14-02-2026
Sumito Estévez: un chef venezolano en Italia
Hablar de Sumito Estévez es hablar de fiesta. No de cualquier fiesta: de esas donde la música está buena, la conversación se enciende sola, la comida sabe a gloria y uno termina diciendo “¿pero por qué no hacemos esto todos los días?”. Ese hombre es un carnaval ambulante de encanto, bonhomía, buen gusto y simpatía. Una mezcla tan improbable que uno sospecha que, cuando lo estaban amasando, el universo dijo: “vamos a divertirnos un rato”.
Y si hay algo que confirma esa teoría, eso es su sonrisa. La sonrisa de Sumito no es un gesto: es un acontecimiento. Es de esas sonrisas que llegan antes que la persona, que iluminan la mesa, que desarman tensiones y que hacen que uno se sienta bienvenido aunque no lo conozca. Es una sonrisa que huele a hogar, a cocina encendida, a conversación larga. Una sonrisa que dice “siéntate, que aquí se viene a disfrutar”.
Con esa sonrisa, Sumito no sólo cocina: convoca.
Sumito tiene ese ángel que ilumina el cuarto sin prender luces. Llega, sonríe, pregunta cómo estás —de verdad, no por protocolo— y ya el ambiente se vuelve más amable, más sabroso, más dispuesto a celebrar. Su buen gusto es de esos que no hacen ruido: elegante sin estiramiento, refinado sin pedantería, como quien sabe que la belleza está en la intención, no en el alarde.
Y la simpatía… ¡ay, la simpatía! Ese hombre te cuenta una anécdota mientras pica cebollín y tú terminas riéndote como si estuvieras en una parranda. Tiene la gracia del que ha vivido, ha aprendido y ha decidido que la vida, si no se goza, se desperdicia.
Pero ahora viene el capítulo más sabroso: Sumito está en Italia. Sí, en la tierra donde la gente discute sobre pasta con la misma pasión con la que otros discuten sobre política. Y allá anda él, repartiendo alegría como quien reparte pan recién salido del horno.
Los italianos, que no se impresionan fácil, ya lo tienen adoptado: “Ecco, il venezuelano che cucina come una festa.” Porque Sumito no cocina: arma un rumbón gastronómico. Agarra un calabacín italiano, un ají dulce contrabandeado en la maleta (porque uno siempre viaja con su nostalgia), y te monta un plato que hace que los comensales salgan diciendo: “Questo… questo è un carnaval!”
En Italia, donde cada comida es un ritual, él llegó a poner la mesa a bailar. Y lo hace con esa mezcla suya de técnica, cariño y picardía que no se aprende en ninguna escuela culinaria. Eso se trae en el alma, como el ritmo.
Sumito convierte cualquier plato en celebración, cualquier encuentro en brindis, cualquier sobremesa en recuerdo. Es un fenómeno: un chef que no sólo alimenta, sino que convoca alegría. Un tipo que hace que la gente coma, ría, hable, se abrace y salga diciendo: “qué maravilla haber coincidido con este hombre”.
Así que sí: “Jalado” por Sylvia, su mujer, Sumito está en Italia, y allá, entre vinos que cantan, platillos que suspiran y paisajes que parecen decorados, anda repartiendo magia con la naturalidad del que nació para eso. Y los italianos, felices, ya lo tienen en su lista de tesoros adoptados.
Porque cuando un venezolano llega con sazón, gracia, corazón… y una sonrisa que enciende el mundo, la fiesta empieza sola.
Ajá, Sumito, ¿cómo se dice “arepa” en italiano?
