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Bill Gates, sobre el futuro más inmediato de la Humanidad: «Los próximos cinco años serán difíciles»

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[SE}> Con pasado y con futuro / Soledad Morillo Belloso

05-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Con pasado y con futuro

No es alarde ni arrebato patriótico, aunque a veces me dé por ahí. No es cosa menor ni adorno de vitrina. No se bebe por protocolo ni se presume en copas de cuello largo. Es sabiduría de calle, de fogón, de sobremesa. Es ese tío que nunca cruzó un aula, pero suelta verdades que no caben en enciclopedias. Es la vecina que, al verte con el alma arrugada, te alcanza un cafecito con canela y te dice sin apuro: “siéntate, que lo que tienes es falta de charla”. Es bolero con reguetón bajito, de fondo, mientras se pica lechosa y se piensa en lo que fue, en lo que no fue, y en lo que todavía puede ser. El ron nuestro no es bebida. Es oración.

El ron es familia. Es rito. Es memoria líquida. Es cultura que se transmite sin manuales, en patios, cocinas y sobremesas. No lo digo por romanticismo, lo afirmo porque lo he visto. Desde que uno tiene conciencia, el ron acompaña los momentos que marcan la vida. Está en el nacimiento de un hijo, cuando el abuelo alza el vaso y dice “¡salud por el futuro!”. En bautizos donde el padrino se pone nostálgico y habla de su juventud como si fuera leyenda. En velorios donde alguien propone un brindis por la vida bien vivida. En matrimonios donde la novia baila descalza y el DJ pone “Báilame” como si fuera el himno de la alegría de Beethoven a ritmo de reguetón  en voz de Enrique Iglesias.

El ron está en las navidades, mezclado con Coca-Cola, con soda, con agua de coco, con risas y ausencias. En los rituales de fin de año, cuando se corre con maletas, se lanzan lentejas y se cruzan los dedos. En los cumpleaños donde se brinda por los presentes y por los que ya no están. En las playas, en las esquinas, en las cocinas donde se cocina con amor y se bebe con respeto. En los cuentos que se repiten cada Semana Santa como si fueran nuevos, aunque ya los sepamos de memoria.

El ron nació de la caña de azúcar, esa planta obstinada que crece bajo sol inclemente y lluvia caprichosa. Se muele, se fermenta, se destila, se guarda. Y en ese proceso hay más que química: hay paciencia, hay fe, hay tiempo. Porque el buen ron no se apresura. Se espera. Se deja envejecer como se deja madurar una historia, una herida, una canción. Aquí no se hace a la carrera. Se deja reposar en barricas nobles, con respeto. Porque al buen ron no se le exige, se le aguarda. Como se espera el perdón, como se espera el amor, como espera mi hermana que la masa del pan le suba mientras me llama por cuarta vez para regañarme por algo y no consigue que le atienda.

No es cualquier ron. El ron venezolano tiene carácter, tiene alma, tiene voz y aroma, tiene historia. Dicen que el clima ayuda, que la caña es generosa, que los maestros roneros tienen manos sabias. Y sí, todo eso es cierto. Pero lo que lo hace único es que sabe a nosotros. Sabe a tierra cálida, a sol que no perdona, a gente que no se rinde. Sabe a carcajada en medio del apagón. A brindis espontáneo cuando llega el agua. A “échale otro poquito, que hoy sí se puede”. A “no le pongas hielo, que eso le quita la gracia” y a café bautizado.

En nuestra cultura, el ron es también coraje. Es aguante y cuero duro. Porque en tiempos difíciles, cuando todo parece cuesta arriba, el ron aparece como consuelo. No para evadir, sino para acompañar. Es el licor de quienes no se rinden. De quienes celebran incluso en la tristeza. De quienes saben que la alegría no siempre es estruendosa, que a veces basta con un vaso, una conversación, una canción antigua que se cuela por la ventana.

Aquí el ron no se toma solo. Se toma con historia, con música, con refrán, con familia, con amigos. Con esa frase que dice “el que no toma ron, no sabe lo que es vivir”. Se toma con respeto, porque detrás de ese trago hay manos callosas que sembraron caña, barricas que esperaron años, tradiciones que no se enseñan en libros, sino en patios y cocinas donde el piso termina lleno de zapatos y el alma llena de recuerdos.

Y sí, hay ron caro y hay ron sencillo. Hay ron para mezclar y ron para saborear solito y en silencio. Porque también el ron obsequia ese momento a solas, cuando cae la tarde, para reflexionar. Hay muchas marcas, pero todos tienen algo en común: saben a casa. A sobremesa larga. Al compadre que repite la misma historia cada año y uno igual se ríe. A abuela que dice “no bebas tanto, mijo”, pero te sirve otro con cariño. A país que, aunque duela, uno no deja de amar.

El ron venezolano no es sólo magnífico. Es nuestro. Es el compañero fiel. El que aparece cuando todo está difícil y te dice: “Vamos a brindar, aunque sea por el intento”. El que acompaña cuando no hay más nada. El que recuerda que aún hay motivos para celebrar, aunque sea con los ojos aguados y el corazón apretado. El que está para celebrar el nacimiento de un bebé, el que no puede faltar en las partidas de dominó, en los campeonatos de bolas criollas, en las reuniones de señoras que juegan canastón y se cuentan secretos que empiezan con “te voy a decir algo, pero no se lo digas a nadie”.

Y si no lo has probado con gaitas de fondo, o con boleros que se bailan en un ladrillito, o con cuentos que se repiten como rosario… entonces no has probado el verdadero ron venezolano. Porque el ron aquí no se bebe. Se honra. Se comparte. Se canta. Se llora. Se celebra. Se vive.  Es como Venezuela, tiene pasado y  futuro.

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[Canarias}> La batalla final de la conquista de Tenerife: sin localización, entre el mito y la poca documentación

12-01-2026

La batalla final de la conquista de Tenerife: sin localización, entre el mito y la poca documentación

El episodio que puso fin al dominio guanche sigue siendo, aún hoy, uno de los más desconocidos y malinterpretados de la historia colonizadora sobre las Islas Canarias

Aunque no puede afirmarse con certeza absoluta dónde desembarcó Grimón, los indicios apuntan a alguna playa de Los Cristianos. DA

El episodio que realmente pone fin al dominio guanche en Tenerife sigue siendo, aún hoy, uno de los más desconocidos y malinterpretados de la historia colonizadora de Canarias. Se trata de una acción militar, librada en un lugar cuya localización exacta se ha perdido con el tiempo y sobre la que existe una sorprendente escasez de documentación directa.

Para el historiador, el primer error comienza con el propio nombre del lugar donde se produjo la acción militar final.

“No se trata de Los Magotes. El documento original del siglo XVI habla claramente de Mogotes, un término del español antiguo que designa un pequeño cerro o promontorio natural, todavía vigente en algunos países de Hispanoamérica”, afirma Díaz.

No es un topónimo, sino una descripción geográfica, lo que explica que el nombre no haya sobrevivido en la cartografía posterior.

La batalla no puede localizarse hoy con exactitud porque el término no identifica un lugar concreto, sino un tipo de relieve, aunque todo hace indicar que pudo librarse en la Montaña de Guaza, el Roque del Conde, o lugares adyacentes.

Tras el desembarco castellano en 1494 y los combates de la Matanza de Acentejo, la Victoria de Acentejo y La Laguna, la Isla quedó prácticamente sometida. Sólo resistían pequeños grupos guanches desplazados a Icod y Abona.

En ese momento entra en escena Alonso Fernández de Lugo, quien recurre a un mercenario flamenco, Jorge Grimón, veterano de la guerra de Granada. Grimón y sus hombres introducen por primera vez en Canarias las armas de fuego. Según los testimonios, la intervención de Grimón permitió romper el cerco guanche y sofocar los últimos focos de resistencia en el Sur de la Isla.

Aunque no puede afirmarse con certeza absoluta dónde desembarcó Grimón, los indicios apuntan a Los Cristianos. “Un documento de 1516 menciona explícitamente las tierras en Abona, el corral que dicen de Los Cristianos, lo que sugiere la existencia de refugios temporales levantados por los conquistadores”, explica el cronista.

A esto se suma una pieza clave: la información testimonial de 1506, promovida por el propio Grimón para que la Corona reconociera sus méritos. En ella, varios soldados declaran que, gracias a su intervención, “se acabó de ganar la Isla”, llegando incluso a afirmar que sin su ayuda “habrían muerto de hambre, cercados por los guanches”.

El 29 de septiembre de 1496, día de San Miguel Arcángel, se da por concluida la contienda, una fecha que incluso figura en el pendón de la Isla mandado a bordar por Juana I de Castilla.

En este contexto, las afirmaciones sobre campos de concentración para los represaliados, así como violaciones brutales carecen de cualquier respaldo documental. “No tiene ningún fundamento”, afirma.

El caso de esta última batalla resume uno de los grandes problemas de la divulgación contemporánea: la sustitución del documento por el relato.

Como insiste Díaz Frías, si el expediente de 1506 no se hubiese conservado, probablemente este episodio habría desaparecido por completo. Pero los hechos y la documentación, “obligan a una lectura rigurosa e imprescindible”. “La historia no puede construirse desde la ideología ni el resentimiento, sino desde los documentos”, concluye.

Fuente

[SE}> Y las campanas volverán a doblar / Soledad Morillo Belloso

12-01-2026

Soledad Morillo Belloso

Y las campanas volverán a doblar

Las campanas en Venezuela dejaron de sonar no por falta de metal, sino por la saturación de muerte. Se apagaron como se apaga un país cuando el dolor se vuelve costumbre y termina diluido en un murmullo constante. En ese silencio, que desgasta más de lo que calma, surge la pregunta inevitable: ¿por quién ya no se convoca al duelo, por quién se perdió incluso el derecho a ser llorado?

No suenan por quienes partieron sin regreso, los que emprendieron rutas inciertas con una maleta prestada y un pasaporte vencido, convencidos de que el camino sería arduo pero no fatal. Muchos quedaron atrapados en selvas implacables, en ríos que no devuelven cuerpos, en desiertos que borran rastros. No figuran en registros, no tienen misa ni campana que anuncie su ausencia. Son muertos sin rito, sin tierra, sin despedida. Y un país que no honra a sus muertos empieza a perder su alma.

Tampoco resuenan por quienes fallecen en hospitales sostenidos por la improvisación. Allí donde una enfermera hace milagros con lo mínimo y un médico se convierte en artesano de lo imposible, la muerte llega no por enfermedad sino por abandono. Esas vidas truncadas no conmueven al Estado, no alteran la rutina pública, no generan duelo común. Se asumen como parte del paisaje, como si la tragedia fuera un clima inevitable.

Callan también por los jóvenes que caen en esquinas y callejones, en madrugadas sin luz. Muchachos que no alcanzaron a ser adultos, que no tuvieron tiempo de errar ni de elegir. La violencia los borra sin memoria ni justicia, y el país continúa como si la pérdida de un joven no fuera la pérdida de un porvenir entero.

Guardan silencio por los viejos que mueren de hambre, frío o soledad. Ancianos que levantaron familias y sostuvieron un país que ahora los deja partir sin compañía. Sus muertes son discretas, casi invisibles, pero cada una abre una grieta en la dignidad colectiva.

Tampoco suenan por quienes siguen vivos pero ausentes: profesores que emigraron, médicos que se marcharon, artistas que callaron, científicos que partieron con su saber intacto. No murieron, pero el país los perdió igual. Su ausencia no es un hecho aislado, sino una hemorragia lenta.

Y permanecen mudas ante quienes resisten. Los que se levantan cada día con terquedad y afecto, los que apuestan por un país que a veces parece no apostar por ellos. Los que sostienen la vida con uñas, voz y memoria. Los que aún creen, aunque creer duela. Su resistencia no tiene ceremonia, solo desgaste.

Las campanas callaron porque el país se habituó al silencio. Ese es el mayor peligro: que la muerte se vuelva cifra, la ausencia rutina, el duelo asunto privado, la comunidad un conjunto de fragmentos que ya no se reconocen.

Sin embargo, en lo profundo permanece la memoria del sonido. Persiste la intuición de que un país sano honra a sus muertos, reconoce a sus ausentes y acompaña a sus vivos. Permanece la certeza de que las campanas pueden volver a sonar, no para anunciar tragedias, sino para convocar a la vida.

Una nación no se reconstruye sólo con leyes o ladrillos. Renace cuando vuelve a doler lo que debe doler. Cuando la muerte deja de ser costumbre. Cuando la dignidad recupera su lugar. Cuando el silencio deja de ser resignación y se transforma en escucha.

Quizás entonces, cuando la memoria despierte, cuando la comunidad vuelva a mirarse, cuando la vida recupere su valor público, las campanas volverán a doblar. No por la muerte, sino por la posibilidad de un país que se rehace desde su herida.

Volverán a sonar cuando el país recupere la capacidad de estremecerse. Cuando cada vida perdida vuelva a tener nombre, historia y rostro. Cuando el duelo regrese a la plaza y deje de esconderse en las cocinas. Cuando la vida pese más que la costumbre del dolor.

Volverán cuando los que partieron tengan un lugar donde regresar, aunque sea en la memoria. Cuando los muertos en tránsito reciban un rito, aunque llegue tarde. Cuando entendamos que no hay nación sin despedidas dignas ni duelo compartido.

Volverán cuando los hospitales dejen de ser trincheras y vuelvan a ser refugios. Cuando un enfermo no tenga que suplicar por una medicina ni un médico improvisar con lo que falta. Cuando la muerte deje de ser consecuencia del abandono.

Volverán cuando un joven caído no sea un número, sino un futuro arrebatado que nos concierne a todos. Cuando la violencia deje de ser paisaje y la impunidad deje de ser norma. Cuando el país se detenga, aunque sea un instante, para reconocer que cada vida perdida hiere la dignidad común.

Volverán cuando los viejos mueran acompañados. Cuando la vejez vuelva a ser respeto y no desamparo. Cuando un abuelo pueda partir sabiendo que su vida tuvo peso y memoria.

Volverán cuando quienes resisten dejen de hacerlo solos. Cuando quedarse sea un acto de amor reconocido. Cuando la esperanza deje de ser un ejercicio íntimo y vuelva a ser un proyecto colectivo.

Volverán cuando el país recupere su oído moral. Cuando el silencio se vuelva escucha. Cuando la comunidad vuelva a reconocerse en el dolor del otro. Cuando la dignidad deje de ser un lujo.

Y entonces, sí: las campanas volverán a doblar. No para anunciar tragedias, sino para recordarnos que seguimos vivos. Que aún somos capaces de duelo, de memoria, de comunidad. Que un país puede rehacerse desde su herida si no renuncia a sentir.

Volverán a doblar porque un país que vuelve a doler es un país que vuelve a despertar.