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[SE}> Día de los Inocentes / Soledad Morillo Belloso

27-12-2025

Soledad Morillo Belloso

Día de los Inocentes

Aquí el Día de los Inocentes es como anunciar “hoy sí funciona el portón eléctrico” en el chat del condominio: nadie te cree, pero igual te mandan un emoji de risa por educación. Un vecino se asoma al balcón del piso 7, lanza el saludo de rigor —“¡Feliz Día de los Inocentes!”— y desde la planta baja hasta el penthouse llega la misma respuesta: “Ay, mi vida, pero si aquí los inocentes se acabaron cuando dejaron de hacerle mantenimiento al ascensor”.

Porque en estos conjuntos residenciales —con portones que fallan más que promesa electoral, juntas de condominio que parecen parlamentos medievales y vecinos que vigilan desde el balcón como agentes encubiertos— la inocencia no es tradición: es un fósil. El ecosistema cambió: del bullicio callejero al eco de los pasillos con cerámica beige, del pregón de la esquina al murmullo del grupo de WhatsApp.

En otros países hacen bromitas sanas: esconder un zapato, poner una araña de plástico. Aquí no. Aquí, país donde la mamadera de gallo es deporte institucionalizado,   la broma es que el agua “viene en la madrugada”, que el internet “está lento pero están mejorando la plataforma”, o que el condominio “bajó la cuota”. ¡Esa sí es una inocentada! De esas que te dejan viendo pa’ la piscina vacía del conjunto, misma que lleva tres años “en remodelación”.

Y como todo en estos edificios, el Día de los Inocentes se vive entre chismes, guasa y olor a sofrito que sube por las escaleras. La vecina del 4-B, con voz de pregonera, grita desde el pasillo:

—¡No caigan por inocentes!

Y el del 3-A, en chancletas y con la toalla al hombro, esperando que pongan el agua, le responde sin pensarlo:

—¡Comadre, yo caí cuando me dijeron que iban a pintar las áreas comunes!

Risas, cotorreo y un perol de caraotas a punto de quemarse completan la escena.

Los vigilantes del portón —cronistas oficiales del condominio— sueltan su sentencia con la calma de quien lo ha visto todo:

—Aquí no hay inocentes, mi corazón. Aquí lo que hay es gente con fe… y fe con recibo de condominio atrasado.

Y uno asiente, porque es cierto: la inocencia murió, pero la fe sigue por ahí, flaquita, esmirriada, pero caminando con zapatos chinos comprados en oferta.

Los niños preguntan qué es un inocente, con qué se come eso.  Y  los adultos, que ya han sobrevivido más apagones que asambleas de condominio, responden con sabiduría de abuela:

—Inocente es el que cree.

—¿Y aquí hay de esos?

—Sí, mi amor… todavía hay, pero están guardados. Como la paciencia.

En la bodeguita del edificio, las promociones del día parecen sketches de comedia:

“Hoy sí hay vuelto… inocente tú si lo crees”.

“Llévate dos y paga tres: ¡especial del día!”.

“Se fía sólo a mayores de 90 años acompañados de sus padres”.

Y uno igual se ríe, porque el humor es la única mercancía que nunca falta ni se acapara.

En el estacionamiento, un vecino anuncia con solemnidad:

—¡Hoy el ascensor sí sirve!

Y la carcajada colectiva retumba, porque si algo sabe el venezolano es detectar una mentira desde el piso 12.

Pero entre tanta guachafita queda una inocencia mínima, casi clandestina, como esas matas de sábila que la gente pone en la ventana para espantar la mala vibra: la señora que sigue diciendo “Dios proveerá”, el chamo que estudia como si el país fuera a enderezarse, el vecino que presta una taza de arroz sin pedir partida de nacimiento.

Por eso, en este país sin inocentes, el Día de los Inocentes es un espejo torcido: una tradición que nos recuerda que, aunque nos vacilen a diario, todavía sabemos reírnos. Y esa risa —esa terquedad luminosa— es lo único que no han podido racionar ni decomisar.

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[SE}> No hay fiesta sin guarapita / Soledad Morillo Belloso

04-09-2025

Soledad Morillo Belloso

No hay fiesta sin guarapita

Venezuela está bordada con cientos de fiestas patronales, tantas que sería imposible contarlas con precisión sin un mapa bordado por cada parroquia, caserío y esquina con altar. Cada pueblo tiene su santo, su virgen, su tambor, su promesa.

En este país, las fiestas patronales no se anuncian con volantes ni pregones: se huelen. Se sienten en la brisa que trae olor a parrilla, a chicharrón, a papelón con limón, a tierra mojada por el rocío de la aurora. Pero hay un aroma que marca el inicio real de la parranda: el seductor y contagioso dulzor de la guarapita.

No hay fiesta patronal sin guarapita, aunque el cura se queje y ponga el grito en el cielo. Así como no hay procesión sin santo, ni verbena sin bingo, ni tarima sin tambores. La guarapita es bautizo fiestero, trago de iniciación, líquido que convierte a los tímidos en bailarines y a los escépticos en creyentes.

La guarapita no se aprende en libros ni en cursos de coctelería. Se hereda. Se improvisa. Se hace con lo que hay, pero siempre con intención de fiesta. Como dice la tía Chucha: “Donde hay guarapita, hay gente bailando.”

Primero se busca la fruta: parchita si hay, mango si es temporada, tamarindo si se quiere picante. Se parte, se exprime, se licúa, se cuela. Nada de medidas exactas: aquí se cocina con el ojo y el corazón. Se le echa azúcar, pero no mucha, que el ron también endulza la lengua. Y hablando de ron… ¡ese sí es protagonista! Ron blanco, ron de bodega, ron que sobró de la última parrilla. Si no hay ron, se mete aguardiente,  y se reza para que al santo le guste.

Se mezcla todo en un botellón reciclado, se agita como maraca y se guarda en la nevera o en una cava con hielo. Se sirve en vaso, con hielo picado, y se brinda con refranes: “El que no toma guarapita, no sabe lo que es gozar sin plata.” “Guarapita mata pena, levanta muerto y pone a bailar al cojo.” “Si la guarapita está buena, el santo baila solo.”

Y, ponga cuidado, que esta bebida es traicionera. Entra suavecito, como juguito de merienda, pero a la tercera ronda ya estás abrazando al vecino, besando a la suegra y cantando boleros que ni sabías que sabías. Por eso dicen que “la guarapita no emborracha, enamora.”

La guarapita no discrimina: la toma el abuelo que baila con bastón, la quinceañera que estrena tacones, el vendedor de empanadas que se echa su traguito entre clientes. Es democrática, peligrosa y absolutamente necesaria. Sin ella, no se puede bailar bien al santo, aunque el domingo siguiente por seguro toque regaño en el sermón.

En cada pueblo hay una receta secreta. En Guarenas la hacen con piña fermentada. En Cumaná le ponen un toque de picante. En Margarita tiene sabor a playa y a promesa. En Choroní es de parchita y dicen que seca todas las lágrimas. Y siempre hay una señora que la prepara con misterio y maña. Nadie sabe qué le pone, pero todos la buscan. Porque si no hay guarapita, la fiesta se siente coja, como misa sin comunión o parranda sin tambor.

Y cuando la fiesta termina, cuando el santo regresa a su casa y los cohetes se apagan, queda el recuerdo borroso de los bailes, los abrazos, los cuentos exagerados… y el sabor dulzón de la guarapita, que sigue haciendo efecto en la memoria. Porque en Venezuela, sin guarapita no hay patronal, y sin patronal no hay pueblo que se respete.

Y si alguna vez se te olvida el nombre del santo, el orden de la procesión o el número de la rifa, no importa. Queda el brindis compartido, el vaso sudado, la risa que se escapa entre tragos. No importa si usted es creyente o no. Si usted va a cualquier fiesta patronal y se bebe un par de guarapitas entenderá que la guarapita es símbolo de que aquí, en este rincón del Caribe, se baila con fe y a la alegría se le pone música y se la sirve fría y con hielo picado.