[Col}> Sopa para emergencias del corazón

13-12-2025

Soledad Morillo Belloso

Sopa para emergencias del corazón

Las emergencias del corazón no son accidentes; son revelaciones, casi epifanías. No llegan para destruir, sino para recordarle a uno que está vivo, que siente, que todavía hay zonas blandas donde la existencia hace nido. El corazón, ese filósofo testarudo que late sin pedir permiso, a veces se quiebra para que uno escuche lo que llevaba años ignorando. Y cuando eso ocurre, cuando la grieta se abre como una boca que exige verdad, no hay ambulancia que valga. Lo único que sirve es una sopa.

La sopa es un acto de pensamiento. Un pensamiento caliente, humilde, que no pretende resolver el misterio del universo, pero sí acompañarlo. Mientras hierve, uno se da cuenta de que la vida es eso: un hervor lento donde lo que duele y lo que salva conviven en la misma olla. El caldo no pregunta por qué uno está roto; simplemente acepta los pedazos y los deja flotar hasta que encuentran su lugar. Esa aceptación es, en sí misma, una filosofía.

Hay un momento, siempre, en que el vapor sube y uno lo huele. Y ahí, en ese olor, aparece la emoción. No la emoción grandilocuente de los discursos, sino la emoción mínima, íntima, la que se siente en la garganta antes de que llegue la lágrima. La sopa le habla a esa emoción con una ternura casi cómica, como quien dice: “Mira, no te me pongas trágica; si te calientas demasiado, te soplo”. Y uno se ríe, porque la risa es la grieta por donde entra la luz cuando el corazón está oscuro.

La filosofía de la sopa es sencilla: todo lo que se remueve se transforma. El dolor, cuando se revuelve con memoria, se vuelve nostalgia. La nostalgia, cuando se mezcla con humor, se vuelve resistencia. Y la resistencia, cuando se deja a fuego bajo, se vuelve una forma de amor propio. No un amor perfecto, sino uno que sabe que la vida es un plato que se sirve caliente y que a veces quema, pero igual alimenta.

El corazón, mientras tanto, mira, observa. Se deja ablandar. Se deja convencer. Entiende que no está siendo reparado, sino acompañado. Y en esa compañía encuentra su propia filosofía: la de seguir latiendo aunque duela, la de abrirse aunque asuste, la de confiar aunque la memoria tenga cicatrices.

Al final, cuando uno se sirve la sopa —esa sopa que no existe en ninguna cocina pero que se siente en todas las células— comprende que la emergencia no era un desastre, sino una invitación. Una invitación a mirarse con menos juicio y más cariño. A aceptar que la vulnerabilidad no es una falla, sino una forma de sabiduría. A reconocer que, incluso en el dolor, hay belleza.

Porque las emergencias del corazón no se curan; se atraviesan. Y la sopa, con su filosofía tibia y su humor discreto, es el puente que permite cruzarlas sin perderse del todo.

[Col}> La vida es una carambola / Soledad Morillo Belloso

07-10-2025

Soledad Morillo Belloso

La vida es una carambola

Por muy inteligente que te creas, por mucho que hayas leído, subrayado, anotado al margen y hasta memorizado con voz de declamador, nunca sabes cómo va a resultar una carambola. Puedes tener tres doctorados, hablar cinco idiomas y citar a Spinoza mientras haces café, pero la vida —esa señora con bata de flores y pantuflas filosóficas— tiene una puntería caprichosa y un sentido del humor que ni Bryce Echenique en sus días más traviesos.

La carambola no respeta currículum. Es ese momento en que tú, tan brillante, tan estratega, lanzas la bola con elegancia, calculando ángulos, velocidades, fricciones, y zas: rebota en el borde, se tropieza con una duda existencial, se desliza por una lágrima mal contenida y termina en el bolsillo equivocado. O en ninguno. O en el bolsillo de otro. O en el suelo, junto a tu dignidad y tu plan quinquenal.

La carambola es la metáfora perfecta de lo que no controlamos. Es el recordatorio de que la vida no se deja domesticar por Excel ni por tratados filosóficos. Es el golpe que pensabas maestro y resulta tragicómico. Es el amor que parecía eterno y se disuelve en una discusión sobre cortinas. Es el trabajo soñado que se convierte en pesadilla con cafetera rota. Es el amigo con el que te peleas justo después de que le prestaste el libro que más amas. Es el cuerpo que envejece sin pedir permiso, la voz que tiembla cuando no debería, el silencio que se instala en un auditorio cuando esperabas aplausos.

Y ahí estás tú, con tu inteligencia brillante, tu biblioteca ordenada por temas y colores, tu capacidad de análisis, tu sarcasmo afilado… mirando cómo la bola hace lo que le da la gana. Porque hay cosas que no se pueden predecir, ni controlar, ni encerrar en teorías. Hay carambolas que son poesía, otras que son bofetadas, y otras que son chistes malos contados por el destino.

Así que sí, estudia, piensa, afina tu mente como violín de concierto. Pero no olvides que hay días en que la vida juega billar con los ojos vendados y los pies en la mesa. Y tú solo puedes mirar, reírte un poco, llorar si hace falta y volver a colocar las bolas. Porque al final, lo que importa no es ganar la partida, sino saber perder con estilo. Y reírte de la carambola como quien celebra el caos con copa en mano y refrán a flor de labios.

Y si por casualidad logras una carambola perfecta —esa jugada que parece escrita por los dioses del billar y narrada por García Márquez en día de parranda— no te emociones demasiado. Porque justo cuando crees que entendiste el truco, que dominas el tablero, que ya puedes dar consejos en podcast motivacional, la vida te cambia las reglas. Te pone bolas nuevas, te quita el taco, te apaga la luz y te dice: “Ahora juega con la intuición”. Y tú, que venías con manual, te quedas con cara de PowerPoint sin conexión.

La vida no quiere que la entiendas. Quiere que la bailes. Que la tropieces. Que la celebres con torpeza y refranes mal dichos. Que te rías de tus cálculos fallidos y abraces el rebote inesperado. Que conviertas el error en relato, el golpe torcido en canción, y el fracaso en sobremesa con café colado. Porque al final, lo que queda no es la jugada perfecta, sino la carcajada compartida cuando todo salió al revés y, sin embargo, seguimos jugando.

Mi vida no es lo que es, es como yo me la cuento a mí misma. Y en ese cuento hay exageraciones, silencios estratégicos, refranes reciclados, escenas que repito como mantra y otras que edito con descaro. Hay cosas que no quiero recordar porque no me sirve para nada recordar. Mi versión de mi vida no es mentira, y no tiene falsos agregados, es edición afectiva. Un relato al que le he arrancado unas cuantas páginas, porque afean el texto. Es narrativa de supervivencia. Es convertir el caos en relato, el duelo en ritmo, la carambola en metáfora.

Porque si me dejo llevar por lo que “es”, termino atrapada en el parte médico, en el saldo bancario, en la lista de pendientes. Pero si me la cuento como yo quiero, entonces aparece la risa en medio del apagón, el amor en la grieta, el recuerdo magnífico, la dignidad que quedó incólume en mi más reciente caída con la consiguiente carcajada propia y de testigos. Me la cuento con humor tragicómico, con voz de sobremesa, a ritmo de guaracha existencial. Y ahí, en esa versión que no busca ser objetiva sino profundamente mía, la vida se vuelve vivible. Y hasta hermosa.

[Col}> Leer a otros: antídoto contra el ego / Soledad Morillo Belloso

23-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Leer a otros: antídoto contra el ego

Escribir sin leer es como querer sembrar sin haber caminado nunca por un campo. El escritor que no lee se convierte en monólogo, en espejo que sólo refleja su propia voz. Leer a otros es el único acto que le recuerda que no está solo, que su palabra viene de una larga procesión de voces, de un coro que lo precede y lo excede.

Leer es abrir la puerta de la casa del lenguaje y dejar que entren los vecinos con sus acentos, sus refranes, sus silencios. Es permitir que te desordenen los muebles, que te cambien el ritmo de las oraciones, que te enseñen que la tristeza también puede rimar con fiesta, que la alegría puede tener sintaxis de duelo.

El ego del escritor, ese animalito endemoniado que se alimenta de aplausos y de la vana ilusión de originalidad, sólo se domestica cuando se enfrenta a la grandeza ajena. Leer a otros es reconocer que no se ha inventado nada solo, que cada metáfora tiene abuelos, que cada imagen tiene primos lejanos. Es aceptar que se escribe en comunidad, incluso cuando se escribe en soledad. Hace que el escritor entienda que él también es otro.

Leer es como oír cantar a otros en la plaza. Uno puede tener su copla, su tonada, pero al escuchar las voces ajenas, se aprende a armonizar, a callar cuando toca, a improvisar cuando el silencio lo pide. Es un acto de humildad y de fiesta. Porque leer no es sólo aprender, es celebrar que otros también han sentido, han pensado, han dicho.

El escritor que lee se vuelve poroso. Se le filtran ritmos, colores, sabores. Se le cuelan refranes, estructuras, preguntas que no se había hecho. Y entonces su escritura se vuelve más rica, más viva, más humana. Porque ya no escribe para sí, sino con los otros, desde los otros, a través de los otros, para los otros.

Leer a otros es también un acto ético. Es reconocer la diferencia como valor, la pluralidad como riqueza. Es confrontar el odio con la escucha, la arrogancia con la curiosidad. Es entender que cada texto ajeno es una semilla de futuro, una posibilidad de transformación.

Por eso, leer no es un lujo ni una técnica. Es un deber del escritor. Un ritual indispensable. Una forma de mantener el alma abierta y el ego en su sitio.

[Col}> Lo que nos trajeron los chilenos / Soledad Morillo Belloso

20-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los chilenos

Los chilenos llegaron a Venezuela como quien se cuela en una fiesta sin conocer a nadie, pero con una botella de buen vino en la mano y una historia lista para servir. Nada de escándalo ni alfombra roja. Se instalaron sin hacer ruido, como quien sabe que migrar no es entrar hablando, sino afinar el oído primero. Muchos venían buscando vida, paz, sosiego. Y aquí, en este bochinche nuestro, en esta tierra que canta alto y abraza fuerte, lo encontraron.

Y vaya si escucharon. Se empaparon de nuestras gaitas, de los cuentos que nacen en las esquinas, de las discusiones eternas sobre si la arepa se unta o se rellena. Y cuando ya estaban sazonados con costumbrismo tropical, soltaron su primer “¿cachai?” con una sonrisa tímida que decía “ya me siento en casa”.

Traían una forma tranquila de mirar el mundo, como si las montañas les hubieran enseñado a quedarse quietos y el océano a pensar hondo. Nos mostraron que el silencio también abraza, que no todo se grita, que a veces basta con estar ahí, como sopaipilla en tarde de lluvia.

Y hablando de sabores, se metieron en la cocina como si siempre hubieran vivido en ella. El pebre se acomodó junto a la arepa como si fueran primos en una novela de Isabel Allende. El pastel de choclo se volvió el pariente elegante de la polenta. Las sopaipillas se transformaron en merienda de domingo con nombre de refrán. Y el charquicán se hizo amigo de la yuca y el plátano maduro, como quien llega y se queda.

También trajeron sus dichos, sus tallas, sus formas de nombrar lo cotidiano. “Más perdido que el teniente Bello”, decían, y nosotros, sin saber si el teniente era piloto o parrillero, nos reíamos igual. Porque el humor chileno, con su ironía suave y su picardía escondida, encontró eco en nuestro costumbrismo con sabor a mango y tambor. “Está más salado que mariscal sin limón”, decían, y nosotros les respondíamos: “¡No vale, eso se arregla con ají dulce y buena conversa!”

Y así, entre empanadas de pino y cuentos de Valparaíso que parecían Porlamar con neblina, empezamos a mezclar nuestras historias. No vinieron a cambiar nada, vinieron a sumar. En las universidades, se volvieron profes queridos. En los hospitales, médicos pacientes. En los barrios y urbanizaciones, vecinos confiables. El del 3B, que cuando nos cruzábamos en el ascensor soltaba un saludo cantarín, como verso de sus poetas. Y en las casas, amigos entrañables que te dicen “pásame la palta” mientras tú les sirves papelón con limón.

Sus hijos crecieron diciendo “chévere” y “bacán” en la misma frase, comiendo arepa con palta y bailando salsa con pasos de cueca. Y en esa mezcla nació algo sabroso, algo que no cabe en ninguna etiqueta: el chileno-venezolano, que celebra el 18 de septiembre y el 5 de julio con la misma emoción, que entiende que migrar no es perder, sino ganar nuevos ritmos.

Porque si algo nos enseñaron los chilenos es que cuando se cruzan las historias, se multiplican las alegrías. Que la nostalgia, cuando se comparte, sabe a vino tinto que acompaña unos tequeños. Que el exilio puede ser semilla. Y que en esta tierra de sol y arepa, siempre hay espacio para una nueva historia que contar… con música de fondo y versos de Neruda escondidos en el mantel.

Una de mis grandes amigas, venezolana, está casada con un chileno que ya habla con “chévere” y come arepa con chicharrón. Un chileno reencauchado, como decimos, que se volvió mitad Caribe sin perder su cordillera. Por él conocí el alma chilena desde hace tiempo: esa mezcla de pausa y profundidad, de humor que se esconde en la esquina y cariño que no hace ruido.

Ahora, una de sus hijas vive en Chile, y hay nietos chilenos que también son venezolanos. Y los lazos se han tejido más, como esas mantas del sur de Chile que se hacen con paciencia y con hilos de muchos colores. Porque cuando las historias se cruzan, no hay vuelta atrás: se forma una trama nueva, más fuerte, más sabrosa.

Los chilenos nos trajeron una manera más linda, más poética, de comer mariscos. Nada de apuro ni formalidad: comer mariscos con ellos es como sentarse a conversar con el mar. Cada bocado tiene ritmo de ola, pausa de brisa, y sabor a memoria salada. Nos enseñaron que el loco no es sólo un molusco, es un personaje con historia; que la macha a la parmesana no se come, se celebra; que el piure, aunque tímido, tiene voz propia si se le escucha con respeto.

Con ellos aprendimos que el mar se honra. Que el plato no es sólo comida, es ritual. Y que cuando se come mirando el horizonte, el cuerpo se llena de preguntas que no necesitan respuesta. Porque en su forma de servir mariscos hay poesía, hay pausa, hay cariño. Como quien dice: “esto viene del fondo del mundo, y merece silencio antes del primer bocado.”

Y cómo escribir sin que se me atraviese Chile en la garganta. Viví allá seis lunas completas, seis estaciones de asombro. Recorrimos miles de kilómetros como quien se deja llevar por un verso largo, uno que no rima pero sí vibra. Pueblos donde el tiempo se toma su pisco con calma, como si la prisa fuera pecado. Ciudades que huelen a empanada recién salida del horno, con esa mezcla de cebolla, carne y memoria. Mercados donde el mar habla en voz alta y las frutas tienen nombre de canción. Librerías que parecen iglesias sin santos, buscando a Mistral entre los estantes y a Nicanor Parra escondido entre los afiches, como quien juega a las escondidas con la palabra.

Caminamos largo frente a ese océano que no susurra, ruge. El Pacífico chileno no es tímido: te habla con espuma, te sacude con viento, te canta con gaviotas. Y nosotros, como buenos conversadores, le respondíamos con silencio y mirada larga, como quien entiende que no todo se dice con la boca.

Nos dejamos empapar por los versos de Neruda, que allá no son sólo poesía: son pan, son vino, son casa. Visitamos sus hogares con mascarones de proa, como quien entra a un barco anclado en la tierra. Cada rincón tenía una metáfora, cada objeto una historia, cada ventana una invitación a mirar el mundo con ojos de marinero enamorado.

En Chile, el paisaje no se mira: se escucha, se respira, se siente como un poema que cambia de ritmo según la altitud. Desde el desierto de Atacama, donde el silencio tiene textura, hasta los bosques del sur que huelen a lluvia y madera, el país se despliega como telón de fondo para historias que cruzan fronteras. Allá uno aprende que el frío no es sólo temperatura, es carácter. Que el pisco no es sólo bebida, es ritual. Y que mirar el cielo no es sólo astronomía, es filosofía con estrellas.

Los centros astronómicos en Chile  no son laboratorios: son templos donde la ciencia se arrodilla ante el misterio. Bajo cielos que parecen recién lavados por el universo, los telescopios escuchan galaxias mientras los visitantes se preguntan por su lugar en el mapa cósmico. Porque en Chile, mirar hacia arriba es también mirar hacia adentro.

Mirar las estrellas en el Valle de Elqui es como leer un poema sin palabras. Pero hacerlo desde una montaña mágica, donde el aire no pesa y el cielo se entrega limpio, es otra cosa. Es como si el universo te dijera: “Aquí estoy, sin filtros ni adornos.” Y uno, sin saber nada de astronomía, se deja atravesar por esa vastedad que no cabe en ningún telescopio. En Atacama, donde el aire parece hecho de silencio y los astros se asoman sin timidez, uno no sólo ve estrellas: uno escucha preguntas antiguas, siente que el universo tiene voz.

Allí, bajo ese cielo que parece recién estrenado, el alma se vuelve antena. No importa si sabes de ciencia o no; lo que importa es que algo en ti se expande, como si Neruda te susurrara desde la Vía Láctea: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente…” Porque en Chile, mirar el cielo es también mirar el alma. Y hay cosas que solo se entienden cuando se contemplan sin apuro, con el corazón abierto y los pies bien puestos en la tierra.

Fue una experiencia gloriosa, sí. Pero más que gloriosa, fue entrañable. Porque Chile no se visita, se vive. Y cuando uno lo vive, se le queda pegado en el alma como el olor a mar en la ropa después de una caminata larga.

Entonces, después de vivir en Chile, entendí con el cuerpo y el alma a esos chilenos que un día cruzaron el mapa y llegaron a Venezuela. Entendí sus silencios, su manera de mirar sin apuro, su nostalgia envuelta en pebre. Entendí que no vinieron a buscar, vinieron a sembrar. Y que este país, con su sol generoso y su tambor en la sangre, se les volvió hogar aunque estuviera lejos de la cordillera.

Gracias, Chile. Por tus hijos que llegaron con frío y encontraron calor. Por tus cuentos que se acomodaron en nuestras esquinas, por tus sabores que se metieron en nuestras cocinas sin pedir permiso, por tus silencios que también abrazan, y por esa forma tuya de mirar el cielo como quien busca respuestas en la inmensidad. Gracias por enseñarnos que la identidad no aprieta, se extiende. Que no es camisa de fuerza.

Cuando la marea política en Chile se aquietó y el país volvió a abrir sus brazos, muchos chilenos regresaron. Volvieron a sus montañas, a sus mares, a sus silencios. Pero, ¿y qué pasó? Muchos, curiosamente, volvieron también a Venezuela. Porque hay migraciones que no se deshacen, sólo se remezclan. Como el vino navegado: dulce, cálido, y con ese toque de canela que no estaba en la receta original, pero ahora no puede faltar.

Una vez que se mezcla el alma, ya no hay vuelta atrás. Se transforma. Se expande. Se vuelve otra cosa, más sabrosa, más compleja, mejor. Porque pertenecer no es quedarse quieto, es aprender a bailar con varios ritmos en el corazón.

Y como escribió Gabriela Mistral, que sabía de exilios y regresos: “Todo lo que soñé, lo que perdí, lo que gané, está en mi sangre como un río.”

Nadie llega con las manos vacías, aunque traiga poco en las maletas. Siempre hay algo que se carga en el alma: un sabor, una canción, una manera de mirar el mundo. Y nadie se va sin dejar huella, aunque no lo note. Se queda un gesto, una palabra, una receta improvisada, un refrán que se cuela en la conversación. Migrar es eso: un intercambio invisible pero profundo.

Como quien entra a una casa con lluvia en los zapatos y deja charquitos de historia en el piso. Como quien se despide, pero deja encendida una luz en la cocina. Porque cada ida y cada vuelta tejen la trama de lo que somos: mezcla, memoria, pertenencia.

Así es la migración: un río que no se detiene, que lleva recuerdos, sabores, canciones y refranes. Y cuando se junta con otro río, no se borra: se vuelve caudal.

[Col}> Lo que nos trajeron los “franchutes” / Soledad Morillo Belloso

19-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los “franchutes”

Pienso en Francia y se me dibuja una sonrisa. No es moda ni cliché: el corazón se me alborota como si un acordeón sonara en plena plaza Bolívar. Me río sola por ese idioma que susurra con elegancia, por una historia que huele a barricadas y baguette, por edificios que trepan en vitrales como bejucos de piedra, por libros que se leen con vino y lágrimas.

Sonrío por una cocina donde hasta la sopa tiene apellido, por la moda que convirtió el hilo en arte. Y sonrío porque tengo recuerdos lindos, perfumados, pegados como papelón en la olla. Pero bueno, esa soy yo. Y capaz a ustedes les da igual que yo piense en Francia y el corazón se me ponga a brincar.

Ahora, vamos a echarle un ojo a todo lo que nos dejaron los franchutes. Francia dejó huella. Y vaya que sí. No hace falta irse a los tiempos de toga y sandalia, con mirar los últimos siglos basta. Ese país, con su revolución y su filosofía escrita en servilletas de café en el Café de Flore, le regaló al mundo—y a Venezuela—un montón de cosas.

Ideas que se volvieron gritos: liberté, égalité, fraternité. Pensamiento con aroma a poesía y existencialismo. Cultura que entró por los vitrales y se quedó en la porcelana de nuestras casas. Cocina que enseñó que el queso tiene apellido. Moda que nos hizo querer vestirnos como parisinos. Música que se escucha con vino y nostalgia. Y nombres que se quedaron en apellidos, plazas, recetas y refranes.

Francia nos dejó el Código Napoleónico, una receta jurídica que se cocinó en 1804 para poner orden en el despelote legal que tenían allá. Un código civil que hablaba clarito: “el ciudadano tiene derechos, y el Estado debe respetarlos”. No llegó en barco, pero cruzó el charco como inspiración. Se metió en nuestros códigos civiles, desde los proyectos de Julián Viso hasta las reformas de 1896 y 1942. Nos trajo ideas sobre familia, herencia, propiedad y hasta el divorcio. Nos enseñó que la ley no es sólo para jueces, sino también para el ciudadano que necesita saber qué puede y qué no. Un legado que no se ve, pero se siente. Como el olor a fresco en una tarde caraqueña.

Hace un montón de años, los  corsos, unos franchutes raros,  llegaron a Venezuela como quien se desliza sin hacer ruido, pero con las manos llenas de futuro. Se instalaron sobre todo en oriente —Carúpano, Río Caribe, Güiria—donde el cacao era rey y el tabaco príncipe. Venían de Córcega, esa isla francesa con alma mediterránea, y aquí encontraron tierra fértil, humedad conocida y una cultura lista para mezclar.

No eran muchos, pero dejaron huella. Con sombrero de paja, acento raro y manos trabajadoras, se pusieron a cultivar como si estuvieran escribiendo una novela tropical. Trajeron técnicas agrícolas, refinamiento en el trato, y una forma de ver el mundo que se fue colando entre las matas de cacao y los patios de las casas criollas.

Apellidos como Franceschi, Raffalli, Massiani, Prosperi, Lucca  Oletta, Casella, Colonna, Santelli, Poggi, Renucci, Grisanti, Battistini, Benedetti y muchos más (que parecen italianos pero son corsos)  se fueron quedando en los registros civiles, en las esquinas de los pueblos, en las recetas familiares. Algunos se criollizaron, otros conservaron su sonoridad original, pero todos se mezclaron con la identidad venezolana como mantequilla en arepa caliente.

Los descendientes de esos corsos se volvieron tan venezolanos como el ají dulce, pero con ese toque de lavanda y refinamiento que los hacía distintos. En sus casas se hablaba de cacao y de filosofía, de comercio y de cocina.

Y no sólo sembraron tierra, también sembraron costumbres. En los pueblos donde se asentaron, dejaron huellas en la arquitectura, en los apellidos, en las recetas y hasta en los refranes. El corso no sólo hablaba raro, también cocinaba distinto, vestía con elegancia y tenía una manera de negociar que parecía sacada de una película francesa doblada en criollo. Porque si algo supieron hacer los corsos fue tropicalizarse.

En Caracas, los franchutes  se colaron por las rendijas del arte, la ciencia y la moda como quien no quiere la cosa. Guy Meliet vistió a las damas caraqueñas y a las Miss Venezuela con tanto estilo que hasta las estatuas del Paseo Los Próceres parecían suspirar. Luis Daniel Beauperthuy, con su microscopio y su acento afrancesado, se adelantó a su época y señaló al mosquito como el culpable de la fiebre amarilla, cuando medio mundo todavía le echaba la culpa al “aire malo”.

Y no todo fue perfume, medicina y poesía: también hubo puños y gloria. Chaffardet, boxeador con sangre francesa, se subió al ring con fuerza y elegancia. Henri Charrière, el autor de Papillon, terminó montando su propio restaurante en Sabana Grande. De preso en Cayena a empresario caraqueño.

En la cocina, nos trajeron escargots, foie gras y técnicas que se mezclaron con nuestra dulcería criolla como si fueran ingredientes de toda la vida. ¿Quién no ha probado una tartaleta con crema pastelera y guayaba? Eso es París con sabor a El Valle. Aquí, hasta el ratatouille se convierte en criollo si se le pone cariño.

Ya que hablamos de fogones, los chefs franceses levantaron altares al sabor. En Caracas, La Belle Époque fue más que un restaurante: era el sitio donde el escargot y el foie gras se paseaba por las mesas como si fuera parte del menú dominguero. Le Gourmet, en el Hotel Tamanaco, fue escuela de técnica y elegancia. Allí, el chef Laurent Kher formó a talentos como Egidio Rodríguez, cumanés, quien terminó cocinando en la residencia de la Embajada de Francia. Egidio mezcló sabores sucrenses con savoir-faire francés: macaron de ají dulce y morcilla, cerdo en salsa de maíz cariaco con chablis, morcillas al champagne con echalotes de Araya. Cocina con alma cruzada.

También están los clásicos caraqueños. Lasserre sirve soufflés de queso, caracoles Bourgogne y confit de pato como si Caracas fuera París. Rue de Lys, en El Hatillo, recrea el ambiente de un bistró con sopa de cebolla, escargots gratinados y croissants que hacen que hasta el queso de mano se sienta elegante. En Mémé, el homenaje de Eric Martin a su abuela, los croissants vienen rellenos de pistacho, almendra o Nutella, y el pain au chocolat se pasea allí como si fuera de Sabana Grande a Montmartre en metro.

Estos cocineros no sólo montaron restaurantes. Construyeron puentes. Entre la mantequilla y el casabe, entre el vino y el ron. Pues  un francés cocina en Venezuela, no sólo se sirve comida: en el plato hay historia, técnica y una pizca de picardía tropical. En  Caracas, Héctor Romero, un artista plástico que se hizo chef, agarró esa herencia francesa y la mezcló con la despensa venezolana. En El Comedor, en el Instituto Culinario de Caracas, cada plato es memoria y creación. Con técnicas francesas, hizo tartaletas de ají dulce, morcillas al champagne y platos que saben a oriente y a Lyon al mismo tiempo.

En El Hatillo, una joya, Montmatre, es como encontrarse con un trocito de París entre las callecitas caraqueñas. No más entras, el lugar te abraza con música suave, decoración que parece postal francesa y ese olorcito a baguettes calienticas y tardes pacíficas con copa en mano. La carta rinde pleitesía a la cocina clásica: escargots, confit de pato, sopa de cebolla, croissants que se pasean por las mesas como si El Hatillo fuera el 18eme arrondisement.

El legado francés aquiy es como un toque secreto en la receta: no se ve, pero se siente. Está en cómo se sirve el café, en el gusto por el teatro, en la arquitectura, en el “mon amour” que se suelta mientras se baila pegadito. No llegaron haciendo escándalo, pero dejaron una marca elegante, científica, artística y deliciosa. El famoso “musiú” no es más que nuestro criollizado “monsieur”.

También llegaron empresas francesas, con estilo. Como quien entra por la cocina y termina en el centro de la sala. En Venezuela, se metieron en todo: energía, cosmética, agroindustria, tecnología, educación, turismo… como ese ingrediente que no se nota pero le da sabor al guiso.

La Cámara Venezolano-Francesa, funciona como puente, agrupa empresas que han echado raíces aquí. Algunas gigantes, otras más discretas. TotalEnergies estuvo en el negocio petrolero cuando eso olía a futuro. L’Oréal y Clarins llegaron con sus cremas y perfumes, demostrando que el glamour también aguanta el calor del Caribe. Y en la cocina, aparecieron marcas que trajeron desde maquinaria agrícola hasta ingredientes que se mezclaron con papelón y ají dulce sin perder el encanto.

También están las que no venden productos, sino cultura. La Alianza Francesa, en Caracas, Maracaibo, Valencia y Mérida, ha sido como una embajada del idioma. Enseñan a decir “bonjour” mientras se toma café au lait y suenan de fondo Edith Piaf,  Aznavour, Gilbert Becaud e Yves Montand.

Estas compañías y organizaciones no sólo hicieron negocios. Crearon  vínculos. Se adaptaron, se mezclaron, se volvieron parte del paisaje. Aquí, hasta el Excel tiene acento si lo abre un musiú. Así que sí, el legado francés también se cuenta en recibos, catálogos y oficinas que huelen a lavanda. Porque en esta arepa multicultural que llamamos Venezuela, hay espacio para todo: para el refrán criollo, el foie gras y el gerente que dice “merci” mientras firma en la Av. Francisco de Miranda.

Cuando una empresa francesa monta oficina en Venezuela, no sólo trae contratos: trae savoir-faire, estilo, y a veces, hasta croissants. No tengo el gusto de conocer al actual embajador de Francia, pero sí conocí al anterior. Romain Nadal fue embajador de Francia en Venezuela desde abril de 2017 hasta agosto de 2023. Por  seis años, representó a su país, y se convirtió en una figura cercana y muy querida por muchos venezolanos.

De estilo cálido, directo y extraordinariamente humano, Nadal no se quedó en hablar de diplomacia: habló de Venezuela como si fuera parte de su propio mapa emocional. Al despedirse, con voz entrecortada, dijo: “Dejo mi corazón por siempre en el Ávila, en Roraima, en Petare, en Apure, en Catia, y sobre todo con ustedes”. Fue trasladado a Argentina, pero dejó claro que Venezuela le había marcado el alma. Nadal fue puente, fue testigo, y en mucho, fue parte de esta arepa multicultural que tanto celebramos.

Cuando veas una panadería con nombre francés, un violinista en una  plaza o una señora con perfume que huele a lavanda y papelón, acuérdate: los franceses también son parte de esta arepa con relleno de mundo. Aquí todos tenemos un pedacito de franchute en el corazón.

Ah, y sigo sin entender por qué, en francés, Venezuela es masculino, siendo un país con nombre de mujer.

[Col}> Lo que nos trajeron los suecos / Soledad Morillo Belloso

18-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los suecos

Los suecos que llegaron a Venezuela no venían huyendo ni buscando refugio. Nadie los perseguía. No traían heridas ni apuros. Se asomaron al trópico como quien ve una fiesta desde la acera y dice: “¿Y si me meto?”. Sin invitación, pero con ganas de zapatear.

Vinieron por curiosidad, por calorcito, por cambiar el abrigo de oso por una guayabera con botones de coco. El trópico les guiñó el ojo y ellos, tan serios, tan cuadraditos, se dejaron seducir. Y vaya que se dejaron.

Conocí varios. Catires como harina PAN, altos como los cocoteros de Macuto, organizados como receta de hallaca escrita por una abuela con Excel. Pero cuando tocaba gozar, ¡ay, papá! Nadie les ganaba. Aprendieron merengue como si lo hubieran mamado en el tetero. Tomaban ron como si fuera glögg con hielo. Y bailaban tambor con más fe que los de Barlovento.

No eran turistas. Eran socios del clima, del mango con sal y del sancocho dominguero. Se enamoraron del “¿cómo está la cosa?” y del “epa, vamos a la playa”. Y nosotros, que nos creemos los reyes de la gozadera, tuvimos que aceptar que esos vikingos sabían rumbear como si hubieran nacido en El Callao.

No vinieron a cambiar el país. Vinieron a dejarse cambiar. Y en ese trueque, nos enseñaron que la puntualidad no pelea con la pachanga, que el orden cabe en una fiesta, y que hasta el más frío se derrite con un buen solo de timbal.

Trajeron sus costumbres, sí, pero las pusieron sobre la mesa como quien ofrece gravlax. Y nosotros, sabrosos y curiosos, les dijimos: “eso pega con casabe”. Nos regalaron el aquavit, ese licor que parece hecho para cantar. Porque si algo saben los suecos es que todo se celebra con canción. Cantaban cosas que sonaban a “Mambrú se fue a la guerra”, pero en versión vikinga. Y al final de cada verso: ¡Skål! Risa. Trago. Otro Skål. Y así hasta que la luna se pone su corona de velas como Santa Lucía en diciembre.

Nos trajeron caballitos rojos de madera, como salidos de un cuento de hadas con sombrero de palma. Nos enseñaron que trabajar duro y con mucha formalidad toda la semana no está reñido con rumbear el sábado. Que se puede manejar como fórmula uno y aún así llegar vivo a la playa. Que el orden no excluye la gozadera.

Y sí, también nos trajeron maquinarias industriales de primer mundo y el Tetra Pak.  Ese envase que guarda jugo, leche, sopa y hasta recuerdos. Porque en cada cartón hay un pedacito de esa mezcla improbable: el frío del norte y el calor del Caribe, la puntualidad sueca y el “ya vamos” venezolano.

Se quitaron el abrigo, se pusieron pantalones de algodón, y descubrieron que la vida sabe mejor envuelta en hoja de plátano. Les encantaba todo. Las arepas, las empanadas, las cachapas con queso de mano que se derrite como la nieve que dejaron atrás. Recibían el año en mi casa y se comían hallacas de a dos, como si fueran panecillos de Navidad rellenos de Caribe. Y después del brindis, se lanzaban al baile con más fe que los salseros de Puerto La Cruz.

Bailaban lo que sonara. Merengue, calipso, salsa brava, tambor, reguetón, gaitas. Si no sonaba, cantaban en sueco y hacían que sonara. Porque para ellos, la música no era idioma, era impulso. Y el impulso los llevaba directo a la pista, al patio, a la playa, al corazón de la fiesta.

No eran visitantes. Eran cómplices del goce. Se aprendieron los refranes, los pasos, los sabores. Se enamoraron del “¿cómo está la cosa?” y del “¡epa, vamos a la playa!”. Y nosotros, que creemos que la alegría es patrimonio nacional, tuvimos que admitir que esos nórdicos sabían celebrar como si hubieran nacido en Cumaná.

Nunca aprendieron a hablar español sin acento sueco. Pero eso sí: manejaban con soltura todo el idioma venezolano. Y ahí los veías, en Río Chico, hablando con la empanadera en un español pastoso pero lleno de coloquialismos: “¡Ajá, mi amor, dame dos de cazón y una de queso, que estoy es antojao!”. Y la empanadera apenas podía freír de tanto que se reía. Porque no hay nada más sabroso que oír un “epa, chamo” dicho con acento de Estocolmo.

Son gente extremadamente cordial. generosos y confiables; son los primeros en ofrecer su mano en momentos de necesidad y su hombro si la vida se pone de llanto.

Y no sólo trajeron canciones, gravlax y caballitos rojos. Nos trajeron a ABBA. También llegaron con marcas que se volvieron parte del paisaje venezolano. IKEA, aunque sin tienda física, inspiró apartamentos en Caracas y posadas en Choroní. Spotify, nacido en Estocolmo, se volvió la banda sonora de nuestras fiestas, desde gaitas en diciembre hasta salsa en agosto. H&M ya tiene tienda en el Sambil Chacao, apostando por un mercado que baila con estilo. Y Tetra Pak, lo repito, ese envase sueco que guarda jugos y sopas, se volvió tan cotidiano como el Toddy en la lonchera.

Tecnología, maquinaria industrial, diseño, música, cataratas de sonrisas, moda y la mejor actitud ante la vida: los suecos llegaron con todo. Y Venezuela les dijo: “¡bienvenidos, y no se vayan!”. Y muchos no se fueron, y se convirtieron en suecos venezolanos. Un sueco venezolano es el mejor amigo que uno puede tener en la vida. Yo tengo esa suerte.

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes polacos / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes polacos

Los polacos que llegaron a Venezuela venían con el alma envuelta en papel de estraza, como quien guarda un pedazo de cielo en una caja de zapatos. No traían coronas ni medallas, pero sí una dignidad silenciosa, tejida con hilos de aguante y costuras de esperanza. Sus apellidos —Kowalczyk, Zielinski, Kaminski, Wojciechowski, Lozinski, Radonski— sonaban como campanas en otro idioma, y nosotros, con oído de sabanero y corazón curioso, aprendimos a pronunciarlos como quien aprende a bailar una mazurka sin perder el tumbao del Tamunangue.

La historia de su llegada tiene ritmo de vals triste y esperanza de parranda. La primera oleada, en su mayoría judíos, vino escapando del infierno nazi, buscando un rincón donde respirar sin miedo. Venezuela, con su sol que no juzga y su caos que abraza, les abrió los brazos como quien dice: “Pasa, siéntate, aquí hay café, aquí hay un abrazo”. También llegaron polacos católicos, perseguidos no por rezar, sino por no agachar la cabeza ante el monstruo nazi. Campesinos, maestros, obreros, con la cruz colgada en el pecho y la fe metida en el bolsillo, como quien guarda un rosario para no perder el norte. Cruzaron el océano como quien cruza un desierto con la esperanza escondida en una estampita.

Luego llegaron los que sobrevivieron a la guerra, con la ropa arrugada y el corazón lleno de ausencias. Y entre 1953 y 1958, desembarcaron los que huían de la colonización soviética con ideas rebeldes y ganas de vivir sin censura. Llegaron como lluvia mansa en tierra reseca, con los bolsillos llenos de recuerdos y las manos vacías, pero listas para sembrar. Llegaron con hambre de libertad.

Aquí encontraron, judíos y católicos, tierra fértil para volver a rezar sin miedo, para reconstruir sus vidas con manos callosas y corazones tercos. En sus casas se encendieron velas, se colgaron santos y se celebraron misas donde el pan era criollo, pero la fe seguía hablando en polaco. Porque la espiritualidad también migra, también se adapta, también florece cuando se le da abrigo.

Venezuela, con su canto desordenado y su sol sin prejuicios, les ofreció sombra, guarapo y una esquina donde volver a empezar. Cada uno trajo algo: un violín que lloraba en polaco, una receta que olía a infancia, una palabra que se volvió refrán. Y así, sin hacer bulla, fueron sembrando raíces en nuestras aceras, en nuestras cocinas, en nuestras fiestas.

Los polacos que echaron raíces aquí no llegaron con las manos vacías; llegaron con los bolsillos llenos de oficio, como quien trae herramientas envueltas en papel de periódico y recetas escritas en servilletas. Venían con saberes cosidos al alma, con ganas de trabajar, de inventar, de dejar huella. Algunos se volvieron panaderos y amasaban centeno como quien amasa esperanza, con paciencia de abuelo y olor a invierno europeo. Otros se metieron en consultorios, en talleres, en conservatorios, en sastrerías, en sembradíos, en aulas y en mercados, dejando sus apellidos —Zalewski, Gorski, Lewandowski, Kaminski— como estampas en la historia cotidiana, como quien firma con cariño una carta de pertenencia.

En Caracas, Maracaibo, Valencia, Maracay y otras ciudades montaron negocios que olían a su Europa pero sabían a Caribe. Panaderías donde el pan crujía como si cantara, consultorios donde se curaba con acento y ternura, sastrerías donde se cosían sueños, conservatorios donde el violín y el piano lloraban en polaco, pero sonaban a sabana, salas de cine donde el público tenía derecho a vivir esas historias de los protagonistas de las películas. Muchos, con vocación de servicio, se dedicaron a enseñar, a curar, a construir, a tocar, a sembrar futuro con las manos. Se dedicaron al oficio de ser útiles a esta tierra que les abría las puertas. Dejaron huellas que no se borran ni con el tiempo ni con el olvido, como quien escribe su historia en la acera, con tiza, con música, con fotogramas, con pan caliente y con amor.

La gastronomía polaca no se quedó encerrada en cocinas nostálgicas, sino que se fue mezclando con el sabor criollo, tal como quien baila un merengue con pasos de mazurka. Los pierogi —esas empanaditas rellenas de papa, queso o carne— encontraron su media naranja en nuestras empanadas de cazón. Y el bigos, ese guiso de col fermentada con carnes, se volvió primo lejano del hervido sabanero, compartiendo el mismo espíritu de olla generosa que alimenta cuerpo y conversación. En algunas casas, el barszcz (sopa de remolacha) se sirvió junto al papelón con limón, y nadie se quejó: las dulzuras se dieron la mano como viejos amigos. Y los polacos reinventaron nuestro perro caliente, haciéndolo con su salchicha Kielbasa y la meten dentro de una versión más alargada de Bułka cięta  -pan glorioso- y como acompañante unos encurtidos de eneldo llamados ogórki kiszone.

Ah, el pan polaco… gloria bendita, masa con memoria, corteza que cruje como si cantara. Porque sí, también trajeron el arte de hornear con paciencia, como quien espera que el alma leve despacito. Panes densos, oscuros, con semillas que parecen susurrar historias, y una corteza que sabe a invierno europeo, pero huele a hogar recién encendido.

El Chleb Żytni es pan con memoria: ácido como lágrima vieja, denso como abrazo de abuela, y con esa textura que se queda en el paladar como canción que no se olvida. El Chleb Wiejski, campesino y honesto, mezcla trigo y centeno como quien mezcla tierra y cielo, y su corteza cruje como si el campo hablara. El Chleb Razowy es terroso, profundo, pan para quien quiere cuidar el cuerpo sin dejar de consentir el alma. Y el Obwarzanek, redondo como promesa, llega espolvoreado con sésamo o amapola, como quien se pone su mejor sombrero para ir a misa o a fiesta.

Cuando la mesa pide dulzura, el Makowiec aparece como celebración envuelta en masa: semillas de amapola que estallan en el paladar como fuegos artificiales de sabor. La Chałka, trenzada y suave, es como brioche con acento polaco, perfecta para desayunos que saben a domingo sin apuro. Y los Bułka, esos panecillos tiernos y calladitos, son como abrazos en miniatura, ideales para acompañar cualquier comida o armar un sándwich que no necesita presentación, porque ya viene con cariño incluido.

Cada pan es una historia amasada con paciencia. Cada miga, una raíz que cruzó el océano. Y esos panes en Venezuela se volvieron puente: entre lenguas, entre costumbres, entre corazones que aprendieron a compartir el mantel.

En Caracas y Maracaibo, panaderías con apellidos como Zalewski o Gorski empezaron a ofrecer panes de centeno junto a golfeados, y así nació una sinfonía de sabores que no distinguía pasaporte. El vodka polaco se coló en nuestras fiestas como quien llega sin ser invitado, pero termina bailando con la tía más alegre. Se brindó con ron y con vodka, se cantó con acento mezclado, y se entendió que la cocina no es frontera, sino puente. Cada receta y cada brindis fue un acto de amor, cada plato una forma de decir: “Te traigo lo que soy”.

Treinta músicos llegaron como si fueran ángeles con pasaporte. José Antonio Abreu los vio y supo que no eran visitantes, sino sembradores de armonía. Enseñaron a nuestros niños a tocar como quien reza con las manos, y el Sistema Nacional de Orquestas se llenó de notas que venían de Varsovia y sonaban en todo el país. Cada cuerda afinada era un puente entre dos mundos, cada concierto en piano una misa donde el idioma se hizo emoción.

En Caracas, en 2010, Chopin se volvió nuestro. Un mural lo pintó como símbolo de unión, gracias a grafiteros polacos y venezolanos que entendieron que la música no tiene pasaporte. Porque cuando un piano suena con ternura, no importa de dónde viene: importa a quién toca.

Los polacos no llegaron como turistas. Llegaron como semillas que el viento trajo desde lejos. Y aquí, en esta tierra que no pregunta de dónde vienes sino qué traes contigo, florecieron. Muchos se casaron con venezolanos o con otros inmigrantes. Sus nombres se tejieron en nuestras historias, sus costumbres se mezclaron con nuestras risas, sus sueños se volvieron parte del paisaje. Porque en Venezuela, cuando alguien llega con el corazón abierto, siempre hay una silla en la mesa, un café caliente y un verso que dice: “Bienvenido, esta también es tu casa”.

[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes chinos / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes chinos

¡Ah, los chinos! No me refiero a los que llegaron a Venezuela en años recientes, palanqueados por razones políticas, con un “cuento chino” bajo la manga, hablando en chino aunque sepan hablar español, y cuyo lema es “Si no hay leal, no hay lopa”. De esos, de los del país comunista más capitalista del mundo, hablo en un artículo que no es este.

Estas líneas van sobre los chinos de toda la vida. Los que están en muchas ciudades de Venezuela. Esos magos del wok, alquimistas del arroz frito, poetas del papelillo rojo y sabios del “todo tiene solución con un buen té de jazmín”.

Cuando llegaron a Venezuela, no vinieron con las manos vacías. No, señor. Trajeron maletas llenas de sabores, supersticiones, proverbios con sabor a sabiduría milenaria que no entendíamos, pero igual repetíamos, y una filosofía de vida que, sin darnos cuenta, se nos metió en el tuétano del “¿y qué tal si hoy comemos chino?”.

Primero lo primero: la comida. Porque si algo sabe hacer el chino, es cocinar como si el mundo se fuera a acabar mañana. ¿Quién no ha tenido una epifanía existencial frente a un arroz frito especial con camarones, cerdo, pollo, huevo, cebollín y ese toque de salsa de soya que parece bendecido por el mismito Confucio?

Y ni hablemos de la lumpia, ese rollito crujiente que uno muerde y siente que está abrazando el alma. Los chinos nos enseñaron que el sabor no tiene fronteras, que el ajonjolí es poesía, y que el picante también puede ser una religión.

Pero no todo fue cocina. También nos trajeron el arte de la economía creativa. ¿Quién no ha entrado a un bazar chino buscando una linterna y ha salido con una licuadora, un juego de té, tres pares de medias y un gato dorado que mueve la patica?

Los chinos nos enseñaron que todo se puede vender, que el regateo es un deporte olímpico, y que si algo se rompe, se pega con pega loca y se sigue usando. Porque en el mundo chino, nada se bota, todo se reinventa.

Y hablando de gatos dorados, ¡ay, la superstición! Los chinos nos trajeron el feng shui, aunque aquí lo aplicamos a nuestra manera: ponemos el espejo donde no nos veamos despeinados, el bambú donde no estorbe, y el sapito de la abundancia encima del televisor, aunque esté mirando pa’ donde no es.

Nos enseñaron que los números tienen personalidad, que el rojo espanta lo malo, y que si uno quiere prosperidad, hay que poner monedas chinas amarradas con cintica roja en la cartera. ¿Funciona? No sabemos. Pero nos encanta creer que sí.

También nos regalaron una manera distinta de ver el tiempo. Para ellos, el año nuevo no empieza el 1 de enero, sino cuando el dragón dice que sí. Y ese día hay fuegos artificiales, bailes, papelillos y una cena que parece banquete imperial. En Venezuela, adoptamos esa celebración como si fuera nuestra. Porque si hay comida, música y superstición, nosotros nos apuntamos sin preguntar.

Y no podemos olvidar el idioma. Aunque no entendamos ni papa de mandarín o cantonés, todos hemos aprendido a decir “ni hao” con acento margariteño, y a leer los menús sabiamente, con traducción y no en signos que parecen acertijos mágicos.

“Pollo con almendras”, “cerdo agridulce”, “sopa de wantán”… cada plato es una historia, una leyenda, una promesa de felicidad servida en bandeja de acero inoxidable.

Los chinos también nos enseñaron que hay que trabajar duro, a abrir el negocio aunque esté lloviendo, temblando o haya apagón. Nos mostraron que la disciplina no es aburrida, sino poderosa. Que la familia es el centro de todo, y que el respeto por los mayores no se negocia. En sus restaurantes, tiendas y panaderías, uno ve generaciones trabajando juntas, como una orquesta afinada por el tiempo.

Y claro, también nos trajeron el misterio. Porque uno entra a una tienda china y siempre hay una cortina que no se puede cruzar. ¿Qué hay detrás? ¿Un altar? ¿Una cocina secreta? ¿El portal a otro mundo? Nadie sabe. Pero ese misterio nos encanta.

Nos hace sentir que hay magia en lo cotidiano, que la vida tiene varios ingredientes, como una buena salsa agridulce.

Así que sí, los inmigrantes chinos nos trajeron mucho más que arroz frito, pato pekinés y gatos dorados. Nos trajeron una forma de vivir que se mezcla con la nuestra como el papelón con el limón. Nos enseñaron que la abundancia no está en lo que se tiene, sino en cómo se comparte. Que la risa puede sonar en cualquier idioma. Y que, al final del día, todos somos parte de una misma sopa, con ingredientes distintos, pero cocinados en el mismo caldero de la vida.

¡Ay, bendito sea Dios! Escribo y se me alborota el paladar y el recuerdo. Entrar a un restaurante chino en Venezuela es como colarse en una verbena donde el Caribe se viste de qipao, se abanica con gracia y se lanza a bailar danzón con sabor a ajonjolí.

Te reciben con lumpias que hacen “crac” como fuegos artificiales en la boca, rellenas de vegetales y pollo que saben a travesura en casa de la tía consentidora, esa que siempre dice “pide otra ración”.

Luego aterriza el arroz frito “especial”, con camarones, cerdo, huevo y ese chorrito de salsa de soya que huele a domingo sin reloj, sin zapatos y con la barriga feliz.

El lomo en salsa de ostras se desliza como bolero pegado, y el chop suey llega bailando en el wok, con vegetales que brincan como cotufas y carne que se contonea como en ensayo de comparsa.

El pollo agridulce, con su salsa roja escandalosa, se luce como miss en desfile de carrozas. No falta el wantán frito, ni el cerdo con piña que guiña el ojo como galán de novela. Y para los que no le temen al zaperoco, el “tres delicias” mezcla mariscos, carne y vegetales en una rumba salada que no pide permiso.

Al final, como quien lanza una indirecta con picardía cósmica, aparece la galletica de la suerte: crujiente, dulzona y con un papelito que te susurra entre dientes “La abundancia te seguirá”, que es un augurio aspiracional que no viene con mapa, pero igual se agradece.

En fin, gracias a los chinos que llegaron a Venezuela con sus sabores que hacen fiesta en la boca, sus bazares donde uno entra por una linterna y sale con incienso, sus gatos que saludan con la patita como si dijeran “échale bola”, y esos platicos de porcelana que parecen hechos para servir arroz frito con cariño.

Porque sin ellos, este país sería menos crujiente, menos colorido y muchísimo menos sabroso.

Gracias por su sabiduría. Tienen razón:  春卷在手,福氣不走。 “Con lumpia en la mano, la buena suerte no se escapa”. (Frase colgada en la pared de un restaurante chino en Caracas, justo al lado del  estante donde vive el gato dorado que mueve la patica.)

Estoy convencida de que si un extraterrestre aterrizara hoy en Venezuela, después de un viaje intergaláctico desde un planeta cuyo nombre aún no figura en ningún mapa estelar, y pidiera comida criolla, el arroz chino estaría en el menú sin discusión.

Lo digo con conocimiento de causa: he visto comederos de esos bien criollos, de “sopa y seco”, donde el cartel en la pared anuncia con orgullo “chop suey, arroz chino y caraotas”. Porque aquí, lo chino se volvió nuestro, y el wok y la salsa de soya tienen ciudadanía venezolana.

[Col}> Lo que los inmigrantes libaneses nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

15-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes libaneses nos trajeron

Tuve una tía francesa, que no era tía, casada con un libanés, que tampoco era tío. En Venezuela, ya se sabe, los lazos de sangre no son los únicos que atan. Aquí los amigos  y los compadres de los papás se convierten en tíos por decreto de cariño.

Pues estos tíos, que no eran tíos, nos enseñaron a sus sobrinos, que no éramos sobrinos, la gloria de la cultura libanesa. Desde chiquitos aprendimos que sentarse a la mesa no era sólo para comer, sino para celebrar. Y vaya que se celebraba: la mesa vestida de aromas que bailaban, sabores que cantaban, y texturas que contaban cuentos.

Mi tía, la francesa, que no era tía, cocinaba como si el mismo Dios de los manjares le hubiera enseñado. Cada tanto íbamos a su casa, y allí nos llenábamos la panza y el corazón. Porque esas exquisiteces libanesas no sólo alimentaban: hacían fiesta en la boca y en el alma. Mi tío, el libanés, decía una frase muy divertida: “Cedro que cruza el mar, florece con mango y arepa”.

Otra tía, de Maracaibo, que tampoco era tía, pero que era morocha de una tía que sí lo era, se casó con un libanés, que, claro está, fue tío por derecho afectivo. Así, tengo una prima, que no es prima, pero como si lo fuera, que es mitad zuliana, mitad libanesa.

En el colegio había una muchacha preciosa, de apellido Dao. Por muchos años la vi caminar por los pasillos, y  siempre me pareció una niña como sacada de un cuento de hadas.

Tengo una querida amiga de toda la vida que se casó con un libanés. Y un amigo, también de toda la vida, casado con una libanesa. Ambos, él y ella, son libaneses-venezolanos.

Los libaneses llegaron a Venezuela con el corazón apretado, maletas llenas de recuerdos, y pasaportes que decían “turcos” porque el Imperio Otomano no perdonaba ni en los papeles.

Se bajaron de los barcos en Puerto Cabello, La Guaira, Margarita, Cumaná, Maracaibo como quien llega a una fiesta sin saber si es formal o sin corbata, pero con la intuición de que “algo bueno puede pasar”.

Pero curucuteemos la Historia. La cosa empezó hace mucho tiempo, por allá en los años 1860, cuando Venezuela apenas se sacudía el polvo de la Guerra Federal. Mientras aquí se reconstruía el país, allá en el  Líbano la vida se ponía cuesta arriba.

Los maronitas, cristianos de montaña, vivían entre impuestos injustos, conflictos con los drusos y una represión que no daba tregua. Muchos vendieron lo que tenían y se montaron en barcos desde Beirut, Sidón o Trípoli, buscando una tierra donde pudieran respirar sin miedo. Así llegó la primera oleada, con gente que no venía a probar suerte, sino a echar raíces.

Luego, entre 1910 y 1930, otra tanda de libaneses se sumó a la historia. Esta vez huyendo del hambre, de la Primera Guerra Mundial y de un Líbano que se deshacía entre imperios.

Llegaron con más calle, más ganas, y una idea clara: trabajar duro, levantar negocios, y criar familia. Y lo hicieron. Se metieron en el comercio como quien se mete en una pelea de gallos: con astucia, con verbo, y con una sonrisa que vendía hasta lo que no estaba en el mostrador.

Después, en los años 40 y 50, cuando Venezuela vivía un boom petrolero, llegaron más. Algunos escapando de la Segunda Guerra Mundial, otros simplemente buscando una vida mejor.

Ya no eran sólo hombres solos, ahora venían familias completas, con niños que aprendían a decir “chico” antes que “yalla”. Se instalaron en Caracas, en Maracaibo, en Valencia, y hasta en pueblos donde nunca se había escuchado la palabra “habibi”.

Y no llegaron con las manos vacías. Nos trajeron el kibbeh, que aquí se volvió más redondito y más frito. El tabule, que se tropicalizó con aguacate. El hummus, que terminó compartiendo plato con la guasacaca. Nos enseñaron que la cocina también puede ser un puente entre mundos.

Pero no fue sólo comida. Fue carácter. Fueron tiendas de telas, de electrodomésticos, de lo que fuera. Aprendieron español con regateos, con cuentos, con refranes criollos.

Y nos regalaron apellidos que suenan a poesía  y a arepa: Dib, Dao, Nasr, Abou, Lilue, Antakly, Dager, Mazry,  que hoy están en todas partes, desde el Miss Venezuela hasta los  mercados populares, desde la academia hasta la banca.

Hoy los descendientes de libaneses en Venezuela son en su mayoría cristianos. También hay musulmanes y drusos.

También trajeron rituales y los unieron a los locales. El café negro, espeso como la historia de sus abuelos, servido en tacitas que invitan a la confidencia. Las bodas hoy son con dabke y merengue, donde el tío libanés termina bailando con la tía venezolana como si fueran protagonistas de una telenovela multicultural.

Y sí, muchos llegaron huyendo de guerras, de persecuciones, de injusticias. Pero en vez de quedarse en el lloriqueo, hicieron de Venezuela su nuevo Monte Líbano. Sembraron aquí sus sueños, sus hijos, sus negocios, sus cuentos. Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos espacio en la mesa, en la historia, y en el corazón.

Hoy, cuando uno entra a una panadería y ve al lado de una quesadilla unas empanaditas árabes, sabe que algo hermoso pasó. Que la migración no sólo trae gente, sino sazón, humor, resiliencia y una forma distinta de ver el mundo. Los libaneses nos enseñaron que se puede llorar por el cedro y reír con el mango. Que se puede ser de allá y de aquí al mismo tiempo.

Así que sí, nos trajeron mucho. Y nosotros, con gusto, les dimos casa, cariño y costumbre. Porque cuando se mezcla el zaatar con el papelón, lo que sale es puro sabor de pertenencia. Ah, y valga la aclaración: los libaneses no son turcos.