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Un estudio del ADN de Ötzi, el Hombre de Hielo, muestra que era muy diferente a sus vecinos

Ötzi vivió hace unos 5.300 años en los Alpes, antes de ser asesinado en circunstancias misteriosas. Su cadáver se momificó debido a las bajas temperaturas

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Hallado por primera vez un fósil de trilobites usado como amuleto por los romanos

El fósil, de pequeñas dimensiones, apareció en el vertedero de una casa señorial de los siglos I a III junto con fragmentos de cerámica, hueso y metal.

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Un grupo de calzado romano de gran tamaño hallado en el norte de Inglaterra plantea nuevas hipótesis sobre la vida militar en los confines del imperio

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Charlamos sobre el pensamiento como adicción, la identificación con los pensamientos, la relación espiritualidad-psicoterapia y las consecuencias de la rumiación

[Col}> Cuando lo estático no es paz, sino vacío / Soledad Morillo Belloso

21-07-2025

Soledad Morillo Belloso

Cuando lo estático no es paz, sino vacío 

Hay un espejismo peligroso en la inmovilidad, en esa ausencia de perturbación que algunos confunden con paz. Nos acostumbramos a la idea de que la ausencia de ruido es sinónimo de tranquilidad, pero hay silencios que pesan, que ahogan más que el estruendo. Hay momentos en los que lo estático no representa equilibrio ni serenidad, sino vacío.

La historia —tanto la que se escribe en los libros como la que cada individuo esculpe en su alma— está llena de pausas que no fueron descanso, sino abandono. De tiempos en los que se dejó de preguntar, de imaginar, de desafiar lo impuesto. En esos momentos, el aire se torna denso, como si la ausencia de movimiento robara incluso el oxígeno necesario para la reflexión.

El ser humano es, por naturaleza, una criatura de impulso, de búsqueda, de acción. Cuando el pensamiento deja de fluir, cuando la inquietud es sofocada por la apatía, algo esencial se desmorona. Porque la paz verdadera no es la ausencia de conflicto, sino el resultado de su resolución. No es el estancamiento, sino el fluir armónico de ideas, emociones y voluntades que construyen algo más grande que la simple supervivencia.

El peligro de lo estático es que se disfraza de refugio. Nos hace creer que hemos encontrado un lugar seguro, un puerto sin tormentas. Pero si ese puerto nos impide zarpar, si sus aguas se tornan cenagosas por la falta de corriente, entonces no es un refugio, sino una trampa. Y lo que antes fue descanso, ahora es prisión.

La pregunta que debemos hacernos, como individuos y como sociedad, no es si estamos cómodos o si estamos vivos, sino qué clase de vida cabe en lo estático. No si la superficie está en calma, sino si debajo de ella todavía hubiera mareas que impulsen. Porque la vida no es un lago estancado. Es un río en perpetuo movimiento, con corrientes que nos retan, que nos enseñan, que nos obligan a  evolucionar.

El verdadero riesgo no está en el conflicto. Está en lo estático de la  indiferencia. No está en el ruido, sino en la parálisis. Porque lo estático puede parecer paz, pero si ha apagado el pulso, entonces no es más que vacío.

El verdadero dilema no estaba entre votar o no votar.  La esencia del dilema probablemente radicaba en el significado del voto más que en el acto mismo de votar. No se trataba sólo de marcar una casilla con el dedo en una pantalla, sino de decidir si el voto tenía poder real, si era una herramienta de transformación o simplemente una formalidad inocua dentro de un sistema que ya tenía su curso decidido.

Muchas veces, el dilema profundo no está en la acción, sino en la expectativa. ¿Votar significaba elegir o simplemente legitimar lo inevitable? ¿Era una expresión de voluntad o un inútil acto simbólico de resistencia? ¿Qué se decía,  decidía o cambiaba con ir a votar o con no hacerlo? En ciertos momentos de la historia, el voto se convierte en una falsa encrucijada donde la verdadera decisión no está en acudir o no a las urnas, sino en creer o no en que votar es la posibilidad del cambio.

Cuando el voto pierde su capacidad de decidir, deja de ser una herramienta de transformación y se convierte en un ritual sin sustancia.

La democracia no se mide sólo en la existencia del sufragio, sino en el impacto que ese sufragio tiene en la realidad política, social y económica. Un voto que no cambia nada es apenas una sombra de lo que debería ser. Es peligroso porque se presta a trapisondas, genera una falsa sensación de estabilidad, cuando en realidad es apenas una pieza más dentro de un engranaje que ya tiene su rumbo trazado.

Cuando el resultado está determinado antes de que el primer voto sea contabilizado, el ejercicio deja de ser elección y se convierte en imposición y resignación. El ciudadano deja de ser protagonista y pasa a ser espectador atado en la butaca presenciando una obra cuya trama ya ha sido escrita por otros.

La gran pregunta es cómo se revierte esa situación. ¿Cómo se restaura el poder del voto para que realmente decida? Porque si el voto no define el destino de una sociedad, si no puede inclinar la balanza, entonces esa sociedad no  es libre y no decide. Y todo se vuelve estático.

La verdadera amenaza no radica en el fraude explícito o en la represión directa, sino en la indiferencia disfrazada de normalidad que genera costumbre. Cuando el voto deja de decidir, la democracia se convierte en una apariencia, un teatro donde las reglas del juego están escritas de antemano.

Y en ese escenario, el ciudadano corre el riesgo de perder no sólo su voz, sino su fe en la posibilidad de cambio. Su mente se inunda de un pensamiento que se condensa en una muy corta frase: “Esto no tiene remedio”. Porque cuando el destino de una nación se vuelve ajeno a la voluntad de su gente, no hay elección, sólo resignación. Recuperar el poder del voto no es apenas una cuestión política, sino un acto de resistencia contra el vacío, contra la inercia, contra la renuncia a la esperanza.

[LE}> Gerundio, uso adecuado

21-07-2025

El gerundio es una forma verbal que plantea dudas, sobre todo en lo relativo a aquel que expresa posterioridad (¿es adecuado en ‘Se graduó, marchándose a trabajar al extranjero’?), por lo que a continuación se ofrecen una serie de claves para su uso en cierto número de casos.

  1. Gerundio de posteridad, usos
  • Es apropiado el gerundio si éste expresa una acción o un suceso inmediatamente posterior a lo otro que se expresa: ‘Se cayó, rompiéndose una pierna’.
  • Es admisible si entre las dos acciones se puede establecer una relación o sucesión lógica, como de causa-efecto, aun cuando no exista inmediatez temporal, de acuerdo con la segunda edición del Diccionario panhispánico de dudas: ‘Se graduó, marchándose a trabajar al extranjero’ (el hecho de graduarse tiene como consecuencia que pueda irse a trabajar a un lugar), ‘Hizo una maratón de capítulos, terminando de ver la serie en un mes’ (el ritmo al que se ve la serie lleva a que se acabe en unas semanas).

Favorece que se pueda entender este tipo de relación la presencia de elementos temporales con el gerundio, como luego, después, más tarde, etc. (Madrugaba bastante, dedicándose luego a hacer sus tareas), o de elementos referidos a lo anterior, como así, por ello, con ello, etc. (Ahorró muchos años, pudiendo pagarse así el viaje de sus sueños).

  • No es adecuado si no hay inmediatez temporal ni se puede establecer con claridad esa relación entre las acciones: Se fue a casa y leyó una novela pendiente, no Se fue a casa, leyendo una novela pendiente.
  1. Una vez añadido, no una vez añadiendo

No se emplea el gerundio para hablar de algo terminado, sentido que sí se puede expresar con un participio: Una vez añadida la salsa, se remueve, no Una vez añadiendo la salsa, se remueve.

  1. Un libro que tiene tapas duras, no un libro teniendo tapas duras

El gerundio puede referirse a un sustantivo para indicar un proceso o una acción (Una atleta corriendo por la pista), pero en general no se usa si se refiere a algo que no cambia, sino que es estático, como sucede, en función del contexto, con verbos como tener, contener, significar, constituir… (‘Un libro que tiene tapas duras’ o ‘Un libro con tapas duras’, no ‘Un libro teniendo tapas duras’).

  1. Una ley que reforma los precios, no una ley reformando los precios

Tampoco se recomienda emplearlo, como a veces se hace en textos legales y administrativos, para especificar a qué elemento se está aludiendo de otros posibles: ‘Una ley que reforma los precios’ o ‘Una ley de reforma de los precios’, no ‘Una ley reformando los precios’. Se exceptúan casos como hirviendo (agua hirviendo), ardiendo (clavo ardiendo) o tirando (un lugar tirando a pequeño).

  1. Gerundio en títulos, uso adecuado

Se consideran válidos los gerundios independientes que aparecen en títulos de obras, programas, etc.: ‘Buscando a Nemo’, ‘Cocinando con Pepe’. También lo son los que aparecen en pies de foto (Trabajadores entrando en la oficina) y memes (Yo fingiendo que lo he entendido).

Fuente

[Cur}> Hace 4.000 años le dispararon en los Pirineos: han hallado su costilla con una flecha clavada

Hace 4.000 años le dispararon en los Pirineos: han hallado su costilla con una flecha clavada

La parte del cuerpo encontrada por un grupo de arqueólogos sugiere que sobrevivió a un disparo en la espalda hace varios miles de años

[FP}> Nos ha dejado un para mí más que querido amigo: Álvaro (Adolfo) Taño Perera (q.e.p.d.)

19-07-2025

Carlos M. Padrón

Por problemas respiratorios de vieja data falleció hoy, día 19, cerca del mediodía, en el Hospital General de La Palma. Su verdadero nombre era Adolfo, pero siempre se le llamó Álvaro.

Aunque éramos primos terceros, poca importancia tuvo eso en nuestra amistad que data del verano de 1955. Una amistad de tipo no muy frecuente porque entonces Álvaro tenía 20 años y yo sólo 16. Tal vez por una para mí afortunada casualidad, para ver jugar billar nos sentamos un día en una mesa del Bar Central y, como ambos éramos de Letras, por ahí se inició una conversación que luego siguió varios días cada semana y en el mismo lugar.

Fue Álvaro quien despertó en mí el interés por la Colección Austral y otros libros, y por las vidas de personajes españoles importantes, como Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Lope de Vega, Gustavo Adolfo Bécquer y varios más.

Como no sabíamos nadar, decidimos aprender juntos en un estanque vecino a su casa que habían recién limpiado, y allí, con salvavidas que hicimos con corcho de palma, practicamos varios días hasta que, ya sin salvavidas, pudimos cruzar el estanque.

Esas reuniones fueron a menos, sobre todo por la necesidad que ambos teníamos de atender a clases (fue un excelente estudiante), y se interrumpieron cuando en 1957 me fui a trabajar y vivir en Tenerife.

Álvaro, que con muy buenas notas había ganado unas oposiciones a Correos, un buen día llegó a Santa Cruz de Tenerife a hacer una pasantía en la oficina de Correos de allí. Como esa oficina estaba muy cerca de donde yo me alojaba, él se alojó ahí también y a diario íbamos a comer en la misma casa de comidas caseras.

Su novia, Edita, que estudiaba Magisterio, residía en La Laguna, donde también residía la novia mía, y algunos domingos salíamos los cuatro a dar un paseo por esa ciudad. Las que siguen son dos de las fotos que tomé en 1960 durante esos paseos.

Junto al monumento en honor del  Padre Ancheta

Frente al busto del poeta Manuel Verrdugo

En 1961 me fui a Venezuela, pero cada vez que volví a El Paso, donde Álvaro ejercía como administrador de Correos, era para mí obligada la visita para departir con él y con Edita.

Cuando regresé a Canarias y me asenté aquí, varios amigos iniciamos reuniones semanales de las que participaban Alvaro y Edita, pero a comienzos de 2024 dejaron de asistir por los problemas de salud de Álvaro.

En uno de los paseos laguneros ya mencionados, tomé a Álvaro una foto que luego me devolvió él con una dedicatoria que hoy valoro más que entonces.

Gracias por  lo mucho que para mí significaste, y que descanses en paz, querido amigo Álvaro.

[Col}> El viento que no responde / Soledad Morillo Belloso

20-07-2025

Soledad Morillo Belloso

El viento que no responde

La soledad no es el vacío de una habitación, ni la quietud que se instala cuando cae la noche. Es un silencio que resuena dentro, una presencia intangible que acompaña incluso en medio de la multitud. Es la certeza de que nadie escucha lo que se grita hacia dentro, la ausencia de un reflejo en la mirada de otro.

Estar a solas es una condición más simple, más tangible. Se puede estar a solas en una casa vacía, en un café cualquiera donde nadie nos conoce, en un camino donde los pasos se mezclan con el polvo y la brisa.

La soledad tiene sombras que alcanzan los rincones donde antes había luz. Es el rumor de una conversación que quedó a medias, el peso invisible de una silla que no se mueve, la huella de unas manos que ya no acarician. La soledad tiene memoria, guarda el archivo de cada instante compartido y lo  despliega como páginas de un libro que nunca se termina.

No todos los días son iguales. Hay días en que la soledad muerde, días en que su peso aplasta el pecho, días en que su presencia se convierte en el único sonido reconocible. Y luego, están los días en que es simplemente un velo tenue, una brisa tibia que toca sin destruir, una compañía que ya no es una extraña.

Estar a solas puede ser una elección, como quien escoge guarecerse en un refugio. La soledad, en cambio, es una tormenta que llega sin preguntar, un invierno sin tregua, un amanecer sin promesas.

La soledad enseña, muchas cosas. A escuchar el propio pensamiento, a entender el lenguaje del viento, a comprender lo que dice el olor del café, es el mensaje que alberga la textura del papel bajo los dedos, lo que vemos cuando cerramos los ojos.

La soledad no pregunta, sólo se sienta en el alma y deja un vacío que ninguna voz logra llenar.

Es el nombre que ya nadie pronuncia, el reflejo que vive en la bruma de la memoria. La soledad no grita, observa en silencio cómo pasa el tiempo. En realidad, no es vacío, es todo lo que ya no está.

Es ese otoño que se queda, aunque el mundo insista en que ha llegado la primavera. Es un diálogo truncado, una pregunta suspendida en el aire, esperando una voz que nunca vuelve. Es ese espacio entre las palabras no dichas. Es una herida abierta que no sangra, un vacío sin pretextos, una penumbra que continúa cuando el día amanece. Es un reloj sin agujas, un calendario sin fechas. Es una carta sin respuesta, un verso incompleto, un poema que nunca encuentra su última línea

La soledad convive con la vida. Se  hace costumbre. Es el viento que no responde. Habla, pero no devuelve palabras. Tiene el poder del silencio. La soledad es un pacto silencioso, una conversación sin palabras entre el tiempo que sigue y la ausencia que pesa. Es aprender a caminar con sombras, a reconstruir espacios sin olvidar lo que los llenó alguna vez. La soledad no pide permiso. Y el alma, poco a poco, aprende a vivir con ella.

Y así, en algún rincón del silencio, descubrimos que aún queda algo por hacer, algo por vivir. Aunque sea distinto, aunque sea frágil. Aunque sea sólo nuestro.