23-11-2025
“La cachapa es canto campesino”
Aurelia se inclinaba sobre la piedra de moler como quien conversa con la memoria. Sus manos, curtidas por el sol y la faena, acariciaban los granos tiernos de maíz, todavía húmedos de rocío, y los iban desgranando con paciencia de siglos. El sonido áspero de la piedra contra el grano era un rezo antiguo, un murmullo que enlazaba a las abuelas con las nietas, a los campos con las cocinas.
El fogón, encendido desde temprano, aguardaba como un corazón palpitante. La leña crepitaba con un ritmo que parecía marcar el compás de la vida campesina. Cuando Aurelia vertía la masa sobre la plancha negra, el círculo dorado se abría como un sol doméstico, un amanecer que cabía en la palma de la mano. El aire se llenaba de un aroma dulce y terroso, mezcla de maíz y humo, que era al mismo tiempo promesa y recuerdo.
“La cachapa es canto campesino”, decía Aurelia, y su voz tenía la firmeza de quien sabe que la comida es también palabra. Cada bocado era música de cosecha: un coro de grillos en la tarde, el rumor del río bajando entre piedras, el eco de machetes abriendo surcos. La cachapa no era solo alimento, era metáfora de la tierra que se entrega y del cuerpo que agradece.
En torno a la mesa, los vecinos llegaban como atraídos por un ritual. La cachapa se partía en mitades generosas, se untaba con queso fresco que sudaba ternura, y entonces la conversación se volvía coro: risas, silencios, historias de siembra y de ausencia. Aurelia servía sin prisa, como quien sabe que cada bocado es un puente entre lo íntimo y lo colectivo.
Así, en la cocina, la cachapa se hacía canto, se hacía abrazo, se hacía memoria. Era el sol que se podía comer, el maíz convertido en metáfora de caricia y ternura. Y Aurelia, con su piedra y su fogón, era guardiana de ese milagro cotidiano, restauradora de lo imperfecto, cantora de lo sencillo que se vuelve eterno.
