[Col}> Lo que nos trajeron los inmigrantes canarios / Soledad Morillo Belloso

17-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que nos trajeron los inmigrantes canarios

Ah, los canarios. Esos hijos del Teide y del viento que cruzaron el mar con más memoria que equipaje, con acentos que parecen canciones y una terquedad dulce que ni el sol de Macuto les pudo quitar.

No llegaron con lujos, llegaron con historias. Con manos curtidas por la sal y el trabajo, y corazones blanditos como queso fresco. Desde el siglo XVII ya se les veía desembarcar en La Guaira, en Cumaná, en Margarita, buscando tierra firme donde sembrar futuro.

No eran señores de abolengo, eran labradores, comerciantes, pastores, gente de campo que traía en la maleta costumbres, refranes, recetas y una manera de vivir que se nos metió en la sangre como el ají dulce en el sofrito.

Las Islas Canarias no se llaman así por los pajaritos que cantan bonito, aunque el chisme haya corrido por siglos. El nombre viene de más atrás, de cuando los romanos se lanzaban a explorar como quien busca oro y encuentra perros. Sí, perros. Grandotes, peludos, guardianes de roca y viento.

Cuando llegaron al archipiélago, se toparon con esos animales que parecían custodios del volcán, y les pusieron Canariae Insulae, que en latín suena elegante pero significa “Islas de los Perros”. Nada de plumitas ni trinos, puro ladrido ancestral.

Dicen que Juba II, un rey curioso de Mauritania, mandó una expedición y volvió con dos de esos perrotes como si fueran trofeos de otro mundo. Y desde entonces, el nombre quedó pegado como chicle en zapato. Lo más gracioso es que los pajaritos que hoy llamamos “canarios” fueron bautizados por las islas, no al revés.

Es decir, el canario canta porque es isleño, no porque el nombre le cayó del cielo. Así que cuando alguien te diga que las Canarias se llaman así por los pájaros, dile: “No, vale, eso es como decir que el ron inventó la caña”.

Las islas, más que territorio, son carácter. Son como perros nobles: fieles, tercos, guardianes de su historia. Y ese nombre, que parece ladrido disfrazado de geografía, es sólo el primer verso de una canción que todavía se canta entre volcanes, gofio y brisa marina.

Los guanches, sus ancestros aborígenes, adoraban al sol y a la montaña, creían en Achamán y en Magec, y hacían rituales en roques sagrados. Esa espiritualidad, aunque transformada por los siglos en un cristianismo muy fervoroso, cruzó el mar con ellos y se mezcló con nuestras propias devociones.

En las fiestas patronales de Venezuela, los canarios se metieron como quien entra a una cocina ajena y empieza a freír empanadas. Cargan santos, cantan letanías, preparan altares con flores y queso de cabra, y convierten la fe en fiesta y la fiesta en ritual. Y si hay procesión, allá van ellos con sombrero de paja, camisa planchada y música, vino y sonrisa.

En las varias oleadas de canarios que llegaron a Venezuela, se instalaron en los campos de Aragua, en los cafetales de Lara, en los mercados de orilla, y allí se quedaron, sembrando más que cosechas: sembrando familia. Porque para ellos, familia no es sólo quien lleva el apellido, sino quien comparte mesa, historia y  silencios.

Abrieron bodegones, tascas, guachinches —esos templos medio clandestinos donde se come como en casa y se paga como en feria— y convirtieron cualquier reunión en una parranda, y cualquier parranda en una misa pagana donde se honra el mojo picón, el vino de la casa (que nunca es de la casa), y la memoria compartida. Y si el vino se acaba, no hay problema: se saca el ron, se improvisa un verso, y se canta hasta que el vecino se rinda y venga con una botella.

Nos enseñaron a hablar con diminutivos, a decir “mi niñito”, “la casita”, “el cafecito”, aunque el café fuera más fuerte que un regaño de abuela. Nos regalaron cuentos que empiezan en una finca de Tenerife y terminan en una tasca de El Tigre, con personajes que nadie sabe si existieron, pero que todos juran haber conocido. Nos trajeron palabras que se nos pegaron como chicle en zapato, entre ellas “gofio” como símbolo de infancia, de isla. Porque el gofio no es sólo comida, es identidad. Se mezcla con leche, con plátano, con lo que haya, y siempre sabe a hogar. Y si alguien te dice que no le gusta el gofio, desconfía: probablemente tampoco cree en los milagros ni en el poder curativo de un buen sancocho.

También nos trajeron música. Isas, folías, malagueñas que aquí se mezclaron con joropos, gaitas y tambor. En ese intercambio nació una sinfonía mestiza que todavía se escucha en las fiestas patronales, cuando alguien saca una bandurria y otro se arranca con un verso que nadie entiende, pero todos sienten.

“Soy isleño, soy del viento, soy del mar que me llevó”, cantan, y en esa melodía se cuela la brisa marina y el recuerdo de la tierra que dejaron atrás. Y si el coro se descompone, no importa: se improvisa, se ríe, se baila y se sigue cantando, aunque el perro del vecino ladre en tono menor.

Los canarios también nos enseñaron a resistir con elegancia. A llorar sin hacer escándalo, a reír con los ojos, a trabajar duro sin perder la ternura. Nos enseñaron que emigrar no es sólo cambiar de geografía, sino reinventarse sin perder la esencia. Que se puede ser isleño en tierra firme, y que la nostalgia se cura con trabajo, con comida, con cuentos, con abrazos largos y con un buen vaso de vino compartido entre risas. Y si el abrazo viene con un chiste, mejor: porque el humor canario es como el mojo: pica, pero alegra.

Los inmigrantes canarios no sólo nos trajeron cosas: nos trajeron maneras. Maneras de mirar, de hablar, de cocinar, de amar. Se mezclaron con nosotros como el queso blanco con guayaba, como el ron con cuentos, como la fe con la fiesta.

Y en esa mezcla, Venezuela se volvió más sabrosa, más plural, más nuestra. Sus descendientes se fueron profesionalizando y se convirtieron en ingenieros, médicos, industriales, comerciantes.

Así que, si ves a un hombre o a una mujer con acento cantado muy parecido al nuestro y una sonrisa que parece conocer todos los secretos del mundo, dale las gracias, porque probablemente sea descendiente de esos canarios que vinieron con poco, pero nos dejaron tanto.

Y si te invita a comer gofio, acepta. Porque ahí, en ese plato humilde, está la historia de un pueblo que convirtió la alegría en ritual, y el ritual en celebración. Y si después del gofio te saca una guitarra, prepárate: la noche va pa’ largo y el cuento también.

Entre gofio, cuentos y refranes, los canarios se quedaron sembrados en nuestra tierra como quien planta alegría en terreno fértil. Vinieron con poco, pero nos dejaron tanto, sobre todo, modos de amar.

Y tú que me lees, si alguna vez la nostalgia aprieta, basta con escuchar a la canaria Rosana:

 “Si te abrazan las paredes desabrocha el corazón

No permitas que te anuden la respiración

No te quedes aguardando a que pinte la ocasión

 Que la vida son dos trazos y un borrón”.

Muchos descendientes de canarios han vuelto a las islas. Y allá donde están extrañan a Venezuela. Al fin y al cabo, son gente con dos patrias. Son nuestros embajadores.

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