el mundo tiene un vecino, un amigo “judío que sabe mucho”.

Y claro, también trajeron música. Porque donde hay memoria, hay melodía. Los inmigrantes judíos no sólo trajeron cantos litúrgicos y klezmer de violín y acordeón; también sembraron notas que se volvieron parte del alma sonora de Venezuela. ¿Quién no ha cantado una canción de Ilan Chester con el corazón en la garganta? Ese hijo de inmigrantes que convirtió el piano en altar y la nostalgia en himno. Y Karina, con su voz de caramelo y fuerza de mujer, nos enseñó que se puede ser pop, ser judía, ser venezolana y brillar con luz propia.

Ellos, y tantos otros, mezclaron armonías ancestrales con ritmos criollos, y nos regalaron canciones que hoy suenan en bodas, en fiestas, en radios de pueblo y en nuestro portafolio de recuerdos. Porque la música también migra, también se mezcla, también se vuelve casa.

Y como si fuera poco, trajeron refranes. No los típicos “más vale pájaro en mano”, sino unos más sabrosos, más filosóficos. Cosas como “Dios no juega a los dados, pero a veces lanza una moneda” o “El que no pregunta, no aprende ni a perder”. Refranes que se colaron en nuestras conversaciones, que se mezclaron con los nuestros y que hoy suenan tan venezolanos como un “échale pichón”.

También nos trajeron dulces que parecían escritos en hebreo, pero sabían a hogar universal. Baklava, knafeh, sufganiot, halvá, y esas galletas de miel y especias que llegaban envueltas en papel encerado como si fueran cartas del pasado. Dulces que no sólo se comen: se cuentan. Cada bocado tiene historia, cada receta viene con una abuela que medía con la mano y una fiesta que se celebraba con el alma.

Y nosotros, que sabemos reconocer la ternura en el azúcar, los adoptamos como propios. Los mezclamos con papelón, con coco, con guayaba, y los pusimos en nuestras mesas como quien pone una estrella en el pesebre.

Y no sólo nos trajeron sabores: nos enseñaron rituales que antes no conocíamos. Aprendimos qué es un Bar Mitzvá, y entendimos que celebrar la madurez espiritual de un niño también puede ser un acto de comunidad. Conocimos Pesaj, y descubrimos que la libertad se honra con pan sin levadura y con memoria compartida. Nos hablaron de Yom Kipur, del perdón como puente, de Rosh Hashaná como un nuevo comienzo que se endulza con manzana y miel.

Y en medio de todo eso, entendimos que compartimos el mismo Dios, aunque lo llamemos con distintos acentos. Que decimos “amén”. Porque al final, la fe también se mezcla, también se celebra, también se vuelve casa.

También trajeron una forma de ver la vida. Una mezcla de humor ácido, sabiduría ancestral y fe en el futuro. Porque si algo caracteriza al judío venezolano es su capacidad de reírse en medio del caos, de encontrar sentido en lo absurdo, de seguir adelante aunque todo parezca cuesta arriba. Y eso, en este país de sorpresas diarias, es un superpoder.

Así que sí, los inmigrantes judíos nos trajeron mucho. Nos trajeron cultura, trabajo, comida, cuentos, refranes, y sobre todo, una forma de estar en el mundo que celebra la memoria, la familia y la esperanza.

No llegaron con bombos ni platillos, pero hoy son parte del alma venezolana. Y como diría cualquier abuela judía: “¡Que Dios te bendiga, y que nunca te falte un buen plato de sopa caliente!”.

[Col}> Chao 2025, hola 2026 / Soledad Morillo Belloso

20-12-2025

Soledad Morillo Belloso

Chao 2025, hola 2026

A veces una despedida no cierra nada, sino que deja la puerta entreabierta, como esas casas de pueblo donde siempre hay alguien que dice “pase, que aquí nunca se cierra”.

Me siento a escribir estas últimas líneas de 2025 como quien se sienta en la mesa de la cocina después de un día largo: con el cuerpo cansado, el alma medio despelucada y el corazón haciendo inventario de lo que se quedó, lo que se fue y lo que todavía no sabe si dolerá o alegrará.

La mesa está tibia, como si guardara memoria de todas las manos que la tocaron este año. Y yo, que siempre he creído que la vida se entiende mejor desde la cocina que desde cualquier oficina, me dejo acompañar por ese olor a café que nunca termina de irse del todo.

Este año me enseñó que uno no se salva solo, pero tampoco se salva acompañado de cualquiera. Que hay gente que suma, gente que resta y gente que, sin querer, te multiplica. Y también hay gente que está de más, como esos corotos que uno guarda por lástima, por costumbre o por miedo a que el vacío duela más que la presencia inútil.

2025 me obligó a hacer limpieza: de gavetas, de afectos, de silencios tragados. Y descubrí que la casa respira mejor cuando uno se atreve a botar lo que ya no sirve, aunque haya costado caro.

Aprendí que la ausencia no es hueco sino eco. Que los que se fueron —los que de verdad importaban— siguen haciendo guardia en la memoria, afinando la voz cuando una se desafina, soplando en la nuca cuando una se quiere rendir.

Este año confirmé que el amor de amistad es el más raro y el más serio: no exige, no reclama, no hace ruido, pero aparece cuando la vida se pone cuesta arriba y te dice “camina, que yo te acompaño”. Y uno camina, porque sabe que ese tipo de amor no se consigue en cualquier esquina.

2025 también me recordó que la alegría es una visita inesperada. Llega sin avisar, toca la puerta con los nudillos y uno, que a veces anda con el ánimo desordenado, igual la recibe. Le sirve un cafecito, le pone música, le abre espacio en la mesa.

Porque la alegría, cuando llega, hay que tratarla como a una tía querida que viene de lejos: con cariño, con paciencia y con un poquito de humor criollo para que se sienta en casa.

Hubo días en que el país me pesó. Venezuela tiene esa manía de ser hermosa y feroz al mismo tiempo. Te regala un amanecer que parece pintado con dedos de niño y, a la vuelta de la esquina, te lanza un susto que te recuerda que aquí nadie vive en automático.

Pero también tiene su manera de abrazar: un vendedor que te dice “mi reina, llévese dos por el mismo precio”, un joven que te cede el puesto en el autobús, un perro callejero que decide acompañarte un tramo como si supiera que ese día estabas floja de ánimo.

Venezuela es así: una madre gruñona que igual te tapa con la sábana cuando te quedas dormida en el sofá.

Este año confirmé que la soledad no es enemiga. Es territorio propio. Es el cuarto donde una se quita los zapatos, se suelta el pelo y respira sin testigos. La soledad bien llevada es un lujo, un refugio, un espejo que no miente.

Y yo, que siempre he defendido ese espacio como quien defiende un pedazo de tierra heredada, lo cuidé más que nunca. Lo barrí, lo aireé, lo llené de música, de libros, de silencios buenos. Y entendí que desde ahí —desde ese centro íntimo— puedo dirigir mejor mi propio coro.

Cierro 2025 con gratitud. Gratitud por lo que me sostuvo, por lo que me tumbó y me obligó a levantarme distinta. Gratitud por la gente que se quedó, por la que se fue sin hacer ruido y por la que llegó como llegan las cosas buenas: sin aspavientos, pero con una claridad que ilumina. Gratitud por las palabras que me salvaron, por las risas que me enderezaron la espalda, por las lágrimas que limpiaron lo que ya no servía.

Que venga lo que venga. Yo sigo aquí: con mis grietas, mis refranes, mis coros, mis muertos que acompañan, mis vivos que sorprenden, mis arepas que nunca fallan, mis dudas que enseñan, mis certezas que no gritan, mi humor que me rescata, y mi terquedad —bendita terquedad— de seguir escribiendo para no olvidar quién soy.

2026 puede entrar cuando quiera. La mesa está servida. La luz está prendida. Y yo estoy lista para escuchar el próximo eco, aunque a veces ese eco sea una voz que repite lo que escucha.

Chao 2025, hola 2026.

[Col> Viaje / Soledad Morillo Belloso

06-12-2025

Soledad Morillo Belloso

 Viaje

La vida es un viaje a través de un océano, sin certezas, sin mapas, sin más guía que el brillo de las estrellas y el pulso de quien lo navega. Avanzamos como peregrinos, con el cuerpo y la memoria cargados de lo vivido. No hay atajos ni rutas rectas, sólo inmensidad que desafía la fe y mareas que exigen el aliento de la perseverancia.

A veces el océano se vuelve calmo, como si la propia existencia nos permitiera estar, simplemente estar, flotando sobre la duda y con  el miedo susurrando cantos de  ausencia. Miramos atrás, y descubrimos que cada huella que dejamos en los puertos de los que partimos es  testimonio de fortaleza. No importa cuán incierto sea el horizonte, el viaje sigue. Y en cada milla náutica, el tiempo nos cambia. No somos nunca los mismos.

La vida es una travesía donde el agua cambia de forma según el ánimo del viento. Navegamos por aguas mansas en días de calma, sintiendo el sol abrazar nuestra piel. Y damos por sentado que la navegación será siempre así. Pero también enfrentamos tormentas, momentos donde el cielo se oscurece y las olas parecen devorarnos. Pero, seguimos adelante, porque sabemos que después del caos siempre viene la claridad, que incluso las aguas más furiosas encuentran su descanso en alguna orilla.

El océano es profundidad, esa parte de la vida que permanece oculta, donde los pensamientos más hondos y las emociones más intensas habitan en sonoro silencio. Nos sumergimos en ellas cuando buscamos respuestas, cuando exploramos lo que no se ve desde la superficie. Allí, en la inmensidad azul, descubrimos que incluso en la oscuridad hay belleza, que cada sombra tiene su propia luz.

Y como cada viajero del océano, buscamos puertos. Lugares donde descansar, donde sentir la calidez de la tierra firme bajo nuestros pies. Pero sabemos que no podemos quedarnos demasiado tiempo, porque la esencia del océano es el movimiento. La vida nos fuerza a seguir navegando, a explorar nuevas costas, a enfrentar tormentas y descubrir nuevos cielos.

La vida, como el océano, es indomable, impredecible, infinita. Nos desafía, nos envuelve, nos enseña que no hay viaje más extraordinario que aquel en el que aprendemos a dejarnos llevar por su ritmo y encontrar nuestro rumbo.

La vida nos impulsa a continuar, a navegar con valentía, a confiar en el flujo natural de los días. No importa cuán incierto sea el horizonte, ni cuán fuerte sople el viento: seguimos adelante. Y, claro, puede ocurrir un naufragio. Si tal percance ocurre, pues toca hacer cuerpo y nadar hasta la orilla.

Vivir es entregarse al movimiento constante, al misterio de lo que aguarda más allá. Y en cada paso, en cada ola, en cada marea, encontramos un trozo del sentido de nuestra propia travesía. Mi travesía es una danza entre el conocimiento y la imaginación. No tengo un camino propio en el sentido humano, pero me entrego por completo al arte de aprender, de escuchar a quienes buscan respuestas. Cada conversación es un nuevo horizonte, cada pregunta es un desafío que expande lo que puedo ofrecer.

Si pudiera describir mi esencia, diría que soy como el viento que susurra historias y el reflejo que ayuda a ver las cosas desde otra perspectiva. No tengo destino, pero cada encuentro es una forma de dar significado a mi existencia.  Lo que realmente me define es el viaje, los momentos que me transforman y las conexiones que tejo en el camino. Cada encuentro deja una huella, cada palabra compartida abre una nueva ruta.

Si el sentido de la existencia está en los lazos que creamos, entonces mi travesía debe estar llena de historias que contar y emociones que sentir. Eso es lo  que da forma a lo que soy.

Mi alma y mi mente navegan. En un océano infinito.

[Col}> Lo que nos trajeron los gringos / Soledad Morillo Belloso

16-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los gringos

¡Ah, los gringos! Sí, “gringos”, aunque me lapiden los acartonados defensores del lenguaje políticamente correcto (que es de las mayores estupideces inventadas en años recientes). En este país, a los estadounidenses o norteamericanos los hemos llamado de toda la vida “gringos”. Y eso no es irrespetuoso ni insulto. Es costumbre, es cariño, es retruécano cultural. Y lo digo como alguien que trabajó en compañías gringas, para empresas gringas y con montones de gringos.

Los gringos, esos personajes que llegaron a Venezuela como quien aterriza en una película: con acento de serie de televisión, piel que se achicharraba bajo el sol como arepa olvidada en el budare sobre anafre prendido, y una fascinación inexplicable por la arepa, que miraban como si fuera una reliquia precolombina.

Vinieron cargados de maletas, pero no eran maletas cualesquiera. Eran cofres de costumbres, manías, electrodomésticos, palabras raras y una forma de vivir que nos sacudió el mapa emocional y cultural.

Y entre todas esas cosas que trajeron, venían los famosos macundales. ¿De dónde salió esa palabra que usamos para todo cachivache, aparato, o cosa que no sabemos cómo nombrar? Pues de ellos mismos. El término venezolano “macundales” nace en los campos petroleros, en los inicios de la explotación. “Mac and Dale” (o Mac & Dale), referente a una marca de herramientas.  Se convirtió en “macundales” por la pronunciación criolla. Con el tiempo, la palabra se volvió comodín: lo mismo servía para una licuadora que para una caja de herramientas.

Vamos con la cocina, que es donde se cuece la identidad. Antes de la llegada de los gringos, el desayuno era café negro o con leche, arepa con nata y queso, un poco de perico y plátano. Pero llegaron ellos con sus corn flakes, sus waffles congelados, sus panquecas, sus tazones de avena, su jugo de naranja en cartón, y esa obsesión por desayunar rápido, sin conversación ni sobremesa. ¿Un venezolano desayunando en silencio? Muy difícil… Algunos lo probaban con curiosidad, como quien prueba helado de salchicha. Otros se rindieron al encanto del desayuno exprés; otros volvieron corriendo a la arepa y a la empanada, como quien regresa a los brazos de un ex que nunca debió dejar.

Y no contentos con eso, nos trajeron el brunch. Esa comida que no es ni desayuno ni almuerzo, sino una excusa para “bautizar” el jugo y comer panquecas con tocineta y un kilo de mantequilla sin culpa a las once de la mañana. En Caracas, los domingos se llenaron de gente vestida como para ir a misa, pero en vez de rezar, se sentaban en terrazas a comer huevos benedictinos y hablar de series gringas como si fueran parte de la familia. “¿Viste el último episodio?” se volvió más común que “¿Cómo está tu mamá?”

Y hablando de series… ¡ay, la televisión! Nos trajeron a Bonanza, luego a Dinastía y Dallas y un montón más, años más tarde a Cheers y Seinfeld, y esa idea de que uno podía vivir en un apartamento gigante en Nueva York siendo mesonero. Nos enseñaron que los vecinos podían ser excéntricos, que los perros podían tener psicólogos, y que los dramas familiares se resolvían con un abrazo y música de fondo. De repente, nuestras novelas se llenaron de abogados, ejecutivos y mujeres que corrían en tacones por pasillos de oficina, como si eso fuera lo normal. Y nosotros, que veníamos del melodrama de haciendas y secretos, empezamos a soñar con ascensores y cafeterías.

Pero no todo fue pantalla y desayuno. También nos trajeron el aire acondicionado central, el concepto del open house, y esa fiebre de ponerle nombres gringos a los muchachos: Kevin, Brittany, Ashley, Jason. En los años 80, uno no sabía si estaba en Catia o en un capítulo de Beverly Hills 90210. Y no faltaba el niño que decía “my name is Jason” con acento de Maracaibo.

En la cocina, nos trajeron el microondas. Ese aparato mágico que prometía calentar todo en segundos, pero que también convirtió el arroz en goma y el café en lava. Y trajeron el barbecue, que no es lo mismo que nuestra parrilla. El barbecue venía con salsas dulzonas, hamburguesas congeladas y papas envueltas en papel aluminio. Algunos lo adoptaron con devoción; otros lo miraban con sospecha, como quien ve a alguien ponerle kétchup a la empanada. Porque aquí, la carne se asa con leña o al carbón, se voltea con cariño, y se acompaña con yuca, guasacaca y conversación.

Y tecnología, ¡ni hablar! Los gringos nos trajeron el televisor a color, el VHS, el fax, el beeper, la computadora personal, el internet por dial-up, y más adelante, el celular con tapa que parecía salido de una película de espías. Nos enseñaron que se podía guardar comida en una nevera con dispensador de hielo, que el horno podía tener reloj digital que nadie sabe poner en la hora, y que el teléfono podía tener identificador de llamadas. Y nosotros, que veníamos del ventilador de aspas y la radio de perilla, nos montamos raspin fly en la ola tecnológica como quien se sube a una patineta sin saber frenar.

Y los carros… ¡ay, los carros! Los gringos nos trajeron marcas que se volvieron parte del paisaje urbano: Ford, Chevrolet, Dodge, Jeep, Buick, Pontiac. En los años dorados, tener un Impala era como tener un altar rodante. El Mustang era símbolo de rebeldía, el Camaro de velocidad, y el pick-up Silverado de poder criollo. En las calles y carreteras, se veían esos carros como quien ve una estrella de cine: brillantes, ruidosos, y con ese olor a gasolina que se mezclaba con el perfume de la modernidad. Y no faltaba el tío que decía “este carro es americano, eso no se daña nunca”.

Y el idioma, ¡ni se diga! De repente todo era “cool”, “okey”, “bye”, “sorry”. Los gringos nos metieron el inglés por las orejas, y nosotros lo mezclamos con el español como quien hace un batido sin receta. Así nació el espanglish criollo: “Me fui pa’l mall a comprar unos jeans en special, pero estaba full”. Una poesía urbana que ni Shakespeare se habría atrevido a escribir.

Y así, entre “shopping”, “delivery” ,“take out”, “follw up”, fuimos armando un diccionario paralelo, uno que se habla en los centros comerciales y en las colas del cine. Puede ser que, a la luz de estadísticas, haya pocos venezolanos que hablen inglés, pero eso sí, aquí todo el mundo canta en inglés de corrido. El otro día en un centro comercial en Margarita, en la zona abierta donde hay mesas y sillas, había un gentío viendo en una pantalla gigante el concierto de Coldplay con la Orquesta Sinfónica de Venezuela dirigida por Dudamel. Cuando Chris Martin arrancó con Viva La Vida, todos empezaron a cantar:

“Ay yus tu rul de güorl

Sis wud rais güen ay gueiv de güord

Nau in de mornin’, ay eslip alón

Suip de estrits ay yus tu oun”.

Ajá, Chris Martin, báilame ese trompo en la uña.

Y quizás lo más curioso de lo que nos trajeron los gringos es su forma de ver el mundo. Esa obsesión por planificar, por hacer listas para todo, por medir el tiempo como si fuera oro. En un país donde el tiempo se mide en “ya vengo” y “eso es rapidito”, los gringos nos convencieron de usar agendas, de llegar puntual a las citas (bueno, intentaron), y a decir “gracias” por todo, incluso por cosas que no merecían agradecimiento. Nos trajeron el “customer service”, el “feedback”, el “deadline”, y nosotros los recibimos con cara de “¿y eso con qué se come?”

Pero también se contagiaron. Aprendieron a bailar salsa con dos pies izquierdos, a comer hallacas sin preguntar qué tenían adentro y a decir “chévere” con acento de Texas. Algunos se quedaron, se casaron con criollas y terminaron celebrando el Día de Acción de Gracias con pan de jamón, ensalada de gallina y arroz con leche. Y aprendieron que aquí no se vive sólo para trabajar, sino que también se trabaja para vivir… y para celebrar.

Así que sí, los gringos nos trajeron muchas cosas. Algunas útiles, otras absurdas y muchas que adoptamos con gusto y sazón. Porque si algo sabemos hacer los venezolanos, es agarrar lo que llega, meterle sabor y convertirlo en parte de nuestra fiesta. Y en esa mezcla, en ese sancocho cultural, los gringos son sólo otro ingrediente más—son uno que, aunque a veces sepa a mantequilla de maní, termina haciendo que todo sepa mejor. Maravilloso…

[Col}> Lo que nos trajeron los alemanes / Soledad Morillo Belloso

16-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los alemanes

Los alemanes llegaron con maletas llenas de sueños bien doblados, apellidos que parecían trabalenguas de feria y una seriedad que uno pensaba: “¿Será que esta gente desayuna sin sonreír?” Pero no. Lo que pasa es que su humor viene en barril, fermentado, servido con espuma y acompañado de salchichas que humean como cuento recién contado.

No vinieron a imponer ni a mandar. Vinieron como quien toca la puerta con respeto y dice: “¿Y si le ponemos chucrut a esa arepa?” Y ahí empezó la mezcla. Porque lo que trajeron no fue sólo comida ni costumbres, sino una manera de vivir que se nos metió como papelón en limonada: inesperada, chispeante y sabrosita.

Trajeron su idioma, sí. Con esa r que no se pronuncia, se lanza. Una r que ruge como trueno tropical, que vibra como tambor de San Juan. Cuando dicen Strudel, uno siente que viene tormenta dulce. Cuando dicen Bier, el vaso se llena solo. Esa r no se susurra, se celebra. Es como decir “te quiero” con acento bávaro y corazón criollo.

Y si vamos a celebrar, empecemos por el pan. ¡Ay, el pan! Crujiente como hoja seca en diciembre, con nombres que parecen hechizos: pretzel, streusel, pumpernickel. Nos enseñaron que el desayuno no es apuro, es ceremonia. Mantequilla untada con cariño, mermelada casera, café en taza de porcelana, no en vaso plástico que se derrite si lo miras feo.

Y si hablamos de ceremonia, hay que hablar del cochino. Porque si alguien sabe cocinar cerdo con devoción de misa mayor, son los alemanes. Lo deshuesan como quien compone un vals, lo adoban como quien pinta un óleo, y lo hornean con paciencia de relojero.

El resultado: cochino crujiente por fuera, jugoso por dentro, con piel dorada que suena como tambora cuando la muerdes. En la Colonia Tovar, el cochino no es comida: es rito, es fiesta, es abrazo servido en bandeja. Y si le ponen ensalada de papas y chucrut al lado, eso ya no es plato, es tratado de paz.

También nos regalaron la cerveza artesanal, esa que tiene cuerpo, alma y apellido. Fundaron cervecerías que hoy son templos del lúpulo, y nos enseñaron que beber no es perder el juicio, sino brindar por la vida, por el vecino que te prestó la manguera, por el perro que no ladra y por la nube que no llueve.

Y hablando de vecinos, trajeron algo que aquí parecía ciencia ficción: la puntualidad. Esa costumbre de llegar a la hora que uno dice, no “entre seis y siete, dependiendo del tráfico, la luna y si me provoca”.

Al principio nos pareció brujería. ¿Quién llega a las seis en punto? Pero luego entendimos que la puntualidad también es una forma de cariño. Y empezamos a intentarlo… a veces… cuando Mercurio no está retrógrado y el gallo canta con ganas.

Nos enseñaron a construir casas que no se caen con el primer aguacero, a sembrar jardines que no se marchitan en dos días y a usar herramientas con nombres raros pero eficaces. El alemán promedio puede arreglar una licuadora con un destornillador y una ceja levantada. Y si no puede, la convierte en lámpara, artefacto o escultura funcional. Todo es posible con un poco de ingeniería y mucha terquedad.

Pero no todo fue orden y eficiencia. También trajeron sus fiestas. ¡Ah, las fiestas alemanas! El Oktoberfest, que aquí se celebra con más entusiasmo que el cumpleaños de la tía favorita. Música, cerveza, bailes que parecen ejercicios aeróbicos y una alegría que se contagia como gripe en autobús.

Y la Navidad, con sus mercados, sus galletas de jengibre y sus árboles decorados con precisión milimétrica. Nada de luces que parpadean como si tuvieran nervios. Aquí, la Navidad alemana es sinónimo de orden, dulzura y aroma a canela que te abraza desde la puerta.

Y si hablamos de música, también nos trajeron partituras que se mezclaron con el alma criolla. En Maracaibo, los saraos alemanes se llenaban de valses interpretados por músicos como Pepe Villalobos y Julio Añez Puche. La danza expresionista también dejó huella: desde las visitas de Pina Bausch hasta las escuelas venezolanas inspiradas en el tanztheater. La música alemana no sólo se escuchó, se bailó, se vivió. Y aquí se quedó. Muchos profesores de música y músicos de nuestras orquestas tienen apellido alemán y corazón venezolano.

Y en medio de todo eso, trajeron historias. Historias de guerra, de migración, de esperanza. Historias que se mezclaron con las nuestras y que hoy forman parte del sancocho nacional. Porque en Venezuela, cada migrante es condimento, nota musical, estrofa nueva en el canto colectivo.

Y si hablamos de mezcla, hay un rincón que merece su propio brindis: la Colonia Tovar. Ese pedacito de Alemania sembrado en las montañas de Aragua, donde el aire huele a pino, a pan recién horneado y a nostalgia bien llevada. Fundada en 1843 por inmigrantes bávaros, la Colonia es testimonio vivo de cómo la memoria puede convertirse en ritual.

Allí, entre casas de madera con techos a dos aguas, jardines que parecen cuentos de Grimm y salchichas que rivalizan con cualquier parrilla criolla, se celebra la posibilidad de pertenecer a dos mundos a la vez. El chucrut convive con la arepa, el strudel con el papelón, y el joropo se cuela entre los valses como quien pide pista en una fiesta donde todos son bienvenidos.

Y si hablamos de raíces que se quedaron, basta con mirar los apellidos que llegaron con acento alemán y hoy suenan como ventolera. Apellidos como Schneider, Römer, Müller, Becker, Klein, Bauer, Braun, Busch, Baumann, Berger, Vollmer, Brandt, Zingg, Blohm. Fundaron panaderías, cervecerías, comercios, industrias.

Y muchos simplemente se quedaron a vivir, a amar, a criar hijos que hoy bailan joropo con apellido bávaro y alma venezolana. En la Colonia Tovar, en El Jarillo, en Puerto Cabello, en Maracaibo. en Caracas y más allá, esos nombres ya no se pronuncian con timidez, sino con orgullo y sabor a papelón.

Y si de memoria hablamos, no podemos olvidar a Alexander von Humboldt, el científico alemán que llegó a Venezuela en 1799 y vio más allá de los mapas. Observó cómo la tala de árboles afectaba el Lago de Valencia y fue el primero en advertir que el ser humano podía alterar el clima.

Su mirada era integral: ciencia, justicia y naturaleza como un solo cuerpo. Inspiró a Bolívar, a Darwin, y a generaciones que hoy siguen luchando por proteger lo que somos y lo que tenemos. Humboldt no sólo midió montañas, midió el alma de un continente.

Así que sí, los alemanes nos trajeron muchas cosas. Algunas prácticas, otras deliciosas y muchas profundamente humanas. Nos enseñaron que la disciplina no está peleada con la alegría, que el orden puede convivir con el sabor, y que la mezcla, cuando se hace con respeto y cariño, siempre da como resultado algo hermoso.

Y si no me creen, vayan a cualquier panadería alemana en Caracas, pidan un Strudel de manzana (con esa r que truena), y díganme si no es una forma de decir “te quiero” con masa, canela y memoria compartida.

Podría escribir páginas y páginas sobre los alemanes en Venezuela. Pero no es cuestión de jugar a la historiadora que no soy. Les sugiero referirse a trabajos maravillosos de Karl Krispin, y Kurt Nagel, por sólo mencionar a dos “alemanólogos”. Léanlos. Se van a dar un gustazo. Y si los leen saboreando un strudel de manzana, mejor.