Un gallego —que, además de gallego (¿o tal vez por gallego?) estaba convencido de que todo lo suyo era muy especial y, por supuesto, mejor que lo de los demás (¿le vendrá de ahí a los argentinos?)—, tenía un perro al que creía la última Pepsi-Cola del desierto en materia canina.
Un día quiso venderlo y le fijó el precio de 500.000 pesetas, lo cual provocó la consiguiente burla de parte de sus amigos y conocidos (los del gallego, no los del perro).
Como pasaban los días y el gallego no lograba vender su perro, las burlas aumentaban, y con ellas el empeño del gallego por conseguir el negocio que quería.
Un día, al llegar al bar donde acostumbraba ir todas las tardes, sus amigos le preguntaron a coro que cómo iba la venta del perro, y, para sorpresa de todos ellos, el gallego les contestó que ya lo había vendido.
—Cómo? ¿¡Te pagaron las 500.000 pesetas!?
—Bueno, hombre, casi igual: me dieron dos gatos de 50.000 dólares cada uno.
