[Col}> Lo que los inmigrantes libaneses nos trajeron / Soledad Morillo Belloso

15-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Lo que los inmigrantes libaneses nos trajeron

Tuve una tía francesa, que no era tía, casada con un libanés, que tampoco era tío. En Venezuela, ya se sabe, los lazos de sangre no son los únicos que atan. Aquí los amigos  y los compadres de los papás se convierten en tíos por decreto de cariño.

Pues estos tíos, que no eran tíos, nos enseñaron a sus sobrinos, que no éramos sobrinos, la gloria de la cultura libanesa. Desde chiquitos aprendimos que sentarse a la mesa no era sólo para comer, sino para celebrar. Y vaya que se celebraba: la mesa vestida de aromas que bailaban, sabores que cantaban, y texturas que contaban cuentos.

Mi tía, la francesa, que no era tía, cocinaba como si el mismo Dios de los manjares le hubiera enseñado. Cada tanto íbamos a su casa, y allí nos llenábamos la panza y el corazón. Porque esas exquisiteces libanesas no sólo alimentaban: hacían fiesta en la boca y en el alma. Mi tío, el libanés, decía una frase muy divertida: “Cedro que cruza el mar, florece con mango y arepa”.

Otra tía, de Maracaibo, que tampoco era tía, pero que era morocha de una tía que sí lo era, se casó con un libanés, que, claro está, fue tío por derecho afectivo. Así, tengo una prima, que no es prima, pero como si lo fuera, que es mitad zuliana, mitad libanesa.

En el colegio había una muchacha preciosa, de apellido Dao. Por muchos años la vi caminar por los pasillos, y  siempre me pareció una niña como sacada de un cuento de hadas.

Tengo una querida amiga de toda la vida que se casó con un libanés. Y un amigo, también de toda la vida, casado con una libanesa. Ambos, él y ella, son libaneses-venezolanos.

Los libaneses llegaron a Venezuela con el corazón apretado, maletas llenas de recuerdos, y pasaportes que decían “turcos” porque el Imperio Otomano no perdonaba ni en los papeles.

Se bajaron de los barcos en Puerto Cabello, La Guaira, Margarita, Cumaná, Maracaibo como quien llega a una fiesta sin saber si es formal o sin corbata, pero con la intuición de que “algo bueno puede pasar”.

Pero curucuteemos la Historia. La cosa empezó hace mucho tiempo, por allá en los años 1860, cuando Venezuela apenas se sacudía el polvo de la Guerra Federal. Mientras aquí se reconstruía el país, allá en el  Líbano la vida se ponía cuesta arriba.

Los maronitas, cristianos de montaña, vivían entre impuestos injustos, conflictos con los drusos y una represión que no daba tregua. Muchos vendieron lo que tenían y se montaron en barcos desde Beirut, Sidón o Trípoli, buscando una tierra donde pudieran respirar sin miedo. Así llegó la primera oleada, con gente que no venía a probar suerte, sino a echar raíces.

Luego, entre 1910 y 1930, otra tanda de libaneses se sumó a la historia. Esta vez huyendo del hambre, de la Primera Guerra Mundial y de un Líbano que se deshacía entre imperios.

Llegaron con más calle, más ganas, y una idea clara: trabajar duro, levantar negocios, y criar familia. Y lo hicieron. Se metieron en el comercio como quien se mete en una pelea de gallos: con astucia, con verbo, y con una sonrisa que vendía hasta lo que no estaba en el mostrador.

Después, en los años 40 y 50, cuando Venezuela vivía un boom petrolero, llegaron más. Algunos escapando de la Segunda Guerra Mundial, otros simplemente buscando una vida mejor.

Ya no eran sólo hombres solos, ahora venían familias completas, con niños que aprendían a decir “chico” antes que “yalla”. Se instalaron en Caracas, en Maracaibo, en Valencia, y hasta en pueblos donde nunca se había escuchado la palabra “habibi”.

Y no llegaron con las manos vacías. Nos trajeron el kibbeh, que aquí se volvió más redondito y más frito. El tabule, que se tropicalizó con aguacate. El hummus, que terminó compartiendo plato con la guasacaca. Nos enseñaron que la cocina también puede ser un puente entre mundos.

Pero no fue sólo comida. Fue carácter. Fueron tiendas de telas, de electrodomésticos, de lo que fuera. Aprendieron español con regateos, con cuentos, con refranes criollos.

Y nos regalaron apellidos que suenan a poesía  y a arepa: Dib, Dao, Nasr, Abou, Lilue, Antakly, Dager, Mazry,  que hoy están en todas partes, desde el Miss Venezuela hasta los  mercados populares, desde la academia hasta la banca.

Hoy los descendientes de libaneses en Venezuela son en su mayoría cristianos. También hay musulmanes y drusos.

También trajeron rituales y los unieron a los locales. El café negro, espeso como la historia de sus abuelos, servido en tacitas que invitan a la confidencia. Las bodas hoy son con dabke y merengue, donde el tío libanés termina bailando con la tía venezolana como si fueran protagonistas de una telenovela multicultural.

Y sí, muchos llegaron huyendo de guerras, de persecuciones, de injusticias. Pero en vez de quedarse en el lloriqueo, hicieron de Venezuela su nuevo Monte Líbano. Sembraron aquí sus sueños, sus hijos, sus negocios, sus cuentos. Y nosotros, como buenos anfitriones, les dimos espacio en la mesa, en la historia, y en el corazón.

Hoy, cuando uno entra a una panadería y ve al lado de una quesadilla unas empanaditas árabes, sabe que algo hermoso pasó. Que la migración no sólo trae gente, sino sazón, humor, resiliencia y una forma distinta de ver el mundo. Los libaneses nos enseñaron que se puede llorar por el cedro y reír con el mango. Que se puede ser de allá y de aquí al mismo tiempo.

Así que sí, nos trajeron mucho. Y nosotros, con gusto, les dimos casa, cariño y costumbre. Porque cuando se mezcla el zaatar con el papelón, lo que sale es puro sabor de pertenencia. Ah, y valga la aclaración: los libaneses no son turcos.

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[LE> «Preúvas», junto y con tilde

31-12-2025

La voz preúvas, con la que se alude a una fiesta en la que se toman con antelación las uvas con las que en algunos países se celebra tradicionalmente la Nochevieja, se escribe en una palabra, es decir, sin espacio ni guion, y con tilde en la ‘u’.

Uso inadecuado

  • San Roque celebrará la fiesta pre uvas y las campanadas infantiles.
  • Logroño estrena su primera fiesta pre-uvas con música.
  • Navidad en Parla: preuvas y belén viviente.

Uso adecuado

  • San Roque celebrará la fiesta preúvas y las campanadas infantiles.
  • Logroño estrena su primera fiesta preúvas con música.
  • Navidad en Parla: preúvas y belén viviente.

En estos festejos, que se han extendido por muchas localidades de España, se toman las uvas un día o medio día antes de la llegada del año nuevo, ya sea como ensayo, como forma alternativa de celebración o con el fin de evitar las aglomeraciones de Nochevieja.

Dado que preceden a las campanadas que realmente marcan el nuevo año y sus correspondientes uvas, han recibido el nombre preúvas, con la adición del prefijo ‘pre-‘, que indica anterioridad.

Al igual que con otros prefijos, lo adecuado, tal como señala la ortografía académica, es escribirlo junto a la palabra a la que acompaña, sin espacio ni guion. El término resultante se atiene a las normas generales de acentuación, que establecen que toda vocal cerrada tónica unida a una vocal abierta ha de llevar tilde, incluso si es llana o grave acabada en ese, como sucede en este caso y en otros similares, como cortaúñas o arcoíris.

Fuente

[LE}> «Feliz 2026», sin punto ni espacio tras el primer dos

31-12-2025

Los años se escriben sin punto, coma ni espacio entre la cifra que marca los millares y la que indica las centenas.

Uso inadecuado

  • Os deseamos un feliz y próspero 2.026.
  • Se prevé un presupuesto para 2.026 de 150 millones.
  • Llega la baliza que necesitarás este 1 de enero de 2.026.

Uso adecuado

  • Os deseamos un feliz y próspero 2026.
  • Se prevé un presupuesto para 2026 de 150 millones.
  • Llega la baliza que necesitarás este 1 de enero de 2026

De acuerdo con la Ortografía de la lengua española, en los números que designan los años nunca se utiliza punto, coma ni espacio entre las unidades de millar y las de centena.

Cuestión distinta es que ese número no exprese un año en sí, sino una cantidad de años, caso en el que sí es posible introducir un espacio fino (Hace 40 000 años), pero no el punto ni la coma, de modo que no serían apropiadas las siguientes grafías: Hace 40.000 años ni Hace 40,000 años.

NotaCMP. Diga lo que digan la RAE, Fundeu y otros, seguiré usando el punto en la cantidad de años como en “Hace 40.000 años”.

 Fuente

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[SE}> Pecado bendito / Soledad Morillo Belloso

04-09-2025

Soledad Morillo Belloso

Pecado bendito

En Venezuela, el chicharrón no se come: se espera. Se huele desde la esquina, se escucha desde la cocina, se adivina en el aire como quien sabe que viene lluvia. Es anuncio de reunión, de mesa larga, de dedos brillantes y bocas sin culpa. El cochino, que en vida fue terco y en muerte es glorioso, se transforma en rito cuando la paila empieza a hablar.

Porque sí, la paila habla. Habla en borbotones, en saltos de grasa, en ese sonido que no es fritura sino promesa. Y uno se arrima, como quien va a misa, con respeto y hambre. El carnicero, el tío, el compadre, la vecina que sabe de cochino más que de política, todos tienen su versión del chicharrón perfecto. Que si con pelo, que si sin pelo, que si con ajo, que si sin sal. Pero todos coinciden en algo:  chicharrón que no cruje, no emociona.

El chicharrón empieza desde temprano. El día antes se saca el cochino, se le habla bonito, se le corta con cariño. Carne y piel, porque ahí está el alma. Se le pone en la paila bien caliente con su manteca, con su ají dulce, con su paciencia. Y se espera. Se espera con fe, como se espera el milagro, como se espera el gol, como se espera el amor que uno sabe que va a llegar.

Cuando empieza a crujir, la gente se asoma. El vecino que iba de paso, el primo que dijo que no venía, el perro que no es de nadie pero siempre aparece. Todos saben que el chicharrón llama. Y se reparte. Se reparte en pedazos calientes, en servilletas que no aguantan, en manos que no preguntan. Se come parado, se come hablando, se come riendo. O sentados alrededor de una mesa. Porque el chicharrón no se come en silencio. El chicharrón exige conversación, exige refrán, exige cuento.

“Este cochino murió por la patria”, dice el abuelo, mientras se mete un pedazo en la boca y se limpia con la servilleta de papel.

“Esto está mejor que chisme de comadre”, dice la tía, mientras le da al niño el pedazo con más pellejo.

“Esto no engorda si uno lo come con alegría”, repite la prima, que ya va por el cuarto pedazo, y que jura de mañana no pasa para arrancar la dieta.

El chicharrón también tiene sus versiones. Está el de cochino, el clásico, el que se respeta. Está el de pollo, más humilde pero igual de sabroso. Está el de ñiqui, que se mete en la masa de la arepa y aparece como sorpresa. Está el de cordero gordo.  Está el que se guarda para el arroz del lunes, el que se mete en la hallaca, el que se ofrece en los velorios en los pueblos como consuelo después de rezar el rosario.

Y todos tienen su lugar. Porque el chicharrón no discrimina. El chicharrón une. Une al rico y al pobre, al citadino y al de pueblo, al que lo come con ají y al que lo come con papelón. Es símbolo de picardía. Es el aplauso del cochino antes de irse al cielo.

Y así, entre mordiscos, chupadas de dedos, suspiros y risas, el chicharrón se convierte en memoria. Porque uno no recuerda el día, recuerda el sabor. Recuerda el crujido, el olor, la cara de la abuela diciendo “dame un último pedazo, pero que esté bien tostado”. Recuerda el viaje en carretera, la parada en la arepera, el papel marrón que se mancha de manteca. Recuerda el pecado, pero lo recuerda como bendito.

Cuando se acaba, queda el silencio. Un silencio grasoso, satisfecho, como de misa bien dicha. Y uno se limpia los dedos, se echa para atrás, y dice: “Esto es pecado… pero bendito.” Y alguien te contesta: “… pues habrá que confesarse…”

Eso es Venezuela.