[El Paso}> Humor en casos verídicos. El silbido de María

25-09-2024

Carlos M. Padrón

Ocurrieron tal y como los cuento. Los nombres, cuando los hay y quiero ocultarlos, son ficticios.

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Las almendras eran —lamentablemente, ya no son— una de las riquezas de El Paso, y para pelarlas existía la costumbre de que muchos vecinos (mayormente mujeres) fueran invitados a la casa de otro para que le ayudaran a pelar las almendras que éste hubiera recogido de su cosecha.

A estas reuniones se les conocía como «Peladas de almendras», y se caracterizaban porque las mujeres asistentes, tal vez animadas por su abrumadora mayoría, se divertían armando posibles «mocedades» (parejas de enamorados) o hablando de las vicisitudes de las parejas ya oficialmente formadas.

En el pueblo se decía que cuando una mujer era virgen y orinaba en cuclillas, su vulva emitía un sonido, como un silbido, que era producido por la estrechez de la vagina y la presencia del himen, y en eso se creía en aquellos tiempos.

A una de estas peladas de almendras fue invitada María, una muchacha de quien José Luis estaba enamorado y cortejaba siempre que podía. Pero como José Luis no había sido invitado a la pelada en cuestión, decidió espiar la reunión desde fuera, por los resquicios de la puerta que daba a la calle, en la esperanza de enterarse de lo que la concurrencia femenina pudiera comentar acerca de sus más que conocidas pretensiones con María y, sobre todo, de lo que ésta pudiera decir sobre sus sentimientos hacia él, algo que, en aquellos tiempos, una mujer no debía confesar nunca a un hombre por más enamorada que estuviera de él.

Y a esa aventura de espía, José Luis se hizo acompañar de su primo Juanillo, tío-abuelo mío que me contó este incidente.

A la casa donde esa noche se llevaba a cabo la pelada de almendras se la conocía entonces como ‘de Sandalio’, estaba un tanto aislada y aún en construcción sobre una plataforma para salvar lo inclinado del terreno. A mitad de esta jornada nocturna, a María le dieron ganas de orinar, se levantó y se dirigió a la puerta de salida. Al verla venir, tanto José Luis como Juanillo, que estaban justo tras esa puerta, bajaron corriendo y se acurrucaron en la base del muro que servía de soporte a la plataforma de entrada.

María salió fuera, cerró la puerta tras ella y, como estaba oscuro y no había nadie a la vista, no bajó a satisfacer su necesidad entre los matorrales del terreno circundante, como habría sido lo normal, sino que se acercó al borde de la plataforma, se puso en cuclillas, remangó su falda, bajó sus bragas, abrió las piernas y, sin más, disparó su chorro……. que fue a caer directamente sobre la cabeza del pobre José Luis, mientras Juanillo, que se separó a tiempo, se tapaba la boca para contener la risa.

Y al dejarse oír en el silencio de la noche el sonido sibilante, alto y firme, que producía el flujo de orina de María, ésta, en voz alta y convencida de que nadie la escuchaba, exclamó: «¡Silba tú que José Luis te va a sacar el silbido!».

Y así, de esta forma tan húmeda e inesperada, pero muy bienvenida, supo José Luis cuáles eran los planes que hacia él tenía María.

[El Paso}> Humor en casos verídicos. Cura olvidadizo

18-09-2024

Carlos M. Padrón

Ocurrieron tal y como los cuento. Los nombres, cuando los hay, son ficticios.

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Despúes de más de 20 años de noviazgo, Federico decidió casarse. Cuando sus sorprendidos amigos le preguntaron el por qué de esa decisión después de tanto tiempo, Federico dijo que no quería verse inútil y en cama y no contar con alguien que le llevara un agua de pasote.

La noticia de la boda causó tal revuelo en el pueblo, que Federico, Rosa (su novia) y el cura decidieron celebrarla en otro pueblo, pero sin decir nada al respecto. Y así fue; en la ceremonia sólo estuvieron los novios, el cura y los padrinos.

Siguiendo el protocolo, cuando el cura preguntó a Federico si aceptaba a Rosa por esposa, Federico respondió: «¿Y a qué coño cree usted que vine yo aquí?»

[El Paso}> Humor en casos verídicos. Amor paternal

04-09-2024

Carlos M. Padrón

Ocurrieron tal y como los cuento. Los nombres, cuando los hay, son ficticios.

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Ovidio, vecino del Paso de Arriba, tenía dos hijas que, en cuanto a atractivo físico, poco tenían que agradecer a la Providencia. Ambas trabajaban en el turno de noche de la Fábrica Capote, y Ovidio bajaba cada noche con su coche a recogerlas cuando terminaba ese turno.

Un día, cuando Ernesto, otro padre, bajaba también, y más tarde que de costumbre, a recoger a su hija, vio que las dos hermanas subían caminando. Preocupado, les preguntó si es que su padre no había venido a recogerlas. A la respuesta de que no, el buen hombre las subió a su coche junto con su hija y, después de dejar a ésta en su casa, llevó a las dos hermanas a la suya.

Cuando Ovidio recibió a los tres. Ernesto lo llevó aparte y, un tanto alterado, le dijo a Ovidio que cómo se le ocurría dejar que sus hijas anduvieran solas tan tarde en la noche, a lo cual Ovidio contestó «Quien las haya visto de día, no creo que les haga nada de noche»

[El Paso}> Humor en casos verídicos. Amante frustrado

28-08-2024

Carlos M. Padrón

Ocurrieron tal y cómo los cuento. Los nombres, cuando los hay, son ficticios.

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Además de bajo de estatura, Genaro tenía un hablar defectuoso que le llevaba a alterar o suprimir la primera letra de las más de las palabras. Gustaba mucho del sexo, pero Benita, su mujer, no compartía tanto ese gusto.

Vivían en una cuasi chabola que compartían, tabique de cartón por medio, con otra familia, uno de cuyos hijos cuenta que cuando Genaro llegaba tarde en la noche y Benita estaba ya acostada, él trataba de hacerle el amor, pero ella, por toda respuesta, le daba la espalda y se encogía como un ovillo, ante lo cual Genaro, suplicante, le decía “Enerésate, Enita, e areces el arco e la ira”.

[*ElPaso}– Menos mal que Nicolasa no supo esto acerca de los besos en la boca

18-11-14

Carlos M. Padrón

Allá por la década de los 50 del siglo pasado, conocí en El Paso a Nicolasa, una mujer a quien el solo pensamiento de besos en la boca le provocaba náuseas.

El mayor deseo de su novio, mientras fue tal, era que Nicolasa le diera un beso, pero cada vez que él le pedía eso, ella amenazaba con poner fin a la relación, así que, si hemos de hacer caso a lo que la propia Nicolasa contaba, su matrimonio se consumó y «funcionó» por muchos años sin que en los virginales labios de ella se posaran jamás los de un varón.

Esto no obstante tuvo dos hijos, y un día, cuando frente a una pareja joven y vecina de ella proclamaba con ánimo aleccionador lo asqueroso que era el beso, esta pareja quiso jugarle una mala pasada y, sin más, se dieron un beso en la boca, ante lo cual Nicolasa emitió un horrible grito de asco y corrió hacia el baño a vomitar, después de lo cual regresó junto a la pareja y les prodigó una sarta de insultos que iban desde cochinos a degenerados y, maldiciendo aún, puso rumbo a su casa hecha una furia.

Años después, cuando Nicolasa había alcanzado la tercera edad y la viudedad, confesó que el último deseo que, ya en su lecho de muerte, le formuló su marido, fue que le diera un beso en la boca, pero, según las confesiones de Nicolasa, el pobre hombre se fue al otro mundo sin haber conseguido ése su más caro anhelo.

Tal vez Nicolasa era simplemente anormal o, lo que es más probable, fue una víctima más, aunque muy destacada, de la educación maldita —oscurantista, interesada, manipuladora, antinatural, sectaria y aberrante— que por años nos impuso el dúo franquismo-Iglesia, y que dañó de forma permanente, y en mayor o menor grado, la vida social y matrimonial de miles de jóvenes, una maldición que alcanzó a las generaciones descendientes de parejas aberradas que impusieron a sus hijos este nefasto modelo empaquetado en fanatismo religioso.

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18/11/2014

José Manuel Nieves

Ochenta millones de bacterias pasan de boca a boca en un solo beso

Ése es el precio que hay que pagar por un simple beso de diez segundos. Durante ese breve lapso de tiempo, en efecto, se produce una transferencia masiva de microorganismos entre los dos enamorados. El estudio, recién publicado en la revista Microbiome, también ha descubierto que las parejas que se besen un mínimo de nueve veces al día terminan teniendo en sus bocas el mismo tipo de comunidades bacterianas.

Un enorme y complejo ecosistema de cerca de 100 billones de microorganismos (una comunidad que recibe el nombre de microbioma) vive normalmente en el interior del cuerpo de cada ser humano. Y resulta, además, esencial para que podamos, por ejemplo, digerir los alimentos, sintetizar los nutrientes o prevenir un buen número de enfermedades.

Pero no todas las personas tienen el mismo microbioma. Su composición, es decir, el tipo de microorganismos que lo forman, se modela en cada uno de forma ligeramente diferente, y esas diferencias dependen tanto de la genética de cada individuo como de su alimentación o de su edad. Y también, por supuesto, del tipo de personas con las que se relacione.

Una de las zonas del cuerpo en las que esas diferencias resultan más evidentes es, sin duda, la boca. En ella, en efecto, pueden vivir hasta 700 variedades distintas de bacterias, y más que en ninguna otra parte de nuestro organismo esa variedad depende, también, de las personas con las que pasamos más tiempo.

Los autores de la investigación, con sede en Holanda, estudiaron a 21 parejas, a las que pidieron que rellenaran un cuestionario sobre su comportamiento afectivo, especialmente en lo referente a los besos, para saber con qué frecuencia, de media, unían sus bocas en ese gesto de cariño.

Después de lo cual tomaron muestras de sus bocas para investigar la composición exacta de las comunidades bacterianas, o microbiota, de cada uno, especialmente las de la lengua y la saliva.

Los resultados mostraron, sin lugar a dudas, que las parejas que se besaban con mayor frecuencia tenían comunidades bacterianas muy similares. Y esta «compenetración bacteriana» se acentuaba en aquellas parejas que se besaban, de media, nueve o más veces al día.

Remco Kort, investigador principal del estudio, afirma que «los besos más íntimos implican un contacto pleno de las lenguas y un intercambio de saliva que constituye un comportamiento único en la naturaleza y que resulta común en el 90% de las culturas conocidas. Las explicaciones habituales de la función que desempeñan los besos entre los humanos asignan, normalmente, un papel muy importante al microbiota presente en la cavidad oral, aunque los efectos exactos de esos besos nunca habían sido estudiados. Nosotros queríamos averiguar hasta qué punto las parejas comparten su microbiota oral. Y resulta que, cuanto más se bese una pareja, más similares serán sus comunidades bacterianas».

Los investigadores pidieron a las 21 parejas que se dieran también una serie de «besos experimentales controlados» para cuantificar con la mayor exactitud la transferencia de bacterias. Para ello, uno de los miembros de cada una de las parejas tomó una bebida probiótica que contenía diversas variedades específicas de bacterias, entre ellas, Lactobacillus y Bifidobacteria. Y los investigadores hallaron que, después de cada beso íntimo, la cantidad de total de esas bacterias que se transferían al receptor rondaba los 80 millones en un beso de diez segundos de duración.

El estudio también sugiere un importante papel para otros mecanismos capaces de afectar al microbiota oral y que son la consecuencia de un estilo de vida compartido, de los hábitos de alimentación y de higiene.

Un detalle curioso sobre el experimento: los investigadores pudieron comprobar, y aplicar a sus resultados para que las cifras no se falsearan, que hasta el 74% de los varones encuestados declaraban besar a sus parejas justo el doble de lo que decían ellas.

Fuente

[*ElPaso}– Discurso de don Manuel Galeno, politólogo pasense ‘de secano’

28-05-14

Juan Antonio Pino Capote

De El Paso de Arriba a El Paso de Abajo y de norte a sur, este prosopopéyico caballero andante recorría el pueblo en su caballo blanco, que le servía como tribuna para discutir sus elaboradas teorías y filosofía de la vida.

 

Anoche, en mis sueños, se me apareció don Manuel y, a modo de susurro cómplice, me dijo en tono despectivo:

—¡POLÍTICA DE GALLINERO!

—¿Qué cuento de gallinas es ése, don Manuel?

—Calla y escribe, tú que eres instruido.

Y me dictó el siguiente discurso:

POLÍTICA DE GALLINERO

Europa desnortada

Con motivo del desastre electoral al Parlamento Europeo en mayo de 2014

«Y toda la Humanidad está desnortada, desquiciada, y el planeta polucionado y perdido por los desechos de de sus pobladores.

La Europa de la Ilustración, la de la cultura, la de los grandes progresos y descubrimientos, también está engolfada en esta POLÍTICA DE GALLINERO. Como gallinas en un corral, se vive de los picotazos que nos damos y de los granos que violentamente arrebatamos a la homóloga o prójima, sin orden ni justicia, sino por la ley del más fuerte.

Pero todas cacareando mucho y protestando porque no están conformes con su estatus. Y cada vez son más en el mismo gallinero y, como solía decir el mago: “Más gallinas en un gallinero, más mierda y menos huevos”. Pero todas las que pueden estiran su cuello picoteado y enmierdando para salir en la foto, o para cacarear su también enmierdado discurso. Y luego salen a bombo y platillo en todos los medios cuando alguna logra un cacareo extraño o estridente. La estridencia y los gritos, están de moda.

Un poeta festivo solía decir:

Este mundo es un relajo
en forma de gallinero,
que los que suben primero
se cagan en los de abajo.

Mas, si sube algún guanajo
de peso no muy ligero,
puede que se parta el gajo
y se vayan pa’l carajo
los que subieron primero.

La mayoría de estos enmierdados discursos son de autobombo y de falsas promesas que no apuntan a las verdaderas realidades y exigencias de las circunstancias, sino a lo que les gusta oír a las demás gallinas. Más abundantes son los discursos descalificadores, condenatorios y hasta calumniosos y un “quítate tú para ponerme yo”. Y así una legislatura tras otra, dando vueltas a la noria de nuestro desdichado destino.

Una gallina sale volando del corral

Dos generaciones que tienen que ponerse de acuerdo; no sólo protestar, que no es más que cacarear. Alguien dijo “¿Por qué andar como las aves de corral, cuando podemos volar como las águilas?”. Sencillamente porque no sabemos más que cacarear, dar picotazos y, si es posible, no hacer ni un esfuerzo para poner un huevo. Y si alguien intenta volar, se llevará los mayores picotazos. Nadie se atreve a volar, y todos siguen jugando a lo mismo.

Después de tantos años de democracia, nadie remonta el vuelo; todos siguen dando picotazos y cacareando sobre lo mismo. Después de que Felipe González repitiera la frase de Mao: “Gato blanco, gato negro, qué más da si caza ratones”, entendí que las filosofías, las ideologías y los principios habían periclitado.

Hemos comprobado que las alternativas de poder no son más que eso: alternativas de poder para aprovecharse lo más posible de manera alternativa. Todos prometen arreglarlo todo, y luego, más de lo mismo. Pero nadie se pone a pensar en el descubrimiento que pueda resolver los problemas de toda la Humanidad a gran escala, a escala mundial.

Claro que eso no da votos ni poder ni chollos. Siguen con los picotazos y los cacareos. En el cuarto trastero está la filosofía de Sócrates, Platón, Jesucristo y hasta del propio Marx, que nunca soñó con las grandísimas diferencias y explotaciones que íbamos a tener.

Tampoco soñó que la democracia iba a servir para que los políticos nos vendieran al mejor postor capitalista. Por esto, después de los cacareados 100 años de honradez, los progresistas también han perdido el norte y no nos conducen a ningún progreso real y efectivo a gran escala, salvo al cacareo descalificador.

Los chicos del 15-M consiguieron congregar multitudes, pero sólo para decir que no estamos de acuerdo con el rumbo de nuestra sociedad. Y no se mostraron dispuestos a cambiar algo ni con propuestas viables ni con una actitud perseverante. Se diluyeron por carencia de programas e ideales.

Los grandes cambios socioeconómicos perversos invalidaron las teorías económicas de John Adams Smtith y las de Keynes, tenidas como axiomáticas en las escuelas de economía de hace algún tiempo. Las bondades del libre mercado han perecido por el libertinaje desmadrado con que nuestros gobiernos les han permitido actuar, con los grandes Bancos como cómplices, sin que nadie les haya cortado las alas.

Así estamos, pues las causas de la actual crisis son de sobra conocidas, pero las gallinas siguen enfrascadas en su afán de poder y del mayor picoteo, en la pura inmediatez gallinácea

En nuestra sociedad hay grandes economistas y grandes hombres que podrían ayudar mucho en la corrección de todos los desafueros perpetrados, pero les faltan los altavoces que manejan unos medios amordazados por los gobiernos y el capital. A los aguerridos jóvenes del 15-M no les hicieron falta estos medios asalariados para aglutinar unas multitudes reivindicativas en Madrid.

Queda claro que con un DIALOGO ENTRE GENERACIONES se podrían plasmar unos grandes principios y actitudes generales para ofrecer unos NUEVOS HORIZONTES PARA LA HUMANIDAD. Y éste sería el nuevo y verdadero progresismo, y no el de boquilla que han querido imponer como una moda de los jóvenes, los guapos, los inteligentes y los solidarios, haciendo el juego a cualquier partido o perro con distinto collar.

No les he oído pronunciarse contra el moderno totalitarismo sibilino de la GLOBALIZACIÓN, que no es para el bien de los consumidores, sino para una mejor explotación de los mismos a nivel planetario, y para acumular un poder ante el cual tiemblen los gobiernos. Pobres gobiernos mal paridos en las urnas y secuestradores de votos, amordazados por el capital.

No discutamos entre nosotros, en nuestros pobres y enmierdados corrales, y tratemos de volar como las águilas en las alas de un nuevo progresismo solidario y activo, y capaz de poner el cascabel al gato, sin temor a represalias. Una tarea de un sindicalismo potente y superior, apoyado por grandes mayorías y con la salvaguarda de la Policía —y hasta de los ejércitos, si fuera necesario—, aunque seguramente no tendrán armas por no tener dinero, asfixiados por los poderosos capitalistas.

Alguna alternativa deberá servir para lograrlo. No basta con pedir trasparencia y honradez, que sería mucho, sino llegar el meollo de la gran especulación del libertinaje financiero que no conoce límites ni reglas.

Entrarían en la escena dos grandes protagonistas complementarios: Los sabios pensadores, filósofos y experimentados conocedores de la realidad que formularían los principios generales y la carta de navegación con argumentes inequívocos y contundentes; y los jóvenes progresista y aguerridos que proclamarían, exigirían y ejecutarían el programa. Por definición, los autodenominados progresistas deberían dedicarse primordialmente a este cambio y no a jugar a nuevos ricos o a imitar a los dictadores bananeros disfrazados de socialistas.

Debe quedar claro, como dijo Stephen Convey: “Si sigues haciendo lo que estás haciendo seguirás consiguiendo lo que estás consiguiendo”. Y lo que estamos consiguiendo no sirve y es necesario un NUEVO ORDEN SOCIAL, por el bien de cuantos habitamos este maltrecho planeta que es la Tierra.

Y mi admirado don Manuel se despidió diciendo: “No digas a nadie que he vuelto, y firma como tuyo lo que te he dictado”».

Don Manuel, desde su humildad, no sabe que en El Paso su firma tiene más prestigio que la mía, y por eso no le voy a guardar el secreto. Lo entenderá y me perdonará.

Artículo relacionado:

[*ElPaso}– Las infidelidades de La Reducida

14-11-2013

Carlos M. Padrón

Como ya conté en La sabiduría de dos madamas pasenses, Las Reducidas eran una de las familia cuyas féminas ofrecían sus servicios de forma bastante discreta y, para los estándares de la profesión, muy conservadora.

Una de sus «miembras» (¿no se dice así ahora?) se las arregló para engatusar a Alberto, un pasense con no mucha perspicacia que terminó casándose con ella.

Lo de la poca perspicacia poco le importó a La Reducida; le importaba más el hecho de que, al parecer, Alberto no lograba satisfacer las necesidades sexuales de ella, y tal vez por esto, porque tal vez era ninfómana, o porque no podía resistir la tentación de continuar con la práctica que de soltera había tenido, terminó cayendo en ella.

Comenzó cuando Alberto consiguió trabajo en otro pueblo bastante alejado de El Paso, y para cumplir con él debía ausentarse de su casa de lunes a viernes, ambos inclusive, y dejar sola a su mujer, circunstancia que ésta aprovechó para, con paciencia y mucho criterio gerencial —aplicando parámetros de seguridad y gusto personal—, ir buscándose cinco amantes, uno para cada uno de esos días.

Por eso de los buenos criterios de seguridad, prefirió hombres casados que se verían en problemas, sociales y de pareja, si sus mujeres descubrían infidelidades; y, a falta de éstos, hombres solteros pero discretos hacia los que ella se sintiera atraída.

Y así completó la colección de cinco que listo a continuación, la inicial de cuyos nombres, inventados ahora por mí, he hecho coincidir con la del día de la semana en que a cada uno le tocaba visitar a La Reducida.

  1. Lunes. Luis, casado, panzón, pero con dinero.
  2. Martes: Manuel. También casado, calvo, pero con más dinero que Luis
  3. Miércoles: Matías. Tenía poco dinero, y estaba casado con una mujer que, al igual que la de Manuel y la de Luis, creía que el débito conyugal —costumbre muy en boga en aquella época entre las damas «finas» y beatas—, era un castigo que la moral y las buenas costumbres obligaban a aceptar. (¡Lo que uno tenía que ver y callar en aquel entonces!).
  4. Jueves: Julio. Alto, soltero y cojo, pero buen mozo
  5. Viernes: Venancio. También soltero, más joven que Julio, pero menos atractivo.

Los cinco se conocían entre sí y se habían comprometido, por la cuenta que les tenía, a mantener el asunto tan en secreto como les fuera posible, cosa no muy fácil en un pueblo pequeño.

Un buen día, sin embargo, algo se filtró, el bueno de Alberto entró en sospechas, y un viernes se presentó de improviso en su casa y sorprendió a su mujer en la cama con Venancio.

Mientras Alberto fue a buscar un machete, Venancio alcanzó a medio vestirse y salió corriendo, a monte traviesa, perseguido por un energúmeno Alberto que, machete en ristre, le gritaba amenazas de muerte.

En su alocada carrera, Venancio pasó frente a la casa de Matías, quien, al verlo correr de aquella forma, se preguntó el motivo, pregunta que tuvo respuesta cuando pocos segundos después vio a pasar, también corriendo, al enfurecido Alberto.

Porque era más joven que Alberto, o por el miedo a ser alcanzado por éste, Venancio logró alejarse de su perseguidor y esconderse a buen recaudo fuera de su vista. Alberto, refunfuñando maldiciones, frustrado y, regresó sobre sus pasos.

Y cuando al fin Alberto estuvo bien lejos, Matías, que sospechaba dónde se había escondido Venancio, fue a buscarlo, lo encontró, y a la pregunta de qué había pasado, Venancio, aún jadeando por el cansancio de la forzada carrera, se limitó a decir:

¡Menos mal que hoy no es jueves!

[*ElPaso}– La sabiduría de dos madamas pasenses

30-09-13

Carlos M. Padrón

En la época a que se refiere la anécdota —verídica pero con nombres ficticios—, que conté en Mujeres de vida alegre, había en El Paso otras mujeres de igual estilo de vida.

Incluso, y como supe en mi reciente estadía allá, había muchas más de las que yo creí que había, y, por tal creencia, en el mencionado artículo escribí que La Cantona era una de las pocas mujeres de vida alegre que entonces había en el pueblo.

¡Craso error! Había muchas más, y entre ellas, y como suele ocurrir en toda sociedad, existían rangos, jerarquías; diferencias tal vez sutiles, pero diferencias al fin y al cabo.

Muchas iban por libre, y ejercían en solitario, pero otras eran miembros de una misma familia, como Las Pechugonas, Las Reducidas, y algunas familias más conformadas por varias féminas, en las que todas éstas ejercían, de forma más o menos explícita o pública, la profesión más vieja del mundo.

Y en algunas de esas familias, la madre era la alcahueta o regenta; digamos que la madama.

La madre de Las Pechugonas era una madama atípica, pues trabajaba «hombro a hombro» con sus hijas, y era tal su apego a la perfección en el ejercicio profesional de la familia que en cierta ocasión vio que la mayor de sus hijas hacía con un cliente algo que podía mejorarse, y diciéndole «Boba, ¡eso no se hace así!», la empujó fuera del catre, ocupó ella su lugar junto al cliente, y diciéndole a la hija «¡Mira cómo se hace!», puso «manos a la obra».

¡Qué abnegada demostración de espíritu docente y búsqueda de la excelencia!

Flor, la menor de esas hijas, resultó la alumna más aventajada, traviesa y conflictiva, y por sus hazañas en sexo, sus escándalo sociales y sus tropiezos con la Guardia Civil, llegó a ser el buque insignia de su clan familiar, lo cual preocupó mucho a La Cantona quien, por aquello de la competencia —que en los pueblos pequeños suele ser más ruin que en los grandes—, quiso saber si realmente Flor representaba una amenaza para su fama profesional, y un buen día se dirigió a su madre —la anciana que, según Julián Lara, necesitaba «un verde». Véase Mujeres de vida alegre— y le preguntó:

—Mamá, ¿quién es más puta, Flor La Bonchona o yo?

La anciana miró de soslayo a su hija, meditó por unos segundos, y, mientras se alejaba con prudencia, en una demostración de profunda sabiduría de vida y elegante salida por la tangente, dio por respuesta una expresión de sólo tres palabras que aún hoy, cerca de un siglo después, se usa en El Paso —y posiblemente en otros pueblos de La Palma— como lo que con más precisión indica la conveniencia de no abrir la boca para evitar meter la pata, de reservarse la propia opinión, de crearle al otro un completo suspense aumentando su curiosidad, de dejar en el aire, de forma breve y concisa, la duda de si se está o no de acuerdo con lo que a uno le han preguntado, etc.

El encanto de esa expresión, y en el contexto en que fue dicha, es que podría expresar burla, ironía, sarcasmo, compasión, discreción, desinterés,… Y no sólo eso, sino que, además, podrían dársele o todas estas acepciones, sólo algunas, o sólo una.

La anciana dijo: «Larán, larán, callareme«.

Otra versión —con base vez más lógica, y de fuente que conoció a las protagonista—, cuenta que, por un descuido, La Cantona quedó en estado, y no queriendo que se supiera lo mantuvo tan en secreto como pudo.

Cuando por fin dio a luz, también en secreto, metió a su anciana madre en la cama —algo más fácil que estacarla en la huerta—, puso a su lado al recién nacido, y salió a decir a los vecinos que su madre, a pesar de su avanzada edad, había dado a luz de nuevo.

Cuando los curiosos vecinos fueron a conocer a la criatura, La Cañona les dijo:

—¿Ustedes creen que no es una vergüenza que a la edad que tiene mi madre haya parido otra vez?

A lo que la anciana, mirando al techo, exclamó:

—»Larán, larán, callareme».

¡Qué riqueza de sutiles contenidos en tan breve frase! De ahí que siga usándose hoy para, ante una pregunta o planteamiento que resulte escabroso, ridículp o comprometedor para quien lo hizo, dar a entender, sin nombrarlas, cualesquiera de las acepciones mencionadas.

No se supo —o al menos no ha llegado a mis oídos— cuál de ésas le dio La Cantona, quien tampoco sospechó siquiera, como tampoco sospechó su madre, que su elocuente «Larán, larán, callareme» ganaría la fama de que aún goza, sobreviviría a las dos, y mantendría en el tiempo el recuerdo de ambas.

Hay que reconocer que estas dos madamas —la madre de Las Pechugonas y la de La Cantona— fueron mujeres adelantadas a su tiempo, pues la una fue pionera en el servicio al cliente, los reality shows (subidos de tono), y la presentación de espectáculos en vivo, en directo y en tiempo real; y la otra, en el sapiente uso de lo que hoy se llama una respuesta políticamente correcta.