[*ElPaso]– El epítome del éxtasis sexual

24-03-2009

Carlos M. Padrón

Perico y Julia se casaron en El Paso a finales de la década de los 40, si mal no recuerdo, y emigraron a Venezuela, al igual que en aquella época hicieron muchos jóvenes de mi pueblo.

En Caracas, donde se residenciaron, trabajaron duro, no sólo para conseguir medios económicos, sino también para conseguir descendencia, pero en lo primero no les fue muy bien, y en lo segundo fracasaron, pues Julia no quedaba embarazada por más “esfuerzos” que Perico hacía. Y digo esfuerzos porque, según el mismo Perico contaba a sus íntimos —entre los que me encontraba— Julia no colaboraba en la medida en que él creía que debía hacerlo.

Después de algunos años buscaron ayuda médica, y el diagnóstico fue que Julia no podía concebir. Hubo llantos y lamentos, pero al final, como siempre ocurre, se impuso la aceptación de la realidad.

Sin embargo, cuando Perico insistió en seguir con el acostumbrado ritmo de los contactos sexuales, Julia, molesta, le preguntó que para qué si ya el médico había dicho que ella no podía concebir. Y entonces fue cuando Perico comenzó a sospechar que a Julia, que era una excelente cocinera y le gustaba mucho comer, no le gustaba follar.

De sus relatos, en algunos de los cuales estuve presente, se deducía que Julia tenía un cierto grado de frigidez, y de ahí la frustración de Perico.

En una sesión mañanera de un sábado caraqueño, Perico volvió a lamentarse de la falta de respuesta sexual de Julia, y como comentó que esa noche estaban ambos invitados a una boda, uno de los asistentes a la sesión le dijo a Perico que era sabido que el alcohol exacerbaba la libido en las mujeres, pero podía disminuir la del hombre, por lo que le recomendó que hiciera lo posible por que Julia bebiera bastante en la boda, que él se abstuviera de beber mucho, y que, de regreso ya en la casa, probara a hacerle el amor a Julia a ver cómo ésta reaccionaba.

El resultado de tan “científico” experimento lo supimos por boca del propio Perico al día siguiente. Éstas fueron, más o menos, sus palabras, dichas con una emotividad que rayaba en la ira:

«Me las arreglé para que Julia bebiera bastante en la boda, pero yo no bebí mucho. Cuando a las 2 de la madrugada iba yo manejando rumbo a la casa noté que ella estaba más alegre que de costumbre, y me dije “¡La receta funcionó! ¡¡Esta noche sí va a responder!!”.

Ya en la casa, nos fuimos enseguida a la cama y yo puse manos a la obra. De pronto noté que Julia sonrió con picardía y, emocionado, porque pensé que la cosa le estaba gustando, le pregunté “¿De qué te ríes?”, y me respondió “No, de nada”».

Todos los presentes, que conocíamos bien a Perico, sabíamos que esta respuesta, no importando de quien viniera, no fue nunca bien aceptada por él, pues sospechaba que querían ocultarle algo y eso le molestaba mucho. Así que anticipamos que su posible orgía no había tenido buen fin, pero dejamos que continuara con su narración de los hechos.

«Yo seguí en lo mío, pero como ese “de nada” me estaba urgiendo1, cuando vi que Julia volvió a sonreír y otra vez me entusiasmé porque creí que de verdad le estaba por fin gustando la cosa, ya no pude aguantarme y le exigí que me dijera de qué se reía. Y la muy %$#? me respondió “Es que estoy pesando que para el almuerzo de hoy te voy a hacer unas garbanzas con patitas de cochino”».

La que se armó entre ellos, a pesar de lo inapropiado de la hora, fue de cuidado, y tanto que ese mismo domingo, cuando bien temprano se fue Perico a la sesión antes mencionada, Julia convocó una reunión de amigas para pedir consejo, y cuando todas concluyeron que la posición de Julia en cuanto al sexo no era normal, ella, más asombrada que triste, se limitó a responder:

—¡Pues a mí eso no me gusta! ¡Yo no sé qué le ven! Ese hombre se despierta todas las mañanas con el chisme2 parado como el palo de una bandera. ¡Quita, quita pa’llá! ¡A mí no me gusta eso!

***

[1] En el léxico pasense, “mortificándome, dándome vueltas en la cabeza”.

[2] En el léxico pasense, cualquier cosa, coroto, tareco, etc. Algo a lo que no se le llama por su nombre, bien porque no se sabe o porque no se quiere.

[*ElPaso}– De los bailes en Monterrey

14-11-2008

Carlos M. Padrón

Por muchos años, Monterrey fue sólo un teatro, con su escenario, su patio de piso de madera y sus palcos, altos y bajos, que se extendían por todo el perímetro del patio. Al fondo del escenario había un telón que ocultaba las tramoyas y la puerta al baño de damas y al de caballeros.

Cuando a mediados de los ’50 regresaron de Venezuela los hijos de los Monterrey, construyeron al lado oeste del teatro una extensa terraza que comunicaba con aquél y que por años fue el mejor lugar de la isla de La Palma para celebrar bodas y otros eventos sociales.

Sin embargo, antes de que existiera esa terraza el teatro se usaba para representaciones teatrales —claro está, era un teatro— pero mucho más frecuentemente para bailes, que eran los llamados “asaltos” (nunca logré averiguar el origen de este nombre, que se daba a los bailes que tenían lugar en la tarde) y a los bailes propiamente dichos, que tenían lugar en la noche, después de la hora de la cena, y se prolongaban hasta la madrugada.

Cuando yo tenía unos 14 años, durante los meses de invierno había tanto frío en la calle que, los domingos, todo varón que podía pagaba su entrada y se metía en el Teatro Monterrey, fuera o no a bailar, con tal de huir del frío, porque, además, en las calles no había nada que hacer; estaban desiertas. Las mujeres no pagaban entrada, pues sabido es que la carnada es siempre gratis.

De los muchachos que, como yo, no teníamos dinero para la entrada, algunos optaban por aprovechar algún despiste de don Víctor Monterrey, el padre de la familia —que se apostaba sentado a la entraba para reclamar el ticket a todo varón que quisiera pasar— y se colaban a toda carrera sin que él pudiera detenerlos.

Otros, cuya educación o temor a represalias no nos permitía hacer eso, nos apostábamos en la pared, cerca del marco de la puerta, donde quedábamos bastante protegidos del frío, y a veces el bueno de don Víctor nos decía “Pasa”. Al menos yo entraba muy contento, me iba a la parte trasera del telón y, si tenía suerte de encontrarme con alguna de las muchachas de mi edad que gustaba de bailar y quisiera hacerlo conmigo, bailábamos allí mismo, tras el telón del fondo del escenario, lejos de la vista de las «viejas» que ocupaban los palcos.

En esa época, las mujeres, muy celosas de su reputación y, sobre todo, del “qué dirán”, aplicaban a sus parejas de baile lo que se llamaba “la retranca” —que, según dije en ¡Mi hija se casará virgen!  consistía en que la mujer cruzaba su brazo izquierdo sobre el pecho del hombre con el que bailaba para así impedir que él se acercara demasiado, o sea, que “se pegara”, que era el término que para eso se usaba—, y las madres y demás “viejas” del pueblo se sentaban en los palcos altos porque, como también dije en «ELLA«, desde allí no perdían pie ni pisada de cuanto ocurría abajo, en la pista de baile. Y al día laborable siguiente al del baile, en todos los lugares de reunión de mujeres, que eran principalmente las C3 y la Fábrica de los Capotes (fábrica de cigarrillos y cigarros, y única industria del pueblo), se comentaba qué muchacha había puesto una buena retranca, y cuál no, y de ésta se hacía leña a mansalva.

Una joven llamada Rosario estaba, desde hacía tiempo, en la mira de “Los honorables cuerpos de vigilancia de la moral pública” porque, en opinión de éstos, ella había venido permitiendo en cada baile un milimétrico y progresivo acercamiento de su novio, hasta que ocurrió que en el baile de un cierto domingo, fuera por lo que fuere, Rosario no le puso al novio retranca alguna y éste se pegó al máximo.

Cuando el lunes siguiente llegó Rosario a su trabajo en la Fábrica de los Capotes, todas las mujeres le cayeron encima con críticas de grueso calibre que la víctima aguantó en silencio hasta cierto punto. Cuando ya no pudo más, se levantó de su asiento y a voz en cuello, para que la escucharan todos en el local, mujeres y hombres, gritó:

—¡Yo fui la que me pegué! Y me pegué todo lo que pude, ¡pues, como voy a casarme, tengo antes que saber con qué cuento!

Al menos a la valiente Rosario nadie le dijo más nada sobre el tema, aunque a sus espaldas la “curtieron” por mucho tiempo. Tampoco se supo si su apreciación de aquello con lo que esperaba contar fue o no acertada, aunque no descarto la posibilidad de que alguna de las componentes de “Los honorables cuerpos de vigilancia de la moral pública” le haya preguntado al respecto.

[*ElPaso}– Los amores de Alfonsiño

22-09-2008

Carlos M. Padrón

Alfonsiño, un campesino como los más de los hombres del pueblo, vivía con su madre y tenía fama de tenorio desde antes de, siendo aún muy joven, emigrar a Cuba.

Cuando regresó del país caribeño continuó con sus ocultas conquistas, y hasta se le hizo responsable del aumento de los cuentos sobre fantasmas y aparecidos porque durante la noche se disfrazaba y salía, tomando extraños atajos, a visitar a sus amantes.

Sin embargo, tenía novia oficial, con la cual había mantenido una relación por más de 20 años. Pocas veces los vi juntos, y cuando así ocurría, no vi que entre ellos cruzaran palabra. Alguien que también vio lo mismo que yo le preguntó un día al respecto, y Alfonsiño respondió que ya él y su novia se habían dicho todo lo que tenían que decirse.

El cura del pueblo, dueño de un sentido del humor bien adobado con abundante dosis de burla, se tomaba libertades que, al decir de la gente, eran impropias de su profesión, y acerca del matrimonio que se alejaba en el tiempo le gastaba bromas a Alfonsiño.

Así, un día en que éste, con paso cansino, según era su costumbre, caminaba por la acera de una de las calles del pueblo, el cura se le acercó por detrás, lo tomó por los pantalones a la altura de las nalgas, y lo sacudió hacia adelante y hacia atrás mientras exclamaba:

—¡Cásate, Alfonsiño! ¡Cásate antes de que te quedes sin culo!

Tal vez por la sorpresa, Alfonsiño no dijo nada, pero el tiempo puso en evidencia que tomó buena nota del incidente.

Un tanto fanfarrón, además de zorro, un día en que, como era costumbre, varios vecinos estaban reunidos al final de la jornada en la portada de la casa de uno de ellos, que era lugar habitual para tales reuniones, Alfonsiño entró en discusión con uno del grupo acerca de quién de los dos tenía más dinero en el Banco, y llegaron al punto, por demás pueril, de ir a sus respectivas casas a buscar las libretas de ahorro y mostrarlas como evidencia ante los demás vecinos allí reunidos. Escuché decir que Alfonsiño perdió la apuesta y que se sintió muy molesto por eso.

Pero el tiempo no perdona, y un día, cuando yo ya no estaba yo en el pueblo, en una de esas reuniones Alfonsiño anunció que iba a casarse. Asombrados por lo inesperado del anuncio, varios le preguntaron a qué se debía el repentino cambio de opinión. La respuesta de Alfonsiño fue digna del más romántico de los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer:

—Porque no quiero llegar al trance de verme inválido en una cama y no tener alguien que me alcance un agua de pasote.

Por supuesto, el grupo de vecinos allí reunidos, que detestaban las carantoñas y otras “comemierderías” —así las llamaban— de enamorados, aprobaron por mayoría una decisión fundamentada en tan válido argumento

Apenas en el pueblo se supo que Alfonsiño se casaría, la gente se dispuso a recabar datos para, cuando menos, asistir a la ceremonia.

Y un día, después de 25 años de noviazgo, Alfonsiño se presentó ante el altar y ante el mismo cura que lo había zarandeado por sus pantalones, resignado a que éste pusiera fin a su prolongada soltería.

Llegado el momento, el cura hizo la fatal pregunta,

—¿Acepta usted por esposa a bla, bla, bla,… ?

Y Alfonsiño, mirándolo fijamente a los ojos, le dijo,

—¿Y a qué coño cree usted que vine yo aquí?

La reacción del cura y de los muchos asistentes al acto —repito: yo no estaba presente— la dejo a la imaginación del lector.

[*ElPaso}– De la prehistoria de la aviación en La Palma

18-08-2008

Carlos M. Padrón

Don José María era un típico campesino pasense de la década de los 50 que de aviones sólo había visto los DC-3 que, muy raras veces, sobrevolaban el pueblo, a mucha altura, para ir a uno no sabía dónde.

El rugir de sus motores se escuchaba mucho antes de que el aparato pudiera divisarse a simple vista, y, con sólo ese ruido, todo el mundo se echaba fuera de sus casas para otear el cielo en busca de la pequeña “cruz voladora”, que era cómo se veía el avión.

Cuando al fin lo ubicaba alguno del grupo familiar, alborozado señalaba con el dedo y gritaba “¡Míralo allí, míralo allí!”, ante lo cual María Celia, mi hermana mayor, comenzaba a llorar porque, por más que le señalaran el lugar al que debía mirar para que viera el avión, ella no conseguía ver nada. Por ahí cayeron en cuenta mis padres de que María Celia necesitaba gafas y, cuando al fin se las pusieron, la alegría la llevó a gritar “¡Dios mío, yo estaba ciega!”, y a llorar la primera vez que, ¡por fin!, pudo ver uno de los pocos frecuentes aviones DC-3.

Cuando alguien del gobierno consideró que en La Palma hacía falta un aeropuerto, mandaron a El Paso a un “aviador” —no era ancestro de Leonardo Di Caprio, pero así lo apodaron porque era, o había sido, piloto, ignoro si civil o militar, aunque me inclino por lo segundo— para que se encargara de buscar qué lugares del Valle de Aridane —pues el resto de la isla es tan abrupto que quedaba fuera de consideración— servirían para construir el aeropuerto.

Como la única parte un tanto plana de ese valle es el Llano de las Cuevas —en el borde Este de El Paso, en las estribaciones de la Cumbre Nueva— El Aviador instaló instrumentos de medición en la Montaña de Antonio José y en otros puntos altos, y tal vez fueron esos aparatos los que, al hacer acto de presencia nuestra “Brisa” con sus furibundos ventarrones, dejaron bien claro que en el Llano de las Cuevas no tendría futuro ningún aeropuerto.

Ese anuncio causó alegría en muchos cuyos mejores pedazos de terreno estaban precisamente en el Llano de las Cuevas, y que, de construirse allí un aeropuerto, se los expropiarían.

Pero El Aviador sí tuvo futuro, pues al igual que el 90% de los hombres solteros que en aquella época llegaban a El Paso, terminó casándose con una pasense,… que pasó a ser “La mujer de El Aviador”, y entre ambos traspasaron el “apellido” a su descendencia..

Al fin construyeron el aeropuerto en Breña Alta, al Este de la Isla, cerca del llamado Risco de La Concepción, pues allí encontraron un lugar en el que la “enorme” pista resultante era de lo más tranquilizadora: tenía 600 metros de largo, y uno de sus extremos terminaba en el borde de un barranco, y el otro en el borde de un cementerio. ¡Como para entusiasmar a los muchos que entonces le tenían pánico a subirse en un avión!

Y el pánico no era sólo de los potenciales viajeros, sino que a raíz de que en un aterrizaje el avión derrapó y pegó contra la montaña al costado de la pista (no hubo ni heridos), también el miedo salió a flote en los pilotos que cubrían esa ruta porque el tal accidente les dio motivo para declarar que no seguirían pilotando esos vuelos porque para despegar y aterrizar en aquella pista tenían literalmente que jugársela, así que un día se pusieron de acuerdo y le dijeron a Iberia que no volarían más a La Palma.

En Iberia optaron por una solución basada en la psicología de la testosterona: contrataron pilotos de guerra, acostumbrados a operar aviones en condiciones muy precarias, y cuando éstos demostraron que operar en la pista de La Palma era cosa de niños, el maltrecho orgullo de los pilotos civiles, más el autoritarismo gubernamental entonces imperante, les llevó a regresar sin chistar a los vuelos a y desde La Palma.

Una de las personas con miedo a volar en avión era el ya mencionado don José María, quien expresó públicamente su negativa a montarse en “aquellos chismes” que de vez en cuando veía él pasar haciendo mucho ruido.

Pero una de sus hijas se casó y se fue a vivir a Tenerife, y ante el deseo de verla y la presión de su mujer y sus vecinos para que fueran en avión, porque el aparato —le decían todos— era mucho mayor de lo que él creía, aceptó remolón que lo llevaran un día al aeropuerto para ver de cerca el bendito “chisme”.

Y allá lo llevaron a esperar el vuelo —entonces el único al día— proveniente de Tenerife.

Apenas llegar al aeropuerto, don José María encendió su cachimba, se recostó indolente contra una de las columnas del área de pasajeros (no había entonces en ese aeropuerto nada que pudiera llamarse terminal), y, sin decir palabra, como correspondía a su condición de campesino socarrón, se puso a esperar.

Aterrizó el vuelo, sin novedad alguna. El DC-3 carreteó hasta el área mencionada, y don José María olvidó su cachimba y quedó mirando fijamente a los pasajeros que comenzaron a bajar del avión y que, tal vez por haber llegado sanos y salvos, exhibían casi todos una amplia sonrisa.

Cuando pasados unos minutos no bajó nadie más, dando media vuelta y encaminándose hacia donde estaba el automóvil en el que lo habían traído, don José María exclamó: “¡Pues donde se montan 34 también se monta José María!”.

Una por demás filosófica conclusión, amparado en la cual voló días después a Tenerife.

En ese viaje tuvo oportunidad de ver en Los Rodeos —único aeropuerto que entonces había en Tenerife— otros aviones mayores que el DC-3, y también algunos helicópteros militares, con capacidad para varios pasajeros, pertenecientes a las instalaciones de Aviación Militar que allí había.

Y un día, mientras estaba en su huerta de El Paso arrimándole tierra a las papas, don José María escuchó un ruido proveniente del cielo, del lado de la Cumbre Nueva, que no era como el de los aviones que a veces pasaban, sino que sonaba diferente y más cercano, mucho más cerca del suelo. Y era lógico, pues se trataba de un helicóptero —que ya volaba bajo porque se acercaba al lugar donde debía aterrizar— del tipo Bell, de ésos que para alojamiento humano tienen sólo una especie de burbuja, como éste:

helicopterobell

Apoyando una mano en una de sus rodillas para medio incorporarse —pero no del todo, pues sufría de dolores en la cintura— don José María alzó como pudo su cabeza, miró al cielo, y al ver aquel extraño aparato volador que no sólo venía ya muy bajo sino que claramente estaba perdiendo altura, exclamó:

—¡A dónde irás a caer, que ya no te queda sino el esqueleto!

[*ElPaso}– Gato atraído por los «conejos»

18-07-2008

Carlos M. Padrón

 

Victoria era, y es, una morena que para entonces vivía en El Paso con su esposo Domingo en una casa de dos plantas cuyo único baño estaba en la planta baja y el dormitorio en la alta.

 

En El Paso y en  aquella época —comienzos de los años 60— no era costumbre que las mujeres se depilaran, y Victoria tenía abundante vello en las axilas y en el paraje al que Shakesperare se refirió con la rebuscada frase “el bello muslo y parajes adyacentes”.

 

Como ya dije en el artículo  Insultos (de Canarias)  para nosotros, los canarios, chocho es, además de altramuz, uno de los nombres que se le da a la vulva;  otro es conejo (1), términos ambos que por su “delicadeza” contrastan con el rebuscado eufemismo usado por Shakespeare y que me hacen recordar la forma en que Benanceo, un famoso mendigo y fumador empedernido de la Santa Cruz de Tenerife de los años 50, se refería al dicho paraje, pues con tal de conseguir cigarrillos, Benanceo, que se las daba de poeta, se apostaba en una plaza y cuando pasaba algún transeúnte que fuera fumando lo interceptaba y le decía,

 

El día en que tú naciste

nacieron todas las flores.

Por eso, amigo mío,

¡dame un cigarro!

 

o, para variar —supongo que dependiendo del “pelaje” del transeúnte abordado—, usaba esta otra cuarteta,

 

Tienes un conejo, Flora,

de pelo negro y rizao,

que cada vez que lo veo

me pongo to’ alborotao.

¡Dame un cigarro!

 

Pues bien, Domingo y Victoria tenían en su casa un gato (macho, por si las feministas) que por lo extrañamente casero había devenido, sobre todo para Victoria, en una muy querida mascota más que en un animal utilitario para la caza de ratones.

 

Un día en que Victoria, terminadas las tareas domésticas, necesitaba ir a La Plaza a efectuar otras, tomó un baño y, consciente de que en la casa no había más nadie, decidió ir desnuda al dormitorio.

 

Cuando comenzó a subir la escalera reparó en que el gato estaba sentando, como esperándola, en la parte más alta de ésta, lo cual era normal, pero no fue normal en absoluto que cuando el monte de Venus de Victoria, densamente poblado de negro vello, entró en la línea visual del felino, éste, motivado por sabe Dios qué (1), erizó los pelos de su lomo y emitiendo un fiero maullido se lanzó, con sus garras por delante, contra el conejo de Victoria, e infirió a su dueña varios rasguños en la pelvis, en la unión entre los muslos, en el susodicho paraje Shakesperiano, y en la piel oculta por el tupido follaje del tal monte.

 

Además del susto, el dolor de los rasguños era fuerte, por lo que Victoria corrió a echarse alcohol en ellos, luego de lo cual, y para esperar a que se le pasaran el susto y los ardores causados por el alcohol vertido en las heridas, se puso una bata de casa, de esas largas que llegan hasta los tobillos, y, cubierta sólo por esa prenda, se echó en la cama y comenzó a cavilar cómo diablos iba a explicarle a su marido el origen de los rasguños.

 

Que habían sido obra del gato era, además de absurdo, hasta peligroso, pues Domingo podría pensar que ella había querido hacer que el gato se interesa por los conejos de forma diferente a como lo hacía por los ratones, pero, ¿qué otras cosa podría decirle?

 

Torturada por este dilema dejó para otro momento lo que tenía que hacer en La Plaza, y así como estaba se quedó hasta que llegó su marido. Al entrar éste al dormitorio y ver a su mujer echada en la cama a aquella hora del día y con aquel atavío no pudo menos que sorprenderse y preguntar el motivo. Y Victoria, sin más, le dijo:

 

—Mira, Domingo, tú podrás creerme o no, pero cuando después de bañarme subía yo desnuda por la escalera, el gato se me abalanzó y me hizo estos rasguños, que me duelen todavía bastante. No puedo darte otra explicación porque ésa es la verdad.

 

Y dicho esto —y así como estaba, echada en la cama boca arriba—, retiró de golpe la bata, quedando totalmente desnuda, y abrió sus piernas mientras con las manos separaba el tupido follaje para que Domingo pudiera ver los más íntimos y dolorosos rasguños.

 

En corroboración de que no hay mal que por bien no venga, ocurrió que este strip-tease hecho por Victoria, sorpresivo por lo poco frecuente, tuvo la virtud de exacerbar la libido de Domingo, y lo que siguió entre él y Victoria vino a convertir al gato en un potente e involuntario afrodisíaco, según todavía hoy cuenta Victoria, con su notable gracia natural, cada vez que los familiares o amigos le tiran de la lengua acerca de ese incidente.

 

***

 

(1) Para los useños, uno de los nombres es ‘pussy’ (= gatito), y ésta es ya una coincidencia que cae en los dominios de la Gramática Generativa. Veamos. Tal vez el ataque llevado a cabo por el gato de Victoria tuvo como móvil (ojo, me refiero a lo que realmente es móvil, no a un teléfono celular) unos justificados y atávicos celos, porque en ese íntimo paraje femenino, los gatos, que por ciencia infusa saben inglés, ven a un congénere, y el felino de Victoria se sintió amenazado por la sorpresiva presencia de un para él inesperado competidor que, además, venía montado sobre la humanidad de su querida dueña, y en un lugar al que a él nunca le habían permitido llegar.

 

El análisis detallado y profundo de esta importante hipótesis lo dejo a cargo de los estudiosos de la psique gatuna, y, en caso de que prueben que es cierta, reclamo desde ya mi parte del crédito.

 

[*ElPaso}– Venancio y sus ovejas

14-04-2008

Carlos M. Padrón

El artículo que sigue me hizo recordar que a mediados de los años 50 había en El Paso un hombre —a quien llamaré Venancio; casado y, hasta donde recuerdo, tenía dos hijos— que decía que para él el mejor “polvo” era el echado a una oveja. Y sostenía que cualquier hombre que lo probara le daría la razón.

Venancio tenía varias ovejas que se veían muy bien tratadas. Y tal vez sería sugestión mía, pero después de que tuve el honor de escuchar de su boca tan trascendental declaración —y desde entonces mirar inquisitivamente a su mujer—, yo notaba que sus ovejas también tenían una expresión de extraña satisfacción muy poco frecuente en los especímenes de su género, pues, dando ya muestras, a mis 15 años, de vocación por la psicología, la tal declaración me llevó a escudriñar las expresiones y comportamiento social de todas las ovejas que encontraba yo en el pueblo, y a reparar en detalle en cómo las trataban sus dueños.

Me quedé sin saber si Venancio tenía alguna preferida entre su rebaño ovejuno. Lo que sí sé es que no tenía carnero, pues tal vez los celos se lo impedían.

Cuando en 1974 organicé una excursión a Machu Picchu, hicimos escala, tanto en la ida como en la vuelta, en la ciudad de Cuzco, lugar desde donde partía el tren para Machu Pichu. En una visita al mercado indígena de esa ciudad, uno de los integrantes del grupo se desmayó cuando, a pesar de que habíamos sido advertidos al respecto, un repentino cambio en la dirección del viento nos hizo llegar el “perfume” que despedían las decenas de indias que en ese mercado había.

Según nos explicaron después, como argumento de culpabilidad por no haber hecho caso de la advertencia, ocurre que, según la costumbre del lugar, cada una de las indias adultas lleva puestas, en promedio, unas siete faldas que va acumulando desde niña, pues cuando la exterior se deteriora mucho, se pone otra encima sin sacarse para nada la que, aunque deteriorada y sucia, queda debajo, y así llega al tal promedio, ya que no se quita ninguna ni para remendarla o lavarla. Como, para colmo, no se bañan —la temperatura del lugar no invita precisamente a meterse en el agua— es fácil imaginarse el “aroma” que despiden.

Entonces pude entender otra información que nos dieron: que los indios prefieren tener relaciones sexuales con las llamas que, por supuesto, están más limpias y menos “perfumadas” que sus mujeres. Y en Machu Pichu recordé a Venancio.

Queda claro que la necesidad busca caminos, y que tal vez el búlgaro —cuya pinta habla por si sola— tiene razón al decir que es mucho más rentable el animal que la fémina,… aunque alguien podría pensar que en vez de rentable debió decir fiable, peligrosa, etc.

En fin, como se decía en El Paso, “Cada quien opina de la feria según le fue en ella”.

***

13.04.08

Ya son marido y cabra

Stoil Panayotov, un granjero búgaro desafortunado en el amor y divorciado de su tercera mujer, contrajo matrimonio con una cabra el pasado mes de mayo en el mercado de la ciudad de Plovdiv, en el centro de Bulgaria.

Según relata el tabloide británico The Sun, Panayotov dedició tomar esta decisión, tras su desafortunada historia de matrimonios.

Con su última mujer, María, había convivido durante 9 años; desde entonces, no había conseguido levantar cabeza.

Debido a eso, el pasado marzo y en un mercado de ganado, cambio a la mujer por una cabra llamada “Elena», harto de no tener hijos y de ser infeliz.

El trato se cerró frente a una multitud estupefacta, en la localidad de Plovdiv, en el centro de Bulgaria.

El tipo tiene 54 años e insiste en que “la mujer” dio su visto bueno al acuerdo.

Su razonamiento es que la cabra ha tenido ya tres crías y su esposa no había dado nunca a luz, lo que pone en clara evidencia que es mucho más rentable el animal que la fémina.

Cuesta imaginar lo que hará Stoil, y con quién o con qué optará por casarse, si las cosas no le marchan bien con “Elena».

LD

[*ElPaso]– El duelo y la figuración social

24-03-2008

Carlos M. Padrón

Bernardita Perera era una dama de El Paso de Arriba que, en mis tiempos, ya estaba entrada en años y seguía soltera.

Si mal no recuerdo vivía sola, pues sus padres habían muerto, y tenía un solo hermano que emigró a Cuba y no había vuelto más a El Paso. Supongo que entre ellos mantendrían alguna correspondencia, pero no estoy seguro.

Sí lo estoy de que para ella la figuración social, el qué dirán, tenía gran importancia, y, por ejemplo, en su opinión el uso de gafas (lentes) no se debía a la necesidad de corregir un problema visual, sino a la conveniencia de destacar socialmente llevando puesto algo que, creía ella, estaba de moda entre gente importante, y daba prestigio, razón por la cual cuando una vez tuvo que ir a Santa Cruz de Tenerife, vino a mi casa —esto lo contaba mi madre—, a pedir prestados un par de lentes de los de mi padre, no importa cuál, para ella llevarlos en su viaje y usarlos en Tenerife, pues si llegaba allá sin gafas, ¡qué diría la gente!

Un día, Antonio Simeón, un vecino suyo, recibió el poco agradable encargo de hacerle saber a Bernardita que su hermano había muerto en Cuba.

A media mañana del día siguiente, hora que don Antonio creyó prudente, se dirigió a casa de Bernardita y comenzó a prepararla con otros temas de conversación hasta que, cuando lo consideró oportuno, le hizo saber la mala nueva.

Para su sorpresa, Bernardita no mostró tristeza, no soltó una lágrima ni hizo comentario que denotara dolor, pero sí exclamó:

—Bueno, ¡cosas de la vida!

Y mirando a su alrededor, como queriendo cambiar de tema, dijo:

—Esta casa mía no está para visitas.

Si bien era cierto que la casa estaba hecha un desastre en cuanto a orden y limpieza, la inexpresividad emocional de Bernardita desconcertó a don Antonio que, considerando que había cumplido su encargo, emprendió el camino de regreso a su casa, pero no dejaba de darle vueltas a su cabeza tratando de encontrar explicación a tan extraña reacción, o falta de ella, de parte de aquella mujer, máxime cuando, sobre todo las mujeres de aquel pueblo y en aquella época, dramatizaban mucho las desgracias, en particular si se trataba de una muerte, y sus expresiones de dolor eran a gritos acompañados de llanto.

Una vez en su casa, y transcurrida una media hora larga, don Antonio encontró la respuesta que buscaba, pues de repente retumbaron en el vecindario los horrísonos gritos de Bernardita que a todo pulmón clamaba,

—¡Ay, mi hermano, que no te voy a ver! ¡¡Ay mi pobre hermano!!

Gritos que lograron su cometido, pues en pocos minutos la casa de Bernardita se llenó de preocupados vecinos y vecinas,… que encontraron, tanto a Bernardita como a su casa, perfectamente arregladas, o sea, listas para recibir visitas.

[*ElPaso}– Manuelita, Laurita y los «emprestigios»

08-10-2007

Carlos M. Padrón

Manuelita era una solterona analfabeta que, a pesar de su extracción social muy humilde y escasos recursos económicos, no dejaba de aparentar, en cuanta ocasión pudiera hacerlo, ser mucho más de lo que era y saber más de lo que sabía. Era muy religiosa, pero, en contraste, su hermana Laurita, también solterona, gozaba de una dudosa reputación en cuanto a su relación con el sexo masculino, además de profesar afición a empinar el codo.

En aquella época de los años 50, en la Iglesia Nueva había todavía reclinatorios privados —los más de los feligreses de relevancia social tenían el suyo— y bancos para quienes no querían o no podían darse ese lujo. Y de relevancia social era también el asistir a misa llevando un misal, y guiarse por él durante el acto.

Manuelita se las arregló para conseguir su propio reclinatorio, del que se sentía muy orgullosa. Como los reclinatorios se deterioraban con el uso, Rogelio, un joven laico a cargo del cuidado del templo, retiraba los que estaban en mal estado y los guardaba en el camerino. Cuando sus propietarias —pues el 99% de los reclinatorios eran de mujeres— no los encontraban en el lugar habitual, lo buscaban en el camerino, lo mandaban a reparar y, ya reparado, lo colocaban de vuelta en su sitio.

Dado el mal estado en que se encontraba el reclinatorio de Manuelita, un día Rogelio lo retiró de su lugar y lo llevó al camerino, pero Manuelita hizo caso omiso y, sin repararlo —tampoco tenía muchos medio económicos para hacerlo— lo rescató del camerino y lo colocó de nuevo en su sitio. Al notar eso Rogelio, lo llevó otra vez al camerino y, cuando Manuelita protestó, él le dijo que o lo reparaba o no podía ponerlo de nuevo en la iglesia.

Para sorpresa de Rogelio, Manuelita —que le había mostrado siempre afecto, lo respetaba mucho y le daba tratamiento de ‘usted’, a pesar de que por edad casi podría ella ser su madre— se le enfrentó realmente iracunda. Como no encontraba modo de calmarla, Rogelio le dijo:

—Manuelita, no se hable más: ¡o arreglas el reclinatorio o te excomulgo!

Sabiendo bien que eso de la excomunión era algo horrible para cualquier católico, Manuelita se paralizó y quedó muda al escuchar esa terrible amenaza que creyó cierta, y, como Rogelio la repitiera para hacerle entender que estaba dispuesto a llevarla a cabo, tomó el reclinatorio y lo mandó a reparar.

Un día Rogelio la encontró en la calle muy alterada, y entre preocupado y curioso le preguntó qué le pasaba. En un estado de gran excitación Manuelita le confesó:

—¡Ay, don Rogelio! Es que acabo de encontrarme con el señor Marquina, que ya sabe usted cómo dicen que es, y el muy sinvergüenza me ofreció un duro si hacía aquello con él. ¿¡Cómo se le ocurre ofrecerle un duro a una mujer de mi religión!? ¿Qué se cree él, que yo soy mi hermana Laurita?

Pero como su “paño de lágrimas” parecía ser Rogelio, un día de la época en que Manuelita trabajaba como doméstica para una señora de nombre doña Carmela, se le presentó a Rogelio en la sacristía, y entre ellos tuvo lugar esta pintoresca conversación:

—Don Rogelio, vengo porque doña Carmela quiere que usted le diga qué hora es.

Rogelio, que enseguida se dio cuenta de que era Manuelita quien quería saber la hora, pero que estaba usando a doña Carmela como pretexto, respondió.

—Dile a doña Carmela que se asome por el balcón de su casa y mire el reloj de la iglesia, y así sabrá la hora.

Manuelita, no dándose por vencida replicó:

—No, don Rogelio, es que doña Carmela quiere saber la hora que marca el reloj de usted.

Rogelio le mostró su reloj de pulsera, diciéndole:

—Ahí está.

No encontrando ya salida y dándose cuenta de que había quedado claro que ella no sabía leer la hora, exclamó, al tiempo que daba vuelta y se marchaba airada:

—Ay, ¡¡¡usted sí es!!!

Un día de diciembre, estando ya la iglesia engalanada para la Navidad, pero cerrada por la hora, se presentaron ante Rogelio, Manueli, Laurita y la madre de ambas. Laurita, que estaba bajo los efectos del alcohol, le pidió a Rogelio que las dejara entrar a la iglesia porque —y esto es lo bueno del caso, por el alto valor estimulante que de seguro tuvo para su madre—, “Mamá no la ha visto en Navidad y ésta es tal vez la última vez que pueda verla”.

Como el ser católico devoto y practicante daba prestigio social, Manuelita asistía a todos los actos religiosos, y en materia de misas iba a la llamada Misa Mayor, que era la principal de las celebradas los domingos, generalmente alrededor de las 12 del mediodía, y a la que asistía, aparte del número más elevado de feligreses —lo cual la hacía visible a mucha gente—, la flor y nata de la sociedad pasense.

Iba, además, con su misal en la mano. Se colocaba en su reclinatorio, y al comenzar la misa abría el misal, como todos los que lo usaban, excepto que, como ella no sabía leer, casi siempre lo abría en la página incorrecta, y, eso sí, pasaba la hoja cuando veía que lo hacía la persona ubicada en el reclinatorio vecino al suyo, persona que, conociendo bien las falencias y pretensiones sociales de Manuelita, tal vez por conmiseración se hacía de la vista gorda y no le decía nada al respecto.

Pero un día, en ese reclinatorio vecino al usado por Manuelita se ubicó otra señora que, si bien sabía quién era Manuelita, no sabía que era analfabeta. Y notando algo raro en el manejo del misal —a pesar de que Manuelita parecía estar leyendo devota y atentamente como todos los que tenían misal, y pasando las hojas en su momento—, se acercó más al libro, miró con más atención y, extrañada, la señora le dijo,

—Pero, Manuelita, ¡tienes el misal al revés!

Y Manuelita, sin inmutarse, le dio vuelta al misal mientras, y a guisa de explicación, con un retintín contestó:

—¡Eso dan los emprestigios! (1)

***

(1) En el viejo léxico de El Paso, ya en el olvido —por eso me he dado a rescatarlo—, el sustantivo ‘emprestigio’ se usaba para un préstamo que, bien por su índole perjudicial o porque se repetía mucho, no era del agrado de quien hablaba.

Lo que Manuelita quiso dar a entender con su espontáneo “¡Eso dan los emprestigios!” fue que el misal estaba al revés porque ella se lo había prestado a muchas personas y, de tanto prestarlo, se había deteriorado hasta ese punto y se lo habían devuelto así.

[*ElPaso]– Clara Rita y Julito, contradicciones del drogamor

Carlos M. Padrón

Clara Rita era una muchacha de El Paso de físico espectacular, pero, como se dice hoy en este lado del charco, muy zanahoria —cándida e ingenua, en cristiano,… y naïve en gomero—. Era la novia oficial de Julito, igualmente de El Paso, quien bebía los vientos por ella.

Un día que Julito estaba jugando billar con un amigo en el Bar Central, ubicado en el centro del pueblo, el amigo, que recostado cerca de la puerta más cercana a la mesa de billar esperaba su turno al taco, dijo con tono de excitación: “¡Ahí viene subiendo Clara Rita!”.

De inmediato Julito dejó sobre la mesa el taco y corrió a apostarse en el centro del marco de la tal puerta para ver pasar a su adorado tormento que, efectivamente, venía subiendo por la acera de enfrente al bar, pues ninguna mujer que se preciara pasaba por la acera pegada al bar mientras éste estuviera abierto o hubiera hombres en él.

Era lo más que con respecto a su novia podía hacer Julito ese día, pues, aunque el noviazgo era formal, no siendo jueves ni domingo ellos no podían “enamorar”, o sea, reunirse para dialogar, pasear, etc. Eso era actividad reservada para jueves y domingos.

Julito clavó en Clara Rita una embelesada mirada que la siguió imperturbable hasta que la muchacha, un tanto errática en su andar porque se sabía observada, llegó al final de la calle, dobló a la derecha y dejó de ser visible para Julito. Y entonces, en un arrebato casi histérico, Julito pateó contra la puerta, estando aún parado bajo su marco, y gritó:

—¡Es que no, no puede ser! ¡¡No puedo ni imaginármelo!!

Sorprendido, el amigo le preguntó a qué se refería, y Julito, con acento atribulado, contestó:

—Que yo no puedo pensar que Clara Rita cague. ¡¡No puedo imaginármela cagando!!

Una prueba de cómo el drogamor idealiza y crea su propia realidad.

Los viejos de El Paso llamaban a eso “jozar mierda”, donde ‘jozar’ era una mala pronunciación de ‘hozar’ (= mover y levantar la tierra con el hocico), que es lo que suelen hacer los cochinos,… pero con su propio excremento. Los cubanos son más directos al respecto y acuñaron el término ‘comer mierda’, del cual deriva el adjetivo ‘comemierda’, y eso, comer mierda, era lo que Julito hacía con respecto a su novia, como hace todo drogamorado bajo los efectos de su drogamoramiento.

Es el caso que por boca de una amiga Clara Rita supo lo de la competición vulvística que ya conté en Concurso clandestino e insólito de una C3, e intrigada interrogó a su amiga acerca de por qué las competidoras llegaron al para ella tan insólito tópico de conversación.

Sea lo que fuere que recibió como explicación, Clara Rita se encerró en su dormitorio, en presencia de su amiga, abrió bien la ventana que daba a la calle (no corría riesgo de que desde afuera la vieran porque su dormitorio estaba en el segundo piso y no había cerca casas tan altas), se desnudó de medio abajo, se sentó en la cama, de frente a la ventana para que le diera bien la luz del día, dobló sus piernas, abrió sus muslos, alzó su pelvis y, tomando un espejo, lo enfocó de forma que, reflejada claramente en él, pudo ser su propia vulva.

Después que la examinó en detalle, frunciendo cada vez más el ceño, alzó la vista hacia su amiga y, con expresión de perplejidad, exclamó:

—¿¡Y por “esto” se vuelven locos los hombres!? ¿¡¡Pues no sé qué es lo que le ven!!?

P.D.: Fue la propia Clara Rita quien después contó esta historia, buscando, según se comentaba, que alguien le explicara por qué los hombres enloquecían por algo tan feo como una vulva femenina.