[Col}– Mi abuela Lola / Estela Hernández Rodríguez

27-05-2009

DEDICO A “EL PASO” ESTA BREVE HISTORIA

Estela Hernández Rodríguez

La emigración ha dejado huellas en aquéllos que una vez emprendieron otra vida sin saber lo que les depararía el destino. Quizás la desesperación de encontrar un futuro mejor llevaba a muchos de los emigrantes a dejar lo que nunca olvidaron: su terruño, a pesar de haber encontrado en esta isla de Cuba un lugar que con amor les ofreció.

Muchos años han pasado por estas personas que relatan sus vidas convertidas en historias, y con ellos la añoranza de sus Islas.

Quizás si económicamente les hubiera ido bien la vida, sin miserias ni calamidades, nunca habrían abandonado las Islas Canarias; o si una guerra cruel no les hubiera impuesto sus leyes hasta llevarlos a un servicio militar de maltratos y de agonía.

No había otra solución, la emigración era la única que tenían a la mano, y muy pocos países les negaron asilo; Cuba se los concedió. Aquí llegaron y se asentaron. Hicieron sus vidas, formaron sus familias, siguieron sus costumbres y dieron lo mejor de sí en el trabajo.

El campo fue uno de los mayores testigos, en las hojas verdes del tabaco y la tierra fértil que los ayudó en esa tarea. Allí también se oyeron sus cantos convertidos en poesías. Con ellos sembraron la semilla de la décima que, traída desde sus Islas, la legaron hasta nuestros días.

Para los emigrantes Canarios hablar de su historia es como volver a revivir el momento. Para ellos es una necesidad y, sobre todo, lo es hacer saber con ello que quieren a su terruño, y que no porque lo abandonaron dejan de ser isleños.

Por ello es tan significativo escribir sobre esas Islas, que éstas no se queden por dentro de sus corazones para que todos sepan cómo le fue la vida y cuánto se sufre cuando uno deja su tierra querida.

Contar esos momentos es entrar en el pensamiento añejo de las mentes de cada uno de estos isleños y de sus descendientes, no importa de qué islas sean. Es como si hubieran dormido por largos años, pero despiertos, de ahí que podrían catalogarse estas historias como Sueños de Emigrantes, título de mi libro aún no editado. De éste, les cuento estas breves vivencias de El Paso, donde nacieron mis abuelos.

La autora, Estela Hernández Rodríguez (La Habana, Cuba)

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MI ABUELA LOLA

Los isleños legaron a sus descendientes sus costumbres, las que han trasladado de generación en generación.

Es así cómo aprendí de mi abuela esas tradiciones y pude conocer algunas de sus anécdotas, pues ella, aunque añoraba su tierra, siempre se mantenía callada: Sólo sus expresiones, sus cantos, denunciaban algún pensamiento hacia su nativa isla.

De cómo era mi abuela canaria

Mi abuela era una abuela como todas las que son buenas y quieren a sus nietos. Una posible diferencia de las demás es que ella era oriunda de las Islas Canarias y, concretamente, de El Paso.

Sus padres, fueron Don Laureano Arocha, del pueblo de Tías (Lanzarote), y Doña Basilisa Alonso Rodríguez, de El Paso. Podría haber otras mujeres del mismo lugar pero no posiblemente que respondan al nombre de Dolores Arocha Alonso (Lola), como así se apodaba, y que llegaran a Cuba en el año 1910 en el vapor “California”.

Sobre esa travesía nos contó mi abuela un día, a mi hermana y a mí, sentadas las tres en aquel parque del pueblo donde vivíamos en la provincia de La Habana. Salíamos de la iglesia, como todos los domingos en que religiosamente asistíamos a la santa misa, y no sé por qué salieron a relucir esas Islas, y así comenzó mi abuela su narración.

Contaba que durante el viaje tenía los malestares e inconvenientes de ese momento para un emigrante, y más en aquellos tiempos en que no existían las tecnologías en lo que a transporte marítimo se refiere.

En aquel entonces abuela Lola contaba con 16 años y en ese instante, con ojos pensativos y de añoranza, nos dijo que aquel día sintió que la embargaba una tristeza muy grande, pues había dejado su patria, Canarias, por las circunstancias económicas en que se encontraba su familia, la cual constaba de sus padres y tres hermanas, María, Efigenia y Áurea. No teníamos otra alternativa —decía— y por eso buscamos otros horizontes.

Cuba fue uno de los países que abrió sus puertas a los emigrantes Canarios, razón por la que existo y por la que ella pudo contar algunas de sus vivencias de allá y de ésta, su segunda patria.

Contaba abuela Lola que,

—Yo venía en el barco muy pensativa y con muchos deseos de llorar, aunque con la esperanza de encontrar un camino mejor, lo cual daba un poco de alivio a mi pesar. De pronto quise dejar de lado los pensamientos y las conversaciones de familia y amigos que demostraban tanto la añoranza como los deseos de tocar la tierra cubana para iniciar una nueva vida que pudiera traer un poco más de alegría a nuestros corazones.

Pues fíjate lo que trae la vida. La mar estaba tranquila y el sol irradiaba sus rayos con alegría, como para contagiarnos y tranquilizarnos; a pesar de todo era un día muy bonito. Subí yo por una de las escalerillas del barco, hasta a la proa, y entonces fue cuando comencé a gritar de miedo porque vi a un hombre, negro como el azabache, vestido con una bata blanca, tan blanca como su pelo y su barba.

Cual sería mi sorpresa que casi me desmayo del susto. Pensé que pudiera haber sido una visión, pero no, era un hombre de carne y hueso que venía del África y fue precisamente allí donde, por primera vez, vi a un hombre africano. Cosas que tiene la vida.

Abuela contaba, y para mí su relato no pasaba de ser curioso. Pero cuando crecí y conocí un poco más de Geografía pensaba en él y me preguntaba entonces por qué si las Canarias están tan cerca de África, cómo era que mi abuela no sabía de las características de los africanos ni del color de su piel.

—Para mí, ése fue el momento más difícil que pasé durante el viaje a Cuba—, dijo abuela Lola.

Tanto va el cántaro a la fuente

Pues sí, abuela siguió contando y la conversación la llevó a la ciudad de El Paso, donde nació. Allí —decía— no todo era malo a pesar de las vicisitudes existentes y de la escasez. Había un lugar muy bonito que los habitantes de esa región tenían por necesidad que visitar a menudo: La Fuente del Pino. Era la zona que de forma natural les suministraba agua, el preciado líquido que salía de sus manantiales limpio y transparente.

—Allí nos reuníamos los muchachos, los que además de rellenar los porrones y cántaros, jugábamos y hacíamos la rueda con cantos y bailes. Un día, de pronto comenzó a llover y uno de los muchachos, huyéndole al agua y a las gotas que golpeaban ligeramente su cara y cuerpo, tropezó con ella y le rompió el recipiente. Sebastián, que así se llamaba el muchacho, se puso rojo como un tomate y no sabía cuántas disculpas iba a pedir por haber cometido tal acción.

Luego me contó abuela que días después ella y Sebastián volvieron a encontrarse en el mismo lugar, y en ese momento abuela tuvo que correr mucho, esta vez no por la lluvia sino por unos chicos que le cortaron el paso tirándole piedras, y sobre ello reiteró:

—Imagínense ustedes qué iba a hacer yo, no podía hacer nada. Pero en ese momento apareció, como ángel de la guarda, Sebastián, y gracias a él pude evadir el mal comportamiento de aquellos pilluelos.

Quién iba a decir que luego, al transcurrir de los años, aquel niño llamado Sebastián Rodríguez Sicilia, también de El Paso, se encontraría con mi abuela Lola en Cuba y los dos se casarían y tendrían una hija llamada Graciela, que fue mi madre.

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