[*ElPaso}— El artista Santiago González recibe la Medalla de Oro del Municipio de El Paso

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El artista Santiago González recibe la Medalla de Oro del Municipio de El Paso

Un premio más que merecido para el amigo Santiago González, orgullo de nuestro pueblo y apreciado por los pasenses, además de por artista por buena persona. Lamento no haber podido estar presente en el acto de entrega.

La habilidad de Santiago para, a mano alzada y espolvereando cáscara de nuevo molida y coloreada para crear figuras con la fidelidad de retratos, es algo que hay que ver para creerlo. En todos los posts titulados Fiesta del Sagrado pueden verse obras suyas creadas con esta técnica.

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[*ElPaso}— Leyenda de los brezos abrazados

Con la ayuda de un conocidísimo historiador pasense, Francisco Lorenzo nos ha mandado, para nuestra revista La Voz de Tamanca, este lindo relato sobre una leyenda que se considera real. Una que demuestra que la pasión del amor puede convertirse en un arrebato de locura.

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Leyenda de los brezos abrazados

Por Francisco Vicente Lorenzo

Cierto amanecer del año 1830, en el conocido bario de Triana, de Los Llanos de Aridane, una joven y bella muchacha se puso en camino para visitar a su madrina que vivía en el alto barrio de La Rosa en la ciudad de El Paso.

La joven llegó al mencionado lugar muy temprano, pues de esta manera podía pasar todo el día en casa de su madrina a la cual hacía mucho tiempo que no visitaba.

Era invierno, el cielo estaba ennegrecido, compactas nubes no daban paso al apagado sol, y se veían claras perspectivas de que pronto llovería.

A eso de media mañana llovía torrencialmente sin cesar. Al cabo de un rato se oía por caminos y laderas el correr del agua, arrollando todo a su paso hasta llegar al cauce del barranco más cercano. La madrina de la muchacha le advirtió lo peligrosa de la situación, y le rogó que se quedara en su casa hasta que amainara el tiempo.

Ya avanzada la tarde, la torrencial lluvia cesaba a intervalos para dejar paso a finas y escasas gotas, y el Sol dejaba ver su tenue luz, lo cual aprovechó la muchacha para regresar a su casa por el mismo camino de ida, conocido vulgarmente como Cuestas de El Paso de Abajo.

En la antigüedad, este camino se dividía en dos formando una ‘Y’ un poco antes de llegar al pueblo más próximo. El de la derecha conducía a Los Pedregales y a Los Llanos, y el de la izquierda, conocido con el nombre de Urvina, conducía a Triana.

La joven tomó este último para dirigirse a la casa de su familia. En su caminar oía un ruido constante y cada vez más cercano. Avivó el paso hasta llegar a ver con sus propios ojos qué producía ese extraño ruido: era el correr del caudaloso barranco. Y una vez llegó hasta muy cerca de él pudo comprobar que el paso estaba cortado, pues debido a la torrencial lluvia, el caudal había rebosado el cauce ocasionando desbordes e inundaciones, y haciendo desaparecer cercanos caminos y senderos.

Nerviosa, la joven pudo comprobar que no había manera humana de cruzar, por lo cual volvió sobre sus pasos para tomar el camino de la derecha y así poder pasar a la otra orilla. Una vez llegó a ése, comprobó que la situación era la misma, y que era totalmente imposible cruzar la constante corriente de aquellas turbulentas aguas.

Empezaba a anochecer, y la muchacha aprovechó la escasa penumbra para seguir bordeando el barranco hacia la parte alta buscando desesperadamente poder cruzarlo. Atareada en su búsqueda, creyó oír voces humanas que procedían de las cercanías. Sin saber qué hacer, se quedó un momento inmóvil escuchando. Era cierto: volvió a oír voces y, pensando en que alguien la socorriera, desesperadamente empezó a gritar.

Al poco tiempo se acercaron hasta ella dos apuestos jóvenes. Su encuentro con la muchacha en tal situación fue sorprendente. A la mente de ellos, llegaron antiquísimas leyendas de apariciones de vírgenes y santos a solitarios pastores.

El más decidido de los jóvenes le preguntó qué le ocurría y qué hacía allí. Ella, entre sollozos, les relató su trágica situación. Ellos, intentando animarla, se presentaron como hermanos, de profesión pastores, Dijeron que les había sorprendido la corriente y que, buscando refugio, dieron con una cueva cercana, que les sirvió de alojamiento y para dar cobijo al ganado.

Brindaron a la joven su inhabitual morada, advirtiéndole del peligro que tenía el cruzar el barranco, y de que debería esperar el nuevo día para comprobar la posibilidad de llegar a la otra orilla.

A ella no le quedó más remedio que aceptar y, acompañada de los dos jóvenes pastores, se encaminó con ellos hacia la cueva.

Ésta era bastante grande. En la parte posterior estaba el ganado, en el centro una fogata y, a ambos lados, en la pared, dos antorchas de una madera inflamable conocida por tea.

Con gestos casi primitivos, le indicaron a la joven que se acomodara donde pudiera. Abrieron sus zurrones y le ofrecieron queso curado y frutos secos. Ella no quiso nada de comida, pero les dio las gracias por la invitación y, debido al cansancio, quedó profundamente dormida.

Normalmente, en situaciones como ésta y habiendo más de un pastor, se dividen la noche en turnos para vigilar el ganado, pero los dos hermanos se quedaron despiertos contemplando aquella belleza, ahora bella durmiente, que se les había aparecido, y hablaban en voz baja para no despertarla.

Ya muy avanzada la noche, la situación en la cueva era diáfana como agua de manantial: los dos jóvenes se habían enamorado locamente de la misma mujer. Uno de ellos confió en que ella lo aceptaría y, en caso de ser así, juró matar a otro hombre que intentara hacerle la corte, fuese ese otro quien fuese.

La noche fue desapareciendo para dejar paso a un nuevo día. La joven despertó muy temprano y pudo contemplar que el caudal del cercano barranco había descendido.

Ayudados por una cuerda, consiguieron cruzar al otro extremo con cierta dificultad debido a la altura del cauce. Uno de los hermanos no cruzó, sino que se quedó para conducir el ganado hasta un estrechamiento del barranco —algo lejano, pero conocido por ellos—, por el que, sin mucha dificultad, podrían cruzar los animales. El otro joven decidió acompañar a la muchacha hasta su casa, gesto que ella agradeció porque así podría él contar a su familia lo ocurrido.

Por el camino, el joven pastor confesó a la dama lo enamorado que estaba de ésta. Ella enmudeció, y aún más cuando él le contó con detalle la amenaza hecha por su propio hermano.

El acompañante conocía bien a su rival y sabía que éste intentaría matar a quien pretendiera frustrar su propósito, aunque fuese su hermano, por lo cual sus próximas citas con la muchacha fueron en secreto, dando paso a un noviazgo de cortas visitas y hechas a intervalos de tiempo prudencial para no levantar sospechas.

En su momento, la joven habló con su padre, diciendo lo enamorada que estaba y en la situación que estaba su prometido. Los familiares de ella escucharon el relato aterrorizados y a la vez con tristeza, temiendo que su hija quedara viuda a edad muy temprana. Decidieron dar apoyo al joven y, en su próxima visita, invitarle a cenar para poder hablar.

Las mejores viandas se prepararon para dar buena impresión al enamorado. La cena transcurría con una extendida charla. El futuro suegro hablaba con firmeza dando impresión de respeto y, a la vez, dando apoyo al joven. En un momento se alejaron las damas a la cocina, se quedaron solos los futuros suegro y yerno, y éste pidió oficialmente la mano de su hija, como era la costumbre de aquellos tiempos.

Reunidos de nuevo todos en el comedor, los comensales fijaron fecha para la boda, y copas de vino tinto de la última cosecha celebraron la decisión tomada.

Como era costumbre en las misas, el sacerdote comunicaba a los asistentes los nuevos enlaces matrimoniales previas tres amonestaciones consecutivas, pero, pagando un tributo, el párroco sólo lo comunicaba una sola vez. La joven así lo hizo, y habló con dos amistades de su familia para que le sirvieran de testigos y que, a la vez, guardaran el secreto.

Por fin llegó el día para los futuros esposos. Después de la temprana misa dominical, se procedió a la ceremonia. Poco público asistió al acto: sólo familiares de la joven y algunos vecinos más cercanos de ésta, ya que no hubo invitaciones. Una vez concluido el acto pasaron a dar sus firmas a la sacristía.

El padrino comunicó al joven esposo la que ya estaba listo para tránsito un nuevo camino que conducía a Santa Cruz de La Palma, pasando muy cerca de lo que hoy se conoce como Parque Recreativo del Refugio del Pinar. En aquellos tiempos se había usado un camino conocido por Las Vueltas, ya que había que dar muchas debido a las dificultades del terreno. Este camino pasa muy cerca de la ermita del Pino de la Virgen y conduce a Santa Cruz de la Palma.

Los recién casados decidieron tomar este último. Hacían descansos a intervalos de tiempo para tomar aliento ya que el ascenso era agotador.

En una de sus obligadas paradas se sentaron a la sombra de un majestuoso pino, se miraron fijamente y, sonriendo, se acariciaban respirando felicidad. De pronto alzaron su vista y vieron ante ellos al hermano de él, ahora también cuñado de ella, que, cuchillo en mano, les contemplaba. Éste se dirigió al recién casado diciéndole que nunca olvidaba una promesa, y que había venido a cumplir la última hecha.

Debido al cansancio, a la repentina aparición del que ya era su cuñado y al miedo a la tragedia que se avecinaba, a hermosa joven se desmayó.

Su reciente esposo la contempló unos instantes y, enfurecido, sacó un cuchillo y caminó hacia su hermano. Uno ante el otro se miraron fijamente a los ojos y empezó una brutal pelea entre ellos

El mortífero metal se hundía una y otra vez en sus cuerpos entrelazados, entre gritos de odio y luego de dolor, ya que, al llegar al límite de sus fuerzas, intentando no caerse, se abrazó uno del otro y, finalmente, sus cuerpos cayeron sin vida.

Muy de donde ocurrió el trágico suceso se encuentra un pequeño hoyo que fue cubierto con la sangre de dos hermanos que se mataron por el amor de una mujer. Y en este mismo punto brotaron dos brezos cuyas ramas se entrelazaron y que parecen dos siluetas humanas abrazadas.

Pero lo misterioso del caso es que, aunque estos brezos han sido cortados varias veces, han vuelto a crecer de la misma forma una y otra vez.

Los que creen ser entendidos en la materia, al no encontrar una convincente respuesta a preguntas de estudiantes y curiosos, prefieren pasar página y olvidar, pero lo cierto es que allí se encuentran los brezos para quien quiera ir a contemplar su belleza.

NOTA. El autor de este artículo quiere mostrar su agradecimiento a nuestro prestigioso historiador, don Braulio Martín Hernández de la ciudad de El Paso, por su colaboración prestada.

Cortesía de Manuel (Manolo) Pino Mederos

[*ElPaso}— Las Fiestas Trienales de El Paso recuperan la Danza de Manuel González para su Día Típico

Las Fiestas Trienales de El Paso recuperan la Danza de Manuel González para su Día Típico

Como parte de su extenso programa, la jornada de ayer fue la celebración del tradicional Día Típico, festivo en todo el municipio y que dejó a las 20:00 de la tarde la Ofrenda a la Virgen del Pino y el estreno de la recuperada Danza de Manuel González.

[*Otros}— Presentación de la reedición de "Dándole vueltas al viento"

23-08-2018

Carlos M. Padrón

El pasado martes, día 14 de los corrientes, tuvo lugar en la Casa de La Cultura, de El Paso, la presentación de la segunda edición del libro de poemas “Dándole vueltas al viento” del poeta pasense don Antonio Pino.

Durante el emotivo acto, en el que estuve presente, intervinieron los que aparecen en la foto que sigue.

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De izquierda a derecha: Ricardo Hernández Bravo, Julieta Martín Fuentes, Andrés Carmona Calero, Juan Antonio Pino Capote

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Portada del libro

Por su relevancia, familiar y literaria, copio la intervención de Juan Antonio Pino Capote, hijo del poeta y doctor en Medicina, y de Ricardo Hernández Bravo, filólogo, poeta, escritor y admirador de la poesía de don Antonio Pino.

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14 de agosto de 2018

Juan Antonio Pino Capote

Buenas tardes a autoridades, señoras, señores y amigos.

En nombre de la familia y como herederos del autor, gracias, una palabra que no conoce el límite por exceso. Una palabra que es tan gratificante para quien la pronuncia como para quien la recibe.

En esta ocasión he de comenzar dando las gracias en primer lugar al Ilustre Ayuntamiento de nuestro pueblo en la persona de D. Sergio Rodríguez, alcalde presidente y luego dedicando un entrañable abrazo a los paisanos y no paisanos que nos acompañan hoy. A todos ustedes. Gracias por estar aquí.

Hace 36 años que pronuncié esta hermosa palabra, para dar las gracias a quienes participaron en la primera edición de Dándole Vueltas al Viento, presentado en el teatro Monterrey el 25 de agosto de 1982

Aún perviven en mi memoria los gratos y emotivos recuerdos de aquella presentación. Es bueno rememorarlos, aunque sea someramente. En aquella ocasión tuvimos la valiosa ayuda de dos grandes poetas que nos animaron y apoyaron con gran ilusión y entusiasmo:

  • D. Pedro Hernández, escritor, poeta y cronista oficial de Los Llanos de Aridane, y
  • D. Víctor Rodríguez, salesiano oriundo de Las Manchas, ambos amigos de Antonio Pino.

Ellos hicieron la selección y la cuidadosa corrección de algunos poemas relevantes y significativos de Antonio Pino. Es justo recordarlo y agradecerlo de nuevo.

Igualmente hemos de agradecer a los pintores L. Capote Pino y F. Leal, sus ilustraciones a plumilla y a Carmen Fernández, que diseñó la portada.

A D. Pedro Hernández le agradecemos, además, el bello y documentado prólogo que también se ha incluido en esta reedición y su valiosa aportación a la presentación de la obra en aquel momento.

La primera edición también fue presentada en el Círculo de BB.AA. de Santa Cruz de Tenerife por el catedrático de Literatura, Rafael Fernández y por la hija del autor, Rosario Pino. Por razones de afecto y cercanía, no me corresponde a mi exaltar las bondades de mi hermana.

El profesor Rafael Fernández Hernández, bajo el título ITINERARIO ESPIRITUAL DE ANTONIO PINO, en clave de artes literarias, desmenuzó y explicó el valor de estas poesías. A través de ellas descubre el perfil humano del autor para finalizar con una frase de D. Pedro Hernández en el citado prólogo:

“Mientras haya almas sensibles y andariegas que transiten por los caminos de Machado —y las habrá siempre— no faltará quién recuerde a Antonio Pino y los que antologicen a los poetas de las islas no deben olvidarlo”.

Gracias al actual concejal de cultura del ayuntamiento de El Paso, D. Andrés Carmona Calero, no falta quien recuerde a Antonio Pino, y prueba de ello es este momento que nos ha brindado desde el cariño y la admiración que le ha demostrado en tantas ocasiones. Gracias, Andrés.

Hoy culmina un proyecto que no hubiera sido posible sin tu iniciativa y tu implicación. Gracias a tu paciencia y perseverancia presentamos hoy la 2ª edición de Dándoles Vueltas al Viento, con una imagen más moderna y con algunos poemas más que se han incluido.

Pero también tenemos que agradecerte el exquisito prólogo dedicado al libro y al autor en esta nueva edición. De una manera clara y sencilla has descrito el perfil humano de Antonio Pino, expresando aspectos en los que podrías verte, incluso, reflejado, como, por ejemplo:

“Colaboró en cuantas veladas benéficas se celebraban —y eran muchas— seleccionando obras, ensayando actores y, en no pocas ocasiones, colocando las sillas y cargando el piano…”.

Como se suele decir, “no se le caían los anillos” como tampoco se le caen a nuestro concejal de cultura, que se implica también en estos quehaceres en las fiestas y celebraciones. Gracias, Andrés, por todo.

Es justo agradecer a Julieta Martín su trabajo y dedicación al proyecto. Su sensibilidad artística y literaria se han visto reflejadas en el prólogo a las pinturas que ilustran este poemario. Sintonizó con la autora, Ruth Pino, mi hija —y, por tanto, nieta del autor—, y escribió unas palabras llenas de sentido poético. Quiero destacar un párrafo de Julieta que me resultó revelador y especialmente emotivo:

“Siento por él tanto respeto que decidí aceptar con mucha humildad la petición de su familia de ponerle palabras a este momento creativo único, que ha unido de nuevo los corazones de abuelo y nieta”.

Es por ello que entenderán que el presente libro tenga un especial significado para mí, pues es mi persona quien ha resultado ser el puente necesario entre ambos corazones. A veces transmitimos a nuestros hijos talentos que nosotros no tenemos.

Ruth ha tratado de ilustrar el sentir de su abuelo, conociéndole a través de sus poemas, y dando color a las emociones que él plasmó en algunos versos escogidos con precisión, y aportando su propia visión: la de otra generación. Gracias por tu ilusión, Ruth.

Muchas gracias Ricardo por haber aceptado, amablemente, la responsabilidad de llevar el peso de esta presentación y por hacerlo de una forma tan adecuada. El tono poético que le has dado, descubre bien el valor de los poemas en sus distintas facetas. Has captado y definido bien el espíritu de Antonio Pino. Has hecho una presentación poética del poeta. Gracias.

Y, por último, no quiero desaprovechar la oportunidad de dejar en el eco de esta sala, que el autor, mi padre, nunca fue un hombre rico. Sin embargo, nos dejó un gran legado espiritual y emocional para el enriquecimiento de todos.

Gracias por compartir con nosotros la herencia de un hombre que siempre buscó en su vida lo bueno, lo bello, lo útil y lo verdadero.

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14 de agosto de 2018

Ricardo Hernández Bravo

REMONTAR HACIA LA LUZ

En torno a Dándole vueltas al viento, de D. Antonio Pino Pérez

Hay libros que desde su primera lectura dejan huella en la memoria de quienes nos acercamos al arte, y a la literatura y la poesía en especial, en busca del sentido, de ese ignoto magma interior que aflora en la palabra, esa voz capaz de dar fe de vida, de situarnos en un temblor compartido ante nuestra propia imagen.

Esto me sucedió con Dándole vueltas al viento, libro que recoge una selección de la obra lírica del ilustre poeta D. Antonio Pino Pérez (El Paso, La Palma, 1904-1970), cuya reedición tengo el honor de contribuir a presentar hoy en su pueblo y el mío. Precisamente por la predilección que siento por este poemario, quisiera que mi aportación en este día fuera por encima de todo una invitación a conocerlo y a profundizar en el aprecio y disfrute de sus versos.

Desde que un ejemplar de su primera edición (Centro de la Cultura Popular Canaria, 1982) cayera en mis manos allá por el año 1988, los poemas de D. Antonio Pino causaron una honda impresión en el joven estudiante de Filología Hispánica y curioso y anárquico lector que yo era por entonces. Me encontré de entrada con una poesía de tono intimista, sencilla en las formas, expresada en metros clásicos entre los que destacaba el soneto —con peculiares variantes estróficas y versales—, pero que incluía también el cuarteto, el pareado, la décima… Una poesía intensamente vitalista que aunaba reflexión existencial, compromiso con el dolor humano y un fuerte sentido de la espiritualidad vinculado a la comunión con las bellezas del mundo. Una poesía que ensamblaba con una naturalidad asombrosa los mejores acentos de nuestra tradición literaria culta y popular.

Pero, por encima de todo, para mí era la primera vez que un autor me hablaba de mi propio paisaje, el más cercano, aquél que se nos graba en la memoria de los primeros años en contacto con los espacios y los seres que van impregnando nuestros ojos y conformando nuestra sensibilidad y nuestra visión del mundo. Allí estaban la brisa de la Cumbre Nueva, los almendros en flor, los pinares, los riscos y amaneceres de la Caldera, la huella de los antiguos auaritas, el puerto de Tazacorte, los laureles centenarios o la Plaza Chica de Los Llanos. Allí estaban las imágenes y los hitos de una cotidianeidad entrañada en mi ser desde la niñez, elevados a la categoría de símbolos. Del mismo modo que otros grandes poetas canarios, como Tomás Morales o Alonso Quesada, hicieron con los rincones de la ciudad de Las Palmas y las tierras de Gran Canaria, nuestro poeta proyectaba su intimidad sobre su entorno más inmediato, aquellos lugares familiares en los que yo mismo me había criado y que adquirían entidad y dignidad literaria en sus versos. Ese descubrimiento me hizo tomar consciencia de que el tejido de la escritura debe hilarse con las sedas de lo próximo, lo anclado en la memoria, aquello que amamos definitivamente por ser inseparable de nuestra mirada.

Porque es el amor en toda su amplitud el motivo que da aliento a los poemas de Dándole vueltas al viento y, me atrevería a decir, a toda la obra de D. Antonio. El amor a la vida, a los seres y las cosas pequeñas, a la belleza inconmensurable de la Naturaleza reflejo de la generosidad divina. Y en esa contemplación exaltada de los elementos más pujantes y luminosos del paisaje con los que quisiera fundirse —los riscos, los árboles, la brisa, la primavera anticipada de los almendros—, en ese incesante proyectar las emociones sobre el entorno que lo circunda, esos elementos se humanizan, cobran vida y se presentan como provisores de consuelo o liberación: la brisa de la Cumbre es acariciadora, dadora de vida, limpiadora de impurezas y males; los laureles de la plaza llanense son “compasivos, casi humanos”, acalladores de pesares, inspiradores de ensueños; las aguas de la Fuente del Pino personificadas lloran la traición a la raza aborigen…

Las fuerzas naturales aparecen no sólo humanizadas, sino también asociadas a valores o atributos divinos o marianos como el manto de la Virgen que, al igual que la brisa, es mensajera de esperanza, renovadora de ilusiones, y sus blancas brumas parecen contagiarnos su fe, pues son “rosas del cielo… ¡y son rosas creyentes!”. O como el milagro de los almendros floridos, que es equiparado a la luz de los ojos del Señor en la Plegaria del Campesino.

Se trasluce también en el libro el amor a las raíces, la nostalgia de esa “raza muerta”, como él la denomina, a la que ve como símbolo de los valores que dan sentido a su vida: la fortaleza, la valentía, la nobleza. Así, por ejemplo, en el poema Aceró busca alivio a su tristeza en la memoria de aquellos habitantes primigenios con los que siente una hermandad en el dolor y en la lucha: “vengo a beber aquí vuestra grandeza / que vuelve de la muerte y resucita”.

Amor presente siempre en estos poemas, en la solidaridad con el sufrimiento, con la soledad del emigrante, con la sencillez, la pobreza y el humilde transcurrir del campesino. Amor humano en poemas dedicados a la familia o a los amigos y, por supuesto, amor a Dios y a la Virgen, especialmente en su advocación de El Pino, en composiciones que transmiten la radical esperanza del poeta en alcanzar el consuelo y la liberación final de sus desvelos al amparo de la fe.

Y es que el triunfo de la fe, sometida a la generosa voluntad de Dios, es la aspiración a la que apunta buena parte de las composiciones líricas de D. Antonio Pino. Así ocurre, por ejemplo, en el poema Del desierto a la selva, donde la constancia y el tesón del ser humano, capaz de sembrar la simiente del pinar en los arenales del volcán, se nos antoja un reflejo de la actitud de nuestro poeta en su paso por la vida. Otra muestra de esa concepción de la existencia la hallamos en Epifanía, donde afirma que “la vida es sólo un acto de servicio”, “administrar la viva luz que existe, / la palabra de vida que nos llena, / este goce de amor que nos asiste, /este alentar viviendo vida ajena”. Una “entrega sin reserva de energía” para “cargar con la cruz que nos cargaron / alegres por las cuestas y subiendo”.

Ese empinado camino de la fe, que D. Antonio traza y asume con ejemplar entereza, esa cruz que debe ser cargada cuesta arriba hacia la luz “por senderos que van sobre el abismo” hace que muchos de los poemas de Dándole vueltas al viento se construyan sobre un juego de contrarios. El poema dedicado a su amigo, el fotógrafo Manuel Rodríguez Quintero, lo ilustra claramente:

Siempre la luz en lucha con las sombras
te va mostrando con temblor incierto
el oscuro rincón que nadie nombra,
pues tú, que sabes escalar alturas,
sobre la noche que te apaga el puerto
navegas superando las negruras…

Lucha entre la luz y las sombras, entre el abismo y la altura, la desesperanza y la ilusión, el dolor y la alegría. Para esa brega el poeta se transmuta en infatigable risquero desenvuelto en una constante ansia de alturas para salvar las simas de la vida. Como en el poema El ciprés —del que dice “tu destino es subir, es aguzarte, / antena ascensional de perfecciones / que no sabes dudar ni derramarte”—, hay en él un deseo de ascender hacia la luz, hacia un ámbito celeste de perfección y plenitud, de alejarse de la sombra, de la angustia y el duelo terrenales. Como la propia “isla, roca del mar con vocación de alturas” o el Risco Liso del poema La Caldera que, convertido en trasunto del poeta, encarna a la perfección sus virtudes y anhelos. D. Antonio, como el Risco “firme, impasible, hondo y austero”, confiesa:

Quisiera que esta roca, que es mi tierra, / revuelta y trastocada en convulsiones, / nos diera el agua que su entraña encierra, / el agua viva, purificadora, / que lave nuestras manchas y traiciones / y nos sacie la sed que nos devora.

De esa lucha de contrastes trasciende, sin embargo, al lector un profundo optimismo, que incluso se deja ver en los poemas donde se acentúa el desasosiego por la proximidad de la muerte. A pesar del dolor creciente, de la herrumbre del tiempo, de que el poeta ve menguar su ilusión como el viejo molino sin aspas que “en su moler, torturado, muele también su tormento”, a pesar de ese “ritmo atormentado” del que desea escapar en Llamada primaveral, pervive siempre un recurrente afán de florecer, de regenerarse y despuntar con el vigor de la primavera.

Hasta tal punto es así que, en el momento en que siente ya cercana la muerte, la liberación definitiva del creyente, parece asomar —junto a la nostalgia de las alegrías, de las risas del ayer que hace suyas en el recuerdo—, un deseo de recobrar la inocencia de la niñez:

“Juego infantil, que persiste
para jugar todavía (…)”

“Y nuevamente niños, siendo viejos,
buscamos la ilusión que nos alcanza”,

Parece que el poeta quisiera despedirse, fiel al ansia infatigable de libertad que siempre lo guió, embarcándose de nuevo, como en el poema Puerto de Tazacorte, hacia sus sueños simbolizados en la isla de San Borondón.

“Y se marchó soñando y hondo y bueno”, dice en un hermoso verso dedicado a la memoria de su amigo el poeta D. Domingo Acosta Guión. Justísimas palabras que podríamos aplicar, en lo personal y en lo literario, a nuestro querido autor, pues ésa es la impresión que nos queda de D. Antonio Pino tras la lectura de los poemas de Dándole vueltas al viento, la que él mismo compendió magistralmente a modo de autorretrato en el soneto Soy, que, por su hondísima sinceridad y emoción humana, guardo en mi memoria junto a otros de la perfección y altura del Yo a mi cuerpo o Silla de junto al lecho del poeta grancanario Domingo Rivero:

                                 SOY

De esos hombre abiertos, derramados,
que dicen con rudeza cuanto sienten,
y que, aunque les convenga, nunca mienten
y en alta voz confiesan sus pecados.
De los que viven y se dan confiados
y en alegrías su dolor convierten,
ni la traición, ni el desamor advierten,
a sus propios amores consagrados.
De los que alcanzan luz entre las sombras
y cuando pasan, ni el rencor los nombra
porque en la lucha fueron generosos.
De los que buscan con ahínco el cielo,
y se aligeran para alzar el vuelo
rompiendo sus cadenas silenciosos.

Seamos de ésos, dejémonos ser con Don Antonio, remontemos junto a él hacia los contagiosos espacios de luz que nos abre su palabra.

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Parte de la asistencia que ocupaba la mitad este del auditorio antes de que comenzara el acto

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De izquierda a derecha: Rosario Pino Capote, Julieta Martín Fuentes, Juan Antonio Pino Capote, Ricardo Hernández Bravo, Ruth Pino Suárez, Andrés Carmona Calero

[*ElPaso}— La Virgen del Pino baja arropada por el pueblo palmero y conquista el ‘corazón’ de El Paso

La Virgen del Pino baja arropada por el pueblo palmero y conquista el ‘corazón’ de El Paso

Miles de romeros, fieles a la cita trienal de la Bajada, acompañaron a la imagen desde su santuario a las faldas de Cumbre Nueva hasta la Ciudad pasense. 30.000… 40.000… 50.000… historias que contar.