13-09-10
Juan Fermín Dorta
Nunca supimos de alguna picardía de Don Fernando en esa área.
Sus pupilos, la media docena de aprendices italianitos que llegó a tener, y algunos vendedores que en un momento de debilidad alardeaban de esto o aquello, nunca lograron que Ferdinando participara en la conversación.
Hasta una vez, pues siempre hay una primera vez, y ésta fue la suya,… al menos en mi presencia.
Como él mismo mencionó, muchos mediodías ponía las fichas en el tablero —mejor el «cartonero», pues era de ese material— y arrancaban los mini-torneos de ajedrez mientras los mirones participaban bien opinando del juego o bien sobre los un mil y un temas.
Un día aparece el suscrito —ojos desorbitados, sudoroso— y exclama:
—No juegues, ¡lo que le termina de pasarle a un amigo!
Y continúa:
—Sabrán que este amigo, que tenía sospechas de una posible homo- —o, mejor dicho, muliere-sexualidad— de su mujer, ha aparecido de repente en su casa y la ha encontrado en la cama matrimonial en plena faena con el servicio. ¡Qué riñones!
Y de inmediato empiezan las opiniones entre los contertulios sobre qué hubieran hecho ellos. Yo opinaba que ese amigo las debió sacar a patadas de la casa.
Fernando, que no se aguanta, detiene el juego y, mirándome, exclama:
—¡Animal !Salvaje! Estos gallegos analfabetos sexuales. ¡No jo….bes!
—Y tú, ¿qué hubieras hecho?—, le pregunto.
—¡Bestia!, lo que hace un hombre normal—, me contesta y sigue. —Me quito el saco, me aflojo la corbata… ¡y suáquiti! me tiro en la cama a integrar el numerazo. ¡Gallego, analfabeto sexual!—, seguía diciéndome en un aparente ataque de hidrofobia—. Así están como están, ¡¡burros!!
Me quedo cortado, y lo único que se me ocurrió decirle fue:
—Coño, por lo menos quítate los zapatos,… ¡porque la colcha la compré en Margarita hace apenas 15 días!