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23-09-2025
Pienso en los colombianos y de inmediato me encuentro en los brazos de mi tata. Se llamaba Constancia, pero yo, con mi lengua de trapo, le decía “Costa”, como quien le pone mar a la ternura.
Hasta que se fue, no hubo recuerdo mío sin ella. Y cuando evoco a los colombianos que llegaron a Venezuela, se me alborota todo lo bueno que tengo dentro. Se me despierta el alma como cuando suena un porro sabanero, una cumbia, un vallenato, y los hombros se mueven solos, como si la alegría viniera en oleadas.
Miles, decenas de miles cruzaron ríos, trochas, silencios y esperanzas. Vinieron buscando paz, trabajo, un pedacito de futuro. Y no llegaron con las manos vacías, ¡qué va! Trajeron arepas de maíz pelao, cumbias que hacen que hasta el abuelo se levante a bailar, recetas que mezclan cilantro con fe, cuentos que nacen en el Magdalena y terminan en los rincones de nuestras cocinas.
Nos regalaron su manera de decir “hermano”, como quien dice “no estás solo”. Nos enseñaron el arte del café fuerte, la conversación larga y el chiste breve. Nos mostraron que una buena empanada se mide por el crujido, y que la música no se escucha: se vive. Porque si algo sabe hacer el colombiano es convertir la nostalgia en parranda.
Y si me preguntan por qué se me alborota el alma cuando pienso en ellos, les cuento que mi hermana se casó con uno. Bumangués, con sonrisa de aguacero fresco y manos que saben sembrar futuro. Vino buscando trabajo, y encontró familia. Se quedó echando raíces, como quien planta guayaba en tierra fértil. Hoy, cuando lo escucho hablar con acento santandereano, pienso que el amor también migra, también se mezcla, también se vuelve costumbre.
En nuestras reuniones familiares, entre hallacas y carimañolas, entre gaitas y bambucos, se arma una fiesta donde nadie pregunta de dónde viene uno, sino con qué ritmo quiere brindar. Y en esa casa, nunca falta el aguardientico, listo para cualquier asunto que requiera conversa.
Pienso en los colombianos y me acuerdo de la señora Mariela, que decía que en Cúcuta las arepas se hacen más delgaditas, más tostadas, más cantarinas. Me acuerdo de don Efraín, que arreglaba zapatos y corazones con la misma ternura. De la señora Luz, que bordaba mientras cantaba “era la piragua” como si fuera un rezo. Y de los niños que aprendieron a decir “chévere” sin dejar de decir “bacano”.
Y entonces me acuerdo de mi Costa, que decía que la mezcla es bendición. Que cuando uno junta el ají colombiano con el papelón venezolano, lo que sale es puro sabor de pueblo. Ella decía que los colombianos no vinieron: se quedaron. Se quedaron en nuestras canciones, en nuestras cocinas, en nuestras maneras de querer.
Porque la mezcla no resta, multiplica. Porque cuando uno se junta con quien viene de lejos, se le ensancha el alma y se le afina el oído para escuchar otras memorias. Y entonces, como quien se sirve un café con panela y le pone un pedacito de queso adentro, me digo: bendita sea Costa, mi tata, que me enseñó que la ternura no tiene fronteras. Con ella fui a Cúcuta, a Pamplona, a Cartagena, a Bogotá. Y nos quedaron pendientes otros viajes por la linda Colombia.
Benditos sean los que cruzaron la frontera para traernos su alegría, su trabajo y su manera de decir “hermano” como si fuera un conjuro contra la soledad. Porque si algo sabe hacer el colombiano es convertir la tristeza en canción. Y si no me creen, escuchen a Juanes cantando que la vida es un ratico, a Santiago Cruz cuando le pone piano a la melancolía, a Aterciopelados cuando convierten Bogotá en ritual sonoro. Escuchen a Carlos Vives que nos enseñó que el vallenato también se baila con tenis, a Shakira que hizo del Caribe un idioma global, a Sebastián Yatra que canta como si el amor fuera arequipe, a Andrés Cepeda que le pone vino tinto a la nostalgia, a Fonseca que hace del pop y las baladas una fiesta de sonidos de ensueño, a Jorge Celedón que convierte cada verso de sus canciones en parranda y abrazo. Y se me quedan tantos en el tintero, como se quedan los nombres de los que uno ama, pero no ha escrito aún.
No hay cosa más absurda que el pleito inventado entre Colombia y Venezuela. Inventado, sí, achacándole a Bolívar y Santander una pelea que sólo vive en chismes de esquina. Ese supuesto desencuentro entre el Libertador y el Hombre de las Leyes se ha convertido en novela de pasillo, con más especulación que evidencia.
Que si Bolívar lo miró feo, que si Santander le negó un café, que si uno quería más centralismo y el otro más legalismo… ¡Bah! Lo que hubo fue diferencia de visión, no enemistad de pueblo. Y de ahí, algunos con vocación de telenovelistas se pusieron a inventar un drama que nunca tuvo libreto.
Ese pleito es como una pelea entre hermanos por una herencia que nunca existió. Y mientras algunos se empeñan en repetir el chisme, millones de colombianos y venezolanos se casan, se abrazan, se mezclan, se celebran. Como mi hermana, que se enamoró de un bumangués y con eso le dio un puntapié a la historia mal contada.
Así que propongo un brindis: por Bolívar y Santander, que seguramente estarían hartos de que los usen como excusa para peleas ajenas. Por los pueblos que se mezclan sin pedir permiso. Y por ti, colombo-venezolano, que conviertes la historia en fiesta y el chisme en refrán: “Pleito inventado no tiene raíz, y si la tiene, que la agarre el tambor y la vuelva canción”.
En un contexto donde se presume de modernidad, el no ser madre se mira con ojos acusadores y no se tolera en exceso.
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