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26-01-2026
Según mi partida de nacimiento —ese papelito que se cree muy serio, como si fuera el gerente de mi vida— estoy por cumplir setenta años. Setenta. Qué risa. Qué descaro. Qué optimismo tan ridículo el de la aritmética. Porque si vamos a hablar claro, yo he vivido tanto que ya debería tener millas acumuladas para dar la vuelta al mundo en primera clase.
Tengo más canas que un convento, sí, pero yo, muy digna, me las pinto con regularidad, como quien dice: “La vejez vendrá, pero que venga engañada”. Porque una cosa es envejecer y otra es rendirse. Yo no me rindo. Yo me pinto. Y si hace falta, me repinto. Y si el tinte no agarra, lo amenazo.
Las arrugas… bueno, esas ya son parte de mi inventario. Tengo arrugas que podrían cobrar alquiler. Pero jamás salgo a la calle sin mis zarcillos y sin pintarme la boca. Jamás. Aunque esté medio muerta, aunque tenga la cara hinchada, aunque parezca que dormí en una caja de zapatos, yo me pongo mis zarcillos y me pinto la boca como quien se arma para la batalla. Que la vida me arrugue lo que quiera, pero la dignidad estética no me la toca nadie.
A veces me miro al espejo y pienso: “Caray, chica, estás hecha un poema… pero de esos largos, con notas al pie y edición crítica”. Y me ataco de la risa. Nadie se burla de mí tanto como yo misma.
Mi espíritu no tiene setenta años. Mi espíritu tiene temporadas. Y spin-offs. Y precuelas. Y varios capítulos censurados. He vivido pérdidas que envejecen de un sopapo, alegrías que rejuvenecen sin pedir permiso y crisis que me templaron como hierro en fragua. Mi cuerpo dice setenta, pero mi alma va por la quinta temporada de su propia serie histórica, con presupuesto limitado pero efectos especiales emocionales de primera.
La edad oficial es un número. La edad real es intensidad. Mi calendario dice setenta; mi historia dice “y vaya si los has vivido”. Llevo más estaciones que las que cuentan los almanaques. Soy testimonio, templanza, persistencia… y un poquito de malcriadez, porque a estas alturas, ¿quién me va a regañar?
Tengo montones de amigos. De todos los colores y sabores. Los quiero y ellos me quieren a mí… y además me soportan.
Tengo hitos importantes en mi vida: el día que me robé un carro de un restaurante; el día que me hice pipí en el Aula Magna; el día que me monté en un avión creyendo que iba para Boston y terminé en otra ciudad; el día que un tipo me invitó a cenar y me pasé dos horas diciéndole mentiras para descubrir al día siguiente que era un chivo muy importante de la compañía donde trabajaba; el día en que, con una amiga, conectamos dos secadores de pelo y le tumbamos toda la electricidad al Hotel Nacional en Río de Janeiro; el día que entré en otro matrimonio creyendo que era el de mi sobrina. Y como esas, montones. Yo soy un anecdotario ambulante.
El día que cumpla setenta voy a guardar silencio. No por solemnidad, sino porque me da la gana. Será un silencio concurrido, lleno de voces, recuerdos, carcajadas, dolores que ya no duelen y alegrías que todavía hacen ruido. Un silencio que dirá: “Llegaste hasta aquí… flaca, fané y descangayá, pero llegaste”.
Ese día, 1 de febrero, brindaré por mí. Porque a estas alturas, me lo he ganado. Sí, setenta, ¡70! La misma pendeja, un año más vieja.
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