5.000 personas acompañaron a la Virgen del Pino en una emotiva Subida
La Virgen llegaba a su hogar en el monte sobre las diez de la mañana
Hechos, imágenes o escritos —en prosa o poesía, y míos o de otros pasenses— acerca de El Paso, sus fiestas, su historia, sus gentes, sus costumbres…
5.000 personas acompañaron a la Virgen del Pino en una emotiva Subida
La Virgen llegaba a su hogar en el monte sobre las diez de la mañana
Las Fiestas Trienales de El Paso recuperan la Danza de Manuel González para su Día Típico
Como parte de su extenso programa, la jornada de ayer fue la celebración del tradicional Día Típico, festivo en todo el municipio y que dejó a las 20:00 de la tarde la Ofrenda a la Virgen del Pino y el estreno de la recuperada Danza de Manuel González.
23-08-2018
Carlos M. Padrón
El pasado martes, día 14 de los corrientes, tuvo lugar en la Casa de La Cultura, de El Paso, la presentación de la segunda edición del libro de poemas “Dándole vueltas al viento” del poeta pasense don Antonio Pino.
Durante el emotivo acto, en el que estuve presente, intervinieron los que aparecen en la foto que sigue.
De izquierda a derecha: Ricardo Hernández Bravo, Julieta Martín Fuentes, Andrés Carmona Calero, Juan Antonio Pino Capote
Portada del libro
Por su relevancia, familiar y literaria, copio la intervención de Juan Antonio Pino Capote, hijo del poeta y doctor en Medicina, y de Ricardo Hernández Bravo, filólogo, poeta, escritor y admirador de la poesía de don Antonio Pino.
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14 de agosto de 2018
Juan Antonio Pino Capote
Buenas tardes a autoridades, señoras, señores y amigos.
En nombre de la familia y como herederos del autor, gracias, una palabra que no conoce el límite por exceso. Una palabra que es tan gratificante para quien la pronuncia como para quien la recibe.
En esta ocasión he de comenzar dando las gracias en primer lugar al Ilustre Ayuntamiento de nuestro pueblo en la persona de D. Sergio Rodríguez, alcalde presidente y luego dedicando un entrañable abrazo a los paisanos y no paisanos que nos acompañan hoy. A todos ustedes. Gracias por estar aquí.
Hace 36 años que pronuncié esta hermosa palabra, para dar las gracias a quienes participaron en la primera edición de Dándole Vueltas al Viento, presentado en el teatro Monterrey el 25 de agosto de 1982
Aún perviven en mi memoria los gratos y emotivos recuerdos de aquella presentación. Es bueno rememorarlos, aunque sea someramente. En aquella ocasión tuvimos la valiosa ayuda de dos grandes poetas que nos animaron y apoyaron con gran ilusión y entusiasmo:
Ellos hicieron la selección y la cuidadosa corrección de algunos poemas relevantes y significativos de Antonio Pino. Es justo recordarlo y agradecerlo de nuevo.
Igualmente hemos de agradecer a los pintores L. Capote Pino y F. Leal, sus ilustraciones a plumilla y a Carmen Fernández, que diseñó la portada.
A D. Pedro Hernández le agradecemos, además, el bello y documentado prólogo que también se ha incluido en esta reedición y su valiosa aportación a la presentación de la obra en aquel momento.
La primera edición también fue presentada en el Círculo de BB.AA. de Santa Cruz de Tenerife por el catedrático de Literatura, Rafael Fernández y por la hija del autor, Rosario Pino. Por razones de afecto y cercanía, no me corresponde a mi exaltar las bondades de mi hermana.
El profesor Rafael Fernández Hernández, bajo el título ITINERARIO ESPIRITUAL DE ANTONIO PINO, en clave de artes literarias, desmenuzó y explicó el valor de estas poesías. A través de ellas descubre el perfil humano del autor para finalizar con una frase de D. Pedro Hernández en el citado prólogo:
“Mientras haya almas sensibles y andariegas que transiten por los caminos de Machado —y las habrá siempre— no faltará quién recuerde a Antonio Pino y los que antologicen a los poetas de las islas no deben olvidarlo”.
Gracias al actual concejal de cultura del ayuntamiento de El Paso, D. Andrés Carmona Calero, no falta quien recuerde a Antonio Pino, y prueba de ello es este momento que nos ha brindado desde el cariño y la admiración que le ha demostrado en tantas ocasiones. Gracias, Andrés.
Hoy culmina un proyecto que no hubiera sido posible sin tu iniciativa y tu implicación. Gracias a tu paciencia y perseverancia presentamos hoy la 2ª edición de Dándoles Vueltas al Viento, con una imagen más moderna y con algunos poemas más que se han incluido.
Pero también tenemos que agradecerte el exquisito prólogo dedicado al libro y al autor en esta nueva edición. De una manera clara y sencilla has descrito el perfil humano de Antonio Pino, expresando aspectos en los que podrías verte, incluso, reflejado, como, por ejemplo:
“Colaboró en cuantas veladas benéficas se celebraban —y eran muchas— seleccionando obras, ensayando actores y, en no pocas ocasiones, colocando las sillas y cargando el piano…”.
Como se suele decir, “no se le caían los anillos” como tampoco se le caen a nuestro concejal de cultura, que se implica también en estos quehaceres en las fiestas y celebraciones. Gracias, Andrés, por todo.
Es justo agradecer a Julieta Martín su trabajo y dedicación al proyecto. Su sensibilidad artística y literaria se han visto reflejadas en el prólogo a las pinturas que ilustran este poemario. Sintonizó con la autora, Ruth Pino, mi hija —y, por tanto, nieta del autor—, y escribió unas palabras llenas de sentido poético. Quiero destacar un párrafo de Julieta que me resultó revelador y especialmente emotivo:
“Siento por él tanto respeto que decidí aceptar con mucha humildad la petición de su familia de ponerle palabras a este momento creativo único, que ha unido de nuevo los corazones de abuelo y nieta”.
Es por ello que entenderán que el presente libro tenga un especial significado para mí, pues es mi persona quien ha resultado ser el puente necesario entre ambos corazones. A veces transmitimos a nuestros hijos talentos que nosotros no tenemos.
Ruth ha tratado de ilustrar el sentir de su abuelo, conociéndole a través de sus poemas, y dando color a las emociones que él plasmó en algunos versos escogidos con precisión, y aportando su propia visión: la de otra generación. Gracias por tu ilusión, Ruth.
Muchas gracias Ricardo por haber aceptado, amablemente, la responsabilidad de llevar el peso de esta presentación y por hacerlo de una forma tan adecuada. El tono poético que le has dado, descubre bien el valor de los poemas en sus distintas facetas. Has captado y definido bien el espíritu de Antonio Pino. Has hecho una presentación poética del poeta. Gracias.
Y, por último, no quiero desaprovechar la oportunidad de dejar en el eco de esta sala, que el autor, mi padre, nunca fue un hombre rico. Sin embargo, nos dejó un gran legado espiritual y emocional para el enriquecimiento de todos.
Gracias por compartir con nosotros la herencia de un hombre que siempre buscó en su vida lo bueno, lo bello, lo útil y lo verdadero.
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14 de agosto de 2018
Ricardo Hernández Bravo
REMONTAR HACIA LA LUZ
En torno a Dándole vueltas al viento, de D. Antonio Pino Pérez
Hay libros que desde su primera lectura dejan huella en la memoria de quienes nos acercamos al arte, y a la literatura y la poesía en especial, en busca del sentido, de ese ignoto magma interior que aflora en la palabra, esa voz capaz de dar fe de vida, de situarnos en un temblor compartido ante nuestra propia imagen.
Esto me sucedió con Dándole vueltas al viento, libro que recoge una selección de la obra lírica del ilustre poeta D. Antonio Pino Pérez (El Paso, La Palma, 1904-1970), cuya reedición tengo el honor de contribuir a presentar hoy en su pueblo y el mío. Precisamente por la predilección que siento por este poemario, quisiera que mi aportación en este día fuera por encima de todo una invitación a conocerlo y a profundizar en el aprecio y disfrute de sus versos.
Desde que un ejemplar de su primera edición (Centro de la Cultura Popular Canaria, 1982) cayera en mis manos allá por el año 1988, los poemas de D. Antonio Pino causaron una honda impresión en el joven estudiante de Filología Hispánica y curioso y anárquico lector que yo era por entonces. Me encontré de entrada con una poesía de tono intimista, sencilla en las formas, expresada en metros clásicos entre los que destacaba el soneto —con peculiares variantes estróficas y versales—, pero que incluía también el cuarteto, el pareado, la décima… Una poesía intensamente vitalista que aunaba reflexión existencial, compromiso con el dolor humano y un fuerte sentido de la espiritualidad vinculado a la comunión con las bellezas del mundo. Una poesía que ensamblaba con una naturalidad asombrosa los mejores acentos de nuestra tradición literaria culta y popular.
Pero, por encima de todo, para mí era la primera vez que un autor me hablaba de mi propio paisaje, el más cercano, aquél que se nos graba en la memoria de los primeros años en contacto con los espacios y los seres que van impregnando nuestros ojos y conformando nuestra sensibilidad y nuestra visión del mundo. Allí estaban la brisa de la Cumbre Nueva, los almendros en flor, los pinares, los riscos y amaneceres de la Caldera, la huella de los antiguos auaritas, el puerto de Tazacorte, los laureles centenarios o la Plaza Chica de Los Llanos. Allí estaban las imágenes y los hitos de una cotidianeidad entrañada en mi ser desde la niñez, elevados a la categoría de símbolos. Del mismo modo que otros grandes poetas canarios, como Tomás Morales o Alonso Quesada, hicieron con los rincones de la ciudad de Las Palmas y las tierras de Gran Canaria, nuestro poeta proyectaba su intimidad sobre su entorno más inmediato, aquellos lugares familiares en los que yo mismo me había criado y que adquirían entidad y dignidad literaria en sus versos. Ese descubrimiento me hizo tomar consciencia de que el tejido de la escritura debe hilarse con las sedas de lo próximo, lo anclado en la memoria, aquello que amamos definitivamente por ser inseparable de nuestra mirada.
Porque es el amor en toda su amplitud el motivo que da aliento a los poemas de Dándole vueltas al viento y, me atrevería a decir, a toda la obra de D. Antonio. El amor a la vida, a los seres y las cosas pequeñas, a la belleza inconmensurable de la Naturaleza reflejo de la generosidad divina. Y en esa contemplación exaltada de los elementos más pujantes y luminosos del paisaje con los que quisiera fundirse —los riscos, los árboles, la brisa, la primavera anticipada de los almendros—, en ese incesante proyectar las emociones sobre el entorno que lo circunda, esos elementos se humanizan, cobran vida y se presentan como provisores de consuelo o liberación: la brisa de la Cumbre es acariciadora, dadora de vida, limpiadora de impurezas y males; los laureles de la plaza llanense son “compasivos, casi humanos”, acalladores de pesares, inspiradores de ensueños; las aguas de la Fuente del Pino personificadas lloran la traición a la raza aborigen…
Las fuerzas naturales aparecen no sólo humanizadas, sino también asociadas a valores o atributos divinos o marianos como el manto de la Virgen que, al igual que la brisa, es mensajera de esperanza, renovadora de ilusiones, y sus blancas brumas parecen contagiarnos su fe, pues son “rosas del cielo… ¡y son rosas creyentes!”. O como el milagro de los almendros floridos, que es equiparado a la luz de los ojos del Señor en la Plegaria del Campesino.
Se trasluce también en el libro el amor a las raíces, la nostalgia de esa “raza muerta”, como él la denomina, a la que ve como símbolo de los valores que dan sentido a su vida: la fortaleza, la valentía, la nobleza. Así, por ejemplo, en el poema Aceró busca alivio a su tristeza en la memoria de aquellos habitantes primigenios con los que siente una hermandad en el dolor y en la lucha: “vengo a beber aquí vuestra grandeza / que vuelve de la muerte y resucita”.
Amor presente siempre en estos poemas, en la solidaridad con el sufrimiento, con la soledad del emigrante, con la sencillez, la pobreza y el humilde transcurrir del campesino. Amor humano en poemas dedicados a la familia o a los amigos y, por supuesto, amor a Dios y a la Virgen, especialmente en su advocación de El Pino, en composiciones que transmiten la radical esperanza del poeta en alcanzar el consuelo y la liberación final de sus desvelos al amparo de la fe.
Y es que el triunfo de la fe, sometida a la generosa voluntad de Dios, es la aspiración a la que apunta buena parte de las composiciones líricas de D. Antonio Pino. Así ocurre, por ejemplo, en el poema Del desierto a la selva, donde la constancia y el tesón del ser humano, capaz de sembrar la simiente del pinar en los arenales del volcán, se nos antoja un reflejo de la actitud de nuestro poeta en su paso por la vida. Otra muestra de esa concepción de la existencia la hallamos en Epifanía, donde afirma que “la vida es sólo un acto de servicio”, “administrar la viva luz que existe, / la palabra de vida que nos llena, / este goce de amor que nos asiste, /este alentar viviendo vida ajena”. Una “entrega sin reserva de energía” para “cargar con la cruz que nos cargaron / alegres por las cuestas y subiendo”.
Ese empinado camino de la fe, que D. Antonio traza y asume con ejemplar entereza, esa cruz que debe ser cargada cuesta arriba hacia la luz “por senderos que van sobre el abismo” hace que muchos de los poemas de Dándole vueltas al viento se construyan sobre un juego de contrarios. El poema dedicado a su amigo, el fotógrafo Manuel Rodríguez Quintero, lo ilustra claramente:
Siempre la luz en lucha con las sombras
te va mostrando con temblor incierto
el oscuro rincón que nadie nombra,
pues tú, que sabes escalar alturas,
sobre la noche que te apaga el puerto
navegas superando las negruras…
Lucha entre la luz y las sombras, entre el abismo y la altura, la desesperanza y la ilusión, el dolor y la alegría. Para esa brega el poeta se transmuta en infatigable risquero desenvuelto en una constante ansia de alturas para salvar las simas de la vida. Como en el poema El ciprés —del que dice “tu destino es subir, es aguzarte, / antena ascensional de perfecciones / que no sabes dudar ni derramarte”—, hay en él un deseo de ascender hacia la luz, hacia un ámbito celeste de perfección y plenitud, de alejarse de la sombra, de la angustia y el duelo terrenales. Como la propia “isla, roca del mar con vocación de alturas” o el Risco Liso del poema La Caldera que, convertido en trasunto del poeta, encarna a la perfección sus virtudes y anhelos. D. Antonio, como el Risco “firme, impasible, hondo y austero”, confiesa:
Quisiera que esta roca, que es mi tierra, / revuelta y trastocada en convulsiones, / nos diera el agua que su entraña encierra, / el agua viva, purificadora, / que lave nuestras manchas y traiciones / y nos sacie la sed que nos devora.
De esa lucha de contrastes trasciende, sin embargo, al lector un profundo optimismo, que incluso se deja ver en los poemas donde se acentúa el desasosiego por la proximidad de la muerte. A pesar del dolor creciente, de la herrumbre del tiempo, de que el poeta ve menguar su ilusión como el viejo molino sin aspas que “en su moler, torturado, muele también su tormento”, a pesar de ese “ritmo atormentado” del que desea escapar en Llamada primaveral, pervive siempre un recurrente afán de florecer, de regenerarse y despuntar con el vigor de la primavera.
Hasta tal punto es así que, en el momento en que siente ya cercana la muerte, la liberación definitiva del creyente, parece asomar —junto a la nostalgia de las alegrías, de las risas del ayer que hace suyas en el recuerdo—, un deseo de recobrar la inocencia de la niñez:
“Juego infantil, que persiste
para jugar todavía (…)”
“Y nuevamente niños, siendo viejos,
buscamos la ilusión que nos alcanza”,
Parece que el poeta quisiera despedirse, fiel al ansia infatigable de libertad que siempre lo guió, embarcándose de nuevo, como en el poema Puerto de Tazacorte, hacia sus sueños simbolizados en la isla de San Borondón.
“Y se marchó soñando y hondo y bueno”, dice en un hermoso verso dedicado a la memoria de su amigo el poeta D. Domingo Acosta Guión. Justísimas palabras que podríamos aplicar, en lo personal y en lo literario, a nuestro querido autor, pues ésa es la impresión que nos queda de D. Antonio Pino tras la lectura de los poemas de Dándole vueltas al viento, la que él mismo compendió magistralmente a modo de autorretrato en el soneto Soy, que, por su hondísima sinceridad y emoción humana, guardo en mi memoria junto a otros de la perfección y altura del Yo a mi cuerpo o Silla de junto al lecho del poeta grancanario Domingo Rivero:
SOY
De esos hombre abiertos, derramados,
que dicen con rudeza cuanto sienten,
y que, aunque les convenga, nunca mienten
y en alta voz confiesan sus pecados.
De los que viven y se dan confiados
y en alegrías su dolor convierten,
ni la traición, ni el desamor advierten,
a sus propios amores consagrados.
De los que alcanzan luz entre las sombras
y cuando pasan, ni el rencor los nombra
porque en la lucha fueron generosos.
De los que buscan con ahínco el cielo,
y se aligeran para alzar el vuelo
rompiendo sus cadenas silenciosos.
Seamos de ésos, dejémonos ser con Don Antonio, remontemos junto a él hacia los contagiosos espacios de luz que nos abre su palabra.
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Parte de la asistencia que ocupaba la mitad este del auditorio antes de que comenzara el acto
De izquierda a derecha: Rosario Pino Capote, Julieta Martín Fuentes, Juan Antonio Pino Capote, Ricardo Hernández Bravo, Ruth Pino Suárez, Andrés Carmona Calero
La Virgen del Pino baja arropada por el pueblo palmero y conquista el ‘corazón’ de El Paso
Miles de romeros, fieles a la cita trienal de la Bajada, acompañaron a la imagen desde su santuario a las faldas de Cumbre Nueva hasta la Ciudad pasense. 30.000… 40.000… 50.000… historias que contar.
Miles de romeros arropan a la Virgen del Pino en su bajada trienal a la ciudad de El Paso
El municipio ha acogido este sábado la multitudinaria romería que discurre entre la ermita del monte y la iglesia de Bonanza.
Devoción romera para la Virgen del Pino
Fieles y visitantes acompañaron a la imagen en su descenso trienal desde las faldas de la Cumbrecita hasta el casco urbano de El Paso, en un recorrido de más de cuatro horas
La Virgen del Pino se prepara para bajar, en romería, del monte a la ciudad
El Paso celebrará mañana uno de sus actos festivos más esperados
¡Queridos Paisanos!
Nuestro pueblo se engalana, una vez más, para la celebración de sus fiestas trianuales y, mediante este pregón, se anuncia y participa a vecinos y visitantes el comienzo de los festejos que van a tener lugar en honor de Nuestra Señora la Virgen del Pino.
En el momento en que nuestro alcalde me invitó a hacer este pregón tuve unos días de dudas al encontrarme desvalido de méritos literarios para ocupar el noble oficio de oradores y poetas. No obstante, lo acepté como un gran honor que se me hacía, a la vez que un mandato, porque este último obliga siempre a servir al pueblo del que somos hijos.
El pregón es una llamada a la alegría, a la diversión, a la sonrisa y a olvidar nuestros problemas para vivir un paréntesis en el quehacer cotidiano de los pueblos. El pregón es —en palabras de ese entrañable alcalde que fue, de la capital de España, el profesor Tierno Galván, en uno de sus famosos Bandos Municipales— “una llamada a los ciudadanos recordándoles el derecho y la necesidad de disfrutar de unos días de ocio, festejando sus fiestas, y participar en esa llamada de reencuentro, hermanamiento y solidaridad”.
Cuando las fiestas se celebran con una romería, el pregonero anuncia el tradicional homenaje y veneración que se rinde a Nuestra Patrona.
Quiero transcribir la definición de romería hecha en un pregón de otro pueblo canario recogida por nuestro ilustre académico palmero D. Luis Cobiella. Dice así:
“El pregonero sorprende al habitante del pueblo compartiendo la canción con su cotidiana labor. Se puede trabajar cantando, porque el trabajo ha de ser alegría y, como con la alegría tiene que haber belleza, comenzó la mujer a adornarse el sombrero con amapolas y la blusa con violetas, y el hombre le puso geranios al carro y se fue echando atrás el sombrero para que se le vieran brillantes los ojos, y hubo roces de manos y miradas jóvenes y tonadas tiernas y nacimiento de amores que quisieron ser eternos. Nació así la romería como una explosión no sé si de entusiasmo, o como una liberación de días monótonos”.
En este intento de pregón, y éste es el título que le he dado, pretendo contarles mis recuerdos y vivencias pasadas con motivo de estas fiestas, a la vez que participarles de mis sentimientos ante nuestro pueblo, sus gentes y nuestra Virgen del Pino.
En mis recuerdos, la Virgen del Pino se presentaba como la fiesta magna, cerrando ese abanico de fiestas estivales, el Corpus, el Sagrado Corazón y la Patrona, en la que la chiquillería del barrio teníamos puesta nuestra mayor ilusión, comparable a la de los Reyes Magos.
Constituía día de júbilo, hermanamiento y solidaridad familiar y vecinal, comenzando con el acto de cargar enseres familiares, comida, agua, vino… en el camión de Juan Calero y Eduardo Bruno que, año tras año, transportaba desde Tajuya al Barranco a la familias y pertenencias, cubriendo el último tramo a pie. Era un viaje alegre e ilusionado con la novedad de hacer excursiones más largas que el año anterior.
Recuerdo de forma nostálgica contemplar las salutaciones de vecinos, la alegría derrochada por las gentes cargadas con sus cestos, garrafones o pequeños barriles con sus propios vinos, unos a hombros y otros sobre mulas o caballos, cada uno buscando un lugar para extender su mejor mantel para la comida familiar. Era, además, un momento de hermanamiento y convivencia de amigos y parientes que acudían desde largas distancias del valle y allende las cumbres.
Esto se repetía año tras año, y el día de festejos se iba llenando con los conciertos de la Banda Municipal después de la misa, con la comida y la siesta sobre el pinillo, y más tarde con la esperada carrera de las bestias, caballos o mulos.
Este acto era uno de los que desencadenaba grandes pasiones. Las discusiones, comentarios y bromas se extendían mucho más allá de ese día. ¿Quién no recuerda la reñida carrera de la mula baya y la mula negra de Pablo Pino y Vicente Guelmes, o la anécdota de la yegua de Tomás que después de ir ganando casi todo el trecho, dejó pasar al caballo de Manuel Galeno en la recta final, o el caballo Alma de Tacande, cuidado con estratégico secreto por Joseíto, Domingo Hernández y Pedro Concepción, en su famosa carrera con la yegua de Las Palmas?
Los jinetes Caturro, Pepín, el Cambao y Joseíto eran personas admiradas por su valentía y destreza.
Recuerdo con nostalgia, y mantengo una viva imagen del entusiasmo derrochado por los vecinos con la preparación de las ropas típicas y el ensayo de los bailes con el fin de hacer una buena demostración del barrio. Y siempre guiados y dirigidos para los cantos y bailes por las persona más viejas con venerado respeto al rescate y mantenimiento de las tradiciones. Recuerdo a Carmen Capote con su sirinoque y el tambor de piel de conejo de Aniceto, por nombrar sólo a algunos.
Cuando comparto mis recuerdos con las actuales fiestas puedo observar que se conserva y emerge el mismo espíritu en el pueblo y que se trata de una tradición conservada a través de unos tiempos que han cambiado.
Todo Pregón suele ir acompañado de una enumeración de las pasadas glorias con exaltación de lo propio, de las personas y del lugar donde se vive y con el canto a las bellezas naturales.
Pero yo no soy poeta y son muchos ya los que han cantado nuestras bellezas. No quiero cansarles con historias que todos conocen, que están escritas y son nuestras raíces y nuestra tradición.
Todo el mundo sabe que nuestro pueblo tiene 160 años de independencia; que tiene el título de “ciudad” hace 87 años; que nuestra Virgen del Pino se apareció hace 500 años y que su actual parroquia fue fundada hace 70; que nuestra artesanía de la seda tiene más de 400 años; que la Caldera de Taburiente es uno de los primeros Parques Nacionales y que, junto con la Fuente del Pino, constituye un lugar histórico en la conquista de La Palma y final de la conquista de Canarias.
Todo el mundo sabe también que nuestro escudo y bandera son las heráldicas que mejor recogen las realidades prehistóricas, históricas y gráficas como pueblo que muestra y pregona con orgullo sus raíces, historia y belleza natural.
Lo que si deseo expresarles son mis sentimientos, sentimientos ante la contemplación de nuestro pueblo, lo cual puedo hacer recordando a nuestro Premio Nobel, Don Camilo José Cela, cuando dice: “Andar un pie tras otro, con sosiego y buena voluntad, la tierra propia, es un regalo que los clementes dioses hacen al hombre cuando éste se lo pide con la clara voz que presta la humanidad a la inteligencia”.
Y sigue: “Hay pocos placeres, tanto de cuerpo como del espíritu, comparables al deleite del camino cuando el día nace y la luz empieza a dibujar la silueta de los montes y los árboles”.
Y yo añadiría: Y la contemplación de ese mar de nubes sobre el mar océano del que brotan las siluetas de nuestras otras islas hermanas, y esa suavidad que parte de nuestras cumbres cubiertas con el manto de la brisa contemplado desde lo alto de La Caldera al amanecer.
Para mí, La Caldera se presenta como una visión imponente y pletórica de magnificencia, que avasalla y empequeñece todo lo que rodea e imprime a toda la comarca el sello de su soberanía.
Siempre he percibido que desde La Cumbrecita hay dos versiones totalmente contrapuestas. Una hacia El Riachuelo, donde los pinos dan una impresión dulce y suave formando un hermoso bosque; otra, la visión hacia La Caldera, impresionantes los pinos desafiantes, como alineados en disciplina castrense, vigilantes guardianes de su soberanía interior.
Siento que en este pueblo la naturaleza ha sido siempre pródiga: arriba, vegetación abundante y fresca; abajo, pastos y almendros —en una época, fue llamado “el valle de los almendros”— y contemplando, como una alfombra, las lavas volcánicas y los huertos de regadío.
Todo ello con las casas y calles tan bien cuidadas, hacen de este pueblo un lugar de excepcional belleza y uno de los más entrañables de la isla donde el visitante se le ofrece un lugar para soñar.
Nosotros tenemos ese majestuoso pino centenario que enseña al caminante la orilla del camino viejo, y señala protegiendo a Nuestra Señora la Virgen del Pino. Es tanta su majestuosidad que el decir popular señala el lugar tanto “La Virgen del Pino” como “El Pino de la Virgen”.
En cuanto a las personas, con la gente de El Paso siento un profundo respeto y cariño, y con ella quiero compartir estos sentimientos a través de estas palabras que brotan del corazón, que es el mejor depósito para dejar guardadas las cosas que se sienten de verdad.
Y El Paso he de describirlo como un pueblo que ha sabido mantener sus tradiciones sin perder el horizonte de la modernidad y el progreso.
Es un pueblo con una sensibilidad muy especial, ampliamente demostrada, que le confiere a sus gentes gran potencialidad para el desarrollo artístico en todas las facetas. Es un pueblo que siente su prehistoria guanche y su historia y evolución como una autoafirmación permanente.
Como pueblo campesino ha sabido de las duras jornadas y de los grandes sacrificios, jornada de labranza o de siega de sol a sol, traer una carga de codeso o el cuidado permanente del ganado, que no sabe de horarios, o del cultivo del tabaco bajo el sol.
Vaya asimismo mi recuerdo y homenaje a los hombres y mujeres de este pueblo que han sido capaces de esparcir, gracias a su formación, la semilla de la cultura en los diferentes campos de actividad en la isla y más allá de ella.
Ellos serán siempre nuestros mejores embajadores dondequiera que estén ejerciendo su labor. Es bien sabido que La Palma y este pueblo de El Paso, son una cuna de gente bien preparada, y debemos ser capaces de levantar siempre la voz para seguir avanzando en el camino de la formación de nuestra juventud.
También es un pueblo que sabe del duro sacrificio de la emigración. Son muchos los que ha cruzado el charco para vivir la aventura americana y volver a la tierra, para, con sus dineros ahorrados pacientemente, fabricar su casa y su finca.
Todos sabemos que gran parte de la transformación de espacios, volcánicos quemados, en tierra fértil donde hoy crecen las mejores plataneras, es debida a muchas de esas gentes, y es preciso subrayar que, para lograr esas alfombras verdes de plátanos, ha sido necesario conjugar el trabajo duro y la inteligencia del agricultor.
Esta creación de riqueza se extiende mucho más allá de las lindes del pueblo, a otros pueblos, otras islas y otros continentes. En realidad no es fácil encontrar palabras para hacer patente tanta laboriosidad y esfuerzo, pero si quiero expresar mi sentimiento convencido de que el espíritu batallador libre es la característica principal que define a nuestra gente que es capaz de llegar desde abajo a volar muy alto. Como esa planta, el codeso, que, paso a paso y desafiando a la climatología, extiende su flor más arriba que otras plantas.
Quizá sea ese espíritu una parte del milagro de esta tierra nuestra en la que estamos enraizados, que nos vio nacer y crecer, y a la que volvemos los que vivimos más lejos para compartir la alegría en actos como este.
Éste es mi caso, y aprovecho esta ocasión para expresar públicamente mi agradecimiento a Laura, mi mujer, y a mis hijos, por su integración total a este pueblo.
En cuanto a nuestra fiesta de la Virgen del Pino es fácil entender que la riqueza de actos, el entusiasmo y dedicación de nuestras gentes dé lugar al disfrute de las fiestas.
Don Pedro García Cabrera, nuestro gran poeta canario de la vecina isla de La Gomera, dijo una vez: «No tienen igual talante los pueblos que ven nacer el sol, que los que presencian su cenit sobre el horizonte marino. En estos últimos se alumbra un gusto especial por el ocio, por saber extraer de la existencia sus más finos jugos».
El Paso, señores, es de poniente, y ése es nuestro caso. De ahí el éxito de nuestras fiestas.
A Nuestra Señora la Virgen del Pino pido disculpas por no ser poeta para cantar como se merece su bondad y belleza. Veneración cantada por tantos poetas… como Antonio Pino, Pedro Castillo, Félix Duarte, Oswaldo Izquierdo, Manuel Castañeda y otros. Pero si quiero decirle, respetuosamente, dos cosas:
Primero, que en mis recuerdos y vivencias la veo como una madre protectora de aspecto majestuoso en su lugar de vigilancia, en esa línea que va desde la Cumbrecita a las arenas de la Cumbre Vieja, apoyada en ese bastón de mando, que es su pino centenario, y adornada con ese manto blanco-azulado de brisa que cae de la cumbre.
No hay más que atravesar el túnel y entrar en terrenos de El Paso para observar esta descripción e imaginarse a la Virgen desde la altura del pino vigilando y protegiendo a su pueblo esparcido hacia abajo por el valle.
Y una segunda cosa: le diría a la Virgen que debe estar muy orgullosa de su gente. Y que, si contempla los tres lugares palmeros de culto mariano, podrá ver uno en Las Nieves, como santuario recogido, rincón grato a la devoción y respeto solemne, como Patrona Insular; otro el santuario de Las Angustias, recogido y profundo, venerado con respeto y cierta tristeza por fieles que piden y pagan promesas; y tu santuario, Virgen del Pino, elegido en el lugar más alegre y pintoresco, con tu gente, pueblo modelo que te venera y respeta ofreciéndote fiestas y romería, expresando lo mejor de su espíritu y derramando una alegría que pone a tus pies.
Hoy comienzan, queridos paisanos, las Fiestas de Nuestra Señora del Pino. Mañana será elegida nuestra Romera Mayor, y vaya desde aquí mi homenaje a la joven que, junto con su corte, represente la juventud, la belleza y la ilusión, que presidirá y será símbolo en todos los actos y días que dure la fiesta.
Por último, y dentro de un concepto clásico de pregón, he de rogarles y recomendarles —en nombre del señor alcalde, de las autoridades competentes y en el mío propio— cuidado y prudencia en el disfrute de las fiestas. Alcohol y carretera no deben arruinar al final el merecido festejo.
Tenéis la obligación de disfrutar las fiestas, de participar con deseos de divertimento, pero con espíritu fraternal y solidario con vecinos y visitantes, propios y extranjeros, practicando las buenas costumbres en clima festivo de convivencia, el más apropiado para hacer duraderos y fuertes los afectos.
¡Felices Fiestas del Pino 1997!
JOSÉ MARÍA BRITO PÉREZ
Hijo Predilecto de la Ciudad de El Paso
“Es un orgullo recuperar el Pino de la Virgen, de El Paso, y devolverle vida”
La Consejería de Política Territorial ha concluido las obras de rehabilitación del entorno del emblemático árbol con una edad cercana a los 800 años.