[*IBM}– Del baúl de los recuerdos: Historias paranormales / Leonardo Masina

14-09-2003

Leonardo Masina

Como empleado de IBM y por trabajo para IBM tuve que viajar bastante.

En la primavera de 1971 estuve en Londres un mes y me hospedé en un hotel cerca de Hyde Park.

Recuerdo que la encargada era un bella mujer de origen árabe, casada con el director del hotel, y que siempre me comentaba que tenía una prima en Venezuela que era una actriz de telenovelas (yo ni sabía quién era), y que algún día iría a Venezuela a visitarla.

Recuerdo también que en el hall del hotel había una de esas slot machines, y todas las noches, antes de irme a acostar, ponía yo una moneda en la máquina, halaba la palanca y me iba, y esta mujer me preguntaba por qué nunca esperaba a ver si había ganado.

La última noche, y ya que tenía que salir temprano para Greenock (Glasgow) por la mañana, les pedí que me tuviesen preparada la cuenta, e hice lo de siempre, pero cuando iba por el pasillo rumbo a mi habitación empezaron a sonar sirenas y campanas.

Me asusté porque pensé más bien en una alarma de incendio, pero resultó que yo había hecho el jack pot. Y en recepción me dijeron que por la mañana sacaríamos cuentas.

En efecto, cuando por la mañana fui para el checkout me encontré mi factura y un fajo de billetes. Era lo que me quedaba después de haber pagado el hotel, ¡y era una buena cantidad!

Al cabo de unos años, exactamente en el verano de 1974, volvía yo de un curso del S/7 Marítimo, en Bruxelles, y ya que lo último del curso era una práctica en el “Prince Philippe”, un ferry que hacía la ruta Ostenda Dover, en lugar de volver a Bélgica para luego irme a Paris y de allí a Caracas, me las arreglé para quedarme en Dover e irme luego a Londres para tomar un vuelo esa misma noche y así poder regresar a Caracas un día antes.

Como sufro de claustrofobia, en el avión intento dormirme para así desconectarme y viajar tranquilo.

Recuerdo que en ese viaje de regreso a Caracas cené y caí en un entresueño, y que cerca de mí estaba una mujer que no hacía más que hablar de espíritus, fantasmas, reencarnaciones, y cosas paranormales.

De repente hubo un gran estruendo y un salto en el vacío que no paraba; parecía la bajada de una montaña rusa. Una azafata se partió una pierna, y hubo algunos heridos más.

Cuando pude abrir los ojos me encontré en medio de gente rezando y, en mi entresueño, modestamente pensé: «Ya estoy en el Paraíso».

Luego me di cuenta de la realidad: había sido un vacío de aire muy grande, y el avión había perdido no sé cuánto de altura. Afortunadamente no pasaron cosas mayores.

Parece que ese susto le dio más ánimo a la mujer espiritista, pues con sus temas paranormales puso a todo el mundo con los pelos de punta.

De pronto recordé algo y le dije: «Yo sé leer la mente y el pensamiento». Y, haciendo un poco de farsa, le conté un poco de su vida: le dije que era egipcia, que trabajaba o había trabajado en un hotel, y que iba a Venezuela a visitar a su prima que era una actriz famosa, etc.

La mujer se acojonó tanto que nos dejó descansar todo el resto del vuelo, pues no volvió a abrir la boca, y así pude volver a dormir.

Cuando, poco antes de aterrizar, nos despertaron para el desayuno, la mujer tenía el aspecto de alguien que ha pasado una mala noche. Sus ojos parecían los de un búho, y no paraba de mirarme, pero no se atrevía a dirigirme la palabra.

De repente le pregunté:

—¿Cuántas personas hicieron el jack pot en la slot machine de su hotel?

Ella me contestó:

—Que yo recuerde, una sola: un muchacho que venía creo que de Venezuela.

Y le contesté:

—¡Ese muchacho soy yo!

Por poco me pega. Empezó a decirme de todo porque le había hecho pasar una noche terrible creyendo que de verdad yo podía leer el pensamiento.

Éstas son de esas casualidades que le pueden ocurrir a uno una sola vez en la vida,… como la de ganar el jack pot.   

[*IBM}– Del baúl de los recuerdos: S/32 y /34, por Leonardo Masina y Francisco López

E-mails cruzados entre el 10 y el 15 de octubre de 2003.

Carlos M. Padrón

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Leonardo Masina

«Call IPL»

Estas dos historias son cortas pero muy simpáticas. Posiblemente Francisco (Paco) López se acordará de las personas que las protagonizaron, ya que él estaba también allí cuando ocurrió la primera de las historias.

Creo que una de las damas protagonista hizo después «carrera» en IBM.

Como ya comenté, en IBM-Capriles se daban clases tanto a clientes como a analistas de GSD.

Recuerdo que estaban dando un curso del S/34 para nuevos analistas, y había una analista leyendo en el manual, que estaba en inglés, cómo inicializar la máquina. El manual decía algo así:

  1. Insert the diskette
  2. Call IPL

De pronto, la analista se volteó y preguntó:

¿Qué significa CALL IPL?.

Y alguien le contestó:

Llama IPL.

Pero ella, incrédula, volvió a preguntarlo, y la respuesta fue la misma,

—Llama IPL.

En eso, vemos que se acercó a la CPU y empezó a decir:

—IPL,… IPL,… IPL,…—, aumentando cada vez más el volumen de su voz.

Luego se volteó y exclamó:

¡Pero no hace nada! ¡¡No me contesta!!

Ya se pueden imaginar la carcajada general de los presentes. Y la muchacha analista, bastante avergonzada, se retiró y no volvió a aparecer en toda la tarde.

***

«La máquina está enfermita«

Había otra analista (que antes no lo era,… pero mejor no dar más datos) que su ineptitud en el uso del S/32 la escondía con la frase «La máquina está enfermita».

Ya me tenía hasta el gorro con eso, pues a cada momento estaba reportando la máquina al Departamento Técnico y la causa era siempre «La máquina está enfermita».

Pero la máquina nunca tenía nada; el problema era la ineptitud de la muchacha.

Hasta que un día fui a ver a su jefe y le dije que buscara una solución ya que yo no podía estar a cada rato viniendo a ver qué tenía la máquina para descubrir que el problema era siempre la incompetencia de la analista.

Dicho y hecho: ¡al poco tiempo la nombraron gerente!

Otra clara demostración de la aplicación del Principio de Peter. 

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Francisco (Paco) López

Recuerdo el caso de una señora, perforista ella, que en IBM-Capriles estaba haciendo un curso para trabajar con en el nuevo equipo 3742,… ¿ó 3472? No recuerdo bien.

La señora se puso sus audífonos y empezó a escuchar las instrucciones, que decían algo así como: “Saque el diskette de la envoltura e introdúzcalo en la ranura, etc.”.

Y como los diskettes de la época eran los de 5¼”, flexibles, de color negro y que funcionaban dentro de una funda, la señora empezó a sacarle la funda.

Y cuando la rompió totalmente y extrajo de ella el diskette, delgado y flácido, trató de introducirlo en la ranura, pero sin éxito, por supuesto.

Cuando «El Perro» se dio cuenta, no les cuento lo que le dijo a la sorprendida señora.

¿Recuerdan quién es “El Perro”? Imagino que sí.

[*IBM}– Del baúl de los recuerdos: Malentendidos derivados del español hablado en Hispanoamérica

Sigo con temas tratados vía e-mail allá por al año 2003, al igual que lo contado en,

Este post contiene términos que podrían resultar ofensivos para algunas personas, pero que debo usar para ilustrar los tales malentendidos y hasta para ahorrar situaciones embarazosas a quienes no sepan de ellos.

Carlos M. Padrón

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Leonardo Masina

Esta vez no va de máquinas, sino de cómo en Hispanoamérica no todos hablábamos el mismo idioma. Puede que ahora, con las parabólicas, se haya ido modificando, no lo sé.

Recuerdo los comentarios, cuando entré en IBM, de los famosos manuales técnicos traducidos en Argentina o España, pero para mí eso era prehistoria, ya que eran manuales de tabuladoras y otros hierros viejos.

Yo soy italiano, llegué a Venezuela con 9 años, volví a Italia con 12 para seguir mis estudios, y volví de nuevo a Venezuela con casi 21. Pero en ese lapso pasaba la mayor parte de mis vacaciones escolares veraniegas en Venezuela, así que para mí el «venezolano» era mi idioma, pero, lo reconozco, con muchos fallos y deficiencias.

Al año de entrar en IBM, en agosto de 1970, me mandaron a México, justo terminado el mundial de fútbol. Ahí aprendí que ciertas palabras que en Venezuela eran de uso común, en México podían sonar ofensivas. Por ejemplo, en Venezuela era muy común decir:

  • «Echarse palos», que allí se interpretaba como «follar, tirar o coger»
  • «Dar/pedir la cola», como «dar o pedir el trasero»
  • «Tocar la corneta» (referida a la bocina del carro), como «dar una mamada»
  • «Chaqueta», como «paja» (“Hacer o hacerse la chaqueta”)

Referente a esta palabra, recuerdo que, en México, Henry Meza y Trina, su esposa; Edmundo Ausmanas y señora; un par de compañeros y yo, íbamos un sábado en autobús para un mercado folclórico, y, en el trayecto, Trina y la mujer de Ausmanas iban conversando sobre unas chaquetas con una piel tan suave y tersa que era una delicia acariciarla.

Parecía un discurso hecho adrede, y de repente se levantó un hombre, que iba sentado cerca de ellas y estaba escuchando la conversación, y las insultó de mala manera, por vulgares e indecentes.

Por otro lado, había palabras mexicanas que yo no entendía, como:

  • «Güero», que significa «catire o rubio»
  • «Chingaó», que para los mexicanos es como decir «carajito»
  • «Platicar», que significa «charlar o hablar»

Con ésta tengo también otra historia.

Un día fuimos a hacer prácticas en un cliente que se encontraba en un pueblo fuera de la ciudad, y a mediodía, aprovechando que era día de mercado, todos quisieron ir a comer ahí.

Los mejicanos empezaron a comprar varios tipos de chile y se lo comían como si fuesen cotufas, tostones o papitas fritas. Yo realmente no veía nada apetecible, y, además, había muchas moscas.

Un compañero mejicano me ofreció un chile especial, uno que se consigue muy raramente. Confiado, me lo metí en la boca, y aquello me pareció una explosión de ácido sulfúrico que me quemó toda la lengua y la boca. Resulta que, de vez en cuando, uno de esos chiles sale «venenoso» (así le dicen) y ése justamente me tocó a mí.

Lo pasé fatal, pero, como dicen los mejicanos: «Lo malo no es cuando entra, sino cuando sale». En efecto, lo pasé fatal también cuando salió, pues por poco no hecho las tripas por el trasero. Así que, al día siguiente, hecho mierda, en el verdadero sentido de la palabra, no pude ir a clases y me quedé en la cama.

A media mañana apareció una señora, ya entradita en años, para limpiar la habitación. No paraba de hablar y me contó que en esa misma habitación estaba antes un «gringo» y a veces se quedaba esperándola porque él necesitaba «platicar», y todo el discurso de la señora se centraba en el hecho de que los hombres necesitan «platicar» con una mujer de vez en cuando, etc.

Y la mujer se me iba acercando siempre más, e insinuándoseme,… pensaba yo. Inclusive me ofreció volver por la tarde. Así que yo, aunque hecho mierda, me hice el valiente y le dije que tenía que irme a IBM.

Agarré mi ropa, me fui al baño a ducharme y me escapé. Cuando llegué a la escuela aprendí que «platicar» significa «charlar»…

Otro país del cual tengo varios recuerdos y muchos viajes por motivos de trabajo, es Santo Domingo.

Ahí estaba Lliben Chea Ariza, que era una mezcla de chino y trinitaria —o sea, un chino negro— que había sido mi compañero en la escuela de México, y él también decía siempre «hijo de la chingada».

Cuando en la mañana, en el hotel, bajé a desayunar, pregunté qué jugos tenían, y me dijeron: Chinga, piña, grape fruit, etc. Eso de «Jugo de chinga» en realidad no me apetecía, y tomé otro.

En otra ocasión, siempre desayunando en un hotel, vi a un camarero servirle a otro cliente un jugo color naranja. Le pedí que me sirviera uno de ésos, y él me contestó: ¿»Jugo de chinga»?

¡Ahí fue donde aprendí que la «chinga» a que se refiere «hijo de la chingada» no tiene nada que ver con el «jugo de chinga»!

Otra vez, siempre en Santo Domingo, estábamos en la universidad (la 1130 era la máquina más culta, porque la tenían todas las universidades) y, saliendo a mediodía, Lliben iba conduciendo y yo en el otro asiento, con la ventanilla abierta.

En la esquina estaba una muchacha que me dijo: «¿Me das una bola?» (en Venezuela, «bola» es también testículo). Sinceramente, un poco sorprendido y ruborizado, me hice el loco, pero unos metros más adelante otra muchacha me dijo: «¿Me das la bola?».

La primera pudo ser un malentendido —pensé yo— pero ya dos no era casualidad, y en eso se me acercó un muchacho y también me pidió «la bola».

Le pregunté a Lliben qué era eso de que me estuvieran pidiendo «la bola», y él, inocentemente, me dijo: «Te piden si los llevas, si les das un pasaje». Y yo le contesté: «Ah, ¡me están pidiendo la cola».

A Lliben le dio un ataque de risa que hasta tuvo que bajarse del carro, porque, para él, «pedir la cola» significaba «pedir el culo».

Paolo Cavallini pidió una vez en Brasil «Huevos con persego» para desayuno, y resulta que «persego” es melocotón, mientras que al jamón le dicen “presunto», y cuidado con decirles «¡Pois no!», ya que eso no es una negación, como lo sería «pues no», sino una confirmación como «¡Cómo no!».

Pienso que todos los que hemos tenido la oportunidad de viajar por países de Latinoamérica hemos tenido también nuestros problemas de entendimiento y nos hemos enfrentado a veces con palabras que no comprendíamos, o cuyo significado no era el que nosotros conocemos.

Aquí en España, por ejemplo, al «edificio» lo llaman «finca», al «apartamento» le dicen «piso», al «piso» le dicen «planta»,… y esto es sólo una pequeña muestra.

A ver si alguien más se atreve a contar sus anécdotas con el idioma.

***

Alberto López (*)

Continuando el comentario de Leo, les puedo decir que en realidad son ciertas sus aseveraciones ya que, indudablemente, todos en Hispanoamérica «hablamos el mismo idioma pero no nos entendemos», por eso de que mismas palabras tienen diferentes significados.

Por ejemplo, Leo, se te olvidó que en México cuando te dicen que tomes el «camión» uno se queda pensando “¿Cómo es que aquí no existe otro transporte?”.

Pero, ¡qué va!: lo que quieren decirte es que tomes el autobús.

Recuerdo que en una oportunidad me enviaron por tres meses a Guatemala a dictar el curso para nuevos técnicos OP de la región de Centro América.

No vean la que se me presentó, ya que tenía en el curso personas de Panamá, Honduras, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Y, por supuesto, aquello era un arroz con mango con el idioma. Tenía yo que tener mucho cuidado en qué términos usar ya que la misma palabra tenía, entre ellos mismos, significados distintos.

Empezando mi estadía en Guatemala tuve la primera experiencia con el idioma.

Al siguiente día de llegar habían preparado una recepción de bienvenida en casa de la familia de un técnico. Por supuesto, empezaron las preguntas normales de grupo en tratar de conocerse entre sí, y es el caso que la abuela y madre, dueñas de la casa, entablan conversación conmigo y, entre tantas preguntas, yo les contesto a una de ellas que «Estoy luchando por la locha» (¿se acuerdan de esta expresión muy común en Venezuela?).

Bueno, ¡qué les digo de la que se armó!, pues resulta que en Guatemala “La Locha» era la “madame” más conocida y la dueña de todos los burdeles de la capital. ¡Imagínense ustedes que yo vengo a decirles, al segundo día de estar allí, que estoy luchando por esa señora!

Igualmente, cada vez que decía «apretar» una tecla era la carcajada total ya que esa palabra indica cogerse a una mujer; según ellos, yo debía decir «apachar».

Una vez iba yo manejando y, la verdad, es que yo no “pelaba” (esquivaba) un hueco de la carretera, y al siguiente día hice en clase el comentario sobre el hueco. ¡La torta, ya que esa palabra se usa en relación con maricones! Yo debí decir «hoyos».

Y así son muchísimas las anécdotas.

Igualmente recuerdo que, cuando lo de Allende en Chile, vinieron asignados a Venezuela varios IBMistas chilenos. Es el caso que a un vendedor de OP, Iván Villalobos, a quien aquí le enseñaron (para joderlo) a decir «coñazo» como una palabra técnica para describir la intensidad del golpe que sobre el papel da la esfera de la máquina de escribir.

Bueno, pues él, creyendo que había aprendido algo nuevo y novedoso, iba de cliente en cliente diciéndoles que con cierto dispositivo el «coñazo» lo podían reducir a «coñacito», según posicionaran la palanca. Esto siguió así hasta que alguien se quejó a IBM y, por consiguiente, le aclararon a Villalobos que «coñazo» era una grosería.

Como éstas hay muchísimas. A medida que me vaya acordando las iré escribiendo.

(*) NotaCMP del 08/08/2011.- Alberto López murió en España el 28/05/2010. Q.e.p.d.

***

Carlos M. Padrón

Durante mi asignación en España monté un par de cursos de IFW para gente de IBM Latinoamérica.

A uno de ellos, IBM-Argentina mandó a una muchacha, joven, alta y bonitica, que hablaba con marcado acento porteño.

El curso preveía una presentación de parte de un especialista de IBM-España, y el gerente del Sector Finanzas de allá ordenó a casi todo su personal que fuera a escuchar esa presentación.

Tuve, por tanto, que buscar muchas sillas, y para aprovechar el espacio las coloqué en el salón en filas paralelas, dejando un pasillo en todo el centro.

La única forma de tener acceso a las filas de sillas era entrando desde el extremo que daba al pasillo.

Estando el salón ya casi lleno, y a pocos minutos de comenzar la presentación, llegó un rezagado.

Sólo había dos sillas libres, y ambas estaban contiguas a la que, al borde del pasillo, ocupaba la muchacha argentina, así que le dije a ella que se desplazara un puesto hacia la pared para permitir que el recién llegado se sentara. Y ella lo hizo.

Apenas comenzó el presentador, apareció otro rezagado.

Para no interrumpir, en vez de hacerle a la argentina una petición verbal, le hice señas de que se desplazara otro puesto hacia la pared, pero ella, no sé por qué, me dijo en voz alta:

—¿Querés que me corra otra vez?

El silencio que se hizo en el salón fue algo fulminante, e igualmente fulminante fue la carcajada general que lo siguió.

Ante la cara de inocente sorpresa que me puso la muchacha, tuve que reírme también, hasta que el presentador dijo:

—Bueno, Carlos, tú verás qué haces, ¡pero no me gustaría que fuera aquí!

Y entonces sí que se armó el desmadre, que duró varios minutos.

No creo que la muchacha argentina olvide ya en toda su vida que en España “correrse” es tener un orgasmo.

[*IBM}– Del baúl de los recuerdos de IBM: Esto empezó con la 1620 instalada en la UCV (Cap. 2)

Como ya conté en Del baúl de los recuerdos de IBM: Esto empezó con la 1620 instalada en la UCV, artículo que conviene leer para, entre otras cosas, saber que, a menos que se indique lo contrario, todo lo que ahora sigue fue trasegado vía e-mails hace 8 años, o sea, en 2003.

Carlos M. Padrón

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19-08-2003

Mario R. Esquivel

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Gracias a Pedro Mazzei me he enterado de que está circulando esta historia.

Carlos, no me quites de tu lista, y espero que Lluis Martin regrese de sus vacaciones para que agregue varias páginas, pues él fue uno de los protagonistas de esa época. Me parece una manera muy interesante de revivir acontecimientos de hace más de 30 años.

Estoy de acuerdo con Pedro en señalar a Pablo Guzmán como protagonista de la historia del Plotter. Lo conocí bastante porque fuimos compañeros durante varios semestres, y él era un dirigente estudiantil muy admirado.

En lo que a mí respecta, en 1967 estudiaba ingeniería y, al comenzar el tercer semestre, me encontré con Pedro en el cafetín, cargando una caja de tarjetas. Hasta ese momento lo único que conocíamos eran las tarjetas de inscripción en la Facultad y en las materias a cursar y a duras penas relacionábamos las perforaciones con los códigos escritos en la parte superior. Cuando le pregunté a Pedro qué hacía con «eso», para explicármelo me llevó a conocer «La Computadora de la Universidad» en Control de Estudios.

Creo que ya era una IBM/360-30. Por supuesto, me impresionó y, al mismo tiempo, Pedro comentó que en la Facultad de Ciencias, donde él estudiaba, dictaban unos cursos «de programación» para aprender a usarla.

Me llamó la atención y me inscribí, en libre escolaridad, en Programación I, donde aprendimos a programar en Fortran IV, aunque durante parte del semestre tuvimos que limitarnos al FORGO de la 1620.

Creo que en ese mismo año la escuela adquirió una IBM/360-30 en la que, además de FORTRAN, practicamos COBOL, PL/I y ASSEMBLER 360.

Precisamente por mis conocimientos de COBOL logré una pasantía en la SHELL en 1968, junto a Luis Martín (hoy Lluis Martin) y Michel Ibarreche, más especializados en Sistemas Operativos (OS/360).

Después de un año en Shell y otro en la Petroquímica (IVP) como programador, estuve con la RCA programando la Spectra/70, y cuando cerraron operaciones en 1971, pasé a INM, a la Sucursal Finanzas.

Exprimiré mis recuerdos y trataré de conseguir información de otros compañeros de la época para tratar de incorporar alguna anécdota a esta novela por entregas de la 1620 que aún recuerdo después de 36 años.

La versión de Manny sobre el Fortran y el redondeo de decimales es correcta, pero no recuerdo lo de Matilde.

Recibe un caluroso abrazo,

***

Antonio Lalaguna

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En Administración o Control de Estudios de la UCV, en la Plaza del Rectorado, había una IBM/360-30, y en Ciencias había una IBM/360-40, la cual atendía, junto con la de Minas y el Data Center, el Sr. Félix Rangel.

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Leonardo Masina

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Como ya comenté, la IBM/1130 fue instalada, tanto en El Universal como en El Nacional, con una aplicación llamada TYPESETTING.

Las dos máquinas resultaron ser muy nobles. Creo que jamás se estropearon seriamente, excepto por la consola, esa maquinita de escribir, basada en la Selectric de OP, que era mi dolor de cabeza. ¡Ese monstruo podía conmigo!

Por el tipo de aplicación, las 1130 de los periódicos no tenían impresora, sólo utilizaban las consolas, y creo que era por ese motivo que las únicas 1130 que se me estropearon fueron las de los periódicos.

Menos mal que tuve un jefe inteligente (Uwe Petersen) que, como también había sufrido las maldiciones de la consolita, entendió que en lugar de estar yo un día peleando para cambiarle una cuerda de Tilt o Rotare a esa birria, era más rápido pedir ayuda a OP. Y así se hizo.

Y visto el rápido y óptimo resultado obtenido, a partir de entonces cada vez que había un problema con la consola venía un técnico de OP a ayudarme.

Así fue cómo conocí a uno muy especial, pues nos hicimos muy amigos e inclusive llegó a ser mi jefe: Alberto López.

A Alberto le estaré siempre agradecido por eso y por otro motivo. Ver la habilidad con que desarmaba y rearmaba esa consola era impresionante, y por eso, cada vez que yo tenía un problema con esa maquinita, recurría directamente a él.  

Otro problema que tuve fue en El Nacional, un problema mucho más complejo y, al final, tonto.

Habían montado el centro de proceso de datos en el sótano. Por un montacargas recibían los artículos de los periodistas, y por una ventanita pasaban a los linotipos las cintas terminadas.

En realidad, ellos querían tener a las secretarias en la planta de arriba, junto a las lectoras de cinta, y poner las perforadoras donde estaban los linotipistas, pero IBM nunca les suministró una consola o terminal con la que ellos pudieran operar la 1130 en forma remota, así que «todos para el sótano» 

Las perforadoras de cinta que utilizaban eran de muy alta velocidad, y el cliente se quejaba de que, de vez en cuando, había errores en las cintas de salida, o sea, que el texto de entrada era correcto pero, muy esporádicamente, en el de salida resultaba alterado algún caracter.

Inicialmente, eso me tuvo de cabeza. Primero, estudiar el problema. La cinta era de 6 perforaciones —o sea, que el caracter se formaba por la composición de esas perforaciones— y descubrí que los errores eran causados siempre por el mismo punzón, o sea, que se disparaba siempre erróneamente el mismo punzón.

Identificado el problema, pues a buscar la causa. Escribí un programita en Assembler que perforaba un patrón, y otro que lo leía.

El cliente trabajaba desde las 14:00 hasta medianoche, así que yo tenía disponible la máquina todas las mañanas, pero por más que lo intentara con mi programita de test, la máquina no fallaba.

Ya exasperado por no poder reproducir el problema —y, de paso, el cliente arrecho porque a él siempre se le presentaba— una tarde fui al cliente para demostrarle que con mi programita la máquina no fallaba y que, por tanto, debía ser algo del programa original.

Le corrí mi programita y, milagro, ¡el programita falló! Ya tenía yo dos constantes:

1 – Era siempre el mismo punzón
2 – Fallaba sólo por la tarde

Pero eso no era suficiente para resolver el problema; había que encontrar la causa, aprovechando algún tiempo libre del cliente.

Modifiqué mi programita de manera que lo que saliera de la perforadora entrara directamente en la lectora, y las puse a trabajar.

Aquello empezó a escupir cinta que parecía el carnaval de Río, y, al rato ¡bingo, se presentó la falla! Pero, ¿cuál había sido la causa? Volví a arrancar el programita, y, al rato, la falla otra vez.

Una de las secretarias que estaba pendiente de lo que yo estaba haciendo me dijo: «Falló cuando arrancó el montacargas». En efecto, comprobado: la causa era el arranque del montacargas.

Empecé a verificar todos los contactos de tierra, masa, etc., y todo estaba perfecto, pero la maldita máquina seguía fallando. Ya exasperado y derrotado, pedí ayuda a Ramón López.

Cuando Ramón llegó a la instalación le expliqué las dos constantes y la causa.

Miró a su alrededor, agarró los cables de la lectora y de la perforadora de cinta, que eran bastante más largos de lo necesario, los desenrolló y los volvió a enrollar en el otro sentido, como si se tratara de una manguera para regar.

Probamos de nuevo, ¡y todo perfecto! Otro de esos milagrosos inventos de Ramón.

Aparte del problema de la consola de El Universal y de los cables de El Nacional, esas máquinas jamás nos dieron problemas, pero sí nos hicieron ganar mucho dinero a los técnicos por las guardias y los stand-by, aunque nunca tuvimos que ir ni de noche, ni en fin de semana, a repararlas.     

***

Leonardo Masina

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Quien más y quien menos, todos metimos la pata alguna vez en nuestro trabajo en IBM. Y yo, fiel a la regla, la metí también más de una vez, pero creo que la que nunca olvidaré fue una ocurrida en la UDO en Cumaná. 

Me habían mandado allá porque había un problema en el multiplexor de la 1133, pero, al no poder resolverlo, tuve que pedir asistencia a Ramón López.

Recuerdo que cuando regresaba de recogerlo en el aeropuerto, en camino a la Universidad y ya para entrar a la UDO, había que cruzar a la izquierda, y él me contó una anécdota, de años atrás, de un técnico IBM, del área de software, que estaba con él cuando se montó la 1130 de la UDO, y que le decía que cada vez que tomaba esa curva para entrar en la universidad se le «ponían de corbata».

Y Ramón, con su modo pausado de hablar, le contestó: «¿Probaste a reducir un poco la velocidad?». Todavía me acuerdo de ese detalle.

Volviendo al punto, resultó que la 1133 tenía un problema de impresora y se perdían las señales. Me llegaban bien en los boards de abajo, pero no en los de la primera fila de arriba, la más alta. Yo medía la continuidad, y todas las líneas estaban bien, pero las señales no llegaban.   

En cuanto Ramón entró en la sala de máquinas, lo primero que hizo fue agarrar la «banderita» (así llamábamos a la punta del osciloscopio que se utilizaba para medir las señales) y tirar de ella.

Inmediatamente se partió, pues el cable interior estaba roto y hacía falso contacto, pero como el plástico que lo recubría estaba intacto, al halarlo y no contar con la resistencia del cable interior, inmediatamente el plástico cedió y se rompió.

De la vergüenza que me dio yo no sabía dónde esconderme. Y Ramón, siempre con su filosofía tranquilizadora, me dijo: «¿Ves?, era un problema grave, o sea, de GRAVEDAD. Está justificada mi asistencia».

Para los que no estén familiarizados con esto, la «banderita» estaba conectada a la punta del osciloscopio, y el cable (alma interior más cubierta plástica exterior que recubría el alma) colgaba de ella.

El peso del cable hacía que el plástico cediera lo suficiente para que el alma no hiciera contacto; y, al no haber contacto, se perdía la señal.

Cuando yo medía las señales en los boards inferiores, el cable, que no estaba todo extendido, no era lo suficientemente pesado como para provocar en el alma la separación que impedía el contacto; pero al subirlo y aumentar así el peso porque el cable colgaba, se producía la separación del alma y la consiguiente pérdida de contacto.

«Espero haber explicado la GRAVEDAD del problema, o, mejor dicho: EL PROBLEMA DE LA GRAVEDAD». 

No hay mejor forma de aprender que aprender del pasado. Este caso me enseño dos lecciones:

1ª – Antes de utilizar un osciloscopio, comprobar siempre las banderitas.

2ª – Ramón me enseño que no hay que hacer leña del árbol caído. O sea, que cualquiera puede tener un despiste en un determinado momento.

Jamás se supo esto en IBM. De haberse sabido no creo que me hubiera perjudicado, pero sí le estoy muy agradecido a Ramón por el hecho de haberlo mantenido entre nosotros.

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Ramón López

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Unos días antes de Navidad, fui a Mérida por una falla que tenía la 1620, pues un técnico de Maracaibo llevaba allá ya cuatro días sin poder arreglarla. 

Cuando llegué al aeropuerto me subí en un taxi, y por la radio escuché la siguiente noticia: “Por culpa de los imperialistas de la IBM, los obreros y empleados de la universidad no han cobrado…”.

Cuando llegué a la universidad puse cara de no pertenecer a IBM ni saber nada de esa compañía, pues había piquetes de trabajadores muy enojados.

Después de arreglar la máquina, los de la universidad me llevaron a ver cómo era la Paradura del Niño, y muchas cosas más, pues los andinos son muy amables. 

Como nota pintoresca, esa noche, cuando dormía yo en el hotel, se armó un escándalo porque había un señor que roncaba como un terremoto, algo nunca visto, y todo el mundo iba a golpearle en la puerta. Lo escuchabas dos pisos más arriba de su cuarto.

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COMENTARIOS

Enrique Sambrano
Saludaba a Pedro Mazzei

CMP

En respuesta a Enrique Sambrano.

Pues yo ni por casualidad logro entender por qué en tu dirección eres Enrique –y Sambrano con ‘S’ (¡?)–pero te despides como Pedro. ¿Es para “foncundir” al enemigo?

Enrique Sambrano
Por pura casualidad he llegado a este blog lleno de anécdotas tan interesantes de personas de las cuales tengo referencias, y de otras que tuve el placer de conocer y hasta de “trabajar” con ellas.

Saludos, Pedro.

Gabor Simon
Hola a todos los que tuvieron que ver con la 1620 de la Facultad de Ciencias.

Yo estudiaba Ing. Eléctrica desde 1959. En 1963 tomé materias de computación y me puse a estudiar Lenguaje Absoluto (Prof. Domingo), Fortran II (Luis Salgado), Algol y Assembler.

Fueron tiempos complicados para conseguir tiempo de máquina por la carga de trabajo que había en la escuela y teníamos que trabajar de madrugada, cuando lográbamos chulear la 1620 al Prof. Domingo y su combo.

Eran cálculos complicados de fallas trifásicas, etc., de transmisión y distribución de energía eléctrica de alto voltaje (120/240KV).

¡Tremendo equipo para la época! Aunque, como ya habrán leído de otros exIBMistas, daba algunos dolores de cabeza y, si no, que le pregunte a Uwe Petersen y su grupo.

Posteriormente, en Toronto (Canadá) estuve en diseño/modificación de computadoras (Sigma5/7 CDC o SDC, no me acuerdo en estos momentos) para control de procesos industriales.

En el año 1968 entre en IBM de Venezuela para trabajar y mantener las IBM/1800 de las refinerías. Me desviaron luego a trabajar en el diseño del sistema online para bancos (Banco de Venezuela). Harina de otro costal.