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13-06-2015
Dicen que el cielo guarda la forma de los recuerdos, que en su azul inmenso se reflejan los días luminosos, las horas en que la felicidad era tan sencilla como sentir el viento en la cara o permitirse la risa que no pide permiso.
El cielo es el espejo de mi infancia, de los días en que correr no era un escape sino un juego. Es la luz dorada sobre la plaza donde aprendí a esperar, es la brisa que acarició mi piel en esa ciudad donde amé por primera vez.
A veces, al mirar hacia arriba, creo reconocer una sombra, una textura, un matiz único que me pertenece. Veo un rincón de nubes donde aún resuena aquella canción, una grieta de luz en la tarde que tiene el color exacto de un atardecer.
El cielo no es sólo el techo del mundo, es el guardián de las emociones que me marcaron. Y cuando lo miro con los ojos de la memoria, descubro que en algún rincón de su infinito azul aún brilla el lugar donde fui feliz.
El cielo no es sólo un manto azul suspendido sobre mi cabeza. Es un espejo de mi memoria, un reflejo de los lugares donde la felicidad alguna vez me tocó con su suave aliento. No es un espacio distante, es un umbral. Y cuando lo miro con nostalgia en la piel, me doy cuenta de que guarda la forma de días luminosos, la textura de ciertos momentos en que el tiempo no pesaba sobre mis hombros.
El cielo es mi infancia desparramada en el horizonte, la luz dorada que acariciaba el jardín donde aprendí a correr sin miedo. Es la brisa del primer beso de amor, un coro de voces lejanas que aún escucho cuando sopla el viento. Es el azul profundo que cubría esas noches cuando mi mundo era pequeño y el futuro un murmullo muy lejano.
En su inmensidad, se esconden los trazos de una noche eterna, las pinceladas de oro y fuego que coloreaban los atardeceres de mi juventud. En sus límites indefinidos, se deslizan los más sutiles recuerdos como nubes pasajeras, imágenes fugaces de esos breves instantes que alguna vez fueron el todo.
En ocasiones, al mirarlo, me parece ver los rostros de quienes compartieron mi dicha, sus perfiles dibujados en la luz, sus risas entre las ráfagas de aire. Es como si el cielo fuera el aposento de los más bellos paisajes, de emociones y suspiros inolvidables.
El cielo es la cercanía de lo que amo, es el altar de las sonrisas de todos los que he querido. Es el custodio de lo que fue hermoso, el techo de los espacios donde la felicidad me habitó por completo. No es el pasado ni el futuro, es el instante donde aún vive la versión intacta de mí que alguna vez fue libre y plena.
Y cuando alzo la mirada, y lo contemplo, descubro que no es el cielo lo que me recuerda mis mejores días, sino el pedazo de mi alma que en ellos dejé. Porque el cielo, en su preciosa calma, en su azul moteado con nubes que parecen algodón de azúcar, es el reflejo de lo que nunca dejé de buscar.
El cielo se parece mucho a ese lugar donde alguna vez fui feliz.