[*Opino}– El mal uso y abuso de Internet

Carlos M. Padrón

Creo que fue en 1996 cuando me por primera vez me llegó por correo electrónico la historia que copio más abajo y que, a juzgar por cómo estaba escrita, era una típica traducción del inglés hecha por alguien que poco sabía de español; era lo que llamo una traducción chicana, obra de quien nació en USA y aprendió el español en USA; tal vez algo en una escuela y el resto escuchando hablarlo a sus padres.

Recuerdo también que le corregí los errores más gordos y la reenvié.

Ahora, doces años más tarde, reaparece, y ya sé que se trata de hoax, pues busqué en Internet y es la propia Stanford University la que declara que tal historia no es cierta.

La copia que de ese historia va más abajo está tal y como me llegó, y añado lo que acerca de ella encontré en Internet.

EL VESTIDO DE ALGODON BARATO

Una mujer en un desteñido vestido de algodón barato y su esposo, vestido con un raído traje, se bajaron del tren en Boston, y caminaron tímidamente sin tener una cita a la oficina de la secretaria de Presidente de la Universidad de Harvard.

La secretaria adivinó en un momento que esos venidos de los bosques, campesinos, no tenían nada que hacer en Harvard y probablemente no merecían estar allí.

‘Desearíamos ver al presidente’ dijo suavemente el hombre.
‘El estará ocupado todo el día’ barbotó la secretaria.
‘Esperaremos’ replicó la mujer.

Por horas la secretaria los ignoró, esperando que la pareja finalmente se desanimara y se fuera. Ellos no lo hicieron, y la secretaria vio aumentar su frustración y finalmente decidió interrumpir al presidente, aunque era una tarea que ella siempre esquivaba.

‘Tal vez si usted conversa con ellos por unos minutos, se irán’ le dijo.
El hizo una mueca de desagrado y asintió. Alguien de su importancia obviamente no tenía el tiempo para ocuparse de ellos, y el detestaba los vestidos de algodón barato y los raídos trajes en la oficina de su secretaria.

El presidente, con el ceño adusto, se dirigió con paso arrogante hacia la pareja.

La mujer le dijo: ‘Tuvimos un hijo que asistió a Harvard por solo un año. El amaba a Harvard. Era feliz aquí. Pero hará un año, murió en un accidente. Mi esposo y yo deseamos levantar un memorial para él, en alguna parte del campus’ .

El presidente no se interesó. El estaba en shock.

‘Señora’, dijo ásperamente, ‘No podemos poner una estatua para cada persona que asista a Harvard y fallezca. Si lo hiciéramos, este lugar parecería un cementerio.’ .

‘Oh no’, explicó la mujer rápidamente. ‘No deseamos erigir una estatua. Pensamos que nos gustaría donar un edificio a Harvard’

El presidente entornó sus ojos. Echó una mirada al vestido de algodón barato y al traje raído, y entonces exclamó …..¡Un edificio! ……..¿Tienen alguna remota idea de cuánto cuesta un edificio?… .. Hemos gastado más de siete millones y medio de dólares en los edificios aquí en Harvard!’

Por un momento la mujer quedó en silencio. El presidente estaba feliz. Tal vez se podría deshacer de ellos ahora.

La mujer se volvió a su esposo y dijo suavemente.. … ‘¿Si eso es todo lo que cuesta iniciar una universidad? …..¿Por qué no iniciamos la nuestra?’ Su esposo asintió.

El rostro del presidente se oscureció en confusión y desconcierto.

El Sr. Leland Stanford y su esposa se pararon y se fueron, viajaron a Palo Alto en California, donde establecieron la universidad que lleva su nombre, la Universidad Stanford, en memoria de un hijo del que Harvard no se interesó.

Usted puede fácilmente juzgar el carácter de los demás por la forma en que tratan a quienes piensan que no pueden hacer nada para ellos.

HISTORIA VERDADERA por Malcolm Forbes.

Resultado de mi búsqueda en Internet

The Truth: According to Stanford University, this e-Rumor is not true. Leland Stanford was once governor of California and in 1876, he bought the first of what would become more than 8,000 acres of land on the San Francisco peninsula. Leland and Jane Stanford had one son, Leland, Jr., but he never attended Harvard. He died at the age of 15 on a family trip to Italy, but from typhoid fever, not from an accident. Within a few hours of his son’s death, Stanford said to his wife, “The children of California shall be our children.” That was the beginning of Stanford University, according to the official account.

TRADUCCIÓN CMP

Según la Universidad Stanford (que está en Palo Alto, California), este e-Rumor (rumor propalado por medios electrónicos, como e-mail) no es cierto.

Leland Stanford fue una vez gobernador de California, y compró lo que luego se convirtió en 8.000 acres de tierra en la península de San Francisco. Leland Stanford y su esposa Jane tuvieron un hijo, Leland Junior, que nunca asistió a Harvard, pues a la edad de 15 años y durante un viaje familiar a Italia murió de fiebre tifoidea y no víctima de un accidente.

A pocas horas de la muerte de su hijo, Leland Stanford padre dijo a su esposa: “California será nuestro niño”. Éste fue el comienzo de la Universidad Stanford, según los registros oficiales.

MORALEJA.- Lo que de este corte llegue por e-mail hay que tratarlo con escepticismo y someterlo a minucioso escrutinio antes de darle crédito. Algo que deberían seguir a pie juntillas todos a los que llamo “reenviadores compulsivos”, ésos que, sin más, sin corregir, limpiar ni editar lo que reciben —y muchas veces sin borrar ni ocultar las direcciones—, reenvían alegremente todo lo que reciben.

Esta e-plaga es muy frecuente en los “novicios en Internet” que creen que todo lo que les llega por e-mail es una novedad que nadie ha visto todavía, y la reenvían alegremente, en cantidades que recuerdan una ametralladora, inundando con textos e imágenes de más de un decenio en la Red, las bandejas de entrada de sus indefensas víctimas.

Lamentablemente, todos fuimos así en nuestros ciber-comienzos, pero como el fenómeno aumenta exponencialmente, tal vez sea uno de los argumentos en ue se basen quienes quieren llegar a cobrar por el uso de Internet.

[*Opino}– España – El 73% de los trabajadores se sienten ‘quemados’ con su trabajo

Me gustaría saber qué resultados arrojaría esta encuesta en otros países como, por ejemplo, los de toda América, India, Corea, Japón y Australia. Me atrevería a apostar que el porcentaje no llegaría a la mitad que el dado para España.

Ese 73% se debe a que en España se le tiene al trabajo una aversión generalizada que no he conocido en ningún otro país.

Se le mira como un castigo, como una maldición, como algo de lo que hay que apartarse a como dé lugar, y tal vez a eso se deba el estilo de gerencia que causa en los subordinados los efectos descritos en el artículo que sigue, pues tal vez los gerentes descargan en maltrato a sus empleados el malhumor que les produce el tener que trabajar, y de ahí el alto porcentaje de personas que se enferman, real o imaginariamente, porque tienen que ir al trabajo.

En España no se entiende que trabajar a gusto es una verdadera y muy efectiva terapia contra muchos males.

Carlos M. Padrón

***

02/06/2008

MADRID.- Tres de cada cuatro trabajadores —en concreto, el 73%— sufren estrés en su ámbito laboral, y tres cuartas partes de ellos tienen problemas de salud por culpa de esta situación, siendo las dolencias más habituales la fatiga, dolor de cuello y de cabeza, irritabilidad, sensación de agobio, insomnio, falta de concentración y dificultades oculares.

Así lo refleja un estudio del Observatorio de Riesgos Psicosociales de UGT, que analiza más de 4.000 puestos de trabajo en diferentes áreas de actividad, como la hostelería, el textil, la enseñanza, la atención primaria y especializada, la cerámica y la industria cárnica, entre otras.

Las situaciones de estrés laboral, muy extendidas entre la población ocupada, pueden deberse a diversos factores, entre los que se encuentran la falta de autonomía en el puesto de trabajo, inseguridad respecto a las condiciones laborales y al futuro, e indefinición sobre las tareas a desarrollar.

El informe del sindicato revela además que siete de cada diez trabajadores se sienten “quemados” por su trabajo. Esta sensación se denomina síndrome de ‘burnout’ y está directamente relacionado tanto con factores físicos (cefaleas, dolores musculares, fátiga crónica, etc) y psicológicos (frustración, ansiedad, irritabilidad), como con aspectos organizativos (menor rendimiento, absentismo laboral).

Hablar a gritos, criticar la vida privada y ser amenazados, ignorados o asignados a lugares aislados son otras conductas que padecen algunos trabajadores en su lugar de trabajo y que pueden afectar a su salud.

Uno de cada cuatro, en riesgo de acoso

Según este estudio, el 26% de los trabajadores se encuentran en riesgo de acoso, al desarrollar su actividad en un ambiente que califican de “hostigador». Un 2% de las personas entrevistadas son víctimas de acoso moral en el trabajo de manera permanente y un 15% reconocen haber sido víctimas puntuales.

Además, el 43% de los encuestados dicen haber sufrido abuso por parte de sus superiores, y más de la mitad de las víctimas de acoso se quejan de haber recibido un comportamiento vejatorio mediante gritos. Este tipo de comportamientos puede provocar depresiones en los trabajadores y conducir, por tanto, a la baja laboral.

Dentro de los trabajadores que estaban de baja por depresión y que fueron entrevistados para el estudio, el 35% se vieron sometidos a intimidaciones y amenazas, el 32% a acoso moral, el 26% a algún tipo de violencia verbal, y el 23% sufrieron agresiones físicas.

La organización dirigida por Cándido Méndez denuncia que todos estos riesgos psicosociales se producen, principalmente, por una mala organización del trabajo y por un estilo de mando deficiente y, en la mayoría de los casos, autoritario.

Además, las empresas no están preparadas para resolver estos conflictos, pues una de cada tres deja que el problema persista al retrasar la toma de decisiones. “El problema de fondo es que en las empresas siguen primando los intereses económicos a la satisfacción o el bienestar de sus trabajadores», concluye UGT.

El Mundo

[*FP}– Nueve días (¡y diez noches!) en San Francisco

Carlos M. Padrón

Se dice que lo que mal comienza, mal acaba, y este nuestro viaje (Chepina y yo) a San Francisco entre del 19 y el 29 de mayo/2008 corrobora el dicho.

Vuelos con American Airlines (AA)

Hablemos primero de los trayectos en avión, o sea, del comienzo y final del viaje. Todo lo hicimos con AA, línea de mi preferencia desde que quebrara Pan American. Lo ocurrido en el viaje entre Caracas y Miami ya lo conté en Buhonería a bordo de American Airlines pero lo ocurrido en los dos vuelos entre Miami y Los Ángeles, y San Francisco y Miami —que ocurre ahora en todos los vuelos nacionales de American— no fue tampoco grato porque los aviones eran de cuerpo estrecho (B-757, un solo pasillo y dos filas de asientos triples cada una), y pasar 5 o más horas con el culo pegado a un asiento central o de ventana no es algo que resulte apetecible, pero en aviones de ese tipo, y llenos hasta la bandera, hay pocas opciones para moverse.

Para colmo, como AA está reduciendo personal, es el pasajero quien lidiando con un terminal de pantalla táctil tiene que facturar su equipaje para el que rige la norma de que si un bulto —maleta o lo que fuere— excede los 25 kilos de peso, no importando si el exceso es de sólo uno o de unos cuantos kilos, el pasajero debe pagar $50, y, luego de hacer la facturación, si lo logra, deberá esperar a que un empleado, de los pocos que sirven a varios terminales, le entregue la identificación a pegar en la maleta.

En la salida de vuelos dentro del territorio nacional de USA los controles de seguridad son un martirio que obliga al pasajero casi a desnudarse, y que en muchos casos le destruyen su maleta. Además, no hay ya comida gratis sino que por $5 ofrecen unos sándwiches de los que en un automercado cuestan menos de $3. Ante esto, muchos pasajeros han comenzado a comprar su propia comida, y cuando la consumen en la sala de espera del vuelo hacen que ésta parezca un lugar de picnic.

San Francisco y alrededores

Un conteo hecho de memoria indica que he estado en San Francisco una docena de veces (la cantidad exacta la sabré cuando termine el sumario de mis viajes internacionales) pero nunca como ahora el tiempo me jugó la mala pasada que, según dicen, es muy frecuente en esa ciudad. Los más de los días nos “deleitó” un frío que resultó tolerable hasta que estuvo acompañado de un viento que, aparte de desagradable, hizo que el frío resultara varios grados menos de los 12°C que el marcaba el termómetro.

Ante esto, concluí que a Mark Twain le asistía razón, además de su reconocido ingenio, cuando dijo que “El peor invierno que he pasado fue un verano en San Francisco”.

No sé si será por lo mucho que he viajado, y por eso me siento mal cada vez que tengo que hacer equipaje, o porque me estoy poniendo viejo, pero lo que sigue me hace sospechar que tal vez sea por lo segundo. Es sólo una sospecha,…

Entre los problemas del tiempo, que dispararon mi alergia a los cambios de temperatura, más el para mí desgraciado hecho de que las amplias ventanas del apartamento de mi hija tienen cortinas transparentes, y para poder dormir decentemente necesito yo oscuridad total, pasé las de Caín, y a pesar de las pastillas antialérgicas tuve casi permanentes molestias de inminente resfrío y afección de garganta; y a pesar de los somníferos sólo conseguí dormir entre 3 y 4 horas por noche, con lo cual pasé todo el tiempo con sueño y con frío. Y dormí menos aún la noche del 28/05 porque teníamos que salir para el aeropuerto a las 4.00 de la madrugada.

Así que desde los primeros días me convencí de que debería yo hacer lo imposible para que el “I left my heart in San Francisco” (dejé mi corazón en San Francisco) de la famosa canción no se me convirtiera en “I left my health in San Francisco” (dejé mi salud en San Francisco).

Para colmo, cuando a golpe de 5 de la mañana inevitablemente me explotaba en la cara la luz que entraba a raudales por las ventanas, entonces, y como para disuadirme de tratar de volver siquiera a dormitar, me “arrullaban” los típicos sonidos, muy parecidos a ladridos, que emiten las focas y leones marinos que están en Fisherman’s Wharf “trabajando duro” sobre unas balsas de madera,

Era un concierto como de lamentos que llegaban con toda claridad hasta el apartamento de mi hija, ubicado a 2.5 cuadras (bloques) frente al famoso Pier 39 y, por tanto, muy cerca del neurálgico Fisherman’s Wharf, atestado de turistas todos los días, manifestación social a la que, al igual que a las muchedumbres y las colas, también soy alérgico.

Por lo demás, tuve más tiempo que otras veces para pasear por la ciudad y percatarme de que no hay mal que por bien no venga, pues una buena consecuencia del alto precio de la gasolina es que hay menos tráfico rodado (excluyo los muchos tranvías) y el aire está más limpio, aunque ya los vientos se encargan de limpiarlo bastante.

Los muchos tranvías, algunos de ellos verdaderas reliquias de comienzos del siglo XIX,

funcionan muy bien, como todo el abundante transporte público, y son un icono de esa ciudad, aunque a decir de una joven venezolana el Metro de Caracas es más lindo que un tranvía hecho en Italia en 1845 en el que ella viajaba. “¡Trágame tierra!” pensamos avergonzados al escuchar esa manifestación de “cultura” criolla.

El asunto es tan grave que, desde el avión en vuelo, las anchísimas y usualmente congestionadas autopistas de Los Ángeles —ciudad en la que hicimos escala en el viaje de ida— se veían casi desiertas. Y en San Francisco el alquiler de un carro (coche) por día y medio costó más, gasolina incluida, que lo que por años pagué en USA por el alquiler y gasolina de toda una semana.

San Francisco tiene fama de ser la ciudad más tolerante de USA, y la que más homosexualidad (gays y lesbianas) oficial registra, y tal vez por eso se nota en sus habitantes, que exhiben aspectos a veces estrafalarios, una cierta calma en todo lo que hacen, y un aire de relax y tranquilidad, impropio de una ciudad tan grande, que le da un cierto cariz de pueblo.

Tipos disfrazados de payasos no son raros en San Francisco, como uno que, en evidente deseo de exhibirse y llamar la atención, daba vueltas y más vueltas a Union Square disfrazado de Batman,… y con pantalón de lycra a pesar del frío que hacía. Tuve la impresión de que eso lo hacía todos los días a la misma hora.

Sin embargo, las divisiones físicas vinculadas a lo social siguen vigentes en esa ciudad.

Cuando la visité, creo que por segunda vez, en 1982 me contaron la historia de que como los gays daban problemas a las autoridades que entonces no los querían en ciertas partes de la ciudad, llegaron con ellos al acuerdo de cederles para sus andanzas unas cuantas cuadras de la calle Castro. Los gays no sólo aceptaron sino que respetaron tan bien el acuerdo, con la consiguiente disminución de los problemas, que las autoridades accedieron a ampliarles hasta 8 la cantidad de cuadras asignadas a ellos, y en 8 estaban cuando con otros IBMistas fui a esa calle —convertida entonces, y por ese motivo, en atracción turística— y nos asombramos del decorado de las tiendas, cafés y demás establecimientos, y de ver cómo hombres, aparentemente hechos y derechos, se besaban en la boca en plena vía pública.

No sé si el acuerdo sobre el uso de la calle Castro seguirá vigente, pero sí noté que cuando desde Embarcadero se sube por la calle Market, una arteria principal, los transeúntes que uno encuentra lucen en su mayoría de una misma franja de clases sociales,…. hasta que al cruzar la calle Cyril Magnin cambia drásticamente el pelaje tanto de comercios como de transeúntes. Tal parece que de un lado de esa calle hay ciertas libertades que no se permiten del otro.

La comida del Fisherman’s Wharf ya me resulta la misma de siempre, pues en materia de cocina los useños tienen una notoria habilidad: consiguen que la carne y el pescado sepan igual, y no creo que sea por algún truco de alquimia sino porque usan el mismo aceite para freír ambos. Los italianos los acusan de haber desvirtuado totalmente la pizza, y yo insisto en que, en materia de pastas, no tienen ni idea del importante punto “al dente”, y la cuecen tanto que la dejan como eso, como una pasta.

Tal vez porque, como ya he dicho antes, no soy amigo de restaurantes ni de vivir para comer, sigo comprobando que la comida de los mejores restaurantes useños que he visitado —ésos de fama a los que IBM solía invitar a sus clientes o donde efectuaba banquetes de premiación con sus gerentes— no vale, en mi opinión, el precio que cobran por ella. Insisto en que si bien en materia de hotelería funcional y práctica los europeo deberían aprender de los useños, éstos, en materia de comida, deberían aprender, pero no aprenden, de los países mediterráneos, aunque, eso sí, reconocen que la comida de éstos es “delicious!”.

El paseo por la bahía —tercera vez que lo hago— continúa ofreciendo una foto que por obra del montaje hace que uno aparezca frente al Golden Gate,

y continúa siendo amenizado por la misma grabación de fondo del Capitán Nemo y los mismos comentarios sobre Alcatraz

y otros puntos menos famosos. Y el puente Golden Gate sigue siendo espectacular, no importa desde donde se lo mire, en foto con o sin montaje,

.

así como la ciudad vista desde el mar

o vista desde el embarcadero del Pier 39

El recorrido por Carmel y Monterrey (los useños escriben Monterey) —segunda vez que lo hago— continúa también siendo el mismo aunque mucho más congestionado porque lo hicimos durante el fin de semana largo a que dio lugar el lunes 26/05, feriado nacional por Memorial Day. con muchos más turistas y mucho más frío, como puede deducirse por nuestro equipamiento

Y Carmel sigue exhibiendo su famoso roble solitario,

La visita al Valle de Napa, zona de los viñedos —tercera vez que la hago—, ha subido de precio,

Chepina en la casa de vinos Arrow, con un viñedo al fondo.

y ahora por degustar un par vinos cobran $5, y en un restaurante de Sonoma pretendían cobrar $11 por una simple copa. Digo pretendían porque me negué a pagar ese precio.

Con los viñedos Arrow al fondo, aquí aparece mi hija Elena… en la penunbra. ¡Como extraño mi reflex! Pero pesa mucho y abulta más.

Si antes había en San Francisco muchas persona de origen chino, ahora hay más, y hay también muchas de la India y de América Latina. Lo que se escucha en calles y tiendas es una Babel, que se manifiesta en alta voz gracias a los benditos celulares, artilugio que vimos hasta en manos de un (¿supuesto?) mendigo. Una buena consecuencia de esto, yo diría que debida a la abundancia de latinos, es que el café expreso se consigue casi en todas partes y ya no tiene uno que transigir con al agua sucia que, al menos para mí, es el café conocido como “tipo americano”.

En una de las varias sesiones de largas horas que pasé despierto por las causas ya mencionadas, un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando caí en cuenta de que en menos de dos meses alcanzaré la edad que tenía mi padre cuando vinimos a Venezuela,… y entonces yo lo veía a él como un anciano.

¿Será que estoy viejo? '(

Pero no es por los años por lo que aseguro que ya pasaron los tiempos en que viajar era un placer. Creo que lo que en materia de viajes en avión disfrutamos en los años 70, 80 y 90 es parte de la historia, y algo que no veremos más.

Home, sweet home!

[*Opino}– Buhonería a bordo de American Airlines

Carlos M. Padrón

Lunes 19 de mayo de 2008. En el comienzo del viaje a San Francisco (California) que terminó ayer, Chepina y yo tomamos el vuelo 902 de American Airlines (AA) desde Maiquetía (aeropuerto de Cararas) a Miami.

De mi modorra mañanera me sacó una voz femenina que tarareaba canciones de cante jondo. Con asombro descubrí que era una de las aeromozas (azafatas) que mientras empujaba el carrito de las bebidas entonaba esas tonadillas que, como tanto “me gustan”, hicieron que pensara lo que luego los hechos confirmaron: “Este viaje comienza mal”.

De pronto caí en cuenta de algo insólito: la aeromoza de marras trataba de “cariño” a los pasajeros al preguntarles qué bebida querían (“¿Qué quieres, cariño?”) y al servírselas (“Aquí tienes, cariño”) y, para colmo, lo hacía con un acento marcadamente castizo que en esos vuelos Caracas-Miami, que he tonado decenas de veces en mi vida, sonaba como un pedo en misa.

Pero lo más insólito estaba por llegar. Terminada la distribución de bebidas, la tal aeromoza, con la más clásica de las técnicas buhoneriles, comenzó a ofrecer, a hurtadillas y sólo a las damas, bisuturía de su propiedad —que no de la líinea aérea, pues no había duty-free en ese vuelo— y lo hacía usando recursos netamente buhoneriles que incluían el consabido “Es el último que me queda”.

Como broche de oro, fue esa aeromoza la encargada de anunciar la feliz llegada a destino de nuestro vuelo, y al terminar ese mensaje con el acostumbrado “Gracias por volar con American”, con el mayor desparpajo añadió “… y por el placer de hacerlo conmigo”.

Chepina y yo no pudimos menos que preguntarnos qué estaba pasando en American Airlines y de dónde diablos había sacado esa línea aérea a tan estrafalario ejemplar de aeromoza que parecía producto de El Rastro, de Madrid.

Durante el resto del viaje supimos y pudimos comprobar que AA pasa por serios aprietos económicos, pero eso de someter a sus pasajeros al tuteo y a los muy “simpáticos” desplantes, típicamente castizos y de corte gitano y, sobre todo, permitir en sus vuelos el ejercicio clandestino de la buhonería, no es precisamente la mejor receta para paliarlos.

[*El Paso}– Acto de presentación del libro «Dándole vueltas al viento», y resumen curricular de su autor, Antonio Pino Pérez

El acto de presentación de “Dándoles vueltas al viento», libro de poesías de Antonio Pino Pérez, tuvo lugar en el Teatro Monterrey, de El Paso, el 26 de agosto de 1982.

Intervinieron,
• Rosario Pino Capote, hija del autor.
• Miguel Ángel Pérez Taño, abogado y amigo del autor. Actor en la representación de una obra suya.
• Luis Cobiella Cuevas, poeta, escritor y amigo. Licenciado en Química.
• Braulio Martín, profesor de EGB y amigo del autor.

cuyas intervenciones serán oportunamente publicadas en este blog.

También intervinieron:
• Francisco Viñas, poeta palmero que colaboró en la edición del libro con el Centro de Cultura Popular Canaria, del que era miembro.
• María Angustias Capote Díaz, quien recitó ”Desde Nambroque a la abismal Caldera”, uno de los poemas del autor.
• Antonio Abdo, dramaturgo, que recitó tres poemas, también del autor: “Soy”, “Viejo molino de viento”, y “Camino”

Finalmente, Juan Antonio Pino Capote, hijo del poeta, dirigió unas breves palabras de agradecimiento.

Sigue la aportación biográfica hecha por él:

Juan Antonio Pino Capote

Resumen curricular de Antonio Pino Pérez.

• Nació en la ciudad de El Paso, isla de La Palma (Canarias), el 16 de julio de 1904.

• Estudió el Bachillerato en el Instituto Cabrera Pinto, de La Laguna, Tenerife (Canarias).

• Comenzó los estudios de Medicina en Madrid y, sin terminarlos.

• Marchó a Cuba en 1928, regresando en 1932. En la Habana se distinguió como periodista, colaborando en la importante revista “Tierra Canaria”, formando parte de su cuerpo de redacción. Tuvo una actuación destacada en la Quinta Canaria, asociación que prestaba grandes beneficios a los residentes canarios en dicha isla.

• Regresó a Madrid, terminó la carrera de odontología y volvió a Santa Cruz de La Palma para ejercerla.

• Fue teniente de Alcalde de Santa Cruz de La Palma, y consejero de su Cabildo Insular.

• En 1937 volvió a su pueblo como odontólogo.

• Como alcalde sirvió también a su pueblo durante dos períodos, y, como concejal, ininterrumpidamente hasta su muerte. Merece especial atención el hecho de que resultó elegido varias veces concejal por el tercio de cabezas de familia, lo que demuestra su arraigo popular.

• Durante la erupción del volcán de Nambroque —junio de 1949 a febrero de 1950— su labor fue tan meritoria y destacada en la atención a los damnificados —buscándoles alojamiento, alimentación y, en fin, resolviéndoles cuantos problemas se presentaban a esta pobre gente en tan difícil situación— que el 9 de febrero de 1950 le fue concedida por el Ministro de la Gobernación la Cruz de Beneficencia con distintivo blanco. Con este motivo, el Ministro de la Gobernación visitó la Ciudad de El Paso.

• El aspecto más importante y destacado de su labor, tanto al frente de la Alcaldía como de concejal, estuvo centrado en la defensa del patrimonio municipal, llegando al sacrificio personal y económico de sus intereses en beneficio de su pueblo.

• Fue corresponsal del Diario de Avisos.

• En 1970 fue nombrado Hijo predilecto de la ciudad de El Paso, su pueblo natal.

• En colaboración con el Centro de la Cultura Popular Canaria, sus hijos editaron el libro titulado “Dándole vueltas al viento” que recoge una selección de sus mejores poesías.

• En la década de los 40 y 50 escribió la letra y guión de unos a modo de autos sacramentales en la calle, que se celebraban en la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, y posteriormente en las “bajadas de la Virgen del Pino”. La versión infantil del que lleva el nombre de “La Nave de la Esperanza” obtuvo premio en un certamen que se realizó posteriormente en Galicia.

Un comentarista ha dicho de él que “fue un escritor destacado no sólo al servicio de su pueblo sino de todos los problemas trascendentes de la isla de La Palma, siendo sus artículos publicados en distintos periódicos de la provincia. Poeta inspirado, fecundo, y realista, cantó los más diversos temas, figurando en una reciente Antología de Canarios”.

[*Opino}– ¿Es que toman al lector por tonto?

08.05.08

En BBC Mundo del 8 de mayo de 2008 aparece el artículo titulado «El “coqueteo” de las flores» del cual extracto lo que sigue:

Las flores “hacen señas” a los insectos para atraer su atención, asegura un equipo de científicos.

Para saber más sobre el tema, el doctor Warren y su colega, Penri James, experimentaron con la especie Silene Marítima, que crece en una costa expuesta dentro de un lugar de interés científico, situado en la Bahía Cardigan en el oeste de Gales.

Se dedicaron a observar 300 flores de tallos de variadas longitudes. Llevaron un registro del movimiento de cada flor en el viento, cuántas veces era visitada por insectos y por cuánto tiempo, y cuántas semillas produjo.

Su experimento reveló que las flores de tallos largos y delgados se mueven más en el viento.

Creo que cualquiera con dos dedos de frente sabe que las flores de tallos largos y delgados se mueven más en el viento. No hace falta que ningún científico con rango de doctor haga una investigación para llegar a esta conclusión. Entonces, ¿por qué publican algo así?

El estilo de BBC Mundo me hace pensar que, o toman al lector por tonto, o tienen que cubrir una cuota de espacio a llenar y echan mano de lo primero que encuentren. Y cuando transcriben las declaraciones de alguno de los personajes de sus reportajes, las trocean en diferentes párrafos y, por ejemplo, terminan el primero con un “declaró fulano”, el segundo con “añadió”, el tercer con “afirmó”, y así hasta hacer a veces cuatro párrafos de algo que bien pudo ponerse en uno.

Un ejemplo puede encontrarse en el artículo “América se pobló mil años antes”, también de BBC Mundo de fecha 8 de mayo de 2008

Tal como señala el profesor Pino, la nueva evidencia de Monte Verde apoya esa teoría de migración costera.

“Dibujamos el mapa de la costa de la época para calcular la distancia que tenían que recorrer para obtener algas de fondo rocoso y algas de fondo arenoso», señala el investigador.

“Y a pesar de esta ubicación tierra adentro, pudimos identificar hasta nueve especies distintas de algas, que los monteverdinos tuvieron que haber traído desde la costa», afirma el profesor Pino.

“La relación de las culturas antiguas con las plantas -explica el profesor Pino- ya sean plantas continentales o marinas es una relación que se origina muy lentamente».

“Lo vemos con las plantas medicinales, que sólo se desarrollan cuando hay una experiencia de muchas generaciones», agrega.

No veo nada de malo en resumir esto así:

Tal como señala el profesor Pino, la nueva evidencia de Monte Verde apoya esa teoría de migración costera.

“Dibujamos el mapa de la costa de la época para calcular la distancia que tenían que recorrer para obtener algas de fondo rocoso y algas de fondo arenoso, y a pesar de esta ubicación tierra adentro, pudimos identificar hasta nueve especies distintas de algas, que los monteverdinos tuvieron que haber traído desde la costa. La relación de las culturas antiguas con las plantas, ya sean plantas continentales o marinas, se origina muy lentamente. Lo vemos con las plantas medicinales, que sólo se desarrollan cuando hay una experiencia de muchas generaciones», afirma el profesor Pino.

BBC

[*FP}– Dos moscas por dos pesetas

Carlos M. Padrón

I

Cuando yo asistía en El Paso a la escuela primaria de don Enrique Campos —que estaba en los bajos de la casa de don Domingo Pulguita, en el extremo de El Callejón, como llamábamos, y aún llamamos, a la vía de unos 70 metros de largo que une el Camino Real con el patio de mi casa— a la hora del recreo, los muchachos solíamos organizar carreras de ida y vuelta entre la puerta de la escuela y el patio de mi casa.

Tanto en mi casa como en todas las de alrededor había animales domésticos, principalmente vacas, caballos, cochinos y gallinas, cuyo excremento atraía muchas moscas que estaban por todos lados, dentro y fuera de las casas. Y por lo menos una vez por semana, mientras jadeante disputaba yo una de esas carreras, sin querer me tragué una mosca, pero seguí corriendo porque, si no, era seguro que perdería la carrera. Igual hacían mis amigos competidores, y, que yo sepa, a ninguno nos pasó nada malo por la involuntaria ingesta de moscas.

Además, en el pueblo había tantas moscas que a veces sin correr sino con sólo estar hablando podía uno tragarse alguna porque, simplemente, eran muchas, y alguna se metía en la boca. Creo que de esa mala maña de tales insectos viene el dicho “En boca cerrada no entran moscas”.

A diferencia de los citadinos, quienes tuvimos la suerte de crecer y ser educados en un pueblo de campo eminentemente agropecuario, no padecemos de tontos ascos ante la presencia o la necesidad de lidiar con productos naturales, como excremento de animales, moscas, cucarachas, etc. Y si además nos tocó época de escasez, comemos sin chistar todo lo que sea comida; y en presencia de algún plato para nosotros extraño, casi desconocemos la expresión “Esto no me gusta”, o la horrible “¡Aaaasco!”, tan común entre los venezolanos, citadinos o no.

II

A los 10 años de edad comencé a estudiar bachillerato, y por algo cuyo origen nunca tuve claro —pero que creo obra de mi madre— en vez de presentar exámenes en el Instituto de Enseñanza Media de Santa Cruz de La Palma, lo hacía en el de Santa Cruz de Tenerife, donde para esos tiempos vivía ya, con su familia, mi tío-abuelo Pedro Castillo (Pedro Martín Hernández y Castillo)

Si yo aprobaba los exámenes, mis padres me dejaban quedar en Tenerife durante casi un mes, parte del tiempo en casa del tío Pedro (en Santa Cruz), y parte en casa de su hija Concha (en La Laguna), quien además de prima era también mi madrina de bautismo, y que, por cierto, falleció el día 12 del pasado mes de enero, a los 94 años de edad.

Estar en La Laguna no me gustaba, pues era una ciudad endiabladamente fría y húmeda durante todo el año. La humedad era tal que, como yo usaba entonces pantalón corto —el largo me lo pusieron cuando cumplí 14 años—, el agua escurría por mis piernas cuando en las tardes, aunque de verano, me obligaban a salir a pasear por la calle Carrera.

Para atender las labores domésticas, Concha se había traído de El Paso a una joven de nombre Carmen, quien en 1952, cuando yo tenía 12 años, tendría unos 15 ó 16.

Así lucía yo en los días a que se refiere esta historia. La pared del fondo es de la casa en que vivían Concha y su familia, en la calle Viana.

Un domingo de junio de ese año, al salir de misa con Concha, su marido y la hija de ambos, pasamos por el cine Parque Victoria —que estaba en la Plaza del Adelantado, donde hoy está la central telefónica— y vi que para la matinée de ese día anunciaban una película titulada “Los tres randas”. Sólo el título y el correspondiente afiche me abrieron el apetito por ver esa película, pero se me presentaba un pequeño inconveniente: la entrada costaba dos pesetas, y yo no las tenía.

Después de almorzar, Concha y los suyos fueron a echar una siesta, y yo me quedé en la cocina sentado a la mesa que allí había y viendo cómo Carmen, mientras lavaba los platos, con expresiones de mal humor espantaba las moscas que, huyendo del frío y atraídas por los restos de comida, revoloteaban a su alrededor y en torno a la mesa donde aún había platos con sobras del almuerzo.

Tal vez por buscarme la lengua o por “hacerme rabiar”, como allá se decía entonces, Carmen me preguntó qué iba yo a hacer esa tarde, pues bien sabía ella que yo no podía hacer nada. Le dije que me gustaría ir al cine pero que no tenía las dos pesetas que costaba la entrada, respuesta que la motivó a seguir metiéndome el dedo en la llaga que recién me había descubierto.

A una de sus puntillosas preguntas respondí diciéndole que yo haría cualquier cosa con tal de conseguir esas dos pesetas. Envalentonada, y mientras se sacudía de encima una molesta mosca, me preguntó:

—¿¡Cualquier cosa!? ¿Por una peseta serías capaz de comerte una de estas moscas?

—No, una no; me comeré dos moscas si me das dos pesetas.

Poniendo cara de asco, pero convencida de que yo solamente alardeaba, me dijo, muy seria y en tono de desafío, que sí, que si yo me comía dos moscas me daría dos pesetas.

Sin perder tiempo, y convencido de que si ella no me daba las dos pesetas al menos le haría pasar un mal rato, puse manos a la obra.

Tomé la más gruesa de las rodajas de tomate que habían sobrado de la ensalada, le quité las semillas y le dejé sólo la pulpa. Luego, haciendo uso de una habilidad que todos los muchachos de El Paso teníamos, esperé a que una mosca se posara sobre la mesa, y abordándola de frente, con un certero y rápido movimiento, cuando levantó vuelo la atrapé dentro de mi mano derecha.

Con cuidado, y manteniendo aún cerrada esa mano, introduje, entre su palma y el doblado meñique, el índice de la izquierda, y al dar con la mosca la maté apretándola contra la palma de mi diestra. Abrí luego la mano, le saqué las alas a la difunta —la religión auarita, la de los aborígenes de La Palma, considera sacrílega la ingesta de alas de mosca en los días domingo— y deposité su aún tibio cadáver en la pulpa de uno de los cuartos de la rodaja de tomate.

Para ese momento miré de reojo a Carmen y noté con satisfacción que los ojos se le salían de las órbitas y que, paralizada y olvidada de los platos y cubiertos que debía lavar, no me sacaba la vista de encima. ¡Mi venganza iba por buen camino!

Repetí la maniobra con una segunda mosca, cuyo cadáver recibió sepultura en el cuarto de rodaja diagonal al anterior.

Doblé entonces por la mitad la rodaja de tomate, y, mirando a Carmen directamente a los ojos, mientras yo ponía la típica expresión del goloso que está a punto de degustar un exquisito y esperado bocado, ¡me la comí!

No había yo terminado de engullir tal “manjar” cuando Carmen, ahogando a duras penas el grito que se le escapó al ver que yo me había comido la rodaja de tomate con su mosquil aderezo, partió en carrera hacia el baño, pero un poco tarde, pues vomitó en el piso antes de llegar a destino.

Asustada por si descubrían lo ocurrido, se dio a la tarea de limpiar su vómito, mientras en voz baja, para no despertar a los de la siesta, me prodigaba variados “piropos”.

Cuando al fin hizo desaparecer el corpus delicti, se acercó a la mesa donde yo, muy tranquilo, permanecía sentado, y quiso endilgarme una monserga aleccionadora, pero la detuve alargando mi mano al tiempo que le decía:

—¡Mis dos pesetas!

Sin dejar de refunfuñar por lo bajito, pues no convenía que se enteraran los de la casa, se fue a su habitación y regresó con las dos pesetas que, a regañadientes, depositó sobre la mesa frente a mí.

Y así pude ir al cine esa fría tarde dominguera.

III

Varias veces eché ese cuento en Venezuela, país en el que abunda mucho el no me gusta esto o lo otro, y donde, tal vez por influencia gringa, se trata de ocultar, disimular o hasta ignorar, lo natural. De ahí el fracaso del famoso Decreto 21 que en tiempos de Carlos Andrés Pérez quiso obligar a que los establecimientos, como gasolineras en las carretereras, tuvieran baños para uso público contrataran personal que los mantuviera limpios. El decreto murió de inanición porque nadie quiso ese trabajo.

Conociendo este punto flaco, le saqué buen provecho al cuento de “Dos moscas por dos pesetas”, pues cuando yo estaba en un grupo de gente de confianza, comiendo algo que a mí me gustaba, bastaba que yo echara el referido cuento para que alguna remilgada huyera de la mesa clamando el consabido “¡Aaaasco!”, tan común por estos lares, lo cual aprovechaba yo para hacerme del manjar que la remilgada había dejado abandonado.

Luego descubrí que, simplemente, la gente creía que eso no era cierto, que se trataba de un invento mío para conseguir esos manjares.

Cuando mi hija menor, Elena, tenía unos 7 años, como buena citadina sentía asco ante las moscas que, todavía a comienzos de los años ’80, había en La Trinidad (Caracas), donde está mi casa. Yo le mostraba cómo cazarlas y matarlas, y Elenita disfrutaba con la aniquilación que yo hiciera de cada una de las por ella odiadas moscas.

Aprovechando la condición de héroe que todo niño atribuye a su padre, inventé una especie de conjuro y le dije a Elenita que con él podría conseguir, si lo declamaba con energía y convicción, que las moscas huyeran asustadas.

A pesar de su corta edad, Elenita se aprendió de memoria el “tremendo repertorio” —así lo bautizó mi madre— y lo recitaba airada, como si de verdad fuera un efectivo talismán contra las moscas, o para deleite de quien se lo pidiera:

¡Moscas, temblad porque viene mi papá,
y él es el terror de las moscas!
En el mundo del insecto volador
no hay afaníptero que se le resista.

Más tarde supo que las moscas no eran afanípteros, y me hizo el correspondiente reclamo, pero hoy, después de tantos años, todavía recuerda Elena este “gran poema”.

IV

En algún momento del comienzo de mi relación con Chepina le eché el cuento de “Dos moscas por dos pesetas”, y además de que vi claramente que se sintió asqueada (otra citadina más), tuve la impresión de que no estaba muy convencida de que fuera cierto. Igual me había pasado, muchos años antes, con mis hermanas, pero, ¿qué otra cosa podía yo hacer si eso había ocurrido entre Carmen y yo? (y las moscas, claro).

En 2003 llevé a Chepina a El Paso por primera vez. Quise, por supuesto, que probara bocados típicos de mi pueblo, como leche con gofio (pero leche natural. recién ordeñada), higos pasados acompañados con queso, almendras y vino, etc. Pero cuando le pedí a mi hermana María Celia que consiguiera un queso ahumado hecho en la casa de algún conocido, me vino con la respuesta de que su primera proveedora no tenía queso, ni la segunda tampoco, que había que comprarlo en el supermercado.

Ni a mí ni a María Celia nos gustaba esa idea, así que ella hizo algunas llamadas telefónicas y encontró la solución: Carmen “la de los quesos” tenía uno disponible. Sin perder tiempo, metí a Chepina y a María Celia en el auto y, guiado por mi hermana, nos dirigimos a casa de la tal Carmen.

En el camino le pregunté a María Celia quién era esa Carmen, nombre por demás común en El Paso. Su respuesta fue,

—¿No te acuerdas de la muchacha que Concha la de tío Pedro tuvo una vez trabajando en su casa, en La Laguna?

Haciendo un esfuerzo para ocultar mi sorpresa —y mi esperanza— contesté con un seco “Sí” y no dije nada más. Sólo recé para que Carmen no estuviera acompañada de otra mujer de su edad, pues, malo como soy para recordar caras, era seguro que yo no reconocería a Carmen.

Pero no, Carmen, convertida en una respetable abuela, estaba sola, y, apenas entrar y dar las buenas tardes, María Celia, en vez de decir “Vinimos a buscar el queso”, dio comienzo a uno de los interminables y retorcidos repertorios que usan los de El Paso —a veces creo que todos los isleños— que fue de este tenor:

«Bueno, Carmen, desde que me desperté esta mañana pensé que mi hermano Carlos iba a querer queso ahumado, y con esa matraquilla estuve toda la mañana porque yo sabía que Pili ya no los hacía porque no tenía cabras, y la pobre las echa en falta porque el otro día me dijo “¿¡Qué habrá sido de mis cabritas!? ¡Cuánto las extraño!”. Y yo creo que tiene razón, la pobre, porque a ella eso le servía de entretenimiento.

Entonces dije “Voy a llamar…”, y en eso sonó el teléfono y era Luisa la de Roberto. Y nos pusimos a hablar y se me olvidó lo del queso. Y es que yo últimamente olvido las cosas, Carmen, pues anoche dije “Tengo que tomar esta pastilla antes de acostarme”, y para no olvidarme la puse sobre la mesa del comedor, y cuando llegué a la cama para acostarme no me acordaba dónde la había puesto. ¡Ay, Carmen, que cosa tan triste es ponerse viejo!, pero yo creo…….»

Que equivale a que si alguien quiere ir desde Caracas a Miami, en vez de tomar un vuelo directo toma uno de Caracas a Madrid, luego sigue a Londres, Bangkok, Tokyo, San Francisco y, por fin, Miami; o sea, le da la vuelta al mundo. Así hablan mis hermanas y, repito, muchos Canarios.

Por eso, en el caso que nos ocupa, interrumpí a María Celia, pedí uso de palabra y dirigiéndome a doña Carmen le pregunté:

—¿Sabe usted quién soy?

—¡Buena va! Pues claro que sé. Tú eres Carlos Padrón.

—¿Y recuerda usted algo que yo haya hecho frente a usted, hace muchos años, estando en La Laguna?

—¿¡Que si lo recuerdo!?— contestó molesta por la duda implícita en la pregunta. —¡Claro que lo recuerdo! ¡¡TE COMISTE DOS MOSCAS!!

El sonoro “¡¡¡¡JESÚUUUS!!!” que gritó mi hermana, y la carcajada de Chepina estallaron simultáneamente. Y yo sentí tan grande alivio que abriendo los brazos me acerqué a doña Carmen, y diciéndole “¡Muchas gracias por ayudarme a demostrar, después de tantos años, que lo de las moscas es cierto!”, le di un abrazo y un sonoro beso en la mejilla.

Si en 1951 ella pensó que yo estaba loco, creo que en 2003 quedó totalmente convencida, pero al menos, y en virtud de la Ley de la Compensación que rige los grandes eventos cósmicos, para confirmar su opinión debió esperar el mismo tiempo que yo para que mi historia mosquil me fuera acreditada como cierta.

Y ya que hemos caído en el nivel cósmico, ¿cuántas moscas habrá —me pregunto— cuya memoria haya perdurado tanto en el tiempo? ¿Cuántas cuyo heroico final haya llegado a un blog?

Me cabe la satisfacción de saber que las de esta historia dieron su vida por una causa noble (aunque la peseta haya ya desaparecido), y serán recordadas como héroes en el mundo de los afanípteros,…. ¡perdón!, de los dípteros.

Lo que sigue molestándome de todo esto es que no recuerdo de qué trataba la película.

P.D.: “DOS moscas por DOS pesetas” es un título apropiado para este artículo que monto en el blog hoy, 22 (DOS y DOS) de mayo de 2008, día del aniversario DOS de Padronel, desde San Francisco (California, USA) donde vine a visitar a mi hija Elena, la de “¡Moscas, temblad…!”.

[*ElPaso}– “Dándole vueltas al viento” / Poemas de Antonio Pino Pérez: Morir

Dos tres días despúes que a don Antonio Pino Pérez le fuera diagnosticado cáncer de próstata, sin decir palabra le entregó a su hijo, Juan Antonio Pino Capote, un papel que contenía los poemas Epifanía y el que sigue, MORIR, que es, por tanto, el último que compusiera este gran poeta cuya muerte ocurrió el mismo día en que se dio el injusto fallo judicial sobre el pleito que, en su calidad de alcalde —cargo que detentó dos veces— libraba él, según palabras de su hijo [1], en “una heroica y bella lucha por el agua” en defensa del patrimonio de su pueblo natal por el que sentía un amor que dejó bien patente en sus poemas.

Así fue Antonio Pino Pérez, Hijo Predilecto de la Ciudad de El Paso, Cruz de Beneficencia, dentista, escritor y poeta, que agobiado por intensos dolores de su enfermedad se durmió para siempre, soñando con una justicia que nunca llegó a ver [1], en brazos de la resignación que él tan magistralmente había descrito:

Mas, soy tan pobre, Señor,
que de nada al fin soy dueño,
porque hasta tuyo es el sueño
que mitiga mi dolor.

Con MORIR, su poema final, termino la publicación del contenido del libro “Dándole vueltas al viento”, y con vergüenza declaro mi gran admiración por la obra poética de don Antonio Pino —así se le llamaba en el pueblo—, pues, tal vez por lo de que nadie es profeta en su tierra, yo ignoraba la existencia de tan importante obra. Al menos al publicarla en mi blog he tenido la oportunidad de apreciarla y, repito, avergonzarme por no haberla conocido antes, y dar las gracias a mi amigo Juan Antono Pino Capote por habérmela hecho llegar en formato digital.

Continuaré, en esta misma sección, con la reseña de lo expuesto en el acto de presentación de dicho libro.

Carlos M. Padrón

[1]: “Ni el rencor los nombra

***

                       MORIR

Prepárate a morir. Llegó tu hora,
el tiempo inexorable de partir.
Tu prueba transitoria acaba ahora,
tu libertad suprema de vivir.

Ordena tu equipaje espiritual,
cuanto puedas llevar en tu partida;
sólo el obrar, hacer el bien o el mal,
tiene consistencia de alta vida.

La vanidad del mundo material,
los bienes que te duele abandonar,
no pasan al gran reino celestial:
tuyos no son, no los podrás llevar.

Examina paciente cuanto hiciste,
cuanto no hiciste y qué pudiste hacer,
y mesúrate bien en lo que fuiste
porque hacia atrás ya no podrás volver.

Prepárate a morir. Muere sin pena
si tu deber has cumplido al pasar,
y de entrega y amores está llena
esa vida fugaz que va a expirar.

1970

[*FP}– Detallista y perfeccionista: de casta le viene al galgo

20-05-2008

Carlos M. Padrón

Allá por el año 1955, durante la “matazón del cochino” [1] de mi tío Miguel —conocido como Miguel Duque aunque se apellidaba Pérez Martín, como mi madre, pues eran hermanos [2]—, cuando después del opíparo almuerzo fuimos a reposar en el patio, salió a colación el tópico de que yo daba muestras de ser detallista y perfeccionista, lo cual, según algunos, me venía por la rama de los Padrón ya que, como mucha gente decía, yo me parecía muchísimo, y no tanto en el físico como en el carácter, al hermano menor de mi padre, llamado Pedro, de quien tal vez me anime a escribir algo algún día, pues el parecido entre nosotros es más que eso: es paralelismo.

En cambio, mi tío Miguel —y luego también otros— opinó que eso me venía por la rama de los Castillo en la que, por esas “virtudes”, cobró fama Pedro Martín Castillo, su abuelo materno y padre del tío Pedro —mencionado varias veces en este blog como Pedro Martín Hernández y Castillo, o simplemente Pedro Castillo [3]—, que vivió en la casa donde años después abrió sus puertas la venta de Bonanza Afonso, una casa que está pegada a la propia de mi tío Miguel y que, según me cuentan, eran entonces, aunque más pequeñas, una sola.

Intrigado por lo del detallismo y perfeccionismo del tal Pedro Martín, le pregunté a mi madre, y ella me contó la anécdota que hizo famoso a su abuelo Pedro, mi bisabuelo materno.

Pedro Martín vivía, con su esposa Martina Hernández, en la casa antes citada, en Tenerra, poco más arriba de donde estaba el viejo torreón.

Para alumbrarse en las noches usaban un quinqué cuya boca de combustión tenía la forma redondeada que recuerda el tope de las cúpulas de los telescopios, con una ranura al centro por la que salía la mecha, que era una cinta hecha de fibra de algodón o lana —no estoy seguro del material— que tenía su mayor parte sumergida en el líquido inflamable —generalmente kerosén— almacenado en el depósito que conformaba la base circular del quinqué, y que se incendiaba al acercarle fuego porque estaba empapada del kerosén.

A un lado y por encima del depósito tenía el quinqué un mando conectado a la mecha. Si ese mando se giraba a la derecha, salía más mecha por la boca de combustión, y la llama era mayor y alumbraba más; si se giraba a la izquierda, ocasionaba el efecto contrario.

Este quinqué es bastante parecido a los que recuerdo, excepto por su base, que en éste es de metal y en los que vi en El Paso era de cerámica; el resto es igual.

Una noche cuando habían terminado de cenar y mi bisabuela Martina estaba fregando los platos, el bisabuelo Pedro, que quedó sentado a la mesa en la que habían comido, reparó en que la llama del quinqué no presentaba en su borde superior un contorno semicircular paralelo al de la boca de combustión, como debía presentarlo por cuanto él había cortado la mecha según el contorno de esa boca, sino que tenía un pico por uno de sus lados.

Como esa irregularidad no encajaba en su sentido de la perfección, levantó la pantalla de vidrio del quinqué y, armado de unas pequeñas tijeras, alzó un poco la mecha usando el correspondiente control y le cortó un pequeño trocito por el lado en que la llama formaba el pico, en un intento por emparejarla. Pero, ¡oh, sorpresa!: cortó demasiado y ahora el pico apareció del otro lado.

El bisabuelo Pedro repitió varias veces la operación sólo para comprobar, frustrado, que por más que él cortara cada vez porciones más y más pequeñas de la mecha, el pico de la llama se formaba del lado contrario al que él había cortado, como si el quinqué estuviera burlándose de él.

Para ese momento ya emitió unos resoplidos que hicieron que la bisabuela Martina mirara hacia atrás de soslayo y entendiera lo que estaba pasando, pero se abstuvo de decir nada porque, de hacerlo, cabía esperar de Pedro una reacción poco amistosa.

Él, entre los resoplidos que iban subiendo de tono, continuó con la operación de corte de mecha, de uno y otro lado, y cada vez en trocitos ya ínfimos, hasta que, cansado de que la llama no adoptara el perfil superior uniformemente semicircular que él quería que tuviera, dio en la mesa un duro golpe, que hizo que Martina se volviera hacia él asustada, se levantó violentamente con el rostro rojo de ira, asió el quinqué con su mano derecha, y mirando a Martina con ojos inyectados en sangre exclamó:

—Martina, ¡¡si no lo rompo me enfermo!!

Y uniendo la acción a la palabra, lanzó el quinqué contra la pared de la cocina y lo destrozó.

P.D.: Por suerte para mí, ya no se usan los quinqués, y las rejas que hay en las ventnas de mi casa en Caracas, varias veces han impedido que alguna computadora o periférico fuera defenestrado.

***

[1] Reunión de familares y vecinos, entre utulitaria y festiva, que se celebraba con motivo de sacrificar el cochino que durante todo el año se había cebado para, al matarlo, aprocechar casi todas las partes de su cuerpo, en particular el tocino que guardado en salmuera tenía que durar todo un año.

[2] Lo llamaban Miguel Duque para diferenciarlo de su padre, mi abuelo materno, cuyo nombre era Miguel Pérez Duque. Por él me pusieron Miguel como segundo nombre.

[3] Como una identificación genérica de rama genealógica, el pueblo dio el apellido Castillo a todos los descendientes de Pedro Martín Castillo, abuelo materno de mi madre, y por esto a mi abuela (la madre de mi madre) se la conocía como María Castillo; a mi madre, como Victoria Castillo; a mi tía (hermana de mi madre), como Beneda Castillo; a las primas hermanas de mi madre, como Ela Castillo, María Castillo, Amanda Castillo, Toto Castillo, etc.

Mi tío-abuelo. Pedro Martín Hernández, siempre usaba estos apellidos, pero, por lo antes dicho, también era conocido como Pedro Castillo. Un día ocurrió que una correspondencia destinada a él le fue entregada, por error del correo, a otro Pedro Martín Hernández que vivía en La Rosa, lo cual le ocasionó a mi tío-abuelo tal perjuicio que, a partir de ese día y para diferenciarse del otro Pedro, incorporó a sus apellidos ese Castillo que fungía como genérico de su familia, y pasó a firmar como Pedro Martín Hernández y Castillo. Sus hijos son igualmente conocidos como Concha Castillo, Pedrito Castillo, Carmen Castillo, y Rosarito Castillo.