[*ElPaso}— De novelas, de tomo único y por entregas

01-12-12

Carlos M. Padrón

Entre los años 1949 a 1953 —y por motivos que nunca entendí bien, pues yo tenía entonces entre 10 y 14 años—, a mi casa natal, en El Paso, acudían por las noches de ciertas épocas del año, y preferiblemente de sábados o domingos, varios vecinos, la mayoría mujeres solas, pero algunas con sus maridos.

Todos ellos, con mis padres, mis dos hermanas y yo (mis hermanos estaban ya en Venezuela) nos sentábamos a la mesa del comedor, y, dependiendo de la cantidad de asistentes, se jugaba lotería o baraja (Brisca o Ronda).

En la mesa del comedor, en el sentido de las agujas del reloj: 1, Victoria Pérez Martín, mi madre;  2, Tomás Padrón Sosa, mi padre, siempre en su puesto en la cabecera de la mesa;  3, María del Carmen Padrón, mi hermana menor;  4, María Celia Padrón, mi hermana mayor;  5,  Antonio Martín Pérez, el llamado Toto Castillo;  6, Carlos M. Padrón;  7, Elsa Armas, la mujer de mi hermano Raúl que fue quien tomó la foto.

Se me ocurre que el motivo por el cual fue escogida para eso nuestra casa y no otra era porque estaba equidistante de las casas de esos vecinos que a la nuestra venían.

Pero volvamos al objeto de las reuniones.

Cuando la lotería o la baraja aburrían, o el número de asistentes no era el adecuado para los requerimientos del juego, inventaban que se leyera de nuevo alguna de las novelas que en casa había, novelas que ya conocían todos los habituales a esas reuniones pero que —por masoquismo, en mi opinión— las mujeres querían volver a escucharlas de nuevo.

De las tales novelas recuerdo, tal vez porque fueron los más leídos, sólo tres títulos y algo de sus temas:

Genoveva de Brabante. Según supe años después, era una versión novelada y bastante alejada de la leyenda que sobre el caso se hizo popular. En esa versión novelada, cuando una joven, soltera y aristócrata, aparece embarazada, el padre la echa de la casa, ella se refugia en un bosque y allí tiene a su hijo al que cría entre animales.

Que Dios se lo pague. Un padre cae en desgracia y termina como pordiosero. En cambio, un hijo suyo alcanza una buena posición económica, y el padre toca varias veces a la puerta del hijo para pedir limosna. El hijo no sabe que el pordiosero es su padre.

La isla misteriosa (o algo así). No recuerdo el nombre de la isla, o el adjetivo que le pusieron, aunque era la única de las novelas que me gustaba, pues trataba de las aventuras vividas por los pasajeros de un avión que cayó en una isla perdida en el océano y habitada sólo por extraños animales y peligrosas tribus indígenas.

Cuando en esa tertulia vecinal no estaba mi primo Antonio Martín Pérez —más conocido por Toto Castillo, por lo mismo que al tío Pedro lo llamaban Pedro Castillo—, la lectura, tal vez por aburrida, duraba poco.

Pero cuando se presentaba Toto, se dejaba de lado la baraja o la lotería y se le pedía a él que procediera a leer la novela que se escogiera por votación.

(Antonio Martín Pérez, Toto Castillo)

Toto, de carácter colérico y altamente emotivo, vivía intensamente lo que leía.

Imitaba la voz masculina o femenina, daba a los diálogos la entonación adecuada, respetaba muy bien las pausas, en especial para generar suspense, y hasta, cuando los diálogos lo justificaban, soltaba sobre la mesa un puñetazo que hacía saltar del susto a los más de los asistentes.

La emoción que ponía al leer, y la índole melodramática del argumento de aquellos culebrones, hacían que, a poco de comenzar Toto su «recital» —pues parecía más eso que una simple lectura—, todas las mujeres estuvieran llorando a moco tendido y, como no podía faltar, soltando, y casi siempre gritando, todo tipo de comentarios en favor o en contra de lo que hacían o decían los personajes de las novelas.

Y así era frecuente escuchar, dicho con toda la emoción y el énfasis posible, y con lágrimas en los ojos:

—¡Cuadro! ¡Que sólo eres un cuadro, un trafallo! Ya sabía yo que ése la haría tarde o temprano.

—¿¡Y eso es un padre!? ¡Buena clase de padre! ¡Guárdame un cachorro!

—¡Ay, pobre muchacha! ¡Qué será de ella!

—¡Todos los machos son iguales! ¡Sinvergüenza! ¿Es que no tienen corazón?

—¡Bien hecho, bien hecho y bien hecho! ¡Cuánto me alegro!

—¡Lee eso otra vez, Toto!

Sabiendo que Avelina, una de las infaltables a esas tertulias, detestaba a los «machos», que era así como ella llamaba a los hombres, no faltaba alguno que, para atizar el fuego, le decía:

—¿Ves, Avelina, como sí hay machos buenos?

—¿¡Buenos!? —exclamaba ella—, ¡todos son unos trapamejas y zurriagos!

Esas constantes expresiones, coreadas por las demás mujeres mientras los hombres intercambiaban miradas y sonrisas burlonas, no gustaban a Toto porque «le cortaban la nota», o sea, rompían el hilo de su lectura, pues le obligaban a interrumpirla hasta que «el gallinero» callara.

Era en esos momentos cuando todos temían que apareciera su carácter colérico, botara el libro y abandonara la tertulia. Pero no, supo siempre controlarse porque, supongo, a su ego le gustaba la aprobación que, de forma evidente, daba la audiencia a su forma de leer.

En realidad, y mirando en retrospectiva, dudo que entonces ni siquiera Hollywood contara con los recursos necesarios para recrear el realismo que nosotros vivíamos cuando, por ejemplo, estando reunidos en una fría noche de invierno, escuchábamos cómo la copiosa lluvia golpeaba sin cesar sobre el tejado, sentíamos sobre nuestra cabezas el ensordecedor ruido de los truenos, quedábamos casi cegados por la luz que de los relámpagos entraba por la ventana, oíamos el aullar del viento y los ruidos que éste arrancaba a ventanas y puertas al sacudirlas inclemente….

Y, en medio de los elementos así desatados, Toto, tal vez inspirado por ellos, alzaba su voz muchos decibeles para que los truenos y los gimoteos de las mujeres no la ahogaran, y, con el mayor dramatismo de que era capaz, leía la descripción de cómo una pobre doncella rechazada por su familia, paría sola en una cruda noche de invierno refugiada en la oscuridad de una cueva perdida en el bosque, expuesta al ataque de fieras, y teniendo de fondo la furia de los mismos elementos que a nosotros nos asustaban en aquel preciso momento.

En aquel medio, más realismo era entonces imposible.

No sé cuántas veces escuché leer esas novelas, y no sé cuantas veces, viendo tanto llanto, mi frágil entereza de niño fallaba y, para que no me vieran llorar, iba a refugiarme en mi cuarto. Y las veces que hice eso estando aún bajo los traumáticos efectos de ese realismo, me costaba conciliar el sueño.

Cuando un par de años después pensé entusiasmado que, por simple aburrimiento, ya no habría más lecturas de culebrones, nos cayó el mayor de ellos.

En el verano de 1951 llegó a El Paso, procedente de Venezuela, mi hermano Raúl (q.e.p.d.) con su mujer embarazada, y con el deliberado propósito de que la criatura naciera en El Paso.

Contó mi hermano que en Caracas estaba haciendo furor una novela radiofónica titulada «El derecho de nacer», del autor cubano Félix B. Caignet, novela que tenía la virtud de detener la vida en la ciudad cuando en la radio comenzaba su transmisión, pues nadie quería perderse el capítulo del día.

Comoquiera que otros pasenses venidos también de Venezuela contaron lo mismo —en esa época, la mitad de la población pasense masculina y en edad de trabajar, estaba en Venezuela—, el interés que los contertulios que se reunían en mi casa desarrollaron por «El derecho de nacer» fue tanto que mi hermano prometió que en cuanto llegara de vuelta a Caracas comenzaría a reunir los capítulos de esa novela, que a la sazón se vendían impresos, y nos los mandaría apenas tuviera oportunidad.

Y, por suerte para unos y por desgracia para otros, como yo, cumplió su promesa.

La primera remesa, de unos 10 capítulos, llegó a finales de 1952, y la noticia de su llegada se propagó por todo el vecindario.

Enseguida los vecinos hicieron con mi madre los arreglos necesarios para celebrar una reunión de lectura, a la cual, por supuesto, invitaron a Toto.

Desde el primer capítulo, todos quedaron enganchados, el interés se propagó y, en consecuencia, a las siguientes reuniones vinieron vecinos que nunca antes había venido a sesiones de ese tipo y, por consideración a ellos, volvían a leerse los capítulos que esos vecinos no habían escuchado.

Al temperamental Toto le molestaron esas repeticiones, y alguien decidió que, como Carlitos —o sea, yo— tenía ya 13 años y estudios hechos, era el indicado como lector sustituto.

Yo, que me había estado temiendo eso, desde tiempo atrás había tomado buena nota del «arte» del primo Toto, y, salvo la imitación de voces según sexo y los puñetazos en la mesa, aprendí a declamar casi tan bien como él,… y ésa fue mi desgracia, pues entonces Toto, tal vez herido en su amor propio, se hacía el remolón para volver a las reuniones, aunque con eso se privara de seguirle el hilo a la novela.

Al contrario que a él, me gustaban las pausas que me veía obligado a hacer a causa de las emotivas expresiones de las damas asistentes que, en el caso de esta novela, eran de este corte:

—¡Yo no paso a creer que don Rafael bote a María Elena de la casa!

—¿Y ustedes creen que la pobre María Dolores pueda criar sola a esa criatura? ¡Ay, Dios mío, qué vida tan triste le espera a Albertico!

—¡Ese Jorge Luis Armenteros es un zurriago! ¿¡Cómo es posible que haya engañado a esa pobre niña!?

Para mi sorpresa, el tema de la novela era ya del dominio de todo el pueblo y, también para mi sorpresa, en el mayor bar que allí había escuché un día cómo varios hombres discutían si podía decirse que el tal Jorge Luis había engañado a María Elena o, por el contrario, ella había decidido dejarse «engañar».

Eso me impactó tanto que, por años y llevado por mi curiosidad psicosocial, me dediqué a investigar al respecto y concluí que, en casos de mujeres ya adultas, de engaño, nada.

Al llegar al punto en que Don Rafael perdió la voz, aquello fue el paroxismo. Las expresiones de satisfacción y los deseos de venganza y retaliación no cesaban, y creo que fue éste el punto de mayor audiencia de la lectura de la novela que, si mal no recuerdo, mi madre la prestó a otras personas en cuyas casas se celebraron reuniones de lectura como en la nuestra.

Llegó un momento en que ya no sabía yo qué inventar para que no me llamaran a leer. El pretexto de los estudios se me agotó porque yo comenzaba a estudiar como a las 6 de la tarde, luego de salir de la academia, y las lecturas comenzaban entre 9 y 10 de la noche, y a esa hora casi se me obligaba a dejar los estudios aduciendo que con 3 horas seguidas era más que suficiente.

Pero cuando cumplí los 14, mi padre, que se dio cuenta de que yo tenía más interés, y también necesidad, de ocuparme del cine, de las muchachas y de los bailes, que de leer culebrones, se las arregló para dejar que me escapara diciendo que iba al cine o al baile, y así pude perder de vista «El derecho de nacer».

Lo último que de esa novela supe fue una de las varias películas que de ella hicieron y que vi, un par de años más tarde, en el hace tiempo desaparecido Cine La Paz, de Santa Cruz de Tenerife.

Lo que nunca he sabido, tal vez porque nunca he preguntado, es dónde fueron a parar los muchos folletos de «El derecho de nacer» que mi hermano mandó desde Venezuela.

[*ElPaso}– Ejemplo de «profunda» vocación docente

07-12-2011

Carlos M. Padrón

La Guerra Civil Española dejó maltrecho el tejido social de todo el país, y como en los ’40s no había suficientes maestros de enseñanza primaria, el régimen de Franco buscó a muchos ciudadanos que supuestamente estaban bien, o no tan bien, preparados y, a dedo, le dijo a cada uno: «Tú te vas de maestro nacional de primaria al pueblo tal».

Que yo recuerde, producto de este «decreto», a El Paso llegaron por lo menos tres maestros, todos desde la Península. Y si bien todos llegaron solteros, todos terminaron casados con mujeres lugareñas, pero no todos compartían la misma vocación docente aunque sí algunos rasgos de verdadero «amor» por el alumnado.

Uno tenía por costumbre castigar a sus alumnos raspándoles el cuero cabelludo, desde la coronilla hasta el cuello, con la parte no afilada de un lápiz,cuando aún éstos no traían ahí una goma de borrar.

Sin que el alumno lo esperara, el maestro se le acercaba por detrás, y ¡zas!: tremendo surco en la cabeza.

Otro mandaba al alumno a un rincón del salón de clase, le hacía ponerse de rodillas con sus brazos en cruz, y entre cada antebrazo y el correspondiente costado del tórax le colocaba un lápiz bien afilado, con la punta hincada en el antebrazo.

Y para que no le fuera fácil levantar los brazos y librarse de la punzante punta de los lápices, le colocaba en cada mano una piedra que con su peso hacía que, aunque el pobre muchacho luchara por evitarlo, los brazos, carentes ya de fuerza para mantener la posición horizontal, comenzarán a bajar e hicieran que los lápices penetraran más y más en los antebrazos de la víctima.

Por decir lo menos malo, creo que está claro que estos maestros eran bastante imaginativos.

Sin embargo, de entre todo lo que de ellos me contaron y lo poco que vi, el para mí más folclórico era el que recibió como destino la escuela pública de Las Manchas, lugar que es, de entre los barrios de El Paso, el más alejado del centro urbano.

Este maestro —al que llamaré Salomón Lladró— tenía siempre exacerbado su ya de por sí irascible carácter.

Tal vez el motivo era que cada día laborable usaba la desvencijada guagua para ir a Las Manchas y regresar luego, ya en la tarde, al centro del pueblo, para subir después a pie las cuestas hasta su casa,.

Él y su mujer —a quien llamaré Yaya— vivían en una casa de dos pisos cuya área social estaba en la planta alta, a la que se llegaba por una escalera que nacía a nivel de la calle.

Frente a esa casa había uno de los muchos estanques que abundaban en el pueblo: un embalse de aguas de regadío en el que solía haber peces y, además, porque el agua que contenían permanecía mucho tiempo estancada, también larvas, criaderos de mosquitos, gusanos y ranas.

Tan explosivo era el temperamento de Salomón que, no pudiendo soportar que el croar de las ranas turbara su sueño, una noche se hizo de una escopeta, abrió la ventana de su dormitorio, que daba justo frente al estanque, y la emprendió a tiros,… supongo que contra el agua, pues era imposible que pudiera ver dónde estaba siquiera uno solo de los batracios cantarines.

El sobresalto entre los vecinos fue mayúsculo, pues escuchar que, en plena dictadura, sonaran a medianoche disparos de armas de fuego en zona urbana estando aún recientes las heridas de una guerra, no fue cosa de broma.

Sin embargo, aunque no recuerdo la cara de Salomón Lladró —yo era entonces muy pequeño—, una de las anécdotas que de él me contaron me parece exponente fiel y patético del estrés de un hombre que se veía obligado a hacer, día tras día, algo para lo que no había sido preparado, que él no había escogido, que no le gustaba, y que, por lo visto, no sabía hacer: lidiar con niños y no tan niños, y tratar de enseñarles lo que en primaria se enseñaba entonces.

Esto lo hacía sentirse tan mal que, a veces, cuando en la tarde regresaba de dar clase en Las Manchas y subía caminando desde la parada de la guagua, en el centro de El Paso, hasta su casa, se detenía en la base de la escalera de entrada y comenzaba a gritar:

—¡Yaya! ¡Yayaaaa!

Alarmada, Yaya abría la puerta de entrada a la casa, en lo alto de la escalera, y preguntaba asustada:

—Pero, ¿qué pasa, Salomón? ¿¡Qué pasa!?

Por toda respuesta, Salomón alzaba al cielo sus brazos, como implorando ayuda divina o para echar fuera los demonios de su ira, y gritaba:

—Yaya, ¡deseo que vuelva el reinado de Herodes!

[*ElPaso}– Eficaz alternativa al divorcio

21-03-2011

Carlos M. Padrón

Mientras duró el régimen franquista, el divorcio no existía en España, pero eso no era cura contra las disputas y desavenencias conyugales, ni podía evitar la separación de cuerpos, a la que, a pesar de la condena de la sociedad, llegaban algunas parejas para evitar males mayores.

Esa especie de prisión propició la búsqueda y ejecución de vías de escape —se dice que el deber de todo preso es escaparse—, que ante los críticos ojos de la sociedad del pueblo justificaran al menos la tal separación de cuerpos.

De las «soluciones innovadoras» que al respecto se usaron, sólo recuerdo la ideada y puesta en práctica por el marido de una tal Pepita, un hombre al que llamaré Juan porque, en realidad, ni lo conocí ni sé cómo se llamaba. A Pepita sí la conocí.

Juan, que además de mujeriego se daba a la bebida —tal vez por aquello de «ahogar en alcohol» los problemas que le causaba su matrimonio— solía llegar a su casa tarde y borracho, lo cual enfurecía a Pepita.

Una noche llegó no sólo más borracho que de costumbre, según parecía, sino, además, agresivo, e inició contra Pepita un ataque verbal al que ella replicó también de forma verbalmente agresiva.

Ante esto, Juan enarboló un cuchillo y se fue contra Pepita. Ella, aterrada, saltó de la cama matrimonial —que era alta, como las de entonces— mientras Pepita emitía los gritos a los que ya estaban acostumbrados los vecinos, corría por la habitación, esquivaba a Juan haciendo cabriolas sobre la cama, o pasaba por sobre ella para huir al otro lado.

Enardecido, Juan optó por separar de la pared la cabecera de la cama para poder aumentar las posibilidades de alcanzar a Pepita, quien entonces optó por huir circundando el lecho conyugal para que Juan no la alcanzara.

Cansada ya de las circunvalaciones, a veces en un sentido y a veces en el contrario, dependiendo de cómo atacara Juan, Pepita optó por la única alternativa que le quedaba, y en una ágil maniobra se metió debajo de la cama.

Apenas conseguirlo soltó un grito de un tono e intensidad tales que los vecinos, entendiendo que había ocurrido algo fuera de lo habitual y muy grave, corrieron hacia la casa para ayudar a Pepita.

Al llegar sacaron de la habitación a un Juan que ya no tenía cuchillo, y de debajo de la cama sacaron a una aterrorizada Pepita que al ser preguntada por el motivo de su horripilante grito, sin poder articular palabra señalaba hacia el lugar de donde la habían sacado.

Entendiendo que algo habría allí, uno de los vecinos se inclinó a mirar y encontró la explicación al terror de Pepita: bajo la cama había un féretro, forrado en negro y abierto, como listo para un «inquilino».

¿Cómo fue eso posible?

Juan y Pepita vivían cerca de la carpintería en la que, con madera de pino, se fabricaban los ataúdes usados en el pueblo, de los cuales tenía siempre el carpintero varios listos por cuanto hay muertes repentinas.

De alguna forma Juan se las ingenió para —sin que nadie lo viera, y mucho menos Pepita— sacar de esa carpintería uno de los ataúdes y meterlo bajo la cama.

Luego, con la llegada tarde y fingiendo estar borracho, propició la situación que obligó a Pepita a buscar refugio bajo la cama, donde encontró el «regalo» que allí había dejado Juan para ella.

Por supuesto, la opinión pública y legal fue que se separaran, y así Juan se fue a Tenerife y Pepita quedó en La Palma, llegando a un final como el famoso «Que era lo que se quería demostrar», usado en matemáticas, pero que en este caso fue «Que era lo que Juan quería».

[*ElPaso}– ¿Pioneras del feminismo?

19-01-2010

Carlos M. Padrón

Hasta que dejé El Paso, a la edad de 18 años, sólo supe de dos mujeres que por la actitud que tenían hacia sus maridos bien se las puede considerar como pioneras de las peores feministas.

Una de ellas, a la que llamaré Bonifacia, era una bien nutrida matrona que, además de no llevarse bien con el agua, todo lo decía a gritos, pues tanto a su marido como a sus hijos, y hasta a los vecinos, les gritaba continuamente. Llegué a pensar que no sabía hablar sino gritando.

Cuando su marido Julián salía a hacer una diligencia, que generalmente era un “mandado” al que su mujer lo enviaba, tal parece que ella le fijaba una hora límite de regreso, y cuando pasaba esa hora y Julián no había vuelto, Bonifacia salía a barrer el patio frontal, que era el lugar por donde, a su regreso, Julián tendría que pasar para entrar a la casa.

Al verla iniciar esta actividad, todos los muchachos que en ese momento estuviéramos cerca nos apostábamos en un punto estratégico desde el que mejor pudiéramos presenciar el espectáculo que, estábamos seguros, se avecinaba.

Y cuando Julián por fin llegaba, Bonifacia tomaba la escoba por el extremo que tiene las cerdas y la emprendía a escobazos contra él mientras, entre imprecaciones, le gritaba: “¡Toma, toma! ¡¡A ver si aprendes!!”.

Julián se limitaba a inclinarse hacia adelante y llevarse las manos a la nuca para evitar que alguno de los escobazos lo golpeara directamente ahí, y apresuraba el paso para entrar a la casa. Pero Bonifacia lo seguía, siempre dándole escobazos, hasta que ambos desaparecían en el interior de la casa y desde dentro seguían escuchándose los gritos de Bonifacia, no sé si acompañados o no de los escobazos o de algo peor.

La otra pionera del feminismo vivía en la parte alta del pueblo, y su argumento tras la agresividad se basaba en el mito del Indiano, que está bien descrito en el artículo “Los Indianos, el cuadro”, y así cuando le daba la “veneta”, la emprendía a golpes contra su marido mientras le gritaba: “¡Anda, coño, que estuviste en Cuba un montón de años y no trajiste nada sino una catorra!” (léase ‘cotorra’).

Haciendo retrospectiva me permito suponer que estas dos mujeres tenían algún problema hepático u hormonal que las mantenía en constante estado de agresividad, y el espectáculo entre Bonifacia y Julián, que presencié varias veces, no cabía en mi mente de adolescente, ni aún en la de adulto, pues tanto yo como mis amigos más cercanos, parientes y compañeros de escuela, no habíamos sido educados en la idea de que una mujer pegara a su marido, ni viceversa. ¿Cómo es posible, me preguntaba y me pregunto, que un hombre se deje hacer eso? ¿Cómo puede ser el resto de la relación entre esa pareja? ¿Cómo pudieron llegar a la intimidad necesaria para tener hijos?

Tal vez la respuesta a esta última pregunta sea que la menopausia marcó el punto de inicio de la agresividad de estas mujeres, pues como he comprobado —haciendo también retrospectiva— que pasada esa etapa de su vida algunas mujeres “se sueltan el moño”, olvidan la modosidad y los “finos” modales que una vez tuvieron, y sueltan chistes verdes y groserías que años atrás causaban que marginaran, despreciaran y calificaran de basura social a quienes los dijeran, en especial si eran congéneres, me permito suponer que fue el problema hormonal asociado a la menopausia lo que hizo que Bonifacia y la otra se hicieran merecedoras, en mi opinión, al título de pioneras del feminismo más agresivo.

Lo que no consigo siquiera suponer es que, con ese problema hormonal o sin él, sus maridos se dejaran hacer, una y otra vez, lo que estas mujeres les hacían.

Tal vez ellos tenían un problema hormonal que en ciencia ficción podría explicarse como que su testosterona les fue transferida a ellas mientras ambos dormían,… o durante un coito alquímico. 🙂

[*ElPaso}– «¡Adiós, Calero!»

10-11-2009

Carlos M. Padrón

En uno de los pueblos del Valle de Aridane habitaba en los años 50 un individuo de nombre Francisco al que todos llamaban Panchito. Era amanerado, de unos 35 años, solterón, y vivía con su madre viuda de la cual era hijo único.

Su pasión era la Iglesia, y por ello se encargaba de mantener pulcro y limpio el templo de su pueblo, cuidando de todos los detalles, desde el orden de los bancos y reclinatorios hasta la apariencia física de las imágenes, incluyendo sus vestidos. Y cuando hablaba de temas relativos a eso —que eran de los que hablaba el 99% del tiempo— lo hacía con tono solemne, casi apocalíptico.

A diario iba a la iglesia del pueblo a cumplir con sus tareas, pero para ello tenía que pasar frente a unas edificaciones de dos o más pisos en cuyos balcones y ventanas había siempre varias ancianas que, a falta de mejor cosa que hacer, vigilaban desde arriba el paso de los vecinos para luego hablar de ellos. Y en la base de esas edificaciones había unos bancos en los que, como era y sigue siendo costumbre en nuestros pueblos, se sentaban a diario unos cuantos hombres, de la tercera edad todos ellos, que entretenían sus lenguas con temas pueblerinos, y que, como les disgustaba el amaneramiento de Panchito, cuando éste pasaba frente a ellos, siempre llevando un ramo de flores para ponerlas en el trono de a la imagen de la Virgen patrona de su pueblo, le soltaban comentarios que a él le molestaban, como también hacían los jóvenes, adolescentes y hasta los veinteañeros.

Para hacer oídos sordos a los hirientes comentarios de aquellos hombres e ignorarlos, al pasar frente a los bancos en que éstos estaban, Panchito alzaba la vista hacia los balcones y ventanas antes mencionados y, mientras saludaba con la mano en alto, iba diciendo: “¡Adiós, doña Margarita!”, “¡Buenos días, doña Gertrudis!”, “¡Hasta luego, doña Albertina!”, y así hasta que dejaba atrás la “zona de peligro”.

Se cuenta que un día en que estaba esperando que llegara la guagua, acertaron a pasar dos curas en el coche de uno de ellos, y al ver a Panchito, que de seguro esperaba para ir a la iglesia, le ofrecieron llevarlo.

Él, más que feliz por tan gran deferencia y por tener la oportunidad de estar por unos minutos en la cercanía y compañía no sólo de un cura sino de dos, aceptó gustoso. Al subir al coche, el cura de la iglesia que Panchito atendía quiso presentárselo al otro, que era párroco de otro pueblo, y lo hizo con estas palabras:

—Don Antonio, éste es Panchito, de quien ya le he hablado. Es un mirlo blanco.

A lo que Panchito, arrobado en su inmensa satisfacción, desde el asiento trasero del coche contestó:

—No, don Marino, ¡aún sostengo reñidas luchas con la carne!

Un día, Panchito tuvo que ir a Santa Cruz de Tenerife y se hospedó en una pensión de estudiantes que estaba en la calle Ramón y Cajal, en la que también se hospedaban varios jóvenes de su pueblo y de pueblos vecinos. Uno de estos jóvenes, a quien llamaban Calero, pues ése era su apellido, no dejaba de gastarle a Panchito bromas pesadas, pero, porque ambos eran vecinos de barrio en su pueblo natal, Panchito socializaba más con Calero que con los otros paisanos.

Los más de los estudiantes de esa pensión frecuentaban un determinado burdel y conocían muy bien a las mujeres de vida alegre que en él ofrecían sus servicios. Y sabiendo que Panchito era virgen, Calero se puso de acuerdo con otros paisanos, y entre todos le montaron una emboscada.

Desde comienzos de cierta semana primaveral, Calero le dijo a Panchito que quería que el próximo domingo lo acompañara a conocer a sus primas, propuesta que fue aceptada de inmediato, pues Panchito consideró que eso de que Calero lo llevara a conocer a su familia era un gran honor, y se sintió halagado cada vez que Calero le recordó, día a día, esa invitación, pidiéndole encarecidamente que para la tarde del domingo de marras no aceptara ningún otro compromiso.

Llegó el tan ansiado domingo, y Panchito, en compañía de Calero y de tres de los otros estudiantes, se dirigió contento a conocer a las “primas” de Calero,… y cayó en la emboscada que fue para él el hecho más importante y trágico que le había ocurrido en su vida, pues lo contaba —y lo contó muchas veces, a título de tema aleccionador— así:

«Llegamos a una casa muy grande. Calero abrió la puerta sin llamar, pero, como era la casa de sus tíos —pensé yo— podía tomarse esas libertades.

Apenas entramos aparecieron cuatro mujeres todas pintarrajeadas y con vestidos no muy decorosos, pero pensé que era por el día domingo. Además, me extrañó que fueran cuatro cuando nosotros éramos cuatro también. Alborotadas, como si los que iban conmigo fueran viejos conocidos, los saludaron, uno a uno, con besos en la cara. Cuando la primera llegó a mí, Calero la detuvo, y en voz alta me presentó ante todas, y no sé por qué, ¡pero a Dios gracias!, ya no intentaron besarme.

Yo miraba aquella casa y a aquellas mujeres y decía para mí “¡Cuántas primas tiene Calero! ¡Pero qué raras son todas! Además, ¿dónde están sus padres, los tíos de Calero?”.

Entonces, cada uno de ellos se sentó con una de las primas, y la que quedó sobrante vino a sentarse conmigo.

Ya aquello no me estaba gustando, pero menos me gustó cuando, hablando bajito y de a poquito, cada pareja se fue retirando hacia la parte alta de la casa, y cuando sólo quedábamos Calero y yo, con una mujer al lado de cada uno, Calero se dirigió a la que estba sentada conmigo y le dijo que por qué no me llevaba arriba y me mostraba las fotos de sus padres. “¡Por fin —me dije yo— voy a conocer a los tíos de Calero, aunque sea en fotos!”. E inocente subí con aquella mujer a la parte alta de la casa, sin imaginar siquiera la dura prueba que me esperaba.

Arriba había un pasillo muy largo con puertas a los dos lados. La mujer, que iba delante de mí, abrió una de estas puertas y me hizo entrar a la habitación que, en contra de lo que yo pensaba, no era un salón de recibo sino un dormitorio, con cama y todo. “¡Ay, señor! —me dije yo— ¡esto cada vez me gusta menos!”.

Y menos todavía me gustó cuando la mujer cerró la puerta apenas entrar yo. Y enseguida, con una sonrisa diabólica, me echó los brazos al cuello y me besó en la boca.

Enfurecido, con todas mis fuerzas la separé de mí gritando “¡Noooo! ¡¡Apártate, Satanás!!”. Y aprovechando que mi empujón la dejó sentada en la cama, corrí hacia la puerta y la abrí.

Al salir al pasillo miré a la derecha y a la izquierda, exclamé “¡Ayúdame, San Francisco de Asís, a encontrar la salida más cercana!” y, desesperado, comencé a abrir puerta tras puerta en la esperanza de encontrar una que diera a la calle. Pero, ¡oh, Dios mío!, cada vez que abría una puerta ¡¡yo veía,…. yo veía,…. veía,…!!».

Siempre que contaba este trágico suceso de su vida, Panchito se detenía, rojo de vergüenza, en este pasaje. Quienes, por malicia, lo habían estimulado a que lo contara, lo animaban con repetidos “¿¡Qué viste, Panchito, qué viste!? ¡Dinos qué viste!”, hasta que, después de hacerse rogar varias veces, Panchito, cubriéndose el rostro con ambas manos y bajando su cabeza, gritaba,

—¡Un parapeto, un parapeto!

—Pero, Panchito, ¿qué es un parapeto?—, preguntaban varios al unísono.

—¡Un hombre con una mujer, y desnudos los dos!— gritaba angustiado Panchito mientras, sin retirar las manos de su enrojecida cara, la escondía ahora entre las rodillas.

Y luego de una pausa, como para recuperar algo la perdida compostura, continuaba:

«Pero San Francisco de Asís, protector de los inocentes, me escuchó, y al abrir una de las puertas vi que era una salida a la calle trasera. Sintiéndome libre al fin, me paré frente a esa puerta bendita, y cuando de un golpe terminé de abrirla de par en par, volví la vista hacia atrás y vi que en el pasillo estaban, riéndose, los tres que me habían llevado a aquel lugar de perdición».

Y al llegar a este punto, Panchito unía la acción a la palabra recreando con gestos y entonación el cierre de su historia:

«Y entonces, mirando de frente a Calero, alcé mi mano en gesto condenatorio hacia el pecador que él era, y le dije “¡Adiós, Calero! ¡¡¡Has perdido un amigo para siempre!!!”, y a toda carrera me alejé de aquel antro de pecado».

***

Tal vez Panchito no sepa —o nunca supo, si es que murió— que esta su trágica frase ha sobrevivido en mi familia, y entre muchos conocidos, hasta el día de hoy, y, cuando después de una reunión alguien de éstos quiere irse a pesar de que el resto no quiere que se vaya, ese alguien levanta su mano en gesto grandilocuente, se dirige a los demás y, en tono trágico, exclama “¡Adiós, Calero!”, prescindiendo casi siempre de la segunda parte por cuanto ya los más de los así increpados la conocen.

Y el tal Calero seguramente tampoco sabe cuánto ha perdurado la frase que le fue endilgada por el iracundo Panchito.

Esos conocidos saben de la frase por mi familia, y ésta lo supo por mis cuentos, pero la adoptó la noche en que, a la salida de la primera boda a la que asistí en Venezuela —boda de una tal Flor, que tuvo lugar en el barrio caraqueño de La Pastora el 18/08/1961— en la camioneta que entonces tenía mi difunto hermano Raúl íbamos él, su mujer, sus dos hijas, mis padres, mis dos hermanas y yo.

Para que viéramos algo de la Caracas nocturna, Raúl hizo un recorrido que nos llevó a la Avenida Bolívar que a esa hora, sobre las dos de la madrugada, estaba desierta. Pero vimos que delante de nosotros, por el borde del canal por el que Raúl conducía, caminaba tambaleante un individuo que, a todas luces, estaba borracho.

Al pasar a su altura, a mí se me ocurrió gritarle: “¡Adiós, Calero!”. La respuesta del borrachito fue contundente, pues se enderezó cuanto pudo y a todo pulmón exclamó: “¡Al coño’e tu madre!”.

Ese improperio inmortalizó, al menos en el círculo social que señalé, la histórica frase de Panchito.

[*ElPaso}– Andanzas y faenas de tres «santos» de mi entorno

04-08-2009

Carlos M. Padrón

Manuelito

Fue, desde pequeño, el dolor de cabeza de sus padres, pues era un muchacho realmente malo, especialista en hacer ruindades y jugarle malas faenas a todo el que podía.

Tal vez con alguna jugarreta ya en mente se metió a monaguillo, y ahí hizo lindezas como las que, a título de muestra, describo a continuación.

Cuando le daban ganas de merendar (los días entre semana iba a la iglesia sólo en las tardes) comía hostias sin consagrar y las acompañaba con vino del destinado a consagrar, pues espió al cura y pudo averiguar dónde éste escondía la llave de la alacena en la que guardaba hostias, vino y otros objetos que ameritaban cuidado.

Sabedor de las costumbres de los feligreses, había comprobado que la sirvienta de una casa de familia cercana a la iglesia venía a confesarse todas las semanas, el mismo día y a la misma hora. Uno de esos días en que el cura no estaba, Manuelito montó guardia apoyado en la baranda Este de la Plaza Nueva, y cuando vio que la sirvienta veía hacia la iglesia, fue, y en presencia del otro monaguillo, se metió en el confesionario.

Para ese momento, en la iglesia había sólo un par de mujeres que, no sabiendo que el cura no vendría, rezaban a dúo el rosario haciendo tiempo a que comenzara la novena. Apenas la sirvienta entró a la iglesia fue directamente al confesionario y, cuando se arrodilló en él, Manuelito la confesó “a fondo”, o sea, le preguntó de todo con pelos y señales, tanto que la pobre muchacha, alarmada, decidió dar por terminada aquella extraña confesión, y retirarse.

Al notar esto, Manuelito salió del confesionario y se paró frente a la atónita sirvienta que avergonzada y asustada saltó hacia atrás como un resorte, mientras soltaba un grito de espanto, y salió en carrera de la iglesia sin parar de gritar.

Desde ese día, enrojecía y bajaba la cabeza cada vez que se cruzaba con Manuelito, quien, para mortificarla más, le picaba el ojo o le mencionaba palabras “clave” relacionadas con pecados que ella había contado durante la confesión.

Otras de sus diabluras está relacionada con la comunión durante la misa.

En aquellos tiempos, en que se decían las misas en latín y el oficiante daba la espalda a los feligreses, la comunión era impartida sólo por el sacerdote, y en el acto lo ayudaba un monaguillo que bajo la barbilla del comulgante colocaba la patena a guisa de platillo para evitar que, si la hostia se caía, llegara al suelo.

Pues bien, cuando Manuelito era el monaguillo que prestaba ese servicio, sostenía la patena con sus dedos índice y pulgar, y al colocarla bajo la barbilla de las jóvenes extendía el dedo medio y les acariciaba la garganta.

Siendo aún muy joven, Manuelito dejó El Paso y vino a Venezuela, donde aún reside, si es que no ha muerto. Nunca ha vuelto a su pueblo natal.

Cuando todavía vivía mi madre, Manuelito le dispensó una visita en uno de sus esporádicos viajes a Caracas y relató ante ella todas estas travesuras.

Asombrada, mi madre, que no daba crédito a lo que oía, le preguntó que por qué había confesado a la sirvienta, a lo que él respondió que lo hizo para enterarse de lo que en materia de sexo pensaban o hacían las mujeres.

A la pregunta de por qué se comía las hostias, su respuesta fue muy simple: “Porque tenía hambre”.

Y a la pregunta de que si acariciaba la garganta de todas las comulgantes, contestó: “No, qué va; ¡sólo acariciaba a las que me gustaban!”.

***

Alfonso

También fue tormento, principalmente de su padre.

Siendo aún un niño de unos 10 años, sus travesuras fuera de la casa, que iniciaba en las tardes después de almorzar, causaron que un día don Dimas, su padre, desesperado por no saber ya qué hacer con Alfonso, al término del almuerzo lo metiera dentro de un grueso saco, cerrara bien la boca de éste y lo colgara, con Alfonso dentro, de un gancho que había en el techo de la despensa de la casa. Así, se dijo, no podría salir a la calle a hacer diabluras.

Cuando anocheció, estando ya próxima la hora de la cena, don Dimas, decidido a liberar a Alfonso de su prisión colgante, se dirigió a la despensa y por poco se infarta al comprobar que en el colgante saco no estaba ya su hijo,…. sino una buena porción de excremento que éste le dejó como recuerdo.

Don Dimas había olvidado que Alfonso llevaba siempre consigo, al igual que los más de los muchachos de entonces, una navaja plegable.

Cuando tenía 15 años jugaba con un grupo de muchachos de 19 que lo aceptaban porque era muy despabilado.

Entre esos muchachos mayores estaba mi hermano Raúl, y él contaba que una vez que jugaban fútbol en un terreno baldío bastante cercano a la casa en que habitaba Carolina, una muchacha de 18 y no de muy buena reputación, notó que un gran tonel de madera —como las llamadas pipas usadas en las grandes bodegas para guardar vino— que estaba arrinconado por inservible en una esquina del terreno, se movía de forma por demás extraña.

Intrigado dejó de lado el juego, se acercó al tonel, y para su sorpresa comprobó que metidos en su interior estaban Alfonso y Carolina en plena faena sexual.

El recuerdo de ese suceso molestaba mucho a mi hermano, y cuando terminaba de narrarlo decía siempre algo así como:

—¡No jodas! Nosotros, de entre 19 y 20 años, jugando al fútbol como unos pendejos, ¡y Alfonso, de sólo 15, cogiéndose a Carolina! Y lo peor es que eso era lo que todos queríamos hacer, ¡pero no podíamos conseguirlo!

***

Perico

A la edad de 20 años adquirió complejo de Antonio Machín [1], y cuando le daba la veneta [2], que era siempre veraniega, subía a la azotea de su casa y a voz en cuello anunciaba, como lo haría un locutor de radio: «Señoras y señores, ¡a continuación Antonio Machín canta para ustedes “Dos gardenias”!», y acto seguido rompía a cantar la mencionada canción mientras gesticulaba como si estuviera en un concierto en vivo y ante numeroso público.

Las horas que él prefería para sus conciertos eran las de la siesta veraniega, o sea, las de después del almuerzo de los días de verano, tal vez porque entonces no debía prestar ayuda a sus padres. El problema con estos conciertos era para los vecinos, pues cuando ellos recién estaban comenzando a adormitarse, la estentórea voz de Perico los regresaba a la calurosa realidad y los dejaba desvelados.

De nada sirvieron las protestas de estos vecinos ni los sermones que a Perico le daban sus padres, pues a ambos respondía con sonoras carcajadas.

Sin embargo, Doña Bernarda, la vecina más próxima, que era mujer de malas pulgas y de armas tomar, no perdió su tiempo en hacer un educado reclamo a Perico o a sus padres, sino que optó por subir también a la azotea de su casa e insultar a Perico a grito limpio mientras éste estaba absorto en la interpretación de “Madrecita”, “Angelitos negros”, “Mira que eres linda”, u otra de las varias canciones de Machín que entonces estaban de moda, pero en especial “Dos gardenias”, que era su preferida.

Molesto por esas bruscas interrupciones que cercenaban su creatividad artística, Perico, que a esa vecina la llamaba “Bernardí” en son de burla y para enojarla, ideó una cruel venganza.

No sé de dónde, pero consiguió lo que llamábamos un cristel [3], que no era otra cosa que un cilindro metálico (como de unos 10 cm de diámetro y unos 30 cm de largo) provisto de un émbolo que se introducía por uno de sus extremos y se accionaba mediante un mango, mientras que el otro extremo terminaba en un estrecho tubo. O sea, una jeringa gigante pero sin la aguja, y se usaba para succionar líquidos que luego podían expulsarse, lejos y con mucha presión, por el estrecho tubo.

En las más de las casas había un pequeño estanque que recogía las aguas producto del fregadero de las cocinas o de la pileta donde se lavaba la ropa. Si ese estanque no se vaciaba con regularidad, el agua represada en él terminaba corrompiéndose, en su superficie aparecía una espesa costra que se llenaba de gusanos, y despedía un olor putrefacto.

Una tarde de mucho calor, Perico llenó el cristel con el agua pestilente del estanque de su casa, y a la hora de su concierto diario, en vez de subir a su azotea se ubicó cerca de la ventana de Doña Bernarda, a quien suponía haciendo siesta, y comenzó a gritar: “¡Bernardí, Bernardí! ¡Hoy voy a cantarte aquí, cerca de tu ventana, para que me oigas mejor!”. Y después de repetir un par de veces esa terrible amenaza, rompió a cantar.

No había pasado medio minuto cuando en el interior de la casa de Doña Bernarda se escucharon los gritos de ésta insultando a Perico mientras se acercaba a la ventana que abrió de par en par y sacó fuera medio cuerpo para hacerse escuchar mejor. En el momento en que ella mantuvo abierta su boca para sostener la última sílaba del insultante grito de turno, Perico le descargó, en plena cara y a máxima presión, el “perfumado, sabroso y saludable” contenido del cristel.

Ignoro en qué terminó el incidente, pues cuando a los furibundos e insultantes gritos de Doña Bernarda, luego de superado el atragantamiento, salieron a la calle los padres de Perico, yo me retiré prudentemente, pero nunca olvidé aquel drama vecinal de acuosa y perfumada inyección,… que le recordé a Perico todas las veces que lo vi en Venezuela, y todas las veces soltó una sonora carcajada.

***

[1] Tanto mi padre como mi tío-abuelo Juan Sosa detestaban profundamente a Machín, y cuando a oídos de cualquiera de ellos llegaba la plañidera voz de ese cantante exclamaban: “¡Ahí está Joaquín jozando mierda!”.

[2] Veneta.- Decisión generalmente inesperada y a veces alocada. “Le dio la veneta de irse a Venezuela, y se fue”. “Le dio una veneta, y se botó por el barranco”. Palabra del Léxico Pasense que he recopilado

[3] Nombre incorrecto pero usado allá y entonces. Creo que ahora se les llama “bomba manual de vacío”.

[*ElPaso}– La pirinola de Pachencho

28-07-2009

Carlos M. Padrón

El clima de El Paso es extremista: fríos intensos, y luego, en algunos días de verano, un calor simplemente asfixiante. Es el asociado con lo que llamamos “Tiempo de levante” que afecta a la mayor parte de la isla de La Palma pero que, afortunadamente, suele durar sólo entre una o dos semanas.

Sin embargo, aunque relativamente corto, ese periodo parece una eternidad, pues el bochorno es total; ni una leve ráfaga de viento, ni una hoja se mueve, y los animales, agobiados, permanecen en silencio. Con tiempo de levante se tiene la sensación de que uno está dentro de un horno, y de que el aire, de tan denso, se ha solidificado aunque permanezca invisible.

En mis tiempos de adolescente recuerdo que en el exterior el calor era tal que de día resultaba menos duro refugiarse dentro de las casas y cerrar puertas y ventanas. Pero cuando después de la puesta de sol comenzaba a bajar la temperatura, la gente abría puertas, ventanas y postigos para que saliera de las casas el aire caliente represado en ellas durante el día.

Después de la cena, los vecinos solían reunirse en el patio de la casa que más espacio aireado ofreciera y allí departían mientras hacían tiempo para irse a la cama después de que el interior de las casas estuviera menos caliente.

***

Doña Marucha era, a mis ojos de adolescente, una mujer “mayor”, o sea, mayor que mi madre que para entonces tendría unos 50 años. Pero a diferencia de mi madre, doña Marucha, con lo poco agraciada y lo varonil que era, nunca se casó, y consciente de que ése era su destino confesó a varias de sus vecinas más cercanas que no querría morirse sin ver antes los genitales de un hombre adulto, pues los de los niños, que había visto muchas veces, no saciaban su curiosidad.

Una de esas noches veraniegas de tiempo levante se reunió con otros vecinos en el patio de la casa de don Adolfo Pachencho y su esposa, doña Marta. Allí estaban también don Ernesto y doña Rosa y las hijas de esas dos parejas.

Poco antes de la media noche, don Pachencho se levantó y dijo que la reunión estaba muy buena, pero que él y su mujer iban a acostarse porque tenían que madrugar al día siguiente. Ambos entraron a su dormitorio, cuya puerta daba al patio donde los demás quedaron reunidos. Don Pachencho la cerró, se desnudó totalmente y se echó sobre la cama junto a doña Marta, mientras afuera seguían los demás en su animada tertulia.

Los cables eléctricos de las casas pasenses de aquella época, cuyos techos eran en exceso altos, no estaban protegidos por tubos empotrados en las paredes, sino que corrían por el exterior de éstas, generalmente pegados al ángulo formado por la pared y el techo.

Por motivos que nunca se supieron, pero en los que tuvo mucho que ver el intenso calor, apenas don Pachencho y doña Marta habían conciliado el sueño, a ella la despertó un intenso olor a quemado, y al mirar hacia el techo vio que el cable eléctrico estaba ardiendo y las llamas avanzaban lentamente a lo largo de él.

A su grito de “¡Fuego! ¡Fuego!” don Pachencho se incorporó en la cama sobresaltado y, al ver cómo las llamas devoraban el cable, echó mano de una sábana, se colocó bajo la zona del fuego y, al tiempo que saltaba —era hombre de baja estatura— proyectaba la sábana hacia las llamas en un intento por apagarlas.

Pero el grito de doña Marta llegó también a oídos de los que aún estaban reunidos en el patio, y doña Marucha, que ocupaba el asiento más cercano a la puerta del dormitorio donde se había desatado el fuego, saltó de su silla y, sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, empujó la puerta del dormitorio y quedó petrificada bajo el dintel, impidiendo adrede la entrada de otros, al ver que Pachencho, a escasos dos metros de ella, no sólo estaba desnudo, lo cual dijo a los demás como pretexto para no dejarlos entrar, sino que con cada salto que daba, saltaban y bamboleaban también sus genitales.

Como hipnotizada por aquel espectáculo no tuvo mejor ocurrencia que ponerse a gritar entusiasmada “¡Salta, Pachencho, salta!” para que continuara la visión que tanto ella había anhelado. Y don Pachencho, que en su preocupación ni había reparado en doña Marucha, seguía saltando para regocijo de ésta.

De pronto doña Marta cayó en cuenta de lo que estaba ocurriendo, y a voz en cuello le gritó a su marido:

—¡Pachencho! ¡¡que estás desnudo, Pachencho!!

Él se detuvo en seco, y al reparar por fin en doña Marucha se apresuró a cubrir sus genitales con la misma sábana que había estado usando para apagar el fuego.

Ante esto, doña Marucha lo miró con sarcasmo y, antes de abandonar la puerta para irse al patio, ya que la «fiesta» había terminado, le dijo,

—¡Ja, a buena hora¡ ¡¡ya yo te vi la «pirinola»!!

[*ElPaso}– La serenata frustrada

16-06-2009

Carlos M. Padrón

Santiago era, como la gran mayoría de los padres de familia de El Paso, un agricultor que, a diferencia de esa mayoría, gozaba de una mejor posición económica. Estaba casado con Belén y tenían varios hijos.

Era conocido por lo mucho que le gustaba comer, practicar los deportes de la cama, y jactarse, cada vez que podía, de sus hazañas en ambos frentes: la comida y el sexo.

María del Carmen, una de sus hijas, era realmente bella, lo que se diría un “mujerón”, y por ello contaba con muchos admiradores que no paraban de inventar modos para llamar su atención. Tal vez el modo más romántico, pero al alcance sólo de quienes conseguían los recursos para usarlo, era darle serenatas a altas horas de la noche.

A tal fin hacía falta un grupo de buenos ejecutores de instrumentos musicales, generalmente de cuerdas, o, en el mejor de los casos, también de aire, como clarinete o trompeta. Y, por supuesto, varios de esos ejecutantes deberían saber cantar y acompañar a uno que, porque era el que mejor lo hacía, fungía como solista.

Como mi hermano Raúl era un buen trompeta y disponía de una, fue invitado una noche a formar parte del grupo que, por encargo de un admirador de María del Carmen, le daría a ésta una serenata. Y mi hermano aceptó.

Hasta poco antes de morir contaba él que ya iban por la segunda canción frente a la cerrada ventana del dormitorio de María del Carmen, y todavía la puerta de la casa permanecía cerrada, lo cual era casi una señal de desprecio por cuanto la costumbre obligaba a que el dueño de la casa, que no la homenajeada, al término de la primera canción debía abrir e invitar a pasar a los serenateros.

Una vez que éstos habían entrado a la casa —generalmente a la sala, que era la mejor amueblada de sus habitaciones— debía ofrecerles vino y algún dulce típico (almendrados, mantecados, truchas, etc.) mientras la homenajeada aprovechaba para vestirse, acicalarse y salir a presentar su saludo y agradecimiento,…. y a que su admirador la viera.

Mediada ya la tercera canción, y cuando la expresión del admirador comenzaba a mostrar signos de decepción, de pronto se abrió la puerta principal de la casa, la que daba a la sala, y de ella emergió Santiago terminando de ponerse sus pantalones. Y, a modo de excusa por la ofensiva tardanza, dirigiéndose a todos los del grupo dijo en voz alta:

—Es que estaba montando a Belén. ¡Tremenda hembra! ¡Yo quisiera que ustedes la montaran para que supieran lo que es una hembra de verdad!

Sorprendidos y avergonzados, los serenateros optaron por disculparse e irse, antes que tener que enfrentar a María del Carmen y a Belén, quienes, de seguro, habían escuchado lo dicho por Santiago.

[*ElPaso}– Los Carnavales de El Paso

12-05-2009

Carlos M. Padrón

Debo comenzar por decir, aunque creo haberlo dicho antes, que nunca me gustaron esas festividades.

Las máscaras nunca han sido de mi agrado, y lo de que una persona que durante el resto del año es más seria que un empresario de pompas fúnebres, incapaz de gastar una broma y mucho menos de tolerar una, sufra en Carnaval una metamorfosis temporal que le lleve a soltarse el moño y darse a gastar bromas pesadas a diestra y siniestra, es algo que nunca he logrado explicarme.

Curiosamente a mi padre le divertían algunas de esas metamorfosis, aunque él nunca hizo algo ni siquiera parecido. Pero maldita la gracia que le hacía, porque le causaba preocupación, que a mí, un muchacho de 16 años, no me gustara “correr el Carnaval” (o sea,  participar de él activamente), una fiesta que en El Paso de los años 50 era de celebración multitudinaria, y adobada con polvos de talco que los celebrantes se lanzaban unos a otros sin reparar en posibles daños, y que crearon más de un problema cuando algún celebrante se los lanzó a uno que no lo era ni quería serlo.

En las más de las casas se horneaba pan de leche, en forma de bollos o de rosquetes, almendrados, mantecados, galletas, etc., y se hacían sopas de miel. Y todo se tenía listo a tiempo para consumo en la familia y para brindar, con el infaltable vaso de vino, a quienes llegaran en visita carnavalesca.

Había “asaltos” (bailes en las tardes) y bailes (los celebrados en la noche) desde el sábado y hasta el martes, que llenaban a tope las pistas de Monterrey en las que no cabía un alfiler, y la cantidad de talco acumulado dentro de la parte cubierta, o teatro, hacía que la atmósfera del lugar resultara punto menos que irrespirable.

Una ventaja de esto era que la nube de talco dificultaba la visión de las madres que se apostaban en los palcos para vigilar desde arriba qué tal se comportaban sus hijas al bailar, en especial si aplican o no la retranca.

Tanto en los bailes como en las parrandas —grupos de amigos que armados, casi siempre, de instrumentos de cuerda se reunían para cantar en un sitio fijo, o iban haciéndolo de casa en casa— en las que sí participé,  las canciones preferidas eran unas que poco se escuchaban durante el resto del año.

Se caracterizaban por lo cursi de sus letras y lo machacón de su ritmo, pero también porque tenían el inconfundible toque que denota un origen netamente popular en esa masa de la que Ortega dijo que nunca tenía razón. En tal origen, tan popular y tradicional, residía para mí su único valor.

Como muestra, ésta:

Viva el Carnaval,
Viva la niñez,
viva el pan de leche
y las sopas de miel.

O ésta, llamada La Chambelona —que, gracias a Google vengo ahora a saber que tuvo su origen en Cuba en 1908— cuyo estribillo, especialmente compuesto para El Paso, decía:

Ahí, ahí, ahí La Chambelona,
que de las chicas de La Rosa
la más guapa es La Cañona

Más local, imposible, pues La Rosa es un barrio de El Paso, y La Cañona era un personaje entonces muy conocido.

Y del repertorio foráneo, las preferidas eran las que encajaban en la descripción que ya di, y por eso sonaban mucho La Raspa, y La Gallina Papanana, con letra de “altísimo” valor literario:

La Gallina Papanana
ha puesto un huevo, ha puesto dos, ha puesto tres.

La Gallina Papanana
ha puesto cuatro, ha puesto cinco, ha puestos seis.

La Gallina Papanana
ha puesto siete, ha puesto ocho, ha puesto nueve.

Déjala, la pobrecita, déjala que ponga diez.

Y había otra que no gustaba al autonombrado “tribunal moral” del pueblo, con uno de cuyos miembros estuve a punto de buscarme un problema. El título de ésa era “Mañana por la mañana”, original de un grupo mexicano llamado Los Latins —lo cual vengo a saber ahora, también gracias a Google— y recuerdo bien la parte de su letra, al menos como la cantábamos en El Paso, que fue origen del problema:

Mañana por la mañana
te espero, Juana,
allá en el taller.

Te juro, Juana querida,
que tengo ganas
de verte el pie,

la punta de la rodilla
la pantorrilla
y el peroné.

Mañana por la mañana
te espero, Juana,
allá en el taller.

“Mañana por la mañana” ganó tanta popularidad que el tribunal antes mencionado  quiso prohibirla por inmoral, pues eso de el peroné se refería, según ellos, al órgano genital femenino.

Hay que recordar que en los años 50, y hasta mucho tiempo después, se vivía en plena dictadura franquista, y el poder alternaba entre el ejército y la Iglesia, y que ésta se las arregló para adelantar la fecha de celebración del Carnaval de forma que la octavilla no cayera en Cuaresma.

Creo que fue un domingo de Carnaval de 1956 cuando me emparrandé con tres amigos, aportando yo sólo la voz, mientras que los otros aportaban también su voz además de guitarras y mandolina.

A diferencia de la mayoría de las parrandas, nosotros, al llegar a las casas cantábamos boleros de Los Panchos, pero entre casa y casa entonábamos en plan jocoso alguna de esas canciones arriba nombradas —cuyas sublimes letras, como ya habrá notado el lector, nada tenían que envidiarle en delicadeza y poesía a las de las mejores de Joan Manuel Serrat— y cuando ese día cantábamos “Mañana por la mañana”, un destacado miembro del tal tribunal que alcanzó a escucharnos se molestó porque en esa canción se mencionaba el peroné.

Así que —en nombre de la decencia y en defensa de la moral pública, supongo— se acercó a nosotros y, por el motivo que fuere, se dirigió a mí, que no era precisamente el mayor del grupo, para increparme por tamaña inmoralidad.

Tal vez porque yo había bebido unos vasos de vino encontré valor para responderle que nada de inmoral tenía la palabra ‘peroné’, pues era un hueso de la pierna, y que si él no lo creía podía consultar el diccionario.

Como la alusión al diccionario le resultó ofensiva por cuanto todos en el pueblo teníamos que aceptar sin duda alguna que él era un hombre culto y sabido, casi con Ciencia infusa, mi respuesta lo enojó, y me contraatacó diciendo:

—¡El diccionario podrá decir lo que quiera, pero está muy claro el sentido que en esa vulgar canción se le quiere dar a la palabra ‘peroné’!

Entonces me alumbró una musa, o tal vez el vino, y casi sin pensarlo respondí:

—Si el sentido fuera el que usted supone, el orden de mención de los elementos sería diferente, pues fíjese que la canción menciona la rodilla, la pantorrilla y el peroné; un orden descendente. Pero si quisiera mencionar lo que usted supone, debería ser en orden ascendente, y mencionar primero la pantorrilla, luego la rodilla, luego el muslo y luego el…..

Hasta ese ‘luego’ aguantó aquel “pilar de moralidad”, pues temiendo que yo pronunciara el tan temido nombre, dio media vuelta y se alejó a paso forzado, dejándome con el …. en la boca y en presencia de unos amigos que, asustados, no habían dicho ni pío, pero que ante la manifiesta huída se miraron extrañados sin llegar a entender mi atrevimiento.

Pasado el instante de estupor y susto, reanudamos, ahora a todo pulmón y con renovados bríos, la invitación a Juana para vernos en el taller.

Tal vez como consecuencia de esa parranda —y los almendrados aquí, el pan de leche allá, las sopas de miel acullá y el vino en todas partes— el lunes amanecí con indigestión, y mi madre, sin pensarlo dos veces, optó por el remedio que en casa se consideraba la panacea para todos los males estomacales: un enema, al que llamábamos lavativa.

Para administrarlo se usaba un aparejo que mis padres habían traído de Cuba: un poste metálico, como de metro y medio de alto incluidas sus patas en trípode, que en su extremo más alto tenía un gancho en el que se colgaba un envase de peltre, con capacidad para unos dos litros, de cuya base partía, llave de por medio, una manguera de goma, como de unos dos metros, que terminaba en una cánula hecha de pasta negra.

Mi madre —que casi llenó el envase con agua hervida, y luego enfriada, a la que había añadido no sé qué productos (sal, té de yerbas o algo así)— me hizo echar de costado en su cama, de espaldas al borde, acercó a éste el aparejo, y luego de embadurnar la cánula con vaselina me la insertó en el recto. Abrió entonces la llave ubicada arriba, en la base del envase, y la gravedad se encargó de llenarme la tripa con el misterioso líquido.

La parte peor era que, a fin de que éste surtiera efecto, uno tenía que aguantar al máximo las ganas de evacuar.

En ese trasvase estábamos cuando escuchamos los pasos de alguien que, corriendo, se acercaba a la casa. No bien había puesto mi madre cara de extrañeza cuando en el patio retumbó una voz de hombre que gritaba desesperado: “¡Doña Victoria, doña Victoria, ayúdeme, doña Victoria!”.

Y doña Victoria, que era mi madre y era también un manojo de nervios, olvidó la crítica tarea que ella y yo teníamos entre manos (bueno, yo la tenía entre nalgas) y salió corriendo a ayudar a quien de forma tan dramática solicitaba su ayuda.

Cuando angustiada abrió la puerta de la casa se encontró frente a frente con Miguel, un vecino de esos “empresarios de pompas fúnebres”, que lleno de talco de arriba a abajo descolgó de su cuello una especie de collar hecho con alambre, en el que ya había ensartados, y llenos de polvos de talco, una docena de rosquetes de pan de leche, y abriéndolo por sus extremos lo acercó a mi madre en gesto implorante mientras con tono de mansa súplica le decía: “Doña Victoria, ¡déme un rosquete, por favor!”.

Mi madre montó en cólera y comenzó a gritarle: “Pero, hombre de Dios, ¡cómo se le ocurre….!”.

Desesperado asistía yo de oídas a esa parodia carnavalesca, y llegado al punto crítico me tocó el turno de gritar: “¡Mamáaaa, mamáaaaaa! ¡¡Sácame esto que no aguanto más!!”

Yo podía haberme sacado la cánula, pero a riesgo de bañar la cama con el agua que aún quedaba en el envase, así que opté por el recurso de gritar más fuerte y con más desespero que Miguel, hasta que mi madre regresó, me desconectó y, ¡por fin!, pude posar mi trasero en el orinal que al efecto me esperaba, y cagar a placer.

Fueron esos Carnavales de 1956 los últimos que “corrí”.

¿Se entiende ahora por qué no me gustan los Carnavales?