[*FP}– Cuando viajar era un placer

11-04-12

Carlos M. Padrón

Tal parece que en mi destino estuvo siempre el viajar.

Y así lo quería mi padre, pues cuando descubrió lo mucho que me gustaba el arroz, y lo poco que de él se comía en casa porque era caro, me dijo «Cuando vayas a América te cansarás de comer arroz».

No dijo «si vas a América», no; él daba por hecho que yo, al igual que ya habían hecho mis dos hermanos, me iría a América, como también lo había hecho él, mi padre, y mis abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, choznos, etc., y a veces también sus cónyuges, pues mi abuela paterna era cubana. O sea, que los Padrón a los que pertenezco hemos sido emigrantes por siglos.

Por pertenecer a una familia así, no es raro que entre los relatos que recuerdo de mis años infantiles estén los de los viajes que mi padre hizo a Cuba, y los que hicieron tíos y vecinos. Todos ellos daban gran importancia a esos lances en su vida, y mi antena infantil captaba esa importancia.

El primer viaje que hice fue en abril de 1950, cuando mi tío Pedro Castillo y su mujer, tía Nila, se mudaron a Santa Cruz de Tenerife —y nunca volvieron a El Paso—, y mi padre me mandó con ellos para que en Tenerife me viera el oftalmólogo don Corviniano, ya que mi maestro de primaria, don Enrique Campos (q.e.p.d.), le había dicho a mi padre que yo no veía bien, pues aún sentándome él en la primera fila del aula de clase, me costaba mucho leer lo escrito en el pizarrón.

Fue un viaje en barco, con salida, en la noche, del puerto de Santa Cruz de La Palma, para llegar al de Santa Cruz de Tenerife a primeras horas de la mañana del día siguiente.

Por supuesto, mareé de lo lindo, pues entonces los barcos, llamados de cabotaje, que cubrían las travesías interinsulares eran pequeños y viejos, y se movían a todo dar. Pero para mí valió la pena, pues por fin había hecho un viaje.

Luego hice muchos más, siempre en barco y siempre desde el puerto de Santa Cruz de La Palma hasta el de Santa Cruz de Tenerife, y viceversa, cuando a partir de 1951 iba yo a presentar exámenes de bachillerato.

Cuando en septiembre de 1957 «abandoné el nido» —como llamaba mi padre al acto crucial de dejar el hogar para volar por cuenta propia— y con mi maleta de cartón me dirigí a La Plaza (centro del pueblo) para abordar la guagua que me llevaría a Santa Cruz de La Palma, el marido de una prima mía acertó a salir de la casa justo en el momento en que yo pasaba frente a ella.

Sabedor de que yo dejaría mi casa ese día, al verme maleta en mano me dijo algo que — en aquel momento en que me sentía asustado, con el corazón en un puño y con ganas de llorar— me pareció una frivolidad nacida de la necesidad de no quedarse callado. Señalando a mi maleta sentenció: «Ten cuidado porque crea hábito».

Sí, fue una sentencia por ni siquiera él supuso que el tal hábito llegaría a ser lo que fue.

Desde Santa Cruz de Tenerife viajé cada año, desde 1958 a 1961, entre Tenerife y La Palma, pero en avión, en los viejos DC-3 que cubrían el trayecto entre Los Rodeos —entonces el único aeropuerto de Tenerife—, y el único aeropuerto de La Palma, uno con una pista de apenas el largo mínimo que, para «tranquilidad» de los viajeros, comenzaba en un barranco y terminaba en un cementerio, o al revés, según se vea.

Después de probar el avión concluí que lo prefería, con mucho, al barco, lo cual no es raro porque nunca me agradó el mar.

Y en 1961 ocurrió el gran viaje: de Canarias a Venezuela, en barco. En uno, el «Bianca C», que en su regreso a Italia hizo escala en la isla de Grenada, y una explosión en el interior del barco desató un fuego que acabó con él en un accidente que le ganó el sobrenombre de «El Titanic del Caribe».

Ya en Venezuela, durante mi vida laboral en Olivetti, hice, siempre en avión, varios vuelos nacionales —el primero, en un Caravelle— y mi primero internacional (Caracas – New York – Milano – Madrid – Tenerife – La Palma – Tenerife – Las Palmas – Caracas). Y durante mi vida laboral en IBM ya rompí cualquier medida que el marido de mi prima hubiera siquiera soñado.

La pasada semana, mi hija Elena me pidió que tratara de ubicar datos de un evento ocurrido entre 1990 y 1992. Eché mano de mis agendas y no pude menos que asombrarme al descubrir que cada 15 días viajaba yo a algún otro país, casi siempre a USA, por motivos de trabajo.

Haciendo memoria al notar eso, caí en cuenta de que, desde 1985 y hasta 1997, podría decirse que viví montado en un avión, sobre todo entre 1990 y 1995.

Era algo que me gustaba, pues siempre me he sentido seguro al volar, tanto más cuanto mayor el avión. Además, no había ni la congestión que hay ahora en los aeropuertos, ni los malditos controles de seguridad que casi obligan al pasajero a hacer streeptease.

En todas las filiales de IBM había una o más agencias de viajes que se encargaban de los preparativos de los viajes de los empleados de la compañía, y por eso me acostumbré a que, al querer viajar, no tenía yo que molestarme en hacerme cargo de eso..

Pero los tiempos cambian y, una vez que dejé IBM, sí tuve que hacerlo, y a veces con malos resultados que implicaron gasto de tiempo y dinero, que pude haber evitado de haber contado entonces, como cuento ahora con el acceso a organizaciones especializadas que trabajan vía internet y que me facilitan enormemente la búsqueda de un vuelo barato que se ajuste mi presupuesto.

Dados los precios que ahora tienen los vuelos, mejor es contar con ayudas de este tipo, pues sin un soporte así no es nada fácil dar con el vuelo adecuado a nuestro bolsillo, con su tarifa, su horario, etc., y, una vez encontrado todo, hacer las debidas reservas o comprar de una vez los pasajes.

Viajé tanto que ahora, de sólo pensar en hacerlo, ya me siento mal, pero la facilidad que da internet para contactar con estas organizaciones, y el ahorro que ellas proporcionan, es lo que viene a mitigar ese malestar, ya que no pueden evitarme el mal trago de las horas perdidas en los aeropuertos por la anticipación que, debido a los dichosos controles de seguridad, piden las líneas aéreas, y, sobre todo, debido a los controles en sí.

[*FP}– Orgullo de padre: Mi hija Alicia ya tiene libro a la venta en España,…

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[*FP}– Del baúl de los recuerdos de IBM. Memorandos de 1979 (Aritmética galáctica) y 1989 (Lógica en su máxima expresión)

25-11-11

Carlos M. Padrón

Nunca fui bueno para las Ciencias. Y las matemáticas financieras, con su valor presente, retorno de inversión, amortizaciones, etc., me causan indigestión.

Pero a veces la vida pone en nuestras manos, sin uno esperarlo, la solución, clara y diáfana, a problemas que por años nos han angustiado.

Y éste es el milagro que obró en mí la carta que adjunto, pues apenas leerla una sola vez, ¡sólo una vez!, sentí que en mi mente habían entrado de golpe, juntas y en su totalidad, las fórmulas de la lógica de Pitágoras y Descartes.

Y desde entonces, además, ya no me preocupa la exactitud de los cálculos que con mis dineros hagan las compañías financieras, pues sé que serán exactos a la millonésima de céntimo.

Espero que esta carta obre en ustedes el mismo milagro.

19891024=Arendaven-Pantallas

***

Según dije antes, como las Ciencias no fueron nunca mi fuerte, creí que lo eran las Letras,… hasta que recibí el documento que sigue que me demostró cuán demodé estaban todos mis conocimientos sobre redacción, ortografía y, sobre todo, lógica en la exposición.

Siempre que creo haber aprendido algo en este campo, busco este memorando y le doy una nueva leída para que mi ego regrese al lugar que le corresponde.

19790222=BU-2970

~~~

COMENTARIOS

Vicencio Díaz
Hasta el momento, la carta sobre las pantallas me parece bastante explicativa, lo cual no quiere decir que bien entendida.

De lo que he leído, y con olor galáctico, encuentro que para el 28 de marzo del 1989, a cuatro semanas de iniciado “el caracazo”, una empresa había decidido adquirir 10 pantallas; en apariencia, eso ya estaba contratado.

Para el día de la carta —cuatro semanas después, cuando el olor a muerto debería cubrir los aires de la ciudad—, esta empresa decide contratar sólo cuatro de las diez inicialmente convenidas, probablemente como consecuencia de las medidas económicas tomadas por el gobierno y sus lógicas consecuencias.

Siete meses más tarde, la empresa sólo había recibido una de las nueve inicialmente convenidas, lo cual, como debe ser natural, no le arreglaba el problema al cliente, y así se lo hace saber el día 17 cuando aún para que se olvide de las cuatro, cuando no había recibido ninguna.

Seguro que algún gerente tomó la decisión de buscar una pantalla en cualquier lugar y se la mandaron para que los números de fin de año cuadraran. El cliente se a…… y dio por cancelado el convenio de las nueve restantes y que de las diez solo habían recibido una.

Lo que me llama la atención es que aquel 28 de marzo fue crucial para Venezuela y que alguien que fue invitado a IL FORNO, conserve una carta cuyo origen puede ser galáctico, pues tiene que ver a algo que para el 2011 entró a la Vía Láctea, vía constelación de Draco, vía satélite SWIFT, vía Caracas, vía IL FORNO.

Si los ciclos son de 24, como lo es el de la era actual, es emblemática la carta, y el afortunado que la retuvo recibe el mismo mensaje que no tenóa por que entender en los días del caracazo. A mí me confirma que a partir del 28 de marzo que viene, cuando el papa esté hablando con los cubanos, empezará el merequengue con sabor a venezolano y probablemente no dure más de un año.

[*FP}– Mi descubrimiento de la Psicología, y sus consecuencias

18-12-11

Carlos M. Padrón

En esta sección he contado que desde niño me llamaban raro, protestón, etc. porque yo objetaba lo que la gente tomaba por cierto sin preguntarse nada al respecto, como si fuera un dogma de fe.

Tal vez porque yo quería encontrar alguna explicación a esas objeciones, y porque mi inclinación siempre fue por Letras y no por Ciencias, mi encuentro en bachillerato con la asignatura de Psicología fue de amor a primera vista.

También he mencionado más de una vez mi «pasión» por las piernas femeninas, algo que luego, y sin casi darme cuenta, comencé a extender a la relación entre el físico y el carácter de sus propietarias sin entender mucho por qué lo hacía,… hasta que en la biblioteca del médico del pueblo, casado con una tía mía, encontré un libro que, basándose en los rasgos faciales de las personas, las dividía en tres tipos, C, M y F.

Según el autor de ese libro, los tipos C tienen, entre otras características, rasgos redondeados, labios más bien carnosos, nariz ancha y expresión generalmente risueña; son de carácter afable y condescendientes. Como ejemplo, de todos conocido, Juan XXIII.

Los tipos F, en cambio, tienen rasgos alargados, labios delgados, nariz también larga y delgada y expresión adusta; son de carácter más bien frío y autoritarios. Como ejemplo, Pío XII o Abraham Lincoln.

Los M son los que tienen rasgos de ambos. Tipos intermedios que, por cierto, son difíciles de distinguir.

Un C puede hacer buenas migas con otro C, pero no un F con otro F. Un M podría hacer buenas migas con cualquiera de los otros dos.

De ahí pasé a estudiar los rasgos de las parejas de matrimonios que había en el pueblo, y descubrí que las más de las veces uno de los cónyuges era F y el otro C, aunque también había algunos C-C y unos pocos F-F.

Como en un pueblo pequeño se sabe la vida y milagros de todo el mundo, seguí investigando en base a mis observaciones y descubrí que algunas parejas F-F habían llegado a serlo por conveniencia y, lo que es peor, tenían hijos que no destacaban precisamente por su inteligencia.

Me di a la tarea de, entre algunos de mis amigos, adivinar cuáles muchachas les gustaban y cuáles no, y anticipar los problemas que posiblemente tendrían los tipos C que iniciaran una relación con una muchacha F, o viceversa.

Recuerdo que durante la campaña electoral entre John Kennedy y Richard Nixon busqué las fotos de los presidentes anteriores y noté una curiosa alternabilidad entre tipos F y C, lo cual me llevó a pronosticar que ganaría Kennedy, un tipo C, no sólo porque su contrincante, Richard Nixon, era F sino porque su predecesor, Eisenhower, también lo era.

Y así, casi sin darme cuenta, seguí aplicando en mi vida lo que luego descubrí que era una habilidad innata que tengo para la Psicología, aunque mi gusto por esta disciplina casi se había desvanecido cuando en 1958, viviendo yo, ya por mi cuenta, en Santa Cruz de Tenerife, me enfermé seriamente porque no conseguía dormir —pues además de trabajar las horas reglamentarias desde las 9 de la mañana, estudiaba en las noches hasta las 4 de la madrugada—, y mi familia me llevó a consulta con el psiquiatra Carlos Pinto Grote.

Menos mal que, como el psiquiatra es también médico, el Dr. Pinto pudo curarme, como tal, de una alteración de mi sistema neurovegetativo causada por el esfuerzo antes dicho, pero me quedé sin saber por qué me llevaron a él, pues muy pronto descubrí que, aunque el tratamiento dio resultado, la gente creía a pie juntillas que sólo los locos iban a ese doctor.

Por tanto, había que ocultar cualquier visita a un psiquiatra.

Mi «graduación en Psicología» ocurrió cuando en 1984 IBM me asignó la tarea de reclutar personal para marketing (vendedores) y sistemas (ingenieros en informática).

Aquello me gustó tanto que durante 15 días laborables comenzaba yo a las 08:00, interrumpía a mediodía para almorzar, y continuaba luego hasta las 09:00 de la noche, hora en la que, aunque parezca mentira, en la sala de espera fuera de mi oficina había aún candidatos para ser entrevistados.

Diseñé un método de preguntas —algunas muy capciosas ideadas para, además de causar respuesta verbal, causar una reacción gestual que me decía mucho— y, según la alta gerencia de la compañía, mis aciertos fueron tales que, en serio, me asignaron esa tarea cada vez que había que entrevistar gente, y, en broma, me llamaban «El psicólogo».

Por motivos de formación profesional tuve que entrar en relación con varios psicólogos o psiquiatras que trabajaban en o para IBM; y por motivos personales entré en tratos con otros más.

Así supe de los diferentes métodos, como la Gestalt  o el cuándo convenía o no aplicar, por ejemplo, Psicoanálisis, etc., pero lo mejor que de todo eso obtuve fue la comprobación de su innegable utilidad.

Es cierto que una terapia toma tiempo, pero, las más de las veces, funciona.

Eso sí, no todos los terapeutas sirven para un determinado paciente, pues si, por el motivo que fuere, a éste no le gusta el terapeuta, mejor que se busque otro hasta que dé con uno con el que se sienta cómodo.

Ante todo este background no es de extrañar que Elena, la menor de mis hijas, escogiera Psicología como carrera universitaria, que concluyó en Berkeley y culminó en Minnesota con un doctorado (Ph.D.) en Attachment (= apego), rama de la Psicología Infantil que se ocupa de la relación entre un niño y sus padres, sean éstos biológicos o adoptivos.

De hecho, al momento Elena lidera en San Francisco un proyecto de investigación, ideado por ella, enmarcado en el attachment.

Debido a la profesión de mi hija no sólo he tenido contacto con más profesionales de esa disciplina sino que me he beneficiado con las aclaratorias, explicaciones y enseñanzas que la propia Elena me ha dado, todo lo cual viene a ratificar lo ya dicho antes sobre lo equivocado del mal concepto que mucha gente tiene acerca de los terapeutas, y sobre la realidad de los beneficios que ellos pueden brindar.

He comprobado que quien más se niega a ir a terapia es quien más la necesita.

[*FP}— Del baúl de los recuerdos de IBM: 1979 – Un seminario para el Banco Provincial. Los peligros de generalizar

11-12-11

Carlos M. Padrón

Al igual que otras anécdotas del «Baúl de los recuerdo de IBM» publicadas en esta sección y en la de Colaboraciones, la que sigue la distribuí en 2003 entre los IBMistas y exIBMistas cuyas direcciones tenía yo entonces en mi libreta.

Y justo lo hice el día 1° de ese mes, cuando se cumplían 34 años de mi entrada en IBM de Venezuela.

Nota previa: Tanto en Cuba como en Venezuela a los Canarios se nos suele llamar isleños. De ahí que, en esos países, decir ‘isleño’ es sinónimo de Canario.

~~~

01-10-2003

Carlos M. Padrón

El estigma que basado en generalizaciones pesa sobre los gentilicios —sobre unos más que otros— suele dar lugar a situaciones jocosas que a veces resultan aleccionadoras.

En 1979, a poco de iniciarme en primeras nupcias como Gerente de la Sucursal Finanzas, me llamó un día el presidente del Banco Provincial, y me fui a verlo.

El Sr. Remigio Elías Pérez, que así se llamaba, era hijo de isleños, y al menos su hermano mayor había nacido en Canarias. No sé si él nació allá o aquí, pero si nació allá había llegado aquí muy pequeño.

Le gustaba que lo llamaran “El Capitán” porque había sido capitán de la Marina Mercante, y así lo llamaban.

Lo que El Capitán quería de mí era saber si yo podía armar algo que sirviera para que los ejecutivos de su Banco le perdieran el miedo a la computación, pues él se había propuesto hacer del Provincial el primer Banco del país, y estaba convencido de que la computación era elemento indispensable para lograr su propósito.

Pero, según él, los ejecutivos del Banco, elementos también indispensables para el mismo fin, le tenían miedo a esta herramienta clave y no se decidían a usarla en la forma debida.

En varias reuniones sucesivas dimos forma al programa y al menú de un seminario que, debidamente actualizado, se dictaría una vez cada año, con duración desde la mañana de un viernes hasta el mediodía del siguiente domingo, y al que, por decreto suyo, deberían asistir los ejecutivos a los que él invitara personalmente.

 

Si algún ejecutivo no era invitado a asistir al seminario de determinado año, debería entender que estaba fuera de los planes del Banco.

Una vez establecido el programa de temas a exponer y la lista de asistentes, montamos en el Centro de Educación IBM del Macuto Sheraton (Caraballeda) el primero de la serie de esos seminarios.

Por la estructura y temas a exponer en el primero de ellos, me tocó hablar 18 horas durante esos dos días y medio. (Fue en repetidas burradas como ésta donde estropeé mi garganta).

A primera hora del viernes, después del desayuno, El Capitán abrió el seminario, y en su charla repitió las “reglas de juego” que mencioné más arriba, dejando bien claro a todos los miembros de su equipo la importancia que él concedía a este entrenamiento, y la atención, participación e interacción que de ellos esperaba a la teoría del seminario y, una vez de vuelta en el Banco, a la aplicación práctica de lo que durante el mismo hubieran aprendido.

Luego tomé yo la palabra e inicié mi primera presentación.

A poco de estar en ella noté cuchicheos entre la audiencia, hasta con pase de papelitos, y durante el coffee-break, que vino después de mi segunda presentación, se me acercó un grupo encabezado por uno de los ejecutivos que destacaba por lo extrovertido, y éste me preguntó directamente:

—Carlos, ¿de dónde eres tú?

Una pregunta que, antes y después, me han hecho muchas veces y en diferentes países.

Le contesté con otra pregunta:

—¿De dónde crees que soy?

—Hemos tratado de ubicarte, pero ni modo.

—Pues sigan tratando a ver si la pegan—, fue mi respuesta, y los dejé en el suspense.

Terminó el coffee-break, entramos al salón, y cuando ya terminé mi tercera charla e iba a dar paso a otro expositor, el mismo ejecutivo me detuvo y me dijo:

—Un momento, un momento, Carlos. No hemos podido ubicarte. Por favor, dinos de dónde eres.

—¿De dónde creen ustedes que soy? A ver quién adivina.

Unos dijeron que mexicano, otros que chileno, varios que cubano, etc.. Miré de reojo a El Capitán y vi que sonreía con socarronería.

—Pues nada de eso. Soy Canario—, les dije.

Y, sin poder evitarlo, el portavoz del grupo, con tono de total incredulidad marcada por un acento claramente despectivo, exclamó:

¿¡Isleño!? ¡No jodas, chico!

Error garrafal que debe haberle pesado mucho, pues al oír esa respuesta se hizo un repentino y extraño silencio en el salón. El Capitán se puso un tanto rojo y con cara de pocos amigos miró de frente al indiscreto empleado y le dijo:

Yo soy isleño también, ¿algún problema?

Entonces el silencio prácticamente se materializó, podía casi tocarse.

Tomado por sorpresa, no pude reaccionar con la celeridad con que debí hacerlo, pero después de unos milisegundos, en tono de chiste dije algo así como que era lógico que la mayoría me hubiera tomado por cubano porque, de mis hermanos, los tres mayores que yo habían nacido en Cuba y, mal que bien, hablaban, al igual que mis padres y como casi todos los hombres mayores de mi pueblo natal, con un cierto acento cubano que se me pegó en mi niñez.

Algunos de los ejecutivos de mayor jerarquía quisieron bajar la presión haciendo bromas acerca de lo que iban a decir los muchos empleados Canarios que para entonces tenía el Provincial.

Entre risas un tanto forzadas le di paso al otro expositor, y no se habló más del asunto; no al menos en mi presencia.

Nunca quise mencionarle el tema a nadie del Banco, por lo que nunca supe el nombre ni la posición del autor de la desafortunada indiscreción, y no recuerdo haberlo visto en los seminarios de los años posteriores.

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Foto tomada el 15-Marzo-1980, al final del seminario correspondiente a ese año.

De delante hacia atrás (4 filas), y de izquierda a derecha.

  • FILA 1 (la delantera):  1, José Manuel Montes (también Canario);  2, Capitán Remigio Elías Pérez (q.e.p.d.);  3, Bertha Mola de Rincón (era entonces mi secretaria en IBM);  4? (francés, creo que de apellido Lafayette, que representaba los intereses que entonces tenía el Crédit Lyonnais en el Banco Provincial);  5, X. Bethencourt (también Canario).
  • FILA 2:  1?;  2, Arturo Gantaume;  3?;  4?;  5, José María Nogueroles;  6, Ramón Lander (q.e.p.d.)
  • FILA 3:  1, Jaime Puig Miret;  2?;  3?;  4?;  5, Douglas Reina Vizcarrondo (de IBM. Trabajaba conmigo en la Suc. Finanzas)
  • FILA 4 (la trasera):  1, Carlos M. Padrón (apenas se me ve la cara);  2? (se me parece a Antonio Parra, de IBM, quien también trabajaba conmigo en Suc. Finanzas, pero no estoy seguro);  3?;  4?;  5?;  6, Carlos Fernández Landa (de IBM. Trabajaba conmigo en la Suc. Finanzas)

P.D.: Espero que no extrañe la gran cantidad de ‘?’, pero si a veces no recuerdo los nombres de exIBMistas con los que, por años, me crucé casi a diario, ¿cómo voy a recordar los de funcionarios del Banco Provincial a quienes pocas veces vi?

Si alguien me ayuda al menos con una de las muchas ‘?‘, vayan desde ya mis gracias anticipadas.

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COMENTARIOS

CMP
En respuesta a Jose María Nogueroles.

Gracias, José María. Ya hice las adiciones y correcciones.

Puedo asegurar que el de bigote que está a tu izquierda es Douglas Reina.

Jose María Nogueroles
Fila 1: 1, José Manuel Montes †; 2, Cap. Remigio ELÍAS †; 4, Robert Laffaille †; 5, Juan Betancourt.

Fila 2: 1, Aníbal Moreán; 2, Arturo Ganteaume; 3, Miguel Prato; 4, Alberto Báez; 5, José María Nogueroles; 6, Pablo Silva.

Fila 3: 1, Jaime Puig; 2, Eliu Monasterios; 3, Germán Parada; 4, Charles Roccia.

Fila 4: 5, Ricardo Díaz Zuloaga (detrás de Charles Roccia)

Hasta ahí llega mi visión.
Un abrazo

Pedro Fernández
¡Qué recuerdos del Provincial! Una institución de la cual me arrepentiré siempre de haberme retirado.

Estuve en ella hasta finales de los años ’70s, siendo apenas un simple empleado de cuentas corrientes. En ese digno Banco, quien tenía tesón, fe y ganas, progresaba.

Yo tomé otro rumbo, pero siempre guardaré mis gratos recuerdos.

Saludos.

CMP
En respuesta a David Riddick.

Tranquilo, David, que yo he hecho y hago lo mismo: primero fue Equal y luego Splenda. Y también los he usado para el café después del postre y por la misma razón: el sabor.

Esto que cuentan tú y Javier me hace recordar que yo pude participar en ese tour, en el gran negocio del Mercantil ?que dejé ya en marcha?, y muchos más,… pero alguien tuvo la “brillante” udea de sacarme de la gerencia de la Suc. Finanzas y mandarme a la más ingrata posición que tuve en IBM.

Como no hay mal que por bien no venga, de no haber sido así tal vez Chepina y yo no habríamos trabajado nunca juntos, y hoy no sería ella mi pareja.

David Riddick
Hola, Javier. ¡Qué buena memoria, caramba!

Claro que yo sabía que estuviste con nosotros ya que estabas allí asignado en TP CTr, ¿no?

También comimos en el tope del edificio más alto de Tampa, viendo al río, con el VP del Banco, ¿no? ¿Era ése el lugar del famoso restaurante que mencionas?

Carlos, la verdad es que, desde que probé el Equal , siempre lo usé. Y hoy igual con el Splenda. Per es verdad: después de postres y hartadas, usarlo es como “oximoron”, y más el sabor que otra vaina.

Cerrando capítulo, es que con El Capitán teníamos que andar por lo alto en todas las atenciones, más comidas y bebidas. Y el Freddy Winckelman maravillado ya que ¡sin límite en la cuenta de gastos! Smile

Buenos tiempos. Un saludo a Javier y a los allegados.
David

CMP
En respuesta a Javier Palacios.

Javier: NPI. No recuerdo de nada al tal Marcia; ni cara ni nombre. Y lo pero es que, por lo que dices, trabajó en la Suc. Finanzas

Javier Palacios
El que aparece en la fila 3, entre El Capitán y tu guapa secretaria, se me parece mucho a Marcia (no recuerdo su primer nombre; ¿Rolando quizá?), un centroamericano, especialista en Assembler y en el Paquete en Línea, recomendado de Mario Esquivel, por paisanismo, a Jaime Puig.

CMP
En respuesta a Javier Palacios.

De esto me quedan en claro dos cosas:
1) Que Javier es goloso, y que,
2) David quiso “jalarle” un poco a El Capitán

¡Qué horror! Sólo un goloso recuerda, a ese nivel de detalle, un evento de comida; y sólo un “jalete gordo” como David, pide Equal después del postre.

¡De lo que uno se entera en este “programa”! -:)

Javier Palacios
David, yo también guardo recuerdos de ese tour por Tampa de personeros del Banco Provincial e IBM, y del Equal.

Fue por la cena en el que entonces era —y creo que aún es— el mejor steak restaurant de aquí: Bern’s Steak house.

Después de comer opíparamente (i.e. como obispos), y de saborear de la carreta de desserts, por la cual es famoso este sitio, al pedir un cafecito cubano para acompañar los Marlboros, David pidió Equal, en vez de azúcar, para su “negrito”.

Casi 30 años después, ¡todavía me hace gracia aquello!

David Riddick
Carlos, se me olvidó comentar una anécdota.

Cuando yo estaba en Suc. Finanzas como gerente de marketing le propusimos a El Capitán, y logramos que aceptara, un viaje de executive briefing —a un Banco en Tampa, al centro de TP-IBM, y a Carolina del Norte (4700)—, con este servidor y Freddy Winckelman.

El Capitán, que conocía a mi padre, me pidió si podíamos pasar a ver unos barcos veleros grandes (de 45 pies+) a un lugar en el que él iba a comprar uno o a ver repuestos.

Y así pasamos varias horas juntos, luego almorzamos al fresco… y nos “introdujo” al edulcorante Equal, que entonces estaba aún en beta.

Lo que sí sabemos es que el viaje sirvió para luego remplazar los famosos terminales 2970, vender unos nuevos CPUs, … y gozar.

Salud, a las memorias y detalles, ¡y que pasen una Feliz Navidad!

CMP
En respuesta a David Riddick.

David, conocí a Alberto Báez Duarte cuando, en segundas nupcias (1987 a 1989), estuve de Gerente de la Suc. Finanzas, y el que dices que en esta foto de 1980 es él no se me parece en nada con el que, 7 a 9 años después, conocí en el Mercantil.

A ver si alguien aclara esto.

David Riddick
Carlos, estoy casi seguro de que el que está antes de Nogueroles es Alberto Báez Duarte, quien luego se fue al Mercantil y a quien tuve el placer de atender luego, post ustedes, en ese Banco siendo yo Gerente de Marketing de la Suc. Finanzas.

CMP
En respuesta a Oscar De León.

Cierto, Oscar, ¡ése es el nombre! Ya lo puse. Gracias.

Oscar De León
El #2 de la Fila 2 se parece a Arturo Gantaume.

CMP
En respuesta a Jaime Villalta Lladó.

Gracias, Jaime.

Cuando acerca de Antonio Parra mencionaste hechos de los años ’60s pensé que hablábamos de personas diferentes, pero al mencionar que lo encontraste en Margarita me convencí de que hablamos de la misma persona, pues lo último que otro exIBMista me dijo de él, hace ya varios años, es que lo había visto en Margarita. Otros exIBMista han tratado de localizarlo en esa isla, pero sin suerte.

Lo vi por última vez cuando, reportando a mí, aceptó el SOP de 1982 y dejó IBM. Cuando alguien me dio para él una dirección electrónica, le escribí varias veces pero no obtuve respuesta. Y lo siento, pues creo haber dicho cuánto me gusta mantener el contacto con las personas que se han cruzado en mi vida, y las vidas de Antonio Parra y la mía entraron en contacto desde que en 1971 debuté como vendedor en la Sucursal Financas y él era allí analista de sistemas. El contacto duró once años.

Y sí, Jaime Tejeiro no está en la foto. Tal vez porque para entonces no era gerente y —y esto es seguro— porque no necesitaba recibir los conocimientos que el seminario pretendía impartir.

José Padrón (El Técnico)
Banco Provincial: Sinónimo de presión, especialmente en lo referente a servicio.

Jaime Puig, y la Sra. Pacheco, en operaciones del Centro de Computación, eran personas extremadamente exigentes; hay algunas anécdotas, no muy afortunadas y no “contables”.

Jaime Villalta Lladó
Carlos, buenos días.

El personaje de la última fila sí es Antonio Parra, compañero mío de juventud en el Club Casablanca y en el centro Catalán, en los ’60s. No sabía que también era IBMista. Me lo encontré hace un año en Margarita como gerente de dos tiendas de ropa de caballero en la 4 de Mayo.

Me figuro que aparte de Jaime Puig y José Ma. Nogueroles (paisanos míos también y que, como buenos catalanes, todavía siguen trabajando), en la foto también debe estar Jaime Tejeiro de, el Provincial.

[*FP}– Del baúl de los recuerdos: También yo tuve mi aventura con una perforista

31-10-2011

Carlos M. Padrón

Al leer lo que en estos dos posts,

  1. Del baúl de los recuerdos de IBM: Perfovericadoras (máquinas y mujeres) – Rel. 1 / L. Masina, M. A. Gutiérrez, y A. Lalaguna

  2. Del baúl de los recuerdos de IBM: Perfovericadoras (máquinas y clientes) – Rel. 2 / Alberto López, y Leonardo Masina

lo que acerca de las máquinas perfoverificadoras y de las damas que las operaban —comúnmente llamadas perforistas— han escrito para este «baúl» varios exIBMistas, me ha venido a la memoria la «aventura» que viví junto a una perforista.

En 1971, mi primer año en ventas en IBM de Venezuela, a los vendedores nos asignaron cuota de data center, lo cual era un verdadero dolor de cabeza, por decir lo menos, no sólo por lo difícil de vender sino por lo difícil de conseguir que el Data Center, que operaba en el Edf. Mene Grande (o Edf. 360) y cuyo gerente era Adolfo Fuenmayor, cumpliera con las fechas de entrega de los trabajos.

Yo confiaba en hacer mi cuota con un contrato de servicio que le había vendido al Banco de los Trabajadores de Venezuela (BTV), que para entonces estaba en el centro de Caracas, cerca de la catedral.

Pero entre las demoras del Banco en entregar los datos, la inconsistencia de éstos y los retrasos del Data Center, la relación BTV-IBM era cada vez peor, y yo veía cada vez más lejos mis posibilidades de hacer la cuota.

Así las cosas, en una reunión que con un tal Sr. Huizi, del BTV, sostuvimos Agustín Mogollón (q.e.p.d.) y yo, el Sr. Huizi, que se negaba a reconocer culpa alguna por parte del Banco, nos emplazó a entregar para el día siguiente un cierto trabajo y, si no lo hacíamos, cancelaría el contrato.

Mogollón aceptó y me dejó el muerto a mí.

Terminada la reunión salí en carrera al Mene Grande a hablar con Adolfo Fuenmayor.

Le conté los detalles del caso, y él se comprometió a hacer todo lo posible para sacar el trabajo para el día siguiente, pero a condición de que las cuatro damas perforistas que para eso se necesitaban se quedaran a trabajar esa noche.

Conseguí la autorización de sobretiempo y se la llevé a Mene Grande como a las 4:00 pm.

Cuando se la entregué a Fuenmayor, éste me dio la mala noticia de que el trabajo no saldría a tiempo porque una de las perforistas que había dicho que sí se quedaría, no podría hacerlo porque la persona con quien ella contaba para que viniera a buscarla en la noche, no podría venir.

Ante esto, salí de asomado y dije que yo la llevaría, así que, cuando terminé esa tarde en IBM-Capriles me fui para Mene Grande y me fajé a trabajar ordenando los documentos que las perforistas debían transcribir, y supervisando y revisando todo, pues allí sólo estábamos ellas, Adolfo Fuenmayor y yo.

El trabajo de perforación terminó a las 02:30 de la madrugada, así que a esa hora me dispuse a llevar a su casa a la dama perforista, según lo prometido.

Ya los dos en mi carro —un Ford Fairlane 1966— le pregunté dónde vivía. Me miró de una forma bastante rara y me dijo:

—Si le explico, seguro que usted no va a saber, pero tome hacia la Av. San Martín que yo lo guío.

Así que tomé ese rumbo, que me venía bien porque yo vivía en Vista Alegre, también al oeste de la ciudad.

Cuando llegamos como a mitad de la Av. San Martín, la muchacha me dijo que doblara a la derecha, y comenzamos una subida serpenteante que cada vez era más pronunciada y más estrecha.

Después de ‘n’ curvas yo ya no sabía dónde estaba, pero sí reparé en que la ciudad iba quedando cada vez más abajo, y cada vez se divisaba más y más de ella.

Como la noche estaba despejada, la vista era impresionante, pero mi ánimo no estaba para esos deleites porque, a medida que subíamos como por una trocha bastante estrecha e irregular, nos íbamos acercando, en un silencio total, a una especie de barrio de sólo ranchos, y, apenas entrar a él, de la nada salieron dos tipos blandiendo machetes y se pararon delante de mi carro.

Frené en seco y pensé: “¡Bueno, hasta aquí me trajo el río! ¡¿Qué será de mi hija de cuatro años?!”.

La reacción de la muchacha fue inmediata. Sacando la cabeza por la ventanilla gritó un nombre que no recuerdo: “Fulano, ¡soy yo!”.

Mientras uno de los tipos se quedó en todo el centro de la vía, frente a mi carro y con el machete en ristre, el otro, el «Fulano», se acercó a la muchacha.

Ella le explicó lo que había pasado, y que yo le estaba haciendo el favor de darle la cola, y le pidió que “avisara” para cuando siguiéramos subiendo los dos, y para cuando luego bajara yo solo.

Al escuchar eso de la bajada solo, un escalofrío me recorrió la espalda.

El tipo metió la cabeza dentro del carro y me dedicó una mirada que a las claras fue para ver de cerca al loco que hacía lo que yo estaba haciendo.

Se retiró, le dijo algo al que estaba parado frente al carro, que arrancó a correr hacia arriba, y, echándose a un lado, me hizo señas de que continuara.

Todavía no entiendo cómo conservé la calma, porque por dentro estaba que reventaba.

Sin decir palabra seguí subiendo en continuo zigzag hasta que llegamos como al punto más alto de una colina desde donde vi una Caracas que jamás he vuelto a ver.

La muchacha me dijo que la dejara allí y que avanzara un poco más para que pudiera dar la vuelta, que ella me esperaría.

Así lo hice, la saludé con la mano al pasar, me gritó las gracias, y comencé a descender,… absolutamente agarrotado de miedo y preguntándome si yo podría llegar con vida a la Av. San Martín, y por qué vía, pues no estaba seguro de no perderme.

Dado lo estrecho de la trocha tenía que ir a paso de entierro, rogando que no viniera un carro en sentido contrario, y cuidando de no rozar siquiera alguno de los ranchos, porque, de hacerlo, seguro que le causaría daño y los dueños o inquilinos me lincharían.

La poca velocidad me permitió darme cuenta de que casi cada 50 metros había un tipo escondido en algún callejoncito transversal, pero ninguno se movió ni hizo amago sospechoso alguno.

A medida que yo bajaba había menos ranchos y la vía era menos estrecha, hasta que, de pronto, después de una eternidad y al doblar una curva, vi abajo la Av. San Martín.

Aunque sentí ganas de pisar el acelerador, me contuve porque había muchos huecos en la vía y corría el riesgo de quedarme accidentado si caía en uno de ellos, así que, poco a poco, con el corazón que se me salía por la boca, alcancé la bendita avenida.

Nunca, ni antes ni después, me ha parecido tan bella la Av. San Martín. Apenas entrar en ella y doblar a la derecha, pisé a fondo el acelerador y llegué a mi casa en tiempo récord.

La sensación de alivio que me invadió cuando cerré tras de mí la puerta de mi apartamento es de las que tampoco se olvidan.

Por años traté de no revivir ese mal trago, hasta que la curiosidad pudo más, y un domingo, acompañado por un amigo, decidí averiguar dónde había estado yo aquella memorable noche.

No lo conseguí, pues o no logré dar con la entrada donde se originaba la subida al cerro, o ya ésta había sido totalmente cambiada o clausurada. Y claro, para esa fecha ya nadie sabía de la perforista, pues ella sí habría podido dar detalles.

Sólo sé que, acompañando a una mujer que yo no conocía y que nunca más volví a ver, estuve a las 3:00 de la madrugada al norte de la Av. San Martín, en la parte más alta de un cerro lleno de ranchos, y con mi vida a merced de unos tipos armados con machetes.

Como dije en un relato anterior, éste es uno de esos casos de personas que se cruzan fugazmente en la vida de uno y pueden cambiarla.

Esta perforista se cruzó en mi vida y estuvo a punto de hacérmela perder.

[*FP}– La secuela de dos tragedias

Carlos M. Padrón

En El Paso de la segunda mitad de la década de los años ’40s, y en la zona en que estaba mi casa natal, en la que yo vivía con mi mis padres y hermanos, el alumbrado público casi no existía —sólo había algunas farolas en el centro del pueblo y alrededores cercanos—, y en las casas tampoco se dejaba encendida en las noches ninguna luz que alumbrara la entrada, pues la energía eléctrica era muy cara y la situación económica muy precaria.

Sólo las estrellas y la Luna alumbraban las noches, cuando las nubes lo permitían.

Es posible que por el recuerdo aún fresco de la cruel Guerra Civil y de las tragedias con ella asociadas, en mi pueblo las desgracias se notaban mucho más que las alegrías, y entre mis familiares y vecinos cercanos —me atrevería a decir que entre un alto porcentaje de pasenses— destacaba un ánimo lúgubre que ante una enfermedad grave exteriorizaba preocupación; ante un accidente, angustia incontrolable; y ante la muerte, un brutal impacto cuando era por causas naturales. Pero cuando venía por suicidio, paralizaba, y cuando por asesinato producía todo eso más un estupor, incredulidad y desesperación que duraban mucho tiempo.

Tal vez gran parte de esto esté sólo en mi mente, y tal vez lo percibo así porque en muchas oscuras noches invernales, cuando el viento ululaba y la lluvia azotaba techos y ventanas, algunos de los vecinos más próximos se reunían en mi casa para jugar cartas, lotería o armar una tertulia, y desde mis apenas 8 años de edad escuché, aterrado, relatos hechos con pelos y señales de horrendos crímenes cometidos durante la tal guerra; relatos en los que se daban los nombres y se explicaban los sufrimientos de personas que yo conocía y que en esos crímenes perdieron a algún ser querido.

La secuela de la muerte era muy larga, sobre todo en madres y esposas y, hasta que a la edad de 18 años me fui de El Paso, sólo supe de una viuda que se casó en segundas nupcias.

Las otras que conocí se embutieron en vestimentas de color negro y se recluyeron en sus casas de por vida.

Como mucho, solían acudir a la iglesia o iban a faenar en los campos, pero nunca se las veía en festejos, y a veces ni en procesiones religiosas.

Inmerso, como estuve desde que nací, en este medio social, me marcó de por vida el incidente de la muerte en Caracas de un joven pasense de 20 años, vecino nuestro muy cercano, ocurrida apenas semanas después de haber llegado él a Venezuela.

Con los 11 años que entonces yo tenía recuerdo que la terrible noticia llegó por telegrama dirigido a un tío mío y también vecino. Éste se puso de acuerdo con mi padre y otros vecinos más, y entre ellos decidieron traer a mi casa, de madrugada, al padre del joven muerto, y darle allí la brutal noticia.

Tal vez mi padre o mi madre tomaron precauciones con mi hermana menor, que para entonces tenía 4 años, y, de haber sido así, supongo que hicieron que mi hermana mayor, que tendría unos 20, se la llevara a otra casa.

Pero nadie se ocupó de mí, y yo, con el corazón en un puño y asustado como nunca antes lo había estado, presencié la espantosa reacción de aquel hombre que, con sus tal vez más de dos metros de alto se me antojaba un gigante, cuando entendió que su primogénito, a quien con grandes sacrificios había logrado enviar a Venezuela, había muerto.

Ése fue mi primer encuentro con la tragedia.

Creo que los gritos de padre profundamente herido deben haberse escuchado en más de un kilómetro a la redonda. Y unos gritos tan desgarradores, rompiendo el oscuro silencio que al momento había, despertaron a todos los vecinos y angustiaron a muchos de ellos.

En su desesperación, al gritar clamando al cielo por su hijo, elevaba los brazos, y con sus manos casi rozaba el techo del comedor de mi casa.

Mi padre y mis tíos se vieron exigidos al máximo para sujetar a aquel gigante y evitar que escapara y cometiera una locura.

Pasado el peor momento, que me pareció eterno, alguien, mi padre o mi madre, reparó en mí, que me había refugiado en una esquina, incrustado casi en la pared, con los ojos desorbitados y llorando, y me dijo que fuera a la relva a buscar el caballo y la vaca.

Y así, totalmente traumatizado y sintiéndome perseguido por la muerte, salí caminando bajo la incipiente luz del alba, desorientado y confundido, mientras por buen rato escuché todavía los gritos del padre desesperado, y me crucé con algunos de los vecinos a quienes esos gritos habían despertado y, comentando entre ellos, trataban de entender qué los había causado.

Desde entonces desarrollé aversión a dejar la cama a esa hora del día; prefiero hacerlo mientras aún es totalmente de noche o totalmente de día. Y desarrollé también una extraña sensibilidad a las tragedias que en mi pueblo ocurrieran estando yo allí, pues la muerte no se ve igual en el silencio y en la soledad de un pueblo pequeño en el que todos resultan afectados por ella, que en el bullicio y el tráfago de una gran ciudad donde la indiferencia de la mayoría de las gentes tiende a hacerles entender que la desgracia es global, que no es sólo nuestra, y que la vida seguirá su curso.

Hace pocos días, viendo en TV una película vinieron a mi mente las desgarradoras escenas del padre desesperado por la pérdida de su hijo, cuando al final del filme la protagonista cerró con una frase lapidaria: «La muerte de un hijo es la peor de las prisiones; una de la que nunca se sale».

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El 01 de diciembre de 1960 volé desde Tenerife —donde para entonces yo vivía— a La Palma para pasar la Navidad en mi casa natal, en El Paso, junto a mis padres y hermanas.

Según ya conté, de ese viaje surgió la semilla que hizo que yo viniera a Venezuela.

Aunque en diciembre solía haber frío en El Paso, en 1960 el tiempo fue muy bueno, y en la gente se notaba animación por la proximidad de la Navidad.

Pero en la mañana del día 18 una noticia activó en mí el recuerdo de todo lo antes descrito.

La noticia se extendió por todo el pueblo como un reguero de pólvora: «¡Pedro el Quico mató a la mujer!». (En nuestra jerga, «la mujer» era «su» mujer, o sea, que Pedro el Quico había matado a su esposa).

Hice memoria. Durante los 18 años que viví en El Paso ocurrieron algunos suicidios pero, que yo recuerde, ningún crimen, de ahí que aquella noticia causó los peores efectos: brutal impacto, angustia, estupor, e incredulidad.

Muchas de las para entonces casi mil familias del pueblo eran conocidas por apodos, pero yo no sabía quiénes eran los miembros de todas ésas.

En el caso de los Quicos sí sabía que eran de alguno de los barrios de la parte alta, como El Barrial, Las Moraditas, etc., pero no podía asociar el apodo con las caras de quienes lo llevaban.

Dada esta ignorancia, el caso no debió afectarme tanto, pero lo que de verdad me afectó fue que, como el cuartel de la temida Guardia Civil operaba en un caserón que estaba —y aún está, pero vacío y desvencijado— a escasos 100 metros de mi casa, cuando los guardias capturaron a El Quico lo encerraron en ese cuartel, y sabrá Dios qué le hacían que lo que de mi casa se escuchaba eran sus gritos desesperados invocando el nombre de su mujer, como si quisiera pedirle perdón por lo que él le había hecho: «¡Amelia! ¡¡Ameeelia!!».

Según se supo ese mismo día, El Quico había atado a Amelia a su cama y le había infringido quemaduras en algunas partes de su cuerpo, aunque nunca supe qué fue lo que realmente causó la muerte de la pobre mujer, a quien los vecinos encontraron en ese estado.

Una vez consumado el crimen, El Quico huyó hacia el monte, algo que resulta sarcástico porque en aquella isla y en aquellos tiempos no había modo de escapar antes de ser atrapado.

Pudo haberse escondido en La Caldera, pero habría muerto de hambre porque, si bien ese enorme cráter sirvió una vez a tal fin, en los años ’50s ya hacía mucho que a él no entraban rebaños de más de 100 cabras que podrían haber proporcionado leche y carne.

Ignoro cuál fue el destino de El Quico, pero ahora, cuando medio siglo después veo las muchas series de TV que tratan de los efectos que nos causa el medio ambiente en que uno crece, de sociópatas, pirómanos, esquizofrénicos, asesinos en serie, etc., y noto que en los motivos que llevaron a esas personas a ser criminales aparece siempre el trato recibido de uno de sus progenitores, de sus maestros, de sus compañeros de clase, o del medio social en que crecieron, viene entonces a mi mente el caso del joven muerto en Caracas a los 20 años de edad y, con rabia mal contenida, me pregunto qué habría ocurrido de no haber crecido él, como también crecí yo, en un medio social oscurantista en el que todo lo de sexo, hasta el mismo nombre, era tabú, y cualquier manifestación sexual estaba socialmente prohibida y religiosamente condenada bajo amenaza de ir al Infierno.

Esa maldita «educación» trastocó mi vida, y al menos afectó en mayor o menor grado la de muchos otros Canarios de mi generación que he conocido en Venezuela.

Sin embargo, en el caso de este joven el efecto fue letal, pues tuvo mucho que ver con que él muriera de forma fulminante cuando apenas contaba 20 años de edad.

Viene también a mi mente el caso de Pedro el Quico, y no puedo dejar de preguntarme cómo fue su infancia, y qué lo llevó a que, en un medio social donde no había violencia, él hiciera lo que hizo segando la vida de su mujer, arruinando la suya, y marcando para siempre la de sus descendientes, si es que los tuvieron.

Tampoco puedo dejar de preguntarme cómo habrían manejado el caso las autoridades que lo detuvieron si hubieran estado conscientes de que, como creo, El Quico ni siquiera fue un loco ni un victimario sino una pobre víctima de los tratos recibidos en su infancia, y tal vez acrecentados por lo que luego le tocó vivir.

Aunque haya muchos escépticos que no creen en la Astrología, está claro que cada signo tiene algunas características que le son naturales, y los Cáncer, como yo, tendemos a mirar hacia el pasado, podemos reconstruir los hechos que nos afectaron, y reactivar en nosotros los sentimientos que esos hechos nos causaron.

Tal vez por eso, cada vez que veo, aunque sea en fotografía, el viejo caserón donde en El Paso estuvo el cuartel de la Guardia Civil, no puedo evitar recordar lo ocurrido aquel 18 de diciembre de 1960, sentir compasión por quien protagonizó aquella tragedia, y escuchar en mi mente los lastimeros gritos de «¡Amelia! ¡¡Ameeelia!!».

[*FP}– Orgullo de padre: Salió a la venta en UK otro libro ilustrado por mi hija Alicia

Carlos M. Padrón

Alicia hizo este pasado verano las ilustraciones del libro Ladies First Favourite – Christmas Book, que trata de canciones y cuentos de Navidad, y que salió a la venta en UK hace dos días.

También saldrá a la venta en otros países —de habla inglesa, supongo—, aunque aún no se sabe en qué fecha.

 

 

Por el tamaño, por  la buena calidad de la encuadernado y de la impresión, etc., éste es un libro poco común que, si bien se publica en UK, hay un site a través del cual se puede comprar en USA y no cobran el delivery, que es lo que resulta caro.

AQUÍ, la URL de ese site.

[*FP}– Del baúl de los recuerdos: La 1401

Al igual que lo de «Esto empezó con la 1620 instalada en la UCV«, los escritos que copio más abajo fueron intercambiados por e-mail comenzando el día 29 de agosto de 2003, o sea, hace hoy exactamente OCHO (8) años.

Mis excusas por la repetición.

***

Carlos M. Padrón

La IBM 1401 fue la primera computadora que vi en mi vida. Estaba instalada en el Banco Francés e Italiano (BFI, con sede principal en la Avda. Urdaneta cruce con Avda. Fuerzas Armadas), que luego fue “Banco Latinoamericano de Venezuela, C.A. Sudameris”, y luego, cuando lo compró Pedro Tinoco, Banco Latino C.A.

Las malas lenguas dijeron entonces que se escogió ese nombre porque al incorporar a “Latino” las siglas de compañía anónima (C.A.) el resultado era LATINOCA, o sea, la hacienda de Tinoco.

Como se recordará, el Banco Latino quebró en 1994 durante la crisis financiera.

Esa 1401 era igual a la de la foto que sigue, excepto por que no tenía ni la muchacha ni el tambor de discos que en la foto aparece al fondo y a la derecha. Creo que tenía 8K de memoria.

Mi “encuentro” con la 1401 ocurrió en 1963, o sea, hace 40 años.

Siendo yo vendedor de Olivetti y especialista en las máquina llamadas Audi, me asignaron la cuenta BFI porque Olivetti había instalado con éxito en Europa una solución en base a la cinta de papel perforada de sus máquinas Audi, y esa solución, que corría en una 1401, podía adaptarse para Bancos.

Hice la oferta al BFI, y Claudio Santilli, que era el DP Mgr del BFI, me pidió que, para empezar, programara en un par de Audi la aplicación para cuentas corrientes y de ahorros que, en base a tarjetones y libretas, y máquinas NCR y Burrough’s de registro directo, tenía el Banco instalada desde hacía años.

Puse manos a la obra. Con una especie de comisión de gerentes del Banco, encabezada por su presidente, de apellido Belloni (su nombre lo pronunciaban Joaquín pero creo que se escribía Gioacchino), y coordinada por Santilli como interfaz primaria conmigo, acordé el diseño de los tarjetones que querían.

Olivetti imprimó un lote de tarjetones para las pruebas (las libretas de ahorro serían las mismas ya en uso), e instalé un par de Audi en la sede del BFI con las cuales di demostraciones a la tal comisión.

Realicé los ajustes que pidieron, y, cuando esa parte estuvo lista —así como la cantidad de Audi que comprarían, el precio, las condiciones, etc.—, vino el gran problema: cómo leer y pasar a una computadora 1401 la cinta de papel que las Audi perforarían como producto de su trabajo.

Yo sabía, por los manuales que me habían servido para entender y programar las máquinas Audi, que en Europa se usaba para eso la IBM-3903, que, como en IBM aprendí después, era un RPQ (Request Price Quotation) de no sé qué máquina.

Pero cuando el BFI le pidió a IBM de Venezuela la 3903, la respuesta fue que no existía, respuesta que podía entenderse por cuanto IBM, al ver en el BFI las Audi en demostración, se puso a buscar algo con qué competir para ganar el negocio e impedir que Olivetti entrara en ese Banco.

Ante esta respuesta, Olivetti puso en manos del BFI toda la documentación que acerca de la 3903 había yo conseguido desde Olivetti HQ, y el BFI se la entregó a IBM como prueba de que la 3903 sí existía.

Ante esto, IBM no tuvo otra opción que traer de Europa esa lectora de cinta de papel y conectarla a la 1401 del BFI.

Hacer que la 3903 leyera la cinta de papel de hueco cuadrado que producían las Audis fue otro cantar, en cuya poco melódica y desagradable “entonación” conocí a los primeros técnicos y analistas IBM que literalmente «parieron» por semanas hasta que la 3903 hizo a satisfacción su trabajo.

Para variar, no recuerdo sus nombres ni las caras de casi ninguno de los IBMistas que intervinieron en esto; sólo me viene a la memoria, y por razones “aromáticas”, la cara de Luis Somoza.

Así logré vender un montón de Audi que luego tuve que instalar, personalmente y ayudado por dos instaladores, en todas y cada una de las agencias importantes del BFI a nivel nacional.

Junto con mis instaladores y dos funcionarios —Rafael Masiello (q.e.p.d.) y Luis Guirado— que el BFI había destinado para eso a tiempo completo, me recorrí casi la total la geografía del país.

Pero fue el ver, en vivo y en directo, cómo actuaban, se fajaban y comportaban los técnicos y analistas de IBM, y cómo era su relación entre ellos y con el cliente, lo que me llevó a decidir que yo haría todo lo que fuera necesario para entrar en esa compañía.

A comienzos de 1967, y a petición mía, Claudio Santilli me hizo un contacto con IBM, fui al Edf. Mene Grande y presenté los exámenes.

A los pocos días me llamó la Sra. Rebeca Perli y me dijo que los había aprobado, pero que quedarían archivados a la espera de que IBM necesitara personal.

Casi dos años más tarde —y dos negocios más ganados por mí a IBM: IVSS y CANTV— supe que IBM estaba buscando personal, así que llamé a la Sra. Perli y recibí de ella dos malas noticias:

1) Lamentablemente, mi expediente, al igual que muchos otros documentos, se había perdido en el desastre causado por el terremoto de julio/1967, y que, por tanto, yo debía presentar de nuevo los exámenes.

2) Aunque no hubiera ocurrido la pérdida de mi expediente con los exámenes aprobados, no podían contratarme porque Olivetti había presentado ante IBM una queja formal por “robo” de personal, pues desde Olivetti y para IBM se habían ido, a la fecha, José (Pepe) Martínez Montalvo (q.e.p.d.), Carlos Pérez Requejo, y Miguel Cabrera. Mi única posibilidad era que yo dejara Olivetti y tocara de nuevo a las puertas de IBM por lo menos seis meses después.

Fiel a mi decisión, en marzo de 1969 —y poco tiempo después de haber regresado de Ivrea (Italia) donde están los HQ de Olivetti, de un viaje premio y de contribuir al diseño de la nueva familia de terminales bancarios que Olivetti quería lanzar al mercado— renuncié a Olivetti y me fui a trabajar con Santilli en PRODACA, un data center que, usando los equipos del BFI, había montado él en sociedad con Leonello Andreassi, también funcionario del BFI.

Allí esperaba pasar yo tranquilo los 6 meses reglamentarios, pero en junio de ese año murió mi padre, y su muerte me dejó tan destrozado (de hecho, es el golpe más duro que he recibido hasta la fecha) que quedé en la actitud que él, mi padre, habría descrito con la expresión, creo que cubana, de que todo «me daba lo mismo atrás que a las espaldas”.

Contra el suelo, vuelto ñoña y moviéndome por inercia en mi trabajo con PRODACA, en septiembre de 1969 me topé con Carlos Pérez Requejo en la esquina de Urapal, me dijo que IBM estaba buscando gente, que aprovechara y fuera de nuevo, y, sin saber cómo ni por qué (estoy convencido de que fue obra de mi padre), un par de días después me fui una mañana al Edf. Mene Grande, presenté otra vez los exámenes —con cero nervios, pues todo me daba lo mismo atrás que a las espaldas, o sea, que me importaba un pito— y poco días después me llamó a mi casa al Sra. Perli para que fuera a unas entrevistas.

A pesar de la oposición de algunos IBMistas de entonces, y después de ser entrevistado por Humberto Ribadeneira, Rainer Barany y José Avendaño, el día 1° de octubre de 1969 entré por fin en IBM de Venezuela.

En mis solicitudes —la de 1967 y la de 1969— yo había pedido la posición de analista de sistemas (SE), pero cuando ya mi Entry Level Training (ELT) estaba por terminar, José Avendaño me dijo que yo iba para Ventas, sí o sí, y en el área de Banca, pues después de haberle ganado a IBM tres negocios ejerciendo yo como vendedor de competencia no iban a darme otra posición que no fuera ésa. Y para Ventas fui como RV (Representante de Ventas).

Debuté como RV Trainee ayudando a Juan Llorens con las cuentas de su territorio, especialmente con Banco de Venezuela, que era la mayor.

Fuera y dentro de mi familia yo siempre había sido Carlos Padrón, y ese nombre no me había creado problema alguno. Pero a poco de estar en IBM descubrí que, tan sólo en el medio relacionado con la computación, había nada menos que seis Carlos Padrón.

Así que, para evitar confusiones, desenterré la inicial de mi segundo nombre, que es Miguel, y comencé a usar Carlos M. Padrón tanto en la correspondencia como en las tarjetas personales.

Fuera de ese medio siguen llamándome Carlos Padrón.

***

Antonio Lalaguna

Ahora ya sé de quién fue el invento de la dichosa lectora de cinta de papel que había en el BFI. Gracias, coño, por los malos ratos pasados.

***

Carlos M. Padrón

A lo dicho más arriba vino a refrescar mi memoria el mensaje que acaba de llegarme por e-mail con el “agradecimiento” de Antonio Lalaguna por los muchos “buenos ratos” que la 3903 le hizo pasar en el BFI.

Esta demostración de tan noble sentimiento llegó un poco tarde, pero llegó, aunque debo disculpar a Antonio ya que, según él mismo reconoce, fue por el Release 1 de este artículo por donde por fin supo de quién había sido el invento de la dichosa lectora de cinta de papel que había en el Latino [BFI].

Antonio: Felicitaciones, aunque tardías, por lo feliz que te hizo la 3903. ¡Qué malagradecido!

¡De nada, Antonio, de nada! 🙂

***

Ramón López

Las primeras 1401s tenían una memoria de 1.4 Kb,  y había de 2 K. A Venezuela llegaron todas con 4 K o más. El límite era 16 K.

El especialista de  esta máquina era Hugo Smitter.

En octubre de 1962 hice una sugerencia modificando algunos circuitos de la 1620, pues cuando esta máquina multiplicaba tomaba 4 ciclos de 20 microsegundos por cada dígito, pero, con la modificación por mí propuesta, cuando encontraba ceros hacía que el shift  saltara al próximo dígito, ahorrando así mucho tiempo, pues, normalmente, en cualquier cantidad hay un buen porcentaje de ceros, y con esto se acortaba el tiempo de la multiplicación.

Mi idea no la pusieron en la 1620  sino en la 1620 II, que fue anunciada unos meses después.

Por esta sugerencia me dieron un premio, y a fin de año, otro, por haber sido ésa la mejor sugerencia del Área.

A  Pepe Martínez Montalvo le ayudé a entrar en IBM. Él estaba casado con una chica que era prima del esposo de mi prima Rosario, que vive en Asturias. Pepe (q.e.p.d) era una magnifica persona.

***

Manuel Alberto Gutiérrez

Todo lo enviado se refiere a computadoras. Nadie menciona las maravillosas máquinas denominadas «Registro Unitario», o Tabulating Equipment. El verdadero multiproceso de las 024/026/056 y 059, 077 y 088, 557, 082/083 y 101, 513 y 514, 402/403/421 y 407, 602/604 y 607. Y con las tarjetas de 80, y sí, ¡de 81 columnas! 

Fue el nacimiento de lo que hoy tenemos, pero SIN virus ni gusanos ni problemas.

La verdad es que mi ingreso al procesamiento automatizado fue con UNIT RECORD en 1959 en el Ministerio de Hacienda, en Costa Rica, cuando me pasaron a trabajador en «Departamento IBM» como se llamaban antes  (gran mercadeo). 

Después de botar tarjetas porque tenían huecos de corte perfecto y creí que se las habían comido las polillas, pasé el examen de IBM y los cursos iniciales, y luego entendí lo de las «perforaciones» y me acostumbré a perforar.

Dicho esto, me doy cuenta de que he estado en «esto» desde 1959 (no sé qué mes), o sea, por cuarenta y cuatro años. Empecé a los 19.