14-01-2026
Soledad Morillo Belloso
Tarde o temprano amanece
No es un lema ni un consuelo. Es una verdad aprendida a golpes, dicha por quien conoce la noche a fondo y sabe que la oscuridad miente cuando promete eternidad. La noche no sólo oscurece: confunde, distorsiona. Agranda lo que asusta, empequeñece lo que sostiene, desordena el juicio y vuelve el pensamiento un animal inquieto. En ese territorio donde todo tiembla, uno pierde la medida real de lo que duele y de lo que importa. La noche prueba. La luz revela.
Y aun así, incluso ahí, queda un resto: un pulso que no se entrega, una respiración que insiste, una dignidad que se niega a apagarse. Por eso “tarde o temprano amanece” no suaviza nada. Endurece. Fortalece. Es una frase que se dice con la mandíbula apretada, no para aliviar, sino para recordar que la claridad vuelve porque uno la enfrenta, no porque el mundo sea benévolo.
Y cuando amanece —porque amanece— uno no queda intacto. Queda más cierto. Más dueño de sí. Más consciente de que la noche no fue caída, sino tránsito. Que la luz no llega por milagro, sino porque uno la sostuvo desde la sombra, sin arrodillarse.
Porque al final, la claridad no llega para salvar: llega para mostrar en quién nos convertimos mientras la esperábamos.
