[*FP}– La astrología, una ‘amancia’

Carlos M. Padrón

Ahora que la selección de las excolonias francesas casi gana la final del Mundial 2006 gracias a que su seleccionador, Raymond Domenech, aplicó la astrología para armar las alineaciones, se me antoja que es momento de dedicar más a este controvertido tema.

Supe de la existencia de la astrología a poco de llegar a Venezuela, pues mientras estuve en Canarias no recuerdo haber oído siquiera mencionar nada de ella, pero en Venezuela era común que la gente tratara de averiguar su signo y las características a él asociadas y, en el peor de los casos, consultaban el horóscopo casi a diario, lo cual me pareció una tontería.

Para aumentar mi mala opinión al respecto, aunque según las fechas “oficiales” del Zodiaco yo era Leo, por más que leía y releía las características de Leo no terminaba de identificarme con ellas.

En 1996, una compañera de trabajo me animó a que visitara a una señora estudiosa de la astrología, así que, con mi ánimo crítico —como siempre lo he tenido al entrevistarme con quienes practican lo esotérico, y armado de un bloc para tomar nota de todo apenas salir de la sesión—, me fui a ver a la señora y, de entrada, le dije lo que siempre dije a estas personas: “Vengo a que me contesten preguntas, no a que me las hagan. Así que, por favor, límite sus preguntas a las mínimas indispensables”.

La señora aceptó, y sólo me preguntó mi fecha y lugar de nacimiento, como entiendo que hacen todos los astrólogos. Se las di, echó mano de un libro con aspecto de tener muchos años, consultó y, mientras lo cerraba con mucho cuidado sacándose al mismo tiempo sus lentes de presbicia, me dijo;

—Usted es Cáncer, así que vamos a….

La interrumpí, entre intrigado y defraudado, y le dije:

—Perdone usted, pero, según las fechas que da el Zodiaco, yo soy Leo.

—No, señor, usted es Cáncer por todo el cañón, aunque tiene algo de Leo como le explicaré después. Pero antes, y para que vea que es Cáncer, déjeme que le diga cómo es usted.

Y acto seguido hizo de mí la mejor y más completa descripción que nunca, conociéndome o no, haya hecho persona alguna, así que, ante tal evidencia, tuve que aceptar que soy Cáncer. Pero entonces quise saber por qué el Zodiaco decía que yo era Leo.

La señora echó mano otra vez de sus lentes y del viejo libro, y mostrándome unas tablas con fechas, horas, signos y demás, me explicó que el año en que nací ocurrió algo que no es muy frecuente: el cambio de Cáncer a Leo se retrasó, y a la hora en que nací (las 16:30), todavía Canarias estaba totalmente dentro de Cáncer.

En los días que siguieron me puse a revisar diferentes fuentes, y en todas las que consulté encontré asociados a Cáncer la mayoría de los rasgos que la señora me había atribuido.

A partir de ese momento comencé a ver la astrología con otros ojos, y a tomar las descripciones —no los horóscopos que, repito, no me merecen crédito— como producto de una “amancia”, término que aprendí en España cuando un reputado astrólogo dijo en un programa de radio que la astrología no era una ciencia sino una amancia (la palabra no está en el DRAE), o sea, que no señala rasgos inalterables sino tendencias que podrían resultar alteradas por la educación, el medio, traumas personales, etc.

Hoy creo que el tal astrólogo tenía razón, así que en la sección Esotérico de las próximas publicaciones abundaré más sobre el tema de las descripciones, o rasgos característicos de cada signo, y la compatibilidad de pareja que, según Hispavén y otras publicaciones, cabe esperar entre ellos.

[*ElPaso}– Palmiro no había estado en La Caldera

09-07-2006

Carlos M. Padrón

Las Canales está en la parte alta de El Paso y es uno de los barrios más cercanos a La Cumbrecita, una de las entradas naturales al gran cráter y parque nacional de La Caldera de Taburiente —o, como ya he dicho, La Caldera, a secas— que atrae cada año a cientos de turistas, muchos de los cuales vienen a El Paso con el sólo propósito de conocer esa maravilla geológica.

Palmiro era un vecino de Las Canales que gustaba de sentarse en una pared, al borde del camino —o, mejor dicho, del barranco, ancho y casi plano, que viene a ser el Camino Real en el punto central de Las Canales— y fumar su cachimba mientras veía pasar la vida. Como buen campesino, hablaba poco y, las más de las veces, contestaba con frases del género lapidario.

Un día, mientras él estaba en su habitual aposento sobre la pared, se le acercaron dos turistas que venían caminando desde el centro del pueblo y, aunque con sus morrales a la espalda, lucían inusualmente elegantes y hablaban muy buen español, lo cual les permitió llevar a cabo con Palmiro el siguiente diálogo:

—Buenos días. ¿Es éste el camino a La Caldera?

—Pos yo creo que sí.

—¿Cómo que cree? ¿No ha ido usted a La Caldera?—, exclamaron, en el colmo del asombro, los turistas.

—No.

—¡Dios Santo, ¿cómo es posible?! ¿Tan cerca que está usted de La Caldera y nunca la ha visto?.

—Más cerca me queda el ojo del culo y no me lo he visto todavía.

No tengo datos sobre la reacción de los distinguidos turistas.

[*IBM †}— Rodrigo Herrera Mata (q.e.p.d.)

  •  Fecha: 07-07-2006  
  • Lugar: San José de Costa Rica
  • Causa: Párkinson
  • Edad:
  • Última posición en IBM de Vzla.: Presidente, 1964-1966
  • Nació en San José de Costa Rica en 1923
  • Reposa en San José de Costa Rica

Información adicional

NotaCMP.- En 1967 se fue a Costa Rica , y en la presidencia de IBM de Venezuela le sucedió Salvador Covelo, cuya reseña está también es este post

[*MiIT}– Computación Personal, herramienta indispensable. 4: Procesamiento

Carlos M. Padrón

Las velocidades de procesamiento de la memoria principal de la computadora, que determinan cuántas operaciones puede hacer ésta por unidad de tiempo, aumentaron exponencialmente con el paso del tiempo —primero de los años y ahora de los meses—, y si la velocidad de procesamiento de la MARK I se midió en segundos, la de sus sucesoras pasaron a medirse en milisegundos (un segundo dividido entre mil), microsegundos (un segundo dividido entre un millón), nanosegundos (un segundo dividido entre mil millones), y picosegundos (un segundo dividido entre un millón de millones, o billón). Son cifras que dan vértigo cuando tomamos conciencia de que un nanosegundo es a un segundo,… ¡lo que un segundo es a treinta años!.

La MARK I recibía las instrucciones por vía de una cinta de papel perforada, y las leía y ejecutaba de una en una. Pero la ENIAC (Electronic Numerical Integration And Computer) fabricada en 1946 por la Universidad de Pennsylvania para el ejército de EEUU y especialmente para cálculos científicos (con sus 30 toneladas de peso y sus 18.000 tubos ocupaba una superficie de 180 metros cuadrados, podía efectuar 300 multiplicaciones por segundo y hacer en dos horas el trabajo que a 100 ingenieros les tomaría un año), fue la primera computadora electrónica y la primera en usar programa (conjunto de instrucciones) por tablero, que representó un gran avance con respecto al programa vía cinta de papel. Se adjunta foto.

Y en 1948 aparece por primera vez, desarrollado también por científicos de la Universidad de Pennsylvania, el concepto de “programa almacenado”, o sea, residente en la memoria principal de la computadora, concepto que rige en las computadoras modernas y que permite, dadas las altísimas velocidades de procesamiento, la ejecución de varias instrucciones en forma simultánea, lo cual contribuye al aumento de la cantidad de operaciones realizadas por unidad de tiempo.

Con esto llegamos ya a los componentes básicos, capacidades de almacenamiento y velocidades de procesamiento de las computadoras de nuestros días, incluida, por supuesto, la PC (Computadora Personal).

Y el que hoy hasta la más modesta PC efectúe a velocidades de vértigo millones de operaciones por segundo, y pueda tener varias unidades de entrada, de salida y hasta mixtas, no cambia en nada el esquema básico: suministro de información, suministro de instrucciones de operación, proceso de los datos según las instrucciones, y obtención de resultados. La computadora no pueden hacer otra cosa.

[*FP}– Agonía en La Caldera: 50° aniversario de una excursión que pudo ser mortal

Carlos M. Padrón

Como casi todas las tardes de verano, época de vacaciones escolares, la del 5 de julio de 1956 bajé a lo que llamábamos ‘La Plaza’ —o sea, el centro del pueblo— a reunirme con mis amigos.

Cuando ya oscurecía se me acercó Bero (Gilberto Cruz Calero) y me preguntó si yo querría ir con él, Wifredo (Ramos Hernández) y Lelo (Ángel Díaz Pino) a una excursión al interior de La Caldera, cráter considerado, en su género, el mayor del mundo, ubicado en el término municipal de El Paso, en el centro de la isla de La Palma, aunque yo no diría que La Caldera está en La Palma sino que La Palma es La Caldera, al menos su mitad norte; la sur podría ser consecuneia de la erupción del cráter. En la foto que sigue, La Caldera es ese hueco —cráter— en el centro de la mitad norte de la isla. Como claramente se ve, las paredes del cráter ‘son’ esa zona, paredes que en su parte norte alcanzan los 2.426 metros de altura.

La idea era partir en la madrugada del día 6, entrar al cráter por La Cumbrecita —la entrada que da a El Paso— llegar hasta la hacienda de Tenerra —que está en la vertiente norte del cráter, cerca del fondo— pasar allí la noche y salir el día 7 por la vía del barranco de Las Angustias, hasta desembocar en Los Llanos.

La idea me pareció buena porque yo sólo había estado en La Caldera cinco años antes, cuando contaba 12 de edad, y, aunque entonces recorrí con mi padre y hermano mayor la vía, relativamente buena y ancha, hasta una galería de agua llamada La Yedra, la experiencia fue un tanto traumática para mí porque mi hermano mayor, que iba detrás de mí, temiendo que yo, con mis maltrechas alpargatas, tropezara y cayera al vacío, me abrazaba de improviso a cada rato, con el consiguiente susto por mi parte, y me hacía constantes advertencias, todo lo cual me creó un cierto miedo a las alturas.

Y la idea de tal excursión me pareció buena también porque, después de los intensos estudios por los que había yo pasado para aprobar, apenas unos días antes, la reválida de quinto, consideré que me merecía algo diferente. Así que dije que sí.

Me fui a mi casa, les conté a mis padres, le pedí a mi madre que me preparara comida para llevar, desempolvé cantimplora y morral, y a las 02:30 de la madrugada del viernes 6 de julio de 1956 me puse en marcha cuestas arriba.

A poco se me unió Wifredo, el primero en la ruta desde mi casa hacia La Caldera, luego Gilberto y, por último, Lelo, que era el de más edad, unos 24 años, pues Wifredo tendría unos 21, Gilberto unos 19, y yo cumpliría los 17 a finales de ese mes de julio.

Lelo llevaba, además de morral y cantimplora, lo que llamábamos una lanza, una especie de pértiga, de origen guanche, usada por los cabreros para ayudarse en saltos. No es más que una vara, recta y muy pulida, de dos o más metros de longitud, con forma ligeramente cónica. El extremo más delgado es el que va hacia arriba cuando se usa la lanza para saltar, y el extremo más grueso lleva incrustada una pieza de hierro muy puntiaguda y es el que se fija contra el suelo al momento del salto.

En aquel tiempo podían verse aún en el interior de La Caldera cabras y ovejas salvajes. Había muchísima vegetación, mayormente pinos, y mucha agua, que al fluir por cascadas y cauces emitía un ruido de fondo permanente y bastante intenso.

Un pariente de Lelo, veterano en andanzas por La Caldera, le había advertido acerca de un raro fenómeno óptico que ocurre dentro de ese cráter y que hace que cuando se ha de atravesar un barranco, bajando desde lo alto de uno de sus bordes hasta el fondo y subiendo luego a lo alto del otro borde, desde el punto de partida se ve bien la ruta a seguir, pero una vez en ella puede darse el caso de que ya no se vea para nada cómo continuar, y se corra el riesgo de tomar una vía que lleve a destino equivocado.

Los senderos para transitar dentro de La Caldera no eran otra cosa que veredas labradas al costado de cerros formados, las más de las veces, por piedras muy frágiles. Las abundantes lluvias del invierno casi destruían en su totalidad estos senderos, especialmente en las partes donde atravesaban un estrecho cauce de roca sólida que si bien en verano estaba seco, en invierno había dado curso a mucha agua que en su caída destruyó el sendero.

Los primeros excursionistas del verano tenían que reabrir esos senderos y tomar todas las precauciones para no perecer en el intento, pues si bien uno de los bordes lindaba con la pared del cerro, el otro daba a un precipicio de muchos metros de alto. Una caída por ese lado era mortal.

Todo fue sobre ruedas hasta que nos tocó atravesar el primer cauce seco. El sendero llegaba bien hasta su borde sur y continuaba bien desde su borde norte, pero en el metro y medio entre ambos bordes no había sendero; el agua lo había destruido. Sólo había alguna que otra piedra que sobresalía del lecho vertical del cauce y que podría servir para la arriesgada maniobra de apoyar un pie, alzarse con un impulso rápido y saltar, llevando por delante el otro pie, hasta el borde norte.

Dado lo estrecho del sendero, caminábamos en fila india, aunque no recuerdo en qué orden. Sí recuerdo que al enfrentarnos con este problema, nos detuvimos en silencio y, luego de unos segundos de reflexión, el primero en la fila hizo lo ya descrito. El segundo y el tercero lo hicimos también, pues no íbamos a ser menos que el primero, pero cuando, estando ya los tres en el otro extremo del sendero, nos volvimos para esperar a que pasara el cuarto, nos encontramos con la desagradable sorpresa de que su pierna temblaba como una hoja al viento cada vez que intentaba apoyar el pie en la piedra del centro del cauce. Simplemente, no podía hacer lo que nosotros habíamos hecho… llenos de miedo, claro, pero fuimos lo bastante locos para hacerlo.

Entonces se nos ocurrió algo que, de verdad, sí fue una locura; y tanto que aún se me pone carne de gallina cuando lo recuerdo: Entre los tres sujetamos firmemente un extremo de la lanza y le hicimos llegar el otro extremo a nuestro compañero para que él lo usara como asidero y se atreviera así a dar el paso crucial.

Porque la lanza le infundió confianza, porque le dio vergüenza que por su culpa abortara allí la excursión o por lo que fuera, el caso es que se agarró de la lanza y pasó. Pero si hubiera caído al vacío, con él habríamos caído también los otros tres. De ese tamaño fue la locura que, para colmo, se repitió varias veces más.

A la hora del almuerzo, comimos sin dejar de caminar; sabíamos que sólo llegaríamos a Tenerra si aún había luz diurna. Dos de nosotros tuvimos conatos de insolación, pues al mediodía el sol era inclemente. Sin dejar de caminar, empapábamos pañuelos en el agua, muy fría, que corría por los cauces, y nos los poníamos en la cabeza. El agua del pañuelo se evaporaba en pocos minutos, pero repetíamos la operación una y otra vez, sin dejar de caminar.

A eso de las 4:30 de la tarde nos topamos con un dilema. Antes de bajar para atravesar un barranco vimos claramente que Tenerra nos quedaba ligeramente a la izquierda y detrás del cerro que formaba el otro borde de ese barranco. Y vimos también que desde el fondo del barranco partían dos rutas: una tomaba un tanto a la derecha y era una especie de escalera labrada en la roca viva de la ladera del cerro; la otra tomaba hacia la izquierda, por sobre un lomo que, en bajada, se acercaba cada vez más a Tenerra.

En ese punto tomé esta foto.

De izquierda a derecha: Wifredo, Gilberto y Lelo

La segunda opción nos pareció la correcta, así que al llegar al fondo del barranco, donde había agua en abundancia, corriente y en charcas, tomamos sin más a la izquierda convencidos de que en una o dos horas estaríamos en Tenerra.

El lomo por cuyo borde o tope discurría un sendero, estaba poblado de pinos, y la cantidad de pinillo (aguja de pino seca) que había acumulada en el suelo era tal que uno introducía el brazo en el manto formado por el pinillo caído y no lograba tocar suelo firme. Y como el pinillo contiene resina que lo hace resbaladizo, había que caminar con cuidado para no resbalar y rodar lomo abajo.

A poco de comenzar la bajada pudimos ver a nuestra derecha el barranco de Las Angustias y, al otro lado del barranco, la hacienda de Tenerra, lo que nos convenció de que íbamos por buen camino, pero al llegar a la cúspide del extremo más bajo del lomo… se nos acabó el camino. A nuestra derecha, y del otro lado del ancho barranco, veíamos la hacienda de Tenerra, nuestro ansiado destino, pero desde la cúspide del cono en que estábamos sólo partían pequeños cauces secos.

Suponiendo que al menos uno de ellos desembocaría en el barranco de Las Angustias, optamos por comenzar a explorarlos de izquierda a derecha, en el sentido de las agujas del reloj. Lo echamos a suerte y me tocó de último.

Los cauces que exploraron mis tres compañeros se hacían intransitables, por precipicios insalvables, poco después de la cúspide, pero el que me tocó a mí, el que apuntaba más directamente en dirección a Tenerra, era ancho y transitable, así que, ilusionado, comencé a descender por él mientras mis tres compañeros quedaron sentados en la cúspide esperando por mis noticias.

El lecho del cauce era bastante accidentado, con frecuentes desniveles de un metro o metro y medio que, al ir en bajada, pude salvar sin mayor problema. Unos 20 minutos después de iniciar el descenso, el cauce se estrechaba formando un caño de roca sólida, en forma de U, de apenas un metro de ancho que tenía una inclinación de más de 45 grados y una longitud de unos 4 metros; después, el cauce continuaba igual que hasta allí.

Me detuve en el extremo superior del caño y, sin pensarlo mucho, lancé el morral más allá de su otro extremo e hice algo que, de pequeño, practicábamos como un juego: comencé a bajar con pasos muy cortos y, cuando sentí que iba a resbalar, inicié una carrera de largas zancadas para ganarle a la velocidad de caída, y así, sin caerme, pude pasar el caño. Recogí mi morral y seguí bajando.

A las 6 de la tarde —con bastante luz aún porque era verano— llegué al final del cauce, que sí desembocaba en el barranco de Las Angustias… pero por medio de un precipicio como de 40 metros de roca sólida en caída vertical. A mitad del precipicio había una especie de escalón desde el cual crecía un pino que superaba el final del cauce hasta varios metros por sobre mi cabeza.

Analicé la posibilidad de saltar desde el borde del cauce, abrazarme al tronco del pino y descender por él hasta el escalón, pero abandoné la idea porque me di cuenta de que, aunque pudiera llegar al escalón, no había forma de que pudiera llegar desde él hasta el barranco. Así que, totalmente frustrado, me senté sobre un tronco de pino que había quedado atravesado y atorado en la boca del cauce porque el borde pétreo de la pared le había impedido caer al vacío.

No sé cuánto tiempo estuve allí maldiciendo mi suerte, pero es el caso que cuando quise levantarme para iniciar el regreso, no pude: estaba hecho una Z.

Según dijo un médico días después, sufrí una contracción muscular por haber estado caminando sin parar desde las 02:30 de la mañana. Y también por la deshidratación, pues convencidos de que cuando tomamos el camino del lomo en bajada llegaríamos pronto a Tenerra, no cargamos agua en las charcas del barranco de la bifurcación nefasta y, para colmo, en la larga bajada por el cauce en cuestión, yo había sudado mucho.

A lo lejos, y ahogados por el ruido del agua al correr, oía las voces de mis compañeros que, a gritos, preguntaban qué me había pasado, pues habían oído una especie de derrumbe. A gritos también les contesté que no había salida hasta Tenerra. Me pidieron que regresara y, para no alarmarlos, les pregunté si tenían agua, y cuando me dijeron que no (cosa que ya me temía), les contesté que entonces, como ya era casi de noche y yo tampoco tenía agua, me quedaría donde estaba y subiría a la mañana siguiente. La afonía por el esfuerzo para hacerme oír me duró casi un mes.

A medida que avanzaban las sombras de la noche y yo seguía sin poder moverme, me invadió el primer episodio, si no el único hasta ahora, de miedo a la muerte. Agobiado por la angustia me preguntaba qué sentido tenía una muerte así, a escasos días de cumplir 17 años, y de repente me sorprendí pensando que ya no volvería a ver a una muchacha que siempre me gustó pero a la que, por motivos de edad y carácter, no sólo no me había acercado nunca, sino que la había descartado desde hacía tiempo.

(La única explicación que para esto se me ocurre es que, presionado por la angustia, el subconsciente busca vías de escape o distracción más o menos agradables, y en ese para mí aciago momento me presentó la imagen de una muchacha que me gustaba y a la que no tenía yo vinculado ningún mal recuerdo, al igual que, años más tarde y mientras yo veía cómo mi padre agonizaba, me puse a cantar mentalmente “Como llora una estrella”).

Una luna llena esplendorosa asomó por encima de los cerros, y su imagen se reflejaba en el agua límpida que, 40 metros bajo mis pies, corría cantarina por el barranco mientras yo me moría de sed. En mi morral había comida, pero yo no tenía ganas de comer, sino de beber, y para ello intenté orinar pero no pude; no me salió ni gota.

Con el avance de la noche comenzó a subir por el cauce del barranco, y procedente del mar donde éste desemboca, “la blandura”, como se la llamaba en el pueblo: una columna de bruma blanca, cargada de humedad, que al llegar al centro del cráter aumenta su grosor hacia arriba y hacia los lados y puede verse desde afuera.

Poco después de que la blandura me envolvió comencé a recuperar la movilidad, me dejé caer del lado interno del tronco sobre el que había estado sentado, me saqué camisa y camiseta para ver de refrescarme de algún modo, y ahí, con el torso desnudo y a merced de millones de mosquitos que no se atrevieron a picar una piel de papel de lija, pasé casi toda la noche sin apenas pegar ojo porque el ruido del agua y la terrible sed me torturaban. Al fin, el agotamiento físico y emocional me venció y me dormí.

Cuando desperté, con las primeras luces del alba, al pasar la mano por la piel de mi torso sentía como si ésta fuera pergamino, y sonaba igual de áspero. Las comisuras de mis labios sangraban porque se habían agrietado. Y mi lengua, hecha como un cilindro, no cabía en la boca y sobresalía de ella más de un centímetro. ¡Qué fea es la sed!.

En ese momento oí que mis compañeros me decían a gritos que Wifredo y Gilberto iban saliendo a buscar agua en las charcas, y que Lelo bajaría a mi encuentro.

Evitando el acto masoquista de acercarme al borde del cauce —porque desde allí podía ver el agua cristalina, y ya el rumor que hacía era suficiente martirio para mí—, me vestí como pude, cargué con mi morral y comencé el ascenso hasta la cúspide donde habían quedado mis compañeros la tarde anterior.

Por lo accidentado del lecho del cauce se me hacía imposible subir por él, pues una cosa es bajar estando en buena forma física, y otra subir mermado de facultades. Así que, escarbando en el manto de pinillo y agarrándome de algún que otro tronco o piedra, alcancé el borde alto de uno de los costados del cauce y comencé a subir por él, a gatas la mayor parte del tiempo.

De pronto resbalé en el manto de pinillo y me deslicé, boca abajo y con los pies por delante, por el costado del lomo que daba al precipicio —el opuesto al que daba al cauce— y me encomendé a Dios convencido de que caería sin remedio al vacío. Pero al llevar los pies por delante y con las puntas hacia el suelo, éstas fueron abriendo en el manto de pinillo un surco cada vez más profundo, y de pronto mi caída se detuvo en seco porque las puntas de mis pies tropezaron con algo sólido: el borde, de piedra firme, del pretil del precipicio.

No puedo decir que me bañó un sudor frío, porque no tenía yo con qué sudar, pero sí se me heló la sangre y dejé de respirar. Me mantuve quieto por unos minutos, y al recuperar el aliento inicié el ascenso siguiendo el curso del surco que yo había abierto al bajar, y buscando asidero en los pocos accidentes que en su fondo pude hallar. Al llegar otra vez al borde alto del costado del cauce, reinicié la subida.

Tres veces en total se repitió esta horripilante caída hacia atrás y la consiguiente parada abrupta en el borde del precipicio; la tercera fue a la altura del caño de roca sólida que yo había bajado en carrera la tarde anterior. Y no teniendo fuerzas para más, rodeé con brazos y piernas el tronco de un pino al que pude llegar a duras penas, y decidí no moverme de allí hasta que llegara Lelo.

Sin embargo, el tronco era demasiado grueso y, como no pude abrazarlo bien, mi cuerpo comenzó a deslizarse hacia el lado del precipicio, con peligro de rodar de nuevo ladera abajo y no en la posición que me había salvado tres veces, sino seguramente de espaldas y cabeza por delante.

Mientras para evitar el inminente desastre trataba yo de sacar fuerzas de donde no tenía, oí que alguien silbaba, despreocupado, una tonada, y al levantar la vista vi que era Lelo que, con una soga a la bandolera, venía tranquilamente cauce abajo. De pronto levantó la vista, reparó en mí y quedó petrificado y con los ojos abiertos como platos.

Desesperado ante la gravedad de mi apariencia y de la situación en que me vio, quiso bajar el caño de roca sólida usando el mismo procedimiento que yo había usado la tarde anterior, pero dudó después del primer paso, frenó en seco, cayó sentado, y así se deslizó por los 4 metros del caño hasta su final, quedando con el culo al aire porque en ese recorrido perdió la parte trasera de sus pantalones.

Corriendo llegó hasta mí y detuvo mi inminente caída. Se echó mi morral a su espalda, me ayudó a incorporarme, unió mis manos y ató mis muñecas con un extremo de la soga y, caminando él hacia atrás, tiraba de mí mientras me daba ánimos para que yo avanzara.

Pero yo daba tres pasos y me caía. Y entonces Lelo, seguramente con una preocupación aumentada por la responsabilidad de ser el mayor del grupo, repitió esa operación una y otra vez hasta que logró llevarme a la cúspide del lomo donde él, Wifredo y Gilberto habían pasado la noche bajo un plan de supervivencia que consistió en que, mientras dos de ellos dormían, el tercero vigilaba por si alguno de los durmientes se daba vuelta y rodaba lomo abajo; y que si alguno no aguantaba ya la sed se enjuagaba la boca con un poco de agua que quedaba en una de las cantimploras… y la devolvía de nuevo al envase para que otro la usara. Repito, ¡qué fea es la sed!

En ese trance descubrieron que comer cebolla cruda (llevaban algunas para hacer ensalada) ayudaba bastante. Ellos tenían al menos eso; yo no tuve nada.

Agotado por el esfuerzo, y ante la difícil tarea de seguir remolcándome como hasta allí, Lelo decidió esperar a que alguno de los otros regresara trayendo agua. Y otra vez se escuchó el silbido despreocupado de una persona que se acercaba, y que resultó ser Wifredo que volvía de las charcas con una cantimplora llena de agua fresca.

Al verlo con tal despreocupación, Leo le gritó que se apurara, y el tono de su grito decía tanto que Wifredo se detuvo en seco, me miró, puso cara de haber visto al mismo diablo y, sin más, inició una carrera lomo abajo en dirección a mí, y era tal su desesperación que, antes de llegar a donde yo estaba —echado boca abajo, con la cabeza alzada y clamando por agua—, me lanzó la cantimplora que, como era de esperar, resbaló en el manto de pinillo e inició su descenso por la ladera.

Por increíble que parezca, Wifredo, sin reparar en el peligro, siguió tras la cantimplora a la misma velocidad de carrera que traía, logró atraparla cuando ya se había alejado varios metros ladera abajo y, corriendo hacia mí mientras la abría, se plantó sobre mi cuerpo, con una pierna a cada costado, e hizo algo que ni era lo que él quería hacer ni nunca ha sabido explicar por qué lo hizo: en vez de darme a beber agua, echó un buen chorro sobre mi cabeza.

De donde saqué fuerzas, no lo sé, pero al sentir el contacto del agua exhalé una especie de largo “¡Ihhhhhhhh!”, y un espasmo recorrió todo mi cuerpo haciéndolo saltar como si en su interior se hubieran soltado resortes. Luego de eso, Wifredo me dio agua para que yo bebiera. (El mismo médico que mencionó lo de la contracción muscular dijo que ese gesto de no darme a beber agua primero, sino echármela antes en la cabeza, posiblemente evitó males mayores).

Después de un descanso de tal vez una hora, los tres iniciamos el camino hacia las charcas. De ahí es esta foto (Gilberto, Lelo y yo, en camiseta), en la que, ya hidratado, mi “pinta” no refleja en nada las horribles 18 horas pasadas antes.

Desistimos de llegar a la hacienda de Tenerra y regresamos a La Cumbrecita por el mismo camino por donde habíamos venido, pero con una diferencia: esta vez, ya veteranos, nadie dudó un segundo siquiera a la hora de cruzar los puntos donde tanto miedo hubo el día anterior.

Cuando esta historia se supo en el pueblo, vinieron los lamentos, en particular de mi madre (q.e.p.d.) quien nunca creyó esta versión que aquí he dado, sino la para ella mucho más dramática —aunque en realidad, de haber ocurrido habría sido menos mala—: la de que yo había estado “envetado”, o sea, atrapado en una grieta (veta), condición en la que han muerto varios turistas que han menospreciado los peligros que encierra La Caldera y han entrado a ella solos y sin registrarse.

***

06 de Julio de 2006. Hoy se cumplen 50 años del inicio de esta aventura que por poco me cuesta la vida. Los tres amigos que me acompañaron viven todos en Canarias, y de ahí que yo haya decidido ir a Canarias este mes —y espero poder mantener activo desde allá el contacto por vía de este blog— a celebrar con ellos, mis queridos amigos de hace más de 50 años, el medio siglo de nuestra odisea en La Caldera, y a dar gracias a Dios porque, a pesar de todo, salimos bien librados de ella.

Con esos amigos disfruté en su momento del ambiente único de un estilo de vida que con su bagaje de costumbres y tradiciones le daba a El Paso un sabor que ya pasó a la historia.

En el olvido quedaron las siegas, las acarreas, las trillas, las recogidas de almendras, las “matazones” de cochino, los “asaltos” y los bailes, la solemnidades de Semana Santa plenas de una música y un ambiente sobrecogedores, los ensayos y actuaciones de nuestra coral y grupo teatral, las misas dominicales y los subsiguientes paseos en los que me fijé en la muchacha que evoqué en La Caldera, mirándola desde lejos, y conservando la distancia.

Estas vivencias nos marcaron a todos, pero tal vez para mí —que soy el único de los cuatro que está fuera de Canarias desde hace 45 años, y fuera de El Paso desde hace 49— revistan más importancia que para ellos porque la lejanía de mi pueblo exacerba la nostalgia que siento por aquella época de mi adolescencia cuando me abrí al romanticismo y, llevado por las ilusiones de juventud, veía ante mi un sinfín de caminos de entre los que creía que podía tomar casi el que yo quisiera, y soñaba con una vida llena de promesas, amor y oportunidades; algunas ya pasaron, otras culminaron en fracaso, otras nunca se presentaron,… y así el sinfín de caminos se redujo a muy pocos, y aumentó la nostalgia.

Llevado por ella, entre el 23 y el 27 de abril de 1984, y usando como base la melodía “Vino griego” en arreglo de Anthony Ventura, escribí y grabé, en la forma que ya he mencionado en artículos previos, la canción “Tiempos de ayer” que les dejo como cierre al relato de la odisea en La Caldera.

Y esta composición composición fotográfica hecha por Wifredo —quien es, desde hace años, reputado profesor de Bellas Artes, y actual cronista oficial de El Paso— en julio/1992 cuando él, Gilberto y yo nos reunimos en Tenerife para el 36 aniversario de esta misma aventura.

19920708=Commemoración segun Wifre

[*ElPaso}– Más sobre la Fiesta del Sagrado 2006

05-07-2006

Carlos M. Padrón

De las obras que Santiago González presentó en la Fiesta del Sagrado de este año, incluí sólo dos fotografías en el artículo La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, publicado el 28/06/2006: una general, en la que pueden verse de lejos todas las obras, y otra, de cerca, de la imagen del Sagrado Corazón.

Juan Manuel González Calero, un hijo de El Paso, me ha mandado otras fotos entre las que están, tomadas de cerca, las del resto de las obras de Santiago, que son cuadros de las iglesias y ermitas que hay en El Paso.

Como dije en el artículo antes mencionado, los materiales usados por Santiago son cáscara de huevo molida y teñida, y semillas naturales,

Aquí van las fotos de las iglesias y las ermitas, precedidas de su nombre y algunos otros detalles:

Iglesia Nueva. La que está oficialmente en uso y cuya torre tiene un reloj de cuatro caras, cada una mirando hacia cada uno de los puntos cardinales.

Iglesia Vieja. Ubicada en lo que por años fue «el centro de La Plaza», es la que se usaba antes que la nueva, y la misma que, según se dijo en el artículo La creación de El Paso (1/3), fue puesta bajo la advocación de Nuestra Señora de Bonanza antes de la creación de El Paso como municipio.

Ermita del Pino. Está en el borde Este del pueblo, lejos de zona habitada, en las faldas de la llamada Cumbre Nueva, y junto al pino, centenario, que aparece también en el cuadro. En un hueco del tronco de ese pino fue encontrada, hace siglos, la imagen original y muy pequeña de la virgen, imagen que aún se conserva en la ermita.

Ermita de Las Manchas. Está en el barrio del mismo nombre, al sur de El Paso.

Ermita de San Martín de Porres. En la parte alta del barrio llamado Barrial de Abajo.

Carreta, presentada por el barrio de Tajuya. En la foto del artículo anterior no se ve su contenido; aquí sí. Materiales: badana, macarrones y corcho de pino.

[*Opino}– El odio de Europa, o el rencor contra la excelencia

04-07-2006

Carlos M. Padrón

Excelente artículo éste que sigue. “Rencor contra la excelencia” me parece la expresión que mejor define lo que palpé personalmente en Europa, y sobre todo en España, durante los dos años y medio que viví en Madrid. Vuelve a darla al razón a Ortega y Gasset en su “La rebelión de las masas”, y explica bien el antigringuismo crónico, corrosivo y visceral (por tanto, irracional) que impera allá por sus fueros.

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04 de Julio de 2006

Juan F. Carmona y Choussat

Europa sigue cegada, y lo que no sabe es que no es por un desprecio razonado frente a otro que a su entender no lo hace bien, sino por odio y rencor contra la excelencia, incluso dentro de ella misma. Nada bueno salió jamás de tal actitud.

Resulta curioso advertir la deliberada voluntad de las instituciones de la Unión europea por dejar de hablar de las cosas que realmente importan. Constatado el fracaso, en términos de la jerga comunitaria, del último Consejo europeo de primavera 2006, porque no se ha «avanzado» y porque para bien de todos la Constitución europea sigue en barbecho, podían haberse dedicado a hablar, quizá sin más aspiraciones, de las auténticas preocupaciones de Europa. Si lo hicieron, no consta en las conclusiones de la presidencia.

Para orientar los pasos perdidos de Europa y la tendencia de sus medios dominantes, nada mejor que la referencia a un par de escritos de Bruce Bawer, puesto de moda por una interesante recensión de Álvaro Martín en Libertad Digital (www.libros.libertaddigital.com/articulo.php/1276231881).

Bruce Bawer es un escritor homosexual que decidió mudarse a Europa por estimar que aquí las cosas iban mejor que en su Nueva York natal respecto a la integración de todos en la sociedad, y a la menor influencia —o sea, ninguna— de lo que él llama los “fundamentalistas cristianos”. Hay que mencionar que Bawer es autor de un libro titulado «Apropiándose de Jesús» (1997) donde se declara episcopaliano (la vertiente americana del anglicanismo) y rechaza algunos excesos en las ramas más en boga del protestantismo americano. Pues bien, tras algunos años en Europa (desde 1998 en Ámsterdam y Oslo principalmente), ha visto la luz y ha puesto en negro sobre blanco cuáles son nuestros defectos y cuáles nuestros males.

El libro más reciente de este hombre de talento es «Mientras Europa dormía», pero hoy se hará referencia a dos largos ensayos publicados en la revista literaria «The Hudson Review» en los años 2004 y 2006.

Respecto al primero, «Odiando a América», permítase una breve introducción.

Existe un fenómeno sobre el que rara vez se llama la atención: el rencor contra la excelencia. Tradicionalmente, en las sociedades sanas, se ensalza al mejor, al excelente, con el objetivo de rendirle justicia y de que sirva como ejemplo para emularlo. El viento que recorre Europa, desde hace largo tiempo ya, es el contrario.

En efecto, la ambición de mejorar a través de una figura ejemplar a la que imitar, obliga al esfuerzo y a la exigencia, ha quedado derogada y es reprobable. La fiebre por lo igualitario — que es sustancialmente lo contrario del principio de igualdad que implica tratar por igual a lo que es igual, y desigualmente a lo que es desigual— ha llevado a olvidar que la incitación a lo mejor es lo único que hace progresar a las sociedades y a las personas.

El origen de esta actitud es bastante lejano. El famoso libro de Ortega, “La rebelión de las masas”, de 1930, hacía hincapié en la barbarie del especialismo, y en la «democratización» del saber. Consideraba el gran filósofo español que la mayor parte de los hombres en casi todas las esferas de nuestra vida somos “masa”. Es decir, no tenemos la capacidad para ser minoría rectora. Así por ejemplo, cuando nos subimos a un avión, no se nos ocurre poner a votación entre los pasajeros cuál debe ser la ruta a seguir, la altitud por la que transitar, o la manera de pilotar el vehículo. Aunque cualquiera de los viajeros sea una eminencia en otra materia.

Sin embargo, la actitud del hombre masa lleva a reclamar —exigir, en palabra amada por nuestro tiempo— juzgar e intervenir en todo aunque seamos ignorantes en ello. El rencor contra la excelencia lleva, en una primera manifestación, a pretender mandar en aquello que se desconoce. Equivale a reclamar, en términos orteguianos, la razón de la sinrazón.

Europa entera padece de la actitud del hombre masa, que también es la del niño mimado o del señorito satisfecho. Quiere mandar y dominar, y no aguanta que se le lleve la contraria, pero no está dispuesta a presentar ningún título que justifique que se le dé la posición que reclama.

Pues bien, el escrito de Bawer, publicado también en 2004 por «FrontPage magazine», hace un repaso de su despertar intelectual a los defectos de Europa. Lo hace al hilo de la publicación de una serie de libros sobre los Estados Unidos, en los que se advierte la actitud descrita.

Algunos los europeos no quieren reconocer que los Estados Unidos no son una cosa ajena a nosotros, sino emanación nuestra. Por ello, y por ser el lóbulo más al Oeste de esa realidad que llamamos Occidente y de la que, al parecer, todavía formamos parte, el odio hacia ese país es de hecho una manera peculiar de odiarse a uno mismo. Por una extraña manifestación psicológica difícil de comprender, el reconocimiento de una serie de debilidades propias, lleva no a tratar de enfrentarse a ellas, sino al rebajamiento de excelencias ajenas. En efecto, parece creerse que denigrando del que es mejor, o al que ha hecho mejor tal o cual cosa, nuestra inferioridad va a convertirse, como por ensalmo, en una superioridad. Esto requiere dos cosas. Por un lado saberse inferior en una materia determinada; por el otro, no tener la más mínima intención de dejar de serlo y de emular la excelencia, sino trocarla por una actitud en la que presumimos de nuestra deficiencia tratando de presentarla como una virtud.

Para Bawer, en las relaciones de Europa con América, hay que tener en cuenta que las mayorías que forjan el pensamiento aceptable en el ambiente público europeo sostienen que mientras los americanos creen en una serie de ideales inocentes y simplistas, los europeos son más conscientes de las complejidades del mundo real y son más capaces de apreciar sus matices. No está de más recordar una de las famosas frases de Reagan: «Dicen que el mundo es demasiado complicado para respuestas sencillas; se equivocan».

Bawer admite que los Estados Unidos se fundan en una idea, a saber, la idea de libertad que, lejos de alejarles de la realidad, ha llenado su existencia. Afirma: «La profundidad de nuestro compromiso como pueblo hacia esta idea la hemos demostrado mediante una revolución, una guerra civil, dos guerras mundiales, varias guerras menores, y la denominada Guerra Fría. Es, en breve, una idea absolutamente indisoluble de nuestra realidad de todos los días, la vivimos y la respiramos». Y, en este momento, Bawer enlaza dos problemas, el del antiamericanismo con el de la amenaza del Islam radical explicando que, tal y como lo ha entendido Robert Kagan —uno de cuyos libros ha estudiado en el artículo— Europa se funda en una idea que está peligrosamente alejada de la realidad. ¿Y cuál es ésta? Que el mundo ha llegado a una etapa que se encuentra más allá de toda guerra. O sea, a la «paz». Sostiene Bawer que mantener viva esa idea «requiere que uno ignore realidades peligrosas, tales como el creciente problema del Islam militante dentro de las propias fronteras de Europa».

Se enlaza así la idea de que esta percepción de una Europa que desprecia a su contraparte occidental por un extraño fenómeno de odio hacia sí misma, le lleva a dos tendencias suicidas: renegar de la democracia liberal, que es tan suya como americana, y renegar de su propia identidad, disfrazándola con el abrazo de una nueva religión relativista.

Concluye Bawer que los europeos se burlan de la religiosidad americana. Recuérdese la perspectiva del autor, crítico con su propia sociedad. «Los intelectuales seculares de Europa occidental, sin embargo, tienen su propia versión de la religión. Es un credo social demócrata que deifica organizaciones internacionales como la Cruz Roja, Amnistía Internacional, y, sobre todo, la ONU. No la OTAN, que está para hacer la guerra, y que por ello ha sido la diana de muchas de las críticas europeas de los últimos años. Lo que aman son las ONGs que están para la paz, el amor, la fraternidad y la solidaridad, y se convierten así, para las elites de Europa occidental, en organismos más allá de la crítica puesto que conforman la idea más apreciada de lo que Europa cree de sí misma y de la manera en que el mundo funciona, o debería funcionar. El entusiasmo de las elites acerca de estas instituciones, sean o no genuinamente efectivas o admirables, es asunto de mantener una cierta imagen y la ilusión de un mundo íntimamente ligado a su identidad como social-demócratas. Según indica Kagan, la ofensa imperdonable de los Estados Unidos es que disputa esa imagen (…) y el grado en que la realidad de América está distorsionado en los medios de Europa occidental es una medida de la necesidad desesperada de las elites por mantener esa imagen (…)».

Termina diciendo: «A veces me parece un milagro, francamente, que América tenga siquiera algún amigo en algunos sitios de Europa occidental, dado el constante antiamericanismo de las noticias. No hay duda de que el obstáculo principal a la mejora de la comprensión y la armonía entre los Estados Unidos y Europa Occidental son los medios de comunicación dominantes (the media establishment). Es un obstáculo que de alguna manera hay que superar, porque la civilización está asediada, y América y Europa se necesitan el uno al otro quizá más que nunca.»

Pero frente a la actitud sana parece que no salimos de la patología. Porque la cuestión es clara, no se trata siquiera de que se odie a otro, sino de que hay un extraño rencor hacia lo bueno que pueda encontrarse, allá o aquí mismo, y que quizá se comparte con América. Y, si se comparten muchas cosas con la otra parte de Occidente, ¿con quién comparte Europa estos caracteres enfermizos? Con el Islam militante, del que dice Bawer que se ha ido situando entre nosotros, mientras dormíamos. Más bien, mientras odiábamos.

Esto nos lleva a «Crisis en Europa» (http://www.hudsonreview.com/bawerWi06.pdf) donde Bawer reflexiona sobre los aspectos relevantes para Europa de la influencia islámica, y lo hace mediante la explicación del contenido de una serie de libros recientes sobre el asunto. Desde «Rabia y Orgullo» de Oriana Fallaci, hasta «Free World» del columnista del «The Guardian» y «El País», Garton Ash, pasando por «Eurabia» de Bat Yeor.

Habla entre otras cosas de la permisividad respecto a la inmigración y la seducción de un multiculturalismo malentendido, cuyo resultado es «por desgracia, una generación de jóvenes musulmanas nacidas en Europa, muchas de las cuales están tan encerradas y oprimidas que sus bisabuelas como cuando estaban en un pueblecito del Norte de África o el Sur de Asia, y una generación de jóvenes hombres musulmanes nacidos en Europa muchos de los cuales no tienen conocimientos ni buen comportamiento, y están poseídos de un desprecio hacia sus benefactores (…) que los hace muy vulnerables a la seducción de profesores islámicos radicales y a reclutadores de terroristas».

Destaca Bawer del libro «La crisis del Islam» —del famoso estudioso inglés del mundo musulmán, Bernard Lewis, afincado en los Estados Unidos— el hecho de que, para la religión musulmana, Satán no es un imperialista ni un explotador, sino un seductor. Lo que provoca a los islámicos sería más bien la seducción de la cultura americana; sería la propia atracción que les suscita la que los lleva a rechazarla.

Más incisivas son las palabras contenidas en «Porqué no soy musulmán» firmado con el seudónimo Ibn Warraq, escrito en 1995 como respuesta a la fatwa contra Rushdie. Después de sostener que el mundo islámico no puede admitir una auténtica sociedad civil, y después de afirmar que el Islam es incompatible con la democracia y los derechos fundamentales, concluye: «La batalla final no será necesariamente entre el Islam y Occidente, sino entre aquéllos que valoran la libertad y aquéllos que no».

Destaca igualmente la obra de David Horowitz, un converso al conservadurismo liberal desde el Marxismo, con el gráfico título de «Una alianza no santa» en la que subraya la conexión entre ciertos elementos izquierdistas y el fascismo islámico. Lo ilustra con las conexiones existentes, durante más de setenta años, entre el totalitarismo occidental y los extremistas musulmanes.

Todavía más lejos va «La hija del Nilo» que es lo que significa Bat Ye’or en hebreo. Esta judía egipcia con residencia en Suiza advierte en «Eurabia» de la existencia de un modelo extendido de colaboración política, económica y académica entre la elite izquierdista europea y los gobiernos árabes.

Cita Bawer otros libros como «La traición francesa a América» de Kenneth Timmerman, «Quién tiene miedo del Islam», del profesor de la Sorbona, Guy Millière, o «Alá lo sabe mejor», colección de irreverencias varias del asesinado Theo Van Gogh. Termina no obstante con uno de los representantes de lo que considera el «establishment», Garton Ash. «Dejar a un lado estos libros, que iluminan los desafíos ante los que se encuentra Europa de una u otra manera, para estudiar «Mundo libre» de Timothy Garton Ash es como atravesar el cristal que hay entre la realidad y la fantasía». Lo considera «un perfecto ejemplo de la mentalidad de la elite europea en toda su arrogancia, autoengaño, e insensatez». Opina que Ash intenta, a la típica manera de los que hoy ocupan los puestos en Europa, que debe cambiarse la perspectiva desde la libertad a la pobreza. En lugar de liberar a la gente de los dictadores, deberíamos asegurarla frente a la menesterosidad. «Lo que es más, junto con otros elitistas europeos, desconfía de un patriotismo genuino (es decir, nacional), pero adora la Unión europea».

Dice Bawer: «¿Acaso no puede ver que su propia actitud frente al terrorismo y los musulmanes europeos es un eco suicida de aquel antiguo mal del apaciguamiento europeo?». Respecto a la idea de Ash de que la felicidad no se puede comprar en Wal-Mart (El corte Inglés americano), añade: «Uno podría argumentar, igualmente, que la felicidad no puede ser tampoco la obra de ingeniería de Estados del bienestar (…) y mientras que los Estados Unidos no pretenden proporcionar la felicidad (la idea originaria americana es que el Estado le deja a usted en paz, dándole espacio en el que pueda encontrar su propia felicidad), la premisa de la social democracia europea es que el Estado, si es suficientemente interventor, podrá encontrar una receta que logre el mayor grado posible de felicidad para su ciudadanía».

Por fin, Garton Ash se hace un extraño ideal de la Europa de 2025 en la que existiría una asociación —¿puede decirse alianza?— entre Europa, los países árabes y Rusia, que se extendería desde Marrakech hasta Vladivostok, pasando por El Cairo y Bagdad. «No sería poca cosa», afirma. Y concluye Bawer: «No, no sería poca cosa, sería Eurabia».

Volviendo a las conclusiones de la presidencia del último Consejo europeo, se habla en ellas del mantenimiento del «modo de vida europeo», quizá algo así como un contra modelo al «American way of life». Los dos primeros epígrafes se dedican al desarrollo sostenible y al «cambio climático». Cualquiera hubiera pensado que el modo de vida tenía algo que ver con las pulsiones europeas tan reales que se acaban de comentar. No hay referencias a éstas.

Pero lo más sorprendente, a la luz de la tendencia de la evolución de Irak hacia una democracia liberal tras los incontables esfuerzos estadounidenses, es una declaración, en un anejo a las conclusiones, precisamente sobre «el país de los dos ríos». En ella la Unión da la bienvenida al nuevo Gobierno, propone seguir defendiendo el Estado de Derecho y la reconciliación nacional, y apoya expresamente una serie de medidas: fomentar el modelo democrático de Gobierno en Irak, promover el Estado de Derecho y el respeto a los derechos fundamentales, y apoyar la recuperación económica y la prosperidad. Todo ello es lo que han hecho, efectivamente, los Estados Unidos a un enorme costo en vidas humanas, constantemente criticado por muchos Estados de la Unión, y con una prensa europea flagrantemente en contra. Los resultados prácticos sólo los han puesto los Estados Unidos, y ciertamente los Estados europeos, que como Estados nacionales, no como UE, han apoyado políticamente, con ayuda humanitaria o militar a la coalición en Irak, que no son todos. Ahora que la situación mejora, mientras la prensa dominante apenas disimula su decepción, la Unión reclama para sí la buena conciencia de sus «principios» ajenos a toda consecuencia práctica. Y la prueba de que no pretenden tener ninguna consecuencia real, y que en el fondo desean que Estados Unidos no se lleve ningún crédito, es que terminan subrayando «el deseo de continuar apoyando el papel de la ONU en Irak». Parecen actuar como si la convocatoria de elecciones y la formación de un Gobierno se hubieran hecho solos, por casualidad.

Europa sigue cegada, y lo que no sabe es que no es por un desprecio razonado frente a otro que a su entender no lo hace bien, sino por odio y rencor contra la excelencia, incluso dentro de ella misma. Nada bueno salió jamás de tal actitud.

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