[SE}> Mi papá y Fiddler on the Roof / Soledad Morillo Belloso

02-05-2026

Soledad Morillo Belloso

Mi papá y Fiddler on the Roof

Mi papá no era judío, pero todo lo judío ejercía sobre él un magnetismo extraño, casi secreto, como esas corrientes subterráneas que no se ven pero mueven ríos enteros. Algo en ese universo —su humor, su música, su terquedad luminosa— le hablaba en un idioma que él parecía recordar de otra vida. Fiddler on the Roof nunca fue para él una simple película: fue una casa paralela, un refugio emocional, un  espejo portátil. Y no era casual. La historia es perfectamente judía: nace de Sholem Aleichem, el gran narrador del shtetl; pasa por Joseph Stein, que la convierte en libreto; y se vuelve música gracias a Jerry Bock y Sheldon Harnick. Judíos todos. Hijos de una memoria que mezcla risa, dolor, tradición y vértigo.

Cuando aparecieron las primeras  videocaseteras para ver películas en casa, mi papá salió disparado a comprar una. Era un amante de la tecnología, un pionero doméstico: si algo tenía botones, luces o cables, él lo quería. Yo, por supuesto, corrí detrás de su entusiasmo y le conseguí una copia de la película. La puso tantas veces que la pobre cinta terminó exhausta, como un caballo noble que ya no puede más. Se rompió con dignidad, después de haber cumplido su misión: acompañarlo. Y mi papá, por supuesto, salió en volandas  a comprar otra copia.

En un cumpleaños le regalé un walkman Sony, de esos de bolsillo que parecían un milagro portátil. En la bolsa le metí un casete con la banda sonora de la película. Compré dos casetes, porque ya conocía su devoción: uno para escuchar y otro para cuando el primero muriera de tanto uso. Y así fue. Él dejaba correr esa música como quien deja correr un río para que el agua le acomode el alma. Cada nota parecía decirle algo que sólo él entendía, como si el violín le hablara directamente al corazón. En la guantera del carro también tenía un casete.

Había en ese violinista encaramado en el tejado una metáfora que le pertenecía. Ese hombrecito que toca en equilibrio imposible, desafiando al viento, era su doble secreto. Y Tevye, con su humor cansado y su fe conversada, era casi un pariente espiritual. Mi papá lo escuchaba como quien escucha a un viejo amigo que dice verdades. Y cuando llegaba la escena de la pregunta —esa pregunta doméstica que abre un abismo: “Do you love me?”— él se quedaba quieto, como si la película le tocara una fibra que no se gasta con los años.

Mi papá murió en 1990. Cinco años después, mi mamá, mi hermana Milagros (ambas ya fallecidas) y yo tuvimos la suerte de ver el play en Broadway. Y juro que sentí que él, mi papá, estaba ahí, en la butaca de al lado. No como un recuerdo triste, sino como una presencia cálida, curiosa, emocionada. Como si hubiera ido a comprobar que esa historia que tanto lo acompañó también nos pertenecía a nosotras. Como si el violinista, desde su tejado, hubiera hecho un pequeño gesto para que él pudiera estar ahí, escuchando la misma melodía que lo sostuvo tanto en la vida.

Y sí: Fiddler on the Roof debería verla y escucharla todo el mundo en Venezuela. Porque es una lección de vida. Porque en un país donde el piso tiembla, las certezas se mueven y uno igual sigue escuchando una melodía para no perderse, esa historia cae como una revelación. Tevye es, sin saberlo, un venezolano más: conversa con Dios como quien conversa con un vecino, negocia con la realidad con humor y terquedad, ama sin grandilocuencias, se adapta sin romperse, defiende lo que importa sin dejar de reír. Y el violinista en el tejado… bueno, ese somos todos: tratando de mantener el equilibrio mientras el viento cambia de dirección cada cinco minutos.

Por eso mi papá, que tuvo una vida, digamos, compleja, la amaba. Por eso la entendía. Por eso la vivía. Y por eso, quizá, allá donde está mi papá, el violinista está y sigue tocando su melodía en algún tejado que no veo, pero siento, tanto como siento a mi papá.

A finales de los ochenta le regalé  ‘A History of the Jews’. Y él se lo devoró, sí, pero decir “se lo devoró” es pobre: lo abrió como quien abre una caja negra que lleva años zumbando en un rincón del alma. Yo lo miraba leer y entendía —sin palabras, sin teoría— que ese libro le estaba hablando en un idioma que él no sabía que sabía.

Había algo en esas páginas que lo tocaba por dentro, como si Johnson le estuviera contando una historia que no era suya pero que igual le pertenecía. Lo veía detenerse, volver atrás, fruncir el ceño, sonreír con esa sonrisa mínima que solo le salía cuando algo le hacía sentido en lo más hondo. Y yo, desde afuera, entendía que ese regalo mío había sido una especie de acto involuntario de revelación: le di un libro y él encontró una puerta. Por supuesto, ese libro le dio alimento para atormentarnos con preguntas en la mesa y rociarnos con su “a que ustedes no saben que…”, a lo cual nosotros replicábamos con un “vamos, papá, que lo tuyo es lectura reciente…”

A veces pienso que ese fue el momento en que comprendí que los regalos verdaderos no son objetos: son espejos. Uno los entrega sin saber qué van a reflejar. Y ese libro, ese Johnson que yo compré, terminó dándome una oportunidad necesaria. Él y yo nos habíamos peleado por una bobada. Él tenía su carácter y yo el mío. Y por ese libro nos reconciliamos. A History of the Jews lo heredó mi hermana Milagros, y no tengo ni idea donde está.

Muchas veces, cuando me pongo triste, escucho el “Do you love me?” Y la tristeza se me seda.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

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