[Col}> Trato y maltrato / Soledad Morillo Belloso

10-06-2015

Soledad Morillo Belloso

Trato y maltrato 

Camino por la vida acumulando gestos, palabras, silencios que han marcado mi historia. Recuerdo las manos que alguna vez me sostuvieron, los abrazos sinceros, las miradas que no necesitaban palabras para hacerme sentir vista, comprendida, querida. El trato justo, el respeto mutuo, la empatía. Pequeños actos que construyen un refugio en este mundo incierto.

Pero también recuerdo los  maltratos. La indiferencia que hizo tambalear mi confianza, la palabra cruel que se incrustó en mi memoria, el desdén que me apagó poco a poco. El maltrato no siempre grita; a veces se arrastra sigiloso, se disfraza de rutina, se camufla en la normalidad de lo injusto. Lo he sentido en palabras afiladas, en ausencias inexplicables, en miradas que ignoraban mi existencia como si fuera un espectro.

Me pregunto si el trato y el maltrato son el reflejo de quienes somos, de lo que llevamos dentro. ¿Somos capaces de elegir cómo tratamos a los demás, o simplemente repetimos lo que nos enseñaron, lo que alguna vez nos hicieron sentir? He intentado ser consciente, romper ciclos, construir con respeto lo que alguna vez me hicieron con desprecio.

Porque al final, el trato que damos define el trato que recibimos. Preferible ser un refugio y no una tormenta, un eco de bondad y no de heridas. A veces me detengo a pensar en las cicatrices invisibles que el trato y el maltrato han dejado en mí. No todas duelen de la misma manera, algunas apenas son un rasguño borroso, otras siguen latiendo como una herida abierta. Me pregunto cuántas veces una palabra amable me salvó sin que yo lo supiera, cuánto daño podría haberse evitado con algún gesto de compasión. Porque el trato justo no es sólo cuestión de educación, es una decisión, un acto de rebeldía contra la rudeza del mundo.

Y en medio de todo, sigo buscando maneras de sanar. Aprecio a  quienes entienden el peso de una mirada sincera, a quienes ven más allá de lo obvio y saben que todos cargamos batallas invisibles. Me aferro a la idea de que el trato que damos y recibimos moldea nuestra historia, y elijo, cada día, construir una en la que el respeto y la gentileza sean la norma, no la excepción.

Al final del día, somos el eco de los encuentros que nos han moldeado. Las palabras que nos elevaron y las que nos destruyeron, las miradas que nos abrazaron y las que nos hicieron sentir invisibles. Pero también somos la suma de nuestras elecciones, la forma en que decidimos responder a lo que la vida nos ofrece.

Yo elijo el respeto, la ternura, la dignidad. Elijo ser la voz que calma, la mano que sostiene, el trato que sana. Porque cada gesto deja huellas, y quiero que las mías dejen  recuerdos de bondad, no de maltrato. Yo elijo ser caricia y no herida. Elijo la pluma y no la daga.

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