15-09-2003
Leonardo Masina
Singer y Card Blanche
IBM de Venezuela y sus clientes fueron siempre un circulo bastante cerrado y lleno de chismes. Con sólo ir de visita a un cliente podía uno enterarse de la vida de medio mundo, tanto de IBM como de los propios clientes. Y eso lo aprendí cuando estaba todavía en el curso básico, y me marcó por el resto de mi vida en IBM.
Unos de mis «estrenos», siempre estando en el curso básico, fue en SINGER.
Reconozco que allí estuve por caer, pues las perforistas estaban de rechupete y la tentación fue grande, pero jamás mezclé mi trabajo con mi vida privada,….. excepto en el caso de unas «monjitas«. Pero ésas eran especiales, pertenecían a otro mundo y no se comunicaban con el resto de los clientes.
Había una perforadora 029 que tenía un problema con el teclado. Las teclas de la 029 eran como unas varitas que entraban en el teclado. Arriba estaba la tecla, que tenía un resorte para mantenerla levantada, y abajo había un hueco, como el de una aguja, por donde pasaba un hilo de nylon que evitaba que la tecla se saliera.
Cuando había que arreglar una tecla, con muchísimo cuidado había que ir deslizando el hilo e ir pasándolo por la tecla que quedaba suelta, hasta llegar a la que había que reparar.
Prácticamente había terminado yo de hacer uno de estos minuciosos arreglos, y ya era la hora de concluir la jornada de la tarde, cuando se me acercó la perforista para preguntarme si me quedaba mucho todavía. Y cuando vio el hilo empezó a halar de él, e inocentemente me preguntó: «¿Y esto para qué sirve?».
¡Era para matarla! Ya la mitad de las teclas habían saltado, el suelo estaba lleno de resortitos y yo no sabía qué hacer. Ella, más asustada que yo, empezó a llorar. Luego se acercó, me pidió disculpas y me soltó un señor beso.
Dijo que se quedaría acompañándome para que yo pudiera terminar, ya que no me parecía lógico dejarlo para que otro técnico tuviera que ir al día siguiente, pues yo debía seguir en el curso.
Terminé cuando eran casi las 10 de la noche. En todo ese tiempo ella no dijo ni una palabra. Salimos, ella cerró la oficina y me pidió si podía llevarla hasta la Av. Rómulo Gallegos para tomar allí un carrito porque, de noche, Boleíta Norte no era un sitio muy agradable.
Sin problemas, la acompañé. Luego le pregunté dónde vivía, porque no me costaba nada llevarla hasta su casa, y se me ocurrió inclusive invitarla a cenar.
Al principio no quería, pero luego aceptó con gusto. Con la comida nos fuimos tranquilizando los dos, y empezó a contarme historias y anécdotas de técnicos IBM.
La muchacha era encantadora. No sé si era igual que las otras, pero cuando empezó a soltar una serie de nombres de técnicos que habían sido «pasados por el aro» en SINGER, entonces me di cuenta de que, al día siguiente, posiblemente yo estaría también en esa lista, así que me frené a tiempo y quedamos amigos, pero de ahí no pasó la cosa.
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Esta otra historia también se divulgó más rápido que la luz.
Estaba yo en CARD BLANCHE arreglando un sistema, cuando vi a una perforista —que yo sabía que era la mujer del jefe de operadores en otro cliente— intentando cambiarle la cinta a una perforadora. Ya tenía todas las manos sucias y no lograba montarla.
Entonces me le acerqué y le dije que me dejara montar la cinta a mí.
Cuando yo intentaba desenrollar la cinta —pues la perforista prácticamente le había hecho nudos— y me había puesto las manos negras, ella estaba casi encima de mí para ver cómo yo arreglaba aquello y, como me hacía sombra, «sin querer» la aparté con mi mano, con tan mala suerte que ella llevaba un suéter blanco y yo le estampé mi mano, completamente embadurnada y negra de tinta, en toda un seno. ¡Y tengo que reconocer que era una señor seno!
No sé quién de los dos se puso más rojo, si ella o yo, pero en un instante todos empezaron a murmurar y, cuando levanté la vista, vi la huella de mi manaza estampada completa en todo el centro del precioso seno.
Aquello fue de risa para todo el mundo, pero no habían pasado 5 minutos cuando me llamaron por teléfono. Era su marido, preguntándome qué había ocurrido.
Lo tomó en broma, como lo que había sido, pero, por varios días, cuando yo iba a un cliente las perforistas me decían: «Si me vas a tocar una teta, primero ponte los guantes».
Se referían a unos guantes de plástico que suministraba IBM justo en los casos en que había que remplazar cintas o cosas que pudieran manchar.
¡Fue ésa fue una MANCHA que tardé bastante en poder limpiar!
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16-09-2003
Leonardo Masina
Pepsi-Cola, Sydney Ross, Avón y La Previsora
En general, los técnicos éramos todos bastante bromistas y, cuando podíamos, siempre intentábamos jugarle a un compañero alguna mala pasada.
Una vez fui a Los Cortijos de Lourdes, a la Pepsi-Cola, que tenía unas oficinas (exChrysler) preciosas, y en el hall había varias máquinas que expendían refrescos gratis.
Yo había ido a ayudar a un técnico, y éste, una vez terminada la tarea y como haciendo de dueño de casa, me invitó, todo orgulloso, a tomar un refresco.
Le dije que tenía que ir a otro cliente que estaba muy cerca —a Sydney Ross, siempre en Los Cortijos— porque allí había otro técnico con un problema. Como él no tenía nada que hacer, dijo que se acercaría allá también.
Al ratito de estar yo en el cliente llegó él. En eso pedí permiso para ir al baño; al minuto salí con un vaso en la mano, y al técnico que estaba en la Pepsi le dije: «¡Esto sí que es una buena limonada, no el refresco que me ofreciste tu allá!”.
Él, todo curioso, me preguntó dónde la había conseguido, y le dije que en el baño había un enfriador con un botellón encima, y que estaba buenísima.
A paso ligero se fue hacia el baño, y, a mi señal, los demás que estábamos allí lo seguimos, nos acercamos a la puerta del baño y, de repente, adentro se escuchó un rugido espeluznante seguido de una vulgaridad que casi no se pudo entender, ¡parecía un gallo cacareando! Afuera estábamos todos cuajados de la risa.
El tipo salió todo rojo y, con apenas un hilo de voz, parecido más a un gallo, dijo: «Coño, Leo, esto no es limonada, ¡es LISTERINE! ¿Dónde está el botellón de la limonada?».
El pobre, con la garganta quemada por el trago bestial de Listerine que se había echado, todavía no se había percatado de la broma.
Sydney Ross era un laboratorio farmacéutico que en su edificio tenía como una torreta con el símbolo de Cafenol y, entre otras cosas, distribuía Listerine.
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Otra de las bromas muy comunes que le hacían a los técnicos nuevos tenía lugar en AVÓN, donde prácticamente los bañaban con varias colonias que olían a demonio, y la mezcla a veces resultaba inaguantable, y cuando el técnico salía de AVÓN olía más a puta barata que a persona normal.
Más de un técnico tuvo problemas al volver a casa, ya que su mujer no se creía el cuento.
Recuerdo que una vez a uno no le gustó la broma, se arrechó bastante y le pusieron el apodo de «MAPURITE ARRECHO». A ése mismo, en otro cliente lo llamaban «DON LIMPIO», que era el nombre de un limpiador, porque la primera cosa que hacía al llegar a una instalación era pasar la aspiradora.
Otra instalación con historia era SINGER, en Boleíta. Tenía varias perforadoras, y las perforistas estaban todas a cual mejor. La jefa, muy famosa, se llamaba Milagros.
Cada vez que aparecía por allá un técnico nuevo, se le sentaba enfrente una perforista y empezaba a cruzarle las piernas y enseñarle «nombre y apellido». Creo que más de uno perdió su virginidad allí.
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En LA PREVISORA empezaron a incrementarse de pronto las llamadas al servicio técnico de IBM, y resultó que la mayoría eran falsas. Pero cada vez que para atenderlas mandaban a un par de técnicos específicos, siempre se resolvía el problema.
Para entender lo que podía estar pasando, en la oficina del jefe se montó un intercomunicador que permanecía siempre abierto y por él se escuchaba todo lo que decían las perforistas y, de paso, los comentarios y opiniones que ellas tenían acerca de cierto técnico de IBM.
Así supimos que las perforistas amigas de los dos técnicos antes mencionados utilizaban el sistema de llamadas para citarse con ellos.
Lo malo del invento del intercomunicador fue que se dejó instalado y siguió utilizándose para escuchar los comentarios entre las perforistas,…. y se volvió un instrumento peligroso porque salieron a relucir cosas que habría sido mejor no saber.
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17-09-2003
M. Alberto Gutiérrez
Sobre SINGER, OCAT, y el MOP
Yo recuerdo a Pepsi-Cola como OCAT.
Y las fallas de las perforadoras 026/029 en Singer se debían, con mucha frecuencia, a que las perforistas mejor dotadas de senos apoyaban éstos, sin darse cuenta, sobre la barra espaciadora del teclado, con lo cual se movían los campos.
Esto también sucedió en el MOP, pero aquí fue a propósito,… para que llegara Lalaguna a ver qué sucedía.
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18-09-2003
Antonio Lalaguna
“El brujo”, “El compadre”, y los enanos
Creo que “El Puty” está confundido, pues nunca atendí el MOP.
Pero sí recuerdo el cuento de la “falla de teta” que resolvió con un cojín “el brujo” Julio Cesar Viera, y que tuvo lugar en Identificación y Extranjería, o tal vez en otro sitio.
Parece que la chica perforista era enana y pechugona, y cada vez que se inclinaba para pasar la hoja de los documentos que estaba transcribiendo, con su seno derecho golpeaba la barra espaciadora y provocaba el error.
Otra falla memorable fue con “El compadre” Pedro Luis Desiderio.
Existía una chica verificadora tan superrápida que iba más deprisa que la máquina verificadora IBM-056 y lograba que ésta diera error donde no lo había. Eso fue un cementerio de técnicos hasta que “El compadre” llegó y se «levantó» a la susodicha. Hasta allí llegó la falla.
Otra actuación de “El compadre” fue en la OCEI, cuando ésta estaba en el edificio de la Cervecería Caracas.
Allí había una tabuladora IBM-421, y una tarde, cuando “El compadre” ya se retiraba, para hacer más fácil su vida le dijo a la señora que limpiaba: “Comadre, échele una lavaíta a la máquina, que yo se lo agradeceré”.
Y la señora, ni corta ni perezosa, le lanzó a la 421 varios tobos de agua y la enjabonó perfectamente, después de lo cual la máquina quedó bastante limpia pero no funcionaba.
Un cliente famosos era CUSA* (Computaciones Unión, S.A.), que tenía sus instalaciones en el edificio Centro Empresarial, de la Av. Universidad.
El arquitecto que construyó este edificio pensó instalar en ese local un cine o un anfiteatro, lo cual hizo que el piso real tuviera un desnivel que el piso falso corrigió, pero de forma tal que, en un extremo, el piso falso era 1,2 metros más alto que el piso real.
Un día, Fernando Ortas (Mr. Magoo), para arreglar algo se metió debajo del piso falso, y un chistoso colocó en su lugar la losa que Ortas había sacado para bajar, con lo cual quedó él atrapado allá abajo, y por un tiempo bastante largo.
Ya podrán imaginarse lo florido del lenguaje usado por nuestro personaje cada vez que intentaba salir y le pisaban la losa par que no pudiera hacerlo. Además del frío que estaba pasando, lo que más le dolía era que se sentía muy a gusto con su tamaño (pues hasta saltar podía), y las burlas del personal.
Siguiendo con CUSA, un día llegó el pana Lorenzo Centeno y se encontró al DP Mgr, Magoo, Cadillo (q.e.p.d.) y D’Angelo, el jefe de operadores, todos ellos con estatura promedio de 1,5 metros. Y a Centeno se le ocurrió preguntar por Blanca Nieves.
El vivo del DP Mgr preguntó que por qué, a lo cual contestó Centeno: “Porque aquí ya están los enanos”.
Inmediatamente el DP Mgr llamó a IBM para que sacaran a Centeno porque no lo quería más en CUSA.
(*) NotaCMP. Al momento de registrar CUSA (siglas que, como muy bien dice Lalaguna, corresponden a Computaciones Unión, Sociedad Anónima) se quiso, por conveniencia mercantil, darle la figura de compañía anónima, pero se desistió de hacerlo,…. por obvias razones «acrónimas».