[*FP}– Neblina (2/7): Dos víctimas más

Carlos M. Padrón

Un hotel “tranquilo y bueno”

Víctima: Leonardo M.

A Neblina no había que pedirle que te organizara nada, y menos con tiempo, porque te armaba unos líos tremendos, pero si lo llamabas y le decías: «Tengo que salir ya para….», su respuesta era siempre: «Camino al aeropuerto, pasa por aquí a recoger el billete».

Una vez me armó una buena.

Resulta que por una emergencia en Santo Domingo tenía yo que salir de urgencia. El primer vuelo que Neblina me consiguió era esa misma noche, y con escala en Puerto Rico para pasar allí la noche y, a las 07:30 de la mañana siguiente, tomar otro vuelo de San Juan a Santo Domingo. Todo organizado, billetes y hotel. Cuando fui a recoger la documentación, Neblina me dijo: «Parece que en San Juan hay alguna convención y el hotel no es de los recomendados por IBM, pero tranquilo que es un buen hotel».

El vuelo, que tenía que salir en la tarde desde Maiquetía, salió con bastante retraso, así que llegué a San Juan como a las 2 de la madrugada. Salí del aeropuerto, tomé un taxi y le dije al taxista que me llevara al hotel, del cual le di nombre y dirección. Me pareció raro que el taxista me preguntara si yo estaba seguro de que quería ir a ese hotel, pero al final me llevó y me dejó en un sitio un poco apartado. El hotel no era muy grande; había mucha gente pero no le hice mucho caso ya que mi preocupación era que tenía que madrugar para estar a las 6:00am en el aeropuerto.

La habitación no tenia nada de especial. Muchos espejos y luces raras, pero como a mí lo que me importaba era dormir, no le di mayor importancia a esos detalles.

No llevaba ni media hora acostado cuando me tocaron a la puerta y dijeron: «¡Es la hora!». Me senté en la cama en un sobresalto, despierto totalmente, miré el reloj y vi que eran las 3:00am. Abrí la puerta, noté que en el pasillo había mucha gente, una cantidad inusual para esa hora, pero no vi al que me había despertado.

Volví a la cama y volví a dormirme, y de nuevo me tocaron a la puerta y una voz dijo: «¡Es la media!». Miré el reloj y eran las 3:30am. Me levanté, corrí hasta la puerta y la abrí, pero allí no había nadie.

Ya la cosa me estaba tocando las narices, así que me mantuve despierto, y justo a las 4:00am estaba yo, alerta, pegado detrás de la puerta. Apenas oí que tocaron en ella la abrí, sorprendí al hdp que se la pasaba en eso, y le dije de todo.

Cuando, después de mi sorpresivo ataque verbal, el tipo pudo hablar, me dijo: «Perdone, señor, pero es que esto es un burdel, y tengo que hacer la ronda y avisar cada media hora». Le dije que yo estaba solo, que lo que necesitaba era dormir, que me dejara tranquilo y que, por favor, que a las 5:30am sí me despertara de verdad.

A la mañana siguiente me di cuenta de que aquello de hotel no tenía nada: era una vulgar casa de citas que en el cajón de la mesilla de noche tenía, en lugar de la Biblia, preservativos. En el hall quedaba alguna que otra mujer que se ve que no había hecho todavía su cuota, pero, cuando al regreso le hice a Neblina el consiguiente reclamo, su respuesta fue: «Pero al final dormiste, ¿no?»

Por contar de Neblina tendría muchas otras historias de horror, como no tener reservado carro en el aeropuerto al que yo llegaba, o tenerlo reservado en otro aeropuerto diferente; haberme emitido billetes para conexión con vuelos inexistentes; darme conexiones de enlace de dos horas de espera entre NY-Kennedy y Newark (NJ),… aeropuertos que quedan bastante cerca el uno del otro, prácticamente “a la vuelta de la esquina”, etc.

Cada vez que uno iniciaba un viaje preparado por Neblina nunca sabía qué sorpresa podía esperar.

***

Pasajes por partida doble

Víctima: A. López.

Allá por julio de 1987, a última hora —como siempre— de un jueves en la noche decidieron en IBM que el domingo a más tardar debía estar yo en Acapulco asistiendo y dándole soporte a IBM de México en la Convención de Canales de Comercialización de aquel año.

Por supuesto, al día siguiente caí en manos de Neblina, porque así lo dispusieron arriba, para que él arreglara todo lo concerniente a mi viaje —el cual sería el sábado a las 06:30am con Aeropostal vía Ciudad de México con trasbordo para Acapulco— en compañía de un vendedor de Canales cuyo nombre no recuerdo en este momento.

Tarde, como siempre, a eso de las 10:00pm (22:00) del día viernes nos entregó Neblina los dos pasajes y las dos tarjetas de entrada a México, y a esa hora salí yo para mi casa a hacer las maletas y descansar un poco, ya que teníamos que estar en el aeropuerto, como muy tarde, entre las 04:30 y 05:00am, o sea, de la madrugada. Así que quedé con mi compañero de viaje en encontrarnos a esa hora en el aeropuerto, y en que yo llevaría los pasajes y papeles de viaje de ambos.

El sábado a las 05:00 de la mañana llegué al counter de Aeropostal y allí estaba ya mi compañero de viaje, de primero en la cola para cuando abrieran. Como a los 15 minutos abrieron las operaciones y procedimos al chequeo de pasajes y pasaportes. Yo entregué la documentación, y apenas mirarla el empleado me dijo:

—Sr. López, discúlpeme pero éste no es su pasaje ya que tiene otro nombre.

—¡Oh, sorpresa!—, me digo para mis adentros. Y al del counter le dije:

—Lo que pasa es que los billetes de pasaje están intercambiados con mi compañero de viaje.

—Perdón, Sr. López, pero el boleto de su compañero está correcto

—¡¡¡¿Cóooomo?!!!—, exclamé con cara de tonto y asombro.

Pues sí, resultó que el Sr. Neblina había elaborado los dos pasajes a nombre de mi compañero.

A esa hora, y así de repente, uno no sabe cómo reaccionar: si matar al del counter, a Neblina o a otra persona,…

Al calmarme y caer en cuenta de que las únicas opciones eran comprar un boleto nuevo o quedarme en tierra, por supuesto, decidí comprar, con mi tarjeta de crédito, un boleto nuevo para así poder viajar. Lo malo de esto era que en cada ciudad que fuera yo tocando debía hacer lo mismo.

Pero así tuve que hacerlo a pesar de todos los inconvenientes que ello me acarreó ya que, al no tener cupo confirmado, resultaba un poco difícil conseguirlo en los vuelos pautados. Pero lo logré y pude asistir a la reunión.

Lo bueno fue al regreso, ya que, estando ya hasta el gorro de Neblina y de todos los desastres e inconvenientes que le hacia pasar a uno, expuse oficialmente mi queja, y hasta demostré que el total de los boletos comprados por mi persona era casi 50 dólares menos que lo facturado por Neblina. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando me informaron que el culpable había sido yo porque no procedí a la revisión de los boletos. ¿Qué tal?.

Fue tal la arrechera (cabreo) que cogí que desde aquel momento nunca mas permití que un viaje mío fuera tramitado por Neblina.

***

Hasta aquí, cuatro relatos de muestra que otros IBMistas me han enviado sobre las “gratas” experiencias que viajar con Neblina les deparó.

En las próximas entregas, los relatos de mis propias experiencias en viajes “organizados” por ese individuo quien, además de las mañas ya citadas, tenía la de inventarse un localizador, que tranquilamente dictaba por teléfono a un viajero escaso de tiempo, o escribía de su puño y letra en el billete aéreo, frente al viajero y mientras simulaba una llamada telefónica a la línea aérea correspondiente, todo con tal de convencer a sus confiados clientes de que sí tenían una reserva de vuelo u hotel que Neblina, por supuesto, nunca había hecho.

[*Opino}– ¡Todos funcionarios! / Francisco Cabrillo

Carlos M. Padrón

Mientras trabajé en España hice contacto con un consultor que era —no sé si motu proprio o por imposición de la compañía en la que militó antes de entrar en IBM, donde lo conocí—, un estudioso del tema de la idiosincrasia del español.

En una de sus presentaciones más solicitadas decía que España era un «gran funcionariato», donde incluso los que ejercían una profesión liberal —como médicos, abogados, etc.—, creaban suspicacias porque las más de las veces abrazaron esa profesión no porque tuvieran una vocación por ella sino para heredar la cartera de clientes/pacientes de su padre/madre e ir sobre seguro.

A partir del día en que supe esto, puse interés y atención en el punto y concluí que el tal consultor llevaba razón. Y al leer ahora el artículo que sigue recordé que en un programa radial de Julia Otero, allá por noviembre de 1994, un señor, que fue presentado como un reputado psiquiatra español, afirmó que “toda persona que pudiendo evitarlo se quede en el trabajo un minuto más de la hora de salida, amerita terapia”.

Llamé al programa, dieron luz verde a mi llamada, y me enzarcé con los panelistas haciendo un panegírico de las propiedades sanadoras del trabajo cuando se realizaba con gusto, de cómo era la mejor terapia contra la depresión causada por problemas familiares, etc.. Esta parte de “trabajo con gusto” fue para el psiquiatra una contradicción de tal calibre que volvió a recomendar terapia. Sólo Sánchez Dragó me dio la razón,… pero entiendo que nació, creció y vivió —no sé hasta que edad—fuera de la España peninsular, en Ceuta o Melilla, si mal no recuerdo.

Y la prédica de IBM por la búsqueda de la excelencia en el trabajo era vista por muchos IBMistas como algo enfermizo que ameritaba burla, al igual que ameritaba flagrante violación pública la norma de no fumar en los salones de reunión y clase.

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13.02.2007

Francisco Cabrillo

Les pregunté cuántos se habían planteado crear una empresa al terminar sus estudios. Sólo uno de cincuenta dijo que le gustaría ser empresario. Para la mayoría, su innegable inteligencia y capacidad de trabajo debían servir para preparar unas oposiciones.

Los datos no dejan lugar a duda: lo que quieren los jóvenes españoles es convertirse en funcionarios públicos. La idea de que en la vida merece la pena correr riesgos, ser innovador, conocer ciudades o países nuevos, tener ideas originales o buscar un trabajo creativo es totalmente ajena a la mayoría de los españoles que hoy están estudiando o tratando de encontrar su primer empleo. Lo que a estos muchachos les atrae es, en cambio, ser funcionarios, llegar a la oficina con aire cansino por la mañana, y salir de la misma forma a las tres de la tarde, con la idea de que, al día siguiente, y al mes siguiente, y al año siguiente,… y muchos años después, continuarán haciendo lo mismo.

Es triste, sin duda; pero no me sorprende. Hace algunos años dirigí en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander un curso dirigido a los estudiantes que habían terminado el bachillerato con los mejores expedientes académicos de España. Hablé bastante con aquellos chicos y creo que llegué a entender qué pensaban y cuáles eran sus objetivos. Un día les pregunté cuántos se habían planteado crear una empresa al terminar sus estudios. Sólo uno de cincuenta dijo que le gustaría ser empresario. Para la mayoría, su innegable inteligencia y capacidad de trabajo debían servir para preparar unas oposiciones que les permitieran, entre otras cosas, seguir viviendo en su ciudad, de la que muy pocos querían salir. Recuerdo a una chica que, a sus dieciocho años y con grandes posibilidades de hacer algo interesante con su vida, tenía como principal objetivo ser funcionaria del pueblo del interior de Andalucía en el que vivía. «Es lo que me recomienda mi madre», me explicó. Y aquella respuesta me pareció tan deprimente que todavía hoy la recuerdo como si acabara de escucharla.

Es verdad que no todo el mundo es así, afortunadamente. Participo, de vez en cuando, en comisiones de selección de becarios ya licenciados, que quieren ampliar estudios en el extranjero. Y entre ellos encuentro no sólo buenos expedientes académicos, sino también gente con ganas de comerse el mundo, de hacer carrera fuera de España, de llevar adelante un proyecto innovador, sea éste empresarial o académico. Da lo mismo; lo importante es querer hacer algo nuevo, destacar en el campo que hayamos elegido. Ser ambicioso no significa querer hacerse rico pronto. Ésta es una forma de serlo, tan válida como otra cualquiera. Pero se puede tener ambición de ser un gran científico, de escribir una obra literaria brillante, de crear una organización de ayuda al tercer mundo. Hay tantas cosas más atractivas para un joven que trabajar de burócrata de segundo o tercer nivel en algún organismo de la administración pública.

Pero no debe culparse sólo a los jóvenes. El mensaje que reciben de la sociedad en la que viven es éste, en gran medida. Cuando en la escuela o en las instituciones oficiales se ataca el pensamiento libre y el espíritu innovador, es normal que lleguemos a estos resultados. Ya tenemos en España casi tres millones de funcionarios. Y cada año habrá más. En una economía cuya productividad se ha estancado y se buscan fórmulas de todo tipo para elevarla, habría que plantearse hasta qué punto esta obsesión por trabajar para el Estado y negarse a asumir riesgo alguno es un factor determinante en la escasa productividad de una mano de obra como la española.

El mundo está cambiando muy deprisa. En muchos países hay millones de jóvenes cada vez mejor formados y con ganas de trabajar y luchar. Me preguntó qué será de nuestros viejos jóvenes cuando de verdad tengan que competir con ellos.

LD.