[LE}> El plural de «el cara a cara» es «los cara a cara»

El plural de la expresión cara a cara, cuando se usa como sustantivo, es invariable: los cara a cara.

Uso no recomendado

• El candidato dijo que participará en las mesas redondas, los debates y los cara a caras que sean necesarios.

• La periodista se refería al rechazo del líder a la propuesta previa de seis «cara a caras» lanzada por el socialista.

Uso recomendado

• El candidato dijo que participará en las mesas redondas, los debates y los cara a cara que sean necesarios.

• La periodista se refería al rechazo del líder a la propuesta previa de seis cara a cara lanzada por el socialista.

Aunque en origen tiene valor adverbial y significa ‘en presencia de alguien y descubiertamente’ o ‘de manera abierta y directa’ («Resolvieron el asunto cara a cara»), diccionarios de uso como el de Seco, Andrés y Ramos la incluyen como locución sustantiva con el significado de ‘encuentro entre dos personas en que se hablan o enfrentan abiertamente’.

Tiene género masculino (un cara a cara) y su plural es invariable (unos cara a cara), como sucede en expresiones similares (mano a mano o vis a vis). Al ser una expresión asentada en español, no requiere el uso de comillas ni cursivas.

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[LE}> «Restos» o «pecios de una nave», mejor que «ruinas»

Los restos y los pecios, pero no las ‘ruinas’, son expresiones adecuadas para referirse a las partes que quedan de una nave hundida.

Uso no recomendado

• Desaparecieron a bordo de un submarino que se usaba para visitar las ruinas del Titanic.

• El submarino se dirigía a las ruinas del Titanic.

• El objetivo del submarino turístico era llegar a las ruinas del Titanic.

Como indica el Diccionario de la lengua española, resto significa ‘parte que queda de un todo’, mientras que ruinas, usado en plural, alude específicamente a los restos de un edificio: «No podrán evitar la visión de las ruinas del hotel». Por ello, es inadecuado emplear ruinas cuando lo referido no es una edificación, sino otro tipo de construcciones, como ocurre en el caso de los barcos y los submarinos.

Otra opción posible, y quizá más precisa, es pecio, que se usa para los fragmentos hundidos de embarcaciones, como recuerda la Real Academia Española en su cuenta de Twitter («El director empleó los minisubmarinos para filmar los pecios del Titanic»), o para el barco hundido o naufragado («Encontraron un pecio bizantino lleno de tesoros»), según el Pequeño Larousse ilustrado. Así, el singular y el plural son justificables, en función de que se hable o bien del barco sumergido, o bien de los restos de este.

Uso recomendado

• Desaparecieron a bordo de un submarino que se usaba para visitar los pecios del Titanic.

• El submarino se dirigía a los restos del Titanic.

• El objetivo del submarino turístico era llegar al pecio del Titanic.

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[Canarias}> Los romanos llegaron a Lanzarote en el siglo I antes de Cristo

10/06/2023

Luis Socorro

Los romanos llegaron a Lanzarote en el siglo I antes de Cristo

Los romanos o poblaciones romanizadas, originarias del Mediterráneo occidental, recalaron en Lanzarote en el siglo I antes de la era común. Así lo ha confirmado a esta redacción Pablo Atoche, arqueólogo y catedrático de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

Durante la última excavación realizada el verano pasado en el yacimiento El Bebedero (oeste de Lanzarote), Atoche y su equipo encontraron numerosos restos cerámicos “de indudable factura romana”, además de huesos de cabras y ovejas. El hallazgo más espectacular fue un ánfora completa, con la boca modificada para “reutilizarla para otro uso”, en El Bebedero. Hasta ahora, tan sólo había constancia científica de la presencia romana en Canarias en el islote de Lobos.

El profesor Atoche lleva más de treinta años investigando la presencia de culturas mediterráneas en Lanzarote. Los resultados de la última excavación en El Bebedero, realizada en el julio de 2022, confirmó investigaciones anteriores, en ese yacimiento y en el de Buenavista, y los presentó el pasado mes de abril en la Sociedad Económica Amigos del País de Las Palmas, en una conferencia titulada La colonización protohistórica del archipiélago canario a la luz de los hallazgos de Lanzarote.

Hasta ahora, Atoche cuenta con “27 dataciones de carbono 14 de restos animales y vegetales”, registros arqueológicos excavados en el yacimiento El Bebedero. Estos vestigios se han excavado “en seis niveles estratigráficos bien definidos”, con un marco cronológico —afirma el investigador— que va del “siglo I antes de Cristo al XIV de la era, justo en la centuria anterior a la conquista de Canarias, que se prolongó prácticamente a lo largo del siglo XV. Los arqueólogos han encontrado ”cerámica romana, molinos de piedra para moler cereales, material lítico para el tratamiento de pieles y bastantes restos de fauna —“el 90% son huesos de cabras y ovejas”— animal y marina, principalmente moluscos“.

El arqueólogo sitúa los materiales de factura romana entre los siglos I antes de la era común y el IV de la era, final del periodo de la cultura romana. “Se trata de bandejas y recipientes muy similares a los que hemos encontrado en el yacimiento de Buenavista”, a poco más de 500 metros de El Bebedero; ambos enclaves están en la misma comarca lanzaroteña, cerca de la playa de Famara, una zona en la que se podía fondear durante los meses de mar abierto, cuando las condiciones eran propicias para la navegación.

Ánfora tuneada

Pablo Atoche califica de “espectaculares” los hallazgos de la última campaña, la del pasado verano. “Tenemos seis grupos de diferentes tipos de pastas de cerámica que corresponden a seis tipos de ánforas, en algunos casos tenemos conteras, bordes, etcétera”. 2022 “ha sido espectacular en cuanto al número de fragmentos de ánforas y otros elementos de procedencia romana”.

Los análisis de los materiales indican la procedencia: “Las ánforas campaniformes son de Italia, pero hay restos procedentes de la antigua zona de Cartago o de la Bética”, sur de la Península Ibérica. Junto a los fragmentos cerámicos, se han excavado “elementos metálicos, sílex del norte de África, abalorios…”. Los recipientes anfóricos, añade el investigador, “contenían vino, aceite y salazones”.

Pero el hallazgo más sobresaliente se produjo cuando limpiaban un nuevo perfil en la parte oriental del yacimiento de El Bebedero. “Nos aparece un objeto y lo primero que pensamos es que se trata de una tubería de agua fecales, pero, a medida que vamos limpiando, la tubería se convierte en un recipiente”. La primera duda “es que no aparecía la contera, la base del recipiente”, relata el arqueólogo. El recipiente está hecho a torno, o sea, no es de factura indígena, y se localizó en el estrato cuatro, “que lo tenemos fechado justo en el cambio de era”. Finalmente, aparece la contera: “Estamos hablando de un ánfora completa de procedencia romana, fechada en torno al cambio de era”.

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Cuatro imágenes del proceso de excavación del ánfora romana en El Bebedero, en julio de 2022. Captura del vídeo de la conferencia de Atoche en la RSEAP de Las Palmas, en abril de 2023.

La tipología, explica Atoche, “es bastante curiosa, poco frecuente en el Mediterráneo”. El arqueólogo destaca la modificación que “le hicieron en la boca, la ampliaron para reutilizarla evidentemente”. De hecho, continúa el investigador, “la analítica del contenido nos está indicando que tuvo un contenido inicial” —este dato lo reserva hasta la publicación de los resultados en una revista científica— “y tuvo otro posteriormente y tuvo que ver con el mundo indígena, con unas costumbres que hemos detectado en el ámbito indígena en Lanzarote y Fuerteventura”.

Atoche precisa que se “trata de la primera ánfora completa que aparece en un contexto indígena”. Sin embargo, durante la conferencia el arqueólogo no aportó pruebas de que el origen del yacimiento sea aborigen y que después, como sostiene, llegaron los romanos. El profesor de la Universidad de Las Palmas aclara que está pendiente de publicar los resultados en una revista científica, motivo porque el que tampoco nos facilitó las fotografías de la ánfora y de otros fragmentos de cerámica encontrados en la excavación realizada el verano pasado en El Bebedero. “Quiero publicarlas primero en una revista especializada”, comentó a Canarias Ahora- elDiario.es.

Atoche es un profesional muy reservado en su trabajo y poco dado a difundir sus investigaciones en los medios de comunicación. De hecho, el autor de esta noticia le solicitó realizar un reportaje durante la última campaña arqueológica, en julio del año pasado, y no fue atendida su petición.

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Una arqueóloga toma notas junto a una de la estructuras del yacimiento de Buenavista. Foto cedida Ayuntamiento de Teguise.

Lo que no ha encontrado el equipo de Pablo Atoche, durante los aproximadamente treinta años de investigación en los enclaves de Buenavista y El Bebedero, son restos humanos, lo que induce a pensar a otros arqueólogos que esos asentamientos del oeste de Lanzarote, en el municipio de Teguise, no eran permanentes porque fueron construidos por esos navegantes que llegaron a Canarias cuando Roma controlaba la franja costera del norte de África. Estos dos yacimientos no fueron afectados por la erupción del volcán Timanfaya —1730-1736—, que sí sepultó varios pueblos y otros enclaves arqueológicos de los majos, denominación de los primeros pobladores de las islas de Lanzarote y Fuerteventura.

Hasta ahora, los vestigios humanos indígenas más antiguos del Archipiélago están fechados entre los años 207 y 260 de la era común, o sea, principios del siglos III después de Cristo. Fueron encontrados en 1968 en Lanzarote, en La Chifletera, un tubo volcánico en el municipio de Yaiza. La arqueóloga Verónica Alberto coordinó una investigación sobre todos los restos humanos localizados en yacimientos lanzaroteños. Se publicó en el otoño de 2021 en Anuario de Estudios Atlánticos, con el título Sobre el tiempo de los majos. Nuevas fechas para el conocimiento del poblamiento aborigen de Lanzarote, trabajo firmado por siete especialistas.

De lo que sí hay constancia documental es de las primeras navegaciones para explorar el Atlántico al sur de las Columnas de Hércules, al sur del Estrecho de Gibraltar. Juba II (52 o 50 a. C.-23 d. C.), el rey norteafricano de las provincias romanas de Numidia y Mauritania, financió varias expediciones que se realizaron aproximadamente en torno al año 20 antes de la era común. Los resultados de esas travesías las recogió Plinio el Viejo en su famosa enciclopedia Historia Natural, publicada en el año 77 de la era, en el siglo I.

Aunque los yacimientos de El Bebedero y Buenavista se encontraron antes que el de Lobos —islote al norte de Fuerteventura—, descubierto en 2013 cuando un turista encontró fragmentos de cerámica antigua, mientras que los enclaves lanzaroteños se empezaron a excavar a finales del siglo XX, el asentamiento de Lobos fue el primero en el que se demostró de manera irrefutable la presencia romana en Canarias. Es coetáneo a los citados yacimientos de Lanzarote.

Lobos, como afirma el doctor Ramón Cebrián, “es un regalo para la arqueología de Canarias”, al tratarse del único asentamiento romano de carácter económico construido por los romanos o por poblaciones romanizadas. Cebrián es autor de la única tesis doctoral realizada hasta ahora sobre el taller de producción de púrpura de Lobos. La púrpura era un tinte muy cotizado en el Imperio Romano.

En este yacimiento tampoco se han encontrado restos humanos. Era un taller estacional, ya que la zafra del molusco del que se extrae la púrpura duraba poco más de tres meses. Los historiadores consideran que la púrpura se trasladaba a Gades —la actual Cádiz—, ciudad muy importante en la civilización romana por su privilegiada posición geográfica, puerto de salida y llegada de las expediciones por el Océano Atlántico.

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[LE}> «Precampaña», no «pre campaña» ni «pre-campaña»

El prefijo ‘pre-‘, que se utiliza en la formación de nombres y adjetivos, se escribe unido a la palabra a la que acompaña, sin espacio ni guion intermedios.

Uso no recomendado

• Comienza la pre campaña electoral.

• Este es el calendario pre electoral a partir de ahora.

• Visitará el municipio para iniciar la pre-campaña de las elecciones generales.

Uso recomendado

• Comienza la precampaña electoral.

• Éste es el calendario preelectoral a partir de ahora.

• Visitará el municipio para iniciar la precampaña de las elecciones generales.

De acuerdo con la Ortografía de la lengua española, los prefijos se escriben unidos a la palabra a la que modifican (precampaña y preelectoral) y, por tanto, no son adecuadas las grafías en las que el prefijo aparece unido con un guion (pre-campaña, pre-electoral) o separado por un espacio en blanco (pre campaña, pre electoral).

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[LE}> El término «óblast» alude a una división territorial

El nombre óblast, de plural invariable, que designa un tipo de división territorial de varios países, se escribe en minúscula y con tilde, aunque es preferible emplear región, región administrativa o provincia.

Uso no recomendado

• En el este, concretamente en el Oblast de Donetsk, ofrecieron servicios de atención primaria.

• Está preocupada por la falta de defensas alrededor de Bélgorod Oblast.

• Dejaron partes de los óblasts de Lugansk y Donetsk en manos de separatistas.

Uso recomendado

• En el este, concretamente en la región de Donetsk, ofrecieron servicios de atención primaria.

• Está preocupada por la falta de defensas alrededor de la región de Bélgorod.

• Dejaron partes de las regiones de Lugansk y Donetsk en manos de separatistas.

Ya se refiera a Ucrania, Rusia o Bulgaria, la forma adecuada es óblast, con tilde, pues la transcripción se ajusta a las pautas ortográficas del español y es una voz llana acabada en grupo consonántico. Al ser una voz ya acomodada, no necesita comillas ni cursiva.

Por otra parte, los nombres comunes que designan las divisiones administrativas (como región, distrito, municipio…) se escriben en minúscula, por lo que no es adecuado Oblast ni Óblast. Debe ir antepuesto y no pospuesto, como a veces se ve como calco del inglés: el óblast de Sumi y no el Sumi Oblast.

Aunque el empleo de óblast no es incorrecto, igual que a veces se denomina land a un estado federado alemán, obras de referencia como el Pequeño Larousse ilustrado y el Diccionario enciclopédico Salvat universal ofrecen las alternativas región (usual en Ucrania), provincia (en Bulgaria) y región administrativa (en Rusia, a menudo acortado a región). Estas últimas formas pueden resultar preferibles en textos generales y periodísticos, pues son más transparentes.

Al ser una palabra que termina en la combinación de sonidos /st/, lo recomendado, según las indicaciones de la gramática académica, es que permanezca invariable en el plural: los óblast.

Lo explicado se puede aplicar igualmente a krai, una división territorial rusa que se puede trasladar al español como territorio administrativo, y rayón (o raión), que equivale a distrito.

Aunque se recomienda emplear las voces españolas, también habría sido válido emplear óblast en los ejemplos anteriores.

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[Canarias}> Cuando Nelson se llevó un susto / Á. Van den Brule A.

10-06-2023

Á. Van den Brule A.

Cuando Nelson se llevó un susto

“En breve, la gente será incapaz de pensar o razonar por sí misma. Serán capaces sólo de parlotear las noticias que se les dio la noche anterior.” – Zbigniew Brzezinski (Ex consejero de Seguridad Nacional de EE. UU.)

El cañón de bronce que hoy duerme sobre una enorme cureña en el Centro de Interpretación del Castillo de San Cristóbal en Tenerife, El Tigre, es una venerada celebridad con nombre propio. Como los cañones de la época no funcionaban solos, también hay que rendir homenaje al equipo de artilleros que lo dieron todo en una de las gestas militares más brillantes que se recuerdan, dirigida por un anciano general retirado, en perfecta combinación con la población, entregada a la defensa de la ciudad. Ellos, en un tándem perfectamente conjuntado, rompieron los pronósticos más pesimistas.

De eso va la historia de hoy.

No hay peor pesadilla para un soñador, que ver el deterioro de su físico menoscabado por amputaciones sin cuento y tener que asumir que sus expectativas serán hipotecadas para toda la eternidad, ni que del pulcro candor de la inocencia se pueda esperar que la Tierra, por un acto de voluntad, se ponga a girar al revés.

Esto es, lo que la mente del gran almirante Nelson, uno de los pocos ingleses que cumplía el precepto del buen caballero, hombre de palabra, la encarnación tópica del gentleman, la del marino perfecto, talentoso y respetado por propios y ajenos, padeció durante toda su existencia. Pero claro, a veces la percepción es engañosa por las muchas grietas en que se atrinchera obstinadamente la ignorancia. Cuanto más sabemos, cuanto más avanzamos, más se aleja el horizonte, pero, como decía el ilustre Eduardo Galeano (a pesar del sesgo tan poco imparcial de alguna de sus obras), esa línea que funde todos los azules siempre será una referencia que alimente la obstinación del ser humano y su innata curiosidad.

En la céntrica plaza de Trafalgar Square, cerca de Downing Street, la memoria del legendario almirante Nelson pervive en el imaginario del pueblo inglés como el héroe que tantas victorias dio a su bandera

Inglaterra en su concepción estratégica, veía las Islas Canarias como un reto con fuerte hándicap habida cuenta de la fuerte resistencia que venían demostrando los isleños. Drake, el infame amante de la reina Isabel I, finalmente defenestrado, y Blake y Jennings, veían las islas como el pastel de cumpleaños de un niño, o como un plato de gourmet. La idea era cortar las rutas trasatlánticas de los navíos españoles hacia América y, de paso, instalar sus posaderas. Pero a través de la historia se demostró que, conforme su ambición e insistencia se redoblaban, la indigestión de los sucesivos fracasos se fue haciendo de a poco, intolerable, hasta acabar consumiendo bicarbonato a espuertas.

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Horatio Nelson. (Wikimedia commons)

Corría el año 1797 cuando un carismático general de nombre Antonio Gutiérrez de Otero, retirado de tanto trasiego vital, reposaba en Tenerife los trabajados surcos de la experiencia. En una modesta casa en las faldas de La Cardonera, con un pequeño huerto esmeradamente cultivado, vivía plácidamente este honorable militar, muy querido por su pueblo por sus iniciativas a favor de la comunidad y por los sucesos que, más tarde, lo convertirían en una leyenda icónica.

Al amanecer del día 21 de julio, el vigía que estaba a cargo de las señales en el Alto de Anaga dio la alarma. Ocho grandes navíos con una dotación de más de dos mil hombres se acercaban de manera insolente ante lo que se suponía una víctima propiciatoria.

En el momento del intento de invasión, 300 soldados profesionales era todo lo que había en la isla. Un destacamento francés, la tripulación de una fragata que les había sido arrebatada por los ingleses en un golpe de mano, sumaban otro centenar. Con un entrenamiento muy breve, a manos de los sargentos, un millar de nativos formarían una milicia local. Antonio Gutiérrez, ya había aplicado un severo correctivo a los ingleses en las Malvinas y que, algo más tarde y para ponerse en forma, los desalojaría de Menorca, pues había que evitar a cualquier precio que se instalaran los británicos en una cabeza de puente.

Los isleños, a una, se pusieron a disposición del carismático general. Pero tras varios intentos de desembarco, se gestó el escandaloso desastre inglés, que no vino sólo por la unidad entre milicias y uniformados, sino por la suma de desconocimiento de las tablas de mareas, y una terrible sorpresa que aguardaba a estos tragaldabas. Una cadena de atalayas situadas estratégicamente a lo largo del perímetro marino de la isla, y una batería de cañones, entre las que estaba situado uno que se nutría ora de balas, ora de botes de metralla envasados en cartón y cera; lo cierto es que iban a ser una pesadilla para Nelson.

Los artilleros españoles buscaban a cualquier precio el tiro rasante (11º de elevación de la cureña dependiendo de la posición sobre el terreno) que llegaba obviamente más rápido que el tiro con curvatura hábil a su objetivo (45º). Los ingleses, si querían atacar con garantías, debían de situarse a menos de 1.600 metros de distancia de la costa, fuera de su zona de seguridad (4 km) para poder descargar la artillería naval con cierta precisión. Era evidente que en ocho segundos cualquier artillero con un entrenamiento correcto acabaría dando en el blanco.

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Busto del General Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana en Aranda de Duero, Burgos. (Wikimedia commons)

Con gran riesgo, pero amparados por su mayor capacidad de fuego, los ingleses se acercaron a esa distancia para posicionarse de cara al ataque posterior. Pero la solvencia acreditada de Nelson no había metido en la ecuación dos factores. El primero, la rapidísima organización de las milicias; el segundo, que las baterías estaban orientadas, en su mayoría, para barrer las playas en el momento del desembarco.

De esta manera, botes que tocaban arena, eran barridos horizontalmente con la metralla rasante. Esta táctica hizo estragos entre la marinería inglesa. El almirante Nelson, embarcado en uno de ellos, perdería su brazo derecho en el preciso momento de tocar tierra. El efecto psicológico entre los suyos fue demoledor.

Más de 600 marinos ingleses perecerían en aquel caótico desembarco; las cifras de los caídos españoles no llegaron a la décima parte. El Tigre cumplió con su deber. Es triste que, mientras Nelson o su memoria, habitan en una colosal columna de 50 metros de altura y este monumento es visitado por miles de personas a diario, el general Don Antonio Gutiérrez se perpetúa en el espíritu de los que le recordamos, pero en un discreto busto de una pequeña plaza tinerfeña.

Algo no encaja

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[LE}>«Subboreal», con «bb», no «suboreal»

Cuando se añade el prefijo ‘sub-‘ a un término que empieza por la letra ‘b’, la palabra resultante mantiene las dos ‘bes’.

Uso no recomendado

• Geológicamente, se encuentra asociado a la compleja zona de contacto bético-subético.

• Suelos minerales de clima sub-boreal o templado frío con temperaturas medias anuales superiores a los 0 °C.

• La plataforma a nivel de la subrasante tendrá un ancho necesario para recibir sobre ella la capa o capas de la subase.

Uso recomendado

• Geológicamente, se encuentra asociado a la compleja zona de contacto bético-subbético.

• Suelos minerales de clima subboreal o templado frío con temperaturas medias anuales superiores a los 0 °C.

• La plataforma a nivel de la subrasante tendrá un ancho necesario para recibir sobre ella la capa o capas de la subbase.

En español, tradicionalmente se han simplificado las consonantes dobles que surgen cuando se forma una palabra con la adición de un prefijo, como en trasudor, de ‘tras-‘ y sudor, o en transiberano, de ‘trans-‘ y siberiano, salvo en las combinaciones ‘rr’, nn’, que siempre se han considerado válidas, como en superresistente o ennegrecer.

De acuerdo con la Ortografía de la lengua española, también se mantiene la doble ‘b’ en los casos en los que el prefijo ‘sub-‘ se une a un término cuya primera letra es otra ‘b’, excepto en las voces asentadas subranquial y subrigadier, en las que sí se ha simplificado la doble consonante.

Se recuerda que no es apropiado el uso del guion (como sub-bético, sub-boreal o sub-base) pues, como norma general, los prefijos que se aplican a una palabra han de ir unidos a ella.

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[LE}> «Todocampista», en fútbol, alternativa a «box to box»

El sustantivo todocampista es una alternativa a box to box, expresión empleada en fútbol para referirse a aquel jugador que juega en el centro del campo y, por sus condiciones físicas, baja también a defender y se incorpora al ataque.

Uso no recomendado

• Jude Bellingham, un box to box que ha regalado unos mapas de calor y de pases fuera de toda lógica.

• El Real Madrid presenta este jueves al box to box Jude Bellingham.

• Un box-to-box que en 30 segundos es capaz de cortar un balón y llevarlo al área contraria para marcar.

Uso recomendado

• Jude Bellingham, un todocampista que ha regalado unos mapas de calor y de pases fuera de toda lógica.

• El Real Madrid presenta este jueves al todocampista Jude Bellingham.

• Un jugador de ida y vuelta que en 30 segundos es capaz de cortar un balón y llevarlo al área contraria para marcar.

La palabra box significa en español ‘caja’ o ‘casilla, recuadro’ y, según el diccionario Collins, también designa al área de un campo de fútbol. Un jugador box to box, por tanto, es un jugador (que va) de área a área, un jugador de ida y vuelta, un jugador todoterreno o, en una sola palabra, un todocampista.

Este último término, que aún no aparece en los principales diccionarios de referencia, se ha formado por analogía con centrocampista y alude al jugador que ocupa o es capaz de abarcar todo el terreno de juego. Dado que se trata de una voz transparente y que cada vez está más asentada, no resulta necesario destacarla entre comillas.

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[FP}> Un viaje de dos caras, como una moneda: la una, un hermoso recuerdo familiar; la otra, algo para el olvido

24-06-2023

Carlos M. Padrón

Sin ánimo de jactancia debo comenzar diciendo que durante mi vida laboral visité 36 países diferentes y volé en 42 líneas aéreas diferentes (muchas ya desaparecidas), por lo cual perdí hace tiempo el interés por ver lugares nuevos y quedé hastiado de viajes aéreos, y no porque tenga miedo a volar, sino por lo mucho volado y porque, desde que se implantó el control de seguridad en los aeropuertos, quedó atrás, al menos para mí, lo de que volar era un placer. Y no soy masoquista.

Además de esto, en mi columna tengo un defecto congénito, defecto que se manifestó cuando yo tenía 40 años y que desde entonces supe cómo controlarlo, pero se agravó mucho como consecuencia de la radioterapia que no sólo mermó mi masa muscular —por lo cual apenas tengo fuerza física para nada—, sino que me dejó con dificultad para caminar debido a una debilidad en las piernas, y en la espalda un malestar permanente que varía de una simple molestia a un dolor agudo que, cuando camino, sobre todo sobre pisos con desniveles, me obliga a interrumpir la marcha sentándome o acostándome.

Por eso, hasta cada uno de los muchos aunque cortos viajes aéreos que, debido a mi tratamiento, he tenido que hacer entre La Palma y Tenerife es para mí una especie de tortura que me deja exhausto.

Pero Alicia, mi hija mayor, me dijo que ella, su esposo y sus dos hijos, vendrían a Madrid a mediados de junio y que le gustaría que nos reuniéramos allá, algo que hizo que, olvidando mi aversión a viajar y todo lo demás, aceptara la sugerencia de mi hija.

Y aceptado eso, de acuerdo con Chepina (mi esposa) decidimos que, llevando cada uno sólo un roller (esa pequeña maleta con ruedas que las líneas aéreas permiten llevar a bordo), nos iríamos a Madrid, y luego —por aquello de “Ya que estamos en el burro, arre burro pa´lante” (un dicho popular en la Canarias de mis tiempos)— cuando los míos se fueran, nosotros iríamos en tren AVE a Valencia donde, previo acuerdo, nos esperaría nuestra amiga exIBMista Rosa Masferré, y donde podríamos encontrarnos también con otros exIBMistas y otros conocidos.

20230716=Madrid. Con Ali y familia

De izquierda a derecha:  1. Ricardo Marimón, mi yerno;  2. Gabriel, mi nieto; 3. Carlos Padrón;  4. Alexandra, mi nieta;  5. Alicia, mi hija;  6. Chepina, mi esposa

Los dos hermosos días pasados junto a los míos, fueron días llenos de esos momentos que uno atesora como buenos recuerdos de la vida, como verdaderos hitos en nuestra existencia.

En la cara buena cabe también destacar la entrañable cena con el amigo exIBMista Rafael García y su esposa Miriam, a quien vimos por última vez cuando ambos vinieron a La Palma en 2009 a visitarnos; y la visita que, moviéndose por su cuenta, hizo Chepina a su amiga Adela, a quien no veía desde hacía tiempo.

Una vez que mi hija y los suyos se fueron de Madrid, nosotros fuimos a la estación Chamartín para tomar el AVE a Valencia. Allí, para bajar desde la sala de espera hasta el andén de trenes hay escaleras mecánicas.

Cuando nos llegó el turno de abordaje, Chepina entró primero en la escalera mecánica y yo lo hice después, detrás de ella, llevando el roller en mi mano derecha y agarrándome con la izquierda al pasamano. Pero apenas apoyé mi pie derecho en el primer escalón de la escalera, mi pierna derecha perdió su fuerza (ya me ha ocurrido antes) y caí hacia adelante sobre Chepina haciendo que ella cayera también hacia adelante… y ahí comenzó nuestro calvario.

Por suerte, alguien o algo paró de inmediato la escalera. Los pasajeros que venían detrás de mí me ayudaron a levantarme, y enseguida apareció a mi lado un joven con uniforme de Sanidad pública que insistía en que yo necesitaba asistencia médica, pero, como nada me dolía, dije que nada tenía (o eso creí), pues sólo me sentía atolondrado por el golpe recibido en la cabeza contra el lateral de la escalera y, cuando por fin caí en cuenta de que existía Chepina y, preocupado, miré hacia adelante, sólo vi que alguien estaba rodeado de varias personas que miraban hacia abajo, hacia los escalones, y que ese alguien tenía que ser ella.

Con la escalera aún detenida, algunos amables pasajeros nos ayudaron a llegar hasta el andén, y allí estaba la pobre Chepina toda magullada y quejándose de dolor y aún atendida por pasajeros que se portaron maravillosamente y la ayudaron hasta dejarla en su asiento dentro del vagón.

Aunque con mi dolor de espalda a millón, por la caída y el consiguiente estrés, cojeando y poco a poco pude llegar al asiento mío y, cuando ya junto a Chepina vi cómo estaba ella, cómo estaban su pie izquierdo, brazos y piernas (rasguños y moretones por todas partes visibles estando ella vestida), y me contó detalles de lo suyo y de que por el intenso dolor sintió que iba a desmayarse, caí en cuenta de que debimos quedarnos en Madrid, pero ya el tren estaba en marcha.

Una azafata, también servicial y amable, trajo dos veces dos bolsas de hielo para que Chepina se pusiera una sobre el pie izquierdo y otra en su rasguñado y dolorido brazo, y al llegar el tren a Valencia trajo para Chepina una silla de ruedas que alguien, creo que la misma azafata, empujó hasta dejar a Chepina en el banco que había en la cabecera de la cola para esperar taxi.

Y así, Chepina en silla de ruedas y yo renqueando detrás, nos recibió Rosa Masferré quien, a partir de ese momento, se convirtió en nuestro ángel de la guarda.

La cola para esperar un taxi era como de 50 metros, con un promedio de 2 o 3 personas en fondo, y los taxis llegaban de a cuentagotas. Rosa se puso al final de la cola mientras nosotros esperábamos en el banco y, pasada casi media hora, no hubo nadie que, viendo el deplorable estado en que se encontraba Chepina, tuviera la cortesía de cederle su puesto, hasta que una persona, creo que extranjera, lo hizo.

Rosa dejó entonces su puesto en la cola, aún a unos 5 metros de la cabecera, y en taxi, a cuyo chofer dio Rosa indicaciones, nos fuimos los tres hasta Urgencias del hospital más cercano donde en poco tiempo atendieron a Chepina.

Le dijeron que tenía esguince, le vendaron la pierda izquierda y le prescribieron descanso manteniendo en alto esa pierna y con hielo sobre el pie correspondiente. Y, debido a sus dolores, le recetaron calmantes que Rosa nos trajo de una farmacia cercana.

Desde ahí, fuimos en taxi al Hotel Sorolla, de la cadena catalana Sercotel, en el que Chepina había reservado y en el que los empleados de recepción, que hablaban con un para mí extraño acento, mostraron cero empatía, aunque vieron muy bien cómo estaba Chepina, tan jodida que aún no entiendo cómo pudo llegar hasta la recepción que está alta con respecto a la calle y con las necesarias escaleras y la obligada rampa para sillas de ruedas.

Si se ve el número de países que he visitado y se toma en cuenta que en los más de ellos pernocté en dos o más ciudades, podrá el lector hacerse idea de en cuantos hoteles he dormido, pero ninguno tan bizarro como ese Hotel Sorolla.

Para registrarnos me obligaron a firmar cinco formularios que, dado mi estado de ánimo y la urgencia por poner en cama a Chepina, no leí (de haberlo hecho no los habría entendido porque los escritos legaloides de este país parecen hechos para que sólo un abogado los entienda) y, aunque ya nuestra estancia estaba pagada, me pidieron un número de tarjeta de crédito para, según dijeron, cargar los gastos por posibles daños y por consumos del minibar. Como nuestras tarjetas de débito son de las que ahora no muestran su número, Rosa dio el número de la suya.

Sillas de ruedas no tenía el hotel, pero sí nos prestaron unas muletas, y Rosa llamó a su hija y le pidió que nos trajera desde su casa una silla de ruedas que, por motivos, familiares, guardaban ellos.

Ya en la habitación del hotel, Chepina pidió por internet al Centro de Salud de Los Llanos una cita con nuestro médico de cabecera, y se la dieron para el jueves 22 a las 10:30, o sea, para la mañana siguiente al día de nuestra llegada a casa. Ese tipo de citas nos ha funcionado bien varias veces.

Cuando por fin me saqué la ropa vimos que yo tenía en varias partes del cuerpo rasguños y moratones, pero, como parece que la radioterapia modificó también mi umbral de dolor, esas heridas me duelen sólo si hago presión sobre ellas.

Según comprobamos después, los precios del hotel son un robo, pues el primer día que decidimos bajar a desayunar a la cafetería (Chepina ya en silla de ruedas), un desayuno para dos, con café, croissants/cachitos y algo más, nos costó 34 euros, algo que en las cafeterías de Madrid donde desayunamos no habría costado más de 12. De los precios de almuerzos o cenas, mejor no hablar, como tampoco de lo que pretendían cobrar por traer una comida a la habitación.

Cuando después de ese desayuno quisimos regresar a nuestra habitación, no reparé en la disponibilidad de ascensores y, para tomar uno, quise volver al nivel recepción, uno más bajo que el de la cafetería. Para ello tuvimos que bajar por una rampa de muy pocos metros y, por la falta de fuerza que ya mencioné, estuve a punto de que la silla de ruedas con Chepina a bordo se escapara de mis manos y se estrellara contra un murito que había al final de la corta rampa. Mi susto fue mayúsculo.

En lo que sí se portaron bien los de la cafetería del hotel fue en darme gratis la cubeta de hielo que necesitamos cada día para que Chepina se pusiera hielo sobre su pie izquierdo.

Poco a poco, y a pesar de los intensos dolores que los calmantes no lograban disminuir, la pobre Chepina, que es de muy poco quejarse, con su acostumbrada sonrisa y buen talante aprendió a usar las muletas y con ellas se manejó dentro de la habitación.

Nuestra estancia en ese hotel estaba prevista para 4 días (17 a 21). Dado mi problema para caminar, el plan era que, como Chepina es muy buena para orientarse y manejarse en ciudades que no conoce, para conocer Valencia, con Rosa o sola, usaría metro, bus o taxi; mientras, que yo, que en 1993 conocí Valencia, me quedaría en el hotel. Pero, dado lo ocurrido, ahí tuvimos que quedarnos los dos, y fue nuestra amiga Rosa quien se encargó de traernos, cada día después del primero, desayuno, almuerzo y cena. Algo que te agradeceremos de por vida, querida Rosa.

20230621=Hot. Valencia. CHP y Rosa

Chepina y Rosa Masferré

20230621=Hot. Valencia. Rosa y CMP

Rosa Masferré conmigo

El vuelo que Chepina había reservado para regresar a Madrid (a la terminal T4, la más enredada de las muchas que conozco) y tomar desde allí el vuelo directo a La Palma salía de Valencia a las 6 de la mañana y, como no somos adivinos, Chepina no había pedido sillas de ruedas para esos vuelos, ambos de Iberia. Cuando desde el hotel quiso hacerlo a través de la página de Iberia, le reservaron dos sillas para el vuelo a La Palma, pero sólo una para el de Valencia a la T4 porque, dijeron, no había más sillas disponibles.

El buen amigo Leo Masina, también exIBMista y que vive en Valencia, me dijo que esa gestión de sillas debía hacerse con Aena, la empresa que está a cargo de los servicios en todos los aeropuertos españoles, y me dio el número de teléfono al que, después de las 8 de la mañana, podría yo llamarles.

Así lo hice y, cuando por fin pude hablar con un humano, la respuesta fue que para el vuelo desde Valencia a Madrid sólo teníamos asignada una silla de ruedas, y que así lo confirmaba. Lo que no me dijo, ni yo le pregunté, es cómo conseguiría yo esa silla al llegar al aeropuerto de Valencia a las 5 de la mañana.

Como Leo tampoco sabía, llamé de nuevo a Aena y me dijeron textualmente que “a la entrada principal del aeropuerto hay a la izquierda un tablero que tiene un botón para solicitar los servicios de Aena”. Nosotros entendimos que había que entrar al aeropuerto por la entrada principal y a la izquierda veríamos el tal tablero; pero no, éste está antes de entrar.

Mi gran preocupación era ahora cómo asegurar que un taxi nos llevara al aeropuerto para llegar a las 05:00 de la mañana, o sea, una hora antes de la salida de nuestro vuelo.

Cuando en mis bajadas a por hielo vi que en la recepción había sólo una muchacha que no era ninguna de las antipáticas que estaban el primer día, le expuse mi problema de taxi y de cómo bajar a Chepina, sentada en la silla de ruedas y por la larga rampa que había que usar para llegar al nivel de la calle, algo que yo solo no podría hacer y no me arriesgaría a hacerlo.

La muchacha me dijo que ellos solían pedir taxi para esas horas tempranas, y que el taxista siempre subía a la recepción y que, tal vez, él podría encargarse de bajar a Chepina, pues a esa hora no habría en el hotel nadie que pudiera ayudarme, lo cual no me extrañó porque nunca vi allí ni un solo office-boy de los que siempre vi en los hoteles y que, entre otros servicios, se ofrecen a subir o bajar a/desde la habitación el equipaje de los clientes.

El martes 20 en la tarde bajé de nuevo a recepción y tuve la suerte de encontrar, y otra vez sola, a la misma muchacha con la que ya había hablado yo antes. Le pedí que nos despertara a las 03:30 del día 21 y que pidiera que el taxi estuviera listo para salir a las 04:30, pero me quedé con la gran preocupación de cómo bajar a Chepina hasta el taxi.

En la noche del 20 dejamos listo el equipaje. Nos despertaron a las 03:30 y, luego del aseo posible, bajamos a recepción antes de las 04:30. Por suerte, no sólo estaba allí, sola y monda, la misma muchacha (por lo visto le había tocado el turno de noche), sino que también estaba ya el taxista, un señor como sesentón que hablaba con acento andaluz.

Le expliqué lo de mi necesidad de que él bajara a Chepina por la rampa, la colocara en el taxi, subiera con la silla de ruedas ya vacía y bajara luego los dos rollers, un servicio por el que, le dije, le pagaría lo que él pidiera. Su respuesta fue “Usted tranquilo”. Echó mano a la silla de ruedas y la bajó con Chepina a bordo, y al rato regresó con la silla vacía y se llevó los dos rollers.

Ya más tranquilo, devolví a la muchacha del hotel las tarjetas-llave y demás, ella chequeó en el sistema, y al rato me dijo que todo estaba bien, o sea, entendí que no había cargos que hacer en la tarjeta de crédito de Rosa; espero que así sea.

También le expliqué que, según el acuerdo que Rosa había hecho con alguien del hotel cuyo nombre yo no sabía, ella podía dejar en recepción la silla de ruedas y pasaría a buscarla el mismo día 21. La muchacha, siempre muy amable, puso sobre la silla un papel en el que escribió “Rosa Masferré” y se la llevó.

Aplicando mi sistema para, cuando no me queda de otra, bajar o subir escaleras, bajé hasta el taxi y partimos rumbo al aeropuerto al que, por suerte, llegamos a las 04:40.

Durante el viaje, el bueno del taxista no paró de hablar, identificó nuestro acento y hasta se interesó por el volcán de La Palma, me ayudó a dejar a Chepina en un asiento muy cerca de la entrada del aeropuerto y un tanto lejos de su taxi. A mi pregunta de cuánto le debía, me dijo que 21,25€. Le di 30, me pidió que esperara para buscar en su coche el vuelto, y cuando le dije que nada de eso, que los 30 eran para él, me dio las gracias y hasta me hizo una especie de reverencia.

Miré a la izquierda, vi el tablero que los de Aena me habían dicho, fui hasta él, apreté el botón y ni siquiera sonó repique alguno. Repetí la operación varias veces, pero con el mismo resultado. Analizando mejor el tablero, vi que en letra no muy visible decía que ese servicio estaba disponible a partir de las 06:00 de la mañana.

Después de recordar a los ancestros del operador de Aena que, aunque le di los datos de nuestro vuelo, incluida la hora de salida, me dijo que sólo tendría una silla de ruedas, viendo yo que en el tablero había números de teléfono a los que llamar, opté por llamar al mismo que Leo me había dicho que sólo atenderían después de las 08:00 y, para mi sorpresa, me contestaron.

Expliqué lo que yo quería, la operadora me dijo que esperara porque iba a comunicarme con un operador. Quedé con mi teléfono pegado al oído y, de pronto, escuché la voz somnolienta de un hombre quien, apenas comencé a explicarle mi caso, me dijo que yo estaba equivocado porque estaba hablando con Raúl. Miré entonces la pantalla de mi teléfono y vi que decía que yo había llamado a mi primo Raúl, que vive en El Paso.

Sé que la tecnología informática hace cosas raras, pero en este caso se pasó porque no le encuentro explicación alguna.

Frustrado, molesto y preocupado por el tiempo disponible, opté por entrar a la terminal y buscar el counter de Iberia. A un par de empleados uniformados como personal del aeropuerto pregunté dónde estaba ese counter. Uno de ellos, una muchacha joven, me miró y siguió caminando sin decir palabra, y el otro me dijo que estaba al final del área donde nos encontrábamos, un largo pasillo de unos 60 metros donde sólo hay counters de líneas aéreas.

Llegué al final y no vi nada de Iberia. Allí pregunté de nuevo a otro empleado que me dijo que Iberia estaba al otro extremo del largo pasillo. Soportando no sé cómo el dolor de espalda y la falta de estabilidad, llegué hasta el otro extremo, pero tampoco vi nada de Iberia. Para colmo, se repitió la operación con los “muy atentos” empleados (tal vez les molestó que yo no les hablara en valenciano), y de nuevo fui hasta el otro extremo del pasillo.

Cuando por tercera vez me dijeron lo mismo caminé como pude y por tramos cortos, recostándome en la pared para recuperar aliento y alivio del dolor, y recostado estaba cuando reparé en que en una de las colas a la entrada de la sala para esperar vuelos había un empleado de Aena que llevaba en silla de ruedas a una mujer mayor que parecía extranjera.

Me acerqué a él y, en tono creo que suplicante (lo noté en su cara) le pedí que, por favor, me ayudara a conseguir una silla porque mi mujer llevaba rato sentada sola fuera de la terminal y teníamos riesgo de perder nuestro vuelo que salía a las 06:00. Su respuesta fue un asombrado “¡¿Quéeee?!”.

Cuando le expliqué en detalle mi caso, el tipo casi montó en cólera porque no entendió cómo pidieron que usara el tablero si me vuelo salía a las 6 de la mañana. Me pidió que lo acompañara y, llevando aún la silla con la vieja señora, me llevó hasta un área de Aena en la que había una veintena de sillas de ruedas y, a cargo de ese área, un empleado de Aena. Cuando el otro le explicó a éste mi caso, el a cargo de las sillas maldijo por irresponsable a no sé a quién, y me consiguió una silla y un empleado de Aena que me hiciera el servicio.

Con él salí fuera de la terminal, donde Chepina había quedado sola y a cargo de los rollers, y el de Aena la sentó en la silla. Creo que mientras la empujaba iba arrastrando uno de los rollers, y que yo, haciendo eses y lidiando con el dolor de espalda, caminaba detrás de él arrastrando el otro.

Ese empleado nos atendió hasta que pasamos el fastidioso control de seguridad y, yo diría que por los pelos en cuanto a tiempo, nos sentó en el avión con destino a la T4 de Madrid.

Allí nos recibieron con una silla de ruedas para cada uno, aunque a veces me pidieron que yo caminara ciertos tramos hasta llegar a la mía y, en raros medios de transporte que se conectaron al avión como si fueran mangas de abordaje, y después de escalas aquí y escalas allá con chequeo de documentos, nos dejaron (al menos sin tener que pasar control de seguridad; ventaja de ir en tránsito) en la T4 frente a la oficina de Aena, y nos pidieron que esperáramos allí hasta que vinieran a buscarnos poco antes de la hora de abordar el vuelo a La Palma.

Dada la proximidad a la oficina de Aena, pedí que me confirmaran que en La Palma tendríamos dos sillas de ruedas, y me dijeron que sí, que tendríamos dos.

Llegado el momento de abordaje, no había silla para mí, sólo para Chepina, pero, como la puerta de embarque a La Palma estaba cerca, seguí haciendo de tripas corazón y, apoyándome en pasamanos y en el respaldo de los asientos, pude llegar al mío, y detrás de mí entraron a Chepina en su silla hasta ocupar el suyo.

Luego las azafatas gestionaron cambios de asiento para que los dos estuviéramos juntos, pues inicialmente Chepina tenía fila 10 y yo 9.

Algo a destacar de ese abordaje es que la empleada a cargo de verificar los boarding passes, de pronto cogió el micrófono y, enfadada, dijo “Se recuerda a los pasajeros que este vuelo es a La Palma, no a Palma de Mallorca ni a Las Palmas de Gran Canaria”. Así es de “bien” conocida mi isla natal.

A menos que se caiga el vuelo, dije con sarcasmo a Chepina, creo que llegaremos a La Palma.

Y sí, llegamos a La Palma, pero tampoco había silla de ruedas para mí. Los de Aena a cargo de eso me pidieron que caminara desde mi asiento hasta la puerta del avión, pero cuando me vieron caminar concluyeron que sí necesitaban para mí una silla de ruedas. Desde su asiento hasta la puerta del avión sí trajeron a Chepina en silla de ruedas. Y nos pidieron paciencia.

No sé cómo hicieron, pero después de una espera un tanto larga, mi silla apareció y en sendas sillas nos llevaron hasta el parking junto a nuestro coche/carro.

Para ver de viajar a casa en nuestro coche, tuve un problema al que por suerte encontré solución.

Me explico. Ir en taxi desde Los Llanos, donde vivimos, hasta el aeropuerto de La Palma cuesta unos 50€, y el viaje de regreso creo que cuesta más. Como tampoco queríamos molestar a amigos o parientes para que nos hicieran ese servicio, Chepina averiguó que dejar estacionado nuestro coche por una semana en el parking del aeropuerto de La Palma costaría 54€, bastante menos que los 90€ de taxis, así que, manejando Chepina (yo ya no lo hago) fuimos hasta el aeropuerto y en su parking dejamos nuestro coche.

Pero Chepina no podría manejar de regreso, así que Jorge, un primo mío hermano de Raúl, ése al que desperté en la madrugada, se comprometió a ayudarnos. Raúl trajo a Jorge hasta el aeropuerto, y con Jorge manejando nuestro coche llegamos a casa donde ya nos esperaban unos amigos que, además de traer una muleta para Chepina, nos trajeron también comida. Más tarde, otra amiga nos trajo un sabroso y enorme bizcocho, de ésos a los que aquí llamamos bizcochón y que, si mal no recuerdo, se usaba en mis tiempos como obsequio de bienvenida.

Las ventajas de contar con muy buenos parientes y muy buenos amigos son algo imprescindible y del más alto valor y necesidad en la vida.

Debo reconocer que el servicio que con extrema amabilidad nos dieron todos los empleados de Aena a cargo de las sillas de ruedas fue algo encomiable y digno de agradecer y hacer saber. Ellos no tienen culpa de que, según supimos, Aena no sólo tenga falta de personal, sino también falta de sillas de ruedas.

Y creo que hasta aquí llegó mi relación con los viajes y las escaleras mecánicas, y hasta con los populares apartamentos airbnb, pues de los tres en los que hasta ahora nos hemos alojado, en dos no me ha ido bien.

Ya en casa, Chepina quiso revisar lo de la cita del 22 a las 10:00 en el Centro de Salud y, para ingrata sorpresa, la cita había desaparecido. Dispuestos a conseguir ayuda cuanto antes, Chepina pidió cita a un fisioterapeuta que una prima mía nos había recomendado y, por suerte, la dio para el 22 a las 08:00.

Con ayuda de la muleta, Chepina pudo caminar desde el ascensor del edificio en que vivimos hasta el taxi, entrar en él con los trabajos que eran de esperar, y así llegamos, antes de las 08:00, frente al despacho del fisioterapeuta, y dispuestos a que, al salir de allí, compraríamos en una farmacia cercana dos muletas, pues Chepina no se manejaba bien con sólo una, pero sí había aprendido en Valencia a manejarse con dos.

El fisioterapeuta llegó puntual y llevó a Chepina a su lugar de trabajo al que vi que un carrito trajo varios aparatos electrónicos. Yo quedé sentado en la recepción, y al rato, y para mi susto y sorpresa, escuché gritos de Chepina, unos más agudos y largos que otros, pero gritos quejumbrosos de una mujer que no tiene costumbre de quejarse y menos de lloriquear.

Eso duró casi una hora, y luego, ¡milagro!: Chepina salió caminando, sin muleta ni venda en la pierna; sólo con unos largos como esparadrapos de color azul que he visto en algunos futbolistas.

El milagroso y experto fisioterapeuta le encontró dos esguinces en la cara interna del pie izquierdo y le dijo que nada de reposo ni de muletas ni de venda; que así como estaba, y hasta la próxima cita, podía moverse libremente, aunque con cuidado, por la casa o por la calle.

Le pedí cita para mí, aunque mi caso es diferente, y tanto que acerca de él me dijo un fisioterapeuta que lo mío era de ‘agua y ajo’, o sea, de ‘aguantarse y a joderse’. Sin embargo, espero que en algo me pueda ayudar este fisioterapeuta que obró el “milagro” con Chepina.