[*ElPaso}– La ‘perdida’ (que no ‘pérdida’) de Lucio Montes

01-07-2007

Carlos M. Padrón

Aquella noche del 1 de diciembre de 1960, más que decembrina parecía una primaveral: clara y apenas un tanto fresca, pero, eso sí, oscura por la Luna nueva y con un cielo despejado y tachonado de estrellas.

Pasada la 1 de la madrugada ya los vecinos habían dejado atrás su primer sueño, cuando el silencio de la noche fue roto por unos gritos de mujer que clamaba “¡Mi hijo! ¿¡Dónde está mi hijo!?”. Y eso, a esa hora y en un pueblo como era entonces El Paso, ponía carne de gallina al más pintado.

Mi madre (q.e.p.d.), siempre de vena melodramática, de inmediato entró en histeria, y mi padre, mucho más pragmático y ecuánime que ella, sabiendo que no debía dejarla sola pero queriendo ayudar, si ése era el caso, me pidió que me vistiera y que, guiándome por los gritos, fuera hasta la casa de donde provenían éstos y averiguara qué diablos pasaba.

Así lo hice, y a poco di con la casa en cuestión. Entré a su patio y allí encontré, ya reunidos, a varios vecinos, todos hombres mayores, que no habiendo podido calmar a doña Lucía Montes —que así se llamaba la dueña de la casa y emisora de los gritos—, pasaron a preguntarse el por qué de su actitud, pues el hijo por el que ella clamaba tenía ya más de 30 años y, por tanto, estaba en edad de llegar tarde a la casa, si quería hacerlo, o de no llegar durante toda la noche, si le venía en gana.

Yo, el único muchacho en el grupo, guardaba prudente distancia y discreto silencio.

De pronto, y como venido de la nada, apareció en el patio Lucio Montes, el hijo “perdido”, y con su característico andar lento y calmado, pasó, sin decir palabra, frente a todos los allí reunidos, y también frente a su madre, se metió en su casa, y fue tal la prisa por darnos con la puerta en las narices que a punto estuvo de dejar fuera a su ya repentinamente calmada progenitora.

Todos nos quedamos perplejos y boquiabiertos, y con la sensación de haber hecho el papel de idiotas. Y todos nos retiramos, yo al final del grupo y escuchando las maldiciones e improperios de los mayores y las conjeturas que hacían acerca de lo ocurrido.

Al día siguiente, los detalles del suceso eran la comidilla de todo el pueblo, y, para variar, las C3 analizaron el caso y tomaron buena nota de la fecha y hora en que ocurrió.

Unos tres meses después, Lucio Montes contrajo matrimonio, y, pasados seis meses de la boda, su esposa dio a luz un saludable bebé. Los registros “acásicos” de las C3 fueron activados e, inclementes, pusieron en evidencia que el bebé había nacido exactamente nueve después de la noche de la “perdida” de Lucio Montes. “Aclarado el misterio”, dijeron todos.

A sólo días de diferencia nació también en el vecindario el nieto de Florentino, cuyo hijo se había casado cuando su novia mostraba ya evidentes indicaciones físicas de embarazo –que nadie trató de ocultar—, y dio a luz cinco meses después de la boda.

Cuando los dos natalicios eran el tema del día en el pueblo, en una de las ventas que ya he mencionado antes coincidieron, con muchos otros parroquianos, don Florentino y doña Lucía, y ésta, tal vez porque sabía de los comentarios que a sus espaldas se hacían, dijo, sin ton ni son, que ella creía que a su nieto tendrían que ponerlo en incubadora porque era lo que ameritaba una criatura que había nacido a sólo seis meses de su gestación, a lo cual, con evidente sarcasmo y para regocijo de todos en la venta, respondió don Florentino:

—¡Qué va, doña Lucía; nada de eso! Los muchachos de hoy ya no son así. Fíjese usted que el de casa nació con sólo cinco meses, ¡¡y está que da gusto verlo!!

Todo el incidente no fue óbice para que la “seismesina” criatura Montes creciera saludable y sin problemas, pero sí lo fue para que los tuvieran, y por mucho tiempo, unos vecinos de los Montes, pues religiosos como eran acostumbraban a rezar el Rosario cada noche antes de irse a la cama, y cada vez que les tocaba mencionar el Misterio de “El Niño perdido y hallado en el templo” no podían evitar soltar la carcajada, que se contagiaba a todos en el grupo, y ahí terminaba el sagrado rezo de esa noche.

[*ElPaso}– Concurso clandestino e insólito de una C3

29-05-2007

Carlos M. Padrón

Retomando el tópico de los comentarios que se hacían en las C3 y que solían ir subiendo progresivamente de tono en la escala moral, en una de ellas ocurrió una vez que el tópico de conversación recaló en las dimensiones de la vulva de la hembra humana, y derivó en bravuconadas de varias de las damas presentes acerca de las dimensiones de la propia.

Los ánimos de algunas de las féminas más arrojadas que allí había se caldearon al punto que, armadas de cintas métricas —de las flexibles, que usan sastres y costureras—, se fueron al Barranco de Las Laderitas, al borde norte del pueblo, se refugiaron en una de las muchas cuevas que en ese barranco hay y procedieron a medirse sus vulvas entre ellas: la dueña del órgano a medir se despojaba de sus bragas (pantaletas), se sentaba en una piedra, se abría de piernas, se echaba hacia atrás, y una de sus compañeras, bajo la vigilancia del resto, procedía a tomar las medidas, que eran anotadas por otra de las muchachas en una de las libretas usadas en la C3 para registrar las medidas de las prendas a confeccionar.

Posiblemente porque las dimensiones de la parte íntima de una de las muchachas resultaron vergonzosamente inferiores a las de todas las demás, ésta se sintió molesta, y tal vez buscando justificación comparativa, contó —bajo condición de “confidencialidad”, por supuesto, ¡faltaría más!— los detalles del clandestino concurso “vulvístico” —o “chochístico”, como alguien lo llamó—, usándolos como pretexto para decir cuáles fueron las medidas de la ganadora, y que se viera que eran, a todas luces, anormales por excesivas.

En aquella época y en aquel pueblo, hasta los pequeños sabían qué se podía difundir y qué no. Y por la índole de tal concurso y el respeto a las familias de las concursantes, el incidente “pasó bajo la mesa”: pocas personas supieron de él, y las más de las que sí supieron, callaron.

Pero, fuera por lo que fuere, cada vez que durante los años siguientes vi a la “campeona” no pude evitar que mi imaginación alzara vuelo, llegando hasta recordar mis incursiones en espeleología. Y por años me ha torturado la incertidumbre de no saber qué pasó con las cintas usadas para tomar las medidas.

• ¿Fueron devueltas sin más a la C3 de donde salieron, a pesar del aroma delator que, por supuesto, adquirieron durante la medición?
• ¿Las bañaron antes en soda cáustica, arriesgándose a que quedaran ilegibles?
• ¿Las botaron, y en la C3 dijeron que se habían perdido?

o no tener respuestas ciertas a dudas tan importantes como,

• ¿Estuvo involucrada en el concurso, tal vez como árbitro imparcial, la directora de la C3?
• ¿Y qué suerte corrió la libreta con los resultados de las mediciones, libreta que desde ese preciso momento cobró incalculable valor histórico? ¿Fue destruida? La hoja u hojas con las medidas, ¿fue arrancada? ¿La conservó alguna de las féminas, tal vez como base y referencia para un posible futuro concurso?
• ¿…?

En fin, todas estas preguntas, y otras muchas de igual calibre filosófico y nivel de insondable profundidad espiritual, me han generado desde entonces grandes dudas existenciales.

[*ElPaso}– Crónica de una boda

01-05-2007

Carlos M. Padrón

Aclaratoria previa y necesaria.

Hurgando entre mis papeles he dado con un escrito, titulado “Crónica de una boda”, que escribí yo mismo un febrero 28 de mediados de los 50. No recuerdo el año, pero me inclino por 1956 porque, que yo recuerde, febrero de 1957 fue el último febrero que pasé en El Paso, y es muy poco probable que en febrero de 1957 escribiera yo “Crónica de una boda”, que lo escribí para enviárselo a mi tío Pedro (Pedro Martín Hernández y Castillo), quien desde 1949 vivía con su esposa e hijas en Santa Cruz de Tenerife, y gustaba de estar al día con lo acaecido en su querido El Paso, del que conocía a todos los habitantes, y por ello entendería muy bien lo que el artículo menciona —antecedentes, hechos, personajes y lugares—, y sabría completar lo que acera de esto omite. Pero como ése no es ahora el caso, pues ha pasado mucho tiempo y no todos los que lo lean son de mi pueblo, o si lo son nada saben de esto, se hace necesaria una breve explicación.

A mediados de los años 50 había en El Paso una dama cincuentona, o tal vez de más edad, a quien llamaré Rosalba, que desde años había sido dada por solterona sin esperanzas. Pero de América llegó un “indiano”, un señor sesentón, o tal vez de más edad, a quien llamaré Julio, que se había casado ya dos veces y era dos veces viudo. Y, para sorpresa de todos y deleite de algunos, Julio le propuso matrimonio a Rosalba.

Rosalba —que, por supuesto, aceptó— entró en un estado de entusiasmo más propio de adolescente que de dama otoñal, y no paraba de hablar de su vestido de novia, y de cómo iban los arreglos de su nido de amor, nombre con el que se refería a la casa en la que se desposarían y en la que, a decir de Rosalba, vivirían muy felices. Y en medio de la constante excitación de los preparativos, no perdía ocasión de decir “¡Yo soy muy feliz con Julio!”. Y con tal hacer y decir sólo alimentaba el malsano interés y los comentarios de burla.

Lamentablemente —al menos así lo veo hoy, tal vez porque estoy muy cerca de los setenta—, esto despertó el morbo de mucha gente del pueblo que se prometió no perderse por nada el acto de la unión religiosa de Rosalba y Julio, considerados demasiado viejos para andar en eso porque en aquella época, y yo diría que en aquel pueblo, alguien con más de 50 años era considerado viejo y lucía como tal. Y tanto fue el interés manifiesto en sarcásticos chismorreos y comentarios de todo tipo y a toda hora, que los novios y la familia de Rosalba decidieron no decir cuándo se celebraría la boda y, además, y con complicidad del cura párroco, celebrarla a puertas cerradas para privar a esa gente de la oportunidad de satisfacer su morbo.

Y así lo hicieron, dando lugar a los hechos que relato en mi mencionado artículo, y que presencié personalmente porque, haciendo memoria con mi hermana mayor, ese 28 de febrero había ido yo a Santa Cruz de La Palma en el coche de Emilio Carballo o en el de Melo Ramón, que eran los “taxis” que para entonces había en el pueblo para el servicio, a unos siete pasajeros por vez, de un viaje de ida y vuelta a La Palma, como se le llamaba familiarmente a la capital de la isla. El coche salía de El Paso a golpe de 6 de la mañana, desde frente al Bar Central, y hacía una parada obligada en Fuencaliente, mitad del trayecto, bien para que chofer y pasajeros desayunaran o comieran almendrados.

Para el regreso a El Paso el punto de reunión solía ser el bar del pasense, y lejano pariente mío, Melo Padrón, en la Avenida Marítima. Y la salida no era tan a hora fija porque dependía de cuándo terminara sus diligencia el más rezagado de los pasajeros. Ese 28 de febrero alguno las terminó tarde y llegamos a El Paso casi a las 10 de la noche.

Cuando camino a mi casa vi tanta gente reunida frente a la Iglesia Nueva, a la altura del para entonces recién bautizado Bar Casablanca —pero conocido desde años antes como Café de Bellido—, me acerqué hasta allí, averigüé el motivo de tan extemporánea y concurrida reunión, y me quedé con todos a ver qué ocurriría.

Aquí va, trascrito textualmente, el artículo en cuestión, tal y como lo escribí cuando tenía yo 16 años, o sea, hace más de medio siglo —Santo Dios, ¡más de cincuenta años! ¡Ni yo mismo me lo creo!— y lo pasé a letra de molde en, seguramente, la desvencijada máquina de mi tío Daniel Padrón.

Si lo escribiera hoy, por lo menos la redacción y detalles serían otros, pero al trascribirlo aquí no quiero alterarlo más allá del cambio de los nombres de los protagonistas.

***

CRÓNICA DE UNA BODA

El día 28 de febrero de los corrientes contrajo matrimonio Rosalba Dorta.

Una heterogénea multitud se “golió”, no se sabe por dónde, la celebración del acto, y esperó impertérrita a la puerta de la iglesia a pesar de que permanecía cerrada ya que el párroco, una vez celebrada la primera y única boda “oficial” del día, trancó y se fue. Pero la gente no se dejó convencer por este simulacro de prematuro sueño, y continuó esperando.

Por fin, a las once en punto de la noche los vigías apostados en la esquina del Bar Casablanca dieron la voz de alerta: un coche acaba de salir del domicilio de la víctima. En un alarde de puntualidad, llegaron al mismo tiempo a la escalinata de la iglesia el coche y el cura.

El primero paró, y con un grácil saltito, propio de una exótica sirena, descendió de él la radiante y satisfecha persona de la novia. Avanzó la comitiva por la izquierda, según se entra, y, al pasar por la puerta lateral, abrió el párroco una hendija, pero el nupcial cortejo, seguido de cerca por una masa ansiosa de gentes, demostró escaso interés por las puertas laterales y avanzó decididamente hacia la principal.

Como solícito y fiel lacayo volvió el señor cura a repetir la maniobra de la puerta y, como temeroso de que se colase algún espíritu de infelicidad, abrió sólo lo necesario para que entrasen las parejas, y fue tal su apresuramiento por cerrar que por poco deja afuera a un sujeto del acompañamiento cuya esposa había ya penetrado en el templo.

Pero he aquí que aquella gente que había esperado más de una hora para presenciar el famoso enlace entre Julio III y Rosalba I, al ver cómo le han dado con la puerta en las narices estalla en una salva de rugidos, chillidos, silbidos, y gritos, no muy correcta, pero sí altamente significativa. Aquellos pacientes espectadores se retiraron sintiendo tan ofendidos sus sentidos de la investigación y la espera que, rápidamente, planearon la terrible venganza.

Salen los esposos por el lado opuesto al que han entrado y, a su paso, se nota una atmósfera de risa contenida. No bien han vuelto la espalda al citado bar, cuando desgarra el silencio de la noche un sobrehumano estornudo que tiene la virtud de romper la contención de la risa. Carcajadas a granel.

Suben los desposados al coche y, en el momento de partir, se deja oír la melodiosa sinfonía de un abollado orinal que baja rodando por la cuesta en pos del coche. Nuevas y estruendosas carcajadas.

El automóvil portador de tan amorosa carga parte como una exhalación y se detiene en la casa de la enamorada esposa. Se bebe, se come y, a la hora de partir para el “nido de amor”, como ella lo llama, se vuelve a escuchar el musical sonido del orinal, pero acompañado esta vez por el no menos musical de un cascabel de cabra que, junto con su cantante compañero, habían sido previamente atados al parachoques trasero del automóvil.

Como broche de oro, el muy elocuente discurso que, ante los asombrados “¡Hijita!” del señor alcalde, pronunció la exaltada madre de la esposa, acusando a nuestro pueblo de un terrible déficit en la educación de sus hijos.

[*ElPaso}– El calendario de la discordia

10-04-2007

Carlos M. Padrón

NotaCMP.- De todas las historias que de El Paso he contado aquí y contaré, ésta es, hasta ahora, la única que he escuchado en boca de una sola persona; a nadie más le oí hablar de ella. Esto podría indicar que la historia es falsa, parcial o totalmente, o que, por lo delicado de los sucesos que describe y de la posición de una de las personas involucradas, se optó por no darle publicidad.

En todo caso, y como decía mi amigo Juancho (el de Bailando con máscaras) “Lo cuento como me lo contaron; si miento es por boca de otro”.

***

Como ya dicho, las barberías de El Paso tenían un solo sillón, un solo barbero (su dueño), y la afición de éste a hablar de política light por cuanto en plena dictadura de Franco el tema era delicado, o hasta intocable. Y también en ella se reunían varios hombres para usar los servicios del barbero o simplemente para matar el tiempo dándole a la lengua sobre diversos temas, chismes incluidos, como ya referí en Olga y el tenorio.

Uno de los indianos recién llegado de Venezuela había traído un calendario en cuya portada aparecía una dama desnuda, calendario que causó sensación en el pueblo porque, en aquellos tiempos, allí, ni en fotos públicas y menos en cine, se veía un desnudo; es más, no se veía ni siquiera un muslo, aunque fuera de pollo, pues eran los tiempos en que la dictadura y la Iglesia habían impuesto una férrea censura, y los curas se creían con autoridad y derecho a dictar normas, no sólo morales sino también sociales, y esperar que todos dijeran amén a ellas.

El cura de turno en el pueblo supo que el indiano había dejado el calendario “en consignación” en una de las barberías, para deleite de quienes la frecuentaban o de cualquier hombre del pueblo que quisiera ir a verlo, así que un buen día se presentó en esa barbería causando el consiguiente asombro ya que nunca antes había entrado en ella.

Todos hicieron un silencio respetuoso y un tanto ominoso porque tal inesperada visita no auguraba nada bueno.

El cura, después de saludar con aire desenvuelto, como si fuera un cliente habitual —pues se las daba de simpático y persuasivo—, se dirigió al barbero, con sonrisa de buenos amigos, y entre ellos tuvo lugar este diálogo:

—Entiendo que usted tiene aquí un calendario que le trajeron de Venezuela. Yo quisiera verlo.

—No, eso no es para usted—, contestó el barbero, sin siquiera mirar al cura, mientras, impertérrito, siguió manejando su navaja para afeitar al cliente sentado al momento en el sillón.

—¿Por qué no, si sé que todos aquí y muchos otros lo han visto ya, y que van a venir más a verlo?.

—Porque como el calendario no es mío ni es cosa que a usted le vaya a gustar, si yo se lo muestro usted podría o romperlo o querer llevárselo, y eso tendría resultados muy desagradables.

—¡Yo sólo quiero ver ese calendario!—, replicó de inmediato el cura, pasando de la sorna inicial al tono autoritario, pues, como cura de aquellos tiempos, no estaba acostumbrado a ser desobedecido.

Tal vez cansado por la insistencia, o irritado por el cambio de tono, y habiendo ya advertido de posibles malas consecuencias si el cura atentaba contra el calendario, el barbero, aún navaja en mano, se dirigió a un rincón de la barbería, tomó el calendario, que estaba enrollado en forma de tubo, y, sin decir palabra, se lo entregó al cura,… y siguió dado a la tarea de afeitar a su cliente.

El cura desenrolló el calendario, y a la primera ojeada palideció, luego enrojeció y de inmediato lo estrujó con claras intenciones de romperlo.

No bien había iniciado ese movimiento cuando el barbero, moviendo su mando derecha a velocidad de rayo, apoyó el filo de la navaja contra la yugular del cura mientras lo miraba fijamente a los ojos con una determinación que no dejaba lugar a dudas.

Atónito, el cura se paralizó, congeló todo movimiento y se tornó rígido y pálido como un cadáver. Luego arrojó con rabia al piso el maltrecho calendario, dio media y se fue sin decir palabra.

[*ElPaso}– El Ñoño y su nieta

04-04-2007

Carlos M. Padrón

El Ñoño —el mismo de El Ñoño y el arco iris—, absolutamente chocho con su nietita, Marían Nela —que así se llamaba la hija de Julita, la de Sin derecho a pedir más— salió un día al jardín llevando en brazos a la niña cuando ésta tenía apenas unos cinco meses, y cortando una rosa de vivos colores pero con el tallo lleno de espinas, comenzó a moverla a escasos centímetros de la cara de la bebé mientras cantaba:

—¿Ónde as, Aría Ela? / A er la abrita e apá (= ¿Dónde vas, María Nela? / A ver la cabrita de papá).

Atraída por el color y el movimiento de la rosa, la niña extendió su mano con clara intención de empuñar el espinado tallo, ante lo cual Doña Fina —la vecina mencionada en “El Ñoño y el arco iris”— que había observado todo muy de cerca, exclamó alarmada:

—Pero, hombre de Dios, ¿¡no ve que esa niña se va hacer daño con las espinas!?.

Y El Ñoño, sin dejar de bailar a su nieta y sin mirar siquiera a Doña Fina, contestó inmutable:

—Yo ya e lo dije: “Aría Ela, ¡en cuidado, ira e las osas ienen espinas!” (= Yo ya se lo dije: María Nela, ¡ten cuidado, mira que las rosas tienen espinas!”).

[*ElPaso}– Tres de La Salina

22-03-2007

Carlos M. Padrón

La Salina, vecina y coetánea de mi madre, era famosa en el barrio por su “altruismo”, sus “profundas” reflexiones y la ligereza con que las expresaba.

Contaba mi madre que un día en que varias mujeres estaban reunidas, bordando, en casa de La Salina, cada una sentada en su respectivo taburete, la Salina hizo un mal movimiento y cayó hacia atrás, con tan mala suerte que en la caída abrió las piernas de par en par y, al alzarlas así abiertas, la falda le llegó a la cabeza.

En cuanto pudo recobrar su compostura, y aún en el suelo, exclamó lloriqueando:

—¿Se me vio algo? ¡Ay, Dios mío, y yo que suelo ponerme bragas todos los días, no me las puse hoy!

(Bragas = pantaletas).

~~~

En aquellos tiempos los proveedores de pescado eran unas mujeres, llamadas genéricamente “barqueras” y vecinas de El Puerto (Tazacorte), que si bien a veces llegaban en guagua (bus) a El Paso, otras veces, cargando en su cabeza una cesta llena de pescado, subían caminando desde El Puerto —por lo menos unos 11 k y en pendiente pronunciada— para ver de vender su mercancía en El Paso, lo cual no siempre lograban totalmente. Y en particular no lo lograba una de ellas, llamada Manuela y famosa por sus malas pulgas, a quien apodaron “La guagua de las dos” porque llegaba a El Paso en la guagua de las 2 de la tarde, y a esa hora le era ya difícil vender su pescado porque sus competidoras, Celia y Gabriela, habían llegado antes y cubierto la demanda.

La Salina sabía de estos fracasos de gestión comercial de “La guagua de las dos”, y se apostaba pacientemente en la entrada de su casa esperando que Manuela bajara con mercancía sobrante.

Un día en que se dio esta condición, La Salina le propuso a Manuela canjearle pescado por tunos, fruta ésta que se daba por montones en El Paso pero que para la fecha no se conseguía en Tazacorte.

Como la propuesta, más que leonina, era de uno por uno —o sea, tantos pescados como tunos— “La guaga de las dos” montó en cólera, pero sabiendo que si no transigía tendría que llevarse de regreso su pescado, aceptó, y, para colmo, cuando ya se iba cuesta abajo echando maldiciones, La Salina le gritó:

—Manueeela, ¡no te olvides de traerme mañana las cascaritas, que las quiero pa’l cochino!.

(Las cáscaras de tunos —fotos de ellos aquí—, una vez secadas al sol, eran buen alimento para esos animales).

~~~

Con ocasión de la muerte de un vecino próximo, La Salina se sintió obligada a ir al correspondiente velorio, que tenía lugar en la casa del difunto porque entonces no había funeraria en El Paso. Al llegar al sitio, se sentó junto a María, esposa del difunto, y no sabiendo qué decir para expresar sus condolencias, emitió un profundo suspiro y exclamó:

—Pues sí, María, todos tenemos por qué sufrir: ¡hoy la gallina me movió un huevito!

(Se llamaba “huevo movido” el que, por falta de calcio, tenía la cáscara tan delgada y delicada, casi como papel de fumar, que las más de las veces se rompía cuando se quería recogerlo del nido).

[*ElPaso}– Mística religiosa en su máxima expresión

01-02-2007

Carlos M. Padrón

Doña Josefa, la madre de Angelina (la misma de Miguel el de Angelina, y Sin derecho a pedir más) vivió hasta avanzada edad, y por años mantuvo la costumbre de, en compañía de su hija Angelina, con quien vivía, rezar el Rosario todas las noches.

Por alguna extraña pero sin duda “profunda” vocación religiosa, los rezos de estas dos mujeres eran muy peculiares, y tan alejados de lo mundano que casi rozaban lo místico, pues durante todo el rosario se desarrollaban así:

Doña Josefa: “Dios te salve, María, llena eres de gracia… —Angelina, ¿tú le echaste de comer esta tarde a la cabra?— … el Señor es contigo….”

Angelina: “…  y bendita tú eres… —Sí. le eché unos tagasastes— …. entre todas las mujeres…”:

Doña Josefa: “Padre nuestro que estás en los Cielos… —¿Es verdad que ya parió la yegua de El Arrugado?—…., santificado sea…”

Angelina: “… tu nombre… —Eso dicen—… Venga a nosotros tu reino…”

Y así, salpicado con frecuentes inserciones “teológicas” de este calibre, terminaba por fin el diario rosario.

Con tal nivel de religiosa concentración, no hay duda alguna de que doña Josefa, quien murió hace muchos años, se ha ganado el Cielo sin necesidad de requisitos adicionales.

[*ElPaso}– Mujeres de vida alegre

11-01-2007

Carlos M. Padrón

En los años ’50s, todavía las más de las casas de El Paso tenían animales domésticos —vacas, cabras, conejos, gallinas, cochinos, bestias de carga (caballo, mulo o burro, etc.)—, corrales para ellos, y huertas en las que se cosechaban papas, maíz, hortalizas, etc. o pasto para el ganado.

En esas huertas, o en otros lugares más amplios en los que se sembraba pasto, se “estacaba” principalmente el ganado de leche —vacas o cabras— para que comieran todo lo que quisieran pero sólo hasta cierto punto, y para ello en una de sus patas se les colocaba un grillo desde el que partía una cadena más o menos larga que terminaba en una estaca (de aquí lo de “estacar”), o pieza de hierro larga y de punta aguzada, que se clavaba en la tierra con el fin de que el animal a ella sujeto sólo pudiera alejarse tanto como se lo permitiera el largo de la cadena, con lo cual se le podía limitar la cantidad de pasto a la que tuviera acceso.

Había áreas mayores que durante cierta época del año —y alternando con cultivos, las más de las veces de trigo o cebada— se destinaban a pasto y eran llamadas relvas. En éstas solía soltarse en las tardes el ganado, principalmente las vacas lecheras, para que pasaran la noche pastando a voluntad, y se las iba a buscar temprano a la mañana siguiente para ordeñarlas. A este régimen de permitir que el ganado comiera sólo hasta cierto punto (en las huertas) o tanto como quisiera (en la relva) se le llamaba “darle un verde” al ganado, pues verde era el pasto que en esos lugares les servía de alimento.

Esas casas tenían también, casi todas, un horno a leña generalmente ubicado en la cocina. El horno tenía forma de domo, con una chimenea que partía desde el tope del domo, y una puerta de unos 60 x 60 centímetros, ubicada a la altura de los hombros de una persona de estatura normal, altura a la que estaba también el piso del horno.

En una casa de este tipo vivía Julita, apodada La Cantona, una de las pocas mujeres “de vida alegre” que entonces había en el pueblo. Con ella vivía su madre, anciana frágil, famélica y diminuta que para nada comulgaba con el oficio de su hija, pero no tenía más opción que aguantarse.

***

Don Julián Lara, primo tercero mío —el antepasado común era mi tatarabuelo por línea paterna—, era un campesino nato, parco en palabras aunque muy acertado en las pocas que decía, que poseía el don de entenderse con los animales y amansar a los que tuvieran malas mañas. Sus «desplantes» o “salidas”, como en el pueblo se les decía a las respuestas inmediatas y sorpresivas por lo agresivas o cómicas, eran proverbiales.

También en los años 50, un pasense residente en Venezuela le regaló al pueblo de El Paso un reloj de cuatro caras para ser ubicado en lo alto de la torre de la iglesia, construida años atrás. El día que por fin lo montaron, el cura del pueblo se encontró con Don Julián y, para compartir su alegría, le preguntó:

—Don Julián, ¿qué le parece el reloj?.
—No me gusta.

El sorprendido cura volvió a preguntar:

—Pero, ¿por qué?
—Porque nunca me han gustado las personas de cuatro caras.

***

Un día, Julita La Cantona se pasó de la raya por enésima vez, y cuando supo que la Guardia Civil la buscaba para encerrarla, corrió hasta su casa, se metió en el horno de la cocina y desde allí le dijo a su atemorizada madre que si la delataba la estacaría en la huerta. Y acto seguido cerró tanto como pudo la puerta del horno y se acurrucó bien al fondo.

Al llegar a la casa de Julita, la temida Guardia Civil, que sabía que ella había entrado allí, le preguntó a la anciana dónde estaba su hija. La pobre señora, más que asustada, se limitó a contestar “Ah, ¡yo no sé!” mientras con un dedo señalaba hacia la puerta del horno.

Uno de los guardias abrió esa puerta, ordenó a La Cantona que saliera de inmediato, y ésta le dijo que lo haría pero si él miraba para otro lado, pues tendría que salir de culos y no llevaba puestas las pantaletas (bragas). Muerto de risa, según confesó después, el guardia aceptó la condición, Julita salió del horno y la Guardia Civil se la llevó presa.

Cuando al fin la liberaron, La Cantona se fue directamente a su casa, agarró por el brazo a su anciana madre y, sin más, la estacó en la huerta, frente a la casa, como si fuera una cabra, y allí la dejó hasta que la lógica y humanitaria intervención de terceros consiguió liberarla.

Enterado del caso, un vecino que en ese momento se cruzó en el camino con don Julián, le dijo:

—Don Julián, ¡qué cosas que ocurren, Don Julián! ¿¡Sabe usted que hoy La Cantona estacó a su madre en la huerta!?

Y Don Julián, sin inmutarse ni detener su marcha, contestó:

—Bien hecho, coño, ¡buena falta de un verde que tenía!

Esta expresión, al igual que algunas otras de origen similar, “hizo fortuna” en mi entorno, y así, cuando después de pasados más de dos años de roto mi matrimonio, terminó mi asignación de trabajo en Madrid y regresé a Caracas a comienzos de 1996, a mi hermana menor le llegó el chisme de que yo andaba haciendo vida social con una dama, y entre alegre y sorprendida le comentó a mi hermana mayor:

—María Celia, ¿tú sabes que Carlos está saliendo con una chica?

La simple respuesta de María Celia fue:

—Me parece muy bien, ¡buena falta de un verde que tenía!

***

Volvemos a los 50. Otra de estas mujeres de vida alegre era Layla aunque, a diferencia de La Cantona, se tomaba en serio el oficio para el que había sido cuidadosamente preparada por su madre quien usó a clientes como conejillos de indias para, en vivo y en directo, mostrarle a su entonces inexperta hija Layla qué había que hacer, cuándo y cómo.

La profesionalidad de Layla produjo réditos, y pasado algún tiempo comenzó a dar muestras visibles de un nivel de vida que por lo alto estaba muy lejos del que tuviera su madre o tenían otras damas del gremio.

Una vecina curiosa —para variar—, o tal vez envidiosa (¿?), encontró a Layla un día en la venta de don Vicente Pino y, ni corta ni perezosa, le preguntó abiertamente cómo hacía para vivir tan bien. La respuesta de Layla fue muy clara:

—Es que, bien administrada, la finca del medio da mucho.

[*ElPaso}– Susa e Ismael

17-12-2006

Carlos M. Padrón

Susa e Ismael, su marido, eran tal para cual. Él se daba en exceso a los placeres de Baco y se lo pasaba la mayor parte del tiempo “jumeado” (medio borracho). Al igual que La Tejera, Ismael vivía por y para el vino, de cualquier tipo y condición.

Un día, estando jumeado, fue a visitar a su vecino Juan y lo encontró comiendo uvas. Se quedó mirándolo extasiado y al rato le dijo:

—Hay que ver cómo es la vida, ¡tú lo tomas en píldoras y yo en jarabe!.

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En la venta —un abasto como el de Don Braulio, mencionado en «“Las palomas de la Virgen” conmocionaron a todo un pueblo»— de Don Vicente Pino, en la Cruz Grande, se instaló uno de los primeros teléfonos semipúblicos que hubo en esa zona de El Paso. La venta estaba siempre repleta de parroquianos, generalmente mujeres, o niños/as enviados por sus madres, que iban allí a comprar comestibles u otros insumos para el hogar.

Un día, estando llena la venta, entró Susa, la esposa de Ismael, y le pidió permiso a don Vicente para usar el teléfono porque, según dijo, tenía algo urgente que consultarle a su médico. Don Vicente se lo concedió, Susa sacó de su bolsillo un papelito y, teniéndolo a la vista, marcó un número y siguió el siguiente monólogo, ante las atentas antenas de todos en la venta:

—Soy Susa, la de El Paso. Quiero hablar con Don Pedro, el médico.

(Pausa larga, pero no para las antenas, que cada vez se aguzaban más).

—Don Pedro, soy Susa, la de El Paso. Estoy aquí en la Cruz Grande que vine a llamarlo para que me mande otra cosa porque eso que usted me mandó no lo aguanto.

(Pausa corta).

—¿Que qué tengo? Pos que esas pollas encarnadas que usted me mandó me dejan el culo ardiendo.

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NotasCMP.- Para los del lado americano.

1.- “Polla” es uno de los nombres que al otro lado del charco se le dan al pene. Obviamente, la palabra ampolla no estaba en el léxico de Susa, pero polla sí, por supuesto.

2.- Encarnado es rojo.