Tres abuelas sinvergüenzonas estaban sentadas en uno de los bancos del jardín de su ancianato y, al ver que Bill, un viejito bisabuelo y huésped también del mismo ancianato, se acercaba a ellas, una le gritó:
—Bill, te apuesto a que podemos adivinar la edad exacta que tienes.
Bill se detuvo en seco y respondió:
—Lo dudo. ¡No hay forma de que ustedes sepan cuántos años tengo!
Entonces, una de las viejitas dijo:
—Por supuesto que sí podemos. Bájate los pantalones y los calzoncillos y te diremos exactamente cuántos años tienes.
Avergonzado, pero decidido a demostrar que las viejitas no podrían lograr lo que decían, Bill hizo lo que éstas le habían pedido.
Ya con calzoncillos y pantalones caídos sobre sus tobillos, las abuelitas le pidieron que diera dos vueltas sobre sí mismo y que saltara después seis veces.
Más decidido que antes, Bill hizo todo eso, y cuando terminó, las viejitas dijeron al unísono:
—¡Tienes 93 años!
Con su ropa aún caída sobre los tobillos, Bill preguntó:
—¿Cómo carajo adivinaron ustedes mi edad?
Chocando rodilla con rodilla, celebrando entre ellas con «choca esos cinco», y con sonrisas de oreja a oreja, las tres viejitas gritaron:
—¡Estuvimos ayer en tu fiesta de cumpleaños!
Cortesía de Carmen O’Dogherty

