[*Otros}– “Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba / Manuel de Paz: El equipo editorial de Tierra Canaria

«“Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba (1930-1931)», es un trabajo de Manuel de Paz realizado con cargo al proyecto PI1999/085, subvencionado por la Dirección General de Universidades e Investigación del Gobierno de Canarias.

Publicado en Padronel por cortesía del Dr. Juan Antonio Pino Capote.

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El equipo editorial de “Tierra Canaria”

En el número 12 de la revista, correspondiente a febrero de 1931, con motivo de su primer aniversario se publicaron las fotografías y los nombres del «Cuerpo de redacción» de Tierra Canaria.

Sus principales mentores fueron su director Benjamín T. Rodríguez, el director artístico Manuel Martín González, el administrador Justo A. Alfonso Carrillo y el diligente jefe de redacción Tomás Capote Pérez, pero, además, colaboraron seriamente con la publicación otros personajes significados de la colonia canaria de Cuba, como Antonio Pino Pérez, Luis F. Gómez Wangüemert, José E. Perdomo, José Clavijo Torres, Dolores Regalado, y el poeta y jurista cubano Andrés de Piedra Bueno, vate honorario de la colonia.

A juzgar por la cantidad de colaboraciones y por su responsabilidad a la hora de imprimir el tono ideológico-cultural a la revista, merecen especial atención entre los mencionados los nombres los de Tomás Capote Pérez, Manuel Martín González, Antonio Pino Pérez y Justo A. Alfonso Carrillo. Respecto al primero, la propia publicación destacó, en diciembre de 1930, su especial dedicación e interés por el alcance social de la revista.

 

«Tierra Canaria ha sido injusta con su ilustrado Jefe de Redacción. Tierra Canaria, ingrata y desmemoriada, en sus nueve meses de vida fecunda y rutilante, se ha ido olvidando lamentablemente de la incalculable modestia del Dr. Capote». Según se indica a continuación la revista le reconocía nada menos que su propia línea editorial. «El Dr. Capote ha venido haciendo durante todo este tiempo los Editoriales viriles y profundamente canarios de nuestra Revista. El ha sido su orientador ideológico más robusto hacia las cumbres del éxito. Él es el sillar más potente de nuestra publicación humilde. Él, a más de ser un buen médico y literato, es poeta, ha cantado, en el molde exquisito de sus versos armoniosos, los encantos rotundos de nuestros paisajes pletóricos de belleza y la mística sublime de nuestros mares… “.

Según David W. Fernández, Capote Pérez había nacido en El Paso (La Palma), en 1891 y falleció en Sancti Spiritu (Cuba), a los setenta y cinco años de edad, en 1966. Médico de profesión, gozó de prestigio profesional en La Habana, habiéndose vinculado, al finalizar sus estudios de Medicina, a la Quinta de Salud de la Asociación Canaria de Cuba, a la que prestó grandes servicios. Desde su juventud demostró un notable interés por las labores periodísticas y literarias, habiendo colaborado en la prensa palmera con varios poemas, antes de su marcha a Cuba en 1909. También tuvo fama de excelente orador.

Años más tarde, tal como asevera el cronista Jaime Pérez García, fue presidente, y uno de los fundadores, del Ateneo Canario de La Habana, fundado el 17 de febrero de 1928, y previamente había pertenecido al Partido Nacionalista Canario de Cuba, erigido el 30 de enero de 1924. Sus convicciones ideológicas nacionalistas están, pues, fuera de dudas, tal como demuestra además la colección de textos que reproducimos en la sección documental del presente trabajo.

El pintor tinerfeño Manuel Martín González, por su lado, nació en Guía de Isora (Tenerife) el 7 de junio de 1905 y, tras realizar algunos estudios de pintura en su isla natal y trabajar como empleado en la Litografía Romero de la capital tinerfeña, emigró a Cuba donde no tardó en obtener encargos como dibujante publicitario para algunas revistas y periódicos locales, realizando asimismo carteles y vallas anunciadoras, actividad que compaginaba con su empleo en una destacada empresa litográfica de la capital cubana. Allí conoció también a la que serpia su esposa, Pilar Ramón Mesa.

Precisamente, en octubre de 1930, Tierra Canaria dedico una página a glosar el éxito que su director artístico había conquistado, a la sazón, en la Perla de las Antillas. El mes anterior la famosa revista Bohemia había encargado su portada al artista isleño que, con el titulo de «Frutas Cubanas», había tratado de simbolizar la exuberancia tropical con un cartel en el que una joven criolla mostraba satisfecha una bandeja de frutos del país.

«Martín González —aseguraba la publicación canaria de Cuba— ha compartido con nosotros los sinsabores y las alegrías de esta ingrata profesión de periodista, pero en justicia queremos hacer constar aquí que muchos de nuestros éxitos se le deben a su labor magnífica de artista», y añadía a continuación que el artista canario estaba en el camino de consolidar sus triunfos profesionales.

 

«Su pincel y su lápiz han formado ya su trayectoria, y por ella sigue de triunfo en triunfo. Ha presentado cuadros y ha recibido honores en exposiciones importantes de esta República, como la que tuvo lugar hace dos años en el antiguo convento de Belén de esta capital. También en el Salón de Pintores y Escultores, donde fueron reconocidos por sus méritos varios paisajes canarios».

En aquellos momentos, el pintor tinerfeño había prometido realizar una exposición en el Ateneo Canario, que no tardó en llevarse a cabo. En efecto, en su numero dieciséis correspondiente al mes de junio de 1931, la revista se hizo amplio eco de la exposición de su director artístico bajo los auspicios del Ateneo Canario de Cuba, cuya inauguración había tenido lugar en los salones de la Asociación Canaria el 27 de mayo anterior, permaneciendo expuestas las obras hasta el día 7 del propio mes de junio de 1931.

A la apertura del evento, que presidió Capote Pérez como primer directivo del Ateneo canario, concurrió también la junta de gobierno de la Asociación Canaria, así como numeroso público, corriendo la presentación a cargo del abogado y poeta Andrés de Piedra Bueno, natural de Unión de Reyes (Matanzas) y, a la sazón, presidente de la Sección de Literatura y Bellas Artes del Ateneo isleño.

En su florido discurso puso de relieve la belleza de las obras de Martín González, de quien dijo que un día «dejó la isla minúscula: Tenerife y se abrazó al Océano para abrazar la mayor de las Islas Canarias: la Isla de Cuba, la República de Cuba, mi patria, hermana grande del archipiélago afortunado, estrella madre de las siete estrellas que un día lucirán libres en la cárcel del mar…”.

Según la presentación de Piedra Bueno, Martín González había emigrado a Cuba cinco años antes, en torno a 1926. «Hace cinco años de su salto oceánico. Cinco —vino a los veinte— años en que ha laborado constante, infatigable y hondamente por captar ondas verdes, ondas azules, ondas rojas, ondas grises: toda la maravilla de su tierra lejana, presente a diario en su espíritu, abierta a diario en la sangre de sus pinceles espirituales, arrancada a la distancia en los veintitrés lienzos que hoy ofrece a la sociedad”.

Sobre el estilo artístico del homenajeado añadió también el presentador algunas consideraciones valiosas. Destacó, por ejemplo, que Martín González no se había afiliado a ninguna tendencia pictórica. «Apenas tuvo escuela. Apenas tiene escuela. Pinta como ve las cosas, claras, sencillas, grandiosas, enormes, florecidas… Pinta, como un lente cromático que recogiera diáfanamente el paisaje. Pinta como si arrancara la tierra y la plasmara en color», matizó, incluso, que no estilizaba el paisaje «—hasta un ensueño de hadas— como el nuevo pintor de Tenerife: Juan Ismael», de quien muy pronto ofrecerá este Ateneo una exposición» y, además, indicó también que Martín González no «espeja los jardines como don Francisco Bonnín en sus acuarelas».

Entre las obras presentadas destacó algunas de especial relevancia como, por ejemplo, la consignada con el número 1 en la exposición, esto es, «El Teide visto desde Las Cañadas», aspecto recurrente en la obra posterior del paisajista isleño; «El Roque Nublo», en Las Palmas; «La Caldera de Taburiente» y «Almendros en Flor» en El Paso (La Palma), o «Tierra Seca», obra alusiva a Fuerteventura, «el martirio de Fuerteventura» como diría el vate matancero. «Arena, arena y el mar. Y. en medio de la arena, entre unas aulagas raquíticas y piadosas, una palmera eleva su lanza oscura, como índice vegetal de los caminos del cielo'».

No tardó en regresar a Tenerife el pintor isleño, atenazado por la nostalgia de su tierra de origen. Casó en Cuba y regresó, según Crespo de las Casas, en enero de 1932, y a partir de entonces desarrolló una intensa labor hasta su muerte, que permite admirar una vasta colección de obras, algunas de las cuales —como sucedió con las de otro gran artista isleño retornado a Canarias desde Cuba: el gomero José Aguiar— decoran también suntuosos edificios públicos y religiosos de Tenerife. Martín González se decantó siempre por el paisaje, rompiendo con sus furtivos ensayos figurativos de la etapa cubana que, sin embargo, forman parte de la herencia artística del pintor isorense, junto a la colección de portadas de Tierra Canaria creadas por él.

El odontólogo Antonio Pino Pérez, por su parte, había nacido como su paisano Tomas Capote Pérez, en El Paso (La Palma), en 1904. Distinguido como orador y como poeta publicó numerosos trabajos y poemas en periódicos y revistas, que más tarde fueron recogidos en parte en un tomo editado en 1982. De regreso a España tras su singladura cubana —durante la que colaboró en Patria Isleña y, naturalmente, en Tierra Canaria, entre otras publicaciones— cursó estudios de odontología y se estableció en Santa Cruz de La Palma y en El Paso, ciudad esta última que le distinguió con el título de Hijo Predilecto por acuerdo de su Ayuntamiento.

En Tierra Canaria publicó varios ensayos que poseen un notable interés desde el punto de vista de la definición literaria de la identidad insular, como sucede con este fragmento de su articulo «La patria de los andariegos». que reproducimos en su totalidad, junto a otros ensayos suyos, en la selección documental.

 

«No cabe dudar que los canarios no tenemos una Patria definitiva, una Patria inmutable, una Patria histórica que nos aprisione con su pasado y nos oriente impelidos entre las brumas de lo venidero. Nacimos en aquellas islas, como nacen los pájaros en el calor de sus nidos, y tan pronto nuestros anhelos tienen fortaleza bastante, nos lanzamos al azar de los espacios, ambiciosos de volar bajo todos los cielos, junto a todos los climas. Y trabajamos con ardor inextinguible en los trópicos, nos quedamos por siempre en la inclemencia de las regiones frías, o nos paseamos de un continente a otro dentro de la consistencia frágil de un velero.

La Patria de los canarios no es España, ni América, ni África, ni siquiera las Islas. La Patria común de los canarios, la Patria imposible que nos identifica a todos en un sentimiento único, es el mar. El mar nuestro, que haciendo temblar los acantilados graníticos que inmutables defienden nuestras costas, se arrastra luego vencido por las arenas conmovidas de nuestras playas. El mar «sonoro» que fragmentó con salvaje furia el concierto insular, para arrullar mejor sus intimidades, besándolas más hondo».

El grancanario Justo Antonio Alfonso Carrillo, aparte de actuar como administrador de Tierra Canaria, tuvo a su cargo la crónica social de esta publicación isleña, que desde el primer número se ofreció a toda la colectividad como una forma de «que todos sepamos de nuestros paisanos y amigos, donde quiera que nos encontremos, alejados quizás por la distancia, pero que estemos siempre vinculados por el patriotismo, el amor y la nobleza que siempre nos ha distinguido», tarea que desempeñó con entusiasmo hasta el último número de la publicación canaria de Cuba, habiendo regresado a Las Palmas en 1932, pues en este año se afilió a la logia Andamana, a cuyas columnas perteneció hasta el estallido de la guerra civil en 1936, habiendo ocupado los cargos de Orador y Venerable Maestro’.

Su expediente masónico nos ofrece algunos datos interesantes. El 17 de octubre de 1935 renunció, por razones de salud, al cargo de Venerable Maestro de Andamana, n° 1, según la comunicación que dirigió a Añaza n° 270 de Santa Cruz de Tenerife como un gesto de cortesía masónica, pues ambas logias estaban auspiciadas, desde fechas cercanas a la proclamación de la República, por el Gran Consejo Federal Simbólico del Grande Oriente Español, tras romper con la obediencia local canaria (Gran Logia de Canarias), y, el 6 de junio de 1936 —a escasas fechas, por tanto, del alzamiento del 18 de julio de aquel año— se dirigió a la propia obediencia para comunicarle que se había hecho cargo de la presidencia de la Junta Provincial en Las Palmas de la Liga Española de los Derechos del Hombre, «en cuyo cargo estará a la disposición más cordial y fraternalmente”.

Aparte de otras incidencias menores, fue acusado por las fuerzas represivas de simpatías comunistas e, incluso, de presunta pertenencia a «Socorro Rojo Internacional», aunque no se aportaron pruebas en su expediente, si bien se indica que era dirigente de los empleados de comercio y que se le internó en el campo de prisioneros de Gando (Las Palmas). La sentencia del Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo, dada en Madrid a 7 de diciembre de 1942, le condenó, como autor de un delito consumado de masonería, a 20 años y un día de reclusión mayor, así como a las accesorias de «interdicción civil e inhabilitación absoluta perpetua» para el ejercicio de cualquier empleo público.

En su retractación declaró que había ingresado en la masonería en Cuba, en el año 1928, pero existían indicios suficientes para retrotraer esta fecha hasta el 5 de abril de 1927, momento en que se inició en la logia Fe Masónica de La Habana, a la que perteneció hasta su regreso a su ciudad natal en que entró a formar parte de Andamana, como ya se dijo, a partir del 14 de noviembre de 1932, ostentando el grado 18° del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Se trataba, pues, como el resto de sus compañeros de redacción de Tierra Canaria, de un hombre con profundas inquietudes sociales y espirituales.

[*Otros}– San Francisco de Asís, parroquia homónima de Sta. Cruz de La Palma – Imagen y fiestas

03-10-2009

José Guillermo Rodríguez Escudero

De 1616 data el encargo que suscribió en Sevilla el mercader Fernando de la Pena, vecino de La Palma, con el escultor Francisco de Ocampo, colaborador de Martínez Montañés, para la hechura de una imagen de San Francisco de Asís. Sería confeccionada en madera de cedro y de una vara de alto, “con un Cristo en la mano y un libro en la otra”.

Aunque el contrato no indica su destino, es posible que fuera para el convento franciscano de la capital palmera, al que estaba vinculado Fernando de la Pena, como hermano de la antiquísima cofradía de la Vera Cruz. Sin embargo, la escultura que se conserva, que sigue el modelo de San Francisco que Martínez Montañés hizo para el convento de Santa Clara de Sevilla hacia 1630, no parece corresponderse con la contratada por el citado mercader, de menor altura y con un libro en la mano izquierda. Queda, pues, como nos indica el profesor Pérez Morera, “la duda sobre su auténtica autoría, aunque no su carácter montañesino”.

 

La magnífica obra, datable en el último tercio del siglo XVII, es prácticamente idéntica a otras imágenes existentes en Tenerife: convento de San Francisco de Icod de Los Vinos, donada por el capitán Martínez de Goyas hacia 1672; e iglesia de Nuestra Señora de La Concepción, de la Orotava.

En el inventario de 1821 se dice que había “un retablo pequeño con una imagen de San Francisco que forma el adorno de la Capilla de la Plata”; también “el de la capilla de la Plata con retablo dorado y frontal de lienzo pintado”. Actualmente se encuentra colocado en la hornacina principal, en el primer cuerpo del retablo mayor. Éste procede de la vecina ermita de San José. El anterior y desaparecido retablo tenía dos plantas y tres calles y había sido costeado por Felipe Manuel Massieu Vandale en el siglo XIX.

El mismo profesor palmero nos informa de que, “sin embargo, lo que más llama la atención es su extraordinaria semejanza con el San Francisco del convento de Santa Clara de La Laguna, obra indudablemente de la misma mano de la del historiador Rodríguez Moure”. Afirma también que “no se inferiría agravio a Montañez o Roldán en el caso de que se les atribuyese: tal es la belleza de composición y misticismo que representa aquel rostro verdaderamente seráfico y juvenil, consumido por la penitencia y amor divino”.

 

Llegó la luz eléctrica a la capital de La Palma, sexta ciudad del mundo en tenerla y primera de Canarias, entre otros muchos inventos del siglo XIX. Un dato curioso registrados en los anales y que nos da una idea de la importancia que tuvieron los festejos es que la sociedad “El Electrón”, fundada en la capital palmera para generar el suministro de luz eléctrica a la población, debía encender el alumbrado público: “en dos de los tres días de Carnaval, Domingo de Piñata, Nochebuena, Vísperas de las Fiestas de La Naval y San Francisco… incluso los festejos que se celebraran cada cinco años con motivo de la Bajada de la Virgen…”

Con ello, las fiestas se vieron mejoradas en todos los aspectos. Las celebraciones que tenían lugar antiguamente, pujaban en ser más espectaculares que las de la Virgen del Rosario o “La Naval”, de la iglesia de Santo Domingo de Guzmán. Un dulce “pique” que hacía las delicias de los vecinos y visitantes, al ser consideradas, después de las de la Bajada Lustral, las mejores de toda la Isla.

En torno al día de su onomástica, el 4 de octubre, la preciosa y elegante imagen del patrono de la parroquia homónima, de la parte norte de la capital, desfila con sus mejores galas y sus atributos históricos: el estandarte, las azucenas y el crucifijo, piezas de plata en su color; también su nimbo sobredorado con ráfagas, la valiosa capa de tisú de oro y plata del siglo XVIII, el gran anillo de oro en el dedo meñique con una piedra violeta… y, sobre todo, el Toisón de Oro con catorce perlas, donado por el monarca Carlos III.

 

Sus delicadas y valiosas andas de plata repujada de baldaquino, barrocas y con veinticuatro campanillas del mismo material, datan de hacia 1761. En febrero de ese año, el padre Lector fray Bartolomé Lorenzo, más tarde Ministro Provincial, tomó 25 pesos procedentes de la venta de otras dos andas de madera que poseía la Venerable Orden Tercera, y esa cantidad fue aplicada a la hechura de las nuevas andas de plata. El profesor palmero Pérez Morera nos informa de que la Orden Franciscana Seglar, como se llama en la actualidad, también “corrió con la obra de las andas similares de Nuestra Señora de la Concepción de la capilla de la Vera Cruz, hechas por el platero Salvador Luján”.

Antiguamente desfilaba procesionalmente por todas y cada una de las calles y plazas que abarcaba su gran parroquia, recibiendo de los vecinos la ofrenda de grandes fuegos artificiales y loas en su honor; la iluminación especial de todas las galerías, zaguanes y balcones; los cuadros plásticos relacionados con la vida y milagros del santo de Asís; la confección de altares efímeros y descansos; y una decoración especial por todo el itinerario procesional a base de banderas, mantones y gallardetes.

Era otra época, aún se sigue representando en la Cueva de Carías la Aparición del Ángel a San Francisco cuando su imagen hace una parada ante ella. Esta gran oquedad fue el palacio del último rey ahuarita del cantón de Tedote y primer Cabildo de la Isla tras la conquista en 1493. También se sigue interpretando el Himno a San Francisco, con letra y música del maestro palmero Felipe López, antes de entrar en el templo.

 

En sus Memorias Insulares, el cronista oficial de la capital, Pérez García relataba cómo se vivían estas fiestas en 1945: “en el mismo mes se celebró la fiesta de San Francisco de Asís y siempre hubo gran rivalidad con la del Rosario. Como ésta se celebraba antes, la Venerable Orden Tercera procuraba organizar la suya con mayor lucimiento”. El mismo investigador informaba de que “hubo elevación de su bandera, verbena, gigantes y cabezudos y dos procesiones”. Al año siguiente, 1946, “la fiesta de San Francisco trajo este año, como novedad, una carrera de caballos que despertó gran expectación. Tuvo lugar el 20 de octubre y se inició a las seis de la tarde […] con un premio al vencedor de 1.000 pesetas […] Asimismo los festejos tuvieron un estreno durante la procesión nocturna que recorría las calles del Tanque y de los Molinos, pues sobre una roca en lo alto del llano conocido como ‘de la Cruz’ y situado en la confluencia de ambas vías, una joven vestida de ángel declamó unos versos alusivos al taumaturgo de Asís y, a su terminación, hubo una gran salva de voladores”.

Una de tantas historias que giran en torno a esta seráfica festividad es la que vivió el marino Eduardo Morales Camacho, contada por su sobrino y ahijado Armando Yanes Carrillo. Todo ocurrió en el mes de septiembre de 1879 cuando su nave estuvo a punto de zozobrar en un huracán mientras regresaba a La Palma desde La Habana.

Estaba tan desesperado, pues creía que todos iban a ahogarse e incluso llegó a pensar en suicidarse con su revólver, que “se le ocurrió la tontería de averiguar el nombre del Santo del día en que iba a morir”. Cuando leyó que su agenda decía que era el 4 de octubre, “San Francisco de Asís”, recordó la imagen que tantas veces vio desfilar delante de su balcón. “y bajo un intenso escalofrío que corrió en aquel momento por toda la piel de mi cuerpo, al levantar nuevamente la cabeza y mi vista del almanaque, me pareció ver en la penumbra de una esquina de mi camarote cómo una nebulosidad dentro de la cual quería como distinguirse cierta figura corpórea que fue aclarándose hasta llegar a ver claramente la misma imagen…”.

A partir de aquel instante el huracán amainó y toda la tripulación logró salvar su vida. Desde entonces, hasta su muerte, don Eduardo se arrodillaba ante la efigie de su venerado Santo cuando la procesión pasaba por delante del balcón de su casa, recordando el día en que salvó su vida gracias a aquel milagro de San Francisco.

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BIBLIOGRAFÍA

• DARANAS VENTURA, Facundo. La iglesia de San Francisco de Santa Cruz de La Palma. Restauración monumental y contexto urbano en el siglo XX, Excmo. Cabildo Insular de La Palma, 2008

• PÉREZ GARCÍA, Jaime. Casas y Familias de una Ciudad Histórica. La Calle Real de Santa Cruz de La Palma, Madrid, 1995

Idem. Memorias Insulares. Santa Cruz de La Palma 1942-1946, Excmo. Cabildo Insular de La Palma, CajaCanarias, 2008

• PÉREZ MORERA, Jesús. Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad. “Real Convento de la Inmaculada Concepción”. Caja Canarias, 2000.

• YANES CARRILLO, Armando. Cosas viejas de la mar, Librería Cervantes, 1989

[*Otros}– “Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba / Manuel de Paz: Introducción

“Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba (1930-1931), es un trabajo de Manuel de Paz realizado con cargo al proyecto PI1999/085, subvencionado por la Dirección General de Universidades e Investigación del Gobierno de Canarias.

Publicado en Padronel por cortesía del Dr. Juan Antonio Pino Capote.

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Introducción

Los diecisiete números conservados de la revista mensual ilustrada ‘Tierra Canaria’, que vio la luz entre marzo de 1930 y julio de 1931, constituyen sin duda uno de los capítulos más sobresalientes de la labor periodística y cultural de los isleños en América y, particularmente, en Cuba, durante el siglo XX.

 

En cierto modo esta publicación cierra el episodio nacionalista que se abrió con ‘El Guanche’ de La Habana (1924-1925), y que continuó bajo la egida de Luis Felipe Gómez Wangüemert con Patria Isleña (1926-1927), también en la capital cubana.

A pesar de que la revista no es desconocida en su totalidad —pues tuvimos la oportunidad de citar algunos números cuando redactamos la biografía de Wangüemert, y, asimismo, otros historiadores, como Gregorio Cabrera Déniz, han hecho referencia a varios ejemplares que se conservan en la Biblioteca Nacional «José Martí» de La Habana—, entendemos que Tierra Canaria merece un mayor interés por parte de los estudiosos, puesto que a sus preocupaciones por la colonia canaria de Cuba, por el bienestar de los isleños que se quedaron en Canarias y, entre otras cuestiones, por la búsqueda de las señas de identidad canarias, une su especial preocupaci6n por el diseño editorial encomendado a su director artístico, el joven pintor canario Manuel Martín, que no es otro que el ilustre paisajista tinerfeño Manuel Martín González, más conocido en las islas por sus dos apellidos y, también, por dotarse de algunas secciones atractivas para la colonia isleña como las relativas a ciertas aportaciones literarias, la información minuciosa del devenir cotidiano de la Asociación Canaria de Cuba y el cuidadoso seguimiento de la situación canaria a través de una red de corresponsales, que informaban con puntualidad de aspectos de la vida cotidiana en cada una de las islas del Archipiélago.

En las páginas que siguen nos proponemos ofrecer una visión sucinta de la publicación y de sus principales colaboradores, así como también una amplia selecc16n de textos al objeto de que los estudiosos y los lectores interesados en el tema de las relaciones entre Canarias y América, puedan disponer de un material de indudable importancia para valorar el alcance de la labor cultural de nuestros paisanos al otro lado del mar, muchos de los cuales regresaron a las Islas, aunque su labor cambio de signo por la ruptura histórica que significo la guerra civil española y el nuevo marco social y político del régimen implantado en España.

Nosotros disponemos, en estos momentos (1999), de una colecci6n de la revista en nuestro archivo particular, adquirida recientemente.

[*Otros}—La Catedral, y la tumba de Fernández de Lugo

19/sep/09

Antonio Cubillo Ferreria

Ahora que se está hablando tanto de la memoria histórica, de los nombres de calles que hay que quitar, de los monumentos a hacer desaparecer, y de los que hay que reconstruir —como el Obispado de La Laguna, que hace años se incendió, y las cúpulas de la catedral de La Laguna, en Tenerife—, hay que ver de limpiar bien, poner manos a la obra y ver de borrar muchos nombres y recuerdos que molestan a los canarios y sus descendientes, pues en muchas ciudades canarias siguen aún nombres de asesinos conquistadores españoles como Pedro de Vera (cuyos descendientes son los Cabeza de Vaca) o Alonso Fernández de Lugo.

Estos dos personajes del siglo XV vinieron desde la España medieval a conquistar un pueblo pacífico en las costas africanas, enviados por sus reyes y con patente de corso para capturar a los habitantes de estas islas y venderlos como esclavos a fin de pagar las deudas y los gastos de la escandalosa conquista.

Con la disculpa de que venían a cristianizar a este pueblo isleño, bautizaban a muchos de los bandos de paz y después los vendían en los mercados de esclavos de Sevilla o Valencia.

No se puede permitir que la ciudad de La Laguna, la Aguere de los guanches, se siga llamando en radios y TV la “Ciudad de los Adelantados”, ni tampoco que a la isla de La Gomera se la llame ahora la “Isla Colombina” por el simple hecho de que aquel marino genovés llamado Colón pasó por allí para encontrarse con su antigua querida, la Bobadilla, que compartió lecho con el rey Fernando, el cual ayudó a Colón en su viaje al otro lado del Atlántico para abrir una nueva ruta de navegación, y no para descubrir un continente, como se ha inventado.

Como Colón no encontró oro en la Española, el almirante y sus hermanos embarcaron como esclavos para los mercados españoles unos 2.000 indios, aparte de los que mandaron matar en la isla, siendo esto la causa de que en septiembre de 1500 fuera Colón reso y arrestado por el pesquisidor enviado por los reyes de España, Francisco de Bobadilla, quien lo trajo encadenado a España, junto con sus dos hermanos, Diego y Bartolomé (Revista Historia nº. 63. National Geographic).

Ahora que tantos nombres se están quitando con eso de la memoria histórica, debemos centrarnos también en los que más daño hicieron a Canarias. En estas islas tienen que desaparecer el nombre y los recuerdos, con su lápida y todo, de aquel bandolero de Alonso Fernández de Lugo, cuyos restos se encuentran tras el altar mayor de la catedral de La Laguna. En La Laguna, cuando de pequeños íbamos a dicho templo, siempre recitábamos aquellos famosos versos que decían: «Aquí yacen, según dice / Seño Juan el campanero, / los restos del bandolero / que conquistó Tenerife».

Yo nunca he comprendido cómo es que se conservan allí los restos de tal personaje, ni tampoco he comprendido cómo se siguen conservando en una capilla a la entrada de mi ciudad los restos del traidor Fernando Guanarteme, que en 1496 vino con su gente desde Las Palmas a ayudar a Fernández de Lugo en la batalla de La Laguna, donde murió en combate Quebehi Imoha Benkomo, el padre de la Patria, gracias a la ayuda que prestó el traidor Guanarteme.

Ahora que se está reformando la catedral lagunera, y ya han llegado sólo los fondos para las bóvedas nuevas, no se puede permitir que se terminen las obras y siga allí esa infamante tumba del bandolero que conquistó Tenerife.

En 1975, un comando que enviamos especialmente pasó una noche completa dentro de la catedral llenando de pinturas las paredes con consignas para que sacaran los restos de Fernández de Lugo de dicho templo, cuya lápida fue pintada de negro. La catedral se cerró una semana para reparar las pintadas, pero no se tomó en cuenta lo que decíamos, y fue una lástima.

Es hora ya de que se saquen esos restos, que avergüenzan a todos los canarios, y se los entreguen a los descendientes del citado bandolero, la familia de los Benítez de Lugo y los marqueses de Celada —que hay muchos aquí, en la isla— y que los entierren donde ellos quieran, en sus panteones o donde sea, pero que los saquen de la catedral lagunera.

Personalmente tengo mucho interés en esto, pues mi tatarabuelo, Atanasio Nóbrega, de Las Palmas, al venir a Tenerife y casar, el 21 de abril de 1840, con mi tatarabuela Severina González Rivero, de Tacoronte, fue nombrado sochantre administrador de la nueva catedral, antigua iglesia de Los Remedios, ya que Dña. Severina era sobrina del deán don Isidoro Rivero y al mismo tiempo del deán Benkomo, de la familia del último Mencey, y no pudieron hacer nada en aquel tiempo porque los descendientes del citado bandolero controlaban la Inquisición y sus tribunales.

Todos los laguneros, tinerfeños, canarios en general y patriotas de todas las islas estaríamos dispuestos a colaborar económicamente con aportaciones dinerarias para la reconstrucción de la catedral de La Laguna, a condición de que saquen de allí los restos del bandolero que conquistó Tenerife. El Obispado debe tomar en cuenta esta sugerencia y, por ahora, cuenta ya con 100 euros de mi parte. Hablé anoche con el cura Fernando Báez, de la isla de Las Palmas, buen patriota, y me dijo que para eso se podrían recoger donaciones en las iglesias de todas las islas, y que contaran con la suya y la de muchos curas amigos patriotas, dándome permiso para decirlo.

Fernández de Lugo, junto con el también bandolero Pedro de Vera, hicieron innumerables crímenes en Las Palmas y su recuerdo aún persiste en toda la isla, así como en La Gomera.

Ya va siendo hora de limpiar y adecentar nuestra historia.

Fuente: El Día

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Cortesía de Fabián Trujillo Plasencia.

[*Otros}– Los órganos de La Palma, un patrimonio olvidado

17-09-09

José G. Rodríguez Escudero

Introducción

Según el principio en que se basen, los instrumentos de teclado pueden dividirse en dos grupos: el del órgano, y el de los instrumentos cuyo sonido es el producido por cuerdas vibrantes golpeadas (clavicordio, piano) o pulsadas (clavicémbalo).

El órgano es el más antiguo de los instrumentos de teclado. La palabra órgano deriva del griego ÓRGANOn, que significa máquina, utensilio o instrumento. Los primeros órganos se llamaron organa hidráulica (máquinas hidráulicas) o sencillamente hydra o hydraulis. Sólo a partir del siglo IV se les dio el nombre de organum.

Indiscutiblemente, los órganos de La Palma son parte importante de un valioso legado patrimonial heredado de unas orgullosas generaciones que, inexplicablemente, yacen abandonados en los coros de nuestros preciosos templos en espera de convertirse en polvo.

Muchos alemanes e ingleses, después de la conquista de Benahoare (La Palma), nos visitaron y dejaron sus valiosos instrumentos musicales. Los encontramos en San Francisco (1790), El Salvador (1823), Las Nieves (1857), San Andrés (1872), San Mauro de Puntagorda (1889), etc. Estos dos últimos han sido los que mas tardíamente se han incorporado al patrimonio de la Iglesia y que, a pesar de que ninguno ha sido restaurado, están bien conservados.

En los primeros siglos de su existencia, la Iglesia Cristiana se encontró ante el dilema de admitir o no la música durante las ceremonias religiosas. Los Padres de la Iglesia, en sus escritos, se mostraron fuertemente reacios al empleo de instrumentos musicales, considerándolos impropios para el culto. Solamente el canto era tolerado como forma de oración que elevaba el alma hacia Dios. Sin embargo, el órgano, aunque no estaba admitido por la Iglesia, gozaba de la admiración de sus representantes. El teólogo y exegeta egipcio llamado Orígenes (c. 185- 254) comparó la Iglesia con un órgano y San Gregorio Magno (540-604) lo consideró el símbolo de la Sancta Praedicatio.

Carecemos de documentos que atestigüen la introducción del órgano en la Iglesia, pero puede suponerse que Giorgio da Venecia, después de haber cumplido el encargo del rey de Francia, no resistió la tentación de construir también un instrumento para el convento en el que residía. Además, es muy probable que transmitiera sus conocimientos a otros monjes. En efecto, en los siglos siguientes, los constructores de órganos fueron en su mayoría religiosos.

Cuando se constató que el sonido del órgano no sólo sostenía o reemplazaba muy bien a las voces, sino que añadía cierta solemnidad a las ceremonias religiosas, el instrumento empezó a ser aceptado y difundido.

A principios del siglo X aparecieron los tratados sobre la construcción de órganos. En los siglos siguientes la difusión de este instrumento avanzó sin interrupción hasta que el Concilio de Milán (1287) admitió oficialmente su utilización en el culto religioso.

Originalmente, el órgano portátil estaba compuesto por cortos tubos de pico, con un teclado y un pequeño fuelle que el ejecutante accionaba con la mano izquierda. Se tocaba teniéndolo sobre las rodillas o suspendido del cuello por medio de una correa.

Una variedad más grande y más pesada de órgano portátil fue el positivo (del latín posare), que se colocaba en el suelo o encima de una mesa. En cuanto al realejo, era una versión del positivo con tubos de lengüeta. Estos instrumentos, que podríamos llamar de salón, se usaron hasta la aparición del clavicordio y del clavicémbalo.

La última innovación introducida en la baja Edad Media fue la caja de órgano. Los instrumentos antiguos y los de la alta Edad Media no poseían una caja cerrada. En el siglo XI se cubría el órgano con una especie de funda de tela y madera para preservarlo del polvo. La caja de madera se empezó a construir en el siglo XIV con el fin de proteger los tubos. La parte delantera o fachada se abría y cerraba por medio de postigos que se decoraron con pinturas, tallas y dorados, por lo que el órgano cobró una importancia arquitectónica en el conjunto de la iglesia.

El pedalero es una especie de teclado para los pies que ha tenido formas distintas a lo largo de su evolución. Su invención suele atribuirse a un tal Bernardo “el Alemán” en 1470, sin embargo, existen pruebas de que los pedales se introdujeron en época anterior. En su desarrollo se pueden distinguir varias etapas, desde que se les añadió unos tubos (bordones) accionados por válvulas situadas a la izquierda del teclado, pasando por el acople a los bajos del teclado manual de unos pedales o teclas (separatio), hasta que en el siglo XIV apareció el pedalero independiente del teclado manual, con teclas y juegos de tubos propios.

Los tubos están divididos en los que son de embocadura y los de lengüeta repartidos en diversos registros. La altura del sonido depende de la longitud del tubo; la intensidad, de la amplitud de su embocadura, y el timbre, del diámetro, de la forma y del material empleado en su fabricación. Antiguamente se emplearon metales preciosos, cuero, cartón, caña de bambú y vidrio. Más tarde se utilizó el cobre y el bronce, la madera y el zinc.

A los órganos también se les había aplicado motores de diversos tipos, como los térmicos, hidráulicos, de gas, etc.

El aire de los fuelles es recibido por la parte del órgano denominada secreto, y es donde se insertan los tubos. Está conectada con los teclados por medio de distintos mecanismos.

Un órgano puede tener de uno a seis teclados, dispuestos de abajo hacia arriba en este orden: positivo, gran órgano, brustwerk (recitativo), oberwerk y eco.

Los fuelles eran llamados por el prestigioso organista Juan Sebastián Bach (1685-1750) “los pulmones del órgano”. Inicialmente eran unos simples fuelles de forja. Más tarde se modificaron para evitar su rápido desgaste y se construyeron enteramente de madera; los pliegues eran también unas tablillas de madera muy delgadas unidas mediante bisagras. En el siglo XIX se inventó un gran fuelle múltiple con un depósito de aire que aseguraba una presión constante. Se movían a mano –con la ayuda de varios artefactos para ahorrar esfuerzo y personal- hasta el siglo pasado, en que se aplicaron, como dijimos, motores de diversos tipos.

La generación de nuestros padres añora el sonido de este fabuloso instrumento durante las “Misas de Luz” en Navidad, en Bodas, Misas solemnes, exequias, Fiestas de la Cruz, Bajadas de la Virgen, etc. Inexplicablemente dejó de oírse y muchos de sus tubos de estaño yacían hasta hace poco en el suelo. Otros han desaparecido. Triste suerte para una obra de arte y para el símbolo eclesiástico musical por antonomasia de la Isla.

Existe una confusión generalizada en cuanto a los términos organero y organista. Por el primero definimos al que fabrica y repara órganos, mientras que por organista nombramos al músico que lo toca. Como ejemplo de este último, es preciso mencionar a nuestra paisana palmera doña Inés Sánchez Bravo (Profesora Superior de Órgano). Gracias a su amable y desinteresada colaboración ha sido posible plasmar en este artículo la mayoría de las descripciones e informaciones sobre nuestros órganos.

En la primera mitad del siglo XIX, un organero palmero, Don Gregorio Medina Acosta, construyó los órganos de San Blas, de Villa de Mazo, y de la Virgen de Los Remedios, de Los Llanos de Aridane.

La construcción del órgano del Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves, Patrona de La Palma, en 1857, fue un momento decisivo para la historia de la música en la Isla. Esto hizo que Don Manuel Henríquez Pestana lo tomara como modelo y llevara a cabo la ejecución de los órganos de Nuestra Señora de Bonanza (El Paso), San José (Breña Baja), San Pedro (Breña Alta) y San Juan (Puntallana).

Órgano de La Encarnación (Santa Cruz de La Palma)

El precioso organillo portátil (diminuto) o procesional que se custodia en la bella y antiquísima iglesia parroquial de Nuestra Señora de La Encarnación, extramuros de la capital, fue construido en 1658. Está considerado como el más valioso de sus características en el Archipiélago. Su larga restauración —se encontraba muy deteriorado— se llevó a cabo en Norden (Alemania) por el organero Bartelt Immer, y en 2007 se mostró al público en todo su esplendor en sendos conciertos. Uno de ellos lo ofreció el prestigioso organista Liuwe Tamminga el 31 de octubre de ese año.

Se conservaba parte del teclado, su caja (empleada como mueble para guardar ornamentos en la sacristía), y gran parte de la tubería que incluye tubos de metal y de madera.

Según el profesor palmero Jesús Pérez Morera, estamos ante el pequeño órgano positivo de mesa u organito de calle, que fue del monasterio de Santa Catalina de Siena, está fechado en 1620 y es el más antiguo del Archipiélago, traído presumiblemente de Sevilla por los fundadores del convento después de 1624.

Órgano de Las Angustias (Los Llanos de Aridane)

Tras la restauración del Santuario de Las Angustias, de Los Llanos de Aridane, entre 1980 y 1985, se sintió también la necesidad de rescatar su órgano. Se recuperó su caja, que ha respetado el modelo original, y que ha llevado a cabo una alemana afincada en la Isla. En la sacristía de esta ermita se podía encontrar gran parte de la tubería de metal original. Fue restaurado por don Federico Acitores, y el concierto inaugural corrió a cargo de la mencionada profesora Inés Bravo el 19 de julio de 1998.

Órgano de San Francisco (Santa Cruz De La Palma)

El Real Monasterio de La Inmaculada Concepción, de Santa Cruz de La Palma, fue fundado por disposición de la Reina Doña Juana en 1508. En esta histórica iglesia, hoy San Francisco de Asís, se conserva un órgano alemán de 1790 con una decoración tipo Luis XVI. Un precioso instrumento de un solo teclado (en lamentable estado y con las teclas arrancadas), sin pedalero, y con cuatro registros para tiples, cuatro para los bajos. Nunca ha sido restaurado.

Órgano de San Blas (Mazo)

Fue construido en 1798 y adquirido tras su compra a la iglesia de El Salvador al efectuar en este suntuoso templo capitalino unas polémicas obras de remodelación de su interior en el siglo XIX. Debido a un mal montaje en su nueva ubicación, nunca ha podido sonar. Es inconcebible.

Órgano de Los Remedios (Los Llanos de Aridane)

El organero palmero Don Gregorio Medina Acosta, en 1811 construyó el órgano de Los Remedios de Los Llanos de Aridane. Sus tubos son de diferentes épocas, así los de la fachada no pertenecen a la época de su ejecución. Tiene cuatro registros para los tiples y otros tantos para los bajos. Tiene un solo teclado y no posee pedalero. Se puede leer en su parte posterior la inscripción: Hízose en este lugar de Los Llanos año de 1811.

Órgano de El Salvador (Santa Cruz de La Palma)

La Parroquia Matriz de El Salvador del Mundo, en la capital palmera, tiene el instrumento más completo de la isla y uno de los mejores en cuanto a su calidad; no en vano estamos ante el templo más importante de La Palma. Fue construido por dos organeros alemanes en 1823 y tiene dos teclados y pedal, obsequio de don José Gabriel Martín. Está situado sobre el fabuloso coro rococó al fondo de la nave principal.

Órgano de Las Nieves (Santa Cruz de La Palma)

En el Real Santuario de la Patrona insular podemos admirar un órgano inglés de un teclado, sin pedalero, con cinco tiradores de registros en los que podemos leer: Open diapasón Bass, Open Diapasón Treble… Los tubos de la fachada son falsos (no suenan) y de madera. En su parte posterior reza la siguiente inscripción: Se estrenó en la noche de la Natividad D Ntro Señor Jesucristo. Año 1857.

Es uno de los pocos órganos que ha sido restaurado. Sin embargo, al no haber sido usado en los últimos tiempos, se ha vuelto a deteriorar. Los solemnes y multitudinarios actos que se celebran constantemente en este recinto sagrado, el más visitado de La Palma, se verían magnificados con este instrumento.

Órgano de Nuestra Señora de Bonanza (El Paso)

Fue construido por el organero palmero don Manuel Henríquez Pestano, como hemos dicho, al igual que otros tres en toda la Isla. Tiene sólo un teclado y carece de pedalero. Ha sido restaurado por Acitores en 1989. Respetó el fuelle y se le añadió un motor eléctrico.

Tiene los registros partidos:

• Quincena (bajos) – Quincena de tiples

• Flautado – Octava

• Bordón (bajos) – Bordón (tiples)

Órgano de San José (Breña Baja)

La antigua iglesia del Patriarca San José, de Breña Baja, aún sigue siendo restaurada, por lo que su órgano ha sido trasladado provisionalmente al otro templo modernista de la misma advocación. Como el mencionado anteriormente, tomó como ejemplo al de Las Nieves en la segunda mitad del XIX. También son falsos sus tubos de madera de la fachada. Sólo posee un teclado pero no pedalero. Así mismo sus registros son partidos para tiples y bajos.

En una placa que se encuentra en la parte delantera aparece el nombre de su autor, el lugar y la fecha: por Manuel Henríquez Pestana. Santa Cruz de La Palma, 1865.

Órgano de San Pedro (Breña Alta)

En torno a 1870, este mismo maestro palmero, Don Manuel Henríquez, construyó el penúltimo de sus órganos. Se trata el de San Pedro Apóstol, de Breña Alta. Comparte características con el resto de los órganos salidos de sus manos. Su estado de conservación es lamentable, a pesar de que la tubería “milagrosamente” se mantiene en pie. En su interior puede apreciarse: el fuelle, los tiradores de registros y la mecánica.

Órgano de San Juan Bautista (Puntallana)

En la fabulosa iglesia de San Juan Bautista, del término municipal de Puntallana, se guarda el último de los órganos construidos por el maestro Henríquez, y como los mencionados de las parroquias de El Paso y de las dos Breñas… todos de a cuatro y media octava bastante elogiados por los inteligentes.

Esta iglesia de San Juan Bautista es uno de los templos más singulares de La Palma, declarado por el Gobierno de Canarias “Bien de Interés Cultural, con la categoría de Monumento” (Boletín Oficial de Canarias, nº 103, 22-VIII-1994).

Sin duda, este maestro organero heredó las habilidades de su progenitor, don Rafael Henríquez, el cual adquirió fama en la Isla por los instrumentos musicales y artilugios mecánicos que fabricaba.

Órgano de San Andrés (San Andrés y Sauces)

El del antiguo templo de San Andrés (del municipio norteño de San Andrés y Sauces) está datado en 1872 y tampoco ha sido restaurado. Es de registros partidos (típicos de los órganos españoles), cuatro de mano derecha y otros tantos de mano izquierda. Tiene la fuellería en el techo del órgano.

Órgano de San Mauro (Puntagorda)

El instrumento de San Mauro —o San Amaro— de Puntagorda era custodiado en este antiguo templo hasta que los feligreses, temiendo el desplome del templo debido a su estado de ruina, lo trasladaron a la nueva iglesia.

Es francés, de 1889, y pese a su antigüedad y a que no ha sido restaurado, se conserva bastante bien. En su parte trasera hay una inscripción que reza: Se inauguró el 7 de julio 1889. Sus registros son los típicos románticos:

• Vox humana 8’

• Vox celeste 8´

• Plein feu

[Col]> El trabajo creador del canario Tomás Felipe Camacho / Estela Hernández Rodríguez

26-08-2009

La provincia de Pinar del Río, en el occidente cubano, guarda una de las historias humanas y sensibles que reviven la belleza de las flores, y es precisamente allí donde se atesora gran parte de la belleza ecológica de nuestra isla.

Tal afirmación la pude constatar un día en que la visité, junto con un matrimonio que vino de España, y porque fue un día gris y de lluvia no se hizo tedioso el traslado de los más de 160 kilómetros de recorrido desde la capital hasta esa provincia.

Allí recorrimos varios lugares. El primero un cafetal, del siglo XIX, que perteneció a un francés y que todavía guarda restos de los barracones donde vivían los esclavos. También pueden verse todavía los implementos rústicos con que despulpaban el café y que les hacía duro ese trabajo. También, en Viñales, un lugar dibujado con la belleza de mogotes, visitamos la Casa del Veguero, la que se encuentra en un área de tierra que donó un descendiente de isleño, José Manuel Sixto, de setenta y siete años. La hija de éste explica a los visitantes todo el proceso de siembra y cosecha del tabaco. Y también “Las Terrazas”, que es otro lugar turístico donde vivió el cantautor Polo Montañés y que, luego de su muerte, se conserva esa casa como museo.

Pero uno de los lugares que nos llamó la atención, por la vinculación que guarda con un nativo canario, fue Soroa, ubicada en la Sierra del Rosario, en Pinar del Río. Un entorno montañoso con alturas de hasta 500-600 metros sobre el nivel del mar y que ha sido declarado reserva de la biosfera. Allí pude conocer, por los guías que nos atendieron, esta historia de la creación y legado de lo que llaman “orquideario”, un patrimonio nacional.

Tomás Felipe Camacho fue un Canario que emigró a Cuba, y en esta isla que lo acogió, no le fue económicamente mal, pues llegó a ser un acaudalado abogado. Era casado y tenía cuatro hijos: tres hembras y un varón.

La vida le propinó un fuerte golpe cuando una de sus hijas murió de parto. Desde ese momento se dio a la tarea de crear un lugar en homenaje a ella y a su propia esposa, pues a ambas les gustaban muchos las flores. Por este motivo se trasladó a vivir desde La Habana a Soroa, y esa provincia pinareña se instaló.

En 1943 comenzó a traer de todo el mundo plantas y flores, preferentemente orquídeas. Entre otras especies de plantas se conservan en ese lugar el Cuerno de Alce, Pata de Elefante, Zapatilla de Baile, Rosa de Porcelana, y, sobre todo, un algarrobo que tiene más de 200 años, árbol que ya se encontraba en ese sitio antes de la creación de ese jardín inmenso y natural, y por el conocimiento que tengo acerca del garoé, nada hay más parecido a él que este algarrobo.

Para nosotros fue una sorpresa cuando una de las guías nos convidó a oler una orquídea pequeña, que tiene como perfume el olor del chocolate, y ver otra que vive en una mata de café. Eso sin olvidar uno que otro colibrí, que al parecer no querían dejar de participar en la foto, de ahí que de cuando en vez apareciera alguno entre las plantas.

Para construir este maravilloso lugar, que hoy es la atracción de todo el que lo visita, el canario Tomás Felipe Camacho trabajó nueve años e invirtió un millón y medio de pesos.

El orquideario está dentro de la extensa área de la casa donde vivía. Una belleza que expone más de 700 especies, una verdadera joya de colorido ecológico que puede apreciarse desde la entrada al lugar hasta la bajada que por unas escaleras lleva a la salida. Hoy se utiliza como centro de investigaciones, de exhibición y también de experimentación por los Ministerios de Educación y de Ciencia de Cuba.

El orquideario de Soroa también posee una biblioteca especializada en esas flores, y cuenta con volúmenes valiosos que datan del siglo pasado.

Al paso por Cuba de dos feroces huracanes, Gustav e Ike, el orquideario fue casi totalmente destruido, pero las manos laboriosas de sus científicos y trabajadores hicieron posible, seis meses después, que la obra del tinerfeño Tomás Felipe Camacho no se perdiera. Ellos realizaron el saneamiento del arbolado, aplicando la reproducción in vitro en coordinación con el resto del sistema de jardines botánicos de Cuba, y gracias a ello el lugar exhibe nuevamente, en sus pabellones y jardines, las numerosas especies que el tinerfeño legó a la Isla.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana, Cuba.