[*Otros}– El Cristo de La Caída (1/3): La blasfemia y profanación

28-03-09

La magistral obra de Hita y Castillo, y su insólita historia fruto de una profanación.

José Guillermo Rodríguez Escudero

De todas las esculturas sevillanas que se custodian en los templos canarios, pocas cuentan con una historia tan curiosa y excepcional como la bella e impresionante talla del “Santísimo Cristo de las Tres Caídas”, entronizada en la iglesia del Ex Real Convento de La Concepción, hoy de San Francisco de Asís de Santa Cruz de La Palma.

Historia de la imagen y de su ermita

En sus orígenes, la fabulosa talla de candelero del “Cristo” no pertenecía a esta parroquia, pues tuvo antes ermita propia en la Calle Real, templo que fue víctima, a mediados del siglo XIX, de un incendio del que se logró salvar la imagen, junto a otra del “Cristo de las Siete Palabras”, hoy en la iglesia de El Salvador.

Tras dos siglos de existencia, la venerada capilla fue pasto de las llamas, y su solar fue adquirido por el Municipio. También se salvó una preciosa cruz dorada que se encuentra colgada en una de las paredes de la ermita de San Sebastián de esta ciudad. En el archivo de la Parroquia Matriz se halla el expediente de “subasta de solares que ocupaban ermitas incendiadas”.

El visitante que recorre el tramo de Calle Real donde antaño se erigía el sagrado recinto no puede conocer lo importante que llegó a ser aquel lugar, hoy repleto de edificios. Toda la manzana ha sido urbanizada, desde El Puente hasta la Plaza Vandale, y no existe signo o letrero que informe acerca de aquella, ya olvidada historia.

Doña María Massieu y Monteverde

La historia de la devota imagen del “Cristo de la Caída” y la de su ermita está relacionada con un insólito suceso acaecido en el siglo XVII. La conocemos por la propia pluma de su fundadora, doña María Josefa Massieu y Monteverde (1670-1759), cuya instancia encabeza el legajo del patronato de la pequeña iglesia. Esta propia documentación es copiada más tarde al originarse el pleito en 1786 sobre las prerrogativas del patrono de la capilla para elevarlo al Consejo.

Esta dama, benefactora de obras piadosas, nació en Santa Cruz de La Palma el 22 de febrero de 1670, hija de don Nicolás Massieu Van Dalle y Rantz y de doña Ángela de Monteverde y Ponte. El cronista de la capital palmera, don Jaime Pérez García, también nos informa acerca de algunos datos biográficos: “Fue Benefactora de la confraternidad de San Pedro de la parroquia de El Salvador. Edificó en 1730, a su costa y junto a las casas de su morada, la ermita de Nuestro Señor de La Caída, a la que se concedieron varios privilegios y que no se conserva por haber sido destruida por un incendio. Contrajo matrimonio en Santa Cruz de La Palma, el 17 de junio de 1696 con don Melchor de Monteverde Salgado, Capitán de las Milicias de Canarias, hijo de Pablo de Monteverde Salgado y de María Brier y Monteverde, y falleció en la misma ciudad el 19 de agosto de 1759”.

La blasfemia

Parece ser que, según escribía al Vicario de La Palma doña María Josefa Massieu y Monteverde, “una mujer llamada María Henríquez, pasando por su casa la procesión del Miércoles Santo, arrojó a la Imagen de Ntro. Señor Jesucristo Nazareno un vaso de inmundicias, cuyo sacrílego atrevimiento, aunque cometido por una loca, contristó tanto al pueblo, que dio principio a la octava y fiestas que se celebran en su exaltación, concurriendo la ciudad el primero y octavo día con los ministros del Santo Tribunal a la procesión de Nuestro Señor por el lugar en que fue la injuria, en el que se hace pausa para el festejo y obsequio con que se procura el desagravio”.

El historiador canario Viera y Clavijo mencionó en su obra, al referirse al Ex Convento Dominico de San Miguel de Las Victorias en Santa Cruz de La Palma, hoy iglesia de Santo Domingo de Guzmán, a la “venerada imagen del Nazareno con la cruz a cuestas, paseada en una procesión general en el Miércoles Santo, siguiendo con una costumbre muy antigua”.

El alcalde constitucional y cronista, don Juan B. Lorenzo Rodríguez, narraba cómo se vivieron aquellos instantes: “Figúrense cuál sería la admiración y horror con que un pueblo eminentemente católico presenció tan abominable atentado contra la sacrosanta imagen de Cristo”. La procesión continuó con su recorrido, acompañada de un silencio sepulcral que tan sólo “interrumpían los sollozos del concurso, después de haber limpiado con lienzos la sagrada imagen”.

Los fieles dispusieron hacer una “función de desagravios á esta Santa Imagen el día de la Exaltación de la Cruz del mismo año, 14 de septiembre”. Se celebraron los festejos con un novenario con música y fuegos artificiales, y en la octava, una solemne procesión a la que asistieron “ambos cleros y todo el pueblo”, haciendo una parada de penitencia en la que “se cometió el desacato”. Allí se representó una loa con música, alusiva a aquel desgraciado suceso.

En la recopilación de las efemérides y noticias acaecidas en La Palma, así como “otros hechos históricos que conviene tener presentes”, el alcalde Lorenzo Rodríguez nos informaba de que: “La demente Maria Ruis, muger de Pedro Henriques, al pasar pr. frente de su casa la prosecion del Miercoles Santo, arroja un vaso de inmundicias sobre la Imagen del Nazareno, en desagravio de lo cual se fabricó más tarde la Ermita del Señor de la Caída. (29 de marzo de 1679)”.

También, como anécdota, se cuenta que la propia loca María Ruiz, la misma que había lanzado “un vaso de escremento” a la “sacrosanta imagen de Jesús Nazareno, suciandole la tunica y cayendo lo mas en las andas de dicha Ymagen” fue la misma que se había descalzado en El Salvador y había “tirado con los sapatos á un sacerdote que estaba diciendo misa, alcanzandole el golpe á la casulla”. No contenta con estos hechos, y tal era su locura, que también quiso lanzar una piedra a la procesión del Santo Sepulcro y en otra ocasión “habia tirado con un palillo de un sapato al Glorioso San Sebastián”.

Viera y Clavijo añade que, desde aquel fatídico día que conmovió a toda la Isla, 29 de marzo de 1679, se constituyó una cofradía de Jesús Nazareno en el convento dominico a fin de desagraviar a la imagen profanada. Esta Hermandad organizaba además comedias, pronto arraigadas en las costumbres de la ciudad, hasta el punto de que llega a decir el citado historiador que se abrigaba el temor de que “en dejando de hacerlas, se hundiría la isla”.

Acerca de la escultura mancillada, don Jesús Hernández Perera escribió que “no existe hoy”. Sin embargo se sabe con certeza que es la imagen que actualmente está custodiada en la parroquia de la Virgen de Bonanza de El Paso. En el ex cenobio dominico de la capital fue sustituida por la bellísima talla del mejor Estévez del Sacramento, célebre imaginero tinerfeño, en la primera mitad del siglo XIX, que desfila procesionalmente a las cinco de la tarde del Miércoles Santo en la multitudinaria procesión popularmente conocida como “el Punto en la Plaza”.

Aquí transcribo literalmente un acta del Ayuntamiento fechada el 9 de septiembre de 1765: “El Sor. Don Nicolás Massieu Vandale y Salgado, dijo: Que notorio es á esta Ciudad el agravio que Maria Ruiz hizo á la Imagen d Ntro. Sr. Nazareno, el miercoles Santo del año de 1679, ostigada de algun diabólico influjo ó del furor de su demencia, porque era loca, y al transitar por su casa la procesión; con cuyo motivo habiendose resuelto hacer á la misma Santísima Imagen públicas funciones de desagravios en el Convento de Predicadores, en donde se venera, y por acuerdo del 14 de abril del mismo año… correspondiente a la Ciudad, como cabeza de la isla, y que debe con todos afectos manifestar su reverencia y devocion al culto de Dios y de sus Santas Imágenes, asistir y hacer el primero dia de la referida octava; y como la sucesion… sucede ahora que no teniendo por bastante desempeño del referido agravio de dichas anuales funciones, abrió camino el Cielo en la ocacion presente que le ha comprado la casa en donde perpetró la injuria la referida loca, por estar contigua á la de su vivienda, el Sor. Don Nicolás Massieu de Vandala y Ranst, Capitular de este Ayuntamiento y abuelo del Sor. proponente, en que sucedió la Sora. Doña María Massieu y Monteverde, su hija… de don Melchor de Monteverde y Salgado, la que dispuso erigir en el mismo sitio, Ermita dedicada al Santisimo Jesus Nazareno, en el paso de su Caida, para que el sitio de la furiosa demencia y casa en que se perpetuó la sacrílega injuria, sea de aquí adelante Templo de rendidas oraciones y cultos, que ha acabado de fabricar el Sor. proponente. Y estándose para colocar en el la Santísima Imagen de Jesus de la Caida el domingo 22 del corriente, por la tarde, se hace procesion general por toda la ciudad en demostración de desagravio á que sigue la octava de las fiestas de la ‘Dedicación de dicha iglesia’. (Convida al Cabildo á asistir á ella)”.

Expediente de la profanación

El alcalde Lorenzo Rodríguez, en su ya célebres crónicas, nos indica que “habiendo encontrado el expediente original de la profanación cometida por la demente Maria Ruis en la Imagen de Jesús Nazareno, vamos á poner aquí parte de él para mas autoridad de este hecho histórico”.

Allí se describe con más detalles lo sucedido, como, por ejemplo, que el excremento alcanzó la túnica de la imagen y su trono, pero también a “algunos de los que iban inmediatos á dicha Imagen, como lo manifestó un sombrero que trajo el Licdo. Mateo Talavera á presencia de su merced quejandose de la injuria”.

Este expediente fue efectuado el mismo día de la blasfemia, ante el Sr. Licdo. Don Melchor Brier y Monteverde, Abogado de los Reales Consejos, Vicario y Juez de Cuatro Causas en esta Isla por el Obispo “destas islas de Canaria, del Consejo de Su Majestad”. Declararon en este expediente los Lcdos. Don Pedro Pérez, don Agustín Jorge Aday y el presbítero don Mateo Rguez. Talavera y también doña Estefanía González y doña María del Rosario Rodríguez, “todos de acuerdo con el auto cabeza de proceso”. El notario público fue don Francisco de los Santos Almeida. El documento finaliza con esta fórmula: “Y para que conste de la verdad del hecho y conforme á él se castigue á la susodicha por todo vigor, conforme lo que pide el caso de la sacrílega injuria…”.

La mencionada doña María del Rosario declaró al día siguiente que había salido de casa de su primo Juan Henríquez con doña María Ruiz para ir al sermón y acompañar a la procesión que tendría lugar después de la ceremonia. Informa de que la demente no quiso entrar en al iglesia pero la testigo la obligó, siendo consciente de que “muchas veces ha reconocido en ella sus locuras tienen repugnancia á las cosas sagradas”. Se portó con “mucho sosiego” y quiso ir más tarde a la Plaza para poder presenciar desde un lugar privilegiado el paso de la procesión.

A partir de aquellos instantes se dividieron ya que Rosario quiso acompañar al Nazareno. Más tarde la informaron del suceso. Fue entonces cuando “le vino al pensamiento que había sido la dicha Maria Ruiz, y así lo dijo a las personas que venían en su compañía”. Fue entonces cuando la vio en la ventana y le gritó que le abriera la puerta, que estaba cerrada. Cuando pudo entrar, la encontró “con el semblante mudado y los ojos muy inquietos y las manos sucias de escremento”.

Quiso saber el motivo y la loca contestó que “no sabía pero que una cosa se lo había mandado á hacer y se quedaba como boba sin hablar”. Fue llevada presa inmediatamente por el alguacil mayor. Se sabía que María hablaba sola y en muchas ocasiones con lenguajes “no entendidos”. La testigo también contó cuando un día, regresando de la ermita de La Encarnación, “se despeñó de un risco de donde se pudo haber hecho pedazos, y que se tuvo por milagro de la Virgen no haberse hecho daño”. En numerosas ocasiones le había contado que quería suicidarse arrojándose al mar, como hizo su madre (por eso se pensó que había heredado la locura), o ahorcándose. El propio Padre Definidor, Fray Luis Felipe, la llegó a exorcizar y dijo que “sino estaba endemoniada á lo menos estaba asistida de espíritu malo”. Se le encontraron muchas veces algunos cuchillos bajo la almohada con los que quería también acabar con su vida. Falleció el 24 de marzo de 1694 y fue sepultada en la Iglesia del Hospital. La testigo declaró tener 28 años y no firmó porque no sabía.

Estos dos autos fueron enviados al Obispo don Bartolomé García Jiménez el 6 de abril de 1679.

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Bibliografía al final de la entrega 3/3.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Juan Bautista de Antequera

El general Don Juan Bautista de Antequera nació en la ciudad de San Cristóbal de La Laguna (Tenerife) —la Atenas de las Canarias— que tantos hombres ilustres ha dado al mundo en los varios ramos del saber humano.

Puede decirse, sin exageración, que Antequera pertenece al número de esos héroes que forman época en la vida de los pueblos, ocupando los más altos puestos en la Marina nacional.

Fue en varias legislaturas diputado a Cortes, y dos veces ministro de Marina con los conservadores, a cuyo partido político perteneció siempre; fue uno los valientes jefes que tomaron parte en los graves sucesos del Callao de Lima el 2 de mayo de 1866, a las órdenes del general en jefe Méndez Núñez, cuyas relaciones con el gobierno peruano fueron interrumpidas, por desgracia para todos, a consecuencia de las vejaciones que algunos españoles venían sufriendo en las Islas Chinchillas, y de haberse negado aquel gobierno a dar al de España cumplida satisfacción, conforme al tratado de paz de 25 de enero de 1865, firmado entre ambas potencias.

He aquí cómo el marqués de Méndez Núñez daba cuenta al gobierno de Madrid de la heroica acción:

«… En los momentos en que una granada de nuestra escuadra hacía volar la parte superior de la torre del Sur, un proyectil enemigo, rompiendo la baranda del puente y llevándose la bitácora allí situada, me hirió directamente, pasando entre mi costado y brazo derecho, causándome los astillazos varias heridas en las piernas y caja del cuerpo.

Por lo pronto, abrigué la esperanza de continuar en mi puesto, pero transcurridos algunos minutos caí en brazos del comandante del buque la Numancia, capitán de navío Don Juan Bautista de Antequera.

Cuando me conducían al hospital de sangre, el señor mayor general, acercándoseme para averiguar cuáles fuesen mis heridas, le dije que consideraba no eran de cuidado, que se pusiese de acuerdo con el comandante de La Numancia, y continuase la acción sin dar parte del suceso a los demás buques.

Hasta aquí, lo que puedo por mí mismo informar a V. E.

De este instante hasta la terminación de este brillante hecho de marras, traslado a V. E. lo que el señor mayor general me dice y que es como sigue:

“Cuando V. S., después de casi desmayado por pérdida de sangre de sus ocho honrosas heridas, tuvo que abandonar el puente desde donde dirigía el ataque y ser llevado entre cuatro al hospital de sangre, el combate era general en toda la línea, y en toda ella nuestros buques, fijos en los puestos de antemano marcados, recibían el abundante fuego de la artillería enemiga, mucha de ella de los mayores calibres, y le respondían con otro tan activo como certero; tan certero como era de esperarse de la pericia de nuestros cabos de cañón y del indecible entusiasmo de nuestras dotaciones.

V. S. recordara que al ir a poner los pies en la escala de la escotilla las personas que lo conducían en brazos, bajé de mi puesto de la toldilla para saber la más o menos gravedad de las heridas, y recibir ordenes, y que me dio la de continuar dirigiendo el ataque, distante como se hallaba en el extremo de la línea el comandante de Berengueda, que era el jefe más antiguo.

En aquellos momentos, si bien como llevo expresado era general pelea, como V. S. recodará ya había habido una explosión en la torre blindada del Sur, que montaba dos cañones de los de monstruo calibre Blakely, explosión causada por una de las granadas de nuestras fragatas, y que hizo callar ambas piezas para el resto del ataque.

También era menos el fuego de la batería al sur de la misma torre, gracias a lo certero de los tiros de la Numancia, Blanca y Resolución, y a decisión y precisión con que los tres buques se situaron para combatir.

Al separarme de V. S. mi primer cuidado fue subir al puente para la situación del combate. Todos los capitanes se hallaban en sus puestos, batiéndose de la manera más cumplida que desear puede un país para dejar en buen lugar su honra.

Nada dije al de la Numancia, porque no es posible advertir nada al que, como el capitán de navío D. Juan Bautista de Antequera, despliega una serenidad imponderable delante del enemigo.

En aquellos momentos recibía la Numancia un fuego nutrido. El que recibía era entre el gran número de los que artillaban la batería de Sta. Rosa, la más respetable de toda la línea, de cañones de mayor calibre de los modernos, uno de cuyos proyectiles, aún después de rebotar en el mar y de cubrirnos de agua a los que nos hallábamos en el alcázar, penetró a flor de agua hasta perforar del todo una de las planchas de la coraza, entre el través y la aleta, produciendo, como después se vio, gran conmoción en el macizo de teca, que sirve de descanso a la coraza y, asimismo, gran estremecimiento en todo el buque al chocar en su costado.

Debo mencionar a V. S. la circunstancia de que el enemigo había colocado con habilidad, a unos ocho cables de las baterías, gran número de barriles pequeños, pintados de color rojo, amarrados a todos a un cabo delgado, que indudablemente debían ser, al propio tiempo que marca para saber cuándo llegaban al mejor punto de mira las fragatas, otros tantos torpedos, que podrían ser disparados por medio de alambres eléctricos.

En la duda, le era necesario al comandante de la Numancia especial cuidado para no chocar con ellos, sobre todo para que no se enredasen en la hélice.

La Numancia consiguió pasar por su parte de tierra y acercarse aún más al enemigo, pero en aquel momento levantó la quilla levantó el fango del fondo, y le fue preciso situarse por la parte de afuera del desconocido peligro.

Era sumamente difícil el manejo de la Numancia en tales circunstancias. La pericia y serenidad del capitán Antequera fueron perfectamente secundadas en tan delicado asunto por su ayudante de derrota, el teniente de navío D. Celestino Lahera”».

Tal fue la manera de portarse del hijo de las Canarias en aquel día triste y memorable.

El primer buque blindado que llegó a aquellas alturas fue la Numancia.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Leopoldo O’Donnell y Joris

¿Quién no conoce la vida política y militar del primer duque de Tetuán y primer conde de Lucena?

Este eminente hombre de Estado contribuyó en los destinos de España como primer Consejero de Isabel segunda, fundador y Jefe del partido político de «Unión Libera».

Nació en 1808 en Santa Cruz de Tenerife, abrazó desde muy joven la carrera de las armas, y en 1833, a la muerte de Fernando VII, ya era coronel efectivo.

Al fallecimiento de este monarca se declaró partidario de la nueva ley de sucesión al trono, y de la regencia de María Cristina de Nápoles, peleando con distinción contra los partidarios del Infante Carlos Isidro de Borbón en la guerra civil llamada de los «Siete Años».

Cuando Espartero fue nombrado regente del reino, O´Donell, fiel a la reina madre, resignó el mando, y después de haber protegido la retirada de esa reina hasta la frontera, abandonó España fijando por algún tiempo su residencia en Orleans, sin dejar por eso de fomentar la contra-revolución que más tarde traería al poder a sus amigos.

El 20 de octubre de 1843, O’Donnell fue nombrado capitán general y gobernador de la isla de Cuba donde estuvo dos años, emprendiendo varias mejoras de importancia.

En primer lugar, y con arreglo a sus extraordinarias facultades, estableció la tenencia del gobierno de Mariel, habilitó puertos de Cárdenas y Sagua la Grande, y redujo los derechos de exportación de azúcares en atención a estar considerado este importantísimo ramo como una de las riquezas del país, declarando libres de derechos a la miel y el aguardiente.

Bajo su gobierno se estrenó el ramal del camino de hierro a Batabanó, y el 1° de enero de 1844 el de Bemba —hoy Jovellanos— a Navajas, continuando las 29.5 millas la línea importantísima de Cárdenas.

Se botaron al agua el bergantín de guerra “Habanero” y la corbeta “Luisa Fernanda”, construidos ambos buques en las gradas del arsenal de La Habana, según lo dice el historiador D. José M. de la Torre, correspondiéndole asimismo al ilustre hijo de Las Afortunadas la gloria de la instalación de la torre del faro del puerto de La Habana, donde los viajeros pueden leer esta inscripción:

«O’DONNELL. 1844».

A su regreso a la Península, en 1845, tomó asiento en el Senado uniéndose con la oposición al ministerio de Bravo Murillo, y entonces Narváez, presidente del Consejo de Ministros, le dio el cago de Director General de Infantería, que desempeñó hasta 1851.

En 1854 fue nombrado por Espartero Ministro de la Guerra, Capitán General de los Ejércitos Nacionales, y Conde de Lucena, título que recordaba uno de sus más brillantes hechos de armas.

En Julio de 1856, por haberse pronunciado contra la situación, fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros, y encargado por Isabel II de formar nuevo gabinete, cuyo alto puesto desempeñó hasta el 12 de octubre del mismo año, sustituyéndole Narváez.

En 1858 volvió de nuevo a la presidencia del Ministerio con la Cartera de Guerra, en cuya época tuvo lugar la declaración de guerra contra Marruecos.

Nombrado general en jefe del ejército expedicionario, hizo en la costa de África un feliz desembarco con sus tropas, y tres batallas libradas contra el ejército marroquí —9 y 15 diciembre de 1859, y 14 de enero de 1860— así como la toma de Tetuán —6 de febrero de 1860— determinaron al Emperador marroquí a firmar un tratado, dándole cumplida satisfacción a España.

Este rápido y feliz suceso le valió a O’Donnell la grandeza de España de Primera Clase y el título de Duque de Tetuán, y ya desde el mes de enero de 1856 estaba condecorado este hijo distinguidísimo de Canarias con el Cordón de la Legión de Honor.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Miguel Hernández Bethencourt y Morales

El bizarro militar, conocido por Miguelón, de quien tenemos el honor de ocuparnos, era hijo de padres bastante bien acomodados, y nació en el lugar denominado Tostón, en la isla de Fuerteventura, la antigua e histórica Majoreta de los guanches.

Viendo Hernández de Bethencourt que el hacha demoledora de la Conquista había talado los campos de su país, y que los que antes habían sido ricos, feraces y hermosos iban cada día convirtiéndose en estériles y pobres, decidió trasladarse a Venezuela para dedicarse a la agricultura en tan feraz y opulento suelo.

Hombre de claras luces, bien educado, de un valor a toda prueba y de unas fuerzas extraordinarias, pronto estrechó amistosas relaciones con sus paisanos Tomás Morales, Rafael Poo, Sebastián Denis, Domingo Vera y otros que estaban ya establecidos en la ciudad de Caracas, ocupados en el comercio, presentándosele, con tal motivo, un brillante porvenir.

Así las cosas, sobrevinieron los sucesos de 1810, promovidos por los generales Francisco de Miranda, Simón Bolívar, y Mariño, y los que hasta el día antes se habían tratado como verdaderos hermanos y dispensado toda clase de atenciones y esmerados obsequios, rompieron de la noche a la mañana sus buenas relaciones, entregándose a una sangrienta y fratricida lucha sin cuartel.

«¡Ojo por ojo y diente por diente!» fue el grito desesperado de los partidos. Era la guerra civil con todas sus más tristes y fatales consecuencias.

Los más exaltados, los verdaderos republicanos, los cosmopolitas, los que tienen por patria el mundo, corren a abrazar la bandera de la revolución y los principios proclamados por Simón Bolívar y Francisco de Miranda; y los otros, liberales también aunque más templados, acuden a reforzar al gobierno constituido que defendía el antiguo régimen como punto fundamental de la integridad española en América.

Entre éstos se contaban los generales Francisco Tomás Morales, Narciso López —oriundo de Canarias—, y nuestro biografiado, quien abandonó el arado y empuñó la lanza,… en una lamentable situación provocada desde Madrid por los palaciegos de Fernando VII y una administración injusta que tanta sangre costó a los españoles honrados de uno y otro continente.

En las primeras batallas, la suerte parecía favorecer a las armas castellanas, pero la revolución había tomado ancho vuelo en toda la América Hispana, y los recursos nacionales se iban agotando, cada día más y más, hasta el extremo de que a los soldados llegara a escasearle lo más necesario para la vida, y por ello tenía que suceder lo que en estos casos sucede por regla natural y que todos los espíritus más pensadores prevían: el triunfo de la revolución.

Así fue como en la batalla dada en Ayacucho el nueve de diciembre de 1824 entre las tropas que mandaba el general Sucre y las del Virrey Laserna, las de este bizarro jefe sufrieron una terrible derrota que puso fin a la sangrienta y desesperada lucha, completándose así, como dice un autor español, la independencia del Perú y la de Venezuela.

Nuestro compatriota Miguel Hernández Bethencourt y Morales, que había vencido en más de cien combates y alcanzado el grado de teniente coronel de caballería y “comandante de lanceros del Rev”, se encontró en la Batalla de Ayacucho. Estaba sirviendo a las órdenes de su comprovinciano, general Morales, que operaba en la región de Maracaibo, donde tuvo lugar, tres meses después de los sucesos de Ayacucho, la honrosa capitulación de este pequeño resto de combatientes, emigrando nuestro paisano a La Habana, donde a su arribo fue nombrado gobernador de la Cabaña.

Pero habiéndose enfermado tuvo necesidad imperiosa de ir a Santa Cruz de los Pinos, a tomar los aires puros de esa localidad, falleciendo allí después de haber prestado grandes e importantes servicios a España.

Era, pues, nuestro paisano considerado como la primera Lanza española de la época.

En Santa Cruz de Tenerife existen aún familias de este valiente guerrero: los Hernández y Rodríguez de Vera. Nosotros tuvimos el alto honor de conocer y tratar a la respetable madre de este ilustre hijo de Canarias, llamada Doña Laura Morales, apreciable señora que alcanzó la avanzada edad de 111 años conservando de una manera lucidísima todos sus sentidos corporales, incluso el de la vista, pues jamás llegó a usar espejuelos para leer, ni sufrió nunca dolor de cabeza ni la más ligera indisposición.

El testamento de este distinguido compatriota está en la antigua escribanía de guerra de La Habana.

La señora Laura Morales de Hernández, que falleció en Santa Cruz de Tenerife y sobrevivió a su hijo cerca de treinta años, nunca apercibió el monte pío que le correspondía por el fallecimiento de aquél, ni un centavo de los bienes que su hijo dejara en América a su fallecimiento.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Isidro Barradas

Nació este distinguido general en el Puerto de la Cruz de La Orotava. Fue uno de los jefes más adictos a Fernando VII. Vino a Cuba el 8 de diciembre de 1823, siendo portador del decreto de abolición del sistema constitucional y de otras disposiciones del monarca, que no son del caso referirlas aquí.

Habiéndose resuelto la reconquista del imperio de Montesuma, el gobierno de Madrid lo designó para que llevase adelante tan arriesgada empresa.

Hombre de reconocido valor militar y de buena fe, aunque escaso de talento, a pesar de los consejos de sus amigos no tuvo inconveniente en aceptar la descabellada empresa, cuya historia conocemos todos.

Al siguiente año, 1824, partió para España con el fin de reclutar soldados, y el 10 de abril de 1825 regresó a Cuba con 600 hijos de las Canarias y otros de la Península, formando una división de 3.000 infantes.

Con este contingente, bien equipado, salió para México el 19 de septiembre en la escuadra que mandaba el Sr. Laborde, y luego, por segunda vez, en julio de 1828, pero con tan mala suerte que después de haberse apoderado del histórico castillo Juan de Ulua, y haberlo ocupado por espacio de seis meses, pero sin poder conseguir la rendición de la ciudad de Veracruz —una de las plazas más importantes del Nuevo Mundo, cuyas obras de defensa eran apreciadas por inteligencias como una de las maravillas del arte militar—, escaseándole los víveres y pertrechos de guerra, estando rodeado por las tropas dirigidas por entendidos generales mexicanos, como Santana y Ferau, y sin esperanza de que España le enviase auxilio, aconsejado por compañeros de armas capituló, regresando a La Habana en 1829.

Más tarde se trasladó a New Orleans, donde falleció, alejado de sus amigos y de la sociedad que lo vitoreó al salir para México y lo recibió después bajo el frío de los desengaños.

[*Otros}– La actual imagen de “San José”, patrón de Breña Baja

09-03-09

José Guillermo Rodríguez Escudero

La obra del “desconocido fraile escultor” Marcos Gil (1682-1739) ejemplifica, posiblemente como ninguna otra en el Archipiélago, la labor del fraile artista itinerante.

Cuando éste contaba tan sólo 20 años fue destinado a Santa Cruz de La Palma, donde trabajó entre 1702 a 1706. Entre otras magníficas esculturas, de su gubia salió la bellísima imagen actual del patrón de Breña Baja, “San José y el Niño”. Fernández García escribió: “…El grupo, en su conjunto, no presenta fuertes evoluciones; su sosegado modelado, sus suaves formas estilísticas son neoclásicas; su policromía es barroca”.

 

El Niño que acompaña a San José —actualmente en lamentable estado de conservación— tiene grandes similitudes con los angelitos del retablo y los del púlpito de Santo Domingo de la capital palmera. Pérez Morera indica que: “se caracterizan ambos por sus rostros rollizos y su cabello trabajado con vigorosos acaracolados…”. Calero exalta el acabado, el magnífico estofado, la gran elegancia, los rostros dotados de “tranquilidad y sosiego”. La misma profesora alaba al dominico en cuanto a su perfecto conocimiento de la imaginería flamenca, “tanto en lo tocante a la talla como las encarnaciones y estofados”.

La imagen del Patriarca San José y su Hijo fue esculpida antes del 8 de febrero de 1706. Así consta en las cuentas de la Cofradía de Ánimas y en el inventario del templo de Breña Baja. Esta nueva talla vino a sustituir a la escultura flamenca donada por D. Luis Van de Walle Van Praet, llegada a Santa Cruz de La Palma a mediados del XVI y que hoy se conserva en una urna en el acceso al camerino del Santuario de Las Nieves. Se trata ésta, según el fallecido historiador palmero Fernández García, de la imagen de San José más antigua que existe en Canarias.

Al “Esposo de la Virgen” se le representa en Breña Baja como un joven padre, apuesto, de jovial mirada, semblante atractivo, expresión serena y rasgos de perfecto acabado. Larga cabellera ondulada marrón con raya en medio que cae pesadamente sobre los estrechos hombros. Profundo ladeamiento de la cabeza hacia la derecha. Ojos almendrados, cejas finas, boca pequeña con labios carnosos, barba delgada y puntiaguda.

Sostiene en su mano izquierda, levantada hacia adelante, una larga vara florida (común desde el final del gótico por influencia de los apócrifos). Viste con túnica talar verde azulada y manto terciado naranja, con pliegues de perfil redondeado, y recogido sobre su brazo izquierdo. El movimiento y dinamismo de la escena, en la que las dos imágenes sugieren estar caminando, viene descrito por la inclinada colocación del cuerpo de San José en contraposto.

 

El Niño, con corona imperial y vestido con larga túnica amarillenta, no se ladea, manteniendo un porte majestuoso, pero sí adelanta su calzado izquierdo, mientras que su Padre putativo. el derecho. Los ligeros ropajes, de suave modelado, están adornados ambos con idénticos motivos florales.

El Santo, coronado con una gran aureola dorada, aparece rememorando la infancia de Jesús. En esta tierna escena, ambas manos, más que agarrarse, se acarician. Para representar el patronazgo del Patriarca sobre los carpinteros, el Niño, rubio de amplios bucles, lleva una sierra que cuelga sobre su bracito derecho, que alza en actitud de bendición.

Esta composición sigue el modelo montañesino de representar al santo exento llevando al Niño de la mano, tipo iconográfico divulgado por la estampa desde el siglo XVI. Las representaciones más antiguas del Patriarca nos lo muestran con el Niño de pie, mientras que las posteriores eran realizadas con Jesús en brazos de su Padre.

Como antecedentes de la Isla podemos nombrar al titular de la ermita homónima de Santa Cruz de La Palma (s. XVII), en la de San Telmo (también en la capital), en San Andrés y Sauces (donada en 1678), en Los Llanos de Aridane (de Bernardo Manuel de Silva, realizada entre 1708 y 1711) y en Tijarafe (documentada desde 1711).

Desde 1692, los vecinos de Breña Baja “reconosiendo la necesidad que auía de hacer ymagen nueua de talla de Señor San Joseph, por ser antigua y maltratada la que tenia la iglesia”, habían solicitado a D. Miguel de Brito y Silva licencia para adquirir una nueva imagen del Patrón del municipio. El visitador, en atención a que la “fabrica esta mui corta”, solicitó ayuda a Cofradía del Rosario, advocación de la Patrona de Breña Baja, para que se contribuyese a “la hechura de la ymagen de Señor San Joseph con la tercia parte de lo que faltare, cobradas las promesas hechas por los vezinos”.

La magnífica escultura de San José —cuyas medidas son de 102 x 55 cms— está confeccionada en madera dorada y policromada. El hecho de que ésta sólo se encuentre trabajada en su parte frontal —indicación de su colocación fija en un retablo—, así como su delicada policromía y los excelentes estofados, la ponen en relación con idénticas técnicas empleadas por los escultores de los Países Bajos.

La profesora Calero indica que la nueva imagen de San José y el Niño vino a sustituir a la primitiva, de factura nórdica gracias al pedido efectuado por las diferentes cofradías de la parroquia de San José de Breña Baja. Así mismo nos dice que “por otro lado, es probable que Fray Marcos deseara adecuarse del modo más fiel al original, lo que explicaría tal cúmulo de coincidencias”.

En el inventario de los bienes del templo breñusco practicado en 1706 se menciona ya una “ymagen de talla del Señor San Joseph que se a de colocar en dicho retablo, en tanto que la antigua estaba recogida en una alcouita deuajo de la escalera del choro”. Sin embargo, no es hasta 1714 cuando el presbítero Juan de Santiago, cura del lugar, presenta las cuentas de la obra del dorado del retablo mayor, donde consta explícitamente el nombre del autor: “Por doscientos (reales) pagados al Padre fr. Marcos, de la Orden de Predicadores, por la escultura de San Joseph que esta colocada en dicho retablo”. Posteriormente se gastan, entre 1782 y 1789, unos 140 reales en “componer y barnizar la efigie del santo Patrono”.

El 19 de marzo es la única oportunidad en el año de apreciar con detalle y cercanía las bellas tallas. Éstas, cubiertas con sendos mantos, son entronizadas en unas andas de baldaquino doradas que son portadas a hombros con respeto y veneración por un pueblo, orgulloso de tener a San José como su Santo Patrón.

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28-11-08

José Guillermo Rodríguez Escudero

Entre las esculturas que se custodian en el interior de este precioso templo, se encuentra la de la Virgen del Rosario, en su capilla colateral de la Epístola.

Como titular de la misma, dotada en 1688 por el Beneficiado Matías de Abreu y Martín, desde finales de 1690 preside el retablo levantado en la misma a expensas de su fundador y patrono. Venía a sustituir una primitiva imagen de candelero de idéntica advocación, documentada con anterioridad, que en 1686 se veneraba en un nicho de madera costeada también por el presbítero mencionado y su familia.

La preciosa imagen mariana guarda cierta similitud con su homónima de Barlovento: en su peinado, en el tocado, en el tipo de indumentaria, en la dulce expresión de su semblante, en la disposición del Niño en brazos, etc. La imagen “matrona de majestuosa monumentalidad” está inspirada en los ideales clásicos de belleza, equilibrio, sobriedad y reposo.

Se le ha considerado como pieza representativa de la escultura flamenca de la primera mitad del siglo XVII. En el ático de este bello retablo se halla colocada una pintura sobre tabla de 1694, Desposorios de la Virgen y San José, obra de Bernardo Manuel de Silva. Pérez Morera nos informa de que “la composición, presidida por la paloma del Espíritu Santo, dentro de un resplandeciente rompimiento de gloria, es sencilla y simétrica, faltando la tradicional figura del sumo sacerdote en medio de la pareja”.

La Virgen sostiene en sus brazos al Niño Jesús, envuelto en pañales, que tira de la toca que cubre a su Madre, en una escena llena de ternura, encanto y sentimiento. El Niño mantiene en su mano el símbolo del pecado original: la manzana. A los pies de la Virgen, la luna de la mujer del Apocalipsis.

La imagen de la Virgen de la Victoria se hallaba en 1679 en el nicho central de la capilla colateral del Evangelio, fundada por el presbítero Andrés Hernández Bautista con anterioridad a su testamento, en 1657. La talla, de 88 cms. de alto -una esbelta escultura de madera policromada, de aspecto y gravedad en semblante y de postura hierática y majestuosa- data de las primeras décadas del siglo XVII.

Dadas sus particulares características, ofrece ciertas dificultades a la hora de su clasificación estilística. A pesar de ello, para algunos investigadores no es aventurado pensar en el posible origen flamenco de esta bella obra. Ya se hallaba colocada en 1679 en el nicho de su capilla y en 1768 se invirtió en ella 13 maravedís en dorarla de nuevo.

Para este mismo templo, Bernardo Manuel de Silva realizó la pequeña imagen de San Miguel Triunfante, escultura en madera policromada de aprox. 39 cms fechada entre 1711-1718. Había sido costeada por Matías de Abreu y Martín. Una pieza que estuvo colocada originariamente en el sagrario-expositor del altar mayor. Es probable que el modelo partiese de un dibujo del Arcángel realizado por Murillo en 1655 y que se conserva en el Museo Británico de Londres. Obra de este afamado artista fue el San Miguel del retablo de los Capuchinos en Cádiz, su última obra.

Otra venerada imagen que se custodia en el templo es el Señor del Gran Poder. Una venerada efigie que refleja la mansedumbre del Todopoderoso y es copia del Señor de la Piedra Fría de la iglesia capitalina de San Francisco. En el inventario de julio de 1794 no se nombra esta imagen, por lo que su llegada al templo fue posterior, procedente, quizá, del desamortizado y vecino convento de La Piedad. Sí consta que en la visita del Obispo Rey Redondo (1895) el prelado concedía indulgencia a los fieles que oraran ante esta venerada efigie. Sufrió varias restauraciones, como la llevada a cabo por el palmero Rodríguez Valcárcel, que aumentó su cabellera.

En 1966 se retocó de nuevo. Esta vez fue Pedro Daranas el que recibió el encargo de la Junta Diocesana de Arte. El decorado corrió a cargo del investigador y artista Fernández García. Los cuatro ángeles que lo acompañan en su retablo y en el recorrido procesional de Semana Santa son obra del imaginero Carmona (1826-1901) inspirados en los querubines del Nazareno de la iglesia de Sto. Domingo de la capital palmera. Sus preciosas potencias fueron sufragadas por el pueblo —recolecta llevada a cabo por una promesa de doña Eufemia Hernández— y también la villa le obsequió un hermoso cíngulo. En los años sesenta del pasado siglo se consideraba una de las imágenes cristológicas más veneradas de La Palma. También desfila procesionalmente en sus fiestas anuales de julio, con gran concurso de pueblo.

Otra imagen de la Pasión que actualmente se custodia en el histórico y sacro recinto es el Nazareno (cuya primera saluda procesional fue en 1682 gracias a la devoción del Capitán y Sargento Mayor de La Palma don Miguel de Abreu y Martín).

Existe un crucificado retirado del culto en la sacristía de la capilla de la Victoria. Allí se custodia también el Resucitado, San Nicolás de Bari, un Niño Jesús de Praga… Se trata de una talla de tamaño natural, realizada con papel, madera y caña y hueca internamente cuyas medidas son 1,72 x 1,60 cms. El profesor Pérez Morera informaba de que, por ello, “se inscribe dentro de proporciones cuadradas, de modo que su altura es sensiblemente igual a la de los brazos extendidos”.

El investigador continuaba puntualizando que “parece obra del último tercio del siglo XVI, apegada aún a los modelos renacentistas, como denotan sus proporciones clásicas, serena expresión y ojos cerrados, característicos de los llamados «Cristos dormidos» de la primera época. El escaso modelado, la anatomía sumaria, la barba simétrica y partida a la mitad, las piernas arqueadas y las plantas de los pies pegada a la cruz, sin apoyo alguno, son otros rasgos habituales en este tipo de esculturas”. En el archivo parroquial de San Andrés (Libro de Visitas) consta haber sido añadido al patrimonio del templo en 1768 un “crusifixo grande” y colocado en la sacristía. Tal vez se trate de la misma efigie, si bien su presencia en la iglesia es algo tardía, puesto que no es nombrada en los inventarios efectuados en 1629, 1679 o 1733.

Después del desplome del techo de la antigua y extinta iglesia del vecino convento masculino de La Piedad en 1854, las imágenes de Nuestra Señora de La Piedad, San Francisco y San Diego de Alcalá (ambas del siglo XVII) fueron traídas al templo de San Andrés. Allí fueron llevadas en calidad de depósito ya que era la iglesia más cercana al cenobio franciscano, que se había erigido en medio de los cañaverales de la antigua Hacienda de los Señores. Ello dio lugar a que la rivalidad que secularmente enfrentó a las feligresías de Los Sauces y de San Andrés se enconara.

A tanto llevó esta confrontación que los vecinos de Los Sauces no querían “concurrir a una parroquia extraña a venerar una imagen que miraban como propia”. Todo se calmó cuando, el 2 de septiembre de 1855, se llevó en multitudinaria procesión a la venerada imagen de Nuestra Señora de La Piedad —obra flamenca del segundo tercio del siglo XVI— a la parroquia de Montserrat. Permanecieron las de los dos santos franciscanos en el altar del Nazareno de San Andrés. La de San Francisco había sido donada por Diego de Guisla y Castilla antes de 1671. Es de escuela sevillana y, según Pérez Morera, sigue el modelo del San Francisco que Martínez Montañés hizo para el convento de Santa Clara de Sevilla hacia 1630.

Existe en el templo otra estimable pieza de arte flamenco. Se trata del pequeño tapiz de San Andréscosido a una casulla del ropero litúrgico, muestra al apóstol sobre un bucólico fondo de paisaje con río, puente, prados e iglesias y ciudades flamencas”. Pérez Morera nos informa de que fue inventariada en 1629, entre todos los ornamentos litúrgicos del templo, una vestimenta carmesí “con vna medalla del gloriosso San Andrés en las espaldas”. Continúa diciendo que, en 1602, se había ordenado hacer una casulla de este color “lucida para la fiesta de San Andrés que es la advocación de la Yglesia y las demás fiestas de Apóstoles”. Un mandato que vino a tener cumplimento entre 1617 y 1618.

En la mencionada Visita de José de Tobar y Sotelo (el 11 de octubre de 1705) consta que en el centro del retablo mayor “tiene vn nicho en que esta el glorioso San Andres Apostol”. La talla -que ha recuperado su colorido: rojo, verde, oro… tras una reciente restauración – desfila procesionalmente cada 30 de noviembre –onomástica del santo mártir-, tras la solemne función religiosa concelebrada, por las adoquinadas y empedradas calles colindantes a su histórico templo, acompañado por su orgulloso pueblo que se releva para cargar a hombros las pesadas andas de madera y cumplir así las promesas.

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BIBLIOGRAFÍA

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• FERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto José. ?«Semana Santa en la Villa de San Andrés y Sauces y otras noticias histórico-religiosas», Diario de Avisos, Santa Cruz de La Palma, (20 de marzo de 1967)

• FRAGA GONZÁLEZ, M.C. La arquitectura mudéjar en Canarias. Aula de Cultura de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, 1977.

• LÓPEZ GARCÍA, Juan Sebastián. La arquitectura del Renacimiento en el Archipiélago canario, Instituto de Estudios Canarios, La Laguna, Cabildo de Gran Canaria, 1983.

• LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista. Noticias para la historia de La Palma, tomo I. La Laguna y Santa Cruz de La Palma: Instituto de Estudios Canarios y Cabildo Insular de La Palma, 1987.

• PÉREZ MORERA, Jesús. «La villa de San Andrés y sus edificios históricos», La Graja, nº 4, 1990

• PÉREZ MORERA, Jesús. «Un Cristo de caña de maíz y otras obras americanas y flamencas», Estudios Canarios. Anuario del Instituto de Estudios Canarios, Universidad de La Laguna, 1998

• PÉREZ MORERA, Jesús. Bernardo Manuel de Silva, Biblioteca de Artistas Canarios, Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1994.

• PÉREZ MORERA, Jesús. «El Heredamiento de los Catalanes», en La Cultura del Azúcar. Los Ingenios de Argual y Tazacorte, 1994.

• QUESADA ACOSTA, Ana María. «La Visita de Don José Tovar a La Palma: (1717-18). Aspectos Artísticos», en I Encuentro de Geografía, Historia y Arte de la Ciudad de Santa Cruz de La Palma, Patronato del V Centenario de la Fundación de Santa Cruz de La Palma, 1990

• TRUJILLO RODRÍGUEZ, Alfonso. El retablo barroco en Canarias, tomo I, Excmo. Cabildo Insular de Gran Canaria, 1977.

[*Otros}– EL templo de San Andrés – Arte e historia en la villa de San Andrés y Sauces, La Palma (2/3)

28-11-08

José Guillermo Rodríguez Escudero

La otra del Evangelio fue fundada por Matías de Abreu. La composición arquitectónica que hoy ofrece se debe en gran medida a estas obras de remodelación realizadas en la centuria decimoséptima, promovidas por este beneficiado.

Éstas consistieron en cerrar la nave con una armadura de jaldetas, levantar un presbiterio rectangular y crear dos capillas comunicadas con esta última zona, lo cual configurará su planta de cruz latina. Los arcos del crucero, donde se localizan estas capillas aparecen cajeados y con almohadillado en su interior, tanto en las pilastras que actúan de soporte como en la rosca del arco.

En la Visita de José Tovar a La Palma entre 1717 y 1718, queda constancia de que el juicio que el Visitador General emitió sobre este templo fue positivo al no detectar irregularidades. Así describía la iglesia: “Se paso procesionalmente al Baptisterio, q. está a un lado del choro con tejas de madera, y en el visité la pila bautismal que es de Jaspe y su tapa de madera.. La iglesia esta enteramente reedificada por solicitud del Beneficiado y con sus limosnas, que es de cañón muy capaz, con su arco, capilla maior y dos colaterales, dos puertas y en la fachada el coro, con su sillería muy aseada qe. es el mejor de toda la isla. Tiene en su torre con tres campanas y en el primer cuerpo la sacristía, y también la capilla de mano derecha, a púlpito y un órgano pequeño aun lado del Coro, en correspondencia con el baptisterio…”

El cronista de la capital palmera, Lorenzo Rodríguez, en sus célebres crónicas nos informa de que “el Calvario que existe en la villa de San Andrés fue construido en el año de 1681, según una inscripción que allí existe”.

La única torre del Norte de La Palma (antes de la construcción de la actual fábrica de Montserrat) data de 1686. A finales del siglo XVII, se reedificó la cabecera del templo entre 1686 y 1688. Se construyó una nueva nave en 1700. Continuaron varias obras en el siglo XVIII, como la construcción de la puerta de la Epístola, con alfiz, por unos 350 reales (en 1701), cuyos esgrafiados que simulaban una arquitectura ficticia desaparecieron por una desafortunada decisión; en 1705 se termina el coro nuevo (por valor de 2.000 reales); en 1790 se alarga el presbiterio y se remata la torre con chapitel piramidal, etc.

De la fábrica primigenia subsisten la portada renacentista de la fachada norte y el arco toral, con baquetones góticos, que data de 1542-1548. Se realzó en 1687 con dos pedestales realizados en cantería procedente del Barranco de la Herradura, según Pérez Morera. Si bien su historia se remonta a los comienzos del Quinientos, la mayor parte del recinto —como hemos visto— fue levantado en la siguiente centuria, cuando se elevan las capillas laterales que dibujan la cruz latina.

El bello templo fue declarado Bien de Interés Cultural mediante Decreto 602/1985, de 20 de diciembre (BOAC nº 13, de 31 de enero de 1986), implicando el mayor grado de protección según la Ley de Patrimonio Histórico. Batista y Hernández también nos aclaran que este alto honor pudo conseguirse gracias a los esfuerzos del Ayuntamiento y del denominado “Patronato Pro-restauración de la Iglesia de San Andrés”. Éste fue fundado a finales de la década de los setenta. El 12 de agosto de 1980 ya se contaba con los primeros fondos para su restauración. Después de varios años de gestiones, ambas instituciones culminaron la tarea al conseguir la declaración de BIC y la financiación del proyecto de restauración por parte de la Comunidad Autónoma en el año 1985 y 1986.

El magnífico retablo principal que ocupa todo el testero del altar mayor —sufragado del peculio personal del beneficiado Matías de Abreu— posee dos lienzos que ocupan los laterales del segundo cuerpo. Estos se contabilizan en las cuentas de fábrica desde 1629, y de 1666 son ciertos datos que nos informan de trabajos realizados en la capilla mayor y en su altar por el carpintero Marcos Hernández. Son obra de Bernardo Manuel de Silva: San Fernando Rey y de San Miguel Triunfante (ambos de 120 x 70 cms.) fechados en 1711 y que custodian al Crucificado. Pérez Morera ha destacado que “la continua acción del sol ha hecho verdaderos estragos en la pintura, haciendo desaparecer la viveza de los colores originales”. Una lástima.

Esta preciosa pieza, tal y como ha llegado hasta nuestros días, no parece haber sido terminada hasta 1790, según consta en la inscripción pintada al frente del pedestal extremo del banco al lado de la Epístola. Esta fecha pudiera señalar el término de su construcción o alguna restauración, pero también el de su dorado y policromado, lo cual, según el profesor Trujillo, parece más probable.

El mismo investigador, en su galardonada obra sobre el retablo barroco en el Archipiélago —Premio “Viera y Clavijo” en 1973— describe esta obra maestra. Sobre el altar, y ocupando todo el hueco de la hornacina central, se encuentra un bellísimo sagrario-ostensorio, de cuyos dos cuerpos, el superior, ocupado por una diminuta Piedad de tosca talla, pudiera cumplir también función de manifestador.

Por el tipo de columnillas y los motivos de su decoración es claramente manierista, por lo que cabe suponer su anterioridad respecto al retablo, tal vez de la primera mitad o hacia mediados del XVII. Este tipo de sagrario es de tradición muy palmera, a base de planta poligonal y cubierta superior avenerada. Se asemeja al de la antigua iglesia de San José de Breña Baja, si bien éste de San Andrés le supera en calidad artística.

En la hornacina del lado de la Epístola (a la derecha del espectador) se venera una preciosa escultura en madera policromada de aprox. 119 cms. de San Matías, obra de Bernardo Manuel de Silva fechada en torno a 1711-1718. Hasta hace unos años, mientras era restaurada la imagen del patrón San Andrés, estaba colocada en la hornacina de la derecha el magnífico San Pablo, procedente del antiguo retablo –espectacular y famoso en todo el Archipiélago- de El Salvador, antes de que se desmontara para proceder a la colocación del neoclásico que hoy se puede admirar. Es obra del maestro sevillano Martín de Andújar, conocido discípulo de Martínez Montañés, y realizado hacia 1638. Tanto San Pablo como San Matías “presentan la misma postura y ropajes, con manto sobre el hombro izquierdo que atraviesa por delante hasta recogerse en forma de nudo bajo el brazo y libro sagrado en la mano izquierda, mientras eleva la derecha para empuñar la espada o el hacha” (Pérez Morera).

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Bibliografía al final de la entrega 3/3.