[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hdez. y Castillo: En pleno siglo XX

EN PLENO SIGLO XX

                         A la memoria de la guerra europea.

El hombre en sus ensueños de egoísmo,
vive en continua guerra fratricida:
recíproca hecatombe de la vida,
que disfraza un fingido patriotismo.

Incógnito problema, negro abismo,
do al poderoso en lucha decidida,
sucumbe el débil en mortal caída,
imitando al antiguo barbarismo.

El derecho lo arrollan los cañones:
sentencia del temible tribunal
de la fuerza despótica y brutal,
imperante en las bárbaras naciones
que a la Tierra pretenden dominar.
¡Y esto es en siglo veinte el progresar!

[*IBM}– Del baúl de los recuerdos: Mi Entry Level Training (ELT) en 1968, y después / Juan Fermín Dorta

 06-09-10

Juan Fermín Dorta

Carlos M. Padrón, Juan Fermín Dorta, y Enrique Novella

Carlos, me han llegado algunos comentarios sobre el ELT —mucho cuidado, ¡eh!, siempre positivos—, sin importar quién y en qué época los dirigió, y me gustaría compartirlos con tus lectores.

Cuando entré en IBM me dieron el libro IBM. Sus creencias, el Manual de Ventas —dos libracos impresos en letra Pica 8—, unos folletos, un escritorio, una silla,… y en la nuca la mirada de mi profesor y amigo José Avendaño Araque.

En el aire estaba la promesa de asistir a un curso de dos meses en Cuernavaca (México), y así fue. Agustín Hernández, Luis Somoza, Ángel Fernández, Nelson Galante Gatto, y Juan Fermín Dorta fuimos enviados a México.

Antes de viajar nos había reunido Don José—otro personaje digno del Baúl de los Recuerdos que nos dijo: ¨Quiero que la presidencia del curso la gane un venezolano¨. Y así fue. Desplegué mis previos conocimientos de sistemas y procedimientos, de técnicas de presentaciones —eso por lo que a veces me dices que soy un encantador de serpientes — y, dale que te pego, me traje esa presidencia.

Hotel Reforma, en el D.F. de Ciudad de México, Casino de la Selva, en Cuernavaca, donde todas las tardes llenaban la piscina de flores,… y yo nadando espalda, estilo Esther Williams en “Escuela de Sirenas”, mientas tarareaba un vals. ¡Epa! Muy varoncito pero, como antiguo competidor de natación, malo con ganas, aunque nadador al fin, gozando aquellos momentos.

Luego la poderosa “chela” y a jugar bowling mientras llegaba la hora de la cena.

Esto sólo duró dos días porque luego nos internaron en la Villa IBM bajo un régimen monástico, ascético, recoleto, escaso de comida y de diversión, etc. Como dijo Messi hace unos días: “¡¡¡La concha de la Venus de Botticelli!!!».

Éste fue mi ELT.

Todos tenemos recuerdos en nuestras vidas —nuestra infancia, el colegio, las vacaciones de verano, el primer amor, etc.— pero este breve artículo da cuenta del principio de una emoción que duró más de una década.

Cuando en todos los cursos y talleres hablamos del sentido de pertenencia, de sudar la camiseta y otras expresiones similares, los amigos IBMistas estarán de acuerdo conmigo en que eso no es sino amor por una empresa que nos dio las mejores oportunidades, nos ayudó a crecer, reconoció nuestros logros y nos dio la segunda oportunidad cuando nuestro rumbo así la necesitó.

Gracias amigos, colegas IBMistas, un fuerte abrazo de Juan Fermín.

~~~

 Y sigo con los ELTs.

Cuando nos entrenaron en Endicott (NY) en el Centro de Educación IBM, recibimos varias enseñanzas.

Una de ellas era que nunca se faltara al respeto debido al individuo –un Principio IBM– y otra es que sin faltar a ese principio lo lleváramos a extremos tolerables pues “en el ELT habría una segunda oportunidad mientras que en el campo se podía perder una venta. Y así comienza nuestra historia.

Empieza uno de los cursos, y entre los alumnos está una delicada flor del jardín del rey Salomón. Blanca, estilizada, algo tímida parecía la niña. Como parte de la técnica era que todos participaran a través de dinámicas de grupo, pues que le llega el turno a la humilde florecilla.

Ante aquella Judith prepotente pidiendo la cabeza del Bautista, salió esta dulce criatura, mirada al suelo, como esclava presta al sacrificio. Los 5.752 años de persecuciones estaban representados en su actitud.

No puedo recordad qué tipo de call hicimos, cual fue el tema, qué situación dramatizamos, sólo sé que esa dulce niña aguantó la carga de la brigada ligera pero no pudo contener el llanto. Terminó este dramático call y todo quedó en anécdota.

Pasan los años —“que 20 años no es nada”, como dice el tango—  y un día,  entrando a IBM, la misma joven que me saluda y me dice:

—Profesor, no me va a creer, pero en la primera visita de mi primer cliente me salió la misma objeción que tratamos en el curso. Salí como una rosa. ¡Gracias, profe!

Y Alegría Levy me dio un tierno abrazo.

A los ELT de mi época asistían habitués: Carlos Padrón, por ejemplo, para aplicaciones financieras; Juan Llorens para Data Base, Symche Wacksol (El Dr. Robertson) para hablar de lo que fuera, que siempre quedaba bien, y así por el estilo.

Era gente profesional que iba a compartir sus conocimientos, pero a veces se hacían invitar algunos que, como no estaban a la altura ni en conocimientos ni en actitudes, no aportaban nada positivo. Bueno, ocurre en las mejores familias.

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Andrés Avelino de Orihuela

El licenciado en leyes, poeta de alto vuelo, periodista y escritor publico, Andrés Avelino de Orihuela, nació en la ciudad de Las Palmas y vino a Cuba muy joven, donde cultivo sus estudios con notable inteligencia y abnegación.

De ideas eminentemente liberales, fue proscripto a España hacia los años de 1842 a 1844 en unión de Francisco Orgaz, Bernal y otros.

Poco tiempo después de estar en Madrid, escribió, en unión de estos amigos y otros jóvenes republicanos, un libro de poesías titulado Los proscriptos y encarcelados que fue denunciado por el Gobierno, y brillantemente defendido por los nunca bien llorados jurisconsultos Jose Ordán de Avecilla y el general republicano Antonio del Riego y Riego, sobrino del inmortal general de este apellido.

Más tarde, Orihuela regresó a Cuba dedicándose a su profesión. Escribió en el periódico canario El Mencey en unión de Ignacio de Negrín, Fernán Pérez, La Pizarro, Sansón, Carrión y otros hijos de las Afortunadas. Pero los acontecimientos políticos de 1868, que sobrevinieron a Cuba, lo arrojaron por segunda vez a Europa.

Ya en Madrid, y llevado de sus sentimientos eminentemente democráticos, colocose desde luego al lado de Pi Margall y de su paisano Nicolás Estévanez hasta que, vencido el gobierno republicano, emigró a París, donde falleció, colaborando en los principales periódicos políticos y literarios de esa ciudad eminentemente ilustradísima.

[Col}– Quiroprácticos. Experiencia personal / Leonardo Masina

15-09-10

Caricat.Leo

Dicen que uno no ve las cosas hasta que le tocan muy de cerca.

Hace unos 31 años, cuando aún vivía yo en Caracas, justo antes de salir de viaje para Atlanta a un curso —viaje al que iba a llevarme a mi mujer, en estado de 4 meses, y a mis dos hijas de 2 años—, mi mujer quedó tan tocada de la columna que no podía ni moverse.

De inmediato el médico desaconsejó el viaje por cuanto se trataba de una luxación con pinzamiento en la columna en la zona lumbar y, posiblemente, habría hasta que operarla.

Ya resignado a ir solo ­­­­y más bien viendo la posibilidad de anular el ir a ese curso, pero en realidad preocupado por el estado en que estaba mi esposa que prácticamente no podía moverse, mi padre habló con un conocido suyo que era quiropráctico, un holandés que se llamaba Van der Hoven (o Hoeven) muy grande y con unas manos grandísimas.

Por la amistad con mi padre, el holandés atendió a mi esposa de inmediato. No tardó ni 15 minutos en la primera sesión, y mi esposa ya salió caminando y casi sin dolor. La volvió a atender al día siguiente por otros 15 minutos, y a los tres días otra vez, y le dijo que podía viajar tranquilamente y que, una vez que hubiese parido, sería bueno que volviese a una revisión.

Mi mujer quedó perfectamente, tanto fue así que ya nunca volvió a visitar al quiropráctico.

Hace unos 20 años, estando ya todos en Valencia (España), volvió a resentirse de la columna, y, estando mis hijas en el Colegio Americano, le pregunté al director si conocía algún quiropráctico aquí en Valencia. Como todo buen useño, en efecto, sí conocía a uno que nos recomendó.

A partir de esa fecha, mi mujer empezó a ir periódicamente, y ahora, aunque el quiropráctico no es el mismo, sigue yendo un par de veces al año y se encuentra de maravilla.

El lector se preguntará a qué viene todo esto. Aquí va la explicación.

Hace casi 9 años, a raíz de la muerte de mi hermano, me había ido a Italia a buscar a mi madre, ya que no me quedaba más familia y prefería que ella viniese a pasar el invierno aquí en Valencia. Justo el día antes de viajar para Valencia estaba yo esperando que una mujer aparcase, y, mientras ella hacía la maniobra, me distraje mirando una puerta medieval. La mujer, en lugar de poner la primera puso retroceso y aceleró, y con el parachoques trasero de su carro dio un fuertísimo golpe contra el frontal del mío, tomándome completamente desprevenido.

Al carro de ella se le encajó el maletero, y al mío sólo se le deformó el parachoques.

La mujer salió hecha una fiera, acusándome de haberle dado por detrás. Menos mal que su torpeza fue “admirada” por otros y me salvé.

Al día siguiente había una niebla de las que se cortan con cuchillo, y un viaje que tenía que durar unas 5 horas, terminó durando 17, con trasbordos de aviones y aeropuertos, cargado de bolsos como un burro, que es lo que uno es en realidad.

Cuando me levanté a la mañana siguiente, ya en casa, me dolían el brazo y la pierna izquierda. La cosa fue tan en aumento que el dolor se volvió insoportable hasta que me tuvo que ver un neurocirujano. El diagnóstico, adjunto a continuación, fue tremendo:

cervicales leo

Por supuesto, atiborramiento de antiinflamatorios y calmantes para el dolor. Y, una vez aliviado, la solución era operarse. Pero siendo la parte más afectada las cervicales, y teniendo ellas una probabilidad de resultado no tan seguro o efectivo como podría ser el de las dorsales o lumbares, la salida era seguir tomando medicamentos hasta que el dolor llegase a ser insoportable o tuviese yo dificultades para moverme. Realmente, una muy triste solución.

Le pregunté al neurocirujano qué pensaba de los quiroprácticos y me contestó que en las dorsales y lumbares les había visto hacer milagros, pero que con las cervicales él no se atrevería.

Seguí casi un año alternando entre un poco mejor y un poco peor, dependiendo del tiempo, del día, del clima, de la humedad, de cómo había dormido, etc. Sólo podía sentarme en un sillón pero no en un sofá o butaca. Ya ni podía conducir el carro porque la pierna izquierda no siempre reaccionaba como yo quería, y así, hasta que un día, acompañando a mi señora a una consulta de mantenimiento al quiropráctico, le comenté mi estado. Él, por supuesto, ya lo sabía y me veía, pero por discreción nunca quiso entrometerse.

Mi preocupación eran sobre todo las cervicales, pero fue tanta la seguridad que el quiropráctico me transmitió que decidí ponerme en sus manos.

Inicialmente fueron 3 veces la semana, para pasar a 2, luego a una, después cada 2 semanas, para pasar a 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 meses, que es lo que llevo haciendo ya desde hace algunos años.

Prácticamente, pasada una semana de haber empezado con él dejé los medicamentos, pues me encontraba bien y no sentía molestias, y ya son años que no los estoy tomando pero sigo puntualmente mis citas de mantenimiento.

De vez en cuando, si hago burradas ­—tengo 4 nietos y a veces cargándolos me olvido de que no puedo estar haciendo esfuerzos y movimientos inútiles— noto que se me está recargando la espalda. Voy al quiropráctico y después de una sesión de 15 minutos salgo como nuevo y listo por otros 6 meses.

Mi intención es transmitir mi experiencia personal y decir que, al menos en este caso, los medicamentos no son la cura; son sólo paliativos que atenúan la inflamación y el dolor, pero el mal sigue estando ahí.

Mi solución definitiva podría ser operarme, pero hasta que yo pueda mantenerme con un par de sesiones al año, creo que el quirófano va a tener que esperar por mí.

P.D. para lectores españoles

En España han proliferado los llamados “quiromasajistas”, personas que hacen un cursillo de tres meses y, supuestamente, ya están listas para la práctica.

Sin embargo, el quiropráctico al que voy es doctor en Medicina, con especialidad en traumatologías, y quiropráctico, disciplina que estudió por 6 años para poder llegar a lo que es. Cobra 35 € por sesión de 15 minutos, pero un quiromasajista está cobrando 30 € por 5 a 10 minutos.

No entiendo cómo pueden consentir esto, que para mí es estafa, ya que una mala manipulación puede hacer daño e incluso grave.

***

Carlos M. Padrón

Y dicen que "Cada quien cuenta de la feria según le fue en ella", y a mí no me fue nada bien con el quiropráctico holandés que curó a la mujer de Leonardo.

Tenía yo 34 años y se me presentó un tremendo dolor de espalda. Después de ir a varios médicos que no me solucionaron el problema, varios conocidos me recomendaron que fuera al holandés. Fui, me ordenó que me desvistiera quedándome sólo en interiores (calzoncillos), que me echara boca abajo en una camilla, y comenzó a masajearme la columna.

Cuando por fin me dijo que bajara de la camilla, a punto estuve de caer al suelo por el dolor que me dio en la espalda. Entonces el tipo, con cara de frustración, me dijo que, una vez al día llenara de agua caliente una bañera, le echara sal de higueras y me metiera en la bañera hasta que el agua se enfriara.

Escéptico, y aún bajo los efectos del dolor de espalda que apenas me dejaba caminar, miré al holandés y le dije:

—¿Y usted cree que algo físico, como es la causa de mi dolor, se va a curar con esos baños?

El tipo, que ya estaba molesto porque sus masajes habían empeorada mi dolor en vez de aliviarlo, montó en cólera, enrojeció, abrió y alzó sus brazos crispando aquellas enormes manos, y a gritos me pidió que me fuera porque que él no trataba a quien no creyera en las bondades de sus consejos.

Ese día entendí cuán indefenso se siente un hombre en calzoncillos.

Como poco después tuve que viajar a Florida, en Miami me vio un quiropráctico que me hizo una radiografía de columna que mine más de un metro de largo pero que renunció a mi caso porque, al igual que con el holandés, después de sus masajes quedé peor que antes.

De vuelta en Caracas fui a otro quiropráctico, quien, después de cinco sesiones diarias, de lunes a viernes, me dijo que no volviera más porque él no entendía por qué cada día me ponía las vértebras en su lugar y al día siguiente estaban salidas de nuevo.

Por fin, un tal Dr. Abadía (¿o Abadí?), de la Clínica La Floresta (Caracas), dio con la causa de mi dolor de espalda: tengo sacralizada la cuarta vértebra lumbar; algo de nacimiento. Mientras fui joven y tuve buenos músculos, éstos la mantuvieron en su lugar, pero en cuanto los músculos se debilitaron, cualquier movimiento inadecuado me causaría dolor de espalda.

Me explicó qué movimientos debería yo evitar a toda costa, y me dio una guía de ejercicios que debería yo hacer cuando me diera de nuevo ese dolor. Debía probar con todos y quedarme con los que dieran resultado.

Así lo hice. Mantengo la guía en mi mesa de noche y la llevo cuando viajo, y la prevención y esa guía han sido mi remedio contra algo que es fulminante, pues una de las veces que me dio fue por levantar dos galones de pintura, que estaban sobre el mostrador de una ferretería, uno con cada mano, y no haberme parado totalmente de frente al mostrador y con ambos pies apoyados en el suelo, sino que levanté los galones teniendo mi cuerpo ladeado y un pie en el aire.

El resultado de esa imprudencia me hizo recordar aquel programa de TV —creo que se llamaba "La muñequita viviente" o algo así— en el que si a la protagonista se le sacaba una especie de tapón, se desplomaba inerme. Igual me ocurrió a mí ese día.

[*IBM}– Del baúl de los recuerdos: Lo que JF no contó sobre sus andanzas en Acapulco

Carlos M. Padrón

El suceso contado por JF (Juan Fermín Dorta) en su escrito Anécdotas y personajes de IBM: Fetichismo y El Manny, ocurrido en mayo de 1973, tuvo una segunda parte que él no contó, y que, con el debido permiso escrito que JF me concedió, voy a contar yo, como testigo de excepción, porque la natural timidez suya no le permite hacerlo.

Al día siguiente del «desamarrado de las botas», y durante la cena oficial del HPC que celebrábamos en el Hotel Princess de Acapulco, en la misma mesa estábamos JF, Julián Mejías, Ramón Sitja, Antonio Parra, Tiziano Dalsass y yo.

Alguien corrió la voz de que el Hotel Princess había sido inaugurado con esa convención del HPC de IBM de América Latina, y que en ese momento, y por obra y gracia de los sindicatos, el personal de servicio del hotel era de unas 1.500 personas, cifra que superaba a la de los huéspedes.

Por ejemplo, eran tantos los camareros que en vez de que de la cocina salieran de uno en uno portando el plato a poner frente al comensal, lo que salían eran filas de camareros que, como enormes mangueras humanas serpenteaban entre las mesas, se pasaban de mano en mano el plato recibido en la cocina por el camarero más cercano a ella, y así llegaba a las manos del último camarero en la fila, quien lo depositaba frente al comensal correspondiente.

Intrigado, pregunté dónde vivían esas personas de servicio, pues de seguro no era en las lujosas mansiones que había yo visto en mis recorridos por Acapulco.

Alguien me contestó pidiéndome que mirara hacia el cerro que daba cobijo a la ciudad, y diciéndome que esa gente vivía en la otra vertiente del cerro, en la que no veíamos desde Acapulco, donde también estaba la llamada Zona Roja.

Y a mi pregunta sobre la tal Zona Roja comenzaron las bromas sobre lo ocurrido la noche anterior —y ya contado por JF—, lo que me llevó a hacer más preguntas todavía.

Ante esto, Antonio Parra me dijo que habida cuenta de mi declarado interés por todo lo psicosocial, era seguro que me interesaría mucho una visita a esa zona.

La idea tuvo buena acogida, y varios de nosotros acordamos ir hasta allá después de la cena.

Y así fue. Julián Mejías, JF, Antonio Parra, Tiziano Dalsass y yo tomamos un taxi, y aún recuerdo la cara de estupor del chofer cuando le dijimos a donde debía llevarnos. Frunciendo el ceño preguntó «¿Saben ustedes cómo es ese lugar?». Pero ante la respuesta de que ya varios de los del grupo habían estado allí, se encogió de hombros y puso rumbo al otro lado del cerro.

Nos dejó a la entrada de la Zona Roja: una especie de callejón bastante inclinado que partía desde la cresta del cerro hacia una planicie situada unos 60 metros más abajo.

Custodiando esa entrada estaba la Guardia Nacional que nos encareció que tuviéramos mucho cuidado, en particular de no participar en altercados de ningún tipo.

Comenzamos el descenso por aquel callejón de suelo de tierra, sin nada de asfalto ni empedrado, a cuyos bordes, y pegadas a unas deterioradas aceras junto a las que corrían aguas negras, había casuchas de muy mal ver.

En la puerta de las más de esas casuchas, unas mujeres, ya bien entradas en años, se exhibían sentadas en sillas con respaldo recostado en ángulo contra la pared, con sus piernas abiertas, dejando ver unas prendas íntimas que pedían a gritos que las lavaran, y haciendo señas explícitas hacia sus genitales a guisa de invitación para los que pasaban frente a ellas.

Fuimos directamente hacia el local del numerito de JF la noche anterior, local en cuyo exterior unos altavoces proclamaban las maravillas del show que se presentaba en el interior.

En la puerta del local se anunciaba que el plato fuerte del tal show estaba a cargo de una tal Sexy Bon, y ponían una foto de cuerpo entero de la que resultó ser la maracucha a la que JF había desamarrado las botas la noche anterior.

Entramos y nos sentamos en lados diferentes del «ruedo»: una plataforma rectangular ligeramente elevada instalada en el centro del local.

A mitad del lado derecho de esa plataforma, según se la veía al entrar, se sentaron Parra y Dalsass; y a mitad del lado izquierdo los demás, en este orden por cercanía a la puerta principal: Carlos M. Padrón, Julián Mejías y JF.

Tal vez porque había muy poco público, la «maestra de ceremonias» y animadora, una venerable abuela que desde hacía años servía como eficaz cura contra la lujuria, echó mano de un micrófono y comenzó a enumerar las bondades del show que pronto veríamos.

Minutos después salieron al «ruedo» unas mujeres de aspecto deprimente que por sus condiciones físicas, aunque no todavía por edad, estaban ya cerca de emular a la animadora, lo cual arrancó protestas de los asistentes que pidieron que saliera Sexy Bon.

Tal vez porque el cliente siempre tiene la razón, la animadora hizo salir a Sexy Bon, que no pudo evitar una pícara sonrisa cuando su mirada de paneo descubrió a JF entre el público. JF le lanzó un beso volado que fue premiado por otra sonrisa cargada de promesas, y la maracucha se enfrascó en su número de cuasi striptease.

Terminado éste, se retiró de la plataforma y muy pronto apareció, ya casi vestida, ocupó la silla que estaba después de JF y junto a él y, sin más preámbulos, los dos se enclincharon en un apretado abrazo rematado por interminables y profundos besos de tornillo.

Ante los vítores y silbidos del público salió al ruedo la animadora y prometió nuevas y más lindas muchachas, que me parecieron peores que las primeras, pero la pareja de tórtolos seguía absorta en sus tareas de «atornillamiento» mientras Mejías, al verlos, se orinaba de la risa.

Entre uno y otro «tornillo» —perdón, beso— JF medio volteó su cabeza hacia atrás, pasó su brazo derecho por sobre los hombros de Mejías, y tocando mi hombro izquierdo con la punta de sus dedos, con acento suplicante me dijo:

—Charlie, Charlie, ¡no me dejes aquí! ¡¡No te vayas sin mí!!

Y acto seguido retornó a su labor compartida con Sexy Bon.

Tan bizarra petición causó que la risa de Mejías se tornara en abierta carcajada, que aumentó cuando yo, entre asombrado y molesto, le dije:

—¿¡Y por qué carajo me pide eso a mí y no a ti que estás más cerca de él!?

A poco de volver a interesarme por la lamentable condición de los jamelgos que desfilaban —mientras me preguntaba cómo serían las vidas de aquellos pobres seres—, JF repitió la maniobra, con el mismo gesto y las mismas palabras, y así lo hizo unas dos veces más.

Las protestas del público por la deplorable condición de las mujeres en escena causó un cierto revuelo que obligó a la animadora a salir al ruedo e intentar algo desesperado: micrófono en ristre anunció que las mujeres regresarían totalmente vestidas y dispuestas a bailar con nosotros.

Ante los abucheos de los asistentes ante tal anuncio, la  desconsolada animadora declaró que sería ella quien tomara la iniciativa de baile y, ni corta ni perezosa, se dirigió a Parra y a Dalsass y con su mano derecha hizo gesto de querer sacarlos a bailar.

Al unísono, los dos saltaron de sus sillas como movidos por un resorte, y cuando la animadora dio un paso adelante como queriendo escoger a uno, también los dos arrancaron en carrera abierta hacia la puerta de salida.

Tal vez por aquello de que el rechazo a una mujer nunca queda impune por parte de ésta, la ofendida vieja arpía acercó el micrófono a su boca y a todo pulmón gritó:

—¡Ajá! ¡¡Me salieron maricones¡¡ ¡¡¡No huyan, no huyan maricones!!!

Nunca olvidaré cómo la melena modelo Sonny Bono que lucía Dalsass, y que era su rasgo físico más destacado, se agitaba alterada mientras su dueño iba en loca carrera hacia la puerta de salida del local.

Ante lo dicho a gritos por la ofendida animadora, Parra y Dalsass frenaron en seco su carrera y, al igual que en las películas de dibujos animados, la inercia les hizo patinar hasta que la puerta de salida, que estaba cerrada, logró detenerlos.

Pero no se atrevieron a salir porque era seguro que los insultantes gritos proferidos por megafonía, que bien pudieron escucharse desde afuera sin necesidad de ese recurso, habían congregado a varios transeúntes frente a la puerta del local curiosos por saber quiénes eran los así «piropeados» por la iracunda arpía.

Los dos, aún asustados, optaron por quedarse pegados a la puerta, que era lo más alejados que podían estar de la ahora enardecida animadora, y JF y Sexy Bon, pasado el momento de la cabalgata de Parra y Dalsass —si es que repararon en ella—, volvieron a sus labores de «carpintería»,… y JF a su extraña petición de que no me fuera sin él.

Como ni a Mejías ni a mí nos pareció bien dejar a Parra y a Dalsass en la condición en que estaban, decidimos dar por terminada la visita a aquel «refinado» Moulin Rouge. Me levanté, con un golpe en el hombro pude desatornillar a JF, y le dije que nos íbamos.

Él, visiblemente decepcionado —no supe si con lágrimas o no—, pegó un último, prolongado, y apasionado «tornillo», de larga espiga y pasado de rosca, y nos acompañó a la salida.

Nunca JF me ha dicho por qué me pidió a mí y no a Mejías que no lo dejara abandonado en los brazos de Sexy Bon.

Tendré que seguir viviendo, como he vivido hasta hoy, con esa dolorosa intriga.

[*ElPaso}– «Espejo de la Vida» / Poesías de Pedro Martín Hdez. y Castillo: A la Luna

A LA LUNA

Cuando en la noche triste y silenciosa,
tras los lejanos mares de Levante,
asomas mayestática y radiante,
te llamo reina de la esfera umbrosa.

Entonces me pareces una diosa,
con un diáfano tul de luz brillante:
una ninfa de idílico semblante,
que en la azulina bóveda reposa.

Mas, con estar tan próxima a la Tierra,
y ser de este planeta compañera,
jamás sabrán los hombres lo que encierra,
en el espacio, tu esplendente esfera;
pues aunque sueñen hasta ti subir,
¡en la Tierra, cual siempre, han de morir!

[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Gabriel y Tomás, ambos apellidados ‘de Cubas y Fernández’

Gabriel de Cubas y Fernández

El doctor en medicina, Gabriel de Cubas y Fernández, nació en la villa de San Sebastián de La Gomera, de las primeras familias del país por su posición social y honrosísimos antecedentes.

Fue nombrado diputado a cortes por La Habana en las elecciones generales. Como orador parlamentario, distinguiose siempre en el Congreso a favor de los derechos de Cuba, conforme a su criterio político, sin presunción ni odios personales.

Estaba afiliado de buena fe al partido Unión Constitucional, pero fue a las Cortes con carácter de diputado independiente.

Falleció en Madrid desempeñando su elevado cargo.

Tomás de Cuba y Fernández

Ingeniero civil, hermano del anterior, fue muy querido y respetado de cuantos tuvieron la honra de tratarle.

Falleció muy joven en Sagua la Grande, a consecuencia de graves dolencias adquiridas en el desempeño de su noble profesión.

[*IBM}– Anécdotas y personajes: Fetichismo y El Manny / Juan Fermín Dorta

15-09-10

Juan Fermín Dorta

Acto 1.- Fetichismo

Estábamos disfrutando de HPC en Acapulco, y alguien nos dijo que arriba, en la otra vertiente del cerro que da cobijo a la ciudad, había acción.

Aguerridos al fin, allí nos encaminamos. Entramos en el antro menos tétrico y, después de pedir un trago, comenzó la acción.

Varios números picantes hasta que aparece la estrella: una mujer joven, de unos 1.75, hecha a mano, perfecta, que comienza un espectacular deshabillé. Y llega el momento en que queda en breve, brevísimo, hilo dental, botas negras a media pantorrilla, etc.

En primera fila estábamos varios de IBM: Fritz y Franz —también conocidos como los Hermanos Pinzones, que con el tiempo demostraron que de «nuevones» no tenían nada—, el suscrito, etc., y el inefable y nunca bien ponderado Manuel Gutiérrez, @ El Manny.

(El Manny)

La tipa dice:

¡Esos venezolanos! ¿Será que alguno me va a quitar las botas?

Nos vemos las caras unos a otros y, a falta de valientes, me levanto y voy hacia ella que me susurra:

Soy maracucha.

Me arrodillo ante aquel hembrón y comienzo, con la lentitud de un antiguo rito, a aflojarle el cordón de las botas.

Los Pinzones —y no eran los únicos— resoplaban cono ñus en celo.

Pero sigo en mi delicada labor: desabrocho, quito y pongo, recuerdo,… la bota izquierda. Nos damos un besito y chau.

Cuando llego a la silla, los lobos esteparios que me asaltan: «¿Qué sentiste ? ¿Cómo estaba?».

Ahora recuerdo que Pepe Luis (qepd) exclamó: «JotaEfe es fetichista», y esa afirmación corrió por nuestra delegación.

 

Acto 2.- Confirmación

En el vuelo Acapulco-Miami comenté que al llegar a Miami iría a Florshein a comprarme unos botines en negro y marrón. Y la fama siguió.

 

Acto 3.- Ratificación

Y compré los botines. Muy discretos: tacón escasamente de 2 cm, muy cómodos, y que me evitarían torceduras de tobillo, y comencé a usarlos,

Uno de esos mediodías ajedrecísticos en las oficinas de Capriles de IBM e Venezuela comento que mi mujer me ayudaba a ponerme los botines porque, si era por mí, yo empezaba a subir y bajar el cierre y a acariciarlos, y llegaría tarde al trabajo.

 

Acto 4. Grand finale

Pasan los años y debo dar un curso en Costa Rica. El lunes me aparezco en el sitio, y ¿quién estaba en el curso?: El MANNY.

Me da tremendo abrazo, e inclinándose sobre sus pies me dice:

JotaEfe, supe que eras el instructor y en tu honor me emboté.

Efectivamente, tenía poderosas botas tejanas, a lo Vicente Fox Quesada: cuero de caimán y punta de bruñido bronce.

Comienza el curso y El Manny que movía las bototas y me picaba los ojillos. Siguen los movimientos, y en el coffe-break me dice:

Coño, ¡me están matando estas botas!

Para hacerles el cuento corto, al terminar el curso tuve que pasarle mi brazo por su cintura, y él el suyo por mi hombro, y a trompicones lo dejé en su carro, pues no podía caminar. Los pies me echan fuego», me decía.

Y ésta fue la última vez que vi a El Manny.

Espero darle un abrazo pronto y QUE RECUERDE QUE COMO ÉL FUE PARTE DE LA FAMITA DE  FETICHISTAS, SI NO ES CON BOTAS NO LO ABRAZO.

Un recuerdo al Manny.