Pionero del pragmatismo, revolucionó la psicología al definir el hábito como la fuerza invisible que mantiene el orden social. Su análisis sobre la plasticidad cerebral y la rutina sigue siendo hoy un pilar fundamental para entender la mente.
Día: 18 de marzo de 2026
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[SE}> Llevamos el maíz en el genoma / Soledad Morillo Belloso
21-01-2026
Soledad Morillo Belloso
Llevamos el maíz en el genoma
No es metáfora gratuita: es una forma de explicar por qué el cuerpo reconoce ciertos olores antes que las palabras, por qué la mañana empieza de verdad cuando la harina toca el agua y se forma ese pequeño barro luminoso que anuncia que la casa despertó. Hay cosas que no se aprenden: se heredan. Y el maíz es una de ellas.
Llevamos el maíz en el genoma porque crecimos viendo manos que sabían más que la memoria. Manos que medían sin balanza, que sabían cuándo la masa estaba lista sólo por el sonido que hacía al despegarse del borde del envase. Manos que podían estar cansadas, pero nunca torpes. Manos que enseñaban sin discursos, apenas con el gesto repetido, paciente, amoroso.
Llevamos el maíz en el genoma porque la cocina fue siempre un territorio sagrado. Allí se hablaba bajito, se reía fuerte, se lloraba sin escándalo. Allí se resolvían discusiones, se curaban tristezas, se celebraban pequeñas victorias. La mesa era un altar doméstico donde todo tenía cabida: la vida entera cabía entre un budare y una jarra de agua fresca. Y uno aprendía, sin que nadie lo dijera, que la ternura también se sirve caliente.
Llevamos el maíz en el genoma porque cada arepa es un acto de continuidad. Redonda como la paciencia, tibia como el cariño, firme como la costumbre. Una arepa no es sólo comida: es un recordatorio de que venimos de gente que supo sobrevivir con lo que tenía, que convirtió un grano en alimento, en rito, en abrazo. Cada vez que amasamos, repetimos un gesto antiguo que nos sostiene incluso cuando todo alrededor parece moverse demasiado rápido.
Llevamos el maíz en el genoma y por eso sabemos recomponernos. Si la masa se quiebra, se humedece un poco más. Si se pega, se le da tiempo. Si se quema, se raspa con dignidad y se vuelve a empezar. Así somos: tercos, cálidos, capaces de levantarnos con el mismo gesto con que se voltea una arepa para que no se queme. No hay tragedia que no pueda enfrentarse con un poco de agua, un poco de harina y un poco de paciencia.
Llevamos el maíz en el genoma porque el maíz es también una forma de afecto. Es la abuela que pregunta si ya comiste. Es la madre que te deja una arepa envuelta en servilleta para que no salgas con el estómago vacío. Es el padre que, aunque no cocine, sabe exactamente cuándo la arepa está dorada “como debe ser”. Es el hermano que se come la última sin pedir permiso. Es la amiga que te dice “ven, siéntate, te preparo una”. Es la casa entera diciendo “aquí estás a salvo”.
Llevamos el maíz en el genoma porque el maíz nos nombra. Nos recuerda que venimos de patios con gallinas, de cocinas con humo, de risas que se mezclan con el olor del café. Nos recuerda que la vida, incluso en sus días más duros o más fríos, tiene un rincón tibio donde uno puede volver a empezar. Nos recuerda que somos, en el fondo, criaturas hechas de harina, agua y afecto.
Donde haya un venezolano, hay una arepa cantando en la mañana. Porque llevamos el maíz en el genoma, y el cuerpo lo recuerda antes que la memoria. Basta un fogón prestado, una cocina ajena, un budare improvisado sobre cualquier hornilla para que el día empiece con ese olor que nos ordena por dentro. No importa el país, la ciudad, el clima o la distancia: siempre aparece una mano que amasa, otra que voltea, otra que sirve. Y en ese gesto sencillo —agua, harina, calor— se nos revela la casa entera, la infancia, la voz que nos llamaba a desayunar, la certeza tibia de que seguimos siendo los mismos aunque el mundo cambie. Donde haya un venezolano, hay una arepa. Y en esa arepa, un pedazo de nosotros que nunca se extravía.
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