[SE}> Y las campanas volverán a doblar / Soledad Morillo Belloso

12-01-2026

Soledad Morillo Belloso

Y las campanas volverán a doblar

Las campanas en Venezuela dejaron de sonar no por falta de metal, sino por la saturación de muerte. Se apagaron como se apaga un país cuando el dolor se vuelve costumbre y termina diluido en un murmullo constante. En ese silencio, que desgasta más de lo que calma, surge la pregunta inevitable: ¿por quién ya no se convoca al duelo, por quién se perdió incluso el derecho a ser llorado?

No suenan por quienes partieron sin regreso, los que emprendieron rutas inciertas con una maleta prestada y un pasaporte vencido, convencidos de que el camino sería arduo pero no fatal. Muchos quedaron atrapados en selvas implacables, en ríos que no devuelven cuerpos, en desiertos que borran rastros. No figuran en registros, no tienen misa ni campana que anuncie su ausencia. Son muertos sin rito, sin tierra, sin despedida. Y un país que no honra a sus muertos empieza a perder su alma.

Tampoco resuenan por quienes fallecen en hospitales sostenidos por la improvisación. Allí donde una enfermera hace milagros con lo mínimo y un médico se convierte en artesano de lo imposible, la muerte llega no por enfermedad sino por abandono. Esas vidas truncadas no conmueven al Estado, no alteran la rutina pública, no generan duelo común. Se asumen como parte del paisaje, como si la tragedia fuera un clima inevitable.

Callan también por los jóvenes que caen en esquinas y callejones, en madrugadas sin luz. Muchachos que no alcanzaron a ser adultos, que no tuvieron tiempo de errar ni de elegir. La violencia los borra sin memoria ni justicia, y el país continúa como si la pérdida de un joven no fuera la pérdida de un porvenir entero.

Guardan silencio por los viejos que mueren de hambre, frío o soledad. Ancianos que levantaron familias y sostuvieron un país que ahora los deja partir sin compañía. Sus muertes son discretas, casi invisibles, pero cada una abre una grieta en la dignidad colectiva.

Tampoco suenan por quienes siguen vivos pero ausentes: profesores que emigraron, médicos que se marcharon, artistas que callaron, científicos que partieron con su saber intacto. No murieron, pero el país los perdió igual. Su ausencia no es un hecho aislado, sino una hemorragia lenta.

Y permanecen mudas ante quienes resisten. Los que se levantan cada día con terquedad y afecto, los que apuestan por un país que a veces parece no apostar por ellos. Los que sostienen la vida con uñas, voz y memoria. Los que aún creen, aunque creer duela. Su resistencia no tiene ceremonia, solo desgaste.

Las campanas callaron porque el país se habituó al silencio. Ese es el mayor peligro: que la muerte se vuelva cifra, la ausencia rutina, el duelo asunto privado, la comunidad un conjunto de fragmentos que ya no se reconocen.

Sin embargo, en lo profundo permanece la memoria del sonido. Persiste la intuición de que un país sano honra a sus muertos, reconoce a sus ausentes y acompaña a sus vivos. Permanece la certeza de que las campanas pueden volver a sonar, no para anunciar tragedias, sino para convocar a la vida.

Una nación no se reconstruye sólo con leyes o ladrillos. Renace cuando vuelve a doler lo que debe doler. Cuando la muerte deja de ser costumbre. Cuando la dignidad recupera su lugar. Cuando el silencio deja de ser resignación y se transforma en escucha.

Quizás entonces, cuando la memoria despierte, cuando la comunidad vuelva a mirarse, cuando la vida recupere su valor público, las campanas volverán a doblar. No por la muerte, sino por la posibilidad de un país que se rehace desde su herida.

Volverán a sonar cuando el país recupere la capacidad de estremecerse. Cuando cada vida perdida vuelva a tener nombre, historia y rostro. Cuando el duelo regrese a la plaza y deje de esconderse en las cocinas. Cuando la vida pese más que la costumbre del dolor.

Volverán cuando los que partieron tengan un lugar donde regresar, aunque sea en la memoria. Cuando los muertos en tránsito reciban un rito, aunque llegue tarde. Cuando entendamos que no hay nación sin despedidas dignas ni duelo compartido.

Volverán cuando los hospitales dejen de ser trincheras y vuelvan a ser refugios. Cuando un enfermo no tenga que suplicar por una medicina ni un médico improvisar con lo que falta. Cuando la muerte deje de ser consecuencia del abandono.

Volverán cuando un joven caído no sea un número, sino un futuro arrebatado que nos concierne a todos. Cuando la violencia deje de ser paisaje y la impunidad deje de ser norma. Cuando el país se detenga, aunque sea un instante, para reconocer que cada vida perdida hiere la dignidad común.

Volverán cuando los viejos mueran acompañados. Cuando la vejez vuelva a ser respeto y no desamparo. Cuando un abuelo pueda partir sabiendo que su vida tuvo peso y memoria.

Volverán cuando quienes resisten dejen de hacerlo solos. Cuando quedarse sea un acto de amor reconocido. Cuando la esperanza deje de ser un ejercicio íntimo y vuelva a ser un proyecto colectivo.

Volverán cuando el país recupere su oído moral. Cuando el silencio se vuelva escucha. Cuando la comunidad vuelva a reconocerse en el dolor del otro. Cuando la dignidad deje de ser un lujo.

Y entonces, sí: las campanas volverán a doblar. No para anunciar tragedias, sino para recordarnos que seguimos vivos. Que aún somos capaces de duelo, de memoria, de comunidad. Que un país puede rehacerse desde su herida si no renuncia a sentir.

Volverán a doblar porque un país que vuelve a doler es un país que vuelve a despertar.

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